Sobre la tierra amarga,

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la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado

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Española.

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* * * * *

[Ilustración: ANTONIO MACHADO]

POESÍAS COMPLETAS

DE

ANTONIO MACHADO

[Ilustración]

PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

POESÍAS COMPLETAS

POESÍAS COMPLETAS

DE

ANTONIO MACHADO

[Ilustración]

PUBLICACIONES DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

SERIE IV.--VOL. 7

MADRID

1917

ES PROPIEDAD

QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY

DERECHOS RESERVADOS

PARA TODOS LOS PAÍSES

COPYRIGHT 1917 BY

RESIDENCIA DE ESTUDIANTES

Imp. de Fortanet, Libertad 29.--Tel. 991.--Madrid

ALGUNAS ERRATAS

PÁGINA DICE DEBE DECIR

70 variolaban bariolaban

94 habitual usual

164 segundo segundón

ANTONIO MACHADO

Misterioso y silencioso

Iba una y otra vez.

Su mirada era tan profunda

Que apenas se podía ver.

Cuando hablaba tenía un dejo

de timidez y de altivez.

Y la luz de sus pensamientos

Casi siempre se veía arder.

Era luminoso y profundo

Como era hombre de buena fe.

Fuera pastor de mil leones

Y de corderos a la vez.

Conduciría tempestades

O traería un panal de miel.

Las maravillas de la vida

Y del amor y del placer,

Cantaba en versos profundos

Cuyo secreto era de él.

Montado en un raro Pegaso,

Un día al imposible fué.

Ruego por Antonio a mis dioses,

Ellos le salven siempre. Amén.

RUBÉN DARÍO.

