Muere Darío haciendo contra la Grecia aprestos militares que
continúa su hijo Jerjes: con este objeto hace abrir un canal en
el Atos y echar un puente sobre el Helesponto. — Orden de marcha
del ejército persa de mar y tierra; su número y aumento; naciones
que lo componían, y generales encargados del mando. — Disputa de
Jerjes con el lacedemonio Demarato acerca del valor y resistencia
de los griegos. — Para revista Jerjes a su ejército en Dorisco y
se pone en marcha. — Envían los lacedemonios a Jerjes dos heraldos
en compensación de los que ellos habían muerto. — Prepáranse
los atenienses a resistir, a pesar de los infaustos oráculos de
Delfos. — Los argivos se niegan a entrar en la confederación de
los griegos, y Gelón, tirano de Sicilia, lo rehúsa igualmente si no
se le da el mando. — Los isleños de Corfú tratan de alucinar con
promesas a los embajadores, y los de Creta rehúsan también entrar en
la confederación. — Abandonan los griegos la defensa del paso del
Olimpo, y se deciden a defender las Termópilas. — Número prodigioso
de hombres que componían el ejército persa de mar y tierra. —
Tempestad que sufre su escuadra. — Ataque de las Termópilas y muerte
de Leónidas con los espartanos. — Decide Jerjes continuar su marcha,
y avanza contra la Grecia despreciando los consejos de Demarato.
I. Cuando llegó al rey Darío, hijo de Histaspes, la nueva de la batalla
dada en Maratón, hallándole ya altamente prevenido de antemano contra
los atenienses a causa de la sorpresa con que habían entrado en Sardes,
acabó entonces de irritarle contra aquellos pueblos, obstinándose más
y más en invadir de nuevo la Grecia. Desde luego, despachando correos a
las ciudades de sus dominios a fin de que le aprontasen tropas, exigió
a cada una un número mayor del que antes le habían dado de galeras,
caballos, provisiones y barcas de trasporte. En la prevención de estos
preparativos se vio agitada por tres años el Asia; y como de todas
partes se hiciesen levas de la mejor tropa en atención a que la guerra
había de ser contra los griegos, sucedió que al cuarto año de aquellos,
los egipcios antes conquistados por Cambises se levantaron contra
los persas, motivo que empeñó mucho más a Darío en hacer la guerra a
entrambas naciones.
II. Estando ya Darío para partir a las expediciones de Egipto y Atenas,
originose entre sus hijos una gran contienda sobre quién había de ser
nombrado sucesor o príncipe jurado del imperio, fundándose en una ley
de los persas que ordena que antes de salir el rey a campaña nombre al
príncipe que ha de sucederle. Había tenido ya Darío antes de subir al
trono tres hijos en la hija de Gobrias, su primera esposa, y después
de coronado tuvo cuatro más en la princesa Atosa, hija de Ciro. El
mayor de los tres primeros era Artobazanes, y el mayor de los cuatro
últimos era Jerjes: no siendo hijos de la misma madre, tenían los dos
pretensiones a la corona. Fundaba las suyas Artobazanes en el derecho
de primogenitura recibido entre todas las naciones, que daba el imperio
al que primero había nacido: Jerjes, por su parte, alegaba ser hijo de
Atosa y nieto de Ciro, que había sido el autor de la libertad e imperio
de los persas.
III. Antes que Darío declarase su voluntad, hallándose en la corte por
aquel tiempo Demarato, hijo de Aristón, quien depuesto del trono de
Esparta y fugitivo de Lacedemonia se había refugiado a Susa para su
seguridad, luego que entendió las desavenencias acerca de la sucesión
entre los príncipes hijos de Darío, como hombre político fue a verse
con Jerjes, y, según es fama, le dio el consejo de que a las razones
de su pretensión añadiese la otra de haber nacido de Darío siendo ya
este soberano y teniendo el mando sobre los persas, mientras que al
nacer Artobazanes Darío no era rey todavía, sino un mero particular;
que por tanto, a ningún otro mejor que a él tocaba de derecho y razón
el heredar la soberanía. Añadíale Demarato al aviso que alegase usarse
así en Esparta, donde si un padre antes de subir al trono tenía algunos
hijos y después de subido al trono le nacía otro príncipe, recaía la
sucesión a la corona en el que después naciese. En efecto, valiose
Jerjes de las razones que Demarato le suministró; y persuadido Darío
de la justicia de lo que decía, declarole por sucesor al imperio; bien
es verdad, en mi concepto, que sin la insinuación de Demarato hubiera
recaído la corona en las sienes de Jerjes, siendo Atosa la que todo lo
podía en el estado.
IV. Nombrado ya Jerjes sucesor del imperio persa, solo pensaba Darío en
la guerra; pero quiso la fortuna que un año después de la sublevación
del Egipto, haciendo sus preparativos, le cogiese la muerte, habiendo
reinado 36 años, sin que tuviese la satisfacción de vengarse ni de los
egipcios rebeldes, ni de los atenienses enemigos.
V. Por la muerte de Darío pasó el cetro a las manos de su hijo Jerjes,
quien no mostraba al principio de su reinado mucha propensión a llevar
las armas contra la Grecia, preparando la expedición solamente contra
el Egipto. Hallábase cerca de su persona, y era el que más cabida tenía
con él entre todos los persas, Mardonio, el hijo de Gobrias, primo del
mismo Jerjes por hijo de una hermana de Darío, quien le habló en estos
términos: «Señor, no parece bien que dejéis sin la correspondiente
venganza a los atenienses, que tanto mal han hecho hasta aquí a los
persas. Muy bien haréis ahora en llevar a cabo la expedición que tenéis
entre manos; pero después de abatir el orgullo de Egipto que se nos
levantó audazmente, sería yo de parecer que movieseis las armas contra
Atenas, así para conservar en el mundo la reputación debida a vuestra
corona, como para que en adelante se guarden todos de invadir vuestros
dominios». Este discurso de Mardonio se ordenaba a la venganza, si
bien no dejó de concluirlo con la insinuante cláusula de que la Europa
era una bellísima región poblada de todo género de árboles frutales,
sumamente buena para todo, digna, en una palabra, de no tener otro
conquistador ni dueño que el rey.
VI. Así hablaba Mardonio, ya por ser amigo de nuevas empresas, ya
por la ambición que tenía de llegar a ser virrey de la Grecia. Y en
efecto, con el tiempo logró su intento, persuadiendo a Jerjes a entrar
en la empresa; si bien concurrieron otros accidentes que sirvieron
mucho para aquella resolución del persa. Uno de ellos fue el que
algunos embajadores de Tesalia, venidos de parte de los Alévadas,[175]
convidaban al rey a que viniera contra la Grecia, ofreciéndose de
su parte a ayudarle y servirle con todo celo y prontitud, lo que
podrían ellos hacer siendo reyes de Tesalia. El otro era que los
Pisistrátidas venidos a Susa no solo confirmaban con mucho empeño
las razones de los Alévadas, sino que aún añadían algo más de suyo,
por tener consigo al célebre ateniense Onomácrito, que era adivino y
al mismo tiempo intérprete de los oráculos de Museo, con quien antes
de refugiarse a Susa habían ellos hecho las paces. Había sido antes
Onomácrito echado de Atenas por Hiparco, el hijo de Pisístrato, a causa
de que Laso de Hermíone le había sorprendido en el acto de interpolar
entre los oráculos de Museo uno de cuño propio, acerca de que con el
tiempo desaparecerían sumidas en el mar las islas circunvecinas a
Lemnos; delito por el cual Hiparco desterró a Onomácrito, habiendo
sido antes gran privado suyo. Entonces, pues, habiendo subido con los
Pisistrátidas a la corte, siempre que se presentaba a la vista del
monarca, delante de quien lo elevaban ellos al cielo con sus elogios,
recitaba varios oráculos, y si en alguno veía algo que pronosticase
al bárbaro algún tropiezo, pasaba este en silencio, mientras que, por
el contrario, al oráculo que profetizaba felicidades lo escogía y
entresacaba, diciendo ser preciso que el Helesponto llevase un puente
hecho por un varón persa, y de un modo semejante iba declarando la
expedición.
VII. Así, pues, él adivinando y los hijos de Pisístrato aconsejando, se
ganaban al monarca. Persuadido ya Jerjes a la guerra contra Grecia, al
segundo año de la muerte de Darío dio principio a la jornada contra los
sublevados, a quienes, después que hubo rendido y puesto en mucha mayor
sujeción el Egipto entero de la que tenía en tiempo de Darío, les dio
por virrey a Aquemenes, hijo de aquel y hermano suyo; y este es aquel
Aquemenes que, hallándose con el mando del Egipto, fue muerto algún
tiempo después por Ínaro, hijo de Psamético, natural de la Libia.
VIII. Después de la rendición del Egipto, cuando Jerjes estaba ya para
mover el ejército contra Atenas, juntó una asamblea extraordinaria
de los grandes de la Persia, a fin de oír sus pareceres y de hablar
él mismo lo que tenía resuelto. Reunidos ya todos ellos, díjoles así
Jerjes: «Magnates de la Persia, no penséis que intente ahora introducir
nuevos usos entre vosotros; sigo únicamente los ya introducidos;
pues según oigo a los avanzados en edad, jamás, desde que el imperio
de los medos vino a nuestras manos, habiendo Ciro despojado de él a
Astiages, hemos tenido hasta aquí un día de sosiego. No parece sino
que Dios así lo ordena echando la bendición a las empresas a que nos
aplicamos con empeño y desvelo. No juzgo del caso referiros ahora ni
las hazañas de Ciro, ni las de Cambises, ni las que hizo mi propio
padre Darío, ni el fruto de ellas en las naciones que conquistaron. De
mí puedo decir que, desde que subí al trono, todo mi desvelo ha sido
no quedarme atrás a los que en él me precedieran con tanto honor del
imperio; antes bien, adquirir a los persas un poder nada inferior al
que ellos le alcanzaron. Y fijando la atención en lo presente, hallo
que por una parte hemos añadido lustre a la corona conquistando una
provincia ni menor ni inferior a las demás, sino mucho más fértil y
rica, y por otra hemos vengado las injurias con una entera satisfacción
de la majestad violada. En atención, pues, a esto, he tenido a bien
convocaros para daros parte de mis designios actuales. Mi ánimo es,
después de construir un puente sobre el Helesponto, conducir mis
ejércitos por la Europa contra la Grecia, resuelto a vengar en los
atenienses las injurias que tienen hechas a los persas y a nuestro
padre. Testigos de vista sois vosotros, cómo Darío iba en derechura
al frente de sus tropas contra esos hombres insolentes, si bien tuvo
el dolor de morir antes de poder vengarse de sus agravios. Mas yo no
dejaré las armas de la mano, si primero no veo tomada y entregada
al fuego la ciudad de Atenas, que tuvo la osadía de anticipar sus
hostilidades, las más inicuas, contra mi padre y contra mí. Bien sabéis
que ellos, conducidos antes por Aristágoras el milesio, aquel esclavo
nuestro, llegaron hasta Sardes y pegaron fuego a los bosques sagrados
y a los templos; y nadie ignora cómo nos recibieron al desembarcar en
sus costas, cuando Datis y Artafrenes iban al frente del ejército.
Este es el motivo que me precisa a ir contra ellos con mis tropas: y
además de esto, cuando me detengo en pensarlo, hallo sumas ventajas en
su conquista, tales en realidad que si logramos sujetarles a ellos y a
sus vecinos que habitan el país de Pélope el frigio, no serán ya otros
los confines del imperio persa que los que dividen en la región del
aire el firmamento del suelo. Desde aquel punto no verá el mismo sol
otro imperio confinante con el nuestro, porque yo, al frente de mis
persas y en compañía vuestra, corriendo vencedor por toda la Europa,
de todos los estados de ella haré uno solo, y este mío; pues a lo que
tengo entendido, una vez rotas y allanadas las provincias que llevo
dichas, no queda ya estado, ni ciudad, ni gente alguna capaz de venir a
las manos en campo abierto con nuestras tropas. Así lograremos, en fin,
poner bajo nuestro dominio, tanto a los que nos tienen ofendidos, como
a los que ningún agravio nos han ocasionado. Yo me prometo de vosotros
que en la ejecución de estos mis designios haréis que me dé por bien
servido, y que en el tiempo que aplazaré para la concurrencia y reseña
del ejército, os esmeraréis todos en la puntualidad cumpliendo con
vuestro deber. Lo que añado es que honraré con dones y premios, los
más preciosos y honoríficos del estado, al que se presente de vosotros
con la gente mejor ordenada y apercibida. Esto es lo que tengo resuelto
que se haga; mas para que nadie diga que me gobierno por mis dictámenes
particulares, os doy licencia de deliberar sobre la empresa, diciendo
su parecer cualquiera de vosotros que quisiere decirlo». Con esto dio
fin a su discurso.
IX. Después del rey tomó Mardonio la palabra: «Señor, dice, vos sois
el mejor persa, no digo de cuantos hubo hasta aquí, sino de cuantos
habrá jamás en lo porvenir. Buena prueba nos da de ello ese vuestro
discurso en que campean por una parte la elocuencia y la verdad, y por
otra triunfan el honor y la gloria del imperio, no pudiendo mirar vos
con indiferencia que esos jonios europeos, gente vil y baja, se burlen
de nosotros. Insufrible cosa fuera en verdad que los que hicimos con
las armas vasallos nuestros a los sacas, a los indios, a los etíopes,
a los asirios, a tantas otras y tan grandes naciones, no porque nos
hubiesen ofendido en cosa alguna, sino por querer nosotros extender el
imperio, dejásemos sin venganza a los griegos que han sido los primeros
en injuriarnos. ¿Por qué motivo temerles? ¿Qué número de tropas pueden
juntar? ¿Qué abundancia de dinero recoger? Bien sabemos su modo de
combatir; bien sabemos cuán poco o ninguno es su valor. Hijos suyos
son esos que llevamos vencidos; esos que viven en nuestros dominios;
esos, digo, que se llaman jonios, eolios y dorios. Yo mismo hice ya la
prueba de ellos cuando por orden de vuestro padre conduje contra esos
hombres un ejército; lo cierto es que internándome hasta la Macedonia y
faltándome ya poco para llegar a la misma Atenas, nadie se me presentó
en campo de batalla. Oigo decir de los griegos, que son en la guerra
la gente del mundo más falta de consejo, así por la impericia, como
por su cortedad. Decláranse la guerra unos a otros, salen a campaña,
y para darse la batalla escogen la llanura más hermosa y despejada
que pueden encontrar, de donde no salen sin gran pérdida los mismos
vencedores, pues de los vencidos no es menester que hable yo palabra,
siendo sabido que quedan aniquilados. ¿Cuánto mejor les fuera, hablando
todos la misma lengua, componer sus diferencias por medio de heraldos
y mensajeros y venir antes a cualquier convención, que no dar la
batalla? Y en caso de llegar a declararse la guerra por precisión, les
convendría ver por dónde unos y otros estarían más a cubierto de los
tiros del enemigo y acometer por aquel lado. Repito que por este pésimo
modo de guerrear, no hubo pueblo alguno griego, cuando penetré hasta
la Macedonia, que se atreviese a entrar conmigo en batalla. Y contra
vos, señor, ¿quién habrá de ellos que armado os salga al encuentro,
cuando os vean venir con todas las fuerzas del Asia por tierra y con
todas las naves por agua? No, señor; no ha de llegar a tanto, si no me
engaño, el atrevimiento de los griegos. Pero demos que me engañe en mi
opinión, y que faltos ellos de juicio y llenos de su loca presunción no
rehúsen la batalla: peleen en mal hora, y aprendan en su ruina que no
hay sobre la tierra tropa mejor que la persa. Menester es hacer prueba
de todo, si todo queremos conseguirlo. Las conveniencias no entran por
sí mismas en casa de los mortales: premio suelen ser de los que todo
lo experimentan». Calló Mardonio, habiendo adulado y hablado así al
paladar de Jerjes.
