Estaba en un alcázar magnífico, el silencio y la paz más profunda
volvieron á dominar despues de su entrada. Delante de él y adelantando
siempre revoloteaba un enorme murciélago.
* * * * *
Antes de que el príncipe entrase en la torre, en el fondo de ella tenia
lugar un acontecimiento extraño.
El espíritu de Djeouar velaba en el mismo nicho donde le habia visto la
sultana Wahdah, con sus piernas cruzadas, el libro forrado de seda azul
sobre ellas, los codos apoyados en el libro y el rostro entre las manos.
Abajo, en el fondo del retrete, velada por su blanco sudario, ceñidos
los cabellos por la corona de siemprevivas, de la cual emanaba la luz
que llenaba de un ambiente diáfano aquel magnífico aposento, dormia
la hurí Fayzuly; y Aben-Zohayr, el árabe vendido á Eblis y maldecido
por Dios, corria aún como antes, la vista fija en la hurí, flotante
el alquicel, la pica enhiesta, ensangrentado el acicate; su caballo
blanco, lanzaba fuego por las anchas narices, y corria, volaba con la
rapidez del rayo lanzando en su carrera el polvo que, arrancado por sus
herraduras del pavimento, se elevaba formando una especie de niebla
contínua, en cuyo fatídico círculo se veian pasar y volver á pasar,
siempre incansables, siempre veloces, el caballero y el bruto.
Además habia otro sér en la torre; era un hermoso mancebo de quince
años; el bozo no habia orlado aún su semblante; su traje era de
riquísimo brocado, lucia en su toca un joyel de diamantes y ceñian sus
piés unos borceguíes de grana labrados con oro y armados con acicates
de caballero; sobre su pecho lucia un escudo que mostraba pintado un
murciélago negro, con este mote en rojo: _Si no venzo, esta es mi
suerte_; y sujeto á su cintura en una faja de la India se veia un ancho
y reluciente alfanje.
Este mancebo dormia sobre el pavimento, y por acaso tal vez reclinaba
su cabeza sobre el seno de la hurí: los dos eran hermosos; hubiéraseles
podido tomar por dos amantes guardados por un demonio, y por un ángel
caido, sufriendo el poder de un encanto; los dos soñaban sin duda,
porque en la animada expresion de sus semblantes dormidos, se traslucia
el pensamiento abierto á la luz del mundo de los sueños.
El de ella debia ser tranquilo, lleno de encantos y placeres; porque en
sus labios lucia una sonrisa inefable; el de él, terrible, apenador,
sombrío, porque su semblante estaba cubierto de frio sudor, y la
expresion de un dolor agudo contraia la pureza de las hermosas formas
de su boca.
La torre estaba tranquila; no se oia otra cosa que el son monótono,
seco y contínuo de la carrera del caballo; la hurí y el jóven dormian,
Djeouar meditaba, y el árabe corria.
De repente, se alteró aquello que podia llamarse paz en la torre:
oyéronse siete voces que partian de fuera del retrete, bramadoras,
disonantes; voces infernales que clamaban á grito herido; el árabe
entonó un atronador canto de guerra; y el caballo, apresurando su
carrera, unió su relincho extridente y poderoso á aquellas voces
malditas: Djeouar se levantó sobre el nicho, teniendo el libro azul
entre las manos, y dominando con su voz fuerte y sonora aquel estruendo
infernal, gritó:
--Despierta, príncipe Juzef A'bd-Allah; despierta; ha llegado la hora;
despierta y escúchame.
El mancebo que dormia junto á la hurí, despertó y se puso de pié.
--¿Quién me llama? dijo con una voz timbrada por el dolor y la
tristeza, ¿ha sonado ya la trompeta del arcángel?
--Príncipe, continuó Djeouar; tú vertiste tósigo de muerte en el agua
de ablucion de tu padre el rey Al-Hhamar el vencedor y el magnífico,
á quien Dios perpetúe la gloria, y dejaste caer sobre él la losa del
sepulcro.
El príncipe se prosternó.
--Pero tu sér estaba fascinado por los espíritus infernales, continuó
Djeouar; pudiste haberlos alejado de tí, purificando tu espíritu con la
oracion; pero eras irreligioso é impío, te mofabas de Allah, y Allah te
ha hecho expiar tu culpa.
