IX.

Entre tanto, Sayaradur lloraba retirada en el alcázar. Pasaron dias

tras dias, y conoció con terror que era madre: la vergüenza y el

dolor minaron su existencia; y á pesar del respeto con que la trataba

Aben-Sal-Chem, que, satisfecha su ambicion, por la cual habia

arrostrado el crímen, era justo y bueno, la desdichada murió nueve

meses despues, al dar á luz una hermosa niña.

--La niña eras tú, añadió Djeouar, cortando su relacion y dirigiéndose

á la jóven, que le escuchaba fascinada.

El juglar continuó:

--Aben-Sal-Chem lloró sinceramente sobre los restos de tu madre; la

mandó conducir á esta cabaña, y sus restos fuéron sepultados junto á

los del emir. Despues Aben-Sal-Chem te tomó en sus brazos, te besó en

la frente y te llamó Noemi (_la hermosa_).

Contaba entonces treinta y tres años, y á pesar de que la fortuna le

habia hecho rico, respetado y poderoso, quedaba en su corazon un lugar

vacío, que sólo podia llenarse con el amor de la mujer. Habia comprado

esclavas en los bazares de Oriente; las habia robado de los alcázares

de sus enemigos; princesas de Arabia y de la India habian inclinado su

frente orgullosa encerradas en su harem; habia alcanzado la hermosura

en la mujer; pero no habia hallado la pureza, la dulzura, el amor;

habia conquistado y robado esclavas, pero no habia tenido aún una

amante.

Por eso, cuando te vió en sus brazos, pura, hermosa, huérfana, hija del

misterio, sonrió á su porvenir. «Yo la encerraré, dijo, en mi mirab,

como la prenda sagrada de mi felicidad; viviré por ella; la guardaré

como una flor preciosa, que tomaré para mí cuando el cáliz de su amor

se dilate; ella me amará, porque á nadie conocerá sobre la tierra más

que á mí, y embellecerá el otoño de mi vida, para hacerme olvidar los

remordimientos de su primavera, y los insomnios apenadores de su estío.»

Y así lo hizo como lo habia pensado: retiróse en gran manera del mundo;

dejóse ver sólo para hacer justicia y gobernar á su pueblo; adquirió

fama de santo, y en vez de orar á Dios en el mirab, se dedicó á tí

sólo, como el avaro que emplea su vida en la alquimia, siempre pensando

en el oro que ambiciona.

Tú entre tanto crecias; el Altísimo te daba con cada alborada una

gracia, con cada noche un sueño de pureza. Tú lo sabes, Noemi; no

conociendo á Dios, porque el impío no te habia dicho su nombre, le

adorabas en el firmamento azul, en las aguas del lago, en el mugido de

la tormenta y en la luz del relámpago. Sentias sin comprender, y orabas

sin palabras; eras pura y santa, y no debias hacer la felicidad de un

réprobo.

Hace un año, Aben-Sal-Chem te engalanó, te sacó de tu retiro y te hizo

conocer su alcázar; un faki se encargó de explicarte los misterios del

libro de Dios, y los mundos de la vida y de la inteligencia se abrieron

ante tí.

Mientras esto acontecia, tus hermanos, los niños abandonados junto al

cadáver de su padre, mendigan el pan de la miseria; el uno era juglar

como yo; el otro ¡desdichado de él! habia vendido su alma por su amor,

y ante las plantas de una hebrea habia abjurado la religion de sus

padres; tomó un nombre judío, y se nombró Absalon.

--¿Y dónde está? preguntó con interés Noemi.

--No lo sé, contestó el juglar; tal vez le ha exterminado la justicia

de Dios. Tu hermano mayor, Djeouar, murió hace un año, el mismo dia en

que yo te ví en las márgenes del lago.

--¿Y quién te ha contado esa funesta historia? le preguntó Noemi,

fijando en él una mirada escudriñadora.

Djeouar la sostuvo sin inmutarse, y refirió á Noemi la manera como

habia llegado á sus manos la calavera mágica. Despues continuó:

--Yo te amo, Noemi: contigo podria ser aún honrado y virtuoso; tu amor

me salvaria. Aben-Sal-Chem ha perecido; mi poder es inmenso; si quieres

ser sultana, tuyas serán cuantas arenas y cuantas aguas alumbra el sol

en las regiones y en los mares del Oriente; te he traido aquí para

revelarte tu pasado, en este mismo sitio donde se ha vertido la sangre

del esposo de tu madre, y donde ella misma está sepultada. Quiero que

me ames, y me amarás.

