Mardonio se apodera nuevamente de Atenas, abandonada de sus
ciudadanos, los cuales se quejan de la indiferencia de los
lacedemonios: decídense estos a socorrerlos, por lo cual Mardonio
abandona la población después de haber demolido sus muros y
edificios. — Los griegos son atacados a las inmediaciones del
Citerón por la caballería persa, y muere en la refriega su jefe
Masistio. Avanza el ejército griego hacia Platea y se atrinchera
contra el persa. Disputa entre los atenienses y los de Tegea sobre
preferencia en el campamento y mando: reseña y formación de ambos
ejércitos, los cuales, en vista de los agüeros, permanecen indecisos,
sin atreverse a dar la batalla. Decídese Mardonio a embestir contra
los griegos, y Alejandro de Macedonia les avisa en persona este
proyecto. — Reto de Mardonio a los laconios. — Tratan los griegos
de retirarse para mejorar de posición, pero se opone un caudillo
lacedemonio, y entretanto algunos de los confederados huyen a Platea.
Al retirarse los lacedemonios son atacados por los persas. — Muerte
de Mardonio y fuga del ejército persa, que atacado en sus trincheras
es pasado a degüello por los griegos. Relación de los sujetos que se
distinguieron en aquella jornada y del botín ocupado a los persas.
— El ejército griego trata de castigar a los aliados, y pone sitio
a los tebanos. Entretanto, Leotíquidas con la armada griega intenta
atacar a los restos de la persa; pero sus jefes saltan en tierra y
se fortifican en Mícala, en donde son atacados y vencidos por los
griegos. — Sublevación de los jonios contra los persas. — Riña
entre Masistes y Artaíntes, generales persas. Amores incestuosos de
Jerjes con la familia de Masistes. El manto de Jerjes. Los griegos
atacan el Quersoneso y se apoderan de Sesto, plaza defendida por los
persas, y dan muerte a su gobernador, el impío Artaíctes.
I. Recibida, pues, dicha respuesta, dieron la vuelta hacia Esparta los
enviados; pero Mardonio, luego que vuelto de su embajada Alejandro
le dio razón de lo que traía de parte de los atenienses, saliendo
al punto de Tesalia dábase mucha prisa en conducir sus tropas
contra Atenas, haciendo al mismo tiempo que se le agregasen con sus
respectivas milicias los pueblos por donde iba pasando, los príncipes
de la Tesalia,[363] bien lejos de arrepentirse de su pasada conducta,
entonces con mayor empeño y diligencia servían al persa de guías y
adalides: de suerte que Tórax de Larisa, que escoltó a Jerjes en la
huida, iba entonces abiertamente introduciendo en la Grecia al general
Mardonio.
II. Apenas el ejército, siguiendo sus marchas, entró en los confines
de la Beocia, salieron con presteza los tebanos a recibir y detener a
Mardonio. Representáronle desde luego que no había de hallar paraje más
a propósito para sentar sus reales que aquel mismo donde actualmente
se encontraba; aconsejábanle, pues, con mucho ahínco, sin dejarle
pasar de allí, que atrincherado en aquel campo tomara sus medidas
para sujetar a la Grecia toda sin disparar un solo dardo, pues harto
había visto ya por experiencia cuán arduo era rendir por fuerza a
los griegos unidos, aunque todo el mundo les acometiera de consuno.
«Pero si vos, iban continuando, queréis seguir nuestro consejo, uno os
daremos tan acertado, que sin el menor riesgo daréis al suelo con todas
sus máquinas y prevenciones. No habéis de hacer para esto sino echar
mano del dinero, y con tal que lo derraméis, sobornaréis fácilmente a
los sujetos principales que en sus respectivas ciudades tengan mucho
influjo y poderío. Por este medio lograréis introducir en la Grecia
tanta discordia y división, que os sea bien fácil, ayudado de vuestros
asalariados, sujetar a cuantos no sigan vuestro partido».
III. Tal era el consejo que a Mardonio sugerían los tebanos: el
daño estuvo en que no le dio entrada,[364] por habérsele metido muy
dentro del corazón el deseo de tomar otra vez a Atenas, parte por mero
capricho y antojo, parte por jactancia, queriendo hacer alarde con su
soberano, quien se hallaba a la sazón en Sardes, de que era ya dueño
otra vez de Atenas, y pensando darle el aviso por medio de los fuegos
que de isla en isla pasaran como correos. Llegado en efecto a Atenas,
tomó a su salvo la plaza, donde no encontró ya a los atenienses, de
los cuales parte supo haber pasado a Salamina, parte hallarse en sus
galeras. Sucedió esta segunda toma de Mardonio diez meses después de la
de Jerjes.
IV. Al verse Mardonio en Atenas, llama a un tal Muriquides, natural de
las riberas del Helesponto, y le despacha a Salamina, encargado de la
misma embajada que a los de Atenas había pasado Alejandro el Macedonio.
Determinose Mardonio a repetirles lo mismo, no porque no diera por
supuesto que le era contrario y enemigo el ánimo de los atenienses,
sino porque se lisonjeaba de que, viendo ellos conquistada entonces el
Ática a viva fuerza, y puesta su patria en manos del enemigo, cediendo
de su tenacidad primera, volverían quizá en su acuerdo. Con tal mira,
pues, envió a Muriquides a Salamina.
V. Presentado este delante del Senado de los atenienses, expuso la
embajada que de parte de Mardonio les traía. Entre aquellos senadores
hubo cierto Lícidas, cuyo parecer fue que lo mejor sería admitir el
partido que Muriquides les hacía y proponerlo a la junta del pueblo,
ora fuera que él de suyo así opinase, ora bien se hubiese dejado
sobornar con las dádivas de Mardonio. Pero los atenienses, así
senadores como ciudadanos, al oír tal proposición, miráronla con tanto
horror, que rodeando a Lícidas en aquel punto le hicieron morir a
pedradas, sin hacer por otra parte mal alguno a Muriquides, mandándole
solamente que se fuera luego de su presencia.[365] El grande alboroto
y ruido que sobre el hecho de Lícidas corría en Salamina llegó veloz a
los oídos curiosos de las mujeres, quienes iban informándose de lo que
pasaba; entonces, pues, de impulso propio, exhortando unas a las otras
a que las siguieran, y corriendo todas juntas hacia la casa de Lícidas,
hicieron morir a pedradas a la mujer de este, juntamente con sus hijos,
sin que nadie les hubiese movido a ello.
VI. El motivo que para pasar a Salamina tuvieron entonces los de
Atenas fue el siguiente: Todo el tiempo que vivían con la esperanza de
que en su asistencia y socorro había de venirles un cuerpo de tropas
del Peloponeso, estuviéronse firmes y constantes en no desamparar el
Ática. Mas después que vieron que los peloponesios, dando treguas al
tiempo, dilataban sobrado su venida, y oyendo ya decir que se hallaba
el bárbaro marchando por la Beocia, les obligó su misma posición a
que, llevando primero a Salamina cuanto tenían, pasasen ellos mismos
a dicha isla. Desde allí enviaron a Lacedemonia unos embajadores con
tres encargos; el primero de dar quejas a los lacedemonios por la
indiferencia con que miraban la invasión del Ática por el bárbaro,
no habiendo querido en compañía suya salirle al encuentro hasta la
Beocia; el segundo de recordarles cuán ventajoso partido les había a
ellos ofrecido el persa a trueque de atraerles a su liga y amistad;
el tercero de prevenirles que los atenienses al fin, si no se les
socorría, hallarían algún modo como salir del ahogo en que se veían.
VII. He aquí cuál era entretanto la situación de los lacedemonios:
hallábanse por una parte muy ocupados a la sazón en celebrar sus
_Jacintias_, así llamaban sus fiestas en honor del niño Jacinto,
empleándoles toda la atención y cuidado el célebre culto de su dios;
y por otra andaban muy afanados en llevar adelante la muralla que
sobre el Istmo iban levantando y que tenían en estado ya de recibir
las almenas. Apenas entrados, pues, en Lacedemonia los embajadores de
Atenas, en cuya compañía venían los enviados de Mégara y los de Platea,
presentáronse a los éforos, y les hablaron en estos términos: «Venimos
aquí de parte de los atenienses, quienes nos mandan declararos los
siguientes partidos que el rey de los medos nos propone: primero, se
ofrece a restituirnos nuestros dominios; segundo, nos convida a una
alianza ofensiva y defensiva con una perfecta igualdad e independencia,
sin doblez ni engaño; tercero, nos promete, y sale de ello garante,
añadir a nuestra república el estado y provincia que nosotros queramos
escoger. Pero los atenienses, tanto por el respeto con que veneramos a
Zeus Helenio, patrono de la Grecia,[366] cuanto por el horror innato
que en nosotros sentimos de ser traidores a la patria común, no le
dimos oídos, rechazando su proposición, por más que nos viéramos antes,
no como quiera agraviados, sino lo que es más, desamparados y vendidos
por los griegos; y esto sabiendo muy bien cuánta mayor utilidad nos
traería la avenencia que no la guerra con el persa. Ni esto lo decimos
porque nos arrepintamos de lo hecho, protestando de nuevo que jamás
nos coligaremos con el bárbaro, sino solamente para que se vea adónde
llega nuestra fe y lealtad para con los griegos. Vosotros, si bien
estabais temblando entonces de miedo, y por extremo recelosos de que no
conviniéramos en pactos con el persa, viendo después claramente, por
una parte, que de ninguna manera éramos capaces por nuestras opiniones
de ser traidores a la Grecia, y teniendo ya, por otra, concluida en
el Istmo vuestra muralla, no contáis al presente ni mucho ni poco con
los atenienses, pues no obstante de habernos antes prometido que con
las armas en la mano saldríais hasta la Beocia a recibir al persa,
nos habéis vendido, faltando a vuestra palabra, y nada os importa
ahora que el bárbaro tenga el Ática invadida. Los atenienses, pues, se
declaran altamente resentidos de vuestra conducta, la que no conviene
con vuestras obligaciones: lo que al presente desean, y con razón
pretenden de vosotros, es que con la mayor brevedad posible les enviéis
un ejército que venga en nuestra compañía, a fin de poder salir unidos
a oponernos al bárbaro en el Ática, pues una vez perdida por vuestra
culpa la mayor oportunidad de recibirlo en la Beocia, la llanura
Triasia es en el Ática el campo más a propósito para la batalla».
