A JESUS REYES FERREIRA

Las trémulas llamaradas, que el fuego de la chimenea despedía,

hacían oscilar fantásticamente, sobre las paredes del aposento, la

sombra del viejo don Alejandro. Arrebujado éste en un sillón, al

lado del ancho hogar, procuraba calentar su cuerpo, entumecido, no

tanto por el mal tiempo que a la sazón hacía, cuanto por los años y

penas que sobre él pesaban. Pero, a pesar de su proximidad al fuego,

sentía frío.

¡Cuántas noches pasara largas horas en el mismo sitio, fija la

mirada en la rojiza lumbre! A veces, los encendidos leños asumían

formas que su imaginación trocaba en personas y sucedidos reales, y

de esa manera convertía aquel hogar en escenario, en el cual se

representaba a menudo el tétrico drama de su vida.

El primer acto, por decirlo así, era de escaso interés. Después de

sus primeros años, pasados al lado de su madre, veía su vida de

colegio, vida triste y sin amigos, que tanto influyó sobre su

carácter, haciéndolo huraño y retraído.

Empezaba el segundo acto con un cuadro pavoroso. Sobre el lecho de

muerte yacía su madre, el único ser de él querido, y al lado, de

pie, contemplábala un hombre severo, casi repugnante: su padre.

Sucedíanse los demás actos del drama con toda fidelidad. Don

Alejandro recorría las principales capitales del mundo, en busca de

distracción; pero todos huían de él, como si fuese un ser infecto:

con lo cual se agriaba su carácter más y más. Cuando volvía a su

casa, encontraba que su padre se moría. Sin sentir dolor alguno,

veía cómo se apagaba la existencia del autor de sus días. El médico

indicaba que no había más recurso... Llegaba el sacerdote, pero el

moribundo sólo lograba enunciar, con gran dificultad, las palabras:

--¡El cofre...!

El salón en que se hallaba don Alejandro guardaba muchas obras de

arte y objetos antiguos. Entre ellos, en un rincón del aposento, se

hallaba un gran cofre de hierro, cubierto, casi en su totalidad, con

clavos y remaches de bronce. Este era, sin duda alguna, el cofre al

cual el moribundo había querido referirse, pero la llave no había

podido encontrarse y el secreto, si secreto había en él,

permanecía ignorado.

Por milésima vez, don Alejandro dirigió la mirada hacia el ángulo de

la estancia, y se extremeció al ver que el cofre se hallaba abierto.

La pesada tapa descansaba contra el muro, dejando ver el vetusto y

complicado mecanismo de su cerradura.

Mucho tiempo permaneció el anciano sin poder apartar de aquel sitio

los espantados ojos. Por fin, haciendo un supremo esfuerzo, abandonó

su sitial al lado de la chimenea, y con una sensación de espanto, se

dirigió hacia el cofre. Al principio nada pudo distinguir en el

interior, pero pocos momentos después, vió un rectángulo amarillento

que yacía en el fondo. Hincóse de rodillas y con mano trémula

extrajo aquel objeto. Era un sobre, manchado por el transcurso del

tiempo, sin rótulo de ninguna especie.

Repentino y formidable estrépito hízole volver el rostro

amedrentado, y vió que la tapa del cofre había caido en su sitio,

cerrándolo de nuevo.

Volvió al lado del hogar, para leer el contenido del sobre: pero sus

manos estaban de tal manera temblorosas, que no pudo verificarlo.

Después de algunos instantes, logró conquistar relativa

tranquilidad; abrió la cubierta y con ojos de terror, extrajo el

pliego que contenía. Pero le daba vueltas la cabeza, y tuvo que

apoyarse en la butaca para no caer al suelo. Fijó de nuevo la vista

en el fuego del hogar, y vió claramente la pavorosa escena de la

muerte de su madre. Anonadado, miró el anciano furtivamente a su

alrededor, temiendo ser observado, y decidió hacer un esfuerzo para

leer el pliego; pero el papel se escapó de sus temblorosas manos y

cayó entre las llamas que lo consumieron vorazmente.

Don Alejandro miró hacia el rincón en donde estaba el cerrado cofre

y se acercó más aún a la chimenea, pero, a pesar de su proximidad al

fuego sentía frío.

La Puerta de Bronce y Otros Cuentos · 第 8 / 21 题