--¿Acaso no te amo? dijo Noemi levantándose pálida y conmovida. ¿Acaso

no eres tú el hombre que yo he visto en mis sueños? ¿No está unido mi

destino á tu destino?

--Pues bien, exclamó Djeouar acercándose á la jóven, unamos nuestro

amor, embriaguémonos en él; olvidemos nuestro pasado y hagamos que nos

envidien los arcángeles de Dios.

--¡Aparta! gritó con terror Noemi, no me toques; hay entre los dos un

abismo que nos separa, no sé por qué, pero jamás seré tu esposa.

--Pues bien, serás mi esclava.

--¡Tu esclava yo!... Y bien, podrás matarme y.... nada más.

--¿Con que nunca serás mia? gritó rechinando los dientes el juglar.

--Nunca, exclamó Noemi aterrada.

--¡Zim-Zam! exclamó colérico Djeouar.

El genio apareció.

--Abre camino á mi alcázar, y conduce á él esta mujer.

El genio tomó en sus brazos á Noemi, extendió su alquicel sobre las

aguas, sentóse en él al par que Djeouar, y aquellos tres séres se

hundieron lentamente en el lago.

A medida que descendian, las tinieblas se disipaban; destellos sin

cuento de brillantes colores, reverberaban ante los ojos, produciendo

una luz dulce y diáfana; hadas cubiertas con velos de cristal nadaban

en torno del alquicel del genio, y en el fondo del lago se levantaba un

palacio maravilloso, labrado con esmeraldas y topacios. Djeouar entró,

depositó en el más magnífico de sus retretes á Noemi, y dijo al genio:

--Tú la guardarás; que el sueño pese sobre sus párpados en mi ausencia,

y que sólo despierte cuando sea mi voluntad; ahora un ejército y un

tesoro en Dembea.

Los deseos del juglar se vieron satisfechos apenas concebidos.

Encontróse con una lucida hueste junto á Dembea, cuando el alba

aparecia en el horizonte, y se hizo abrir las puertas.

--Creyentes: dijo á la multitud que le rodeaba atraida

por el fausto de su comitiva; yo soy hijo del emir

Abu-Djeouar-al-Seifu-l'-Islam-Al-muweiyid-Billah asesinado hace treinta

años por el wisir Aben-Sal-Chem. Yo he muerto al asesino, y vengo á

sentarme entre vosotros en el alcázar de mi padre.

El vulgo está siempre predispuesto en favor de las novedades, y, además

de esto, los esclavos del juglar arrojaban en profusion monedas de oro

á la multitud. Algunos viejos recordaban el gobierno justo del emir,

y se declaraban en favor de su hijo; crecieron las dádivas de dinero,

adelantaron lanzas y pendones, y por una parte el interés y por otra el

miedo, abrieron camino á Djeouar hasta el alcázar, en cuyo pórtico fué

aclamado emir.

Envió un magnífico presente al califa, y se adurmió en los goces de su

próspera fortuna.

Todos los dias tocaba Djeouar la calavera mágica, y por su virtud se

trasladaba al alcázar del lago; todos los dias veia á Noemi dormida y

guardada por el genio.

Pero Djeouar era infortunado en amores; como de otras mujeres le

separaba de Noemi un poder superior; sólo con ella era inútil su

talisman.

Pasó un año, dos, tres, hasta nueve, y empezó á correr el décimo;

Djeouar habia llegado al colmo del despecho; aquella mujer que dilataba

su corazon, era para él un imposible; perdió la esperanza y se abandonó

á su destino.

Entonces se dijo:

--Si no hay una mujer sobre la tierra que me dé su amor, yo buscaré una

hermosura más allá de la vida; yo evocaré los espíritus del mar y los

genios del aire, y lograré el amor de una hurí.

Entonces recordó la aparicion misteriosa de Kelb-namir; entonces su

cerebro enfermo soñó encontrar la felicidad, tras la cual habia corrido

en vano, en las hadas convertidas en vampiros, y en pos siempre de su

insensato deseo, asió la calavera y las conjuró.