VIII. Oída por los éforos la embajada, difirieron para el otro día la
respuesta, y al otro día la dilataron para el siguiente, y así de día
en día, dándoles más y más prórrogas, fueron entreteniéndoles hasta
el décimo. En tanto, no se daban manos los peloponesios en fortificar
al Istmo, siendo ya muy poco lo que faltaba para dar fin y remate a
las obras. No sabría yo, en verdad, dar otra razón de la conducta de
los lacedemonios en haber tomado antes con tanto ahínco el impedir
la confederación de los atenienses con los medos, cuando vino a la
ciudad de Atenas Alejandro el Macedonio, y en no dar luego a todo
ello importancia alguna, sino el decir que teniendo últimamente del
todo fortificado el Istmo, parecíales ya que para nada necesitaban de
Atenas, al paso que antes, al tiempo en que llegó Alejandro a aquella
ciudad, no habiendo murado todavía y hallándose puntualmente en la
mitad de aquellas obras, temían mucho en ser acometidos por el persa,
si no lo impedían los atenienses.
IX. Con todo, acordaron al cabo los lacedemonios responder a los
embajadores y mandar salir a campaña sus espartanos con el siguiente
motivo: Un día antes del último plazo para la decisión del negocio,
un ciudadano de Tegea, llamado Quíleo, que era el extranjero de mayor
influjo en Lacedemonia, habiendo oído de boca de los éforos todo lo que
antes les habían expuesto los embajadores de Atenas, bien informado
del negocio, respondioles en esta forma: «Ahora, pues, ilustres
éforos, viene todo a reducirse a un punto solo, y es el siguiente:
si por acaso coligados los atenienses con el bárbaro no obran de
acuerdo con nosotros, por más cerrado que tengamos el Istmo con cien
murallas, tendrán los persas abiertas por cien partes las puertas del
Peloponeso. No, magistrados, eso no conviene de ningún modo; es preciso
dar audiencia y respuesta a los atenienses, antes que no tomen algún
partido pernicioso a la Grecia».
X. Este consejo que dio a los éforos el buen Quíleo, y la reflexión
tan exacta que les presentó, penetroles de manera que, prescindiendo
de dar parte del negocio pendiente a los diputados que habían allí
concurrido de diferentes ciudades, al momento, sin esperar a que
amaneciera, mandaron salir de la ciudad 5000 espartanos, ordenando
al mismo tiempo que siete ilotas acompañasen a cada uno de ellos, y
encargándolos a Pausanias, hijo de Cleómbroto, padre de Pausanias e
hijo de Anaxándridas, pues habiendo poco antes regresado del Istmo
con la gente que trabajaba allí en dicha muralla, acabó la carrera de
su vida inmediatamente después de su vuelta: el motivo que le obligó
a retirarse del Istmo con su gente, había sido el haber visto que al
tiempo de celebrar allí sacrificios contra el persa, se les había
cubierto el sol y oscurecido el cielo. Pausanias, pues, destinado a la
empresa, se asoció por teniente general a Eurianacte, el cual, como
hijo de Dorieo, era de su misma familia. Esta fue, repito, la gente de
armas que salió de Esparta, conducida por Pausanias.
XI. Apenas amaneció, cuando los embajadores, que nada habían sabido
todavía de la salida de tropas, se presentaron ante los éforos con
el ánimo resuelto a despedirse para volverse a su patria. Admitidos,
pues, a la audiencia pública, hablaron en estos términos: «Bien podéis,
lacedemonios, por nuestra parte, quedaros de asiento en casa sin sacar
un pie fuera de Esparta, celebrando muy despacio, a todo placer, esas
fiestas en honor de vuestro Jacinto, y faltando muy de propósito a la
correspondencia que debéis a vuestros aliados. Obligados nosotros,
los atenienses, así por esa nueva injuria que con vuestra estudiada
tardanza y desprecio nos estáis haciendo, como también por vernos
faltos de socorro, nos entenderemos con el persa del mejor modo que
podamos. Manifiesto es que, una vez amistados con el rey, seguiremos
como aliados sus banderas donde quiera que nos conduzcan. Vosotros, sin
duda, desde aquel punto comenzaréis a sentir los efectos que de una
tal alianza se os podrán originar». La respuesta que dieron los éforos
a este breve discurso de los enviados, fue afirmar con juramento, que
creían en verdad hallarse ya sus tropas en Oresteo, marchando contra
los extranjeros, pues extranjeros llamaban a los bárbaros según su
frase. Pero como los embajadores, que no la entendían, preguntasen lo
que pretendían significar con aquello, informados luego de todo lo que
pasaba, quedáronse admirados y suspensos, y sin perder más tiempo,
salieron en seguimiento de los soldados, llevando en su compañía 5000
infantes que se habían escogido entre los periecos[367] (o vecinos
libres) de toda la Lacedemonia.
XII. Entretanto que dicha tropa se apresuraba a llegar al Istmo,
los argivos, apenas oyeron la noticia de que ya Pausanias había
salido de Esparta con la gente de armas, echando mano luego del
mejor posta que pudieron hallar, lo envían al Ática por expreso,
en consecuencia de haber antes ofrecido a Mardonio que procurarían
impedir a los espartanos la salida. Llegado, pues, a Atenas este correo
_hemerodromo_, dio así a Mardonio la embajada: «Señor, me envían
los argivos para haceros saber que la gente moza salió armada ya de
Lacedemonia, sin que a ellos les haya sido posible estorbarles la
salida: con este aviso podréis tomar mejor vuestras medidas». Dado así
el recado, volviose el expreso por el mismo camino.
XIII. Mardonio que tal oyó, no se halló seguro en el Ática, ni se
determinó a esperar en ella por más tiempo, siendo así que antes que
tal nueva le llegara, se detenía allí muy despacio para ver en qué
paraba la negociación de parte de los atenienses, pues como siempre
esperase que vendrían al cabo a su partido, ni talaba entretanto
su país, ni hacía daño alguno en el Ática. Mas luego que informado
de cuanto pasaba vio que nada a su favor tenía que esperar de los
atenienses, pensó desde entonces en emprender su retirada antes que con
su gente llegara Pausanias al Istmo. Al salir de Atenas dio orden de
abrasar la ciudad, y dar en el suelo con todo lo restante, ora fuese
algún lienzo de muralla que hubiera quedado antes en pie, ora pared
desmoronada de alguna casa, ora fragmento o ruina de algún templo. Dos
motivos en particular le persuadían la retirada: uno por ver que el
Ática no era a propósito para que maniobrara allí la caballería; otro
el entender que, vencido una vez en campo de batalla, no le quedaría
otro escape que por unos pasos tan estrechos que un puñado de gente
pudiera impedírselo. Pareciole, pues, ser lo más acertado retirarse
hacia Tebas, y dar allí la batalla, ya cerca de una ciudad amiga, ya
también en una llanura a propósito para maniobrar la caballería.
XIV. Ejecutando ya la retirada, llegole a Mardonio otro correo al
tiempo mismo de la marcha, dándole de antemano aviso de que hacia
Mégara se dirigía otro cuerpo de 1000 lacedemonios. Vínole con esto el
deseo de probar fortuna para ver si le sería dable apoderarse de aquel
destacamento: mandó, pues, que retrocediera su gente, a la cual condujo
él mismo hacia Mégara, y adelantada entretanto su caballería, hizo
correrías por toda aquella comarca. Este fue el término y avance hacia
poniente donde llegó en Europa el ejército persa.
