HOY se baja en una estación del ferrocarril de Miranda a Logroño, y en
un coche, cruzando por El Ciego, se llega a Laguardia, pueblo de esos
que hacen pensar al viajero que allí ha quedado una ciudad antigua,
destinada a desaparecer olvidada por los trenes y los automóviles.
Laguardia tiene la silueta hidalguesca, arcaica y guerrera. Se destaca
sobre un cerro, con sus murallas ruinosas y amarillentas, al pie de una
cadena de montañas; pared obscura, gris, desnuda de árboles. Este muro
pétreo, formado por la cordillera de Cantabria y la sierra de Toloño,
ofrece en su cumbre una línea casi recta. Sólo hacia el lado de Navarra
muestra un picacho abrupto, el pico de la Población.
Desde el tiempo de la primera guerra civil acá, la ciudad de Laguardia
apenas ha cambiado; un hombre de entonces, bastante viejo para vivir
hoy, la recordaría, como si sobre sus piedras no hubiera pasado la
acción de los años. La única diferencia que podría encontrar sería ver
la muralla agujereada por ventanas, balcones y miradores; aberturas
éstas que en tiempo de la guerra civil primera no existían.
Laguardia, antes y ahora se ve pronto; encerrada en sus altos paredones,
con sus dos iglesias góticas, no ha podido desarrollarse, ha quedada
enquistada, oprimida entre sus viejas murallas de piedra.
Laguardia tiene la forma de barco con la proa hacia el Norte y la popa
hacia el Sur. Cinco puertas abren sus muros al exterior; éstas son la de
Santa Engracia, Carnicerías, Mercado, San Juan y Paganos.
Todas las calles de la ciudad alavesa se reducen a tres: la de Santa
Engracia, la Mayor y la de Paganos, a la cual la gente del pueblo llama
«páganos»; no se sabe si porque, en realidad, es ese su nombre, o por un
vago temor a la paganía.
Las demás calles de Laguardia son pasadizos estrechos y húmedos;
callejones sombríos, entre dos tapias, donde no penetra jamás el sol.