Los cuatro vampiros vinieron á posarse á los piés de Djeouar, y fijaron

en él con ansiedad sus pequeños ojos sangrientos; el juglar los

contempló con horror.

--Dejad esas impuras formas, les dijo, y mostraos ante mí tal cual

habeis sido.

Cuatro hermosas doncellas aparecieron en vez de los murciélagos.

Eran Betsabé, Djeidah, Zahra y Obeidah.

Un grito de admiracion del juglar, hizo reir á las cuatro hadas. Para

ellas era inútil el prestigio que el talisman daba al juglar; le veian

tal cual era en realidad; miserable, envejecido, encorvado, con su

mugriento alquicel, su arquilla y sus cubiletes.

--Mirad qué lindo mochuelo, hermanas mias, dijo Obeidah sin curarse del

furor que subia del corazon á los ojos de Djeouar.

--No, es un camello humano, dijo Zahra.

--El demonio en figura de jorobado, añadió Djeidah.

--Pues bien, ese hombre nos ama, dijo Betsabé, y cree engañarnos con

la apariencia que le ha prestado el poder del cráneo de nuestro padre.

Alegrémonos, hermanas mias; se acerca el momento de nuestra libertad.

Matemos á este hombre, y apoderémonos de su talisman.

Djeouar se vió acometido por aquellas cuatro hermosísimas criaturas,

pero tuvo tiempo de contenerlas con el mismo poder que las habia

evocado. Su cólera habia crecido hasta el colmo; y si hubiera obedecido

el talisman á su deseo, las hubiera exterminado.

Pero por primera vez su voluntad tuvo que doblegarse á lo escrito

por el destino; el libro del porvenir se abrió ante él por un pasaje

fatídico y siniestro. Djeouar leyó convulso aquella terrible escritura:

«En las tierras de Occidente, decia, hay un monte dominando á un

pueblo; en la parte oriental del monte hay un abismo, y sobre aquel

abismo se elevará una torre: hijos del Islam acrecerán el pueblo, y un

nieto de reyes elevará un castillo sobre la colina y sobre el abismo.

Así está escrito; y tú, juglar, y vosotras hadas condenadas, dormireis

en su oscuridad, y dormirán con vosotras los que fueren vuestros

amantes. Pero si lograis fascinar al hombre que ha de edificar el

castillo; si lograis exterminarlo antes que ponga pensamiento ó mano

sobre él, volvereis á vuestros alcázares del aire y á vuestros jardines

de los lagos.»

Y Djeouar que esto leyó, consultó con su talisman para que le explicase

el misterio de su profecía, y el talisman le dijo:

«La ciudad es Granada; el monte la _Colina Roja_;

el castillo la Alhambra, y el nieto de reyes,

Mohamet-Aben-A'bd-Allah-Aben-Juzef-Aben-Nazar-Aben-Al-Hhamar el de

Arjona. Si la torre se levanta, las cuatro hadas y sus amantes dormirán

en ella por toda la eternidad convertidos en murciélagos, y tú estarás

en ella hasta que se rompa el encanto. Tu salvacion ó tu condenacion

son un misterio insondable del destino, que sólo puede leer el

Altísimo.»

--¿Con que mi poder no alcanza á mi porvenir? exclamó Djeouar, ¿con que

he de seguir atado á esta cadena fatal, y en vano será que luche por

romperla?

La rabia ahogó su voz; volvióse á Betsabé y sus tres hermanas, y les

dijo:

--Volved á vuestra forma y cumplid vuestro destino.

Djeidah, Zahra y Obeidah se convirtieron en murciélagos; pero Betsabé

permaneció con figura humana, y sólo en el centro de su blanca espalda

nacieron dos pequeñísimas y negras alas.

--Soy tu esclava, dijo con repugnancia la hermosa, pero jamás

conseguirás mi amor; eres feo, horrible, hediondo, y me inspiras

horror, yo veo en el porvenir: mi amado es un príncipe hermoso y jóven,

á quien amaré tanto como te desprecio.

--¡Me desprecias tú tambien! gritó con furor el juglar. ¡Tú, miserable

espíritu condenado por Dios! ¡Tú, hermosa como la tentacion é impura

como el nido del cocodrilo! ¡Tú tambien! ¡Oh! ¡Tú seguirás mi destino;

tú sentirás como yo la sed implacable de un amor insensato!