XV. En el intermedio llegole a Mardonio otro aviso de que ya los
griegos se hallaban en gran número reunidos en el Istmo; aviso
que de nuevo le hizo retroceder hacia Decelia. A este efecto los
beotarcas o jefes de la Beocia habían hecho presentarse a los beocios
fronterizos de los asopios, quienes iban guiando la gente hacia las
Esfendaleas[368] y de allí hacia Tanagra, donde habiendo hecho alto
una noche, y marchado al día siguiente la vuelta de Escolo, hallose
ya el ejército en el territorio de los tebanos. Por más que estos se
hubiesen unido a los medos, les taló entonces Mardonio las campiñas,
no por odio que les tuviera, sino obligado a ello por una extrema
necesidad, queriendo absolutamente fortificar su campo con empalizadas
y trincheras para prevenirse un seguro asilo donde guarecer el
ejército, caso de no tener el encuentro el éxito deseado. Empezó, pues,
a formar sus reales desde Eritras, continuándolos por Hisias[369] y
extendiéndolos hasta el territorio de Platea a lo largo de las riberas
del río Asopo: verdad es que las trincheras con que los fortificó
no ocupaban todo el espacio arriba dicho, sino solamente unos diez
estadios por cada uno de sus lados. En tanto que los bárbaros andaban
en aquellas obras muy afanados, cierto tebano muy rico y acaudalado,
Atagino, hijo de Frinón, preparó un excelente convite a aquellos
huéspedes, llamando a Mardonio con cincuenta persas más, jefes todos de
la primera consideración. Admitieron estos el agasajo y celebrose en
Tebas el banquete.
XVI. Voy a referir aquí con esta ocasión lo que supe de boca de
Tersandro, sujeto de la mayor consideración en Orcómeno, de donde
era natural, y que había sido uno de los convidados de Atagino en
compañía de otros cincuenta tebanos. Decíame, pues, que no comiendo
los huéspedes en mesa separada de la de los del país, sino que estando
juntos en cada lecho un persa y un tebano, al fin del convite, cuando
se habían sacado ya les vinos, el persa compañero suyo de lecho, que
hablaba el griego, preguntole de dónde era, y respondiéndole él que
de Orcómeno, hablole en estos términos: «Caro orcomenio, ya que tengo
la fortuna de ser tu camarada en una mesa, cama y copa misma, quiero
participarte en prueba de mi estima mis previsiones y sentimientos,
para que informado de antemano mires por tu bien. ¿Ves, amigo, tanto
persa aquí convidado, y tanto ejército que dejamos atrincherado allá
cerca del río? Dígote, pues, ahora, que dentro de poco bien escasos
serán entre todos los que veas vivos y salvos». Al decir esto el persa,
añadíame Tersandro, púsose a llorar muy de veras, y él le respondió
confuso y admirado: «¿Pues eso no sería menester que lo dijeras a
Mardonio y a los que más pueden después de él?». «Amigo, replicole el
persa a la sazón, como no hay medio en el suelo para estorbar lo que
en el cielo está decretado,[370] si alguno se esfuerza a persuadir
algo en contra, no se da crédito a sus buenas razones. Muchos somos
entre los persas que eso mismo que te digo lo tenemos bien creído y
seguro; y sin embargo, como arrastrados por la fuerza del hado, vamos
al precipicio: y te aseguro que no cabe entre hombres dolor igual al
que sienten los que piensan bien sin poder nada para impedir el mal».
Esto oía yo de boca del orcomenio Tersandro, quien añadía que desde que
lo oyó, antes de darse la batalla en Platea, él mismo lo fue refiriendo
a varios.
XVII. Después de invadir a Atenas, habían unido sus tropas con
Mardonio, que tenía entonces el campo en Beocia, todos los griegos de
aquellos contornos, excepto los focidios, quienes, si bien seguían
al medo con empeño, no procedía del corazón este empeño a que la
fuerza solamente les obligaba. Reuniéronse estos al campo general, no
mucho después de haber llegado a Tebas el ejército de los persas, con
1000 infantes mandados por Harmocides, sujeto de la mayor autoridad
y aceptación entre sus paisanos. En el momento de llegar a Tebas,
mandoles decir Mardonio, por medio de unos soldados de caballería, que
plantasen aparte sus tiendas en los reales, separados de los demás:
apenas acabaron de hacer lo que se les mandaba, cuando se vieron
circuir por toda la caballería persa. Esta novedad fue seguida de un
rumor esparcido luego entre los griegos aliados del medo, y comunicado
en breve a los focidios mismos, de que venía aquella a exterminarlos
a fuerza de dardos: en consecuencia de ello, el general Harmocides
les animó con este discurso: «Visto está, paisanos, que esos hombres
que nos rodean quieren que todos perezcamos, presentando a nuestros
ojos la muerte en castigo de las calumnias con que sin duda nos han
abrumado los tesalios. Esta es, pues, oh compatricios, la hora de que,
mostrando el valor de nuestro brazo, venda cada cual cara su vida. Si
morir debemos, muramos antes vengando nuestra muerte, que no vilmente
rendidos dejándonos asesinar como cobardes: sepan esos bárbaros que los
griegos a quienes maquinan la muerte no se dejan degollar impunemente
como corderos».
XVIII. Así les exhortaba su general a una muerte gloriosa, cuando ya
la caballería persa, cerrándoles en medio, embestía apuntadas las
armas en ademán de quien iba a disparar y dudase aún si alguien, en
efecto, había ya disparado algún tiro. De repente, formando un círculo
los focidios, y apiñándose por todas partes cuanto les fue posible,
se disponen para hacer frente a la caballería; ni fue menester más
para que esta se retirase viendo aquella cerrada falange. En verdad
que no me atrevo a asegurar lo que hubo en el caso: ignoro si los
persas, venidos a instancia de los tesalios con ánimo de acabar
con los focidios, al ver que estos se disponían como valientes a
una vigorosa defensa, volvieron luego las espaldas, por habérselo
prevenido así Mardonio en aquel caso; o si este con tal aparato no
pretendía más que hacer prueba del valor y ánimo de los focidios.
Este último fue por cierto lo que significó Mardonio cuando, después
de retirada su caballería, les mandó decir por un pregonero: «¡Bien,
muy bien, focidios! Mucho me alegro de que seáis, no los cobardes que
se me decía, sino los bravos soldados que os mostráis. ¡Ánimo, pues!,
servid con valor y esfuerzo en esta campaña, seguros de que no serán
mayores vuestros servicios que las mercedes que de mí y de mi soberano
reportaréis».
XIX. Tal fue el caso de los focidios; pero volviendo a los
lacedemonios, luego de llegados al Istmo, plantaron allí su campo.
Los demás peloponesios, que seguían el sano partido a favor de la
patria, parte sabiendo de oídas, parte viendo por sus mismos ojos que
se hallaban acampados ya los espartanos, no creyeron bueno quedárseles
atrás en aquella jornada, antes bien fueron a juntárseles luego.
Reunidos en el Istmo, viendo que les lisonjeaban con los mejores
agüeros las víctimas del sacrificio, pasaron a Eleusis, donde repetidos
los sacrificios con faustas señales, iban desde allí continuando sus
jornadas. Marchaban ya con las demás tropas atenienses las que pasando
desde Salamina a tierra firme se les habían agregado en Eleusis.
Llegados todos a Eritras, lugar de la Beocia, como supiesen allí que
los bárbaros se hallaban acampados cerca del Asopo, tomando acuerdo
sobre ello, plantaron sus reales enfrente del enemigo, en las raíces
mismas de Citerón.
XX. Como los griegos no presentasen la batalla bajando a la llanura,
envió Mardonio contra ellos toda la caballería, con su jefe Masistio,
a quien suelen llamar Macisio los griegos, guerrero de mucho crédito
entre los persas, que venía montado sobre su caballo Niseo, a cuyo
freno y brida de oro correspondía en belleza y valor todo lo demás
de las guarniciones. Formados, pues, los persas en sus respectivos
escuadrones, embistiendo con su caballería a los griegos, a más de
incomodarles mucho con sus tiros, les afrentaban de palabra llamándoles
mujeres.
XXI. Casualmente en la colocación de las brigadas había cabido a los
megarenses el puesto más próximo al enemigo, y tal que siendo de
fácil acceso daba más lugar al ímpetu de la caballería. Viéndose,
pues, acometidos del enemigo que les cargaba y oprimía con bizarro
continente, despacharon a los generales griegos un mensajero, que
llegando a su presencia, les habló en esta forma: «Los megarenses me
envían con orden de deciros: Amigos, no podemos con sola nuestra gente
sostener por más tiempo el ataque de la caballería persa, y guardar el
puesto mismo que desde el principio nos ha cabido; y si bien hasta
ahora hemos rebatido al enemigo con mucho vigor y brío por más que
nos agobiase, rendidos ya al cabo, vamos a desamparar el puesto si no
enviáis otro cuerpo de refresco que nos releve y lo ocupe: y mirad que
muy de veras lo decimos». Recibido este aviso, iba luego Pausanias
brindando a los griegos que si algún cuerpo, entrando en lugar de los
megarenses, querría de su voluntad cubrir aquel puesto peligroso: y
viendo los atenienses que ninguna de las demás brigadas se ofrecía
espontáneamente a arrostrar tal riesgo, ellos se brindaron al reemplazo
de los megarenses, y fueron allá con un cuerpo de 300 guerreros
escogidos, a cuyo frente iba por comandante Olimpiodoro, hijo de Lampón.
