Era una ardiente tarde de verano: Abu-Djeouar cabalgaba al trote de
su caballo por las márgenes de Bahr-el-Azrak; llevaba un arco á la
espalda, y en la mano una azagaya; el caballo trotaba con ardor; los
ojos del emir escudriñaban los breñales, las malezas, las quebraduras
de las rocas: de repente dió un grito de alegría; frente á él se
doblegaba el follaje de un cañaveral, y sobre la seca hojarasca
resonaban sordas pisadas. El emir armó su arco y asestó la azagaya al
cañaveral que se abrió, pero en vez de un leon, segun habia creido el
emir, que habia salido á cazar, se le presentó un mancebo.
Por un momento Abu-Djeouar, que se entregaba con facilidad á la cólera,
tuvo asestada la azagaya contra el desconocido, que no era culpable de
otro crímen que el de no ser leon; el mancebo y el emir se contemplaron
un momento en silencio; el uno, sereno é inmóvil; el otro, ceñudo,
blandiendo su terrible azagaya.
--¿Quién eres? dijo al fin con acento breve é imperioso el emir.
-Soy Aben-Sal-Chem, contestó con voz segura y respetuosa el mancebo que
se inclinó.
--¿De qué país eres? insistió el emir.
--De Arabia, repuso el jóven.
--¿Qué haces aquí?
--Busco el cubil de una leona que he visto bajar esta mañana á las
corrientes. Me parece que está criando y busco los cachorros.
El emir se desarmó; si no habia encontrado un leon, habia encontrado un
cazador de leones.
--Acércate, dijo el emir adelantando al propio tiempo su caballo.
Aben-Sal-Chem se acercó; tenia los párpados abrasados por el sol, y sus
labios secos y áridos, brotaban sangre. El emir conoció que la sed le
devoraba, y le mostró una calabaza llena de agua que colgaba del arzon
de su silla.
El árabe rehusó beber; el semblante del emir se nubló.
--Sólo de un enemigo se rechaza el agua, el pan y la sal. La sed te
aflige y rehusas mi agua.
--No tengo sed, repuso con energía, aunque con respeto, Aben-Sal-Chem.
El emir dejó de nuevo la calabaza en su lugar, y con continente
reposado dirigió de nuevo la palabra al árabe.
--¿Y estás seguro de encontrar el cubil? le dijo.
El árabe se tornó lentamente hácia la cortadura de una roca, extendió
su brazo desnudo á ella, y señaló al emir la estrecha grieta de una
gruta, á la cual conducia un áspero sendero perdido á trechos entre una
ágria maleza de espinos.
En efecto, el emir, escuchando con alguna atencion, oyó los pequeños
bramidos de los leonzuelos hambrientos.
--¿Sábes, añadió dirigiéndose al árabe, que te expones á un peligro
terrible, robando los cachorros antes de haber muerto á la madre? No
tienes caballo y ella te seguirá y te alcanzará.
El árabe, por toda respuesta, puso gravemente su diestra en la
empuñadura de su yatagan.
El emir miró con asombro á Aben-Sal-Chem; apenas contaba quince años;
casi se sonrojó de que un niño se aventurase á una empresa que tal vez
él, experto y esforzado cazador, hubiera respetado.
--¿Con que dices que están allí? repuso el emir con toda la franca
alegría de un cazador que encuentra una pieza. Adelante.
Y desmontó del corcel, le ató á un espino, y dijo al árabe:
--Ve delante.
El árabe no se movió.
--¡Guia! añadió con impaciencia el emir.
--Son mios, dijo pausadamente el árabe, y quiero ir solo.
--¡Guia! repitió con imperio Abu-Djeouar levantando su azagaya sobre la
cabeza de Aben-Sal-Chem.
El árabe palideció; un relámpago de cólera lució en sus ojos, y su
mano buscó instintivamente la empuñadura del yatagan; pero se contuvo.
Inclinó la cabeza resignado, y se dirigió en lento paso á la maleza que
cubria la entrada del sendero que terminaba en la gruta de la cortadura.
El emir le seguia á alguna distancia. El árabe andaba en paso recto,
seguro, marcado, sin volver atrás la cabeza, sin advertir al emir
las dificultades del terreno que él vencia con suma facilidad. Al
fin se internaron en los espinos; al principio la senda era, aunque
escabrosa, practicable, y el sol filtraba sus rayos á través del ancho
follaje; algo más adelante la maleza se estrechaba, menguaba la luz
interceptada por la espesura, la senda se hacia tortuosa y tajada con
frecuencia.
El árabe desnudó su yatagan, y se abrió camino á través de los arbustos
que cortaba. Apresuró su marcha, adelantó al emir, y en la vuelta de
una quebradura esperó.
