VII.

Djeouar se detuvo para observar la impresion que producia en Noemi el

relato de aquella historia: estaba pálida, aterrada; sus ojos arrojaban

una mirada medrosa en los del juglar, dos lágrimas surcaban sus blancas

mejillas.

Djeouar continuó:

--Sayaradur habia caido sin sentido, al ver correr la sangre del emir,

y cuando tornó en sí se encontró en el alcázar de Dembea sobre su mismo

lecho, y creyó que todo lo que habia visto era un sueño horroroso.

Pero pronto la realidad se presentó ante ella. Kelb-namir entró y

con él Aben-Sal-Chem. Su esposo habia muerto; sus hijos habian sido

abandonados, y sus enemigos se habian apoderado de Dembea. Sayaradur

tornaba á ser esclava.

--¿Y mi padre?... preguntó Noemi.

--¡Tu padre!... murmuró con espanto Djeouar.

--El emir... ¿qué fué del emir? repuso Noemi.

--Hace treinta años que murió Abu-Djeouar, contestó con acento solemne

el juglar, y tú sólo cuentas doce.

--¡Oh! es verdad, exclamó Noemi; el emir no pudo ser mi padre; á no ser

que...

Una idea supersticiosa cruzó por la mente de la niña. Djeouar leyó en

su pensamiento.

--No, la dijo; el mismo dia en que el valle y la cabaña se habian

teñido de sangre, el morabhita que habitaba el mirab, volvió de la

montaña, donde habia ido á buscar sus frugales provisiones; vió la

tierra cubierta de cadáveres, mientras que algunos buitres volaban

hácia la cabaña y el mirab; llegó á la primera y encontró en ella el

cadáver del emir y sus hijos, el uno de dos años y el otro de uno, que

lloraban desamparados; sepultó el cadáver; tomó los niños, los entregó

á una nodriza á quien contó su historia para que se la refiriese

más adelante, y se tornó á su mirab... Tu padre, Noemi... es Muza

Kelb-namir.

--¡El asesino del esposo de mi madre!

--Sí; pero tu madre no fué culpable. Año tras año pasaron diez y

ocho, sin que un solo dia Kelb-namir dejase de arrastrar su amor á

las plantas de Sayaradur; diez y ocho años dia por dia, la encontró

inexorable y más hermosa, y á medida que pasaban añadian más fuerza al

fuego del amor del árabe, más y más odio al corazon de la esclava.

Una noche Kelb-namir velaba y se entregaba á toda la desesperacion hija

de su amor insensato. Terribles pensamientos le dominaban, la rabia

devoraba su corazon.

La lámpara se habia apagado; por los abiertos ajimeces penetraba frio

y ruidoso el viento de la tempestad; Kelb-namir se revolvia sobre la

piel de tigre de su lecho.

En medio de su insomnio creyó oir el ruido de un vuelo pausado á poca

distancia de su cabeza; el vuelo se cruzaba en todas direcciones;

pasaba, volvia á pasar, se perdia y se agitaba por intervalos cada vez

más cercano. Al fin sintió unas alas sutiles y frias que azotaban su

rostro, y oyó una voz dulcísima que murmuró en su oído:

--Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

Kelb-namir saltó del lecho despavorido al escuchar aquella voz

sobrenatural, y se lanzó al ajimez á respirar el aire de la tormenta.

La noche estaba oscurísima; por delante de sus ojos veia pasar en aquel

cielo encapotado, cuatro sombras informes que se cernian en los aires,

y pasaban y volvian á pasar, y se alejaban y tornaban á acercarse.

Eran cuatro murciélagos enormes; cuatro vampiros.

Y allí tambien, perdida en la oscuridad, arrastrada entre las ráfagas

de la tormenta, tornó á resonar la voz misteriosa; otra vez oyó

Kelb-namir las incitantes y terribles palabras:

--Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

--¡Luces! ¡luces! gritó Kelb-namir, retrocediendo helado de espanto

hasta el centro de su retrete.

Y despertó á sus esclavos, y llamó á sus guardas, que llegaron en

tropel junto á Kelb-namir, con las picas en ristre, cual si los

enemigos hubiesen penetrado en Dembea.

Kelb-namir recorrió su retrete, su alhamí, su alcázar, desde los

alminares hasta los jardines. Las puertas estaban cerradas y los

atalayas despiertos; ninguno habia visto la mujer que buscaba su señor.

Tal vez habia sido el sueño apenador de una tormentosa noche de estío.

Kelb-namir alejó á sus guardas y á sus esclavos, volvió á su retrete,

cerró las puertas y los ajimeces, y calenturiento, desvelado, buscó el

libro de sus poemas, se acercó á la lámpara y leyó.