XXII. Este cuerpo, al que se agregó una partida de ballesteros, fue
entre todos los griegos que se hallaban presentes el que quiso,
apostado en Eritras, relevar a los megarenses. Emprendida de nuevo la
acción, duró por algún tiempo, terminando al cabo del siguiente modo:
Acaeció que peleando sucesivamente por escuadrones la caballería persa,
habiéndose adelantado a los demás el caballo en que montaba Masistio,
fue herido en un lado con una saeta. El dolor de la herida hízole
empinar y dar con Masistio en el suelo. Corren allá los atenienses,
y apoderados del caballo logran matar al general derribado, por más
que procuraba defenderse, y por más que al principio se esforzaban en
vano en quitarle la vida. La dificultad provenía de la armadura del
general, quien vestido por encima con una túnica de grana, traía debajo
una loriga de oro de escamas, de donde nacía que los golpes dados
contra ella no surtiesen efecto alguno. Pero notado esto por uno de sus
enemigos, metiole por un ojo la punta de la espada, con lo cual, caído
luego Masistio, al punto mismo expiró. En tanto, la caballería, que
ni había visto caer del caballo a su general, ni morir luego de caído
a manos de los atenienses, nada sabía de su desgracia, habiendo sido
fácil el no reparar en lo que pasaba, por cuanto en aquella refriega
iban alternando las acometidas con las retiradas. Pero como salidos
ya de la acción viesen que nadie les mandaba lo que debían ejecutar,
conociendo luego la pérdida, y echando menos a su general, se animaron
mutuamente a embestir todos a una con sus caballos, con ánimo de
recobrar al muerto.
XXIII. Al ver los atenienses que no ya por escuadrones, sino que
todos a una venían contra ellos los caballos, empezaron a gritar
llamando el ejército en su ayuda: y en tanto que este acudía ya
reunido, encendiose alrededor del cadáver una contienda muy fuerte y
porfiada. En el intermedio que la sostenían solos los 300 campeones,
llevando notoriamente la peor parte en el choque, veíanse obligados
a ir desamparando al general difunto; pero luego que llegó la demás
tropa de socorro, no pudieron resistirla los persas de a caballo, ni
menos llevar consigo el cadáver, antes bien alrededor de este quedaron
algunos más tendidos y muertos. Retirados, pues, de allí, y parados
como a dos estadios de distancia, pusiéronse los persas a deliberar
sobre el caso, y parecioles ser lo mejor volverse hacia Mardonio, por
no tener quien les mandase.
XXIV. Vuelta al campo la caballería sin Masistio y con la nueva de su
desgraciada muerte, fue excesivo en Mardonio y en todo el ejército
el dolor y sentimiento por aquella pérdida. Los persas acampados,
cercenándose los cabellos en señal de luto y cortando las crines a sus
caballos y a las demás bestias de carga, en atención a que el difunto
era después de Mardonio el personaje de mayor autoridad entre los
persas y de mayor estimación ante el soberano, levantaban el más alto y
ruidoso plañido, cuyo eco resonaba difundido por toda la Beocia. Tales
eran las honras fúnebres que los bárbaros, según su usanza, hacían a
Masistio.
XXV. Los griegos por su parte, viendo que no solo habían podido
sostener el ímpetu de la caballería, sino que aun habían logrado
rechazarla de modo que la obligaron a la retirada, llenos de coraje,
cobraron nuevos espíritus para la guerra. Puesto desde luego el cadáver
encima de un carro, pensaron en pasearlo por delante de las filas del
ejército. La alta estatura del muerto y su gallardo talle, lleno de
majestad y digno de ser visto, circunstancias que les movían a aquella
demostración, obligaban también a los demás griegos a que, dejados sus
respectivos puestos, concurriesen a ver a Masistio. Después de esta
hazaña, pensaron ya en bajar de sus cerros hacia Platea, lugar que así
por la mayor abundancia de agua como por otras razones, les pareció
mucho más cómodo que el territorio eritreo para fijar allí sus reales.
Resueltos, pues, a pasar hacia la fuente Gargafia, que se halla en
aquellas cercanías, y marchando con las armas en las manos por las
faldas del Citerón y por delante de Hisias, se encaminaron a la comarca
de Platea, donde por cuerpos iban atrincherándose cerca de la fuente
mencionada y del templo del héroe Androcrates, en aquellas colinas poco
elevadas y en la llanura vecina.
XXVI. Moviose aquí entre tegeatas y atenienses un porfiadísimo
altercado, sobre qué puesto debían ocupar en el campo, pretendiendo
cada cual de los pueblos que le tocaba de justicia el mando de una de
las dos alas del ejército, y produciendo a favor de su derecho varias
pruebas en hechos antiguos y recientes. Los de Tegea hablaban así por
su parte: «En todas las expediciones, así antiguas como modernas, que
de consuno han hecho los peloponesios, contando ya desde el tiempo
en que por muerte de Euristeo procuraban volver al Peloponeso los
Heráclidas, nos han reputado siempre nuestros aliados por acreedores
a lograr el puesto que ahora pretendemos, cuya prerrogativa merecimos
nosotros por cierta hazaña de que vamos a dar razón cuando plantamos
en el Istmo nuestras tiendas, saliendo a la defensa del Peloponeso,
en compañía de los aqueos y de los jonios, que tenían allí todavía su
asiento y morada. Porque entonces Hilo, según es fama común, propuso
en una conferencia a los del Peloponeso que no había razón para que
los dos ejércitos se pusieran a peligro de perderse en una acción
general, sino que lo mejor para entrambos era que un solo campeón del
ejército peloponesio, cualquiera que escogiesen por el más valiente
de todos, entrase con él en batalla cuerpo a cuerpo, bajo ciertas
condiciones. Pareció bien la propuesta del retador, y bajo de juramento
fue otorgado un pacto y condición de que si Hilo vencía al campeón y
jefe del Peloponeso, volvieran los Heráclidas a apoderarse del estado
de sus mayores; pero que si Hilo fuese vencido, partiesen de allí los
Heráclidas con su ejército, sin pretender la vuelta al Peloponeso
dentro del término de cien años. Sucedió, pues, que Équemo, hijo de
Aéropo y nieto de Feges, el cual era a un tiempo nuestro rey y general,
habiendo sido muy a su gusto elegido de entre todos los aliados para
el pactado duelo, venció en él y quitó la vida a Hilo. Decimos, pues,
que en premio de tal proeza y servicio, entre otros privilegios con
que nos distinguieron aquellos antiguos peloponesios, en cuya posesión
aun ahora nos mantenemos, nos honraron con la preferencia del mando en
una de las dos alas siempre que se saliera a una común expedición. No
significamos con esto que pretendamos apostárnoslas con vosotros, oh
lacedemonios, a quienes damos de muy buena gana la opción de escoger
el mando de una de las dos alas del ejército: solo sí decimos que de
razón y de derecho nos toca el mandar en una de las dos, según siempre
se ha usado. Y aun dejando aparte la mencionada hazaña, somos, sin duda
alguna, mucho más acreedores a ocupar el pretendido puesto que esos
atenienses, pues que nosotros con próspero suceso hemos entrado en
batalla, muchas veces contra vosotros mismos, oh espartanos, muchas
otras contra otros muchos. De donde concluimos que mejor es nuestro
derecho a mandar en una de las alas que el de los atenienses, quienes
en su favor no pueden producir hechos iguales a los nuestros ni en lo
antiguo ni en lo moderno».
XXVII. Eso decían los tegeatas, a quienes respondieron así los
atenienses: «Nosotros, a la verdad, bien comprendemos que no nos hemos
juntado aquí para disputar entre nosotros, sino para pelear contra los
bárbaros. Mas ya que esos tegeatas han querido apelar a las proezas
que ellos y nosotros en todo tiempo en servicio de la Grecia llevamos
hechas, nos vemos, oh griegos, obligados ahora a publicar los motivos
de pretender que a nosotros pertenece, en fuerza de los servicios
prestados a la nación, el derecho antiguo y heredado de nuestros
mayores, de ser preferidos siempre a los de Arcadia. Decimos, en
primer lugar, que fuimos nosotros los que amparamos a los Heráclidas,
a cuyo caudillo ellos se jactan aquí de haber dado la muerte; y les
amparamos de modo que, cuando al huir de la servidumbre de los de
Micenas se veían arrojados de todas las ciudades griegas, no solo les
dimos acogida en nuestras casas, sino que, venciendo en su compañía
en campo de batalla a los peloponesios, hicimos que dejase Euristeo
de perseguirlos. En segundo lugar, habiendo perecido los argivos que
Polinices había conducido contra Tebas, y quedándose en el campo sin la
debida sepultura, nosotros, hecha una expedición contra los cadmeos, y
recogidos aquellos cadáveres, los pasamos a Eleusis, donde les dimos
sepultura en nuestro suelo. En tercer lugar, nuestra fue la famosa
hazaña contra las amazonas, las que venidas desde el río Terdomonte,
infestaban nuestros dominios allá en los antiguos tiempos. Por fin,
en la empresa y jornada penosa de Troya, no fuimos los que peor nos
portamos. Pero bastante y sobrado dijimos sobre lo que nada sirve
para el asunto, pues cabe muy bien que los que fueron en lo antiguo
gente esforzada, sean al presente unos cobardes, y los que fueron
entonces cobardes sean ahora hombres de valía. Así, que no se hable
ya más de hechos vetustos y anticuados: solo decimos que, aun cuando
no pudiéramos alabarnos de otra hazaña (que muchas y muy gloriosas
podemos ostentarlas, si es que hacerlo pueda alguna ciudad griega), por
sola la que hicimos en Maratón somos acreedores a esta preferencia de
honor y a otras muchas más, pues peleando nosotros allí solos sin el
socorro de los demás griegos, y metidos en una acción de sumo empeño
contra el persa, salimos de ella con victoria, derrotando de una vez
a 46 naciones[371] unidas contra Atenas. ¿Y habrá quien diga que por
solo este hecho de armas no merecimos el presidir a una ala siquiera
del ejército? Pero nosotros repetimos que no viene al caso reñir ahora
por esas etiquetas de puesto: lacedemonios, aquí nos tenéis a vuestras
órdenes; apostadnos donde mejor os parezca; mandad que vayamos a
ocupar cualquier sitio que nos destinéis, y en él os aseguramos que no
faltaremos a nuestro deber».