X. Callaban después los demás persas, sin que nadie osase proferir un
sentimiento contrario al parecer propuesto, cuando Artabano, hijo de
Histaspes y tío paterno de Jerjes, fiado en este vínculo tan estrecho,
habló en los siguientes términos: «Señor, en una consulta en que no
se propongan dictámenes varios y aun entre sí opuestos, no queda al
arbitrio medio de elegir el mejor, sino que es preciso seguir el único
que se dio; solo queda lugar a la elección cuando son diversos los
pareceres. Sucede en esto lo que en el oro: si una pieza se mira de por
sí, no acertamos a decir si es oro puro; pero si la miramos al lado
de otra del mismo metal, decidimos luego cuál es el más fino. Bien
presente tengo lo que dije a Darío, vuestro padre y hermano mío, que no
convenía hacer la guerra a los escitas, hombres que no tienen morada
fija ni ciudad edificada. Mi buen hermano, muy confiado en que iba a
domar a los escitas nómadas, no siguió mi consejo; y lo que sacó de la
jornada fue volver atrás, después de perdida mucha y buena tropa de la
que llevaba. Vos, señor, vais a emprender ahora la guerra contra unos
hombres que en valor son muy otros que los escitas, y que por mar y por
tierra se dice no tener otros que les igualen. Debo deciros, a fuer de
quien soy, lo que puede temerse de su bravura. Decís que, construido un
puente sobre el Helesponto, queréis conducir el ejército por la Europa
hacia la Grecia; pero reflexionad, señor, que pues los griegos tienen
fama de valientes, pudiera suceder fuésemos por ellos derrotados, o
bien por mar, o bien por tierra, o bien por entrambas partes. No lo
digo de ligero, que bien nos lo da a conocer la experiencia; pues que
solos los atenienses derrotaron un ejército tan numeroso como el que
conducido por Datis y Artafrenes entró en el Ática. Peligra, pues, que
no tengamos éxito ni por tierra ni por mar. Y ¿cuál no sería nuestra
fatalidad, señor, si acometiéndonos con sus galeras y victoriosos
en una batalla naval se fuesen al Helesponto y allí nos cortasen el
puente? Este peligro, ni yo lo imagino sin razón, ni lo finjo en
mi fantasía, sino que este es el caso en que por poco no nos vimos
perdidos cuando vuestro padre, hecho un puente sobre el Bósforo Tracio
y otro sobre el Istro, pasó el ejército contra los escitas. Entonces
fue cuando ellos no perdonaron diligencia alguna, empeñándose con los
jonios, a cuya custodia se había confiado el puente del Istro, para
que se nos cortase el paso con deshacerlo. Y en efecto, si Histieo,
señor de Mileto, siguiera el parecer de los otros, o no se opusiera a
todos con el suyo, allí se acabara el imperio de los persas. Y ¿quién
no se horroriza solo de oír que la salud de toda la monarquía llegó a
depender de la voluntad y arbitrio de un hombre solo? No queráis, pues,
ahora, ya que no os fuerza a ello necesidad alguna, poner en consulta
si será del caso arriesgarnos a un peligro tan grande como este. Mejor
haréis en seguir mi parecer, que es el de despachar ahora, sin tomar
ningún acuerdo, este congreso; y después, cuando a vos os pareciere,
echando bien la cuenta a vuestras solas, podréis mandarnos aquello que
mejor os cuadre. No hallo cosa más recomendable que una resolución bien
deliberada, la cual, aun cuando experimente alguna contrariedad no por
eso deja de ser sana y buena igualmente; síguese tan solo que pudo
más la fortuna que la razón. Pero si ayuda la fortuna al que tomó una
resolución imprudente, lo que logra este es dar con un buen hallazgo,
sin que deje por ello de ser verdad que fue mala su resolución. ¿No
echáis de ver, por otra parte, cómo fulmina Dios contra los brutos
descomunales a quienes no deja ensoberbecer, y de los pequeños no pasa
cuidado? ¿No echáis de ver tampoco cómo lanza sus rayos contra las
grandes fábricas y elevados árboles? Ello es que suele y se complace
Dios en abatir lo encumbrado; y a este modo suele quedar deshecho un
grande ejército por otro pequeño, siempre que ofendido Dios y mirándolo
de mal ojo, le infunde miedo o truena sobre su cabeza; accidentes todos
que vienen a dar con él miserablemente en el suelo. No permite Dios que
nadie se encumbre en su competencia: él solo es grande de suyo; él solo
quiere parecerlo. Vuelvo al punto y repito que una consulta precipitada
lleva consigo el desacierto, del cual suelen nacer grandes males, y que
al revés un consejo cuerdo y maduro contiene mil provechos, los cuales
por más que desde luego no salten a los ojos, los toca después uno con
las manos a su tiempo. Este es, señor, en resolución mi consejo. Pero
tú, Mardonio mío, buen hijo de Gobrias, créeme y déjate ya de desatinar
contra los griegos; que no merecen que los trates con tanto desprecio.
Tú con esas calumnias y patrañas incitas al rey a la expedición, y
todo tu empeño, a lo que parece, está en que se verifique. Esto no va
bien; ningún medio más indigno que el de la calumnia en que dos son
los injuriadores y uno el injuriado: injuriador es el que la trama,
porque acusa al que no está presente; injuriador asimismo el que le
da crédito antes de tenerla bien averiguada. El acusado en ausencia,
ese es el injuriado, así por el que le delata reo, como por el que le
cree convicto sobre la fe del enemigo. ¿Para qué más razones? Hagamos
aquí una propuesta, si tan indispensable se nos pinta la guerra contra
esos hombres. Pidamos al rey que se quiera quedar en palacio entre los
persas. Escoge tú las tropas persas que quieras, y con un ejército cuan
grande le escojas, haz la expedición que pretendes. Aquí están mis
hijos, ofrece tú los tuyos, y hagamos la siguiente apuesta: si fuere
el que pretendes el éxito de la jornada, convengo en que mates a mis
hijos y a mí después de ellos; pero si fuere el que yo pronostico,
oblígate tú a que los tuyos pasen por lo mismo, y con ellos tú también
si vuelves vivo de la expedición. Si no quisieres aceptar el partido
y de todas maneras salieres con tu pretensión de conducir las tropas
contra la Grecia, desde ahora para entonces digo que alguno de los que
por acá quedaren oirá contar de ti, oh Mardonio, que después de una
gran derrota de los persas nacida de tu ambición, has sido arrastrado
y comido de los perros y aves de rapiña, o en algún campo de los
atenienses, o cuando no, de los lacedemonios, si no es que antes de
llegar allá te salga la muerte al camino, para que aprendas por el
hecho contra qué hombres aconsejas al rey que haga la guerra».
XI. Irritado allí Jerjes y lleno de cólera: «Artabano, le responde,
válgate el ser hermano de mi padre; este respeto hará que no lleves
tu merecido por ese tu parecer necio e injurioso; si bien desde ahora
te hago la gracia ignominiosa de que por cobarde y fementido no me
sigas en la jornada que voy a emprender yo contra la Grecia, antes
te quedes acá de asiento en compañía de las mujeres, que yo sin la
tuya daré fin a la empresa que llevo dicha. Renegara yo de mí mismo
y me corriera de ser quien soy, hijo de Darío y descendiente de mis
abuelos Histaspes, Arsames, Ariaramnes, Teíspes y Aquemenes, si no
pudiera vengarme a ellos y a mí de los atenienses; y tanto más por ver
bien claro que si los dejamos en paz nosotros los persas, no dejarán
ellos vivir a los persas en paz, sino que bien pronto nos invadirán
nuestros estados, según nos podemos prometer de sus primeros insultos,
cuando moviendo sus armas contra el Asia nos incendiaron a Sardes. En
suma, ni ellos ni nosotros podemos ya volver atrás del empeño que nos
obliga o a la ofensa o a la defensa, hasta que o pase a los griegos
nuestro imperio, o caigan bajo nuestro imperio los griegos: el odio
mutuo no admite ya conciliación alguna. Pide, pues, nuestra reputación
que nosotros, antes ofendidos, no dilatemos la venganza, sino que nos
adelantemos a ver cuál es la bravura con que nos amenazan, acometiendo
con nuestras tropas a unos hombres a quienes Pélope el frigio, vasallo
de nuestros antepasados, de tal manera domó, que hasta hoy día, no solo
los moradores del país, sino aun el país domado, llevan el nombre del
domador». Así habló Jerjes.
XII. Vino después la noche y halló a Jerjes inquieto y desazonado
por el parecer de Artabano, y consultando con ella sobre el asunto,
absolutamente se persuadía de que en buena política no debía dirigirse
contra la Grecia. En este pensamiento y contraria resolución le cogió
el sueño, en que, según refieren los persas, tuvo aquella noche
la siguiente visión: Parecíale a Jerjes que un varón alto y bien
parecido se le acercaba y le decía: «Conque, persa, ¿nada hay ya de lo
concertado? ¿No harás ya la expedición contra la Grecia después de la
orden dada a los persas de juntar un ejército? Sábete, pues, que ni
obras bien en mudar de parecer, ni yo te lo apruebo. Déjate de eso y no
vaciles en seguir rectamente el camino como de día lo habías resuelto».
XIII. Luego que amaneció otro día, sin hacer caso ninguno de su sueño,
llamó a junta a los mismos persas que antes había convocado, y les
habló en estos términos: «Os pido, persas míos, que disimuléis conmigo
si tan presto me veis mudar de parecer. Confieso que no he llegado aún
a lo sumo de la prudencia, y os hago saber que no me dejan un punto
los que me aconsejan lo que ayer propuse. Lo mismo fue oír el parecer
de Artabano que sentir en mis venas un ardor juvenil que me hizo
prorrumpir en expresiones insolentes, que contra un varón anciano no
debía yo proferir. Reconozco ahora mi falta, y en prueba de ello sigo
su parecer. Así que estaos quietos, que yo revoco la orden de hacer
la guerra a la Grecia». Los persas, llenos de gozo al oír esto, le
hicieron una profunda reverencia.
XIV. Otra vez en la noche próxima aconteció a Jerjes en cama aquel
mismo sueño, hablándole en estos términos: «Vos, hijo de Darío, parece
que habéis retirado ya la orden dada para la jornada de los persas, no
contando más con mis palabras que si nadie os las hubiera dicho. Pues
ahora os aseguro, y de ello no dudéis, que si luego no emprendéis la
expedición, os va a suceder en castigo que tan en breve como habéis
llegado a ser un grande y poderoso soberano, vendréis a parar en hombre
humilde y despreciable».
XV. Confuso y aturdido Jerjes con la visión, salta al punto de la
cama y envía un recado a Artabano llamándole a toda prisa, a quien
luego de llegado habló en esta forma: «Visto has, Artabano, cómo yo,
aunque llevado de un ímpetu repentino hubiese correspondido a un buen
consejo con un ultraje temerario y necio, no dejé pasar con todo mucho
tiempo sin que arrepentido te diera la debida satisfacción, resuelto a
seguir tu aviso y parecer. ¿Creerás ahora lo que voy a decirte? Quiero
y no puedo darte gusto en ello. ¡Cosa singular!, después de mudar de
opinión, estando ya resuelto a todo lo contrario, vínome un sueño que
de ningún modo aprobaba mi última resolución; y lo peor es que entre
iras y amenazas acaba de desaparecer ahora mismo. Atiende a lo que he
pensado: si Dios es realmente el que tal sueño envía poniendo todo su
gusto y conato en que se haga la jornada contra la Grecia, te acometerá
sin falta el mismo sueño ordenándote lo que a mi. Esto lo podremos
probar del modo que he discurrido: toma tú todo mi aparato real,
vístete de soberano, sube así y siéntate en mi trono, y después vete a
dormir en mi lecho».
XVI. A estas palabras que acababa Jerjes de decir, no se mostraba
al principio obediente Artabano, teniéndose por indigno de ocupar el
real solio; pero viéndose al fin obligado, hizo lo que se le mandaba,
después de haber hablado así: «El mismo aprecio, señor, se merece para
mí el que por sí sabe pensar bien, y el que quiere gobernarse por un
buen pensamiento ajeno, cuyas dos prendas de prudencia y docilidad
las veo en vuestra persona; pero siento que la cabida y el valimiento
de ciertos sujetos depravados os desvíen del acierto. Sucédeos lo
que al mar, uno de los elementos más útiles al hombre, al cual suele
agitar de modo la furia de los vientos, a lo que dicen, que no le dan
lugar a que use de su bondad natural para con todos. Por lo que a mí
toca, no tuve tanta pena de ver que me trataseis mal de palabra, como
de entender vuestro modo de pensar, pues siendo dos los pareceres
propuestos en la junta de los persas, uno que inflamaba la soberbia y
violencia del imperio persa, el otro que la reprimía con decir que era
cosa perjudicial acostumbrar el ánimo a la codicia y ambición perpetua
de nuevas conquistas, os declarabais a favor de aquel parecer que de
los dos era el más expuesto y peligroso, tanto para vos, como para el
estado de los persas. Sobre lo que añadís que después de haber mejorado
de resolución no queriendo ya enviar las tropas contra la Grecia, os ha
venido un sueño de parte de algún dios que no os permite desarmar a los
persas enviándoles a sus casas, dadme licencia, hijo mío, para deciros
la verdad, que esto de soñar no es cosa del otro mundo. ¿Queréis que
yo, que en tantos años os aventajo, os diga en qué consisten esos
sueños que van y vienen para la gente dormida? Sabed que las especies
de lo que uno piensa entre día esas son las que de noche comúnmente
nos van rodando por la cabeza. Y nosotros cabalmente el día antes no
hicimos más que hablar y tratar de dicha expedición. Pero si no es ese
sueño como digo, sino que anda en él la mano de alguno de los dioses,
habéis dado vos en el blanco, y no hay más que decir; del mismo modo
se me presentará a mí que a vos con esa su pretensión. Verdad es que
no veo por qué deba venir a visitarme si me visto yo vuestro vestido,
y no si me estoy con el mío; que venga si me echo a dormir en vuestra
cama, y no si en la mía, una vez que absolutamente quiera hacerme la
visita; que al cabo no ha de ser tan lerdo y grosero ese tal, sea quien
se fuere el que se os dejó ver entre sueños, que por verme a mí con
vuestros paños se engañe y me tome por otro. Pero si de mí no hiciere
caso, no se dignará venirme a visitar, ora vista yo vuestras ropas,
ora las mías, sino que guardará para vos su visita. Mas bien presto lo
sabremos todo; hasta yo mismo llegaré a creer que procede de arriba
ese sueño si continuase a menudo sus apariciones. Al cabo estamos, si
vos así lo tenéis resuelto y no hay lugar para otra cosa; aquí estoy,
señor; voyme luego a dormir en vuestra misma cama; veamos si con esto
soñaré a lo regio, que sola esta esperanza pudiera inducirme a daros
gusto en ello».