Djeouar murmuró un conjuro, y Betsabé se encontró aprisionada en una

cadena de oro cubierta de signos cabalísticos.

Pero ni las dificultades, ni el temor de la condenacion eterna fuéron

bastantes á extinguir en Djeouar el fuego abrasador de su amor á la

mujer; acordóse de que podia crear con el poder del talisman, y se

burló de la amenaza del mago; este le habia dicho:

--«Serás poderoso hasta el punto de crear séres á tu antojo; pero

guárdate bien de hacerlo, porque perderás tu poder y serás como los

demás hombres.»

A pesar de esto, Djeouar quiso asemejarse al Espíritu Inmenso, al

Criador, al Dios que ha dado vida y luz á cuanto es sobre la tierra, y

cuanto guarda el mar, y cuanto el aire baña; quiso crear una mujer,

hermosa como la que acompañó al primer hombre en el Paraíso.

La evocó y la vió; pero como se ve un relámpago, ó una aparicion, ó una

ráfaga que pasa entre las nubes; la mujer surgió de la nada, hermosa,

con todos los incentivos de la pureza y del amor; pero al par Djeouar

se encontró de repente al pié de la palmera donde habia descansado en

la confluencia del Nilo y del Bahr-el-Azrak.

¿Habia sido aquello una vision? ¿Habia dormido el semoum en el fondo

del golfo Pérsico, y el mago, y la calavera, y Dembea, y Noemi, y

Aben-Sal-Chem, no habian sido más que fantasmas de un ensueño sombrío?

No: todo era verdad, porque junto á él, sujeta á su cadena de oro,

cubriéndose con su velo, estaba Betsabé, la hada de los sueños impuros

y de los amores insensatos.

--No, no sueñas, dijo la hada leyendo en el pensamiento de Djeouar;

cuanto has visto es verdad; pero esa verdad sólo existe para nosotros;

porque Aben-Sal-Chem y Noemi; cuantos en Dembea te han conocido y

respetado, libres por tu imprudente ambicion del encanto que pesaba

sobre ellos, abrirán los ojos á la luz de esta alborada, y creerán

cuanto ha sucedido un sueño que olvidarán al fin. En Dembea todo es

paz; la escarpia destinada para tu cabeza aún está sobre la puerta;

pero ve: el wisir al olvidar su encanto te ha olvidado tambien. Ahora

soy una mortal como tú, y tengo necesidades como tú. Vamos á la ciudad,

yo tocaré la guzla y bailaré, y tú seguirás tu profesion de juglar.

Vamos.

Y Betsabé se levantó. Djeouar la siguió lentamente, y al trasmontar el

sol de aquel dia, llegaron á Dembea.

La escarpia estaba sobre la puerta. La paz más profunda reinaba en

las calles, los mercaderes cerraban sus tiendas, y los habitantes

se dirigian á sus moradas. Algunos curiosos se agrupaban alrededor

de Betsabé y del juglar, que la seguia asiendo la cadena de oro,

miserable, viejo y cansado con su arquilla á la espalda.

Aquellos dos séres formaban un maravilloso contraste; ella

deslumbrante de hermosura y de riqueza, con sus negros y brilladores

cabellos entrelazados de perlas, su túnica de púrpura, sus sandalias

aljofaradas, sus ajorcas de oro y diamantes y su guzla de marfil, en

la que tañia lánguidos cantares; él horrible, hediondo, rebozado en un

mugriento alquicel, y cubierta la cabeza con una toca desgarrada; y

así, por medio del pueblo, sufriendo los sarcasmos y los insultos más

groseros, llegaron al bazar de las esclavas.

Creyó la multitud que Betsabé se ponia de venta, y los más ricos se

adelantaron; pero con admiracion de todos, el juglar y la esclava se

detuvieron en el atrio del bazar.

--Saca la alfombra que hallarás en tu cofre, dijo Betsabé á Djeouar.

El juglar abrió el cofre, y dentro de él encontró dos objetos que

le llenaron de admiracion; uno era el alquicel de Zim-Zam y otro la

calavera del mago.

--Yo no veo esa alfombra, dijo Djeouar.