El príncipe seguia prosternado.
--Levántate, Juzef, prosiguió Djeouar.
El mancebo se alzó del pavimento y escuchó á Djeouar.
--Sin los ruegos de tu padre, varon justo, que te perdonó al morir,
el puente Sirat se hubiera roto bajo tu planta, y hubieras caido en
el fuego eterno, como Aben-Zohayr el árabe condenado. Pero aún no
está terminada tu prueba; tú padecerás conmigo hasta que un príncipe
bendecido por Dios, rompa los siete encantos á que están sujetos los
Siete Suelos de esta torre, hasta que venza á Betsabé, Djeidah, Zahra y
Obeidah, y á los walíes de Málaga, Guadix y Comares, que transformados
en murciélagos, guardan cada uno de los Siete Suelos.
--¿Y qué he de hacer? contestó el príncipe.
Djeouar fijó su mirada en la resplandeciente cúpula del retrete.
--Veo el sol, dijo, trasmontando las cumbres de los montes de Loja; la
noche se levanta más allá del mar en las regiones de África, y pronto
tenderá su manto sobre la cumbre de la sierra de la Helada; cuando la
luna brille sola en el espacio en las primeras horas de la noche, el
príncipe Aben-al-Malek entrará en la torre de los Siete Suelos.
El príncipe encontrará ante sí la tentacion: la hermosura de Betsabé y
de sus tres malditas hermanas, le ofrecerá todos sus encantos.
Pero el príncipe ha nacido con buenas hadas, es fuerte, valiente y
fiel, y lo protege la invencible mano del omnipotente Allah.
Y el príncipe Aben-al-Malek, como vencerá con la fuerza de su corazon
los encantos de las cuatro hadas malditas, é irá encontrando vueltas
por un momento á su forma humana y embellecidas por su maravillosa
hermosura y la espléndida riqueza de sus galas, á medida que descienda
del uno al otro suelo de la torre, vencerá sucesivamente á los tres
formidables walíes de Málaga, Guadix y Comares, que habrán dejado
por un momento de ser murciélagos, para ser lo que eran antes de su
condenacion: tres lobos furiosos nunca hartos de sangre y de exterminio.
El príncipe Aben-al-Malek llegará aquí vencedor de la hermosura y de
la fuerza; pero cansado, combatida el alma y enlanguidecido el cuerpo.
Aquí le espera su más terrible combate.
Mi libro azul ha terminado (y Djeouar cerró el libro): su poder mágico
no existe; su última página ha concluido.
Cuando llegue la media noche; cuando la luna brille en lo más alto del
cielo; cuando todo esté sumido en el sueño y el silencio, el príncipe
Aben-al-Malek habrá penetrado en este recinto.
Y entonces yo no podré sumergir en un sueño profundo á Aben-Zohayr,
el árabe condenado por los amores de Fayzuly, la más hermosa de las
huríes del Señor, que duerme encantada junto á nosotros, que espera el
amor de su alma con el príncipe Aben-al-Malek, con el esposo que le ha
destinado la misericordia de Allah.
--¿Y qué he de hacer yo? exclamó con la voz sonora y vibrante el
príncipe Aben-Abdallah.
--Si tú encontrares en tu corazon el valor de tu padre, de tu noble y
magnánimo padre asesinado por tí, dijo con voz ronca Djeouar, haciendo
estremecer desde el cabello á la planta, el sér entero del príncipe
Ab-da-lá; si tú ayudares al bravo príncipe Aben-al-Malek, el árabe
maldito te abrirá con la muerte la sombría puerta del Alcázar de la
eternidad, en el cual encontrarás el perdon y las delicias del Paraíso.
--¡Oh! la muerte con su eterno descanso, exclamó con acento de
profundo dolor y de ardiente esperanza el príncipe Aben-Abdallah; el
sueño de la muerte con su eterna sombra, con su eterno reposo, con su
eterna insensibilidad antes que este sueño de condenacion, de dolor, de
espanto, en que veo sin cesar fija en mis ojos la mirada expirante de
mi padre asesinado por mí. ¡Oh! yo lucharé como el hambriento leon del
desierto, si en esa lucha he de encontrar la paz de la tumba aunque no
se abra para mi alma la puerta del Paraíso.
