Comprendo que ustedes los reporteros tengan deberes para con sus
lectores y que, por lo tanto anden siempre a caza de noticias; pero,
como soy enemigo de repeticiones, quiero que el diario que usted
representa, por ser el de mayor importancia en el país, sea mi único
portavoz en este asunto. Dentro de diez minutos llegará mi mujer;
mientras tanto, pues, le suplico que escuche con atención y escriba
a mi dictado. Yo le daré todos los pormenores del caso, que como
verá, es cosa bien sencilla.
Empezaré por decirle que contaba yo muy pocos años de edad, cuando
murió mi padre, legándome una fortuna cuantiosa. Pero como el ocio
nunca entró en mis cálculos, decidí estudiar una carrera, y elegí la
carrera de médico-cirujano. Aquí, entre nos, le confesaré que
siempre he considerado la medicina como la carabina de Ambrosio,
pero la cirugía,--¡ah! eso es otra cosa. Por medio de la cirugía
pueden curarse radicalmente todas las dolencias de la humanidad, y
no está lejano el día en que hasta la misma muerte pueda evitarse
por su medio.
Mis profesores se quedaron asombrados de la extraordinaria pericia
que adquirí desde un principio: el bisturí en mis manos era como el
pincel en las de un artista. Cada corte mío era una maravilla de
precisión y de arte, sí señor, de arte. Gané los primeros premios en
la Academia, y cuando se me expidió el título de Cirujano, se hizo
constar en él que jamás se habían obtenido calificaciones más altas.
La primera operación de importancia que ejecuté, después de haber
sido recibido, fué la amputación de ambas manos del célebre pianista
Gerosltein. Por supuesto que era absolutamente innecesario que dicho
señor perdiera las dos manos, pero como no me gustaba nada su manera
de interpretar Beethoven, decidí cortar el mal de raíz; y perdóneme
esta ligera _plaisanterie_.
Por aquel tiempo conocí a Matilde. No recuerdo si fué en un baile en
el palacio de la Princesa Dorodinski, o si fué en las carreras de
caballos. Pero sí tengo muy presente que desde el primer momento que
la ví, comprendí que era la mujer más hermosa que ha habido en el
mundo, y por lo tanto, que tenía que ser mi esposa. Yo era entonces
excesivamente romántico; no le llamará la atención saber que toda mi
corte fué hecha a la luz de la luna. La orquesta del Conservatorio
tocaba todas las noches música selecta debajo de su ventana, y hasta
llegué a pagar a un poeta de fama para que le escribiera madrigales,
que yo firmaba.
Para no hacer largo este relato, le diré que mientras se llevaban a
cabo los preparativos de nuestra boda, Matilde no hacía más que
llorar, llorar... Lloraba de amor por mí, según me aseguró su
madre... Matilde, he dicho, es y será la mujer más hermosa de la
tierra. Pero, amigo mío, bien dice el refrán que no hay dicha
completa en este mundo. Poco tiempo después de nuestro matrimonio,
una terrible sospecha empezó a martirizarme. Matilde fué desde un
principio una esposa modelo; pero los besos apasionados que yo le
daba jamás eran correspondidos; jamás posaba su mirada sobre mí con
cariño, y todos los pequeños sacrificios que por ella hacía ni
siquiera eran notados, mucho menos agradecidos... En fin, llegó el
día amargo en que la sospecha se tornó en certeza. Con pretexto de
sentirme cansado y apoyar mi cabeza sobre su pecho, hice el terrible
descubrimiento de que Matilde, la mujer más hermosa de la tierra,
_no tenía corazón_. Mucho tiempo permanecí anonadado; pero
súbitamente un rayo de luz iluminó mi mente.
Casi todos los días acudía yo al anfiteatro de la Academia y
presenciaba los cursos. Recordé que en la mañana de aquel día, se
había recogido en la calle el cadáver de una joven del bajo pueblo
que había sido atropellada por un tranvía. Tendría la misma edad,
más o menos, que Matilde.
Eran las diez de la noche, cuando me presenté al conserje de la
Academia y le pedí las llaves del anfiteatro para recojer unos
instrumentos que había yo dejado olvidados. El conserje me las
franqueó en seguida y hasta ofreció acompañarme, pero yo le dispensé
esa molestia, y penetré solo en el salón. Un cuarto de hora después,
salía de allí llevando en la mano un estuche que mostré al conserje,
para que viera que efectivamente era de mi propiedad, y en el fondo
de la bolsa de mi abrigo un bulto pequeñísimo, envuelto en gasa. Eso
naturalmente no lo vió el buen hombre.
Matilde estaba ya en su lecho, cuando fuí a darle las buenas noches.
Noté que se estremeció un poco al verme entrar en su alcoba; pero yo
la tranquilicé con una sonrisa, y me acerqué a besar su casta
frente. Todo lo tenía yo hábilmente preparado, y fué cuestión de
medio segundo aplicarle el cloroformo y adormecerla. Una vez logrado
esto, pude proseguir mi tarea con toda calma. En realidad, la
operación fué sencillísima: se redujo a abrirle el pecho y colocar
en el sitio correspondiente el corazón de la joven. Y aquí debo
consignar una cosa extraordinaria. Apenas había yo comenzado la
operación, cuando aparecieron sobre las sábanas dos o tres rosas
rojas, que fueron multiplicándose, hasta cubrir casi todo el lecho.
El éxito de la operación, no por previsto dejó de satisfacerme; al
contrario, con el mayor gusto del mundo, me senté al lado de mi
mujer esperando que despertara de su sueño. Su nuevo corazón latía
tan regularmente, que cualquiera hubiera creído que era el tic-tac
del reloj que se hallaba sobre la mesa de noche... Hasta mucho
después del amanecer permanecí allí, admirando la peregrina belleza
de mi mujer, que se destacaba espléndidamente sobre su lecho de
rosas rojas.
No sé qué hora sería, cuando entró la doncella en la alcoba. Como es
una mujer muy lista, en seguida comprendió el prodigio y salió de la
estancia dando gritos de admiración. Pocos momentos después,
llegaron los hermanos de Matilde y muchas otras personas. Por más
que hice para hacerlos comprender que la operación que había yo
llevado a cabo era en realidad muy sencilla, se obstinaron en
traerme, casi a la fuerza, a este palacio, en donde tienen su morada
los hombres más eminentes de la tierra... En efecto, vea usted:
aquel caballero del sombrero alto y la corbata amarilla es el Gran
Khan de la China; el otro, que se pasea con las manos detrás de la
espalda, es López, el famoso ingeniero López, quien logró construir
el puente entre la tierra y el sol, obra reputada durante mucho
tiempo como impracticable. El que está leyendo el periódico y tiene
los zapatos rotos es el Emperador y Autócrata de todas las Américas,
y aquel anciano a su lado que se mece la barba,--ese es, !ah! no me
atrevo a decir a usted quién es. Pero me ha prometido que en cuanto
llegue mi mujer y se arroje en mis brazos, formidable estruendo
rasgará las nubes, y una bandada de alados serafines bajará para
llevarnos, a Matilde y a mí, al paraíso.