Betsabé tomó el que habia servido de alquicel al genio; era una

finísima tela de seda azul de grandes dimensiones, de forma cuadrada y

cubierta de signos mágicos, escritos con oro. Extendióla, hizo sentar

en un ángulo de ella al juglar, y alzándose aérea y gentil en su

centro, empezó una danza llena de encantos y voluptuosidad, uniendo al

lánguido son de la guzla su voz dulce y sonora en un canto dulcísimo.

Pronto la multitud rodeó la alfombra; la danza y el canto de la

esclava crecian en rapidez y en armonía; la cadena de oro agitándose

asida á su lindísimo pié, completaba aquel acompañamiento fantástico,

al entrechocarse sus eslabones que producian un sonido acompasado,

vibrante y sonoro. Los cabellos de la hada se destrenzaron, formando

una negra y flotante aureola en torno de su hermosísimo semblante.

Cuando cesó la danza y la jóven se sentó fatigada en el centro de

la alfombra, mientras con la más descuidada languidez componia sus

cabellos y reparaba el desórden de su túnica, cayeron sobre su regazo

y sobre la alfombra monedas de oro, de plata y de cobre; cada uno de

los espectadores vació su bolsa, y cuando Betsabé, indiferente siempre,

reunió el dinero, encontró una enorme cantidad en oro, que guardó en

el cofre, y con un desden propio de una sultana, arrojó á la multitud

las monedas de plata y de cobre; despues recogió la alfombra, entregó

el cofre á Djeouar, y poniendo en sus manos el extremo de la cadena,

ella y él se abrieron paso entre las gentes que los rodeaban, y fuéron

á hospedarse á un kan.

Y así vivieron un año; ella cantaba y tañia en las plazas y en los

bazares; él entre tanto, ceñudo y silencioso, permanecia en el ángulo

de la alfombra, sumido en hondas meditaciones.

Cada dia era mayor la cantidad que el pueblo arrojaba á la hermosa

esclava, y llegó uno en que encontraron reunido casi un tesoro.

Ella acrecia en encantos; él menguaba en fuerza; su espalda se

encorvaba más y más; su barba encanecia y sus hundidos ojos se

amortiguaban; los sufrimientos habian hecho de él un imbécil; despues

de haber amado á Noemi, amándola aún, amaba á Betsabé; pero siempre

le era fatal su destino; estaba condenado al aislamiento y á la

desesperacion. Betsabé le aborrecia como esclava; le despreciaba como

mujer, y le inspiraba desgarradores pensamientos como hada.

Nunca existió hombre más desdichado que Djeouar.

Un dia, el mismo que terminaba un año despues de aquel en que habia

perdido su poder por su ambicion, Betsabé le llamó junto á sí cuando

entraron en el kan.

El miserable se acercó temblando. Nadie hubiera conocido en él al

señor, y en ella á la esclava.

--Djeouar, le dijo Betsabé; hemos adquirido lo bastante para satisfacer

nuestras necesidades; ya no volverémos á divertir á esas miserables

turbas que pagan con su oro el placer de admirar mi hermosura. Hemos

asegurado los goces materiales; y además de eso ha cambiado nuestro

destino.

El juglar fijó una mirada estúpida en la mujer misteriosa.

--Ahora mismo hay en el alcázar una mujer próxima á dar á luz una

niña, añadió la hada, y esa niña se nombrará Wahdah (_Amor_). Antes de

ser mujer será esclava, porque así está escrito: cuando corran quince

primaveras de su vida, será sultana. Un rey poderoso la dará su amor,

pero antes ella habrá amado á otro. Y ese otro serás tú.

Djeouar sintió despertarse en el fondo de su alma la sed de amor que

presidia su existencia, y se estremeció.

--Djeouar es imbécil, dijo; Djeouar es miserable, Djeouar es viejo.

--Yo he leido en el pasado, en el presente y en el porvenir, contestó

Betsabé; muchas veces, cuando he vuelto cansada de la danza, en vez de

entregarme al sueño, he meditado; yo veia en tí algo superior á la raza

humana, y en vano me afanaba por descifrar el misterio de tu historia:

dos noches ha que, ya tarde, á la hora en que mis hermanas entraban

por aquella ventana á visitarme, recordé que ellas podian ir al lugar

donde se oculta el espíritu de nuestro padre, y tal vez lograrian

aclarar lo que para mí no era más que tinieblas; y llamé á mi hermana

Djeidah, que vino á posarse junto á mí.