XVII. Pensando Artabano hacer ver a Jerjes que nada había en aquello de
realidad, después de este discurso, hizo lo que se le decía. Vistiose,
en efecto, con el aparato de Jerjes, sentose en el trono real, de allí
se fue a la cama, y he aquí que el mismo sueño que había acometido a
Jerjes carga sobre Artabano, y plantado allí, le dice: «¿Conque tú eres
el que con capa de tutor detienes a Jerjes para que no mueva las armas
contra la Grecia? ¡Infeliz de ti!, que ni ahora ni después te alabarás
de haber querido estorbar lo que es preciso que se haga. Bien sabe
Jerjes lo que le espera si no quisiere obedecer».
XVIII. Así le pareció a Artabano que le amenazaba el sueño y que en
seguida con unos hierros encendidos iba a herirle en los ojos. Da luego
un fuerte grito, salta de la cama, y vase corriendo a sentar al lado
de Jerjes, le cuenta el sueño que acaba de ver, y añádele después:
«Yo, señor, como hombre experimentado, teniendo bien presente que
muchas veces el que menos puede triunfa de un enemigo superior, no era
de parecer que os dejaseis llevar del ardor impetuoso de la juventud,
sabiendo cuán perniciosos son en un príncipe el espíritu y los pujos
de conquistador, acordándome, por una parte, del infeliz éxito de la
expedición de Ciro contra los maságetas; y también, por otra, la que
hizo Cambises contra los etíopes, y habiendo sido yo mismo testigo
y compañero de la de Darío contra los escitas. Gobernado por estas
máximas, estaba persuadido de que vos en un gobierno pacífico ibais a
ser de todos celebrado por el príncipe más feliz. Pero viendo ahora que
anda en ello la mano de Dios, que quiere hacer algún ejemplar castigo
ya decretado contra los griegos, varío yo mismo de opinión y sigo
vuestro modo de pensar. Bien haréis, pues, en dar cuenta a los persas
de estos avisos que Dios os da, mandándoles que estén a las primeras
órdenes tocantes al aparato de la guerra: procurad que nada falte
por vuestra parte con el apoyo del cielo». Pasados estos discursos y
atónitos y suspensos los ánimos de entrambos con la visión, apenas
amaneció dio Jerjes cuenta de todo a los persas, y Artabano que había
sido antes el único que retardaba la empresa, entonces en presencia de
todos la apresuraba.
XIX. Empeñado ya Jerjes en aquella jornada, tuvo entre sueños una
tercera visión, de la cual informados los magos resolvieron que
comprendía aquella a la tierra entera, de suerte que todas las naciones
deberían caer bajo el dominio de Jerjes. Era esta la visión: soñábase
Jerjes coronado con un tallo de olivo, del cual salían unas ramas que
se extendían por toda la tierra, si bien después se le desaparecía
la corona que le ceñía la cabeza. Después que los magos y los persas
congregados aprobaron la interpretación del sueño, partió cada uno
de los gobernadores a su respectiva provincia, donde se esmeró cada
cual con todo conato en la ejecución de los preparativos, procurando
alcanzar los dones y premios propuestos.
XX. Jerjes por su parte hizo tales levas y reclutas para dicha jornada,
que no dejó rincón en todo su continente que no escudriñase; pues por
espacio de cuatro años enteros, contando desde la toma del Egipto, se
estuvo ocupando en prevenir la armada y todo lo necesario para las
tropas. En el discurso del año quinto, emprendió sus marchas llevando
un ejército numerosísimo, porque de cuantas armadas se tiene noticia,
aquella fue sin comparación la que excedió a todas en número. De suerte
que en su cotejo en nada debe tenerse la armada de Darío contra los
escitas; en nada aquella de los escitas cuando, persiguiendo a los
cimerios y dejándose caer sobre la región de la Media, subyugaron a
casi toda el Asia superior dueños de su imperio, cuyas injurias fueron
las que después pretendió vengar Darío; en nada la que tanto se celebra
de los Átridas contra Ilión; en nada, finalmente, la de los misios
y teucros, anterior a la guerra troyana, quienes después de pasar
por el Bósforo a la Europa, conquistados los tracios, todos bajaron
victoriosos hasta el seno Jonio, y llevaron las armas hasta el río
Peneo,[176] que corre hacia el mediodía.
XXI. Todas estas expediciones juntas, añadidas aun las que fuera de
estas se hicieron en todo el mundo, no son dignas de compararse con
aquella sola. Porque ¿qué nación del Asia no llevó Jerjes contra la
Grecia? ¿Qué corriente no agotó aquel ejército, si se exceptúan los más
famosos ríos? Unas naciones concurrían con sus galeras, otras venían
alistadas en la infantería, otras añadían su caballería a los peones, a
estas se les ordenaba que para el trasporte de los caballos prestasen
sus navíos a las que juntamente militaban, a aquellas que aprontasen
barcas largas para la construcción de los puentes, a estas otras que
diesen víveres y bastimentos para su conducción. Y por cuanto habían
padecido los persas años atrás un gran naufragio al ir a doblar el
cabo de Atos, empezose además, cosa de tres años antes de la presente
expedición, a disponer el paso por dicho monte, practicándose del
siguiente modo: tenían sus galeras en Elayunte, ciudad del Quersoneso,
y desde allí hacían venir soldados de todas naciones, y les obligaban
con el látigo en la mano a que abriesen un canal; los unos sucedían a
los otros en los trabajos, y los pueblos vecinos al monte Atos entraban
también a la parte de la fatiga. Los jefes de las obras eran dos persas
principales, el uno Búbares, hijo de Megabazo, y el otro Artaqueas,
hijo de Arteo.
XXII. Es el Atos un gran monte y famoso promontorio que se avanza
dentro del mar, todo bien poblado y formando una especie de península,
cuyo istmo donde termina el monte unido con el continente viene a
ser de 42 estadios. Este istmo es una llanura con algunos no muy
altos cerros, que se extiende desde el mar de los acantios hasta
el mar opuesto de Torone,[177] y allí mismo donde termina el monte
Atos se halla Sane, ciudad griega. Las ciudades más acá de Sane que
están situadas en lo interior del Atos, y que los persas pretendían
hacer isleñas en vez de ciudades de tierra firme, son Díon, Olofixo,
Acrotoos, Tiso, Cleonas, ciudades todas contenidas en el recinto del
Atos.
XXIII. El orden y modo de la excavación era en esta forma: repartieron
los bárbaros el terreno por naciones, habiéndole medido con un cordel
tirado por cerca de la ciudad de Sane. Cuando la fosa abierta era
ya profunda, unos en la parte inferior continuaban cavando, otros
colocados en escaleras recibían la tierra que se iba sacando, pasándola
de mano en mano hasta llegar a los que estaban más arriba de entrambos,
quienes la iban derramando y extendiendo. Así que todas las naciones
que turnaban en el trabajo, excepto solo los fenicios, tenían doble
fatiga, nacida de que la fosa en sus márgenes se cortaba a nivel;
porque siendo igual la medida y anchura de ella en la parte de arriba
a la de abajo, les era forzoso que el trabajo se duplicase. Pero los
fenicios, así en otras obras como principalmente en la de este canal,
mostraron su ingenio y habilidad; pues habiéndoles cabido en suerte
su porción, abrieron el canal en la parte superior, de una anchura
dos veces mayor de la que debía tener la excavación; pero al paso que
ahondaban en ella, íbanla estrechando, de suerte que al llegar al suelo
era su obra igual a la de los otros.[178] Allí cerca había un prado
en donde tenían todos su plaza y mercado: les venía también del Asia
abundancia de trigo molido.
XXIV. Cuando me paro a pensar en este canal, hallo que Jerjes lo
mandó abrir para hacer alarde y ostentación de su grandeza, queriendo
manifestar su poder y dejar de él un monumento; pues pudiendo sus
gentes a costa de poco trabajo trasportar sus naves por encima del
istmo, mandó con todo abrir aquella fosa que comunicase con el mar, de
anchura tal que por ella al par navegaban a remo dos galeras. A estos
mismos que tenían a su cuenta el abrir el canal, se les mandó hacer un
puente sobre el río Estrimón.
XXV. Al tiempo que se ejecutaban estas obras como mandaba, íbanse
aprontando los materiales y cordajes de biblo y de lino blanco para la
construcción de los puentes. De ello estaban encargados los fenicios y
egipcios, como también de conducir bastimentos y víveres al ejército,
para que las tropas y también los bagajes que iban a la Grecia no
pereciesen de hambre. Informado, pues, Jerjes de aquellos países, mandó
que se llevasen los víveres a los lugares más oportunos, haciendo que
de toda el Asia saliesen urcas y naves de carga, cuáles en una, cuáles
en otra dirección. Y si bien es verdad que el almacén principal se
hacía en la Tracia en la que llaman _Leuca Acta_ (blanca playa),[179]
con todo tenían otros orden de conducir los bastimentos a Tirodiza de
los perintios, otros a Dorisco, otros a Eyón sobre el Estrimón, otros a
Macedonia.
XXVI. En tanto que estos se aplicaban a sus respectivas tareas, Jerjes,
al frente de todo su ejército de tierra, habiendo salido de Critala,
lugar de la Capadocia, donde se había dado la orden de que se juntasen
todas las tropas del continente que habían de ir en compañía del
rey, marchaba hacia Sardes. Allí en la reseña del ejército no puedo
decir cuál de los generales mereció los dones del rey en premio de
haber presentado la mejor y más bien arreglada milicia, ni aun sé si
entraron en esta competencia los generales. Después de pasar el río
Halis continuaba el ejército sus marchas por la Frigia, hasta llegar a
Celenas,[180] de donde brotan las fuentes del río Meandro, y de otro
río no inferior que lleva el nombre de Catarrectes, el cual, nacido en
la plaza misma de Celenas, va a unirse con el Meandro. En aquella plaza
y ciudad se ve colgada en forma de odre la piel de Marsias, quien,
según cuentan los frigios, fue desollado por Apolo, que colgó después
allí su pellejo.
XXVII. Hubo en esta ciudad un vecino llamado Pitio,[181] hijo de Atis,
de nación lidio, quien dio un convite espléndido a toda la armada
del rey y al mismo Jerjes en persona, ofreciéndose a más de esto a
darle dinero para los gastos de la guerra. Oída esta oferta de Pitio,
informose Jerjes de los persas que estaban allí presentes sobre quién
era Pitio, y cuántos eran sus haberes, que se atreviese a hacerle tal
promesa. «Señor, le respondieron, este es el que regaló a vuestro padre
Darío un plátano y una vid de oro, hombre en efecto que solo a vos cede
en bienes y riqueza, ni conocemos otro que le iguale».
XXVIII. Admirado de esto último que acababa Jerjes de oír, preguntó
él mismo a Pitio cuánto vendría a ser su caudal. «Señor, le responde
Pitio, os hablaré con toda ingenuidad sin ocultaros cosa alguna, y sin
excusarme con decir que yo mismo no sé bien lo que tengo sabiéndolo con
toda puntualidad. Y lo sé, porque al punto que llegó a mi noticia que
os disponíais a bajar hacia las costas del mar de la Grecia, queriendo
yo haceros un donativo para los gastos de la guerra, saqué mis cuentas,
y hallé que tenía 2000 talentos en plata, y en oro 4 millones, menos
7000 de estateres dáricos, cuya suma está toda a vuestra disposición;
que para mi subsistencia me sobra con lo que me reditúan mis posesiones
y esclavos».
XXIX. Así se explicó Pitio, y muy gustoso y complacido Jerjes con
aquella respuesta, «Amigo lidio, le dice, después que partí de la
Persia, no he hallado hasta aquí ni quien diera el refrigerio que
tú a todo mi ejército, ni quien se me presentara con esa bizarría,
ofreciéndose a contribuir con sus donativos a los gastos de la guerra.
Tú solo has sido el vasallo generoso que después de ese magnífico
obsequio que has hecho a mis tropas te me has ofrecido con tus copiosos
haberes. Ahora, pues, en atención a esos tus beneficios, te hago la
gracia de tenerte por amigo y huésped, y después quiero suplirte de mi
erario lo que te falta para los 4 millones cabales de estateres, pues
no quiero la mengua de 7000 estateres en esa suma que por mi parte ha
de quedar entera y completa. Mi gusto mayor es que goces de lo que has
allegado, y procura portarte siempre como ahora, que esa tu conducta no
te estará sino muy bien, ahora y después».
XXX. Habiendo así hablado y cumplido su promesa, continuó su viaje.
Pasado que hubo por una ciudad de los frigios llamada Anava, y por
cierta laguna de donde se extrae sal, llegó a Colosas,[182] ciudad
populosa de la Frigia, donde desaparece el río Lico metido por unos
conductos subterráneos, y salido de allí a cosa de cinco estadios,
corre también a confundirse con el Meandro. Moviendo el ejército desde
Colosas hacia los confines de la Frigia y de la Lidia, llegó a la
ciudad de Cidrara, en donde se ve clavada una columna mandada levantar
por Creso, en que hay una inscripción que declara dichos confines.
XXXI. Luego que dejando la Frigia entró el ejército por la Lidia, dio
con una encrucijada donde el camino se divide en dos, el uno a mano
izquierda lleva hacia la Caria, el otro a mano derecha tira hacia
Sardes, siguiendo el cual es forzoso pasar el río Meandro y tocar en
la ciudad de Calatebo, donde hay unos hombres que tienen por oficio
hacer miel artificial sacada del tamariz y del trigo. Llevando Jerjes
este camino, halló un plátano tan lindo, que prendado de su belleza,
le regaló un collar de oro, y le señaló para cuidar de él a uno de los
guardias que llamaban los Inmortales; y al día siguiente llegó a la
capital de la Lidia.
