UNA tarde de a principios de Junio, antes de anochecer, una silla de
postas llegó a Laguardia, y se detuvo a la entrada del parador del
Vizcaíno.
Pello Leguía y el capitán Herrera, que charlaban y paseaban por delante
de la muralla, en el espacio comprendido entre el cuartelillo y la
puerta de San Juan, abandonaron el raso que servía, y sirve, de paseo a
los curas y desocupados del pueblo y avanzaron hasta el parador del
Vizcaíno.
En esta época la llegada de una silla de postas a Laguardia era un
acontecimiento que por sí solo servía de motivo de conversación para
varios días, cuando no tenía ulteriores consecuencias. No era cosa de
dejar pasar un suceso de esta clase sin sacarle algún jugo, y Leguía y
Herrera se acercaron a la silla de postas. El mayoral comenzaba a
desenganchar los caballos y el viajero acababa de saltar del coche.