PELLO se había distinguido siempre por su actitud serena y filosófica
ante los hechos y ante las personas.
Pello hablaba poco y se apuraba menos; hacía sus comentarios interiores
acerca de la Naturaleza, que no le parecía tan respetable como dicen, y
cuando veía que los juicios suyos divergían de los demás, no protestaba.
--Indudablemente, al final, alguien será el que tenga razón--pensaba.
Este razonamiento le inclinaba a suponer que el tiempo, en último
resultado, lo arregla todo.
Convencido de esta verdad, Pello consideraba muy prudente esperar los
acontecimientos.
Hasta los diez y ocho o diez y nueve años, el joven Leguía estuvo
empleado en un almacén de San Sebastián, donde ganaba treinta duros al
mes. Con este dinero vivía en una casa de huéspedes bastante buena; iba
con frecuencia al teatro; llevaba pantalón de trabillas, botines
lustrosos, gran corbatín y un magnífico sombrero de copa.
Como Pello era, naturalmente, elegante, tenía sus éxitos entre las
chicas del pueblo.