XXVIII. Así respondieron, por su parte, los de Atenas, y todo el campo
de los lacedemonios votó a voz en grito que los atenienses eran más
dignos que los arcadios del mando de una de las alas del ejército, la
cual, sin atender a los tegeatas, se les confió en efecto. El orden
que se siguió luego en la colocación de las brigadas griegas, así las
que de nuevo iban llegando, como las que desde el principio habían ya
concurrido, fue el siguiente: apostose en el ala derecha un cuerpo
de 10.000 lacedemonios, de los cuales los 5000 eran espartanos, a
quienes asistían 35.000 ilotas armados a la ligera, siete ilotas
por cada espartano. Habían querido también los espartanos que a su
lado se apostaran los de Tegea, quienes componían un regimiento de
4500 _hóplitas_ (infantes de armadura pesada), haciendo con ellos
esta distinción en atención a su mérito y valor. A estos seguía la
brigada de los corintios, en número de 5000, quienes habían obtenido
de Pausanias que a su lado se apostasen los 300 potideos que de
Palene habían concurrido. Venían después por su orden 600 arcadios de
Orcómeno; luego 3000 sicionios; en seguida 800 epidaurios, y después
un cuerpo de 4000 trecenios. Al lado de estos estaban 200 lepréatas,
seguidos de 400 soldados, parte micénicos, parte tirintios; tras estos
venían 4000 fliasios; luego 300 de Hermíone, y en seguida 600 más,
parte de Eretria y parte de Estira, cuyo lado ocupaban 400 calcideos.
Inmediatos a ellos, dejábanse ver por su orden consecutivo: los de
Ambracia, en número de 500; los leucadios y anactorios, que eran 800;
los paleos de Cefalonia, no más que 200, y los 500 de Egina. Junto a
estos ocupaban las filas 3000 megarenses, a quienes seguían 600 de
Platea. Los últimos en este orden, y los primeros en el ala izquierda,
eran los atenienses, que subían a 8000 hombres, capitaneados por
Arístides el hijo de Lisímaco.
XXIX. Los hasta aquí mencionados, sin incluir en este número a los
siete ilotas que rodeaban a cada espartano, subían a 38.700 infantes;
tantos y no más eran los hóplitas armados de pies a cabeza. Los
soldados de tropa ligera componían el número siguiente: en las filas
de los espartanos, siendo siete los armados a la ligera por cada uno
de ellos, se contaban 35.000, todos bien apercibidos para el combate.
En las filas de los demás, así lacedemonios como griegos, contando por
cada infante un armado a la ligera, ascendía el número a 34.500. De
suerte que el número total de la tropa ligera dispuesta en el orden de
batalla, era de 69.500.
XXX. Así que el grueso del ejército que concurrió a Platea, compuesto
de hombres de armas y tropa ligera, constaba de 110.000 combatientes:
porque si bien faltaba para esta suma la partida de 1800 hombres, la
suplían con todo los tespieos, quienes, bien que armados a ligera,
concurrían a las filas en número de 1800. Tal era el ejército que tenía
formados sus reales cerca del Asopo.
XXXI. Los bárbaros en el campo de Mardonio, acabado el luto por las
exequias de Masistio, informados de que ya los griegos se hallaban
en Platea, fueron acercándose hacia el Asopo, que por allí corre; y
llegados a dicho lugar, formábalos Mardonio de este modo: contra los
lacedemonios iba ordenando a los persas verdaderos, y como el número
de estos era muy superior al de aquellos, no solo disponía en sus
filas muchos soldados de fondo, sino que las dilataba aún hasta hacer
frente a los tegeatas, pero dispuestas de modo que lo más robusto de
ellas correspondiese a los lacedemonios, y lo más débil a los de Tegea,
gobernándose en esto por las sugestiones de los tebanos. Seguíanse
los medos a los persas, con lo cual venían a hallarse de frente a
los corintios, a los potideos, a los orcomenios y a los sicionios.
Los bactrianos, inmediatos a los medos, caían en sus filas fronteros
a las filas de los epidaurios, de los trecenios, de los lepréatas,
de los tirintios, de los micénicos y de los de Fliunte. Los indios,
apostados al lado de los bactrianos, correspondían cara a cara a las
tropas de Hermíone, de Eretria, de Estira y de Calcis. Los sacas, que
eran los que después de los indios venían, tenían delante de sí a los
ambraciotas, a los anactorios, a los paleenses y a los eginetas. En
seguida de los sacas colocó Mardonio, contra los cuerpos de Atenas, de
Platea y de Mégara, las tropas de los beocios, de los locros, de los
melienses, de los tesalios, y un regimiento también de 1000 focidios,
de quienes no colocó allí más por cuanto no seguían al medo todos
ellos, siendo algunos del partido griego, los cuales desde el Parnaso,
donde se habían hecho fuertes, salían a infestar y robar al ejército
de Mardonio y de los griegos adheridos al persa. Contra los atenienses
ordenó, por fin, Mardonio a los macedonios y a los habitantes de la
Tesalia.
XXXII. Estas fueron las naciones más nombradas, más sobresalientes y de
mayor consideración que ordenó en sus filas Mardonio, sin que dejase
de haber entre ellas otra tropa mezclada de frigios, de tracios, de
misios, de peonios y de otras gentes, entre quienes se contaban algunos
etíopes, y también algunos egipcios que llamaban los hermotibios y los
calisirios, armados con su espada, siendo estos los únicos guerreros y
soldados de profesión en el Egipto. A estos, el mismo Mardonio, allá en
el Falero, habíales antes sacado de las naves en que venían por tropa
naval, pues los egipcios no habían seguido a Jerjes entre las tropas de
tierra en la jornada de Atenas. En suma, los bárbaros, como ya llevo
antes declarado, ascendían a 30 miríadas, o sean 300.000 combatientes;
pero el número de los griegos aliados de Mardonio nadie hay que lo
sepa, por no haberse tenido cuenta en notarlo, bien que por conjetura
puede colegirse que subirían a 50.000. Esta era la infantería allí
ordenada, estando apostada separadamente la caballería.
XXXIII. Ordenados, pues, los dos ejércitos así por naciones como por
brigadas, unos y otros al día siguiente iban haciendo sus sacrificios
para el buen éxito de la acción. En el campo de los griegos el
sacrificador adivino que seguía a la armada era un tal Tisámeno, hijo
de Antíoco y de patria eleo, quien siendo de la familia agorera de
los Yámidas,[372] había logrado naturaleza entre los lacedemonios.
En cierta ocasión, consultando Tisámeno al oráculo sobre si tendría
o no sucesión, respondiole la Pitia que saldría superior en cinco
contiendas de sumo empeño; mas como él no diese en el blanco de aquel
misterio, aplicose a los ejercicios de la gimnástica, persuadido de
que lograría salir vencedor en las justas o juegos gímnicos de la
Grecia. Y con efecto, hubiera él obtenido en los juegos olímpicos en
que había salido a la contienda la palma en el _pentatlo_ o ejercicio
de aquellos cinco juegos, si Hierónimo de Andros, su antagonista, no le
hubiera vencido, bien que en uno solo de ellos, que fue el de la lucha.
Sabedores los lacedemonios del oráculo, y al mismo tiempo persuadidos
de que las contiendas en que vencería Tisámeno no deberían de ser de
fiestas gímnicas sino marciales justas, procuraban atraerlo con dinero
para que fuese conductor de sus tropas contra los enemigos en compañía
de sus reyes los Heráclidas. Viendo el hábil adivino lo mucho que
se interesaban en ganársele por amigo, mucho más se hacía de rogar,
protestando que ni con dinero ni con ninguna otra propuesta convendría
en lo que de él pretendían, a menos que no le dieran el derecho de
ciudadanía con todos los privilegios de los espartanos. Desde luego
pareció muy mal a los lacedemonios la pretensión del adivino, y se
olvidaron de agüeros y de victorias prometidas; pero viéndose al cabo
amenazados y atemorizados con la guerra inminente del persa, volvieron
a instarle de nuevo. Entonces, aprovechándose de la ocasión, y viendo
Tisámeno cambiados a los lacedemonios y de nuevo muy empeñados en su
pretensión, no se detuvo ya en las primeras propuestas, añadiéndoles
ser preciso que a su hermano Hegias se le hiciera espartano no menos
que a él mismo.
