Se despidieron del filósofo pastor; volvieron a montar a caballo y, al
paso, llegaron al puerto. Aquel era el Balcón de la Rioja. Una capa
ligera de nieve cubría el monte. Corría por allá un vientecillo serrano,
frío y agudo, que se metía hasta los huesos. Se divisaba desde arriba un
gran espacio de tierra que parecía llano, a pesar de estar constituído
por una serie de lomas y de cerros. Los caminos, blancos, serpenteaban
por entre las colinas y altozanos apareciendo y desapareciendo,
bordeados a trechos por árboles amarillos y sin hojas.
El Ebro brillaba en varios trozos diseminados por el campo, como pedazos
de espejo, y algunas humaredas azules rastreaban por encima de las
heredades, en el cielo rojo del crepúsculo.
Corito entró en una caseta abandonada de algún peón caminero que, sin
duda, los blancos o los negros, o los dos a la vez, habían desvalijado.
--En último término, podíamos quedarnos aquí a pasar la noche--dijo
Corito.
--¡Jesús, qué ocurrencia! ¡Qué barbaridad!--murmuró la vieja.
--No tengas miedo, Magdalena. Era una broma. Seguiremos andando hasta
llegar a Laguardia.
--Dejemos que descansen los caballos y que coman un poco, aunque sea
hierba, y en seguida nos pondremos en marcha--dijo Leguía.
--Bueno; esperaremos--repuso.