--¡Ah! ¡estamos condenadas sin esperanza! exclamó llorando Zahra; no
saldrémos jamás de nuestro infierno de la torre de las Siete Bóvedas;
el príncipe Aben-al-Malek es un varon justo, protegido por Dios. Amado
mio, walí de Guadix Abul-Hassan, mi poder ha sido inútil: provócale tú.
En aquel momento el príncipe Aben-al-Malek se encontró en el tercer
mirab, sano, salvo, fuerte, con sus ricas vestiduras.
Se prosternó, y levantó con su férvido agradecimiento su espíritu al
Señor.
Descendió al cuarto suelo, y al pisarle, se encontró en el vestíbulo de
la grande aljama de Damasco.
Tal apariencia habia tomado la cuarta bóveda por la fuerza de su
encanto.
Un murciélago revolaba bajo su bóveda.
Aben-al-Malek le clavó en ella como á los otros tres murciélagos.
--¡Ah! exclamó el murciélago, lanzando un rugido; ¡miserable de tí!
has vencido la molicie, la tentacion de la riqueza, el sufrimiento
del dolor, de la enfermedad y de la miseria, vence si puedes la
contrariedad y la injuria.
Y desde aquel momento, todos los que entraban y salian provocaban á
Aben-al-Malek, y todo en vano.
Ni provocaciones, ni injurias, ni golpes, eran bastantes para que
brotase de su corazon la ira.
Aben-al-Malek se encontró á salvo en el mirab de la cuarta bóveda.
Oró, y descendió á la quinta.
Se encontró entre un festin ostentoso.
Los más ricos manjares se veian humeantes en mesas rodeadas por
hermosas damas y gentiles caballeros, que no se saciaban de viandas ni
de licores.
Y este festin se celebraba en los magníficos jardines de un admirable
alcázar.
Un murciélago revolaba sobre el banquete.
--No me hieras, príncipe Aben-al-Malek, decia el murciélago: ¿qué he de
hacer yo contra tí, cuando nada han podido las terribles tentaciones
de mis dos hermanas Djeidah y Zahra, y sus dos amantes, Aben-Ishac y
Abul-Hassan? ¡déjame que á lo menos pueda volar en mi infierno! ¡no me
claves á su bóveda! ¡ten compasion de mí!
--Dios lo quiere, espíritu maldito, dijo Aben-al-Malek tendiendo su
arco y disparando sobre Obeidah.
Se oyó un chillido agudo.
Luego, un llanto desgarrador, y el banquete donde hermosas mujeres y
gentiles caballeros se entregaban de una manera repugnante á la gula,
desapareció.
Y el príncipe se encontró en el quinto mirab.
Oró y descendió á la sexta bóveda.