Fray Baltasar estaba perplejo ante su pupitre, en el _scriptorium_
del monasterio. Hora tras hora, había querido reproducir sobre el
estirado trozo de vitela que tenía delante, aquellas iluminaciones
que adornaban sus breviarios y misales y le proporcionaran renombre
artístico. No hacía un año que terminara un _Libro de horas_ para la
Reina de Francia, que fué asombro de aquella Corte, y ahora, ¡no
podía trazar la más insignificante florecilla! ¡El, que había
logrado pintar dentro de la inicial de _Stabat Mater_ el rostro de
la Madre de Dios, con tanto primor y arte, que se veían rodar las
lágrimas por las mejillas de la Dolorosa! ¡El, que había orlado los
versículos del _Magníficat_ con follajes y roleos inconcebiblemente
diminutos!
Una y mil veces ensayó de nuevo, mas nada pudo lograr. Con un hondo
suspiro, se dispuso a guardar sus péñolas, pinturas y pinceles, y en
ese momento oyó la campana que llamaba a maitines.
--¡Seis horas sin lograr nada, pensó. Dios me perdone esta pérdida
de tiempo!
Se encaminó al coro lentamente, pensando sin cesar en su facultad
perdida. Entonaron los frailes los suaves cánticos rituales; nubes
de incienso se difundieron por las naves del templo; pero aunque
Fray Baltasar quiso concentrar su atención en el oficio, volaba su
imaginación y sentía grande angustia al pensar que su arte, tan
maravilloso que asombraba al mundo, había desaparecido, quizá
para siempre.
Terminó el oficio, y los frailes lenta y silenciosamente abandonaron
el coro y atravesaron como sombras los vetustos claustros, para
internarse en sus celdas, a descansar breves momentos. Fray
Baltasar, cabizbajo, penetró en su retiro y se recostó en la dura
tarima que le servía de lecho; la fatiga y la tristeza pesaron sobre
sus párpados y el sueño le proporcionó momentáneo alivio.
Pero pronto despertó con estremecimiento, y creyó oír una voz que
decía:
--¡Alabado seas, Señor, por nuestra hermana la luna y las estrellas,
que en el cielo has formado claras, bellas y preciosas!
El fraile se levantó de su duro lecho y se puso en oración, hasta
que, a través de la ventanilla de su pobre celda, vió palidecer la
luna y las estrellas.
El día siguiente cumplió sus deberes con la mayor exactitud, pero el
hermano Gilberto, el novicio, notó la tristeza de su rostro, y el
prior lo miró a menudo en el refectorio.
Cuando se halló, por fin, en la soledad del _Scriptorium_, tomó los
pinceles con mano trémula y, sobre el estirado trozo de vitela,
quiso reproducir una vez más las iluminaciones del misal del
monasterio y del Libro de horas de la Reina de Francia; mas nada
pudo lograr. Sus dibujos parecían los dibujos de un niño.
Dejó caer los pinceles, y reclinando su tonsurada cabeza sobre los
brazos, empezó a sollozar amargamente. Sus lágrimas cayeron sobre el
pergamino, manchándolo lastimosamente y haciendo más borrones en sus
malogrados dibujos.
¡Cuántos días pasó Fray Baltasar en aquel amargo estado de ánimo!
¡Cuántas noches sin pegar los ojos! Los diarios quehaceres de la
vida conventual no pudieron hacerlo olvidar su pena: ni los
versículos de los Salmos ni las oraciones del Oficio. Un día se
encaminó a un prado, cercano al monasterio, en el cual crecía gran
número de flores de diversas especies, y estas quizás, le recordaron
las que tantas veces había trazado, idealizadas, en breviarios y
misales, pues nuevas lágrimas de dolor nublaron sus ojos. Largo
tiempo estuvo Fray Baltasar entregado a su honda pena y olvidado por
completo de la regla monacal; de pronto, suave claridad pareció
iluminar su mente, y postrándose de hinojos exclamó:
--¡Oh, raza pigmea y miserable de mortales! ¿No has comprendido,
pecador Baltasar, que si Dios te ha privado de tu arte, ha sido
únicamente porque te recreabas en admirar tu obra y enorgullecerte
de ella? ¡Oh, vanidad de vanidades!
Después de haber cumplido la penitencia que el prior le impusiera
por haber quebrantado la regla, penetró en su celda, para probar
ligero descanso. Al poco tiempo, tocaron a maitines, y el fraile
quiso levantarse de su duro lecho, mas se nubló su vista, y sintió
desfallecer... Y su vida fué apagándose lentamente....
Mientras los frailes daban sepultura al cadáver de Baltasar en la
cripta del monasterio, el prior se encaminó al _scriptorium_, para
recoger la obra del iluminador, suponiéndola no terminada. Pero
halló la foja de pergamino orlada de exquisita y delicada labor, la
más maravillosa, sin duda alguna, que trazaron los pinceles de
Fray Baltasar.