IV.

Era una ardiente tarde de verano: Abu-Djeouar cabalgaba al trote de

su caballo por las márgenes de Bahr-el-Azrak; llevaba un arco á la

espalda, y en la mano una azagaya; el caballo trotaba con ardor; los

ojos del emir escudriñaban los breñales, las malezas, las quebraduras

de las rocas: de repente dió un grito de alegría; frente á él se

doblegaba el follaje de un cañaveral, y sobre la seca hojarasca

resonaban sordas pisadas. El emir armó su arco y asestó la azagaya al

cañaveral que se abrió, pero en vez de un leon, segun habia creido el

emir, que habia salido á cazar, se le presentó un mancebo.

Por un momento Abu-Djeouar, que se entregaba con facilidad á la cólera,

tuvo asestada la azagaya contra el desconocido, que no era culpable de

otro crímen que el de no ser leon; el mancebo y el emir se contemplaron

un momento en silencio; el uno, sereno é inmóvil; el otro, ceñudo,

blandiendo su terrible azagaya.

--¿Quién eres? dijo al fin con acento breve é imperioso el emir.

-Soy Aben-Sal-Chem, contestó con voz segura y respetuosa el mancebo que

se inclinó.

--¿De qué país eres? insistió el emir.

--De Arabia, repuso el jóven.

--¿Qué haces aquí?

--Busco el cubil de una leona que he visto bajar esta mañana á las

corrientes. Me parece que está criando y busco los cachorros.

El emir se desarmó; si no habia encontrado un leon, habia encontrado un

cazador de leones.

--Acércate, dijo el emir adelantando al propio tiempo su caballo.

Aben-Sal-Chem se acercó; tenia los párpados abrasados por el sol, y sus

labios secos y áridos, brotaban sangre. El emir conoció que la sed le

devoraba, y le mostró una calabaza llena de agua que colgaba del arzon

de su silla.

El árabe rehusó beber; el semblante del emir se nubló.

--Sólo de un enemigo se rechaza el agua, el pan y la sal. La sed te

aflige y rehusas mi agua.

--No tengo sed, repuso con energía, aunque con respeto, Aben-Sal-Chem.

El emir dejó de nuevo la calabaza en su lugar, y con continente

reposado dirigió de nuevo la palabra al árabe.

--¿Y estás seguro de encontrar el cubil? le dijo.

El árabe se tornó lentamente hácia la cortadura de una roca, extendió

su brazo desnudo á ella, y señaló al emir la estrecha grieta de una

gruta, á la cual conducia un áspero sendero perdido á trechos entre una

ágria maleza de espinos.

En efecto, el emir, escuchando con alguna atencion, oyó los pequeños

bramidos de los leonzuelos hambrientos.

--¿Sábes, añadió dirigiéndose al árabe, que te expones á un peligro

terrible, robando los cachorros antes de haber muerto á la madre? No

tienes caballo y ella te seguirá y te alcanzará.

El árabe, por toda respuesta, puso gravemente su diestra en la

empuñadura de su yatagan.

El emir miró con asombro á Aben-Sal-Chem; apenas contaba quince años;

casi se sonrojó de que un niño se aventurase á una empresa que tal vez

él, experto y esforzado cazador, hubiera respetado.

--¿Con que dices que están allí? repuso el emir con toda la franca

alegría de un cazador que encuentra una pieza. Adelante.

Y desmontó del corcel, le ató á un espino, y dijo al árabe:

--Ve delante.

El árabe no se movió.

--¡Guia! añadió con impaciencia el emir.

--Son mios, dijo pausadamente el árabe, y quiero ir solo.

--¡Guia! repitió con imperio Abu-Djeouar levantando su azagaya sobre la

cabeza de Aben-Sal-Chem.

El árabe palideció; un relámpago de cólera lució en sus ojos, y su

mano buscó instintivamente la empuñadura del yatagan; pero se contuvo.

Inclinó la cabeza resignado, y se dirigió en lento paso á la maleza que

cubria la entrada del sendero que terminaba en la gruta de la cortadura.

El emir le seguia á alguna distancia. El árabe andaba en paso recto,

seguro, marcado, sin volver atrás la cabeza, sin advertir al emir

las dificultades del terreno que él vencia con suma facilidad. Al

fin se internaron en los espinos; al principio la senda era, aunque

escabrosa, practicable, y el sol filtraba sus rayos á través del ancho

follaje; algo más adelante la maleza se estrechaba, menguaba la luz

interceptada por la espesura, la senda se hacia tortuosa y tajada con

frecuencia.

El árabe desnudó su yatagan, y se abrió camino á través de los arbustos

que cortaba. Apresuró su marcha, adelantó al emir, y en la vuelta de

una quebradura esperó.