1905

ÍNDICE

_Págs._

ANTONIO MACHADO, POR RUBÉN DARÍO 7

SOLEDADES

I. EL VIAJERO 11

II. HE ANDADO MUCHOS CAMINOS 13

III. LA PLAZA Y LOS NARANJOS ENCENDIDOS 14

IV. EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO 15

V. RECUERDO INFANTIL 17

VI. FUÉ UNA CLARA TARDE, TRISTE Y SOÑOLIENTA 18

VII. EL LIMONERO LÁNGUIDO SUSPENDE 20

VIII. YO ESCUCHO LOS CANTOS 22

IX. ORILLAS DEL DUERO 24

X. A LA DESIERTA PLAZA 25

XI. YO VOY SOÑANDO CAMINOS 26

XII. AMADA, EL AURA DICE 27

XIII. HACIA UN OCASO RADIANTE 28

XIV. CANTE HONDO 31

XV. LA CALLE EN SOMBRA 32

XVI. SIEMPRE FUGITIVA Y SIEMPRE 33

XVII. HORIZONTE 33

XVIII. EL POETA 34

XIX. ¡VERDES JARDINILLOS! 37

DEL CAMINO

XX. PRELUDIO 38

XXI. DABA EL RELOJ LAS DOCE... Y ERAN DOCE 39

XXII. SOBRE LA TIERRA AMARGA 40

XXIII. EN LA DESNUDA TIERRA DEL CAMINO 40

XXIV. EL SOL ES UN GLOBO DE FUEGO 41

XXV. ¡TENUE RUMOR DE TÚNICAS QUE PASAN! 42

XXVI. ¡OH, FIGURAS DEL ATRIO, MÁS HUMILDES! 42

XXVII. LA TARDE TODAVÍA 43

XXVIII. CREAR FIESTAS DE AMORES 44

XXIX. ARDE EN TUS OJOS UN MISTERIO, VIRGEN 45

XXX. ALGUNOS LIENZOS DEL RECUERDO TIENEN 45

XXXI. CRECE EN LA PLAZA EN SOMBRA 46

XXXII. LAS ASCUAS DE UN CREPÚSCULO MORADO 47

XXXIII. ¿MI AMOR?... ¿RECUERDAS, DIME? 47

XXXIV. ME DIJO UN ALBA DE LA PRIMAVERA. 48

XXXV. AL BORDE DEL SENDERO UN DÍA NOS SENTAMOS 49

XXXVI. ES UNA FORMA JUVENIL QUE UN DÍA 48

XXXVII. ¡OH!, DIME, NOCHE AMIGA, AMADA VIEJA 50

CANCIONES Y COPLAS

XXXVIII. ABRIL FLORECÍA 51

XXXIX. DE LA VIDA 54

XL. INVENTARIO GALANTE 56

XLI. ME DIJO UNA TARDE 58

XLII. LA VIDA HOY TIENE RITMO 60

XLIII. ERA UNA MAÑANA Y ABRIL SONREÍA 61

XLIV. EL CASCO ROÍDO Y VERDOSO 62

XLV. EL SUEÑO BAJO EL SOL QUE ATURDE Y CIEGA 63

HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES

XLVI. LOS GRANDES INVENTOS: LA NORIA 65

XLVII. EL CADALSO 66

XLVIII. LAS MOSCAS 67

XLIX. ELEGÍA DE UN MADRIGAL 69

L. ACASO 70

LI. JARDÍN 71

LII. FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL 72

LIII. A UN NARANJO Y A UN LIMONERO 76

LIV. LOS SUEÑOS MALOS 77

LV. HASTÍO 78

LVI. SONABA EL RELOJ LA UNA 79

LVII. CONSEJOS 80

LVIII. MONEDA QUE ESTÁ EN LA MANO 80

LIX. GLOSA 80

LX. ANOCHE CUANDO DORMÍA 81

LXI. ¿MI CORAZÓN SE HA DORMIDO? 82

GALERÍAS

INTRODUCCIÓN 83

LXII. DESGARRADA LA NUBE 85

LXIII. Y ERA EL DEMONIO DE MI SUEÑO, EL ÁNGEL 86

LXIV. DESDE EL UMBRAL DE UN SUEÑO ME LLAMARON 87

LXV. SUEÑO INFANTIL 87

LXVI. SI YO FUERA UN POETA 89

LXVII. LLAMÓ A MI CORAZÓN, UN CLARO DÍA 89

LXVIII. HOY BUSCARÁS EN VANO 90

LXXI. Y NADA IMPORTA YA QUE EL VINO DE ORO 90

LXX. ¡TOCADOS DE OTROS DÍAS! 91

LXXI. LA CASA TAN QUERIDA 92

LXXII. ANTE EL PÁLIDO LIENZO DE LA TARDE 92

LXXIII. TARDE TRANQUILA, CASI 93

LXXIV. YO, COMO ANACREONTE 93

LXXV. ¡OH, TARDE LUMINOSA! 94

LXXVI. ES UNA TARDE CENICIENTA Y MUSTIA 94

LXXVII. Y NO ES VERDAD, DOLOR, YO TE CONOZCO 95

LXXVIII. ¿Y HA DE MORIR CONTIGO EL MUNDO MAGO? 96

LXXIX. DESNUDA ESTÁ LA TIERRA 96

LXXX. CAMPO 97

LXXXI. A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR 98

LXXXII. LOS SUEÑOS 99

LXXXIII. GUITARRA DEL MESÓN QUE HOY SUENAS JOTA 99

LXXXIV. EL ROJO SOL DE UN SUEÑO EN EL ORIENTE ASOMA 100

LXXXV. LA PRIMAVERA BESABA 101

LXXXVI. ERAN AYER MIS DOLORES 102

LXXXVII. RENACIMIENTO 103

LXXXVIII. TAL VEZ LA MANO, EN SUEÑOS 104

LXXXIX. Y PODRÁS CONOCERTE RECORDANDO 104

XC. LOS ÁRBOLES CONSERVAN 105

XCI. HÚMEDO ESTÁ, BAJO EL LAUREL, EL BANCO 105

VARIA

XCII. CABALLITOS 106

XCIII. RUIDOS 107

XCIV. PESADILLA 108

XCV. DE LA VIDA 108

XCVI. SOL DE INVIERNO 110

XCVII. RETRATO 111

XCVIII. A ORILLAS DEL DUERO 113

XCIX. POR TIERRAS DE ESPAÑA 116

C. EL HOSPICIO 118

CI. EL DIOS IBERO 119

CII. ORILLAS DEL DUERO 122

CIII. LAS ENCINAS 124

CIV. CAMINOS 130

CV. EN ABRIL, LAS AGUAS MIL 130

CVI. UN LOCO 132

CVII. FANTASÍA ICONOGRÁFICA 134

CVIII. UN CRIMINAL 135

CIX. AMANECER DE OTOÑO 137

CX. EN TREN 138

CXI. NOCHE DE VERANO 140

CXII. PASCUA DE RESURRECCIÓN 141

CXIII. CAMPOS DE SORIA 142

CXIV. LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ 149

CXV. A UN OLMO SECO 182

CXVI. RECUERDOS 184

CXVII. AL MAESTRO «AZORÍN», POR SU LIBRO CASTILLA 186

CXVIII. CAMINOS 187

CXIX. SEÑOR, YA ME ARRANCASTE LO QUE YO MÁS QUERÍA 189

CXX. DICE LA ESPERANZA: UN DÍA 189

CXXI. ALLÁ, EN LAS TIERRAS ALTAS 189

CXXII. SOÑÉ QUE TÚ ME LLEVABAS 190

CXXIII. UNA NOCHE DE VERANO 191

CXXIV. AL BORRARSE LA NIEVE, SE ALEJARON 191

CXXV. EN ESTOS CAMPOS DE LA TIERRA MÍA 192

CXXVI. A JOSÉ MARÍA PALACIO 194

CXXVII. OTRO VIAJE 195

CXXVIII. POEMA DE UN DÍA 197

CXXIX. NOVIEMBRE, 1914 205

CXXX. LA SAETA 206

CXXXI. DEL PASADO EFÍMERO 207

CXXXII. LOS OLIVOS 209

CXXXIII. LLANTO DE LAS VIRTUDES Y COPLAS POR LA

MUERTE DE DON GUIDO 213

CXXXIV. LA MUJER MANCHEGA 218

CXXXV. EL MAÑANA EFÍMERO 219

CXXXVI. PROVERBIOS Y CANTARES 221

CXXXVII. PARÁBOLAS 239

CXXXVIII. MI BUFÓN 244

ELOGIOS

CXXXIX. A DON FRANCISCO GINER DE LOS RÍOS 245

CXL. AL JOVEN MEDITADOR JOSÉ ORTEGA GASSET 247

CXLI. A XAVIER VALCARCE 247

CXLII. MARIPOSA DE LA SIERRA 249

CXLIII. DESDE MI RINCÓN 251

CXLIV. A UNA ESPAÑA JOVEN 255

CXLV. ESPAÑA, EN PAZ 256

CXLVI. FLOR DE SANTIDAD 260

CXLVII. AL MAESTRO RUBÉN DARÍO 261

CXLVIII. A LA MUERTE DE RUBÉN DARÍO 262

CXLIX. A NARCISO ALONSO CORTÉS, POETA DE CASTILLA 263

CL. MIS POETAS 265

CLI. A DON MIGUEL DE UNAMUNO 266

CLII. A JUAN RAMÓN JIMÉNEZ 267

POESÍAS COMPLETAS

(1899-1917)

SOLEDADES

I

EL VIAJERO

Está en la sala familiar, sombría,

y entre nosotros, el querido hermano

que en el sueño infantil de un claro día

vimos partir hacia un país lejano.

Hoy tiene ya las sienes plateadas,

un gris mechón sobre la angosta frente;

y la fría inquietud de sus miradas

revela un alma casi toda ausente.

Deshójanse las copas otoñales

del parque mustio y viejo.

La tarde, tras los húmedos cristales,

se pinta, y en el fondo del espejo,

El rostro del hermano se ilumina

suavemente. ¿Floridos desengaños

dorados por la tarde que declina?

¿Ansias de vida nueva en nuevos años?

¿Lamentará la juventud perdida?

Lejos quedó--la pobre loba--muerta.

¿La blanca juventud nunca vivida

teme, que ha de cantar ante su puerta?

¿Sonríe al sol de oro

de la tierra de un sueño no encontrada;

y ve su nave hender el mar sonoro,

de viento y luz la blanca vela hinchada?

Él ha visto las hojas otoñales,

amarillas, rodar, las olorosas

ramas del eucaliptus, los rosales

que enseñan otra vez sus blancas rosas...

Y este dolor que añora o desconfía

el temblor de una lágrima reprime,

y un resto de viril hipocresía

en el semblante pálido se imprime.

Serio retrato en la pared clarea

todavía. Nosotros divagamos.

En la tristeza del hogar, golpea

el tic-tac del reloj. Todos callamos.

II

He andado muchos caminos,

he abierto muchas veredas,

he navegado en cien mares

y he atracado en cien riberas.

En todas partes he visto

caravanas de tristeza,

soberbios y melancólicos

borrachos de sombra negra,

y pedantones al paño

que miran, callan y piensan

que saben, porque no beben

el vino de las tabernas.

Mala gente que camina

y va apestando la tierra...

Y en todas partes he visto

gentes que danzan o juegan,

cuando pueden, y laboran

sus cuatro palmos de tierra.

Nunca, si llegan a un sitio,

preguntan adónde llegan.

Cuando caminan, cabalgan

a lomos de mula vieja,

y no conocen la prisa

ni aun en los días de fiesta.

Donde hay vino, beben vino,

donde no hay vino, agua fresca.

Son buenas gentes que viven,

laboran, pasan y sueñan,

y en un día como tantos,

descansan bajo la tierra.

III

La plaza y los naranjos encendidos

con sus frutas redondas y risueñas.

Tumulto de pequeños colegiales,

que al salir en desorden de la escuela,

llenan el aire de la plaza en sombra

con la algazara de sus voces nuevas.

¡Alegría infantil en los rincones

de las ciudades muertas!...

¡Y algo nuestro de ayer, que todavía

vemos vagar por estas calles viejas!

IV

EN EL ENTIERRO DE UN AMIGO

Tierra le dieron una tarde horrible

del mes de julio, bajo el sol de fuego.

A un paso de la abierta sepultura,

había rosas de podridos pétalos,

entre geranios de áspera fragancia

y roja flor. El cielo

puro y azul. Corría

un aire fuerte y seco.

De los gruesos cordeles suspendido,

pesadamente, descender hicieron

el ataúd al fondo de la fosa

los dos sepultureros...

Y al reposar sonó con recio golpe,

solemne, en el silencio.

Un golpe de ataúd en tierra es algo

perfectamente serio.