XXXII. Lo primero que hizo Jerjes llegado a Sardes fue destinar
embajadores a la Grecia, encargados de pedir que le reconociesen por
soberano con la fórmula de pedirles _la tierra y el agua_ y con la
orden de que preparasen la cena al rey, cuyos embajadores envió Jerjes
a todas las ciudades de la Grecia menos a Atenas y Lacedemonia. El
motivo que tuvo para enviarles fue la esperanza de que atemorizados
aquellos que no se habían antes entregado a Darío cuando les pidió la
tierra y el agua, se le entregarían entonces; y para salir de esta duda
volvió a repetir las embajadas.
XXXIII. Después de estas previas diligencias, disponíase Jerjes a mover
sus tropas hacia Abido, mientras que los encargados del puente sobre el
Helesponto lo estaban fabricando desde el Asia a la Europa. Corresponde
enfrente de Abido, en el Quersoneso del Helesponto entre las ciudades
de Sesto y Madito,[183] una playa u orilla áspera y quebrada confinante
con el mar. Allí fue donde no mucho tiempo después, siendo general de
los atenienses Jantipo, hijo de Arifrón, habiendo hecho prisionero
al persa Artaíctes, gobernador de Sesto, le hizo empalar vivo, así
por varios delitos, como porque llevando algunas mujeres al templo de
Protesilao, que está en Elayunte, profanaba con ellas aquel santuario.
XXXIV. Empezando, pues, desde Abido los ingenieros encargados del
puente, íbanle formando con sus barcas, las que por una parte
aseguraban los fenicios con cordaje de lino blanco, y por otra los
egipcios con cordaje de biblo. La distancia de Abido a la ribera
contraria es de siete estadios. Lo que sucedió fue que unidas ya las
barcas se levantó una tempestad, que rompiendo todas las maromas
deshizo el puente.
XXXV. Llenó de enojo esta noticia el ánimo de Jerjes, quien irritado
mandó dar al Helesponto trescientos azotes de buena mano, y arrojar
al fondo de él, al mismo tiempo, un par de grillos. Aun tengo oído
más sobre ello, que envió allá unos verdugos para que marcasen al
Helesponto.[184] Lo cierto es que ordenó que al tiempo de azotarle lo
cargasen de baldones y oprobios bárbaros e impíos, dictándole: «Agua
amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él,
sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien,
y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora
sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un
río pérfido y salado». Tal castigo mandó ejecutar contra el mar; mas
lo peor fue que hizo cortar las cabezas a los oficiales encargados del
puente sobre el Helesponto.
XXXVI. Y esta fue la paga que se dio a aquellos ingenieros a quienes se
había confiado la negra honra de construir el puente: otros arquitectos
fueron señalados, los que lo dispusieron en esta forma: iban ordenando
sus _pentecónteros_ y también sus galeras vecinas entre sí, haciendo de
ellas dos líneas: la que estaba del lado del Ponto Euxino se componía
de 360 naves, la otra opuesta del lado Helesponto, de 314; aquella las
tenía puestas de travesía, esta las tenía según la corriente, para que
las cuerdas que las ataban se apretasen con la agitación y fluctuación.
Ordenados así los barcos, afirmábanlos con áncoras de un tamaño mayor,
las unas del lado del Ponto Euxino para resistir a los vientos que
soplaran de la parte interior del mismo; las otras del lado de poniente
y del mar Egeo para resistir al Euro y al Noto. Dejaron entre los
pentecónteros y galeras paso abierto en tres lugares para que por él
pudiera navegar el que quisiera con barcas pequeñas hacia el Ponto,
y del Ponto hacia fuera. Hecho esto, con unos cabrestantes desde la
orilla iban tirando los cables que unían las naves, pero no como antes,
cada especie de maromas por sí y por lados diferentes, sino que a cada
línea de las naves aplicaban dos cuerdas de lino adobado y cuatro de
biblo. Lo recio de ellas venía en todas a ser lo mismo a la vista, si
bien por buena razón debían de ser más robustas las de lino, de las
cuales pesaba cada codo un talento. Una vez cerrado el paso con las
naves unidas, aserrando unos grandes tablones, hechos a la medida de
la anchura del puente, íbanlos ajustando sobre las maromas tendidas y
apretadas encima de las barcas: ordenados así los tablones, trabáronlos
otra vez por encima, y hecho esto, los cubrieron de fagina y encima
acarrearon tierra. Tiraron después un parapeto por uno y otro lado del
puente, para que no se espantaran las acémilas y caballos viendo el mar
debajo.
XXXVII. Después de haber dado fin a la maniobra de los puentes, y de
llegar al rey el aviso de que estaban hechas todas las obras en el
monte Atos, acabada ya la fosa y levantados unos diques a una y otra
extremidad de ella, para que cerrado el paso a la avenida del mar,
impidieran que se llenasen las bocas del canal, entonces, al empezar
la primavera, bien provisto todo el ejército partió de Sardes, en
donde había invernado, marchando para Abido. Al partir la hueste, el
sol mismo, dejando en el cielo su asiento, desapareció de la vista
de los mortales, sin que se viera nube alguna en la región del aire,
por entonces serenísima, de suerte que el día se convirtió en noche.
Jerjes que lo vio y reparó en ello, entró en gran cuidado y suspensión,
y preguntó a sus magos qué significaba aquel portento. Respondieron
que aquel dios anunciaba a los griegos la desolación de sus ciudades,
dando por razón que el sol era el pronosticador de los griegos[185] y
la luna la profetisa de los persas. Alegre sobremanera Jerjes con esta
declaración, iba continuando sus marchas.
XXXVIII. En el momento de marchar las tropas, asombrado Pitio el lidio
con aquel prodigio del cielo, y confiado en los dones recibidos del
soberano, no dudó en presentarse a Jerjes y hablarle en esta forma:
«¡Si tuvierais, señor, la bondad de concederme una gracia que mucho
deseara yo lograr!... El hacérmela os es de poca consideración y a
mí de mucha cuenta el obtenerla». Jerjes, que nada menos pensaba que
hubiese de pedirle lo que Pitio pretendía, díjole estar ya concedida
la gracia y que dijera su petición. Con tal respuesta animose Pitio
a decirle: «Señor, cinco hijos tengo, y a los cinco les ha cabido la
suerte de acompañaros en esa expedición contra la Grecia. Quisiera que,
compadecido de la avanzada edad en que me veis, dieseis licencia al
primogénito para que, exento de la milicia, se quedase en casa a fin
de cuidar de mí y de mi hacienda. Vayan en buen hora los otros cuatro;
llevadlos en vuestro ejército; así Dios, cumplidos vuestros deseos, os
dé una vuelta gloriosa».
XXXIX. Mucho fue lo que se irritó Jerjes con la súplica, y le respondió
en estos términos: «¿Cómo tú, hombre ruin, viendo que yo en persona
hago esta jornada contra la Grecia, que conduzco a mis hermanos, a
mis familiares y amigos, te has atrevido a hacer mención de ese tu
hijo que, siendo mi esclavo, debería en ella acompañarme con toda
su familia y aun su misma esposa? Quiero que sepas, si lo ignorabas
todavía, que es menester mirar cómo se habla, pues en los oídos mismos
reside el alma, la cual, cuando se habla bien, da parte de su gusto a
todo el cuerpo, y cuando mal, se entumece e irrita. Al mostrarme tú
liberal, hablando como debías, no te pudiste alabar de haber sido más
bizarro de palabra de lo que tu soberano fue magnífico por obra. Mas
ahora que te me presentas con una súplica desvergonzada, si bien no
llevarás todo tu merecido, no dejarás con todo de pagar parte de tu
castigo. Agradécelo a los servicios con que de huéspedes nos trataste,
que ellos son los que a ti y a cuatro de tus hijos os libran de mis
manos: solo te condeno a perder ese solo por quien muestras tanto
cariño y predilección». Acabada de dar esta respuesta, dio orden a los
ejecutores ordinarios de los suplicios que fuesen al punto a buscar
al hijo primogénito de Pitio, y hallado le partiesen por medio en dos
partes, y luego pusiesen una mitad del cuerpo en el camino público a
mano derecha, y la otra a mano izquierda, y que entre ellas pasase el
ejército.
XL. Ejecutada así la sentencia, iba desfilando por allí la armada.
Marchaban delante los bagajeros con todas las recuas y bestias de
carga; detrás de estos venían sin separación alguna las brigadas de
todas las naciones, las que componían más de una mitad del ejército.
A cierta distancia, puesto que no podían acercarse al rey dichas
brigadas, venían delante del soberano mil soldados de a caballo, la
flor de los persas: seguíanles mil alabarderos, gente asimismo la más
gallarda del ejército, que llevaban las lanzas con la punta hacia
tierra. Luego se veían diez caballos muy ricamente adornados, a los que
llaman los sagrados neseos; y la causa de ser así llamados es porque
en la Media hay una llanura conocida por Nesea,[186] de la cual toman
el nombre los grandes caballos que en ella se crían. Inmediato a estos
diez caballos se dejaba ver el sagrado carro de Zeus, tirado de ocho
blancos caballos, en pos de los cuales venía a pie el cochero con las
riendas en la mano, pues ningún hombre mortal puede subir sobre aquel
trono sacro. Venía en seguida el mismo Jerjes sentado en su carroza
tirada de caballos neseos, a cuyo lado iba a pie el cochero, el cual
era un hijo de Ótanes, persa principal, llamado Patiranfes.
XLI. De este modo salió Jerjes de Sardes, pero en el camino,
cuando le venía en voluntad, dejando su carro pasaba a su carroza
o _harmámaxa_:[187] a sus espaldas venían mil alabarderos, los más
valientes y nobles de todos los persas, que traían sus lanzas, según
suelen, levantadas. Seguíase luego otro escuadrón de caballería
escogida compuesto de mil persas, y detrás de él marchaba un cuerpo
de la mejor infantería, que constaba de diez mil. Mil de ellos iban
cerrando alrededor todo aquel cuerpo, los cuales en vez de puntas de
hierro llevaban en su lanza unas granadas de oro, los restantes nueve
mil, que iban dentro de aquel cuadro llevaban en las lanzas granadas de
plata. Granadas de oro traían asimismo los que dijimos que iban con las
lanzas vueltas hacia tierra y los más inmediatos a Jerjes. Seguíase a
este cuerpo de diez mil, otro cuerpo también de diez mil de caballería
persa; quedaba después un intervalo de dos estadios.
XLII. En esta forma marchó el ejército desde la Lidia hacia el río
Caico,[188] en la provincia de la Misia, desde el cual, llevando a mano
derecha el monte Canes, se encaminó pasando por Atarneo a la ciudad de
Carena, y de allí haciendo su camino por la llanura de Teba, por la
ciudad de Adramitio y por Antandro, ciudad de los pelasgos, y dejando
a su mano izquierda al Ida, llegó a la región de Ilión. Lo primero
que allí le sucedió fue que, haciendo noche a las raíces del monte
Ida, sobrevinieron al ejército tantos truenos y rayos que dejaron
allí mismo mucha gente muerta. Moviendo después el ejército hacia el
Escamandro, que fue el primer río con quien dieron en el camino después
de salidos de Sardes, secaron sus corrientes, no bastando el agua para
la gente y bagaje.
XLIII. Habiendo llegado Jerjes a dicho río, movido de curiosidad quiso
subir a ver a Pérgamo, la capital de Príamo. Registrola y se informó
particularmente de todo, y después mandó sacrificar mil bueyes a Atenea
Ilíada. No dejaron sus magos de hacer libaciones en honor de los héroes
del lugar.[189] Apoderose del ejército aquella noche un gran terror. Al
hacerse de día emprendió su camino dejando a la izquierda las ciudades
de Reteo, Ofrineo y Dárdano, que está confinante con Abido; y a la
derecha la de Gergitas, colonia de los teucros.
XLIV. Estando ya Jerjes en Abido, quiso ver reunido a todo su ejército.
Habían levantado los abidenos encima de un cerro, conforme a la orden
que les había dado, un trono primorosamente hecho de mármol blanco,
allí cerca de la ciudad. Sentado en él Jerjes, estaba contemplando
todo su ejército de mar y tierra esparcido por aquella playa. Este
espectáculo despertó en él la curiosidad de ver un remedo de una
batalla naval, y se hizo allí una naumaquia en que vencieron los
fenicios de Sidón. Quedó el rey tan complacido por el simulacro del
combate como por la vista de la armada.
XLV. Sucedió, pues, que viendo Jerjes todo el Helesponto cubierto
de naves, y llenas asimismo de hombres todas las playas y todas las
campiñas de los abidenos, aunque primero se tuvo por el mortal más
feliz y de tal se alabó, poco después prorrumpió él mismo en un gran
llanto.
XLVI. Viendo aquello Artabano, su tío paterno, el mismo que antes con
un parecer franco e ingenuo había desaconsejado al rey la expedición
contra la Grecia; viendo, pues, aquel gran varón que lloraba Jerjes,
«Señor, le dijo, ¿qué novedad es esta? ¿Cuánto va de lo que hacéis
ahora a lo que poco antes hacíais? ¡Poco ha feliz en vuestra opinión,
al presente lloráis!». «No lo admires, replicole Jerjes, pues al
contemplar mi armada me ha sobrecogido un afecto de compasión,
doliéndome de lo breve que es la vida de los mortales, y pensando que
de tanta muchedumbre de gente ni uno solo quedará al cabo de cien
años». A lo cual respondió Artabano: «Aun no es ello lo peor y lo más
digno de compasión en la vida humana; pues, siendo tan breve como es,
nadie hubo hasta ahora tan afortunado, ni de los que ahí veis, ni de
otros hombres algunos, que no haya deseado, no digo una sino muchas
veces, la muerte antes que la vida; que las calamidades que a esta
asaltan y las enfermedades que la perturban, por más breve que ella
sea, nos la hacen parecer sobrado duradera; en tanto grado, señor, que
la muerte misma llega a desearse como un puerto y refugio en que se dé
fin a vida tan miserable y trabajosa. No sé si diga que por la aversión
que Dios nos tiene nos da una píldora venenosa dorada con esa dulzura
que nos pone en las cosas del mundo».
XLVII. A todo esto replicole Jerjes: «Lo mejor será, Artabano, que
pues nos vemos ahora en el mayor auge de la fortuna, nos dejemos de
filosofar acerca de la condición y vida humana tal como la pintas, sin
que hagamos otra mención de sus miserias. Lo que de ti quiero saber es,
si a no haber tenido antes entre sueños aquella visión tan clara, le
afirmarías aún en tu primer sentimiento, disuadiéndome la guerra contra
la Grecia, o si mudaras de opinión: dímelo, te ruego, francamente».