--¿Sábes dónde mora el espíritu de nuestro padre? le pregunté.

--En las grutas donde nace el Gran Rio (_el Nilo_), me contestó: allí

moramos nosotras durante el dia, y reposamos junto á él.

--Pues bien, hermana mia, repuse, si el espíritu de nuestro padre está

despierto, pregúntale quién es Djeouar.

Djeidah me ofreció preguntárselo, partió y volvió anoche.

--Ya sé quién es, me dijo; Djeouar es una hechura de Eblis.

El juglar se estremeció.

--Sí, continuó Betsabé; un dia, hace muchos siglos, Eblis estaba

triste, más triste que de costumbre; pensaba cómo haria para ser igual

á Dios. «Yo, decia, soy poderoso, pero mi poder es estéril; puedo

amargar los dias del hombre y hacer que en la balanza de su juicio pese

más el mal que el bien; pero no puedo crear, estoy solo y necesito un

sér que sufra conmigo.» Eblis, pues, evocó un hombre, pero el hombre

no apareció. Entonces, dijo: «Tenderé mis alas y llegaré á las puertas

del quinto cielo, donde están las hadas, y engañaré á la más pura y

hermosa.» Y batió las negras alas, pasó como una saeta junto á la

luna, se cernió sobre el sol y llegó á la puerta del quinto cielo.

Pero los muros eran de diamante, y tan altos, que la penetrante vista

del espíritu condenado no encontraba su fin. Eblis sacudió furioso las

puertas de oro, y ni aun las conmovió.

--¿Quién eres, preguntó desde adentro una voz dulce como el rumor de un

arroyuelo.

--Soy un arcángel que ha caido del sétimo cielo, contestó Eblis,

dulcificando su ronca voz; mis alas se han quemado al pasar junto al

sol, y estoy cansado. ¿Y quién eres tú?

--Yo soy Nurminasoh (_Nurminash-Shoh, Luz del Alba_), y estoy esperando

que pase la sombra, para ir á alumbrar el mundo; contestó desde adentro

la voz.

--Pues bien, sal y yo iré contigo, dijo Eblis.

Poco despues la puerta se abrió, y apareció una hada hermosísima;

sus cabellos eran rubios, su frente blanca, sus ojos celestes y su

boca sonrosada; llevaba una larguísima y flotante túnica sembrada

de estrellas y celeste como sus ojos; su aliento era balsámico y la

acompañaban los céfiros; Eblis se escondió en el pórtico, y cuando la

puerta se cerró, dejando fuera á Nurminasoh, se lanzó sobre ella, como

el alcon sobre la paloma, la estrechó entre sus negros y membrudos

brazos, y la besó en la frente; la hada dió un grito de terror y Eblis

se alejó riéndose de su dolor.

Nurminasoh dió á luz algun tiempo despues un hijo, que tuvo por

nombre Aben-al-Nurwaddallá (_Hijo de la Luz y las Tinieblas_). Desde

el dia en que perdió su pureza entre los brazos de Eblis, la hada no

pudo entrar en el quinto cielo, y desde entonces hasta ahora vuela

alrededor del mundo, dejando caer sobre él su llanto y precediendo al

sol. Aben-al-Nurwaddallá fué un réprobo y pocos justos ha habido en su

generacion, de la cual son los únicos que restan Djeouar y su hermano

Absalon.

--¿Y no te ha dicho más nuestro padre? pregunté á Djeidah.

--Sí, me dijo; añadió que sabia los sufrimientos de Djeouar, y que

aunque estaba irritado contra él le concederia una hermosura, una

inteligencia y una juventud eterna, si llevaba su calavera al lugar de

su descanso.

--¡Oh! la llevaré, la llevaré, murmuró Djeouar; ¿dónde reposa tu padre?

--En la misma gruta á donde te condujo una balsa hace diez años.

El juglar no esperó más; sujetó la cadena de la hada á una columna,

como acostumbraba todas las noches antes de entregarse al sueño, tomó

el cofre donde guardaba la calavera, y salió de Dembea.

