--Vamos al grano. Empezaré por mi nacimiento. Me llamo Eugenio
Aviraneta, Ibargoyen, Echegaray y Alzate. Soy vasco por los cuatro
costados, pero he nacido en Madrid.
Mi padre se llamaba Felipe Francisco, y era de Vergara; mi madre, Juana
Josefa, y era de Irún.
Mi padre había venido a hacer sus estudios a Madrid, y allí conoció a mi
madre, que era hija de un militar, don Mateo de Ibargoyen. Mi padre y mi
madre se casaron en la parroquia de San Miguel. Mi padre, que era
abogado de algún nombre, tenía muy buena clientela; años antes de nacer
yo había defendido un pleito a favor de las monjas del Sacramento, y
éstas, como pago de sus honorarios, le cedieron, para habitarla, una
casa de propiedad del convento y contigua a él, que daba a la calle del
Estudio de la Villa y tenía el número 10.
Aquí nací yo. Si te interesa saber la fecha, te diré que fué un día 13,
mal día, el 13 de Noviembre de 1792, y fuí bautizado el 14 en la iglesia
de Santa María Real de la Almudena.
Fué mi padrino don Domingo de Larrinaga, militar de alta graduación,
amigo de mi padre. Por eso yo me llamo Eugenio Domingo.
Tenía dos hermanas, Antonia Cecilia y Antonia Juana; una, mayor que yo,
y la otra, más pequeña. De niñas, las dos eran rollizas y altas; en
cambio, yo siempre fuí pequeño y encanijado.
A pesar de mi pequeñez y encanijamiento, no estuve nunca malo.
--Este chico no crece--decía mi madre a doña María Antonia de
Echevarría, que era su amiga más íntima.
--Ya crecerá; no tengas cuidado--contestaba doña María Antonia.
Yo no crecía; pero estaba fuerte como la mala hierba. Que hiciera frío o
calor, que cayera ese sol de Agosto madrileño que parece va a derretir
hasta las piedras, o que estuvieran las fuentes y los charcos helados,
para mí era lo mismo. Mi lugar predilecto era la calle.
A los siete años di un disgusto a mi familia porque me abrieron la
cabeza de un cantazo en una pedrea que tuvimos en las Vistillas unos
moros de Lavapiés y unos cristianos de mi barrio; y a los nueve
proporcioné otro disgusto serio a los autores de mis días, porque le
arrimé una pedrada de honda a un chico, en el pecho, y estuvo, según
dijeron, a punto de morirse.