XXXIV. Paréceme que en este empeño quería Tisámeno imitar a Melampo,
quien antes se había atrevido en un lance semejante a pretender en otra
ciudad la soberanía, no ya la naturaleza, pues como los argivos, cuyas
mujeres se veían generalmente asaltadas de furor y manía, convidasen
con dinero a Melampo para que, viniendo de Pilos a Argos, viese de
librarlas de aquel accidente de locura, este astuto médico no pidió
menor recompensa que la mitad del reino o dominio. No convinieron en
ello los argivos; pero viendo al regresar a la ciudad que sus mujeres
de día en día se les volvían más furiosas, cediendo al cabo a lo que
pretendía Melampo, presentáronse a él y le dieron cuanto pedía. Cuando
Melampo los vio cambiados, subiendo de punto en sus pretensiones, les
dijo que no les daría gusto sino con la condición de que diesen a
Biante, su hermano, la tercera parte del reino; y puestos los argivos
en aquel trance tan estrecho, vinieron en concedérselo todo.
XXXV. De un modo semejante los espartanos, como necesitaban tanto
del agorero Tisámeno, le otorgaron todo cuanto les pedía. Emprendió,
pues, este adivino, eleo de nacimiento y espartano por concesión,
en compañía de sus lacedemonios, cinco aventuras y contiendas de
gravísima consideración. Ello es así que estos dos extranjeros fueron
los únicos que lograron el beneficio de volverse espartanos con todos
los privilegios y prerrogativas de aquella clase. Por lo que mira a
las cinco contiendas del oráculo, fueron las siguientes: una, y la
primera de todas, fue la batalla de Platea, de que vamos hablando; la
segunda la que en Tegea se dio después contra los tegeatas y argivos;
la tercera la que en Dipea[373] se trabó con los arcadios todos, a
excepción de los de Mantinea; la cuarta en el Istmo, cuando se peleó
contra los mesenios; la quinta fue la acción tenida en Tanagra contra
los atenienses y argivos, que fue la última de aquellas cinco bien
reñidas aventuras.
XXXVI. Era, pues, entonces el mismo Tisámeno el adivino que en Platea
servía a los griegos conducidos por los espartanos. Y en efecto, las
víctimas sacrificadas eran de buen agüero para los griegos, en caso de
que invadidos se mantuvieran a la defensiva; pero en caso de querer
pasar el Asopo y embestir los primeros, eran las señales ominosas.
XXXVII. Otro tanto sucedió a Mardonio en sus sacrificios: éranle
propicias sus víctimas mientras que se mantuviese a la defensiva
para rebatir al enemigo; mas no le eran favorables si le acometía
siendo el primero en venir a las manos, como él deseaba. Es de saber
que Mardonio sacrificaba también al uso griego, teniendo consigo al
adivino Hegesístrato, natural de Élide, uno de los Telíadas y el de
más fama y reputación entre todos ellos. A este en cierta ocasión
tenían preso y condenado a muerte los espartanos, por haber recibido
de él mil agravios y desacatos insufribles. Puesto en aquel apuro,
viéndose en peligro de muerte y de pasar antes por muchos tormentos,
ejecutó una acción que nadie pudiera imaginar; pues hallándose en el
cepo con prisiones y argollas de hierro, como por casualidad hubiera
logrado adquirir un cuchillo, hizo con él una acción la más animosa y
atrevida de cuantas jamás he oído. Tomó primero la medida de su pie
para ver cuánta parte de él podría salir por el ojo del cepo, y luego
según ella se cortó por el empeine la parte anterior del pie. Hecha ya
la operación, agujereando la pared, pues que le guardaban centinelas
en la cárcel, se escapó en dirección a Tegea. Iba de noche caminando,
y de día deteníase escondido en los bosques, diligencia con la cual,
a pesar de los lacedemonios, que esparciendo la alarma habían corrido
todos a buscarle, al cabo de tres noches logró hallarse en Tegea; de
suerte que admirados ellos del valor y arrojo del hombre de cuyo pie
veían la mitad tendida en la cárcel, no pudieron dar con el cojo y
fugitivo reo. De este modo, pues, Hegesístrato, escapándose de las
manos de los lacedemonios, se refugió en Tegea, ciudad que a la sazón
corría con ellos en buena armonía. Curado allí de la herida y suplida
la falta con un pie de madera, se declaró por enemigo jurado y mortal
de los lacedemonios: verdad es que al cabo tuvo mal éxito el odio que
por aquel caso les profesaba, pues cogido en Zacinto, donde proseguía
vaticinando contra ellos, le dieron allí la muerte.
XXXVIII. Pero este fin desgraciado sucedió a Hegesístrato mucho
después de la jornada y batalla de Platea. Entonces, pues, como
decía, asalariado por Mardonio con una paga no pequeña, sacrificaba
Hegesístrato con mucho empeño y desvelo, nacido en parte del odio a los
lacedemonios, en parte del amor propio de su interés. En esta sazón,
como por un lado ni a los persas se les declarasen de buen agüero
sus sacrificios, ni a los griegos con ellos acampados fuesen tampoco
favorables los suyos (pues también estos tenían aparte su adivino,
natural de Léucade y por nombre Hipómaco), y como por otro lado,
concurriendo de cada día al campo más y más griegos, se engrosase mucho
su ejército, un tal Timegénidas, hijo de Herpis, de patria tebano,
previno a Mardonio que convenía ocupar con algunos destacamentos los
desfiladeros del Citerón, diciéndole que, puesto que venían por ellos
diariamente nuevas tropas de griegos, le sería fácil así interceptar
muchos de ellos.
XXXIX. Cuando el tebano dio a Mardonio este aviso, ocho días hacía ya
que los dos campos se hallaban allí fijos uno enfrente de otro. Pareció
el consejo tan oportuno que aquella misma noche destacó Mardonio su
caballería hacia las quebradas del Citerón por la parte de Platea, a
las que dan los beocios el nombre de los Tres Cabos, y los atenienses
llaman los Cabos de la Encina. No hicieron en vano su viaje, pues topó
allí la caballería al salir a la llanura con una recua de 300 bagajes,
los cuales venían desde Peloponeso cargados de trigo para el ejército,
cogiendo con ella a los arrieros y conductores de las cargas. Dueños ya
los persas de la recua, llevábanlo todo a sangre y fuego, sin perdonar
ni a las bestias ni a los hombres que las conducían, hasta tanto
que cansados ya de matar a todo su placer, cargando con lo que allí
quedaba, volviéronse con el botín hacia los reales de Mardonio.
XL. Después de este lance, pasáronse dos días más sin que ninguno de
los dos ejércitos quisiera ser el primero en presentar la batalla
o en atacar al otro, pues aunque los bárbaros se habían avanzado
hasta el Asopo a ver si los griegos les saldrían al encuentro; con
todo, ni bárbaros ni griegos quisieron pasar el río: únicamente, sí,
la caballería de Mardonio solía acercarse más e incomodar mucho al
enemigo. En estas escaramuzas sucedía que los tebanos, más medos de
corazón que los medos mismos, provocando con mucho ahínco a los griegos
avanzados, principiaban la riña, y sucediéndoles en ella los persas y
los medos, estos eran los que hacían prodigios de valor.
XLI. Nada más se hizo allí en estos diez días de lo que llevo referido.
Llegado el día undécimo, después que quietos en sus trincheras, cerca
de Platea, estaban mirándose cara a cara los dos ejércitos, en cuyo
espacio de tiempo habían ido aumentándose mucho las tropas de los
griegos, al cabo, el general Mardonio, hijo de Gobrias, llevando muy a
mal tan larga demora en su campamento, entró en consejo, en compañía
de Artabazo, hijo de Farnaces, uno de los sujetos de mayor estima y
valimiento para con Jerjes, para ver el partido que tomarse debía.
Estuvieron en la consulta encontrados los pareceres. El de Artabazo
fue que convenía retirarse de allí cuanto antes, y trasplantar el
campo bajo las murallas de Tebas, donde tenían hechos sus grandes
almacenes de trigo para la tropa, y de forraje para las bestias, pues
allí quietos y sosegados saldrían al cabo con sus intentos; que ya
que tenían a mano mucho oro acuñado y mucho sin acuñar, y abundancia
también de plata, de vasos y vajilla, importaba ante todo no perdonar a
oro ni a plata, enviando desde allí regalos a los griegos, mayormente
a los magistrados y vecinos poderosos en sus respectivas ciudades,
pues en breve, comprados ellos a este precio, les venderían por él la
libertad,[374] sin que fuera menester aventurarlo todo en una batalla.
Este mismo era también el sentir de los tebanos, quienes seguían el
voto de Artabazo por parecerles hombre más prudente y previsor en
su manera de discurrir. Mardonio se mostró en su voto muy fiero y
obstinado sin la menor condescendencia, pareciéndole que, por ser su
ejército más poderoso y fuerte que el de los griegos, era menester
cerrar cuanto antes con el enemigo, sin permitir que se le agregase
mayor número de tropas de las que ya lo habían hecho; que desechasen
en mal hora a Hegesístrato con sus víctimas, sin aguardar a que por
fuerza se les declarasen de buen agüero, peleando al uso y manera de
los persas.
