A MARIANO SILVA

Cuando el Duque de Ayamonte me nombró bibliotecario y archivero de

su ilustre casa, creí que mi vida iba a deslizarse tranquilamente en

los bajos de su palacio de Madrid; y hasta ví en lontananza la

publicación de varios trabajos de índole histórica, que desde hacía

muchos años codiciaba, y los cuales, sin embargo, permanecen

inéditos, su mayor parte todavía dentro de mi tintero. Todo lo

contrario de lo que yo esperaba, el magnate resultó ser un

investigador incansable, y mientras él dedicaba largas horas a

explorar en los archivos de la Corte, me enviaba a menudo en busca

de documentos a Provincias.

Así fué que en el verano pasado dí con mis cansados huesos en la

histórica y hoy muerta ciudad de Alcalá del Río, en lugar de

marcharme, como hubiera deseado, a veranear a la costa. Estaba yo en

vísperas de contraer matrimonio, y aunque el sueldo que disfrutaba

no era corto, no desperdiciaba medio alguno de hacer economías. Por

lo tanto no quise alojarme en el principal hotel de la localidad,

que a pesar de ser malo era caro, sino que busqué más modesta

vivienda. Después de recorrer varias fondas, decidí aceptar la

habitación que en su casa me brindaba cierta viuda, mediante muy

reducido estipendio. Era una pieza humildísima, sin duda alguna,

pero limpia como una patena, y lo que más me atrajo fue el risueño

aspecto de su balcón. Como soy ignorante en botánica, no podré decir

con exactitud qué plantas eran las que tan profusamente lo

adornaban, pero me parece que las que crecían en el viejo bote de

petróleo eran azáleas, y estoy seguro que había hortensias en una

barrica, geránios en varios cacharros desportillados, y

«no-me-olvides» en una lata de sardinas. Desde el interior del

cuarto, sólo se veía el muro de la torre de la Catedral, pues la

calle que mediaba era sumamente estrecha; pero cuando me asomé al

balcón, grata fué mi sorpresa al hallar que había delante del famoso

templo una plazoleta con árboles, y que como aquella era la parte

más alta de la ciudad, dominaba la vista las extensas y pintorescas

vegas del contorno.

Nunca he dormido tan bien como la primera noche que pasé en aquella

modesta alcoba. A pesar de haber dejado abierta la ventana, pues lo

permitía la temperatura, no sufrí ruido molesto de ninguna especie.

Al contrario, creo que me arrulló suavemente el constante y sonoro

toque de campanas.

Desperté temprano, como es mi costumbre, y desde el lecho empecé a

admirar de nuevo el grato aspecto de mi balcón florido: las

hortensias, con sus esferas de azul y rosa; las azáleas y geránios,

con sus variados tonos de rojo y blanco; mas ¿qué era esa flor

maravillosa, en el centro de todas, en la cual no había yo reparado

la víspera?

Salté del lecho, y ví con sorpresa que no era flor alguna, sino un

pájaro que se posaba en el barandal del balcón. Me acerqué con

grandísima cautela, por miedo de auyentarlo. Al principio lo tomé

por un loro, pero enseguida comprendí que era de mayor tamaño. No

intentaré describir su maravilloso plumaje, porque no podría

hacerlo. Sólo diré que me hizo la impresión de una joya inmensa,

esmaltada con los colores más vivos que puedan imaginarse: verde,

azul, rojo, amarillo....

No sé cuanto tiempo permanecí asombrado. Sólo sé que repentinamente

experimenté una sensación extraña, una codicia exagerada de poseer

tan exótica ave. Sentí lo que debe sentir el ladrón cuando se

propone apoderarse de lo ajeno, y me dí plena cuenta, en aquellos

instantes, de que cometería cualquier crimen, con tal de hacerme con

ese pájaro de rico plumaje. Largo espacio de tiempo permanecí

inmóvil, pensando en la mejor manera de llevar a cabo mi intento. El

ave movía ligeramente las alas, que brillaban fantásticamente como

abanicos de esmeraldas; y con la certeza de que no podría yo asirla

viva, decidí darle muerte. Con la mayor cautela, tomé un grueso

bastón que solía acompañarme en mis viajes, y conteniendo la

respiración y avanzando unos pasos, le asesté tremendo golpe sobre

el ala izquierda, que sonó seco y lastimero contra el barandal de

hierro. Cayó el pájaro a la calle y yo, por lo pronto, no me atreví

a asomarme, temiendo que algún transeunte fuese testigo de mi acción

nefanda. Un escalofrío recorrió mi cuerpo; me sentí culpable y

avergonzado, como debió sentirse el viejo marinero del poema cuando

dió muerte al albatros con su ballesta.

Por fin me asomé. Ni el pájaro yacía en la casi desierta calle ni

advertí trazas de sangre en el barandal de la ventana. A poco tuve

todo aquello por una alucinación y quedé desconcertado. ¿Sería un

preludio de locura?