Sobre la negra caja se rompían

los pesados terrones polvorientos...

El aire se llevaba

de la honda fosa el blanquecino aliento.

--Y tú, sin sombra ya, duerme y reposa,

larga paz a tus huesos...

Definitivamente,

duerme un sueño tranquilo y verdadero.

V

RECUERDO INFANTIL

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de lluvia tras los cristales.

Es la clase. En un cartel

se representa a Caín

fugitivo, y muerto Abel

junto a una mancha carmín.

Con timbre sonoro y hueco

truena el maestro, un anciano

mal vestido, enjuto y seco,

que lleva un libro en la mano.

Y todo un coro infantil

va cantando la lección:

mil veces ciento, cien mil,

mil veces mil, un millón.

Una tarde parda y fría

de invierno. Los colegiales

estudian. Monotonía

de la lluvia en los cristales.

VI

Fué una clara tarde, triste y soñolienta,

tarde de verano. La hiedra asomaba

al muro del parque, negra y polvorienta...

La fuente sonaba.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;

con agrio ruido abrióse la puerta

de hierro mohoso y, al cerrarse, grave

golpeó el silencio de la tarde muerta.

En el solitario parque, la sonora

copla borbollante del agua cantora,

me guió a la fuente. La fuente vertía

sobre el blanco mármol su monotonía.

La fuente cantaba: ¿Te recuerda, hermano,

un sueño lejano mi canto presente?...

Fué una tarde lenta del lento verano.

Respondí a la fuente:

No recuerdo, hermana,

mas sé que tu copla presente es lejana.

Fué esta misma tarde: mi cristal vertía

como hoy sobre el mármol su monotonía.

¿Recuerdas, hermano?... Los mirtos talares,

que ves, sombreaban los claros cantares

que escuchas. Del rubio color de la llama,

el fruto maduro pendía en la rama,

lo mismo que ahora. ¿Recuerdas, hermano?...

Fué esta misma lenta tarde de verano.

--No sé qué me dice tu copla riente

de ensueños lejanos, hermana la fuente.

Yo sé que tu claro cristal de alegría

ya supo del árbol la fruta bermeja;

yo sé que es lejana la amargura mía

que sueña en la tarde de verano vieja.

Yo sé que tus bellos espejos cantores

copiaron antiguos delirios de amores:

mas cuéntame, fuente de lengua encantada,

cuéntame mi alegre leyenda olvidada.

--Yo no sé leyendas de antigua alegría,

sino historias viejas de melancolía.

Fué una clara tarde del lento verano...

Tú venías solo con tu pena, hermano;

tus labios besaron mi linfa serena,

y en la clara tarde, dijeron tu pena.

Dijeron tu pena tus labios que ardían:

la sed que ahora tienen, entonces tenían.

--Adiós para siempre, la fuente sonora,

del parque dormido eterna cantora.

Adiós para siempre, tu monotonía,

fuente, es más amarga que la pena mía.

Rechinó en la vieja cancela mi llave;

con agrio ruido abrióse la puerta

de hierro mohoso y, al cerrarse, grave

sonó en el silencio de la tarde muerta.

VII

El limonero lánguido suspende

una pálida rama polvorienta,

sobre el encanto de la fuente limpia,

y allá en el fondo sueñan

los frutos de oro...

Es una tarde clara,

casi de primavera;

tibia tarde de marzo,

que al hálito de abril cercano lleva;

y estoy solo, en el patio silencioso,

buscando una ilusión cándida y vieja:

alguna sombra sobre el blanco muro,

algún recuerdo, en el pretil de piedra

de la fuente dormido, o, en el aire,

algún vagar de túnica ligera.

En el ambiente de la tarde flota

ese aroma de ausencia,

que dice al alma luminosa: nunca,

y al corazón: espera.

Ese aroma que evoca los fantasmas

de las fragancias vírgenes y muertas.

Sí, te recuerdo, tarde alegre y clara,

casi de primavera,

tarde sin flores, cuando me traías

el buen perfume de la hierbabuena,

y de la buena albahaca,

que tenía mi madre en sus macetas.

Que tú me viste hundir mis manos puras

en el agua serena,

para alcanzar los frutos encantados

que hoy en el fondo de la fuente sueñan...

Sí, te conozco, tarde alegre y clara,

casi de primavera.

VIII

Yo escucho los cantos

de viejas cadencias,

que los niños cantan

cuando en coro juegan,

y vierten en coro

sus almas que sueñan,

cual vierten sus aguas

las fuentes de piedra:

con monotonías

de risas eternas,

que no son alegres,

con lágrimas viejas,

que no son amargas

y dicen tristezas,

tristezas de amores

de antiguas leyendas.

En los labios niños,

las canciones llevan

confusa la historia

y clara la pena;

como clara el agua

lleva su conseja

de viejos amores,

que nunca se cuentan.

Jugando, a la sombra

de una plaza vieja,

los niños cantaban...

La fuente de piedra

vertía su eterno

cristal de leyenda.

Cantaban los niños

canciones ingenuas,

de un algo que pasa

y que nunca llega:

la historia confusa

y clara la pena.

Vertía la fuente

su eterna conseja:

borrada la historia,

contaba la pena.

IX

ORILLAS DEL DUERO

Se ha asomado una cigüeña a lo alto del campanario.

Girando en torno a la torre y al caserón solitario,

ya las golondrinas chillan. Pasaron del blanco invierno,

de nevascas y ventiscas los crudos soplos de infierno.

Es una tibia mañana.

El sol calienta un poquito la pobre tierra soriana.

Pasados los verdes pinos,

casi azules, primavera

se ve brotar en los finos

chopos de la carretera

y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente.

El campo parece, más que joven, adolescente.

Entre las hierbas alguna humilde flor ha nacido,

azul o blanca. ¡Belleza del campo apenas florido,

y mística primavera!

¡Chopos del camino blanco, álamos de la ribera,

espuma de la montaña

ante la azul lejanía,

sol del día, claro día!

¡Hermosa tierra de España!

X

A la desierta plaza

conduce un laberinto de callejas.

A un lado, el viejo paredón sombrío

de una ruinosa iglesia;

a otro lado, la tapia blanquecina

de un huerto de cipreses y palmeras,

y, frente a mí, la casa,

y en la casa, la reja,

ante el cristal que levemente empaña

su figurilla plácida y risueña.

Me apartaré. No quiero

llamar a tu ventana... Primavera

viene--su veste blanca

flota en el aire de la plaza muerta--;

viene a encender las rosas

rojas de tus rosales... Quiero verla...

XI

Yo voy soñando caminos

de la tarde. ¡Las colinas

doradas, los verdes pinos,

las polvorientas encinas!...

¿Adónde el camino irá?

Yo voy cantando, viajero

a lo largo del sendero...

--La tarde cayendo está--.

«En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón.»

Y todo el campo un momento

se queda, mudo y sombrío,

meditando. Suena el viento

en los álamos del río.

La tarde más se obscurece;

y el camino que serpea

y débilmente blanquea,

se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:

«Aguda espina dorada,

quién te pudiera sentir

en el corazón clavada.»

XII

Amada, el aura dice

tu pura veste blanca...

No te verán mis ojos;

¡mi corazón te aguarda!

El aura me ha traído

tu nombre en la mañana;

el eco de tus pasos

repite la montaña...

