LA LUZ A LO LEJOS

CUANDO montaron nuevamente a caballo comenzaba a anochecer. Sobre el

Ebro surgía una niebla blanca y alargada; en el fondo, por encima de la

bruma, se destacaban los picos de la sierra de San Lorenzo, iluminados

por un sol pálido. Empezaron a bajar hacia la ribera. A medida que

descendían se iba levantando el paredón negruzco de la sierra de

Cantabria. Había nevado ligeramente también por allá. Aparecían los

resaltos de la montaña blancos por la nieve, y los grupos de aliagas y

de zarzas se veían negros y redondos entre la blancura de las vertientes

y de los taludes. El camino tomaba un aspecto siniestro a medida que la

obscuridad dominaba. Grandes piedras parecían avanzar en la sombra a

cerrar el paso; la imaginación forjaba gente emboscada entre los troncos

de los árboles.

Pasaron por delante de una venta que había en el cruce de un camino

transversal. A la luz de un farol rojo podía leerse en la pared un

letrero con una flecha al lado. El letrero decía: «A Leza».

La noche comenzó a llenarse de estrellas; las dos viajeras marchaban

mudas, amedrentadas por el silencio y el aire desierto del campo. Los

cascos de las caballerías sonaban fuertemente en el suelo helado de la

carretera; una herradura, al chocar en las piedras, tintineaba con un

sonido metálico.

En el viento no venía el menor murmullo; sólo alguna vez una corneja

graznaba entre los árboles, Leguía silbaba suavemente.

Una estrella que brillaba sobre una altura sacó a los viajeros de su

mutismo; Corito y la vieja afirmaron que era la ventana de alguna casa

del pueblo; el joven Leguía, más acostumbrado al campo, aseguró que era

una estrella. Efectivamente: lo era.

Volvieron de nuevo a marchar en silencio. La vieja empezó a murmurar y a

decir que, indudablemente, habían perdido el camino. Leguía no quiso

meterse en una discusión inútil.

--Vamos bien--murmuró.

Pasó otra media hora. Se comenzó a divisar una colina obscura a la

derecha de la carretera. Allí debía de encontrarse el pueblo.

Se vió una luz; una mirada en medio de la obscuridad; apareció, parpadeó

y desapareció en un instante.

La vieja entonces aseguró que era una estrella; pero Leguía notó que por

encima se veía algo negro y rígido.

--Es una luz--exclamó--; ahí seguramente está el pueblo.

El tono perentorio de Leguía hizo murmurar a la señora Magdalena.

Poco después se fué viendo más clara la luz, y en el cerro de Laguardia

se destacaron con vaguedad las líneas de la muralla y las siluetas de la

torre de Santa María y del Castillo grande.

--Ya estamos--dijo Corito.

¡ALTO!

Subieron la cuesta, y al avanzar por el raso de la muralla hacia la

puerta de San Juan, el centinela les dió el alto.

--¿Quién vive?--gritó.

--España--contestó Leguía, con voz firme.

--¿Qué gente?

--Gente de paz.

--Adelante.

Avanzaron hasta la entrada y esperaron.

Se abrió la puerta y los viajeros pasaron a un corredor iluminado por un

farolillo.

Un oficial se presentó.

--¿Quieren ustedes decirme adónde van?--dijo.

--Nosotros vamos a casa del señor Ramírez de la Piscina--contestó

Corito.

--¿Y usted?

--Yo iré a la posada--dijo Leguía--; donde dejaré también los caballos.

--Los caballos pueden quedar en casa--advirtió la señora Magdalena.

--Bueno; pues iré yo solo.

--Entonces, cuando vuelva--advirtió el oficial--llame usted. El parador

está fuera de puertas y tiene usted que pasar de nuevo por aquí.

--Llamaré. Muchas gracias.

Entraron en el pueblo los jinetes y llegaron hasta la calle Mayor. Se

detuvieron delante de una casa baja con gran alero artesonado, balcón

saliente y puerta ojival, con escudo en la clave.

Leguía saltó del caballo, y dió tres aldabonazos sonoros.

--¿Quién es?--dijo una voz de mujer desde la ventana.

--Soy yo, Corito--contestó a la muchacha.

Pasado algún tiempo se oyó el chirriar de un cerrojo y dos o tres

personas se asomaron al postigo. Hubo abrazos y besos entre Corito y los

de la casa. Un hombre abrió la puerta por completo e hizo pasar adentro

los tres caballos. Luego la cerró y dejó solamente el postigo entornado.

Corito alargó la mano a Leguía, y le dijo:

--¡Muchísimas gracias por todo! Hasta mañana, ¿verdad?

--Sí; hasta mañana.

Leguía saludó con el sombrero de copa muy finamente y quedó un rato

mirando la fachada de la casa, en la obscuridad. La ventana, iluminada

en aquel momento, del segundo piso, le atraía. Pasó una sombra por ella;

luego se apagó la luz.

Leguía se acercó al portal de San Juan y salió fuera de la muralla. La

bóveda celeste palpitaba llena de estrellas. El joven aspiró con fuerza

el aire frío de la noche; después se acercó al parador, cuyo zaguán

estaba iluminado, y entró en él.

El aprendiz de conspirador · 第 22 / 204 题