XLII. Nadie se oponía a Mardonio, que así creía deberse hacer, y su
voto venció al de Artabazo, pues él y no este era a quien el rey había
entregado el bastón y mando supremo del ejército. En consecuencia de
su resolución, mandó convocar los oficiales mayores de sus respectivos
cuerpos, y juntamente los comandantes de los griegos y su partido; y
reunidos, les preguntó si sabían de algún oráculo tocante a los persas
que les predijera que perecerían en la Grecia. Los llamados no se
atrevían a hablar; los unos, por no saber nada de semejante oráculo;
los otros, que algo de él sabían, por no creer que pudiesen hablar
impunemente; pero el mismo Mardonio continuó después explicándose así:
«Ya que vosotros, pues, o nada sabéis de semejante oráculo, o no osáis
decir lo que sabéis, voy a decíroslo yo, que estoy bien informado de lo
que en esto hay. Sí, repito, hay un oráculo en esta conformidad: que
los persas, venidos a la Grecia, primero saquearán el templo de Delfos,
y perecerán después que lo hubieren saqueado. Prevenidos nosotros con
este aviso, ni meteremos los pies en Delfos, ni las manos en aquel
templo, ni daremos motivo a nuestra ruina con semejante sacrilegio. No
queda más que hacer sino que todos vosotros, los que sois amigos de la
Persia, estéis alegres y seguros de que vamos a vencer a los griegos».
Así habló Mardonio, y luego les dio orden que lo dispusiesen todo y lo
tuviesen a punto para dar la batalla el día siguiente al salir el sol.
XLIII. Por lo que mira al oráculo que Mardonio refería a los persas,
no sé, en verdad, que existiera contra los persas tal oráculo, sino
solo para los ilirios y para la armada de los enqueleos. Sé no más que
Bacis dijo lo siguiente de la presente batalla: «_La verde ribera del
Termodonte[375] y del Asopo debe verte, oh griega batalla, debe oírte,
oh bárbara gritería, donde la Parca hará trofeo tanto de cadáver cuando
inste al flechero medo su último trance_». De este formal oráculo de
Bacis y de otro semejante de Museo, bien sé que herían directamente a
los persas, pues lo que se dice del Termodonte debe entenderse de aquel
río así llamado que corre entre Tanagra y Glisante.
XLIV. Después de la pregunta de Mardonio acerca de los oráculos, y
de la breve exhortación hecha a sus oficiales, venida ya la noche,
dispusiéronse en el campo los centinelas y cuerpos de guardia. Luego
que siendo la noche más avanzada, y se dejó notar en él algo más de
silencio y de quietud, en especial de parte de los hombres entregados
al sueño y reposo, aprovechándose de ella Alejandro, hijo de Amintas,
rey y general de los macedonios, fuese corriendo en su caballo hasta
las centinelas avanzadas de los atenienses, a quienes dijo que tenía
que hablar con sus generales. La mayor parte del destacamento avanzado
se mantuvo allí en su puesto, y unos pocos de aquellos guardias
fuéronse a toda prisa para avisar a sus jefes, diciendo que allí estaba
un jinete que, venido del campo de los medos, tenía que hablarles.
XLV. Los generales, oído apenas esto, siguen a sus guardias hacia el
cuerpo avanzado, y llegados allá háblales de esta suerte Alejandro:
«Atenienses míos, a descubriros voy un secreto cuya noticia como en
depósito os la fío para que la deis únicamente a Pausanias, si no
queréis perderme a mí, que por mostrarme buen amigo vuestro os la
comunico. Yo no os la diera si no me interesara mucho por la común
salud de la Grecia, que yo como griego de origen en pasados tiempos
no quisiera ver a mi antigua patria reducida a la esclavitud. Dígoos,
pues, que no alcanza Mardonio el medio como ni a él ni a su ejército
se le declaren propicias las víctimas sacrificadas; que a no ser así,
tiempo ha estuviera ya dada la batalla. Mas ahora está ya resuelto a
dejarse de agüeros y sacrificios, y mañana así que la luz amanezca
quiere sin falta principiar el combate. Todo esto sin duda nace en él,
según conjeturo, del miedo y recelo grande que tiene de que vuestras
fuerzas no vayan creciendo más con el concurso de nuevas tropas. Estad,
pues, vosotros prevenidos para lo que os advierto, y en caso de que no
os embista mañana mismo, sino que lo difiera algún tanto, manteneos
firmes sin moveros de aquí; que él no tiene víveres sino para pocos
días. Si saliereis de este lance y de esta guerra como deseáis,
paréceme será razón que contéis con procurarme la independencia y
libertad a mí, que con tanto ahínco y tan buena voluntad me expongo
ahora a un tan gran peligro solo a fin de informaros de los intentos
y resolución de Mardonio, y de impedir que los bárbaros os cojan
desprevenidos. Adiós, amigos; amigo soy y Alejandro, rey de Macedonia».
Dijo y dio la vuelta a su campo hacia el puesto destinado.
XLVI. Los generales de Atenas, pasando inmediatamente al ala derecha
del campo, dan parte a Pausanias de lo que acababan de saber de boca
de Alejandro. Conmovido con la nueva Pausanias, y atemorizado del
valor de los persas propiamente tales, háblales así: «Puesto que al
rayar el alba ha de entrarse en acción, menester es que vosotros, oh
atenienses, os vengáis a esta ala para apostaros enfrente de los persas
mismos, y que pasemos los lacedemonios a la otra contra los beocios
y demás griegos que allí teníais fronteros. Dígolo por lo siguiente:
vosotros, por haberos antes medido en Maratón con esos persas, tenéis
conocida su manera de pelear. Nosotros hasta aquí no hemos hecho la
prueba ni experimentado en campo de batalla a esos hombres, pues
ya sabéis que ningún espartano jamás midió ni quebró lanzas con
medo alguno:[376] con los beocios y tesalios sí que tenemos trabado
conocimiento. Así que será preciso que toméis las armas y os vengáis
a esta ala, pues nosotros vamos a pasar a la izquierda». A lo cual
contestaron los atenienses en estos términos: «Es verdad que nosotros
desde el principio ya, cuando vimos a los persas apostados enfrente de
vosotros, teníamos ánimo de indicaros lo mismo que os adelantáis ahora
a provenirnos; pero no osábamos, ignorando si la cosa sería de vuestro
agrado. Ahora que vosotros nos lo ofrecéis los primeros, sabed que nos
dais una agradable nueva, y que pronto vamos a hacer lo que de nosotros
queréis».
XLVII. Ajustado, pues, el asunto con gusto de entrambas partes, no bien
apuntó el alba, cuando se empezó el cambio de los puestos. Observáronlo
los beocios, y avisaron al punto a Mardonio. Luego que este lo supo
empezó asimismo a trasladar sus brigadas trasplantando sus persas al
puesto frontero al de los lacedemonios. Repara en la novedad Pausanias,
y manda que los espartanos vuelvan de nuevo al ala derecha, viendo que
su ardid había sido descubierto por el enemigo, y Mardonio por su parte
hace que vuelvan otra vez los persas a la siniestra de su campo.
XLVIII. Vueltos ya entrambos a ocupar sus primeros puestos, despacha
Mardonio un heraldo a los espartanos con orden de retarles en estos
términos: «Entre esas gentes pasmadas de vuestro valor, corre la voz
que vosotros los lacedemonios sois la flor de la tropa griega, pues en
la guerra no sabéis qué cosa sea huir ni desamparar el puesto, sino que
a pie firme escogéis a todo trance o vencer o morir. Acabo ahora de ver
que no es así verdad, pues antes que cerremos con vosotros, viniendo a
las manos, os vemos huir ya de miedo y dejar vuestro sitio; os vemos
ceder a los atenienses el honor de abrir el combate con nuestras filas
para ir a apostaros enfrente de nuestros siervos; lo que en verdad no
es cosa que diga bien con gente brava y honrada. Ni es fácil deciros
cuán burlados nos hallamos, pues estábamos sin duda muy persuadidos de
que, según la fama que vosotros gozáis de valientes y osados, habíais
de enviarnos un rey de armas que en particular desafiara cuerpo a
cuerpo a los persas a que peleásemos solos con los lacedemonios.
Prontos, en efecto, nos hallamos a admitir el duelo, cuando lejos de
veros de tal talante y brío, os vemos llenos de susto y miedo. Ya que
vosotros, pues, no tenéis valor para retarnos los primeros, seremos
nosotros los primeros en provocaros al desafío, como os provocaremos.
Siendo vosotros reputados entre los griegos por los hombres más
valientes de la nación, como por tales nos preciamos nosotros de ser
tenidos entre los bárbaros, ¿por qué no entramos luego en igual número
en campo de batalla? Entremos, digo, los primeros en el palenque, y si
pretendéis que los otros cuerpos entren también en acción, entren en
hora buena, pero después de nuestro duelo; mas si no pretendéis tanto,
juzgando que nosotros únicamente somos bastantes para la decisión de la
victoria, vengamos luego a las manos, con pacto y condición de que se
mire como vencedor aquel ejército cuyos campeones hayan salido con la
victoria en el desafío».