«Señor, le responde Artabano, ¡quiera Dios que la visión entre sueños
tenga el éxito que ambos deseamos! De mí puedo deciros que me siento
hasta aquí tan lleno de miedo que me hallo fuera de mí mismo, no solo
por mil motivos que callo sino principalmente porque veo que dos cosas
de la mayor importancia nos son contrarias en esta guerra».
XLVIII. «¡Hombre singular!, interrumpiole Jerjes, ¿qué significas con
esa salida? ¿No me dirías qué cosas son esas dos que tan contrarias
me son? Dime: ¿acaso el ejército por corto te parece despreciable,
creyendo que el de los griegos ha de ser sin comparación mucho más
numeroso?, ¿o acaso nuestra armada será inferior a la suya?, ¿o en una
y otra nos han de dar ellos ventaja? Si nuestras fuerzas que ahí ves
te parecen escasas para la empresa, voy a dar orden al punto que se
levante un ejército mayor».
XLIX. A esto repuso Artabano: «¿Quién, señor, sino un hombre insensato
podrá tener en poco ni ese número sinnúmero de tropas, ni esa multitud
infinita de naves? No es eso lo que pretendía; antes digo que si
acrecentáis el número, añadiréis peso y valor a aquellas dos cosas
que mayor guerra nos hacen: y ya que os empeñáis en saberlo, son
estas: la tierra y el mar. No hay en todo el mar, a lo que imagino,
un puerto que en caso de tempestad sea capaz de abrigar tan grande
armada y de poner tanta nave fuera de peligro; y lo peor que de nada
nos sirviera un puerto tal, si lo hubiera únicamente en alguna parte,
pues nosotros lo necesitáramos en todas las playas de tierra firme
donde nos encaminásemos. Ved, pues, señor, cómo por falta de puertos
capaces están nuestras fuerzas al arbitrio de la fortuna enemiga y no
la fortuna al arbitrio de nuestras fuerzas. Dicha la una de las cosas
contrarias, voy a mostraros la otra. La misma tierra os hará una guerra
tal, que aun cuando no os oponga fuerzas ningunas, se os mostrará tanto
más enemiga, cuanto más os internaréis en ella, conquistando siempre
más y más países al modo de los hombres que nunca saben moderar su
ambición poniendo límites a la próspera fortuna. Con esto significo
que al paso que se aumente la tierra subyugada empleando más largo
tiempo en las conquistas, a ese mismo paso se nos irá introduciendo
el hambre. Esto bueno es tenerlo previsto, pues claro está que aquel
debe pasar por mejor político, a quien en la consulta impone temor todo
lo que prevé que podría salirle mal y a quien en la ejecución nada le
acobarda».
L. Respondió Jerjes por su parte: «No puede negarse, Artabano, que
hablas en todo con juicio, si bien no debe temerse todo lo que puede
suceder, ni contar igualmente con ello, pues el que en la deliberación
de todos los casos que se van ofreciendo quisiese siempre atenerse a
cualquier razón en contrario, ese tal jamás haría cosa de provecho.
Vale más que, lleno siempre de ánimo, se exponga uno a que no le salgan
bien la mitad de sus empresas, que no el que lleno siempre de miedo
y sin emprender cosa jamás, no tenga mal éxito en nada. Aun hay más:
que si uno porfía contra lo que otro dice y no da por su parte una
razón convincente que asegure su parecer, este no se expone menos a
errar que su contrario, pues corren los dos parejas en aquello. Soy de
opinión que ningún hombre mortal es capaz de dar un expediente que nos
asegure de lo que ha de suceder. En suma, la fortuna por lo común se
declara a favor de quien se expone a la empresa, y no de quien en todo
pone reparos y a nada se atreve. ¿Ves a qué punto de poder ha llegado
felizmente el imperio de los persas? Pues dígote que si los reyes mis
predecesores hubieran pensado como tú, o al menos se hubieran dejado
regir por unos consejeros de tu mismo humor, jamás vieran el estado
tan floreciente y poderoso. Pero ellos se arrojaron a los peligros, y
su osadía engrandeció el imperio; que con grandes peligros se acaban
las grandes empresas. Émulo yo, pues, de sus proezas, emprendo la
expedición en la mejor estación del año; yo, conquistada toda la
Europa, daré la vuelta sin haber experimentado en parte alguna los
rigores del hambre, sin haber sentido desgracia ni disgusto alguno.
Nosotros, por una parte, llevamos mucha provisión de bastimentos, y
por otra tendremos a nuestra disposición el trigo de las provincias y
naciones adonde entráremos; que por cierto no vamos a guerrear contra
unos pueblos nómadas, sino contra pueblos labradores».
LI. Después de este debate movió otro Artabano. «Señor, le dice, ya que
no dais lugar al miedo, ni queréis que yo se lo dé, seguid siquiera
mi consejo en lo que voy a añadir, pues como son tantos los negocios,
es preciso que sea mucho lo que haya que decir. Ya sabéis que Ciro,
hijo de Cambises, fue quien con las armas hizo tributaria de los
persas a toda la Jonia, menos a los atenienses. Soy de parecer que en
ninguna manera conviene que llevéis en vuestra armada a los jonios
contra su madre patria, pues sin ellos bien podremos ser superiores
a nuestros enemigos. Una de dos, señor; o han de ser ellos una gente
la más perversa si hacen esclava a su madre patria, o la más justa si
procuran su libertad. Poco vamos a ganar en que sean unos malvados;
pero si quisieren obrar como hombres de bien, muy mucho serán capaces
de incomodarnos y aun de perder vuestra armada. Bueno será, pues, que
hagáis memoria de un proverbio antiguo y verdadero, que “hasta el fin
no se canta victoria”».
LII. «Artabano, le responde Jerjes, de cuanto hasta aquí has filosofado
en nada te alucinaste más que en ese tu temor de que los jonios puedan
volverse contra nosotros. A favor de su fidelidad tenemos una prueba la
mayor, de la cual eres tú mismo buen testigo, y pueden serlo juntamente
los que siguieron a Darío contra los escitas; pues sabemos que en mano
de ellos estuvo el perder o salvar todo aquel ejército, y que dieron
entonces muestra de su hombría de bien y de su mucha lealtad no
dándonos nada que sentir. Además, ¿qué novedades han de maquinar ellos
dejando ahora en nuestro poder y dominio a sus hijos, a sus mujeres y a
sus bienes? Déjate ya de temer tal cosa, guarda en todo buen ánimo; ve
y procura cuidar bien de mi palacio y de mi reino, que a ti solo fío yo
la regencia de mis dominios».
LIII. Así dijo, y enviando a Susa a Artabano, convoca segunda vez a los
grandes de la Persia, a quienes reunidos habló de esta conformidad:
«El motivo que para juntaros aquí he tenido, nobles y magnates, ha
sido el exhortaros a que continuéis en dar pruebas de vuestro valor,
no degenerando de hijos de aquellos persas que tantas y tan heroicas
proezas hicieron, sino mostrando cada uno de por sí y todos en común
vuestros ánimos y bríos varoniles. La gloria y provecho de la victoria
que vamos a lograr será común a todos: esto me mueve a encargaros que
toméis con todo empeño esta guerra, pues vamos a hacerla contra unos
enemigos, a lo que oigo decir, valientes, a quienes si venciéremos, no
nos restará ya nación en el mundo que se atreva, a salir en campaña
contra nosotros. Ahora, pues, con el favor de los dioses tutelares de
la Persia e implorada su protección, pasemos hacia la Europa».
LIV. Aquel día lo emplearon en disponerse para el tránsito: al día
siguiente esperaban que saliera el sol, al cual querían ver salido
antes de emprender el paso, ocupados entretanto en ofrecerle encima del
puente toda especie de perfumes, cubriendo y adornando con arrayanes
todo aquel camino. Empieza a dejarse ver el sol, y luego Jerjes,
haciendo al mar con una copa de oro sus libaciones, pide y ruega al
mismo tiempo a aquel su dios que no le acontezca ningún encuentro tal,
que le obligue a detener el curso de sus victorias antes de haber
llegado a los últimos términos de la Europa. Acabada la súplica,
arrojó dentro del Helesponto, juntamente con la copa, una pila de oro
y un alfanje persa llamado _acinaces_. No acabo de entender si estos
dones echados al agua los consagró en honor del sol, o si, arrepentido
de haber mandado azotar al Helesponto, los ofreció al mar a fin de
aplacarle.
LV. Acabada esta ceremonia religiosa, empezó a desfilar el ejército:
la infantería y toda la caballería por el puente que miraba hacia el
Ponto, y por el que estaba a la parte del Egeo los bagajes y gente de
la comitiva.[190] Iban en la vanguardia diez mil persas, todos ellos
con sus coronas, y después les seguían los cuerpos de todas aquellas
tan varias naciones sin separación alguna. Estos fueron los que pasaron
aquel primer día: al siguiente fueron los primeros en verificarlo
los caballeros y los que llevaban sus lanzas inclinadas hacia abajo,
coronados también todos ellos: pasaban después los caballos sagrados
y el carro sacro, al que seguía el mismo Jerjes y los alabarderos y
los mil soldados de a caballo, después de los cuales venía lo restante
del ejército. Al mismo tiempo fueron pasando las galeras de una a otra
orilla; si bien a alguno he oído decir que el rey pasó el último de
todos.
LVI. Pasado Jerjes a la Europa, estuvo mirando desfilar a su ejército
compelido de los oficiales con el azote en la mano, paso en que
se emplearon siete días enteros con sus siete noches, sin parar
un instante solo. Dícese que después que acabó Jerjes de pasar el
Helesponto, exclamó uno de los del país: «¡Oh Zeus! ¿A qué fin tú ahora
en forma de persa, tomado el nombre de Jerjes en lugar del de Zeus,
quieres asolar a la Grecia conduciendo contra ella todo el linaje
humano, pudiendo por ti solo dar en el suelo con toda ella?»
LVII. Pasado ya todo el ejército, al ir a emprender la marcha,
sucedioles un portento considerable, si bien en nada lo estimó Jerjes,
y eso siendo de suyo de muy fácil interpretación. El caso fue que de
una yegua le nació una liebre, se ve cuán natural era la conjetura de
que en efecto conduciría Jerjes su armada contra la Grecia con gran
magnificencia y jactancia, pero que volvería pavoroso al mismo sitio y
huyendo más que de paso de su ruina. Y no fue solo este prodigio, pues
otro le había ya acontecido hallándose en Sardes, donde una mula parió
otra, y esta monstruo hermafrodita, con las naturas de ambos sexos,
estando la de macho sobre la de hembra.
LVIII. Jerjes, sin atender a ninguno de los dos prodigios, continuaba
su camino conduciendo consigo el ejército. La armada naval, fuera ya
del Helesponto, navegaba costeando la tierra con dirección contraria
a las marchas del ejército, dirigiendo el rumbo a poniente hacia el
promontorio Sarpedonio, donde tenía orden de hacer alto. El ejército
marchaba por el Quersoneso hacia levante, dejando a la derecha el
sepulcro de Hele, hija de Atamante, y a la izquierda la ciudad de
Cardia.[191] Pero después de atravesar por medio de cierta ciudad
llamada Ágora, torció hacia el golfo Melas, como se llama, y al
río llamado también Melas, cuyos raudales no fueron bastantes para
satisfacer al ejército y quedaron agotados. Y habiendo vadeado dicho
río, del cual toma su nombre aquel seno, dirigiose a poniente, y pasada
Eno, ciudad de los eolios, como también la laguna Estentórida, continuó
su viaje hasta Dorisco.
LIX. Es Dorisco una gran playa de la Tracia, término de una vasta
llanura por donde corre el gran río Hebro,[192] sobre el cual está
fabricada una fortaleza real, a la que llaman Dorisco, en donde había
una guarnición de persas colocada allí por Darío desde cuando hizo
allí su jornada contra los escitas. Pareciéndole, pues, a Jerjes que
el lugar era a propósito para la revista y reseña de sus tropas,
empezó a ordenarlas allí y a contarlas. Y habiendo llegado asimismo a
Dorisco todas las naves por orden de Jerjes, arrimáronlas los capitanes
a la playa inmediata a Dorisco, donde están Sale, ciudad de los
Samotracios, y Zona, terminando en Serreo, promontorio bien conocido;
lugar que pertenecía antiguamente a los cicones.[193] En esta playa,
pues, arrimadas las naves y sacadas después a la orilla, respiraron
los marineros por todo aquel tiempo en que Jerjes pasaba revista a sus
tropas en Dorisco.
LX. No puedo en verdad decir detalladamente el número de gente que
cada nación presentó, no hallando hombre alguno que de él me informe.
El grueso de todo el ejército en la reseña ascendió a un millón y
setecientos mil hombres; el modo de contarlos fue singular: juntaron
en un sitio determinado diez mil hombres apiñados entre sí lo más que
fue posible y tiraron después una línea alrededor de dicho sitio,
sobre la cual levantaron una pared alrededor, alta hasta el ombligo
de un hombre. Salidos los primeros diez mil, fueron después metiendo
otros dentro del cerco, hasta que así acabaron de contarlos a todos, y
contados ya, fuéronlos separando y ordenando por naciones.
LXI. Los pueblos que militaban eran los siguientes: Venían los persas
propios llevando en sus cabezas unas tiaras, como se llaman, hechas
de lana no condensada a manera de fieltro; traían apegadas al cuerpo
unas túnicas con mangas de varios colores, las que formaban un coselete
con unas escamas de hierro parecidas a las de los pescados;[194]
cubrían sus piernas con largas bragas; en vez de escudos usaban de
_gerras_; traían astas cortas, arcos grandes, saetas de caña y colgadas
sus aljabas, y de la correa o cíngulo les pendían unos puñales hacia
el muslo derecho. Llevaban al frente por general a Ótanes, padre
de Amestris, la esposa de Jerjes. Estos pueblos eran en lo antiguo
llamados por los griegos los cefenes, y se daban ellos mismos el nombre
de arteos. Pero después que Perseo, hijo de Dánae y de Zeus, pasó
a casa de Cefeo, hijo de Belo, y casó con la hija de este, llamada
Andrómeda, como tuviese en ella un hijo, le puso el nombre de Persa
y lo dejó allí en poder de Cefeo, quien no había tenido la suerte de
tener prole masculina. De este Persa tomaron, pues, el nombre aquellos
pueblos.
LXII. Venían también los medos armados del mismo modo, pues aquella
armadura es propia en su origen de los medos y no de los persas. El
general que los conducía era Tigranes, príncipe de la familia de los
Aqueménidas. Eran estos pueblos en lo antiguo llamados generalmente
arios, pero después que Medea desde Atenas pasó a los arios, también
estos mudaron el nombre, según refieren los mismos medos. Los
cisios,[195] excepto en las mitras que llevaban en lugar de tiara a
manera de sombrero, en todo lo demás de la armadura imitaban a los
persas: su general era Anafes, hijo de Ótanes. Los hircanios, armados
del mismo modo que los persas, eran conducidos por Megapano, el mismo
que fue después virrey de Babilonia.