--El espíritu del hombre es inmortal, dijo Djeouar con acento
inspirado; el espíritu del hombre no puede perecer y ser envuelto por
la tierra como los fragmentos de una vil vasija; el espíritu del hombre
es inmortal como el espíritu de Dios que lo ha creado y la eternidad de
su destino, ya entre los horribles tormentos del fuego eterno, ya entre
las desconocidas bienaventuranzas con que Dios premia la creencia, el
martirio y la fe de los justos, allí donde todo es luz, todo hermosura,
todo placer, todo felicidad. Levanta tu corazon á Dios, ora con toda
la fe que encuentres en tu alma, y espera. Se acerca el momento de tu
perdon ó de tu condenacion. Si cuando el príncipe Aben-al-Malek llegare
junto á nosotros, si cuando se revuelva terrible sobre él Aben-Zohayr,
tú no te interpusieres, y dominado por el terror abandonares al
príncipe Aben-al-Malek cansado y combatido, tu cobardía te habrá
condenado, príncipe Aben-Abdallah.
--Las amargas hondas de la fuente del arrepentimiento han lavado
y purificado mi alma, dijo con voz dulce y triste el príncipe: yo
siento arder suavemente en ella el fuego de la caridad; yo gozo el
inefable consuelo de la fe; mis ojos se anegan en la radiante luz
de la esperanza. Yo siento engrandecido y fortalecido mi sér por la
proteccion del Dios único é invencible, valor de todo valor, fuerza
de toda fuerza, que sólo es, que sólo vive, y para quien nada hay
incontrastable. El luchará conmigo, él me dará fuerzas para que por mí
se cumpla lo que está escrito. Pero dime tú si lo supieres, si yo he de
perecer en la pelea ¿qué será de ese príncipe á quien aguardas, cuando
mis ojos se hayan cerrado á la luz de la vida, y mi alma vea la eterna
luz de Dios?
--Aben-Zohayr, corre, corre, incansable, terrible, sujeto á su encanto;
corre en torno de Fayzuly, procurando en vano estrechar el círculo
que le separa de ella. Cada noche, en el momento en que la campana de
los nazarenos lanza de sí su sonora vibracion doce veces repetida, el
encanto de Aben-Zohayr cesa. El terrible círculo que recorre durante
su encanto deja de sujetarle, puede aproximarse á Fayzuly, saciar su
rabiosa sed de amor; pero yo le contenia continuando la lectura de mi
libro mágico: apenas vibraba la primera campanada, la lectura sepultaba
al árabe en un sueño profundo, y él y su caballo salvaje permanecian
inmóviles como una estátua; yo seguia leyendo mientras sonaban lentas
una tras otra las doce campanadas de la media noche.
El libro ha terminado: cuando llegue la media noche, nada podrá
contener al árabe maldito, y si el príncipe Aben-al-Malek despues de
haber vencido las tentaciones que le opondrán en cada uno de los Siete
Suelos los siete espíritus condenados, convertidos en murciélagos
por la justicia de Allah, entra aquí fatigado, luchando aún con el
recuerdo de la tentacion, y Aben-Zohayr el maldito le mata, encantados
permanecerémos con Fayzuly, en el fondo de esta torre, y condenados por
toda una eternidad.
Pero si tú ayudares al príncipe Aben-al-Malek combatiendo con el árabe
maldito, si el príncipe Aben-al-Malek lograre sacar fuera de la torre
á la amada de su alma Fayzuly y ponerla sobre su caballo mágico,
perdonados serémos; nuestras almas irán á morir en el Paraíso entre
delicias eternas, y sólo quedarán condenados en el fondo de esta torre
Aben-Zohayr el réprobo, y los siete murciélagos malditos.
Levanta tu corazon al Dios altísimo, único y misericordioso, príncipe
Juzef-Abdalah; invoca su invencible poder, y está pronto para el
combate y para el martirio.
El príncipe Juzef-Abdalah se prosternó y oró.
Djeouar se sentó de nuevo en el nicho, cerró su inútil libro azul, le
puso sobre sus rodillas, apoyó en él los codos, con las manos en la
cabeza, y esperó inmóvil.
La hurí Fayzuly continuó durmiendo.
El árabe maldito siguió corriendo con la velocidad del huracan en torno
de Fayzuly, procurando en vano acercarse á ella.