XLIX. Dicho esto, esperó algún tiempo el heraldo retador; y viendo que
nadie se tomaba el trabajo de responderle palabra, vuelto atrás dio
cuenta de todo a Mardonio. Sobre manera alegre e insolente este con
una victoria pueril, fría e insustancial, echa al punto su caballería
contra los griegos. Arremete ella al enemigo, y con la descarga de
sus dardos y saetas perturba e incomoda no poco todas las filas del
ejército griego: lo que no podía menos de suceder siendo aquellos
jinetes unos ballesteros montados, con quienes de cerca no era fácil
venir a las manos. Lograron por fin llegar a la fuente Gargafia, que
proveía de agua a todo el ejército griego, y no solo la enturbiaron,
sino que cegaron sus raudales; porque si bien los únicos acampados
cerca de dicha fuente eran los lacedemonios, distando de ella los demás
griegos a medida de los puestos que por su orden ocupaban, con todo, no
pudiendo valerse los otros del agua del Asopo, por más que lo tenían
allí vecino, a causa de que no se lo permitía la caballería con sus
flechas, todo el campo se surtía de aquella aguada.
L. En este estado se encontraban, cuando los jefes griegos, viendo a su
gente falta de agua, y al mismo tiempo perturbada con los tiros de la
caballería, juntáronse así por lo que acabo de indicar, como también
por otros motivos, y en gran número se encaminaron hacia el ala derecha
para verse con Pausanias. Si bien este sentía mucho la mala situación
del ejército, mayor pena recibía de ver que iban ya faltándole los
víveres, sin que los criados a quienes había enviado por trigo al
Peloponeso pudiesen volver al campo, estando interceptados los pasos
por la caballería enemiga.
LI. Acordaron, pues, en la consulta aquellos comandantes que lo mejor
sería, en caso de que Mardonio difiriera para otro día la acción, pasar
a una isla distante del Asopo y de la fuente Gargafia donde entonces
acampaban, la cual isla viene a caer delante de la ciudad misma de
Platea. Esta isla forma en tierra firme aquel río que al bajar del
Citerón hacia la llanura se divide en dos brazos, distantes entre sí
cosa de tres estadios, volviendo después a unirlos en un cauce y en
una corriente sola: pretenden los del país que dicha Oéroe, pues así
llaman a la isla, sea hija del Asopo. A este lugar resolvieron, pues,
los caudillos trasplantar su campo, así con la mira de tener agua en
abundancia, como de no verse infestados de la caballería enemiga del
modo que se veían cuando la tenían enfrente. Determinaron asimismo que
sería preciso partir del campo en la segunda vigilia, para impedir que
viéndoles salir la caballería no les picase la retaguardia. Parecioles,
por último, que aquella misma noche, llegados apenas al paraje que con
su doble corriente encierra y ciñe la Oéroe[377] asópida bajando del
Citerón, destacasen al punto hacia este monte la mitad de la tropa,
para recibir y escoltar a los criados que habían ido por víveres y se
hallaban cortados en aquellas eminencias sin paso para el ejército.
LII. Tomada esta resolución, infinito fue lo que dio que padecer y
sufrir todo aquel día la caballería con sus descargas continuadas.
Pasó al fin la terrible jornada; cesó el disparo de los de a caballo,
fuéseles entrando la noche, y llegó al cabo la hora que se había
aplazado para la retirada. Muchas de las brigadas emprendieron la
marcha; pero no con ánimo de ir al lugar que de común acuerdo se había
destinado, antes alzado una vez el campo, muy complacidas de ver que
se ausentaban de los insultos de la caballería, huyeron hasta la misma
ciudad de Platea, no parando hasta verse cerca del Hereo, que situado
delante de dicha ciudad dista 20 estadios de la fuente Gargafia.
LIII. Llegados allá los mencionados cuerpos, hicieron alto, plantando
sus reales alrededor de aquel mismo templo. Pausanias que les vio
moverse y levantar el campo dio orden a sus lacedemonios de tomar las
armas e ir en seguimiento de las tropas que les precedían, persuadidos
de que sin falta se encaminaban al lugar antes concertado. Mostrándose
entonces prontos a las órdenes de Pausanias los demás jefes de los
regimientos, hubo cierto Amonfareto, hijo de Políades, que lo era del
de Pitana, quien se obstinó diciendo que nunca haría tal, no queriendo
cubrir gratuitamente de infamia a Esparta con huir del enemigo. Esto
decía, y al mismo tiempo se pasmaba mucho de aquella resolución, como
quien no se había hallado antes en consejo con los demás oficiales.
Mucho era lo que sentían Pausanias y Eurianacte el verse desobedecidos;
pero mayor pena les causaba el tener que desamparar el regimiento
de Pitana por la manía y pertinacia de aquel caudillo, recelosos de
que dejándolo allí solo, y ejecutando lo que tenían convenido con
los demás griegos, iba a perderse Amonfareto con todos los suyos.
Estas reflexiones les obligaban a tener parado todo el cuerpo de los
laconios, esforzándose entre tanto en persuadir a Amonfareto que
aquello era lo que convenía ejecutar, y haciendo todo el esfuerzo
posible para mover a aquel oficial, el único de los lacedemonios y
tegeatas que iba a quedarse abandonado.
LIV. Entretanto, los atenienses, como conocían bien el humor político
de los lacedemonios, hechos a pensar una cosa y a decir otra,
manteníanse firmes en el sitio donde se hallaban apostados. Lo que
hicieron, pues, al levantarse los demás del ejército, fue enviar uno de
sus jinetes encargado de observar si los espartanos empezaban a partir,
o si era su ánimo no desamparar el puesto, y también con la mira de
saber de Pausanias lo que les mandaba ejecutar.
LV. Llega el enviado y halla a los lacedemonios tranquilos y ordenados
en el mismo puesto, y a sus principales jefes metidos en una pendencia
muy reñida. Pues como a los principios hubiesen procurado Pausanias y
Eurianacte dar a entender con buenas razones a Amonfareto que de ningún
modo convenía que se expusiesen los lacedemonios a tan manifiesto
peligro, quedándose solos en el campo, viendo al cabo que no podían
persuadírselo, paró la disputa en una porfiada contienda, en que al
llegar el mensajero de los atenienses los halló ya enredados, pues
cabalmente entonces había agarrado Amonfareto un gran guijarro con
las dos manos, y dejándole caer a los pies de Pausanias, gritaba
que allí tenía aquella chinita con que él votaba no querer huir de
los huéspedes, llamando huéspedes a los bárbaros al uso lacónico.
Pausanias, tratándole entonces de mentecato y de furioso, volviose al
mensajero de los atenienses que le pedía sus órdenes, y le mandó dar
cuenta a los suyos del enredo en que veía se hallaban sus asuntos, y al
mismo tiempo suplicarles de su parte que se acercasen a él, y que en
lo tocante a la partida hicieran lo que a él le vieran hacer.
LVI. Fuese luego el enviado a dar cuenta de todo a los suyos. Vino
entretanto la aurora, y halló a los lacedemonios todavía riñendo y
altercando. Detenido Pausanias hasta aquella hora, pero creído al cabo
de que Amonfareto al ver partir a los lacedemonios no querría quedarse
en su campo, lo que en efecto sucedió después, dio la señal de partir,
dirigiendo la marcha de toda su gente por entre los collados vecinos,
y siguiéndole los de Tegea. Formados entonces los atenienses en orden
de batalla, emprendieron la marcha en dirección contraria a la que
llevaba Pausanias, pues los lacedemonios, por temor de la caballería,
seguían el camino entre los cerros y por las faldas del Citerón, y los
atenienses marchaban hacia abajo por la misma llanura.
LVII. Amonfareto, que tenía al principio por seguro que jamás se
atrevería Pausanias a dejarle solo allí con su regimiento, instaba
obstinadamente a los suyos a que, tranquilos todos en el campo, nadie
dejase el puesto señalado; mas cuando vio al cabo que Pausanias iba
camino adelante con su gente, persuadiose de que su general debía
gobernarse con mucha razón en dejarle allí solo, reflexión que le movió
a dar orden a su regimiento de que, tomadas las armas, fuera siguiendo
a marcha lenta la demás tropa adelantada. Habiendo avanzado esta cosa
de 10 estadios, y esperando a que viniese Amonfareto con su gente,
habíase parado en un lugar llamado Argiopio, cerca del río Molunte,
donde hay un templo de Deméter Eleusinia: había hecho alto en aquel
sitio con la mira de volverse atrás al socorro de Amonfareto, en caso
de que no quisiera al fin dejar con su regimiento el campo donde había
sido apostado. Sucedió que al tiempo mismo que iba llegando la tropa
de Amonfareto, venía cargándoles ya de cerca con sus tiros toda la
caballería de los bárbaros, la cual, salida entonces a hacer lo que
siempre, viendo ya desocupado el campo donde habían estado los griegos
atrincherados por aquellos días, siguió adelante, hasta que, dando al
cabo con ellos, tornó a molestarles con sus descargas.