Pero en vano quiso alejar de sí aquella medrosa vision; en lo más alto

de la cúpula resonó de nuevo el vuelo de los vampiros que descendieron

en una larga espiral, batieron las alas en derredor de la lámpara hasta

apagarla, y otra vez dijo en el oído de Kelb-namir, la voz lánguida é

incitante:

--Una noche de placer con Sayaradur, por tu eternidad conmigo.

No era sueño, era una realidad aterradora; los espíritus invisibles

volaban en torno de Kelb-namir, á quien lo intenso de su terror dió

fuerzas.

--¿Quién eres tú, dijo, que entre las tinieblas llegas á incitarme?

¡Espíritu ó materia, arcángel ó demonio, déjate ver ante mí!

Apenas pronunciada aquella imprecacion, una luz cárdena inundó el

retrete; en el centro de él se alzó una sombra confusa, que tomó

formas, y dejó ver á Kelb-namir una mujer.

Pero una mujer hermosa, como no es posible hallar otra sobre la tierra.

Envuelta en una ancha y flotante túnica de finísimo lino, majestuosa

y severa, con sus largos y brillantes cabellos, sus ojos de mirada

límpida y penetrante, y su esbelto talle, fascinó á Kelb-namir con

el mágico y poderoso prestigio que la rodeaba. Tres vampiros giraban

rápidamente en torno de su cabeza describiendo una negra y fatídica

aureola, y un perfume suavísimo, emanado de aquel extraño conjunto,

llenaba el retrete, y enlanguidecia los sentidos de Kelb-namir, que

cayó de rodillas, y unió su rostro al pavimento.

--Levántate, muslim, dijo la vision con una voz sonora, semejante á

la que habia resonado tres veces en los oídos del árabe; levántate y

escucha:

Kelb-namir se levantó.

--Yo soy Betsabé, la hada de los amores impuros, añadió con un acento

dulce é incitante la aparicion. Yo soy la que, encerrada en la forma de

un vampiro, halago el sueño de los amores insensatos, y protejo á los

que arden en su fuego. Yo soy poderosa: ¿qué quieres de mí?

Kelb-namir tembló.

--Yo soy muy hermosa, prosiguió el hada, te amo y te daré el amor de

Sayaradur, si me das tu eternidad.

Era la cuarta vez que el árabe oia esta terrible propuesta; su

corazon se abrasaba, su sangre corria con rapidez, todo su sér sufria

la influencia de aquel medroso prodigio; y, á pesar de todo, sus

ojos devoraban la radiante hermosura de la hada, y tras ella veia á

Sayaradur, hermosa tambien con todo el prestigio de un amor combatido

durante diez y ocho años; su espíritu se nubló, envolviéronle visiones

tentadoras, la hada se acercaba lentamente; su hermosura crecia, el

perfume que emanaba de ella le embriagaba. Al fin los brazos de la

mujer aparecida rodearon el cuello de Kelb-namir, y su boca se clavó en

su boca quemándola en un largo y ardiente beso.

--Una noche con Sayaradur, y tu eternidad conmigo, tornó á decir la voz

dulcísima en el oído del árabe.

--Sí, murmuró este, cayendo fascinado sobre el seno de la hada.

Era aquello un letargo tranquilo, rico de sensaciones, profundo como la

muerte. Aquella mujer extraña estrechó con su brazo siniestro el cuerpo

inerte de Kelb-namir, y sacando de entre sus ropas un agudo puñal de

oro, le hirió en el cuello, aplicó sus labios á la herida, y devoró la

sangre del árabe. El pacto estaba terminado, y Kelb-namir despertó.

Era otro hombre, sentíase con una actividad y una fuerza extremas;

su inteligencia se habia desarrollado maravillosamente; su amor á

Sayaradur habia crecido; su alma se quemaba en él.

--Una noche con Sayaradur, murmuró, volviéndose á la hada.

Esta le asió de una mano y le condujo hasta la puerta del retrete de

la esclava, levantó el tapiz, y lanzó dentro á Kelb-namir que adelantó

lentamente.

Sayaradur dormia y soñaba; creia ver á su esposo como veinte años antes

el dia que habia entrado triunfante en Dembea; sentia sobre sus frescas

mejillas coloradas por el rubor, el roce ardiente de los labios del

emir; sentia sus manos apoyándose en sus hombros desnudos, y despertó;

sus ojos se abrieron; no soñaba, y sin embargo tenia ante sí el

semblante de su esposo; sus manos se apoyaban en sus hombros, su boca,

trémula de amor, se posaba en su boca.

No era un sueño, no. Sayaradur estaba en los brazos de su esposo;

dió un grito de alegría, inclinó la cabeza sobre el pecho de aquella

hermosa aparicion y se desmayó.

Entonces la hada volvió á tomar las formas de vampiro, entró en el

retrete, revoloteó alrededor de la lámpara y la apagó.

Sayaradur dormia entre los brazos de Kelb-namir, á quien el poder de la

hada habia revestido con las formas del emir Abu-Djeouar.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 54 / 111 题