No te verán mis ojos;

¡mi corazón te aguarda!

En las sombrías torres

repican las campanas...

No te verán mis ojos;

¡mi corazón te aguarda!

Los golpes del martillo

dicen la negra caja;

y el sitio de la fosa,

los golpes de la azada...

No te verán mis ojos;

¡mi corazón te aguarda!

XIII

Hacia un ocaso radiante

caminaba el sol de estío,

y era, entre nubes de fuego, una trompeta gigante,

tras de los álamos verdes de las márgenes del río.

Dentro de un olmo sonaba la sempiterna tijera

de la cigarra cantora, el monorritmo jovial,

entre metal y madera,

que es la canción estival.

En una huerta sombría,

giraban los cangilones de la noria soñolienta.

Bajo las ramas obscuras el son del agua se oía.

Era una tarde de julio, luminosa y polvorienta.

Yo iba haciendo mi camino,

absorto en el solitario crepúsculo campesino.

Y pensaba: «¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa

toda desdén y armonía,

hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía

de este rincón vanidoso, obscuro rincón que piensa!»

Pasaba el agua rizada bajo los ojos del puente.

Lejos, la ciudad dormía

como cubierta de un mago fanal de oro transparente.

Bajo los arcos de piedra el agua clara corría.

Los últimos arreboles coronaban las colinas

manchadas de olivos grises y de negruzcas encinas.

Yo caminaba cansado,

sintiendo la vieja angustia que hace el corazón pesado.

El agua en sombra pasaba tan melancólicamente,

bajo los arcos del puente,

como si al pasar dijera:

«Apenas desamarrada

la pobre barca, viajero, del árbol de la ribera,

se canta: no somos nada.

Donde acaba el pobre río la inmensa mar nos espera.»

Bajo los ojos del puente pasaba el agua sombría.

(Yo pensaba: ¡el alma mía!)

Y me detuve un momento,

en la tarde, a meditar...

¿Qué es esta gota en el viento

que grita al mar: soy el mar?

Vibraba el aire asordado

por los élitros cantores que hacen el campo sonoro,

cual si estuviera sembrado

de campanitas de oro.

En el azul fulguraba

un lucero diamantino.

Cálido viento soplaba

alborotando el camino.

Yo, en la tarde polvorienta,

hacia la ciudad volvía.

Sonaban los cangilones de la noria soñolienta.

Bajo las ramas obscuras caer el agua se oía.

XIV

CANTE HONDO

Yo meditaba absorto, devanando

los hilos del hastío y la tristeza,

cuando llegó a mi oído,

por la ventana de mi estancia, abierta

a una caliente noche de verano,

el plañir de una copla soñolienta,

quebrada por los trémolos sombríos

de las músicas magas de mi tierra.

...Y era el Amor, como una roja llama...

--Nerviosa mano en la vibrante cuerda

ponía un largo suspirar de oro

que se trocaba en surtidor de estrellas--.

...Y era la Muerte, al hombro la cuchilla,

el paso largo, torva y esquelética.

--tal cuando yo era niño la soñaba--.

Y en la guitarra, resonante y trémula,

la brusca mano, al golpear, fingía

el reposar de un ataúd en tierra.

Y era un plañido solitario el soplo

que el polvo barre y la ceniza aventa.

XV

La calle en sombra. Ocultan los altos caserones

el sol que muere; hay ecos de luz en los balcones.

¿No ves, en el encanto del mirador florido,

el óvalo rosado de un rostro conocido?

La imagen, tras el vidrio de equívoco reflejo,

surge o se apaga como daguerreotipo viejo.

Suena en la calle sólo el ruido de tu paso;

se extinguen lentamente los ecos del ocaso.

¡Oh, angustia! Pesa y duele el corazón. ¿Es ella?

No puede ser... Camina... En el azul la estrella.

XVI

Siempre fugitiva y siempre

cerca de mí, en negro manto

mal cubierto el desdeñoso

gesto de tu rostro pálido.

No sé dónde vas ni dónde

tu virgen belleza tálamo

busca en la noche. No sé

qué sueños cierran tus párpados,

ni de quien haya entreabierto

tu lecho inhospitalario.

................................

Detén el paso, belleza

esquiva, detén el paso...

Besar quisiera la amarga,

amarga flor de tus labios.

XVII

HORIZONTE

En una tarde clara y amplia como el hastío,

cuando su lanza blande el tórrido verano,

copiaban el fantasma de un grave sueño mío

mil sombras en teoría, enhiestas sobre el llano.

La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,

era un cristal de llamas, que al infinito viejo

iba arrojando el grave soñar en la llanura...

Y yo sentí la espuela sonora de mi paso

repercutir lejana en el sangriento ocaso,

y más allá, la alegre canción de un alba pura.

XVIII

EL POETA

Para el libro _La casa de la primavera_, de Martínez Sierra.

Maldiciendo su destino

como Glauco, el dios marino,

mira, turbia la pupila

de llanto, el mar que le debe su blanca virgen Scyla.

Él sabe que un Dios más fuerte

con la sustancia inmortal está jugando a la muerte

cual niño bárbaro. Él piensa

que ha de caer como rama que sobre las aguas flota,

antes de perderse, gota

de mar, en la mar inmensa.

En sueños oyó el acento de una palabra divina;

en sueños se le ha mostrado la cruda ley diamantina

sin odio ni amor, y el frío

soplo del olvido sabe sobre un arenal de hastío.

Bajo las palmeras del oasis el agua buena

miró brotar de la arena;

y se abrevó entre las dulces gacelas, y entre los fieros

animales carniceros...

Y supo cuánto es la vida hecha de sed y dolor.

Y fué compasivo para el ciervo y el cazador,

para el ladrón y el robado,

para el pájaro azorado,

para el sanguinario azor.

Con el Eclesiastés dijo: Vanidad de vanidades,

todo es negra vanidad;

y oyó otra voz que clamaba, alma de sus soledades:

sólo eres tú, luz que fulges en el corazón, verdad.

Y viendo cómo lucían

miles de blancas estrellas,

pensaba que todas ellas

en su corazón ardían.

¡Noche de amor!...

Y otra noche

sintió la mala tristeza

que enturbia la pura llama,

y el corazón que bosteza,

y el histrión que declama.

Y dijo: las galerías

del alma que espera están

desiertas, mudas, vacías:

las blancas sombras se van.

Y el demonio de los sueños abrió el jardín encantado

del ayer. ¡Cuán bello era!

¡Qué hermosamente el pasado

fingía la primavera,

cuando del árbol de otoño estaba el fruto colgado,

mísero fruto podrido,

que en el hueco acibarado

guarda el gusano escondido!

¡Alma, que en vano quisiste ser más joven cada día,

arranca tu flor, la humilde flor de la melancolía!

XIX

¡Verdes jardinillos,

claras plazoletas,

fuente verdinosa

donde el agua sueña,

donde el agua muda

resbala en la piedra!...

Las hojas de un verde

mustio, casi negras,

de la acacia, el viento

de septiembre besa,

y se lleva algunas

amarillas, secas,

jugando, entre el polvo

blanco de la tierra.

Linda doncellita,

que el cántaro llenas

de agua transparente,

tú, al verme, no llevas

a los negros bucles

de tu cabellera,

distraídamente,

la mano morena,

ni, luego, en el limpio

cristal te contemplas...

