XIX.

--¡Ah! ¡estamos condenadas sin esperanza! exclamó llorando Zahra; no

saldrémos jamás de nuestro infierno de la torre de las Siete Bóvedas;

el príncipe Aben-al-Malek es un varon justo, protegido por Dios. Amado

mio, walí de Guadix Abul-Hassan, mi poder ha sido inútil: provócale tú.

En aquel momento el príncipe Aben-al-Malek se encontró en el tercer

mirab, sano, salvo, fuerte, con sus ricas vestiduras.

Se prosternó, y levantó con su férvido agradecimiento su espíritu al

Señor.

Descendió al cuarto suelo, y al pisarle, se encontró en el vestíbulo de

la grande aljama de Damasco.

Tal apariencia habia tomado la cuarta bóveda por la fuerza de su

encanto.

Un murciélago revolaba bajo su bóveda.

Aben-al-Malek le clavó en ella como á los otros tres murciélagos.

--¡Ah! exclamó el murciélago, lanzando un rugido; ¡miserable de tí!

has vencido la molicie, la tentacion de la riqueza, el sufrimiento

del dolor, de la enfermedad y de la miseria, vence si puedes la

contrariedad y la injuria.

Y desde aquel momento, todos los que entraban y salian provocaban á

Aben-al-Malek, y todo en vano.

Ni provocaciones, ni injurias, ni golpes, eran bastantes para que

brotase de su corazon la ira.

Aben-al-Malek se encontró á salvo en el mirab de la cuarta bóveda.

Oró, y descendió á la quinta.

Se encontró entre un festin ostentoso.

Los más ricos manjares se veian humeantes en mesas rodeadas por

hermosas damas y gentiles caballeros, que no se saciaban de viandas ni

de licores.

Y este festin se celebraba en los magníficos jardines de un admirable

alcázar.

Un murciélago revolaba sobre el banquete.

--No me hieras, príncipe Aben-al-Malek, decia el murciélago: ¿qué he de

hacer yo contra tí, cuando nada han podido las terribles tentaciones

de mis dos hermanas Djeidah y Zahra, y sus dos amantes, Aben-Ishac y

Abul-Hassan? ¡déjame que á lo menos pueda volar en mi infierno! ¡no me

claves á su bóveda! ¡ten compasion de mí!

--Dios lo quiere, espíritu maldito, dijo Aben-al-Malek tendiendo su

arco y disparando sobre Obeidah.

Se oyó un chillido agudo.

Luego, un llanto desgarrador, y el banquete donde hermosas mujeres y

gentiles caballeros se entregaban de una manera repugnante á la gula,

desapareció.

Y el príncipe se encontró en el quinto mirab.

Oró y descendió á la sexta bóveda.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 96 / 111 题