* * * * *

No pude encontrar en el Archivo de Protocolos de Alcalá del Río los

documentos que el Duque de Ayamonte necesitaba, y el encargado de

aquella oficina me indicó que quizá obrarían en el de la Catedral.

Provisto de una carta de presentación para el Deán, me encaminé al

famoso edificio, y desde el momento que penetré en él, olvidé por

completo la misión que me llevaba allí. Del Presbiterio al Coro, y

de capilla en capilla, fuí recorriendo el templo y admirando las

múltiples bellezas que encierra. Como acontece siempre en los

recintos históricos, varios guías se ofrecieron a acompañarme, pero

yo los rechacé a todos, deseando saborear a solas tanta obra

de arte.

Repentinamente oí una exclamación de sorpresa y, volviendo el

rostro, me encontré cara a cara con el Padre Montero, mi antiguo

condiscípulo, a quien no había visto en cinco años. Fungía de

Sacristán mayor de la Catedral y llevaba un manojo de enormes

llaves, pues era hora de cerrar el templo, para volver a abrirlo a

las tres de la tarde. Inútil me parece relatar el gusto que me dió

volver a ver a tan buen amigo mío. Convidóme a almorzar y prometió

enseñarme él mismo, después, las mil maravillas que poseía aquel

cabildo y que raras veces se exponían al público.

Sonaban las tres, cuando el Padre Montero y yo, empezamos a recorrer

el salón de cabildos, las sacristías mayor y menor, la clavería, el

camarín de Nuestra Señora de las Rosas, el vestuario y demás

dependencias. Sólo con enumerar las múltiples bellezas que me mostró

se llenaría un volumen; y cuando creí que había terminado mi visita,

me anunció con cierta satisfacción:

--Te falta ver lo principal: el tesoro.

Ante una puerta de roble con remaches de hierro, que al principio

creí daría acceso a la escalera de la torre, un canónigo nos

esperaba rezando su oficio. Hechas las presentaciones del caso, el

Tesorero abrió la pesada puerta de madera, y apareció otra, moderna,

semejante a la de una caja fuerte. La abrió a su vez, y en seguida

una fuerte reja, que todavía impedía el paso. Pero ni ese aparato de

seguridad haría sospechar la riqueza que en aquel aposento se

guardaba. Más de una hora permanecimos admirando custodias, cálices,

atriles, estatuas y toda clase de joyas, cuyo interés acrecentaban

los eruditos informes del canónigo. Súbitamente, dejé escapar un

grito de sorpresa. ¡Allí, delante de mis ojos, encerrado dentro de

una vitrina y posado dentro de una peaña de oro, se hallaba un

pájaro idéntico a mi visitante de aquella mañana! Estaba cuajado de

esmeraldas, rubíes, diamantes, en fin, de la más rica pedrería que

pueda imaginarse; y labrado todo con tal arte, que a primera vista

parecía estar vivo.

Comprendo su emoción, dijo el canónigo. Está reputada esta joya como

una de las más notables de que hay noticia. Con decir a usted

que el Museo Británico ha ofrecido millones,--así como suena,

millones,--por ella, se dará usted cuenta de su alto mérito

artístico y valor intrínseco. Pero el Cabildo antes enagenaría todo

lo que hemos visto que deshacerse de esta incomparable joya. Fué en

un tiempo el adorno principal del templo mayor de los aztecas; uno

de los conquistadores de México lo arrancó del altar mismo del

famoso _Huichilobos_, y lo trajo a Carlos V, quien lo donó a esta

Santa Iglesia.

Viendo que permanecía yo estupefacto, quiso que mi admiración fuese

mayor, y abrió la vitrina para que examinara a mis anchas aquel

portento de orfebrería. Tomó la joya en sus manos, y al acercarla a

la luz, para mejor mostrármela, exhaló una exclamación de espanto.

--¡Dios me valga! ¿Qué es esto?

¡El papagayo estaba lastimosamente maltratado en el ala izquierda,

como si hubiese sido golpeado con un martillo! Imagínese la

consternación del canónigo y del sacristán mayor. En cuanto a mí,

sentí como si fuera el autor de aquel atentado y temí que lo

revelara mi semblante. Pero mis compañeros estaban demasiado

ocupados en examinar el desperfecto, para fijarse en mi persona.

--¿Cómo ha podido ser esto? ¿Quién pudo llegar hasta aquí y cometer

tan audaz sacrilegio? Exclamaban ambos admirados.

El Tesorero ordenó al Padre Montero que avisase al Deán, y la nueva

corrió rápidamente, pues a los pocos momentos acudieron varios

canónigos y prebendados, quienes anunciaron que Su Eminencia en

persona iría a comprobar con sus propios ojos el inexplicable y

audaz atentado.

* * * * *

Mientras se daban los pasos oportunos para descubrir al autor del

delito, dispuso el Cardenal Arzobispo de Alcalá del Río que la

maltratada joya fuera guardada dentro de un cofre fuerte que había

en el Tesoro, y que hasta nueva orden se suspendiesen las visitas

del público.

