XXIII.

En aquel momento, el príncipe Juzef-Aben-Abd-Allah, desataba su

caballo, ponia sobre él dormida aún á Fayzuly, y montaba.

Cuando el caballo mágico de Aben-al-Malek sinti€ó el peso de Fayzuly y

del príncipe, se lanzó en el espacio y desapareció como un relámpago,

á tiempo que salia de la torre el caballo sin cabeza montado por el

árabe maldito.

Aún sonaban las campanadas de la hora de media noche de los cristianos.

El caballo descabezado corria con la rapidez del huracan; Aben-Zohayr

rugia y blandia su terrible lanza de dos hierros; pero al llegar á

Bib-Leuxar[38] espiró en el espacio la vibracion de la última campanada

de la media noche, el descabezado y el árabe maldito arrastrados por un

poder invencible, se encontraron corriendo en el fondo de la Torre de

los Siete Suelos, alrededor del divan donde habia dormido durante nueve

cientos años la hurí Fayzuly, y sobre el cual sólo quedaba el libro

azul de Djeouar el juglar.

[38] Hoy puerta de las Granadas.

El cuerpo de este y del príncipe Juzef-Abd'Allah habian desaparecido.

La muerte habia sido con ellos. Dios los habia perdonado: el puente

Sirat no se habia roto bajo su planta, y se habian abierto para ellos

las puertas de diamante del Paraíso.

La hada Fayzuly y el príncipe Aben-al-Malek gozaban ya su amor,

bendecidos por Dios en la encantada Alhambra del Hedjaz.

Sólo quedaban condenados en la Torre de los Siete Suelos, el árabe

maldito, el réprobo olvidado de Dios por la hermosura de Fayzuly.

Aben-Zohayr el impío sobre su caballo sin cabeza que corria y corria

en el terrible círculo de la torre, Betsabé, sus tres hermanas y sus

tres amantes convertidos en siete asquerosos murciélagos.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 100 / 111 题