Habían pasado Guethary, y marchaban entre la carretera y la costa.
Pronto encontraron un punto en donde el camino se bifurcaba.
--Tira por la izquierda--dijo Aviraneta--; ya te diré dónde tienes que
parar.
El tílburi tomó el camino de la izquierda, que se iba acercando al mar,
y que subía en una pendiente suave. Antes de llegar a la cima,
Aviraneta mandó hacer alto delante de una casa rústica.
Era una casita con ventanas verdes y dos galerías por el lado del
camino, cubiertas con una parra que iba dejando sus hojas marchitas al
viento; por el lado contrario, hacia el mar, tenía un prado y un pequeño
jardín.
La puerta del caserío estaba abierta, y Aviraneta y Leguía entraron en
el zaguán. Una vieja, muy arrugada, les salió al encuentro con dos
chicos de la mano. Aviraneta cambió con ella algunas palabras en
castellano y en francés, dió unas monedas de cobre a los chicos y
comenzó a subir la escalera seguido de Leguía.
Llegaron al piso segundo; Aviraneta entró en un cuarto y abrió las
maderas de un gran balcón que daba al mar.
La tarde, lluviosa, iba obscureciendo rápidamente; la noche se venía
encima; apenas llegaba a verse algo en el interior de la casa.
--Mira, a ver si por ahí hay un quinqué--dijo Aviraneta.
--Sí, aquí hay uno--contestó Pello.
--Bueno; tráelo. También habrá por ahí una maquinilla de espíritu de
vino y una botella con petróleo.
Leguía buscó, a tientas, en un vasar, y encontró las dos cosas pedidas.
Aviraneta se puso a limpiar la lámpara, la llenó de petróleo y la
encendió. Después cerró las maderas del balcón; abrió un armario y sacó
un bote de café y un molinillo.
--Ahora, mientras yo enciendo la estufa y hago el café--dijo
Aviraneta--, di a la mujer del caserío, madama Ithurbide, yo la llamo
así por ser éste el nombre del caserío, que nos prepare la cena, y de
paso mira a ver si han metido el caballo en la cuadra y le han dado
pienso.
--Bueno; todo se hará.
Leguía desapareció por la escalera, y Aviraneta, renqueando por el
reúma, limpió la estufa, golpeando el tubo con un hierro para que
saliera el hollín, la cargó con astillas y pedazos de carbón de piedra y
le dió fuego con unos periódicos viejos. Después se puso a moler el
café.
Unos minutos más tarde volvió Leguía.
--¿Ya tenemos fuego, maestro?--dijo.
--Sí, ya tenemos fuego. ¿Qué hay de los encargos?
--He conferenciado con madama Ithurbide. Larga negociación. Hemos
llegado a este resultado: primero, sopa de coles; segundo, un par de
huevos fritos con jamón; tercero, un pollo guisado; cuarto, una cola de
merluza con salsa a la mayonesa, y quinto, arroz con leche. Como vino,
hay uno de Beziers, bastante aceptable. Se puede alternar con sidra. No
he podido conseguir más en mi negociación diplomática.
--¿Todo eso que has dicho piensas comer?--preguntó Aviraneta.
--Ya lo creo. Las emociones me desgastan mucho el organismo.
--Eres un tragón. ¿Has visto si el caballo está en la cuadra?
--Sí; está comiendo su pienso.
--Bueno; pues acaba de moler el café, que yo voy a dejar la mesa libre.
Leguía cogió el molinillo y comenzó a dar vueltas al manubrio mientras
Aviraneta limpiaba la mesa con un trapo.
--Con esa levita y ese sombrero de copa, haciendo de cocinero, me
resultas un tipo ridículo--dijo Aviraneta.
Realmente, Leguía estaba hecho un _dandy_, con su levita entallada y su
redoblante en la cabeza.
--Pues usted está también un poco grotesco--dijo Leguía, mirando a
Aviraneta, que, después de limpiar la mesa, estaba a gatas, delante de
la estufa, con las manos negras.
--Ahí dentro, en ese armario, debe haber unas blusas viejas, que yo
empleo para andar en la huerta. Mira a ver si las encuentras.
Leguía las sacó, y el maestro y el discípulo se quitaron las levitas
para ponerse las blusas.
Este será el mandil masónico que usted empleará en las tenidas
negras--dijo Leguía--. Cómo se conoce que estamos en casa de un
venerable. ¿Qué grado tiene usted, treinta y tres o cuarenta y tres, don
Eugenio?
--Bueno, bueno; esos chistes a mí no me causan impresión, Pello. Voy a
lavarme las manos. Ojo con la estufa, ¿eh?
--Bueno.
Aviraneta volvió al poco rato.
--¿Marcha la estufa?
--Como una seda. El agua del café hierve. Esa madama Ithurbide es la que
me está preocupando.
--Ya vendrá, hombre, ya vendrá.
Los dos amigos se sentaron, con los pies al lado de la estufa, hasta que
entró madama Ithurbide con el mantel y los cubiertos.
--Madama Ithurbide, ¡salud!--gritó Leguía--. Permita usted que le
abrace. ¿Todo ha salido bien?
--Todo.
--¿Las coles estarán blandas?
--Sí, sí.
--¿El pollo no se habrá desgraciado?
--No.
--A la mayonesa, ¿le ha encontrado usted el punto?
--Sí, señor.
--¡Es usted admirable, madama Ithurbide!
Se sentaron a la mesa los dos amigos e hicieron honores a la cena.
Después se sirvieron el café, del que Aviraneta tomó tres tazas, y luego
se dedicaron a fumar. Leguía llevó delante de la estufa un colchón y una
almohada; improvisó un diván, y se tendió en él. De cuando en cuando
hacía una reflexión optimista acerca de la vida.