Oprimido por la vergüenza y el temor, me despedí del Padre Montero,

y olvidando por completo la búsqueda de documentos que a la Catedral

me había llevado, dirigí mis pasos lentamente hacia mi alojamiento.

Renuncio a describir mi estado de ánimo durante el resto de aquel

día. Quise rechazar mi constante preocupación por medio de la

lectura, pero dió la casualidad que la única obra que había llevado

conmigo era la Historia de Bernal Díaz del Castillo, y ella, lejos

de proporcionarme distracción, daba rienda suelta a los más extraños

pensamientos. Dejé el libro y salí a pasear por las vegas, hasta el

anochecer. Cuando regresé a mi alcoba me sentí calenturiento y me

metí entre sábanas; pero sólo logré conciliar intranquilo y mil

veces interrumpido sueño. Recuerdo que aquella noche fuí testigo de

los episodios más sangrientos de la conquista de México. Los

sacerdotes aztecas abrían el pecho de sus víctimas y arrancábanles

el corazón, palpitante aún, para ofrecerlo al terrible Huichilobos,

que presidía el Cu mayor... Constantemente se oía el rumor de la

pelea y arroyos de sangre por todos lados me cercaban... Retumbó en

mis oídos el «triste sonido» del tambor que, según Bernal Díaz,

podía oírse a dos leguas de distancia, y desperté excitado. La

Campana mayor de la Catedral sonaba lúgubremente.

* * * * *

Con la codiciada aurora, recobré la tranquilidad de espíritu.

Trabajé todo el día en el archivo del Cabildo, en donde pude hallar

los documentos que buscaba, y hasta llegué a olvidar los extraños

sucesos de la víspera.

Pero al llegar a mi habitación en la tarde, encontré que me

aguardaba allí el Padre Montero. Al verlo me sentí de nuevo

avergonzado y culpable.

--¡Hola! Dije, procurando demostrar completa tranquilidad. ¡Cuánto

gusto de verte! ¿Quieres que demos un paseo por las márgenes del

río, antes de que llegue la noche?

--Rafael, exclamó, sin hacer caso de mi pregunta. ¿Te acuerdas del

papagayo de Huichilobos que viste ayer?

--Sí, dije casi como un reto. ¿Se descubrió ya el autor del

atentado?

--Eso no sería fácil en tan corto espacio de tiempo. Lo que quiero

contarte, puesto que confío en tu discreción, es lo siguiente: Has

de saber que Su Eminencia, que es hombre activo, envió ayer mismo un

mensaje a la Corte, para que viniese en seguida uno de los mejores

joyeros y restaurase cuanto antes el desperfecto causado al

papagayo. Llegó en el tren del medio día y el Deán, el Tesorero y yo

hemos ido esta tarde a recoger la joya para entregársela; pero,

calcula ¡cuál sería nuestra sorpresa, al abrir el cofre y ver que el

papagayo ha desaparecido! Cómo ha podido llegar hasta allí el

ladrón, nadie ha podido explicárselo.

Instintivamente nos habíamos acercado a la ventana, pues la puesta

de sol prometía ser hermosísima aquella tarde. Las gárgolas y demás

partes salientes de la enorme catedral tenían ya perfiles de fuego,

y las copas de los árboles de la plazoleta y hasta las hortensias de

mi balcón empezaban a teñirse de carmín.

Súbitamente, mi compañero dió un grito de sorpresa. Dirigiendo la

mirada hacia el lugar que febrilmente señalaba, ví al Papagayo de

Huichilobos, a poca distancia de nosotros, posado sobre un saliente

de la torre.

--¡Es idéntico! exclamó.

--No, dije con bastante calma. Es el mismo. Está vivo, pero tiene

rota el ala izquierda. Yo mismo se la he roto.

El Padre Montero me miró con extrañeza y ví que sus trémulos labios

iban a formular una pregunta; pero en ese momento el ave movió las

alas, que brillaron a la luz del ocaso, como si cayera una cascada

de gemas dentro de una hoguera, y tendió el vuelo en dirección

nuestra. Vino a posarse de nuevo sobre el barandal del balcón. ¡Sí,

estaba allí el Papagayo de Huichilobos, al alcance de nuestras

manos, y no osábamos tocarlo! Contuvimos la respiración y no nos

movimos durante largo espacio de tiempo, fascinados por el

inesperado suceso.

Con no sé qué supremo esfuerzo de la voluntad, el Padre Montero

súbitamente procuró apresarlo. Pero el ave se le escapó de entre las

manos, y tendió el vuelo hacia el Occidente. Yo quedé extasiado,

viendo al pájaro alejarse por los aires, lenta y majestuosamente,

hasta convertirse en minúsculo punto de luz, hasta perderse en

lontananza como si se hundiera con el sol en el horizonte.

Al volver el rostro, advertí que el Padre Montero permanecía inmóvil

con la mirada fija en la abierta palma de su mano. En ella brillaban

cuatro esmeraldas y tres rubíes de gran tamaño.

La Puerta de Bronce y Otros Cuentos · 第 20 / 21 题