Aviraneta, para hacer tiempo, sacó un plano del bolsillo y comenzó a
estudiar el itinerario que tenían que seguir, en coche, hasta Santander.
Leguía se puso a silbar, mirando el techo.
Un momento después se oyeron pisadas fuertes en la escalera, acompañadas
de un murmullo de voces, y entraron cerca de veinte hombres en el
comedor.
Aviraneta no levantó la cabeza del plano.
Leguía contempló indiferente a los oficiales que entraban. Eran tipos
atezados, negros por el sol; de aspecto enérgico y decidido. El jefe,
sobre todo, llamaba la atención por su mirada profunda y fuerte. Hombre
más bien bajo que alto, fornido y macizo, tenía esos movimientos lentos
y al mismo tiempo seguros del hombre del campo.
Llevaba zamarra de piel al hombro, a manera de dolmán; boína blanca,
grande, que le sombreaba los ojos; el pulgar de la mano derecha apoyado
en la cadena del reloj. Debajo de la zamarra se veía la faja azul; a los
lados, dos pistolas y el sable al cinto.
No se podía saber la graduación de aquel oficial, porque no llevaba
insignias de mando; andaba de un lado a otro, como un lobo, y en su paso
había la decisión del hombre que cree que no puede encontrar obstáculos
en su marcha.
De pronto el jefe, apartándose de sus oficiales, que estaban de pie a la
entrada del comedor, quedó mirando fijamente a Aviraneta.
--Algún otro conflicto tenemos--pensó Leguía.
El jefe se fué acercando a Aviraneta y le puso la mano en el hombro.
Aviraneta levantó los ojos y dejó la lente sobre la mesa.
--¡Demonio! ¡Martín!--exclamó--. ¡Tú por aquí!
--¡Aviraneta! ¡Eugenio de Aviraneta! Ya sabía yo que te conocía. ¿Qué
vienes a hacer por Laguardia?
--Estoy de paso. Voy a Francia.
--A intrigar, ¿eh?
--Parece que lo sabes.
--Me lo figuro. ¿A favor de los carlistas o de los liberales?
--Soy más liberal que tú, Martín--replicó Aviraneta--, aunque no tan
bárbaro.
--Sólo a ti te permito decir esas cosas. Si fueras otro, te mandaría
fusilar delante de la muralla.
--Lo creo.
--¿Me consideras cruel?
--Lo eres.
--Mala opinión tienes tú de mí, Eugenio.
--Peor la tienes tú de mí, Martín.
--Es que no te veo claro.
--No lo soy cuando no lo puedo ser.
--¿Ni con los amigos?
--Ni con los amigos. Cuando mis secretos no son míos no se los comunico
a nadie.
--Está bien. ¿Sabes que me han hecho coronel?
--Lo sé--dijo Aviraneta--; lo sabía antes que tú.
--A ver, explica cómo puede ser eso.
--Un ministro que tú conoces me dijo, hace meses: «Le vamos hacer
coronel a Martín, al amigo de usted. ¿Qué le parece a usted?» Yo le
contesté: «¡Muy mal!»
El jefe y sus compañeros quedaron asombrados. Aviraneta, cuando pasó un
momento, añadió:
--¡Muy mal!--le dije--; creo que le deben ustedes hacer general.
La actitud de los oficiales cambió por completo, y algunos se echaron a
reir a carcajadas.
--A éste no le conocéis--dijo el coronel, señalando a Aviraneta--; éste
es el granuja más granuja que hay en el mundo.
--Y el liberal más liberal de todos los españoles.
--¿Qué piensas hacer, Aviraneta?
--Pienso comer.
--¿Y luego?
--Luego tomar el coche y marcharme a Santander.
--¿Irás por Miranda?
--Sí.
--Pues hasta Labastida te acompañaré.
--Bueno. ¿Os falta alguno para venir a comer?
--No.
--Pues entonces, manda que traigan la comida, porque este amigo y yo
estamos ya con hambre.
--¡Patrona! A ver esa sopa.
Aviraneta y Leguía habían conservado los puestos que ocupaban en la
mesa.
El jefe se sentó a la derecha de Aviraneta, y los demás oficiales se
fueron acomodando donde les vino bien.
--¿Este joven es amigo tuyo?--preguntó el jefe a Aviraneta.
--Sí, es mi secretario; Pedro Leguía. Pello, este coronel es el famoso
Martín Zurbano, terror de los carlistas.
Leguía se levantó; Zurbano hizo lo mismo, y se estrecharon la mano
gravemente.