XII.

Hermosa estaba en su furor Wahdah, como el sol, á través de las nubes

de una tormenta de estío; era la misma mujer que en otro tiempo en los

bosques de Cairvan, habia muerto á la pantera, que sin ella hubiera

devorado al hombre de su primer amor; era la amante que corria al lado

de Al-Hhamar, su amado para poner su pecho ante él, era la valiente

africana de sangre ardiente y corazon varonil.

Muy pronto se encontró envuelta entre los Zenetes que se defendian en

un ángulo del coso contra los parciales de los rebeldes walíes.

La plaza ofrecia un espectáculo imponente; cuando al llegar la hora

de adohar, las gentes de los walíes, que obedeciendo las órdenes

trasmitidas á ellos por Maksan, habian penetrado en la ciudad forzando

las puertas de Bib-Lachar, Bib-ataubin y Bib-Al-bolut, entraron en la

plaza forzando las guardias de las puertas, las damas huyeron de los

estrados y las galerías, y los hombres se lanzaron al coso á rechazar

aquella gente advenediza, que gritaba revolviendo sus caballos:

--¡Muerte á Al-Hhamar y al príncipe Mohamet!

Entonces, cuando el combate se hacia forzoso, cuando todos los buenos

muslimes se habian agrupado en torno de Al-Hhamar, que cabalgaba tras

de su bandera como en un dia de batalla, se vió con extrañeza que

el caballero del verde atavío, declarado vencedor en los toros, las

sortijas, las cañas, y las justas de las fiestas; que aquel paladin

tan bizarro, que habia arrancado de la silla á los botes de su lanza

á los caballeros de más pujanza del reino, permaneciese impasible

presenciando un combate, sobre el estrado real á las plantas de Betsabé.

Además, ésta, acompañada de las otras tres princesas extranjeras, y

rodeada de las comitivas ostentosas con que se habian presentado en

las fiestas, permanecia impasible en un campo de sangre en que volaba

más de un venablo, y en que más de una lanza, arrojada por un brazo

membrudo, habia venido á clavarse rechinando en la gradería sobre que

posaba su pié.

Ni habia en ella piedad ni terror; sus ojos brilladores, fijos

y sombríos, lanzaban una mirada intensa, contínua, fatídica, en

Al-Hhamar, siguiéndole do quiera se encontraba, ora al frente de los

suyos; ora con la espada en alto, revolviendo su corcel entre sus

enemigos.

Nunca habia estado menos feliz Al-Hhamar; lidiaba al frente de los

mismos con quienes habia vencido batallas en campo abierto, y sin

embargo aquel dia no adelantaba tan sólo el trecho de una pica;

sentíase, sí, empujar, arrastrar, perder terreno; caian á centenares

los suyos; su hijo Mohamet habia perdido el caballo, y su valiente

pendon, arrancado cien veces por manos leales de manos moribundas,

cejaba como impelido por un poder superior. Crecia el tumulto; sobre

el estruendo de las armas surgia el grito de los combatientes, y al

par que unos clamaban _¡muerte á Al-Hhamar!_ oíase atronador como el

rugido de un leon furioso, el grito de guerra de los soldados del rey:

_¡Al-Hhamar le galib!_

Y entonces, cuando la lucha se acercaba á su término, cuando Al-Hhamar

y los suyos habian sido rechazados hasta el estrado real, cuando

Betsabé mostraba en sus ojos la alegría del triunfo; fué cuando Wahdah

precipitó su caballo en la plaza, y envuelta con los Zenetes, lanzó una

mirada á Betsabé, vió á sus piés al caballero de lo verde, dió un grito

y tendió á él los brazos suplicantes; porque desde la aparicion de

aquel caballero en las fiestas habia creido reconocer en él á su hijo:

porque su corazon le arrastraba con una fuerza misteriosa al valiente

incógnito.

--¡A mí! ¡á mí! príncipe Juzef Abd'allah, gritó Wahdah tendiendo hácia

él los brazos; ¡mata, hiende, atropella! ¡A mí, príncipe Juzef!

El caballero de lo verde no podia oir entre el estruendo los gritos de

Wahdah, pero comprendió su ademan y se lanzó en el coso.

El semblante de Betsabé se nubló; el caballero habia saltado en un

caballo que halló sin dueño, y se batia como un leopardo, pretendiendo

abrirse paso hasta Wahdah; pero sus esfuerzos eran inútiles; acosábanle

las gentes de los walíes, su lanza habia saltado en astillas y su

espada obedecia mal á su cansado brazo; no era el mismo caballero

vencedor poco antes de tamañas pruebas; era un sér débil; hubiérasele

podido creer una mujer cubierta con un arnés de guerra.

Betsabé le observaba con ansiedad; le vió próximo á sucumbir y

palideció; entonces sus labios se agitaron murmurando palabras

misteriosas, y brilló en sus manos el anillo mágico. El caballero de

lo verde se trasformó; irguióse, aplicó los acicates á su caballo, y

embistió espada en alto á los que le acosaban; ni el vendabal que abate

los cedros, ni el torrente que desquicia las rocas, ni el rayo que

desploma las torres, hubieran sido bastantes á igualar la rapidez con

que el desconocido hirió, derribó y dió muerte á los mismos entre los

cuales un momento antes estaba próximo á sucumbir. Betsabé temblaba de

furor, Al-Hhamar ganaba terreno, el desconocido estaba en fin en los

brazos de Wahdah, que le arrancó la visera.

Era el príncipe Juzef A'bd-allah.

Los walíes habian sido vencidos; y aquellos de los suyos que no

pudieron salvarse, fuéron exterminados por los leales servidores de

Al-Hhamar.

Sangre, cadáveres, arneses y armas rotas; hé aquí lo que quedaba de

la hazaña de los walíes; el rey habia vuelto á subir al estrado, y

abrazaba estrechamente al príncipe Juzef, á quien en aquel aciago dia

era deudor de la vida y la corona.

--¡Ah, mi valiente leoncillo! decia el rey fijando una mirada llena de

orgullo en su hijo; ¿qué quieres de cuanto en mi reino hay, ó de cuanto

poseen los nazarenos y los de luengas tierras?

Juzef A'bd-allah no queria más que el amor de Betsabé, y la mostró á su

padre.

--En buen hora, contestó el rey. ¿Quiere la garza de la India, añadió

dirigiéndose á Betsabé, dar su amor al alcon de Occidente?

Betsabé sonrió graciosamente al rey, y se arrojó en los brazos del

príncipe. Wahdah pretendió interponerse, pero la detuvo el rey y la

dijo con acento severo.

--¡Sultana! ¡Tus esclavas te esperan! ¡Tu alhamí está solitario! ¡Ve, y

aguarda en él al señor!

Wahdah, herida en el corazon, bajó la gradería, saltó en el caballo, y

seguida de algunos guardias, llegó á la _Casa del Gallo_.

Poco tiempo despues, Al-Hhamar, los príncipes Mohamet y Juzef, Betsabé

y sus tres hermanas, seguidos de una comitiva cuyas galas iban

cubiertas de polvo y sangre, entraron en el alcázar.

Aquella noche hubo zambra, y Betsabé fué esposa del príncipe Juzef

A'bd-allah.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 59 / 111 题