Su moreno semblante se cubrió de una palidez sombría: sus ojos
brillaron animados de una expresion salvaje, adelantó su cabeza en el
ademan de la mayor atencion, como el tigre que espera, y una sonrisa
horrible dilató sus labios. Al fin resonaron los pasos del emir, y el
ruido que hacia su alfanje cortando la espesura: el árabe apretó con
mano convulsiva la empuñadura de su yatagan, sus cejas se fruncieron,
y sus ojos se fijaron reflexivos; sin duda un pensamiento nuevo pasó
por su inteligencia, puesto que al sentir cerca ya al emir, abandonó su
actitud de acecho, volvióse hácia la continuacion de la senda, abrióse
paso á cuchilladas entre los espinos, y se alejó murmurando:
--Aún no es tiempo.
Y siguió trepando con ardor por el sendero cortado ya sobre la roca,
estrecho y resbaladizo. Al fin llegó á una plataforma; sobre ella, á
cuatro piés de altura, se alzaba la grieta á la que conducian desde
allí dos escarpaduras asperísimas.
El árabe empezó á trepar por una de ellas, con el cuerpo encorvado, el
oído atento y el yatagan preparado. Un poco despues el emir apareció
en la plataforma y avanzó por la otra escarpadura. Con alguna ventaja
el árabe llegó á la abertura de la caverna y lanzó una mirada salvaje á
su oscuro fondo. Nada se veia, nada se escuchaba. Aben-Sal-Chem hubiera
creido que nada existia en ella, á no ser por un olor fuerte y acre que
le reveló el rastro de la leona.
El árabe invocó á Dios, y se adelantó: entonces en el fondo de la
gruta brillaron dos puntos luminosos como carbunclos; agitóse una
sombra informe, y un rugido atronador retembló en los aires inmenso y
terrible; el emir llegaba entonces á la grieta.
--¡La leona! exclamó con grito bravío el árabe: ¡Allah-Akbark!
--¡Allah-Akbark! repitió con voz pujante el emir armando su arco en la
entrada de la caverna.
Un segundo rugido, más fuerte, más amenazador que el primero, fué la
señal de la acometida de la fiera. Aben-Sal-Chem la vió cargar sobre
él y la recibió. El choque fué tremendo: el yatagan del árabe se abrió
paso á través del pecho de la leona, que se lanzó de un salto sobre la
plataforma arrastrando consigo al cazador.
Sin el emir, Aben-Sal-Chem no hubiera abierto los ojos á la luz: pero
sus dias no estaban contados. La azagaya del valiente Abu-Djeouar,
rasgó silbando la distancia, y se clavó vibrante en el cráneo de la
leona, que dió su postrer y tremendo salto, lanzó un rugido de agonía,
y cayó inerte junto al árabe, que con la violencia de la caida desde la
gruta hasta la plataforma, habia perdido el sentido.
Embarazosa era la situacion del emir: dejar allí abandonado junto á un
antro de leones á un hombre á quien ya amaba, como amaba á todos los
valientes, fué un pensamiento que rechazó con indignacion. Esperar solo
el inminente peligro de la vuelta del macho, era esperar una muerte
segura.
Y el tiempo corria, el sol tocaba al Occidente, escuchábase ya el
aullido de las fieras que volvian á sus cavernas, y los pájaros volaban
á su nido.
Pero á tiempo por entre las quebraduras de las rocas resonaron roncas
bocinas, y una tropa de jinetes armados de lanzas y azagayas entraron
al galope de sus caballos en el valle donde habia encontrado al árabe
el emir.
Eran los esclavos de este que le buscaban; el valiente cazador llevó la
bocina á sus labios, la hizo sonar tres veces, y sus gentes vinieron á
él.
Entre tanto el emir bajó á la plataforma; la leona habia caido sobre
el árabe, que aún permanecia sin sentido: el emir le puso la mano
sobre el corazon; aún latia; la hora suprema no habia llegado aún para
Aben-Sal-Chem.
--¡Loado sea Dios! exclamó el emir, á tiempo que cuatro de los suyos
ponian á sus piés cuatro leoncillos que habian encontrado en el antro:
¡loado sea Dios! no sólo adquiero cuatro animales de la mejor raza
para mi leonera, sino que he encontrado un valiente cazador de leones.
Poco despues aquella tropa, siguiendo á su señor, entraba al galope de
sus caballos en Dembea, y algo más tarde Aben-Sal-Chem, conducido en un
palanquin, tornaba en sí en un lecho junto al cual estaba sentado el
emir.
El árabe debia su vida á Abu-Djeouar, y sin embargo, aún despues
de haber tornado á sus fuerzas, no expresó su agradecimiento á su
bienhechor, que le honró con las mayores distinciones, y le hizo jefe
de sus cazadores.