LXIII. Los asirios armados de guerra llevaban cubiertas las cabezas con
unos capacetes de bronce, entretejidos a lo bárbaro de una manera que
no es fácil declarar, si bien traían los escudos, las astas y las dagas
parecidas a las de los egipcios, y a más de esto unas porras cubiertas
con una plancha de hierro y unos petos hechos de lino. A estos llaman
sirios los griegos, siendo por los bárbaros llamados asirios, en medio
de los cuales habitan los caldeos. Era el que venía a su frente por
general Otaspes, hijo de Artaqueas.
LXIV. Militaban los bactrios armando sus cabezas de un modo muy
semejante a los medos, con sus lanzas cortas y con unos arcos de caña
según el uso de su tierra. Los sacas o escitas cubrían la cabeza con
unos sombreros a manera de gorro recto y puntiagudo, iban con largos
zaragüelles, y llevaban unas ballestas nacionales, unas dagas y unas
segures o _sagares_. Siendo estos escitas amirgios, llamábanlos sacas
porque los persas dan este nombre a todos los escitas. El general de
estas dos naciones de bactrios y sacas[196] era Histaspes, hijo de
Darío y de la princesa Atosa, hija de Ciro.
LXV. Los indios iban vestidos de una tela hecha del hilo de cierto
árbol,[197] llevando sus arcos y también las saetas de caña, pero con
una punta de hierro: así armados venían a las órdenes de Farnazatres,
hijo de Artabates. Llevaban ballestas los arios al uso de la Media, y
los demás aparatos al uso de los bactrios, y tenían por comandante a
Sisamnes, hijo de Hidarnes.
LXVI. Las mismas armas que los bactrios llevan los partos, los
corasmios, los sogdios, los gandarios y los dádicas.[198] Eran sus
respectivos generales: de los partos y de los corasmios, Artabazo,
hijo de Farnaces; de los sogdios, Azanes, hijo de Arteo; de los
gandarios y de los dádicas, Artifio, hijo de Artabano.
LXVII. Los caspianos, vestidos con sus pellicos, venían armados de
alfanjes y de unos arcos de caña propios de su país, y apercibidos así
para la guerra, llevaban a su frente al jefe Ariomardo, hermano de
Artifio. Los sarangas, vistosos con sus vestidos de varios colores,
traían unos borceguíes que les llegaban a la rodilla, y unos arcos
y lanzas al uso de los medos, y su general era Ferendatas, hijo de
Megabazo. Venían los pactias con sus zamarras, armados de unos puñales
y de unos arcos al uso de su tierra, conducidos por el jefe Artaíntes,
hijo de Itamitres.
LXVIII. Del mismo modo que los pactias, se dejaban ver armados los
utios, los micos y los paricanios.[199] Tenían estos dos generales,
porque de los utios y micos lo era Arsámenes, hijo de Darío, y de los
paricanios lo era Siromitra, hijo de Eobazo.
LXIX. Los árabes, que traían ceñidas sus _ziras_ o marlotas, llevaban
unos arcos largos que de una y otra parte se doblaban, colgados del
hombro derecho. Venían los etíopes, cubiertos con pieles de pardos y
de leones con unos arcos largos por lo menos de cuatro codos, hechos
del ramo de la palma. Llevaban unas pequeñas saetas de caña, las cuales
en vez de hierro tenían unas piedras aguzadas con las que suelen abrir
sus sellos: traían ciertas lanzas cuyas puntas en vez de hierro eran
unos cuernos agudos de cabras monteses, y a más de esto unas porras con
clavos alrededor. Al ir a pelear suelen cubrirse de yeso la mitad del
cuerpo y la otra mitad de almagre. El general que mandaba a los árabes
y a los etíopes situados sobre el Egipto era Arsames, hijo de Darío y
de Aristone, hija de Ciro, a la cual como Darío amase más que a sus
otras mujeres, hizo una estatua de oro trabajado a martillo.
LXX. De los etíopes que caen sobre el Egipto, como también de los
árabes, era, repito, el jefe Arsames; pero los etíopes o _negros_ del
oriente, pues dos eran las naciones de etíopes que en el ejército
había, estaban agregados al cuerpo de los indios, en el color nada
diferentes de los otros, pero mucho en la lengua y en el pelo, porque
los etíopes del oriente tienen el cabello lacio y tendido, y los de la
Libia lo tienen más crespo y ensortijado que los demás hombres. Los
etíopes asiáticos de que hablaba iban por lo demás armados como los
indios, solo que en lugar de visera traían el cuero de las cabezas de
los caballos con sus orejas y crines, de suerte que la crin les servía
de penacho, y llevaban las orejas levantadas. En vez de escudos con que
cubrirse, usaban de las pieles de las grullas.
LXXI. Venían los libios defendidos con una armadura de cuero, y usaban
de unos dardos tostados al fuego: era su general Masages, hijo de
Oarizo.
LXXII. Concurrían los paflagonios a la guerra, armada la cabeza con
unos morriones encajados, con unos pequeños escudos, con unas no
muy largas astas, con sus dardos y puñales. Llevaban unos botines
hasta media pierna al uso del país. Con las mismas armas que los de
Paflagonia concurrían los ligies, los matienos, los mariandinos, y los
sirios, que son por los persas llamados capadocios. Conducía a los
paflagonios y matienos el general Doto, hijo de Megasidro, y a los
mariandinos, ligies y sirios el general Gobrias, hijo de Darío y de
Aristone.
LXXIII. Su armadura, muy parecida a la paflagónica, tenían con
cortísima diferencia los frigios, quienes, según cuentan los
macedonios, mientras que fueron europeos y vecinos de aquellos se
llamaban brigos, pero pasados al Asia, juntamente con la región,
mudaron de nombre. Los armenios, colonos de los frigios, venían
armados como ellos; y el adalid de estas dos naciones era Artocmes,
casado con una hija de Darío.
LXXIV. Los lidios tenían unas armas muy parecidas a las griegas: estos
pueblos, llamados antiguamente mayones, mudaron de nombre, tomando el
nuevo de Lido, hijo de Atis. Llevaban los misios en sus cabezas unos
capacetes del país y unos pequeños escudos, usando de ciertos dardos
tostados: son colonos de los lidios y se llaman olimpienos, tomando el
nombre del monte Olimpo. El jefe de entrambos pueblos, lidios y misios,
era Artafrenes, hijo de aquel Artafrenes que en compañía de Datis dio
la batalla de Maratón.
LXXV. Armábanse los tracios con unas pieles de zorra en la cabeza y con
túnicas alrededor del cuerpo que cubrían con ziras o marlotas de varios
colores: en los pies y piernas llevaban borceguíes hechos de las pieles
de los cervatillos: usaban de dardos, de peltas y de pequeñas dagas.
Trasplantados estos al Asia menor, se llamaron bitinios, siendo antes,
como dicen ellos mismos, llamados estrimonios, porque habitaban a las
orillas del Estrimón, de donde pretenden que fueron arrojados por los
teucros y misios.
LXXVI. Era general de los tracios situados en el Asia, Basaces, hijo
de Artabano. Tenían aquellos unos pequeños escudos de cuero crudo de
buey, y venía cada uno con dos dardos, con que suelen cazar los lobos:
llevaban en la cabeza un casco de bronce, al cual estaban pegadas
unas orejas y cuernos de buey también de bronce, y sobre el casco su
penacho: adornaban las piernas con listones de púrpura. Entre estos
pueblos se halla un oráculo de Ares.
LXXVII. Los cabeleos mayones que llaman lasonios imitaban a los
cilicios en la armadura, que describiré cuando llegue a hablar de los
últimos en su lugar. Traían los milias[200] unas lanzas cortas, y
apretaban sus vestidos con unas hebillas: llevaban algunos de ellos
unos arcos licios y en la cabeza unos capacetes de cuero. A todos estos
capitaneaba Badres, hijo de Histanes. Cubrían los moscos la cabeza con
un casco de madera, y llevaban sus escudos y sus astas pequeñas, pero
armadas con una gran punta.
LXXVIII. Armados como los moscos venían los tibarenos, los macrones y
los mosinecos,[201] y eran conducidos por los siguientes caudillos:
los moscos y tibarenos por Ariomardo, que era hijo de Darío, habido en
Parmis, hija de Esmerdis y nieta de Ciro; los macrones y mosinecos por
Artaíctes, hijo de Querasmis, el cual era gobernador de Sesto sobre el
Helesponto.
LXXIX. Cubrían los mares la cabeza con unas celadas propias del país
que se podían plegar, y llevaban además unos escudos pequeños de cuero
también con sus dardos. Traían los colcos puestas en la cabeza unas
celadas hechas de madera, y en la mano unos escudos de cuero de buey no
adobado; usaban astas cortas y también espadas. General de los mares y
de los colcos era un hijo de Teaspis, por nombre Farándates; pero el
de los alarodios y de los saspires,[202] armados a semejanza de los
colcos, era Masistio, hijo de Siromitra.
LXXX. Vestidas y armadas casi como los medos seguían al ejército las
naciones de las islas del mar Eritreo, en donde confina el rey a los
que llaman _deportados_. De estos isleños era comandante Mardontes,
hijo de Bageo, quien siendo general dos años después quedó muerto en la
batalla de Mícala.
LXXXI. Todas estas naciones que por tierra servían, eran las que venían
alistadas en el ejército del continente. Nombrados llevo los generales
mayores de ellas, a cuyo cargo estaba el ordenar y distribuir en
cuerpos menores aquella tropa, nombrando a los oficiales subalternos,
así los que mandaban a mil, como los que a diez mil hombres, si bien
estos últimos eran los que señalaban a los capitanes para cien hombres,
y a los cabos para diez. Verdad es que había otros prefectos que
cuidaban de las brigadas y de las naciones, pero los generales mayores
eran los mencionados.
LXXXII. Sobre estos y sobre todo el ejército de tierra, seis eran los
generalísimos que tenían el mando universal: el uno era Mardonio,
hijo de Gobrias; el otro Tritantecmes, hijo de aquel Artabano que fue
de parecer no se hiciera la expedición contra la Grecia; el tercero
Esmerdómenes, hijo de Ótanes, el cual siendo como el anterior hijo de
un hermano de Darío, eran ambos primos del mismo Jerjes; el cuarto era
Masistes, hijo de Darío y de Atosa; el quinto Gergis, hijo de Ariazo;
el sexto Megabizo, hijo de Zópiro.
LXXXIII. Estos eran los generalísimos de todo el ejército de tierra,
exceptuados empero los diez mil persas escogidos a quienes mandaba
Hidarnes, hijo de Hidarnes. Llamábanse estos persas los Inmortales,
porque si fallaba alguno de dicho cuerpo por muerte o por enfermedad,
otro hombre entraba luego a suplir el lugar vacante, de suerte que
nunca eran ni más ni menos de diez mil persas. Su uniforme era de todos
el más vistoso, y ellos los mejores y más valientes. Su armadura era
la que dejo antes descrita, y a más de ella se distinguían por la gran
cantidad de oro de que iban adornados. Seguíales la comitiva de muchas
carrozas y en ellas sus concubinas, y una gran compañía de criados
con vistosas libreas. Sus bastimentos, separados de las vituallas del
ejército, eran conducidos por camellos y otros bagajes.
LXXXIV. Todas las naciones dichas suelen servir en la caballería, pero
no todas iban montadas, sino solo las que voy a decir. Los persas
militaban a caballo con las mismas armas que usaba su infantería; solo
que algunos llevaban unos yelmos hechos de bronce y de hierro.
LXXXV. Hay, a más de estos, ciertos pastores llamados sagartios que,
hablando la lengua de los persas, usan un traje medio entre el de
estos y el de los pactias. Componían, pues, aquellos un cuerpo de 8000
caballeros, si bien, según su uso, no llevaban armas ni de bronce ni de
hierro, salvo su puñal. Sus armas eran unos ramales hechos de correas,
con los cuales entraban animosos en batalla, en la cual suelen pelear
en esta forma: métense entre los enemigos y les echan sus ramales que
en la extremidad tienen ciertos lazos; al infeliz que enlazan, sea
hombre, sea caballo, lo arrastran hacia ellos, y enredado de cerca le
matan. Tal es el modo que tienen de pelear, y son contados entre la
milicia de los persas.
LXXXVI. Iguales armas que la infantería usaban los medos y también los
cisios de a caballo. Los indios, armados asimismo como sus infantes,
peleaban cada uno, o desde su montura, o desde sus carros tirados por
caballos o por asnos silvestres. Los jinetes bactrianos iban armados
como los peones, no menos que los caspios e igualmente que los libios,
quienes venían todos montados en sus carros: los caballeros caspios
y paricanios usaban también las armas de sus peones: los árabes, si
bien eran semejantes en la armadura a los de a pie, venían sobre sus
camellos que no ceden en ligereza a los caballos.
LXXXVII. Servían únicamente en la caballería estas naciones, cuyo
número subía a 80.000, exceptuados los carros y los camellos. Todos
los que a caballo servían, estaban distribuidos en sus respectivos
escuadrones; pero los árabes ocupaban aparte el último lugar, por
cuanto los caballos no pueden sufrir la compañía de los camellos, y así
para que estos no les espantasen venían los postreros.
LXXXVIII. Eran generales de la caballería los dos hijos de Datis, el
uno Harmamitras y el otro Titeo, habiendo quedado enfermo en Sardes el
tercer general, Farnuques, quien al partir de aquella ciudad tuvo una
sensible desgracia. Sucedió que al montar a caballo pasó un perro por
debajo del vientre de este; el caballo, que no lo había visto venir, se
espantó, y empinándose de repente, arrojó a Farnuques. De la caída se
le originó un vómito de sangre que al cabo vino a parar en una tisis.
Sus criados en el acto hicieron con el caballo lo que su amo les mandó,
llevándolo al mismo lugar en donde arrojó al señor y cortándole las
piernas hasta las rodillas. Por este accidente perdió Farnuques su
mando de general.
LXXXIX. El total de las galeras subía a 1207, las que venían
suministradas por las naciones siguientes: Con 300 concurrían los
fenicios, juntamente con los sirios de la Palestina, quienes armaban
sus cabezas con unos yelmos muy semejantes a los de los griegos;
cubrían su pecho con unos petos de lino, llevaban unos dardos y escudos
sin marco en su contorno. Tenían estos fenicios en lo antiguo, conforme
dicen, su asiento en el mar Eritreo, de donde pasaron a vivir en las
costas de la Siria, cuya región y todo lo que hasta el Egipto se
extiende se llama Palestina. Con 200 galeras concurrían los egipcios,
que llevaban en sus cabezas unos capacetes tejidos, unos escudos
cóncavos con grandes cercos que los rodeaban, unas lanzas náuticas y
unas enormes segures. Completaban su armadura unos grandes sables que
llevaba el mayor número de ellos, cubiertos también con sus coseletes.