Su moreno semblante se cubrió de una palidez sombría: sus ojos

brillaron animados de una expresion salvaje, adelantó su cabeza en el

ademan de la mayor atencion, como el tigre que espera, y una sonrisa

horrible dilató sus labios. Al fin resonaron los pasos del emir, y el

ruido que hacia su alfanje cortando la espesura: el árabe apretó con

mano convulsiva la empuñadura de su yatagan, sus cejas se fruncieron,

y sus ojos se fijaron reflexivos; sin duda un pensamiento nuevo pasó

por su inteligencia, puesto que al sentir cerca ya al emir, abandonó su

actitud de acecho, volvióse hácia la continuacion de la senda, abrióse

paso á cuchilladas entre los espinos, y se alejó murmurando:

--Aún no es tiempo.

Y siguió trepando con ardor por el sendero cortado ya sobre la roca,

estrecho y resbaladizo. Al fin llegó á una plataforma; sobre ella, á

cuatro piés de altura, se alzaba la grieta á la que conducian desde

allí dos escarpaduras asperísimas.

El árabe empezó á trepar por una de ellas, con el cuerpo encorvado, el

oído atento y el yatagan preparado. Un poco despues el emir apareció

en la plataforma y avanzó por la otra escarpadura. Con alguna ventaja

el árabe llegó á la abertura de la caverna y lanzó una mirada salvaje á

su oscuro fondo. Nada se veia, nada se escuchaba. Aben-Sal-Chem hubiera

creido que nada existia en ella, á no ser por un olor fuerte y acre que

le reveló el rastro de la leona.

El árabe invocó á Dios, y se adelantó: entonces en el fondo de la

gruta brillaron dos puntos luminosos como carbunclos; agitóse una

sombra informe, y un rugido atronador retembló en los aires inmenso y

terrible; el emir llegaba entonces á la grieta.

--¡La leona! exclamó con grito bravío el árabe: ¡Allah-Akbark!

--¡Allah-Akbark! repitió con voz pujante el emir armando su arco en la

entrada de la caverna.

Un segundo rugido, más fuerte, más amenazador que el primero, fué la

señal de la acometida de la fiera. Aben-Sal-Chem la vió cargar sobre

él y la recibió. El choque fué tremendo: el yatagan del árabe se abrió

paso á través del pecho de la leona, que se lanzó de un salto sobre la

plataforma arrastrando consigo al cazador.

Sin el emir, Aben-Sal-Chem no hubiera abierto los ojos á la luz: pero

sus dias no estaban contados. La azagaya del valiente Abu-Djeouar,

rasgó silbando la distancia, y se clavó vibrante en el cráneo de la

leona, que dió su postrer y tremendo salto, lanzó un rugido de agonía,

y cayó inerte junto al árabe, que con la violencia de la caida desde la

gruta hasta la plataforma, habia perdido el sentido.

Embarazosa era la situacion del emir: dejar allí abandonado junto á un

antro de leones á un hombre á quien ya amaba, como amaba á todos los

valientes, fué un pensamiento que rechazó con indignacion. Esperar solo

el inminente peligro de la vuelta del macho, era esperar una muerte

segura.

Y el tiempo corria, el sol tocaba al Occidente, escuchábase ya el

aullido de las fieras que volvian á sus cavernas, y los pájaros volaban

á su nido.

Pero á tiempo por entre las quebraduras de las rocas resonaron roncas

bocinas, y una tropa de jinetes armados de lanzas y azagayas entraron

al galope de sus caballos en el valle donde habia encontrado al árabe

el emir.

Eran los esclavos de este que le buscaban; el valiente cazador llevó la

bocina á sus labios, la hizo sonar tres veces, y sus gentes vinieron á

él.

Entre tanto el emir bajó á la plataforma; la leona habia caido sobre

el árabe, que aún permanecia sin sentido: el emir le puso la mano

sobre el corazon; aún latia; la hora suprema no habia llegado aún para

Aben-Sal-Chem.

--¡Loado sea Dios! exclamó el emir, á tiempo que cuatro de los suyos

ponian á sus piés cuatro leoncillos que habian encontrado en el antro:

¡loado sea Dios! no sólo adquiero cuatro animales de la mejor raza

para mi leonera, sino que he encontrado un valiente cazador de leones.

Poco despues aquella tropa, siguiendo á su señor, entraba al galope de

sus caballos en Dembea, y algo más tarde Aben-Sal-Chem, conducido en un

palanquin, tornaba en sí en un lecho junto al cual estaba sentado el

emir.

El árabe debia su vida á Abu-Djeouar, y sin embargo, aún despues

de haber tornado á sus fuerzas, no expresó su agradecimiento á su

bienhechor, que le honró con las mayores distinciones, y le hizo jefe

de sus cazadores.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 51 / 111 题