Tú miras al aire

de la tarde bella,

mientras de agua clara

el cántaro llenas.

DEL CAMINO

XX

PRELUDIO

Mientras la sombra pasa de un santo amor, hoy quiero

poner un dulce salmo sobre mi viejo atril.

Acordaré las notas del órgano severo

al suspirar fragante del pífano de abril.

Madurarán su aroma las pomas otoñales,

la mirra y el incienso salmodiarán su olor;

exhalarán su fresco perfume los rosales,

bajo la paz en sombra del tibio huerto en flor.

Al grave acorde lento de música y aroma,

la sola y vieja y noble razón de mi rezar

levantará su vuelo suave de paloma

y la palabra blanca se elevará al altar.

XXI

Daba el reloj las doce... y eran doce

golpes de azada en tierra...

...¡Mi hora!--grité--... El silencio

me respondió:--No temas;

tú no verás caer la última gota

que en la clepsidra tiembla.

Dormirás muchas horas todavía

sobre la orilla vieja,

y encontrarás una mañana pura

amarrada tu barca a otra ribera.

XXII

Sobre la tierra amarga,

caminos tiene el sueño

laberínticos, sendas tortuosas,

parques en flor y en sombra y en silencio;

criptas hondas, escalas sobre estrellas;

retablos de esperanzas y recuerdos.

Figurillas que pasan y sonríen

--juguetes melancólicos de viejo--;

imágenes amigas,

a la vuelta florida del sendero,

y quimeras rosadas

que hacen camino... lejos...

XXIII

En la desnuda tierra del camino

la hora florida brota,

espino solitario,

del valle humilde en la revuelta umbrosa.

El salmo verdadero

de tenue voz hoy toma

al corazón, y al labio,

la palabra quebrada y temblorosa.

Mis viejos mares duermen; se apagaron

sus espumas sonoras

sobre la playa estéril. La tormenta

camina lejos en la nube torva.

Vuelve la paz al cielo;

la brisa tutelar esparce aromas

otra vez sobre el campo, y aparece,

en la bendita soledad, tu sombra.

XXIV

El sol es un globo de fuego,

la luna es un disco morado.

Una blanca paloma se posa

en el alto ciprés centenario.

Los cuadros de mirtos parecen

de marchito velludo empolvado.

¡El jardín y la tarde tranquila!...

Suena el agua en la fuente de mármol.

XXV

¡Tenue rumor de túnicas que pasan

sobre la infértil tierra!...

¡y lágrimas sonoras

de las campanas viejas!

Las ascuas mortecinas

del horizonte humean...

Blancos fantasmas lares

van encendiendo estrellas.

--Abre el balcón. La hora

de una ilusión se acerca...

La tarde se ha dormido

y las campanas sueñan.

XXVI

¡Oh, figuras del atrio, más humildes

cada día y lejanas:

mendigos harapientos

sobre marmóreas gradas;

miserables ungidos

de eternidades santas,

manos que surgen de los mantos viejos

y de las rotas capas!

¿Pasó por vuestro lado

una ilusión velada,

de la mañana luminosa y fría

en las horas más plácidas?...

Sobre la negra túnica, su mano

era una rosa blanca...

XXVII

La tarde todavía

dará incienso de oro a tu plegaria,

y quizás el cénit de un nuevo día

amenguará tu sombra solitaria.

Mas no es tu fiesta el Ultramar lejano,

sino la ermita junto al manso río;

no tu sandalia el soñoliento llano

pisará, ni la arena del hastío.

Muy cerca está, romero,

la tierra verde y santa y florecida

de tus sueños; muy cerca, peregrino

que desdeñas la sombra del sendero

y el agua del mesón en tu camino.

XXVIII

Crear fiestas de amores

en nuestro amor pensamos,

quemar nuevos aromas

en montes no pisados,

y guardar el secreto

de nuestros rostros pálidos,

porque en las bacanales de la vida

vacías nuestras copas conservamos,

mientras con eco de cristal y espuma

ríen los zumos de la vid dorados.

................................

Un pájaro escondido entre las ramas

del parque solitario,

silba burlón...

Nosotros exprimimos

la penumbra de un sueño en nuestro vaso...

Y algo, que es tierra en nuestra carne, siente

la humedad del jardín como un halago.

XXIX

Arde en tus ojos un misterio, virgen

esquiva y compañera.

No sé si es odio o es amor la lumbre

inagotable de tu aljaba negra.

Conmigo irás mientras proyecte sombra

mi cuerpo y quede a mi sandalia arena.

--¿Eres la sed o el agua en mi camino?

Dime, virgen esquiva y compañera.

XXX

Algunos lienzos del recuerdo tienen

luz de jardín y soledad de campo;

la placidez del sueño

en el paisaje familiar soñado.

Otros guardan las fiestas

de días aún lejanos;

figuritas sutiles

que pone un titerero en su retablo...

................................

Ante el balcón florido

está la cita de un amor amargo.

Brilla la tarde en el resol bermejo...

La hiedra efunde de los muros blancos...

A la revuelta de una calle en sombra

un fantasma irrisorio besa un nardo.

XXXI

Crece en la plaza en sombra

el musgo, y en la piedra vieja y santa

de la iglesia. En el atrio hay un mendigo...

Más vieja que la iglesia tiene el alma.

Sube muy lento, en las mañanas frías,

por la marmórea grada,

hasta un rincón de piedra... Allí aparece

su mano seca entre la rota capa.

Con las órbitas huecas de sus ojos

ha visto cómo pasan

las blancas sombras, en los claros días,

las blancas sombras de las horas santas.

XXXII

Las ascuas de un crepúsculo morado

detrás el negro cipresal humean...

En la glorieta en sombra está la fuente

con su alado y desnudo Amor de piedra,

que sueña mudo. En la marmórea taza

reposa el agua muerta.

XXXIII

¿Mi amor?... ¿Recuerdas, dime,

aquellos juncos tiernos,

lánguidos y amarillos

que hay en el cauce seco?...

¿Recuerdas la amapola

que calcinó el verano,

la amapola marchita,

negro crespón del campo?...

¿Te acuerdas del sol yerto

y humilde, en la mañana,

que brilla y tiembla roto

sobre una fuente helada?...

XXXIV

Me dijo un alba de la primavera:

Yo florecí en tu corazón sombrío

ha muchos años, caminante viejo

que no cortas las flores del camino.

Tu corazón de sombra, ¿acaso guarda

el viejo aroma de mis viejos lirios?

¿Perfuman aún mis rosas la alba frente

del hada de tu sueño adamantino?

Respondí a la mañana:

Sólo tienen cristal los sueños míos.

Yo no conozco el hada de mis sueños;

ni sé si está mi corazón florido.

Pero si aguardas la mañana pura

que ha de romper el vaso cristalino,

quizás el hada te dará tus rosas,

mi corazón tus lirios.

XXXV

Al borde del sendero un día nos sentamos.

Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita

son las desesperantes posturas que tomamos

para aguardar... Mas ella no faltará a la cita.

XXXVI

Es una forma juvenil que un día

a nuestra casa llega.

Nosotros le decimos: ¿por qué tornas

a la morada vieja?

Ella abre la ventana, y todo el campo

en luz y aroma entra.

En el blanco sendero,

los troncos de los árboles negrean;

las hojas de las copas

son humo verde que a lo lejos sueña.