XC. Venían armados a su modo los chipriotas con 130 naves: sus reyes
llevaban atados a la cabeza unos turbantes o mitras; los otros traían
túnicas, y en lo demás imitaban la armadura griega. Sus pueblos, parte
son oriundos de Salamina y de Atenas, parte de la Arcadia, parte de
Citnos, parte de la Fenicia y parte de la Etiopía, según los mismos
chipriotas nos refieren.
XCI. Los cilicios daban por su parte 100 naves, y traían armadas las
cabezas con celadas de su país; en vez de escudos usaban adargas hechas
de cuero crudo de los bueyes; vestían túnicas de lana; llevaba cada
uno dos dardos y una espada parecida a las de Egipto. Estos pueblos
en los tiempos antiguos se llamaban hipaqueos, y después tomaron el
nombre que tienen de un fenicio llamado Cilix, que era hijo de Agénor.
Presentaban los panfilios 30 naves y usaban de armadura griega, siendo
descendientes de ciertos griegos que, después de la guerra de Troya, se
separaron de los demás en compañía de Anfíloco y Calcante.
XCII. Con 50 naves venían los licios, armados de petos y botines;
tenían arcos de cuerno, saetas de caña sin alas, dardos, y además hoces
y puñales; llevaban, pendientes de los hombros, unas pieles de cabra,
y en sus cabezas unos sombreros coronados con plumajes. Los licios,
originarios de Creta, se llamaban antes térmilas, y tomaron su nuevo
nombre de Lico, hijo de Pandión, natural de Atenas.
XCIII. Los dorios del Asia, que iban armados a lo griego, siendo
colonos del Peloponeso, venían con 30 galeras. Con 70 se presentaron
los carios, armados en lo demás como los griegos, solo que tenían sus
hoces y dagas. Llevo ya dicho en lo que antes escribí cómo se llamaban
anteriormente tales pueblos.[203]
XCIV. Contribuían con 100 galeras a la armada los jonios, apercibidos y
armados como los griegos. Estos pueblos todo el tiempo que habitaron
el Peloponeso en la región que al presente se llama Acaya, lo que
sucedió antes que Dánao y Juto viniesen a dicho Peloponeso, se llamaban
pelasgos _egialeos_ (de la plaga), si estamos a lo que dicen los
griegos; pero después, del nombre de Ion, hijo de Juto, se llamaron
jonios.
XCV. Los isleños, armados al modo griego, presentaron 17 galeras;[204]
eran estos asimismo de nación pelásgisca, y se llamaron jonios por
la misma razón que las doce ciudades, pero jonios venidos de Atenas.
Concurrían los eolios con 60 galeras y con las armas a la griega; los
cuales, según es tradición de los griegos, llevaban también en lo
antiguo el nombre de pelasgos. Los helespontios, excepto los de Abido,
a quienes había el rey mandado que sin dejar su país tomasen a su cargo
la guardia del puente; los restantes pueblos, digo, de los costas del
Helesponto, armados al par de los griegos como colonos de los dorios y
jonios, se presentaron con 100 naves.
XCVI. En todas las galeras dichas iba tropa de persas, de medos y de
sacas para los combates. Las naves más listas y ligeras eran las de los
fenicios, y entre estas con especialidad la de los sidonios. Así para
estas naves, como para las tropas de tierra, cada nación había enviado
sus respectivos jefes, de los cuales no haré particular mención, por no
pedirlo necesariamente el designio de mi historia. Ellos eran tantos,
en efecto, cuantas eran las ciudades que enviaban su contingente; pero
no todos tenían mérito particular que los haga dignos de memoria,
mayormente no concurriendo en calidad de comandantes sino de meros
vasallos, pues tengo ya dicho quiénes eran los persas que tenían toda
la autoridad como generales de cada la nación.
XCVII. Los caudillos de la armada naval eran Ariabignes, hijo de Darío;
Prexaspes, hijo de Aspatines; Megabazo, hijo de Megabates; y Aquemenes,
hijo de Darío. De la armada jónica y cariana era jefe Ariabignes,
a quien tuvo Darío en una hija de Gobrias; de la egipcia lo era
Aquemenes, por parte de padre y madre hermano de Jerjes; del resto de
la armada lo eran los otros dos. El número de los triecónteros (naves
de 30 remos), de pentecónteros (de 50 remos), de cércuros (naves de
carga) y de barcas largas para el trasporte de la caballería, parece
que era de tres mil bastimentos.
XCVIII. Los sujetos de mayor nombre después de los generales que venían
embarcados eran el sidonio Tetramnesto, hijo de Aniso; el tirio Matén,
hijo de Siromo; el aradio Mérbalo, hijo de Agbalo; el cilicio Siénesis,
hijo de Oromedonte;[205] el licio Cibernisco, hijo de Sica; los dos
chipriotas Gorgo, hijo de Quersis, y Timonacte, hijo de Timágoras, y
tres carios, Histieo, hijo de Timnes, Pigres, hijo de Hiseldomo, y
Damasitimo, hijo de Candaules.
XCIX. Y si bien no me miro obligado a hacer mención de los otros
jefes, la haré con todo de Artemisia, mujer que siguió la expedición
contra la Grecia, cuyo valor me tiene lleno de admiración. Muerto su
marido, siendo ella la soberana de su ciudad, y viendo que su hijo
era niño todavía, por más que no la llamase obligación precisa, no
le sufrió con todo su honor y ánimo varonil el no concurrir a la
guerra. Llamábase Artemisia, hija de Lígdamis, por parte de padre,
natural de Halicarnaso, y de Creta por parte de madre: era señora
de los halicarnasios, de los de Cos, de los de Nísiros y de los de
Calidna;[206] y concurrió con cinco galeras que eran las más famosas
de la armada después de las sidonias: ella fue la que dio al rey los
más acertados pareceres entre los de todos los aliados. La gente de
las ciudades que ella, según dije, gobernaba, noto aquí que era toda
dórica, pues los halicarnasios son oriundos de Trecén, y los restantes
de Epidauro. Y baste ya lo referido acerca de la armada naval.
C. Hecho el cómputo de las tropas y distribuidas estas en escuadrones,
tuvo Jerjes la curiosidad de contemplarlas pasando revista a todas
ellas, lo cual así ejecutó. En su carro iba recorriendo cada nación, y
plantado delante de ella hacía sus preguntas, las cuales iban notando
sus escribanos: hízolo de este modo empezando por un cabo y acabando
por el otro, tanto de la caballería como de la infantería. Después
de verificada esta diligencia, como las galeras de nuevo hubiesen
sido echadas al agua, dejando Jerjes su carro, se embarcó en una nave
sidonia, y sentado en ella bajo un pabellón de oro, iba corriendo
por delante de las proas de las galeras informándose de cada una y
tomando las respuestas por escrito, del mismo modo que en el ejército
de tierra. A este fin habían apartado sus galeras los capitanes cosa
de cuatro pletros (400 pasos) de la orilla, y vueltas las proas a
tierra habían formado una línea de frente, armados en ellas todos los
combatientes en orden de batalla; de suerte que por entre las naves y
la playa iba Jerjes haciendo la revista.
CI. Acabada ya la reseña de las galeras, saltó Jerjes de su nave e
hizo comparecer a Demarato, hijo de Aristón, que le acompañaba en
la expedición contra la Grecia, y puesto en su presencia, hablole
en estos términos: «Mucho gusto tendría ahora, Demarato, en que me
respondieras a una pregunta que hacerte quiero. A lo que tú mismo
dices y a lo que me aseguran los griegos que se han presentado en mi
corte, tú eres griego y natural de una ciudad que ni es la menor, ni
la menos poderosa de la Grecia. Quiero, pues, que me digas si tendrán
valor los griegos para venir a las manos conmigo. Dígolo porque estoy
persuadido de que ni todos los griegos, ni todos los demás hombres
del occidente, por más que se juntaran en un ejército, serían capaces
de hacerme frente en campo de batalla, no yendo acordes entre ellos
mismos. Mucha complacencia tendré, pues, en oír sobre esto tu parecer».
Esta fue la pregunta de Jerjes, y tal la respuesta de Demarato: «Señor,
le dice: ¿queréis que os diga la verdad desnuda, o que la disfrace con
la lisonja?». A lo que respondió Jerjes mandándole decir la verdad,
asegurándole que por ella nada perdería de su gracia.
CII. Con esta seguridad en la fe de Jerjes, continuó Demarato: «Pues
que mandáis, señor, que hable francamente y os diga la verdad, yo os
la diré de manera que no daré lugar a que después de esto me cojáis
en mentira. La Grecia, señor, es una nación criada siempre sin lujo
y con pobreza, pero hecha a la virtud, fruto de la sabiduría y de
la severa disciplina. Con la misma virtud que practica remedia su
pobreza y se defiende de la servidumbre. Tal elogio debo darlo a todos
los griegos que moran cerca de la región y países dóricos; pero no
hablaré ahora de todos ellos, sino solamente de los lacedemonios. Y
en primer lugar digo que de ningún modo cabe que den oídos a nuestras
pretensiones, encaminadas a quitar la libertad a la Grecia, de suerte
que aunque todos los demás griegos os presten vasallaje, ellos solos
saldrán a recibiros con las armas en la mano. Ni os toméis el trabajo
de preguntarme acerca del número de ellos para saliros al encuentro,
porque tened por sabido que si constare su ejército de mil hombres, con
mil os darán la batalla; si menos fueren, con menos os la darán, y si
fueren más, serán más los que la presenten».
CIII. Al oírle púsose Jerjes a reír: «Demarato, le replica, ¿qué
absurdo es ese que dices? Vamos al caso: ¿no aseguras haber sido rey
de esos valientes? Pregúntote ahora: ¿quisieras tú solo apostártelas
aquí mano a mano contra diez hombres juntos? Y en verdad que si la
disciplina civil y el buen orden entre vosotros es en todo como me
lo pintas, pide el honor y decoro de la corona, que tú, rey de esos
héroes, puedas habértelas con doblado número de enemigos. De suerte que
si cada uno de ellos es capaz de hacer frente a diez hombres de los
míos, debo a ti solo suponerte bastante para resistir a veinte, pues
así y no de otro modo puedes salvar la verdad de tu respuesta. Pero
si esos hombres son tales en el valor y en el talle de su cuerpo cual
eres tú y cuales son los griegos que vienen a mi presencia, mira no
sean esos elogios que les das una mera baladronada y vana exageración.
Porque, por Dios, ¿qué camino lleva que 1000 hombres, o sean 10.000, o
sean 50.000, iguales todos ellos e igualmente libres, y no sujetos al
imperio de un soberano, puedan hacer frente a un ejército tan grande
como el mío, especialmente siendo nosotros más de 1000 por uno de
ellos, si es que subieren a 50.000? Bien pudiera ser que sujetos a las
órdenes de un soberano, como entre nosotros se usa, por miedo de él
sacasen esfuerzo de necesidad, y obligados con el látigo, embistiesen
pocos contra muchos más; pero sueltos como están y dejada su elección
a su arbitrio, no es posible que hagan uno ni otro: antes bien, soy de
sentir que cuando fuese igual el número de entrambos, no se atreverían
los griegos a entrar con los persas solos en batalla. Lo que dices
de tanta bravura y valentía se hallará entre los nuestros, no a cada
paso ciertamente, sino en tal cual soldado, pues alguno habrá de mis
alabarderos persas, que se atreverá a desafiar a tres de los griegos a
un tiempo mismo. Tú empero no lo sabes ni lo conoces; por eso exageras
y encomias a tu salvo».
CIV. A este discurso respondió Demarato: «Bien veía, señor, desde
el principio que hablando verdad iba a perder vuestra gracia; pero
como me obligabais a que os hablase con toda franqueza y sin lisonja,
manifesté lo que según su deber harían los espartanos. Nadie sabe mejor
que vos cuán apasionado podré estar a favor de unos hombres que me
degradaron del honor y de los derechos a la corona heredados de mis
abuelos; que me desnaturalizaron y me obligaron al destierro: y nadie
sabe mejor que yo cuán obligado estoy a vuestro padre que me amparó, me
dio alimentos con que vivir y casa en que morar. Me haréis la justicia
de no pensar que un hombre de bien como yo, quiera olvidarse de tantos
beneficios, sino que más bien quiere corresponder a ellos. Por lo que
mira empero al valor, ni blasonaré de poder salir solo contra diez,
ni solo contra dos, ni aun por mi gusto quisiera entrar en singular
desafío con uno solo, si bien en caso de necesidad, o si algún empeño
mayor a ello me estimulase, vendría gustosísimo en medir mi espada
con la de alguno de esos persas que se dicen capaces de habérselas
cada uno con tres griegos. Porque los lacedemonios cuerpo a cuerpo no
son por cierto los más flojos del mundo, y en las filas son los más
bravos de los hombres. Libres sí lo son, pero no libres sin freno,
pues soberano tienen en la ley de la patria, a la cual temen mucho más
que no a vos vuestros vasallos. Hacen sin falta lo que ella les manda,
y ella les manda siempre lo mismo: no volver las espaldas estando en
acción a ninguna muchedumbre de armados, sino vencer o morir sin dejar
su puesto. Pero ya que os parecen absurdas mis razones, hago ánimo
en adelante de no hablaros más sobre ello; lo que ahora dije lo dije
precisado. Deseo, señor, que todo os salga a medida de vuestros deseos».
CV. De la respuesta de Demarato hizo burla Jerjes, y tomándola a risa
no dio muestra ninguna de enojo, sino que lo envió enhorabuena y con
mucha paz. Después de este coloquio, habiendo nombrado gobernador de
Dorisco a Mascames, hijo de Megadostas, y depuesto el antecesor que
Darío había allí dejado, marchando por la Tracia, movió las armas hacia
Grecia.
CVI. Era Mascames, el nuevo gobernador, un sujeto de tanto mérito, que
a él solo, como al persa más sobresaliente entre todos los gobernadores
nombrados por Jerjes o por Darío, solía el rey hacer todos los años
sus presentes, y aun Artajerjes, su hijo, continuó en hacer la misma
demostración con los descendientes del mismo Mascames: porque habiendo,
antes de la presente expedición, sido nombrados en todas partes
gobernadores persas, así en la Tracia como en el Helesponto, por más
que todos ellos, pasado el tiempo de la expedición, fueron echados por
los griegos del Helesponto y de la Tracia, no lo fue el de Dorisco, no
habiendo podido nadie arrojar a Mascames de aquella plaza, a pesar de
las tentativas que muchos hicieron con este intento. Por tal motivo,
pues, enviaba siempre regalos a aquel gobernador el rey actual de la
Persia.
