MOMENTOS antes de las doce se presentó Leguía en el parador. Aviraneta,
sentado en el zaguán, contemplaba las gallinas que picaban en el
estiércol y a dos perros que retozaban, ladrando.
--Está uno dispuesto para la marcha--dijo Pello--; he concluído las
despedidas.
--¿Qué te han dicho?
--Nada. Mi tío lo ha sentido. Su familia y él me tenían afecto.
--Y a Corito, ¿la has visto?
--Sí.
--¿Qué dice?
--Dice que la voy a olvidar si me marcho por ahí.
--¿Y serás bastante granuja para eso?
--¡No! ¡Ca!