Parece una laguna

el ancho río entre la blanca niebla

de la mañana. Por los montes cárdenos,

camina otra quimera.

XXXVII

¡Oh, dime, noche amiga, amada vieja,

que me traes el retablo de mis sueños

siempre desierto y desolado y solo

con mi fantasma dentro,

mi pobre sombra triste

sobre la estepa y bajo el sol de fuego,

o soñando amarguras

en las voces de todos los misterios,

dime, si sabes, vieja amada, dime

si son mías las lágrimas que vierto.

Me respondió la noche:

Jamás me revelaste tu secreto.

Yo nunca supe, amado,

si eras tú ese fantasma de tu sueño,

ni averigüé si era su voz la tuya,

o era la voz de un histrión grotesco.

Dije a la noche: Amada mentirosa,

tú sabes mi secreto;

tú has visto la honda gruta

donde fabrica su cristal mi sueño,

y sabes que mis lágrimas son mías,

y sabes mi dolor, mi dolor viejo.

¡Oh! yo no sé, dijo la noche, amado,

yo no sé tu secreto,

aunque he visto vagar ese, que dices,

desolado fantasma, por tu sueño.

Yo me asomo a las almas cuando lloran

y escucho su hondo rezo,

humilde y solitario,

ese que llamas salmo verdadero;

pero en las hondas bóvedas del alma

no sé si el llanto es una voz o un eco.

Para escuchar tu queja de tus labios

yo te busqué en tu sueño,

y allí te vi vagando en un borroso

laberinto de espejos.

CANCIONES Y COPLAS

XXXVIII

Abril florecía

frente a mi ventana.

Entre los jazmines

y las rosas blancas

de un balcón florido,

vi las dos hermanas.

La menor cosía,

la mayor hilaba...

Entre los jazmines

y las rosas blancas,

la más pequeñita,

risueña y rosada

--su aguja en el aire--

miró a mi ventana.

La mayor seguía,

silenciosa y pálida,

el huso en su rueca,

que el lino enroscaba,

abril florecía

frente a mi ventana.

Una clara tarde

la mayor lloraba,

entre los jazmines

y las rosas blancas,

y ante el blanco lino

que en su rueca hilaba.

--¿Qué tienes--le dije--

silenciosa, pálida?

Señaló el vestido

que empezó la hermana.

En la negra túnica

la aguja brillaba;

sobre el blanco velo,

el dedal de plata.

Señaló a la tarde

de abril que soñaba

mientras que se oía

tañer de campanas.

Y en la clara tarde

me enseñó sus lágrimas...

Abril florecía

frente a mi ventana.

Fué otro abril alegre

y otra tarde plácida.

El balcón florido

solitario estaba...

Ni la pequeñita

risueña y rosada,

ni la hermana triste

silenciosa y pálida,

ni la negra túnica,

ni la toca blanca...

Tan sólo en el huso

el lino giraba

por mano invisible,

y en la oscura sala

la luna del limpio

espejo brillaba...

Entre los jazmines

y las rosas blancas

del balcón florido,

me miré en la clara

luna del espejo

que lejos soñaba...

Abril florecía

frente a mi ventana.

XXXIX

DE LA VIDA

(COPLAS ELEGÍACAS)

¡Ay del que llega sediento

a ver el agua correr

y dice: la sed que siento

no me la calma el beber!

¡Ay de quien bebe y, saciada

la sed, desprecia la vida:

moneda al tahur prestada,

que sea al azar rendida!

Del iluso que suspira

bajo el orden soberano,

y del que sueña la lira

pitagórica en su mano.

¡Ay del noble peregrino

que se para a meditar,

después de largo camino,

en el horror de llegar!

¡Ay de la melancolía

que llorando se consuela,

y de la melomanía

de un corazón de zarzuela!

¡Ay de nuestro ruiseñor,

si en una noche serena

se cura del mal de amor

que llora y canta sin pena!

¡De los jardines secretos,

de los pensiles soñados

y de los sueños poblados

de propósitos discretos!

¡Ay del galán sin fortuna

que ronda a la luna bella,

de cuantos caen de la luna,

de cuantos se marchan a ella!

¡De quien el fruto prendido

en la rama no alcanzó,

de quien el fruto ha mordido

y el gusto amargo probó!

¡Y de nuestro amor primero

y de su fe mal pagada,

y, también, del verdadero

amante de nuestra amada!

XL

INVENTARIO GALANTE

Tus ojos me recuerdan

las noches de verano,

negras noches sin luna,

orilla al mar salado,

y el chispear de estrellas

del cielo negro y bajo.

Tus ojos me recuerdan

las noches de verano.

Y tu morena carne,

los trigos requemados

y el suspirar de fuego

de los maduros campos.

Tu hermana es clara y débil

como los juncos lánguidos,

como los sauces tristes,

como los linos glaucos.

Tu hermana es un lucero

en el azul lejano...

Y es alba y aura fría

sobre los pobres álamos

que en las orillas tiemblan

del río humilde y manso.

Tu hermana es un lucero

en el azul lejano.

De tu morena gracia,

de tu soñar gitano,

de tu mirar de sombra

quiero llenar mi vaso.

Me embriagaré una noche

de cielo negro y bajo,

para cantar contigo,

orilla al mar salado,

una canción que deje

cenizas en los labios...

De tu mirar de sombra

quiero llenar mi vaso.

Para tu linda hermana

arrancaré los ramos

de florecillas nuevas

a los almendros blancos,

en un tranquilo y triste

alborear de marzo.

Los regaré con agua

de los arroyos claros,

los ataré con verdes

junquillos del remanso...

Para tu linda hermana

yo haré un ramito blanco.

XLI

Me dijo una tarde

de la primavera:

Si buscas caminos

en flor en la tierra,

mata tus palabras

y oye tu alma vieja.

Los mismos ungüentos

y aromas y esencias

que en tus alegrías,

verteré en tus penas.

Que el mismo albo lino

que te vista, sea

tu traje de duelo,

tu traje de fiesta.

Ama tu alegría

y ama tu tristeza,

si buscas caminos

en flor en la tierra.

Respondí a la tarde

de la primavera:

Tú has dicho el secreto

que en mi alma reza:

yo odio la alegría

por odio a la pena.

Mas antes que pise

tu florida senda,

quisiera traerte

muerta mi alma vieja.

XLII

La vida hoy tiene ritmo

de ondas que pasan,

de olitas temblorosas

que fluyen y se alcanzan.

La vida hoy tiene el ritmo de los ríos,

la risa de las aguas

que entre los verdes junquerales corren,

y entre las verdes cañas.

Sueño florido lleva el manso viento;

bulle la savia joven en las nuevas ramas;

tiemblan alas y frondas,

y la mirada sagital del águila

no encuentra presa... treme el campo en sueños,

vibra el sol como un arpa.

¡Fugitiva ilusión de ojos guerreros

que por las selvas pasas

a la hora del cénit: tiemble en mi pecho

el oro de tu aljaba!

En tus labios florece la alegría

de los campos en flor; tu veste alada

aroman las primeras velloritas,

las violetas perfuman tus sandalias.

Yo he seguido tus pasos en el viejo bosque,

arrebatados tras la corza rápida,

y los ágiles músculos rosados

de tus piernas silvestres entre verdes ramas.