CVII. De todos los gobernadores que fueron echados de aquellas plazas
por los griegos, a ninguno tuvo Jerjes por oficial de mérito sino
solamente a Boges el de Eyón. A este jamás acababa de celebrarle, y en
atención a sus méritos honró muy particularmente a los hijos que de él
quedaron entre los persas. Y en efecto, bien mereció Boges tan grandes
elogios, porque viéndose cercado por los atenienses y por Cimón, hijo
de Milcíades, aunque tuvo en su mano el salir capitulando de la plaza
y restituirse salvo al Asia, no quiso hacerlo, porque al rey no le
pareciese que con villanía había comprado su libertad y vida, sino que
aguantó el sitio hasta la extremidad. Y cuando vio que no tenía ya más
víveres en la plaza, lo que hizo fue degollar a sus hijos, a su mujer,
a sus concubinas y a toda la demás familia, y muertos les pegó fuego:
después cuanto oro y cuanta plata había en la ciudad fue esparciéndolo
todo desde el muro en las corrientes del Estrimón, y concluido esto,
arrojose al cabo a sí mismo en una hoguera. Por tales hazañas es aún
hoy día muy celebrado entre los persas.
CVIII. Desde Dorisco continuaba Jerjes sus marchas camino de la
Grecia, obligando a todos los pueblos que en el viaje hallaba a que le
siguiesen armados, y se lo mandaba como soberano de ellos, habiendo
sido conquistada toda aquella tierra, como tengo ya declarado, hasta
la Tesalia, y hecha tributaria del rey, primero por Megabazo y después
por Mardonio. En el viaje desde Dorisco fue luego pasando Jerjes por
las plazas de los samotracios, la última de las cuales hacia poniente
es una ciudad que lleva el nombre de Mesembria: vecina a esta se halla
Estrime, que es otra ciudad de los tasios; entre las dos corre el
río Liso, cuya agua no bastó para satisfacer al ejército de Jerjes,
quedando agotada. Este país se llamaba antiguamente la tierra Galaica,
y ahora la Briántica, y con toda propiedad debe ser tenida por la
región de los cicones.
CIX. Habiendo atravesado a pie enjuto la madre del Liso, fue siguiendo
Jerjes las ciudades griegas de Maronea, Dicea y Abdera, y al transitar
por ellas pasó igualmente por cerca de unas célebres lagunas vecinas
a dichas ciudades, cual es la laguna Ismáride que cae entre Maronea
y Estrime, y cual es la Bistónide, vecina a Diceas, en la que van a
desaguar dos ríos, el Travo y el Cómpsato.[207] Cerca de Abdera no
pasó Jerjes por ningún lago notable, pero sí por el río Nesto, que
por allí corre al mar. Continuando las marchas más allá de estos
parajes, recorrió las ciudades mediterráneas, en una de las cuales
hay una gran laguna que tendrá unos 30 estadios de circunferencia,
abundante en pesca y de agua muy salobre, y con todo quedó seca solo
con haber abrevado allí las bestias de carga del ejército: la ciudad
dicha se llama Pistiro. Dejando las ciudades marítimas y griegas a mano
izquierda, pasó Jerjes adelante.
CX. Los pueblos de los tracios por donde llevó el rey sus marchas son
los petos, los cicones, los bistones, los sapeos, los derseos, los
edonos y los satras.[208] De estos, los que están situados en la costa
del mar seguían la armada en sus naves, y los que viven tierra adentro
de quienes acabo de hacer mención, todos, excepto los satras, eran
precisados a acompañar el ejército de tierra.
CXI. No ha llegado a nuestra noticia que hayan sido hasta aquí los
satras vasallos de ningún señor, habiendo sido los únicos tracios que
hasta mis días han conservado siempre su libertad. El motivo ha sido,
parte por habitar unos altos montes llenos de todo género de arboleda y
maleza y coronados de nieve, parte por ser sumamente guerreros. Tienen
un oráculo de Dioniso situado en altísimas montañas; los besos[209] son
entre los satras los encargados del santuario, y la promántida o
sacerdotisa es la que responde, como en Delfos, a las consultas y no
con más ambigüedad.
CXII. Adelantándose Jerjes más allá de la región, pasó por otras
fortalezas que son de los pieres, llamada la una Fagres, y la otra
Pérgamo. Llevando sus marchas por cerca de dichas plazas, dejaba a mano
derecha el Pangeo, monte grande y elevado, en el cual hay minas de oro
y plata que disfrutan los pieres y odomantos,[210] y más que todos los
satras.
CXIII. Habiendo ya dejado a los que habitan por la parte de Bóreas
a las faldas del Pangeo, que son los peonios, los doberes y los
peoples,[211] torció hacia poniente hasta llegar al Estrimón y a la
ciudad de Eyón, en donde estaba todavía de gobernador aquel Boges
de quien poco antes hice mención. Llámase la Fílide esta comarca de
las cercanías del Pangeo, la cual hacia poniente se extiende hasta
el río Angites que entra en el Estrimón, y hacia mediodía hasta el
mismo Estrimón. A este río hicieron los magos un próspero sacrificio,
degollando en honra suya unos caballos blancos.
CXIV. Después de estos sacrificios y otros muchos hechizos con que
pretendían encantar al río, pasando por el lugar llamado _Ennea Odi_
(los Nueve Caminos) de los edonos, marcharon hacia los puentes que
hallaron ya construidos sobre el Estrimón. Oyendo que aquel lugar
se llamaba los Nueve Caminos,[212] enterraron vivos allí mismo
nueve mancebos y nueve doncellas del país. Costumbre de los persas
es enterrar a los vivos, pues oigo decir que Amestris, esposa de
Jerjes, siendo ya de edad, sepultó vivos catorce hijos de los persas
más ilustres, víctimas que sustituía en su lugar para aplacar a la
divinidad que dicen existir debajo de tierra.
CXV. Después que vadeado el Estrimón se puso el ejército en camino,
marchó por una playa que cae hacia poniente y pasó cerca de una ciudad
griega allí situada, que se llama Argilo. Aquella región y la que sobre
ella está se llama la Bisaltia. Desde allí, dejando a la izquierda el
golfo que está vecino al templo de Poseidón y marchando por la llanura
llamada Sileo, pasó más allá de Estagira, ciudad griega, y llegó a
Acanto,[213] habiendo incorporado en el ejército estas naciones y las
que antes dije, y todas las que moran alrededor del monte Pangeo,
obligando a las marítimas a seguir con sus naves la armada, y a las
internadas a seguir el ejército. El camino por donde Jerjes condujo
sus tropas tiénenlo los tracios hasta mis días en gran veneración, no
confundiéndolo ni sembrándolo jamás.
CXVI. Llegado el ejército a Acanto, declaró el persa por amigos y
huéspedes a los acantios y les concedió el uniforme o vestido de los
medos, honrándolos mucho de palabra, así por verlos prontos a la
guerra, como por oír que estaba ya el foso terminado.
CXVII. Estaba Jerjes en Acanto cuando de resultas de una enfermedad
acabó allí sus días Artaqueas, oficial prefecto del canal, muy
valido en la corte de Jerjes y en la casa de los Aqueménidas. Era en
su estatura el mayor de los persas, teniendo cinco codos regios de
alto[214] menos cuatro dedos: nadie le ganaba en lo sonoro y robusto
de la voz. Mostró Jerjes gran sentimiento de su muerte, y le honró con
suntuosas exequias, haciendo que todo el ejército le ofreciese dones
sobre el sepulcro. Hácenle los acantios los sacrificios debidos a un
héroe conforme cierto oráculo, y en ellos le invocan por su mismo
nombre. En una palabra, reputaba Jerjes por gran pérdida aquella
muerte.
CXVIII. Los griegos que daban acogida en sus ciudades al ejército y
recibían con cena a Jerjes, quedaban oprimidos con el excesivo gasto,
y se veían precisados a desamparar sus propias casas. Lo cierto es que
obligados los tasios, a causa de las poblaciones que poseían en tierra
firme, a dar los utensilios al ejército y la mesa a Jerjes, encargado
de la comisión Antípatro, hijo de Orgeo, hombre de tanto crédito como
el que más entre sus paisanos, dio al público la cuenta de haber
gastado 400 talentos de plata en aquella cena.
CXIX. Y cuentas muy parecidas a esta dieron los comisarios de las otras
ciudades a este fin escogidos. Hacíase el convite con tanto aparato,
que muy de antemano se daba la orden y señalábase la suntuosidad con
que debía celebrarse. Luego que llegaban los pregoneros a las ciudades
de aquel distrito, intimándoles el hospedaje, los moradores de ellas,
contribuyendo a proporción con el trigo que tenían, molíanlo ante
todo y hacían pan para algunos meses. Buscando a más de esto las más
preciosas reses, íbanlas cebando para regalo del ejército, como también
las aves, así de tierra como de las lagunas, cerradas en sus caponeras
y vivares. En segundo lugar, labraban vasos de oro y plata, y copas
y demás vajilla para la mesa. Esta singularidad se hacía para el rey
y los cortesanos sus comensales; para lo restante del ejército solo
se prevenían los bastimentos ordenados. Cuando acababa de llegar el
ejército de su marcha, estaba ya preparado en su campo el pabellón real
donde iba a descansar el mismo Jerjes, mientras se quedaba la tropa
al cielo descubierto. Llegada la hora de la cena, entonces era cuando
los huéspedes se hacían todo manos para el servicio; pero bien comidos
y bebidos los hospedados, descansaban allí aquella noche, y venida la
mañana, quitaban a sus huéspedes la fatiga cargando con la tienda y
con todos los muebles y alhajas con que se iban, sin dejar cosa que no
llevasen consigo.
CXX. De aquí nació aquel dicho que a este propósito dijo agudamente
Megacreonte, natural de Abdera, quien aconsejó a sus abderitas que
todos, hombres y mujeres, se fueran a los templos en procesión, y allí
postrados a los pies de sus dioses les suplicasen por una parte con
mucho ardor tuviesen a bien librarles de la otra mitad de los males que
con la vuelta de Jerjes les amenazaban, y por otra les dieran gracias
muy de veras por lo pasado de que el rey Jerjes no acostumbrase comer
dos veces al día, porque preciso les fuera a los abderitas, si se les
ordenase darle una comida semejante a la cena, o en caso de esperarlo,
caer en una quiebra la mayor del mundo.
CXXI. Así que las ciudades, por más gravadas que quedasen, ejecutaban
del mismo modo lo que se les ordenaba. Allí Jerjes, después de dar
orden a los almirantes que le esperasen con su armada en Terma, ciudad
situada en el seno Termeo, que de ella toma su nombre,[215] licenciolos
a fin de que partieran solos con sus galeras. El motivo que le movió
a que allí le esperasen, fue por ser el más corto el camino que iba a
tomar lejos de las costas. Desde Dorisco hasta Acanto había marchado el
ejército en el orden siguiente. Habiendo Jerjes dividido sus tropas en
tres cuerpos, ordenó que marchase uno por la playa, siguiendo la armada
naval y llevando a su frente a los generales Mardonio y Masistes; que
el otro cuerpo, ordenado también y conducido por los jefes Tritantecmes
y Gergis, hiciese su camino marchando tierra adentro; y que el tercero,
en el cual iba el mismo Jerjes, pasase por el camino de en medio,
guiado por los caudillos Esmerdómenes y Megabizo.
CXXII. La armada naval, separada ya de Jerjes, navegó por el canal
abierto en Atos, canal que llega hasta el golfo[216] en que se hallan
las ciudades de Asa, Piloro, Singo y Sarte. Habiendo tomado a bordo la
gente de armas, continuó desde allí su derrota hacia el seno Termeo.
Dobló, pues, el Ámpelo, promontorio de Torone,[217] y fue recogiendo
las galeras y tropas de las ciudades griegas por donde pasaba, que
eran Torone, Galepso, Sermile, Meciberna y Olinto, las que caen en la
provincia llamada ahora Sitonia.
CXXIII. Torciendo la misma armada desde Ámpelo hasta el Canastreo, que
es el cabo que más se entra en el mar en la región de Palene,[218]
iba en todas partes recibiendo naves y milicia, a saber: de Potidea,
de Afitis, de Neápolis, de Ege, de Terambo, de Escíone, de Mende y de
Sane, ciudades de la región que al presente se dice Palene y antes se
llamaba Flegra. Costeada esta tierra, continuaba su rumbo al lugar
destinado, incorporando consigo las tropas de las ciudades que confinan
con Palene y están vecinas al golfo Termeo, cuyos nombres son: Lipaxo,
Combrea, Lisas, Gigono, Campsa, Esmila y Enea: la región en que
están, aún ahora se llama Crosea. Desde Enea, que es la última de las
referidas, tomó el rumbo la armada hacia el golfo mismo Termeo y al
país de Migdonia, y navegando por él, llegó a la misma ciudad de Terma
y a las de Sindo y de Calestra, situada sobre el río Axio, que separa
la Migdonia de la tierra Botiea. En esta ocupan las ciudades de Icnas
y de Pela[219] aquel pequeño distrito que corre hacia la playa.
CXXIV. Aquí, cerca del río Axio, no lejos de la ciudad de Terma y de
las otras ciudades intermedias, plantó sus reales la armada naval,
esperando la llegada del rey. Entretanto, Jerjes, con el objeto de
llegar a Terma, habiendo salido de Acanto con el ejército, venía
marchando por lo interior del continente. Llevaba su camino por la
región Peónica y por la Crestónica, siguiendo el río Equidoro, el cual
nacido en tierra de los crestoneos, corre por la Migdonia, y pasando
cerca de una laguna que está sobre el río Axio, desagua en el mar.
CXXV. Caminando el ejército por aquellos parajes, sucedía que los
leones acometían a los camellos del bagaje, con la particularidad que,
dejando de noche sus moradas y escondrijos, solamente en ellos hacían
presa, sin tocar a ninguna otra bestia de carga, ni embestir a hombre
alguno. Confieso que de esto me maravillo, por no saber cuál pudo ser
entonces la fuerza que obligase a los leones a embestir solamente
contra los camellos, animales que nunca antes habían visto, ni sentido,
ni experimentado.
CXXVI. Hállanse por aquellas partes muchos leones y también muchos
búfalos, cuyas astas, de extraordinaria magnitud, suelen llevarse a la
Grecia. Los términos hasta donde llegan dichos leones son, uno el río
Nesto, que pasa por Abdera, y el otro el río Aqueloo, que corre por
Acarnania; pues ni más allá del Nesto, por la parte de levante, ni por
la de poniente más allá del Aqueloo, nadie verá león alguno en lo demás
de la Europa ni en lo que resta de tierra firme, de suerte que solo se
crían en el distrito que cae entre dichos ríos.