El dia siguiente á la misma hora volvió junto á Betsabé; su deformidad

habia desaparecido; era otra vez el jóven hermoso, sábio y opulento;

vestia el alquicel mágico del genio Zim-Zam, y bajo él traia un objeto

que recató cuidadosamente de las miradas de Betsabé.

Era un gran libro escrito en pergamino, forrado con una tela de seda

azul y cerrado con cordones de oro.

--Ha sonado la hora, dijo á la hada; esta es la última vez que

estarémos juntos; sígueme.

Djeouar tomó la cadena de Betsabé, salió con ella del kan, y se

encaminó al alcázar de Aben-Sal-Chem.

--Yo soy un astrólogo, dijo á los guardas, y quiero, si tu señor lo

desea, descifrar el horóscopo de la hija que acaba de nacerle.

Algun tiempo despues, Djeouar y Betsabé entraban en el retrete de

Noemi, donde en una cunita de ébano dormia una niña. Aben-Sal-Chem

fijaba sobre ella una mirada sombría; la recien nacida tenia toda la

semejanza de la belleza de Djeouar. Noemi estaba aterrada ante el

silencioso furor de su esposo.

El juglar se acercó, llevando la frente casi cubierta con los pliegues

de su toca y rebozado hasta los ojos en su alquicel.

--¿Quién eres? le preguntó Aben-Sal-Chem.

--Un astrólogo árabe, contestó Djeouar.

--¿Puedes decirme el horóscopo de esta criatura?

--Hé aquí lo que ha de influir en su destino, en el de tu esposa y en

el tuyo; dijo Djeouar, mostrándole el libro azul que ocultaba bajo su

alquicel, y sentándose á los piés del wisir y de Noemi, junto á la cuna

donde dormia la niña.

Todos guardaron silencio. Djeouar abrió el libro y empezó á leer. Nada

habia en su relato que hiciese referencia al horóscopo. Lo que Djeouar

relataba era la historia de los amores de un rey nazareno con una judía.

Y á pesar de esto, apenas empezada la lectura, Aben-Sal-Chem, Noemi y

Betsabé, sintieron que sus miembros se enlanguidecian, que pesaban sus

párpados, y menguaban sus fuerzas; un sopor, profundo como la muerte,

cerró sus ojos, y dejaron caer inertes las cabezas sobre los pechos.

Djeouar, sin dejar de leer, extendió sobre el pavimento su alquicel,

arrastró á él á Aben-Sal-Chem, á Noemi, á Betsabé y á la niña; sentóse

junto á ellos y prosiguió su lectura. El alquicel se elevó lentamente;

salió á través de la cúpula del retrete y se lanzó en el espacio

dirigiéndose al Magreb.

Djeouar seguia leyendo; los cuatro séres puestos por él sobre el

alquicel, dormian profundamente, y eran conducidos á través de la

inmensidad con una rapidez maravillosa; Djeouar veia pasar bajo sus

plantas las nubes, y á través de ellas, las montañas, los campos,

los rios, los lagos y los mares. Al fin, cuando la noche empezó á

enseñorearse en el espacio, el alquicel descendió sobre una ciudad

musulmana, y se detuvo en el terrado de una de sus casas.

Djeouar, aunque con dificultad, leia aún en el libro misterioso; la

luz de la luna llena habia seguido á la del crepúsculo; las estrellas

reverberaban en los cielos, cual clavos de diamante, en una inmensa

bóveda de zafiros.

La ciudad á que habia arribado el juglar, era Cairvan; desde el terrado

donde se posaba, se veian las altas y estrechas calles, perdidas en una

penumbra que cortaba con su luz blanca y tibia la luna, á lo léjos,

sobre una altura, velado por las brumas de la noche, y perdido en una

lontananza de vapores, se veia un recinto torreado. Era el alcázar del

walí.

Djeouar cerró el libro; tomó el velo de Betsabé, le rasgó, vendó con

él los ojos y la boca á Aben-Sal-Chem y á Noemi; ató sus brazos y

pronunció un nombre:

--¡Absalon! dijo.

Nadie contestó. El juglar volvió á repetir con imperio aquel nombre.

Oyéronse entonces tardos pasos en la escalera que conducia al terrado,

y un hombre cubierto con una hopalanda negra, y ceñidos sus cabellos

con un gorro amarillo, apareció ante el juglar.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 56 / 111 题