¡Pasajera ilusión de ojos guerreros

que por las selvas pasas

cuando la tierra reverdece y ríen

los ríos en las cañas!

¡Tiemble en mi pecho el oro

que llevas en tu aljaba!

XLIII

Era una mañana y abril sonreía.

Frente al horizonte dorado moría

la luna, muy blanca y opaca; tras ella,

cual tenue ligera quimera, corría

la nube que apenas enturbia una estrella.

................................

Como sonreía la rosa mañana

al sol del oriente abrí mi ventana;

y en mi triste alcoba penetró el oriente

en canto de alondras, en risa de fuente

y en suave perfume de flora temprana.

Fué una clara tarde de melancolía.

Abril sonreía. Yo abrí las ventanas

de mi casa al viento... El viento traía

perfume de rosas, doblar de campanas...

Doblar de campanas lejanas, llorosas,

suave de rosas aromado aliento...

... ¿Dónde están los huertos floridos de rosas?

¿Qué dicen las dulces campanas al viento?

................................

Pregunté a la tarde de abril que moría:

¿Al fin la alegría se acerca a mi casa?

La tarde de abril sonrió: La alegría

pasó por tu puerta--y luego, sombría:

Pasó por tu puerta. Dos veces no pasa.

XLIV

El casco roído y verdoso

del viejo falucho

reposa en la arena...

la vela tronchada parece

que aún sueña en el sol y el mar.

El mar hierve y canta...

El mar es un sueño sonoro

bajo el sol de abril.

El mar hierve y ríe

con olas azules y espumas de leche y de plata,

el mar hierve y ríe

bajo el cielo azul.

El mar lactescente,

el mar rutilante,

que ríe en sus liras de plata sus risas azules...

Hierve y ríe el mar!...

El aire parece que duerme encantado

en la fúlgida niebla de sol blanquecino.

La gaviota palpita en el aire dormido, y al lento

volar soñoliento, se aleja y se pierde en la bruma del sol.

XLV

El sueño bajo el sol que aturde y ciega,

tórrido sueño en la hora de arrebol;

el río luminoso el aire surca;

esplende la montaña;

la tarde es polvo y sol.

El sibilante caracol del viento

ronco dormita en el remoto alcor;

emerge el sueño ingrave en la palmera,

luego se enciende en el naranjo en flor.

La estúpida cigüeña

su garabato escribe en el sopor

del molino parado; el toro abate

sobre la hierba la testuz feroz.

La verde, quieta espuma del ramaje

efunde sobre el blanco paredón,

lejano, inerte, del jardín sombrío

dormido bajo el cielo fanfarrón.

....................................

Lejos, enfrente de la tarde roja,

refulge el ventanal del torreón.

....................................

HUMORISMOS, FANTASÍAS, APUNTES

LOS GRANDES INVENTOS

XLVI

LA NORIA

La tarde caía

triste y polvorienta.

El agua cantaba

su copla plebeya

en los cangilones

de la noria lenta.

Soñaba la mula

¡pobre mula vieja!

al compás de sombra

que en el agua suena.

La tarde caía

triste y polvorienta.

Yo no sé qué noble,

divino poeta,

unió a la amargura

de la eterna rueda,

la dulce armonía

del agua que sueña

y vendó tus ojos,

¡pobre mula vieja!...

Mas sé que fué un noble,

divino poeta,

corazón maduro

de sombra y de ciencia.

XLVII

EL CADALSO

La aurora asomaba

lejana y siniestra.

El lienzo de Oriente

sangraba tragedias,

pintarrajeadas

con nubes grotescas.

.............................

En la vieja plaza

de una vieja aldea,

erguía su horrible

pavura esquelética

el tosco patíbulo

de fresca madera...

La aurora asomaba

lejana y siniestra.

XLVIII

LAS MOSCAS

Vosotras, las familiares,

inevitables golosas,

vosotras, moscas vulgares,

me evocáis todas las cosas.

¡Oh, viejas moscas voraces

como abejas en abril,

viejas moscas pertinaces

sobre mi calva infantil!

¡Moscas del primer hastío

en el salón familiar,

las claras tardes de estío

en que yo empecé a soñar!

Y en la aborrecida escuela,

raudas moscas divertidas,

perseguidas

por amor de lo que vuela,

--que todo es volar--sonoras,

rebotando en los cristales

en los días otoñales...

Moscas de todas las horas,

de infancia y adolescencia,

de mi juventud dorada;

de esta segunda inocencia,

que da en no creer nada,

de siempre... Moscas vulgares,

que de puro familiares

no tendréis digno cantor:

yo sé que os habéis posado

sobre el juguete encantado,

sobre el librote cerrado,

sobre la carta de amor,

sobre los párpados yertos

de los muertos...

Inevitables golosas,

que ni labráis como abejas,

ni brilláis cual mariposas;

pequeñitas, revoltosas,

vosotras, amigas viejas,

me evocáis todas las cosas.

XLIX

ELEGÍA DE UN MADRIGAL

Recuerdo que una tarde de soledad y hastío,

¡oh tarde como tantas! el alma mía era,

bajo el azul monótono, un ancho y terso río

que ni tenía un pobre juncal en su ribera.

¡Oh mundo sin encanto, sentimental inopia

que borra el misterioso azogue del cristal!

¡Oh el alma sin amores que el Universo copia

con un irremediable bostezo universal!

................................

Quiso el poeta recordar a solas,

las ondas bien amadas, la luz de los cabellos

que él llamaba en sus rimas rubias olas.

Leyó... La letra mata: no se acordaba de ellos...

Y un día--como tantos--al aspirar un día

aromas de una rosa que en el rosal se abría,

brotó, como una llama la luz de los cabellos

que él en sus madrigales llamaba rubias olas,

brotó, porque una aroma igual tuvieron ellos...

Y se alejó en silencio para llorar a solas.

L

ACASO...

Como atento no más a mi quimera

no reparaba en torno mío, un día

me sorprendió la fértil primavera

que en todo el ancho campo sonreía.

Brotaban verdes hojas

de las hinchadas yemas del ramaje,

y flores amarillas, blancas, rojas,

variolaban la mancha del paisaje.

Y era una lluvia de saetas de oro,

el sol sobre las frondas juveniles;

del amplio río en el caudal sonoro

se miraban los álamos gentiles.

Tras de tanto camino es la primera

vez que miro brotar la primavera,

dije, y después, declamatoriamente:

--¡Cuán tarde ya para la dicha mía!--

Y luego, al caminar, como quien siente

alas de otra ilusión:--Y todavía

¡yo alcanzaré mi juventud un día!

LI

JARDÍN

Lejos de tu jardín quema la tarde

inciensos de oro en purpurinas llamas,

tras el bosque de cobre y de ceniza.

En tu jardín hay dalias.

¡Malhaya tu jardín!... Hoy me parece

la obra de un peluquero,

con esa pobre palmerilla enana,

y ese cuadro de mirtos recortados...

y el naranjito en su tonel... El agua

de la fuente de piedra

no cesa de reir sobre la concha blanca.

LII

FANTASÍA DE UNA NOCHE DE ABRIL

¿Sevilla?... ¿Granada?... La noche de luna.

Angosta la calle, revuelta y moruna,

de blancas paredes y obscuras ventanas.

