AL día siguiente, por la tarde, trabajaba Pello en el escritorio cuando
vió pasar varias veces a Antonio Estúñiga; Antonio se mostraba indeciso,
sin atreverse a entrar; pero, al fin, se decidió y, cruzando el almacén,
se plantó en el despacho.
--¿Qué hay?--le dijo Pello.
--¿No está tu tío?--preguntó Antonio.
--No.
--¿Te encuentras solo?
--Completamente solo.
--¿Sabes lo que pasa?
--No. ¿Qué pasa?
--Que ese hombre que nos presentaron ayer, el padrino de Corito...
--Sí... ¿qué?
--Que se ha descubierto que es un espía... un traidor que viene a
engañarnos.
--¿Quién lo ha descubierto?
--Me lo han dicho.
--¿Quién?
--Un hombre que le va siguiendo los pasos.
--¿Uno con trazas de mendigo?
--Sí.
--¿Afeitado?
--Sí.
--¿Con una zamarra?
--Eso es.
--Le vi cuando llegó; venía tras él.
--Sí, viene persiguiéndole, vigilándole. Cuando salgas de aquí entra en
el figón del Calavera y hablaremos con ese hombre de la zamarra.
--Cuando acabe iré.