Cerrados postigos, corridas persianas...

El cielo vestía su gasa de abril.

Un vino risueño me dijo el camino.

Yo escucho los áureos consejos del vino,

que el vino es a veces escala de ensueño.

Abril y la noche y el vino risueño

cantaron en coro su salmo de amor.

La calle copiaba, con sombra en el muro,

el paso fantasma y el sueño maduro

de apuesto embozado, galán caballero:

espada tendida, calado sombrero...

La luna vertía su blanco soñar.

Como un laberinto mi sueño torcía

de calle en calleja. Mi sombra seguía

de aquel laberinto la sierpe encantada,

en pos de una oculta plazuela cerrada.

La luna lloraba su dulce blancor.

La casa y la clara ventana florida,

de blancos jazmines y nardos prendida,

más blanco que el blanco soñar de la luna...

--Señora, la hora, tal vez importuna...

¿Qué espere? (La dueña se lleva el candil).

Ya sé que sería quimera, señora,

mi sombra galante buscando a la aurora

en noche de estrellas y luna, si fuera

mentira la blanca nocturna quimera

que usurpa a la luna su trono de luz.

¡Oh dulce señora, más cándida y bella

que la solitaria matutina estrella

tan clara en el cielo! ¿por qué silenciosa

oís mi nocturna querella amorosa?

¿Quién hizo, señora, cristal vuestra voz?...

La blanca quimera, parece que sueña.

Acecha en la oscura estancia la dueña.

--Señora, si acaso otra sombra emboscada

teméis, en la sombra, fiad en mi espada...

Mi espada se ha visto a la luna brillar.

¿Acaso os parece mi gesto anacrónico?

El vuestro es, señora, sobrado lacónico.

¿Acaso os asombra mi sombra embozada,

de espada tendida y toca plumada?...

¿Seréis la cautiva del moro Gazul?...

Dijéraislo, y pronto mi amor os diría

el son de mi guzla y la algarabía

más dulce que oyera ventana moruna.

Mi guzla os dijera la noche de luna,

la noche de cándida luna de abril.

Dijera la clara cantiga de plata

del patio moruno, y la serenata

que lleva el aroma de floridas preces

a los miradores y a los ajimeces,

los salmos de un blanco fantasma lunar.

Dijera las danzas de trenzas lascivas,

las muelles cadencias de ensueños, las vivas

centellas de lánguidos rostros velados,

los tibios perfumes, los huertos cerrados;

dijera el aroma letal del harén.

Yo guardo, señora, en mi viejo salterio

también una copla de blanco misterio,

la copla más suave, más dulce y más sabia

que evoca las claras estrellas de Arabia

y aromas de un moro jardín andaluz.

Silencio... En la noche la paz de la luna

alumbra la blanca ventana moruna.

Silencio... Es el musgo que brota y la hiedra

que lenta desgarra la tapia de piedra...

El llanto que vierte la luna de abril.

--Si sois una sombra de la primavera,

blanca entre jazmines, o antigua quimera

soñada, en las trovas de dulces cantores,

yo soy una sombra de viejos cantares,

y el signo de un álgebra viejo de amores.

Los gayos, lascivos decires mejores,

los árabes albos nocturnos soñares,

las coplas mundanas, los salmos talares,

poned en mis labios;

yo soy una sombra también del amor.

Ya muerta la luna, mi sueño volvía

por la retorcida, moruna calleja.

El sol en Oriente reía

su risa más vieja.

LIII

A UN NARANJO Y A UN LIMONERO

VISTOS EN UNA TIENDA DE PLANTAS Y FLORES

Naranjo en maceta, ¡qué triste es tu suerte!

medrosas tiritan tus hojas menguadas.

Naranjo en la corte, qué pena da verte

con tus naranjitas secas y arrugadas.

Pobre limonero de fruto amarillo

cual pomo pulido de pálida cera,

¡qué pena mirarte, mísero arbolillo

criado en mezquino tonel de madera!

De los claros bosques de la Andalucía,

¿quién os trajo a esta castellana tierra

que barren los vientos de la adusta sierra,

hijos de los campos de la tierra mía?

¡Gloria de los huertos, árbol limonero,

que enciendes los frutos de pálido oro

y alumbras del negro cipresal austero

las quietas plegarlas erguidas en coro;

y fresco naranjo del patio querido,

del campo risueño y el huerto soñado,

siempre en mi recuerdo maduro o florido

de frondas y aromas y frutos cargado!

LIV

LOS SUEÑOS MALOS

Está la plaza sombría,

muere el día.

Suenan lejos las campanas.

De balcones y ventanas

se iluminan las vidrieras,

con reflejos mortecinos,

como huesos blanquecinos

y borrosas calaveras.

En toda la tarde brilla

una luz de pesadilla.

Está el sol en el ocaso.

Suena el eco de mi paso.

--¿Eres tú? Ya te esperaba...

--No eras tú a quien yo buscaba.

LV

HASTÍO

Pasan las horas de hastío

por la estancia familiar,

el pobre cuarto sombrío

donde yo empecé a soñar.

Del reloj arrinconado,

que en la penumbra clarea,

el tic-tac acompasado

odiosamente golpea.

Dice la monotonía

del agua clara al caer:

un día es como otro día;

hoy es lo mismo que ayer.

Cae la tarde. El viento agita

el parque mustio y dorado...

¡Qué largamente ha llorado

toda la fronda marchita!

LVI

Sonaba el reloj la una

dentro de mi cuarto. Era

triste la noche. La luna,

reluciente calavera,

ya del cénit declinando,

iba del ciprés del huerto

fríamente iluminando

el alto ramaje yerto.

Por la entreabierta ventana,

llegaban a mis oídos,

metálicos alaridos

de una música lejana.

Una música tristona,

una mazurca olvidada,

entre inocente y burlona,

mal tañida y mal soplada.

Y yo sentí el estupor

del alma cuando bosteza,

el corazón, la cabeza,

y... morirse es lo mejor.

LVII

CONSEJOS

I

Este amor que quiere ser

acaso pronto será;

pero ¿cuándo ha de volver

lo que acaba de pasar?

Hoy dista mucho de ayer.

¡Ayer es Nunca jamás!

LVIII

II

Moneda que está en la mano

quizá se deba guardar;

pero la que está en el alma

se pierde si no se da.

LIX

GLOSA

_Nuestras vidas son los ríos

que van a dar a la mar,

que es el morir._ ¡Gran cantar!

Entre los poetas míos

tiene Manrique un altar.

Dulce goce de vivir:

mala ciencia del pasar,

ciego huir a la mar.

Tras el pavor del morir

está el placer de llegar.

¡Gran placer!

Mas ¿y el horror de volver?

¡Gran pesar!

LX

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que una fontana fluía

dentro de mi corazón.

Dí, ¿por qué acequia escondida,

agua, vienes hasta mí,

manantial de nueva vida

en donde nunca bebí.

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que una colmena tenía

dentro de mi corazón;

y las doradas abejas

iban fabricando en él,

con las amarguras viejas

blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que un ardiente sol lucía

dentro de mi corazón.

Era ardiente porque daba

calores de rojo hogar,

y era sol porque alumbraba

y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía

soñé ¡bendita ilusión!

que era Dios lo que tenía

dentro de mi corazón.

LXI

Poesías completas · 第 1 / 7 段