A AGUSTIN BASAVE.

El Padre Ministro de la Casa de Novicios de la Compañía de Jesús en

Espadal era pequeñín, de rostro colorado, cabello blanco y expresión

risueña. Decíase que en su juventud tuvo trato con las Musas, pero

si tal fué el caso, ningún resabio de ello adivinábase en el Padre

Hurtado. El Padre Ministro, varón santo si los hay, era ante todo un

hombre práctico; pruebas de serlo dió en mil ocasiones, al grado de

hacerse esta cualidad suya proverbial, no sólo entre la comunidad,

sino en toda la comarca. Inútil nos parece decir que aquel

establecimiento marchaba admirablemente, como cuadraba a la gran

Institución de que formaba parte.

Una alegre mañana de junio, en que el Padre Ministro comprobaba con

satisfacción que el consumo de patatas en el mes pasado había sido

mucho menor que el del correspondiente del año anterior, un leve

toque en su puerta vino a interrumpir su tarea.

--¡Adelante! exclamó.

El Hermano Fuente dió vuelta al picaporte y dijo:

--Padre Ministro; un hombre desea hablarle.

El Padre Hurtado, enemigo de antesalas, frunció ligeramente el

entrecejo, pero contestó;

--Que pase.

Pocos momentos después, se presentaba un individuo, cuya descripción

es ocioso hacer, pues era como miles otros: de cuarenta años, poco

más o menos, sano al parecer, y pobre, puesto que el dinero, según

reza el refrán, no puede estar disimulado.

--Buenos días, Padre.

--Buenos nos los dé Dios. ¿Qué se ofrece?

Padre Hurtado, vengo a ver a usted porque me encuentro en situación

difícil. No tengo qué comer. Desde que paró la fábrica....

--Si os metéis en huelgas, interrumpió el religioso.

--No podía yo nada en contra, y tuve que hacer lo que todos los

compañeros. El caso es que el trabajo no se reanuda ni lleva trazas

de serlo. Me muero de hambre, y aunque a Dios gracias, no tengo

nadie que dependa de mí, necesito trabajar. Conozco algo de

jardinería....

--Amigo, dijo el Padre Hurtado, en esta casa no tenemos jardín.

--He trabajado como albañil.

--En esta casa, gracias a Dios, no hay reparaciones ni obras que

hacer por el momento.

--Padre, yo le ruego, yo le suplico que me proporcione algo. Usted

que es un hombre tan práctico....

Hay que advertir que todo este tiempo, el Padre Hurtado casi no

había reparado en su interlocutor, pues mientras sostenía el

diálogo, seguía haciendo números; pero al notar un leve acento de

amargura o de reproche en la última frase del obrero, alzó la vista

y lo miró fijamente por algunos instantes.

--Repito, prosiguió, que no tengo trabajo que proporcionarle en esta

casa. Pero si quiere usted acudir a nuestro Colegio en Carrión de la

Vega, estoy seguro que su Rector, el Padre Rodríguez, le dará todo

lo que le haga falta.

--Padre, mil gracias, replicó el hombre. He confesado y comulgado

esta mañana, y estaba seguro que usted me sacaría de apuros. Juan

González le será siempre agradecido. ¿Quisiera usted darme, Padre

Ministro, una carta o papel de recomendación?

El Padre Hurtado tomó una cuartilla, la partió cuidadosamente en

dos, guardando una mitad para uso futuro, y trazó en el papel breves

renglones. La metió dentro de un sobre, lo cerró y dirigió, y lo

entregó a Juan González.

Despidióse éste, y al abrir la puerta para marcharse, lo detuvo el

Padre Hurtado diciéndole:

--Espere un momento, hermano.

Abandonó su escritorio, mojó dos dedos en una pila de agua bendita

que colgaba en la pared, y tocó con ellos la mano del obrero,

diciéndole cariñosamente;

--¡Vaya con Dios!

El Rector de Carrión de la Vega abrió cuidadosamente el sobre que

acababa de entregarle el portero, y extrajo la misiva del Padre

Hurtado; la leyó, y sin alzar la cabeza, miró al Hermano por encima

de sus espejuelos.

--No entiendo esto, dijo. ¿Quién ha traído este papel?

--Un hombre a quien no conozco. Parece obrero.

--¿No trae ningún mensaje de palabra?

--Nada me ha dicho, Padre.

--¿En dónde está este hombre?

--Espera en la portería.

--Voy a verle.

Ligeramente contrariado, el corpulento Padre Rodríguez se levantó

trabajosamente de su asiento, no sin dirigir la mirada al cúmulo de

cartas que había sobre el escritorio esperando contestación, y se

encaminó a la portería.

--Buenas tardes.

--Buenas tardes, Padre, contestó Juan González, con el rostro

iluminado por la esperanza.

--¿Usted ha traído este billete del Padre Hurtado?

-Sí, Señor.

--Y ¿nada le indicó que me dijera de palabra?

--Nada, Padre.

--Es raro. Haga favor de esperar un momento.

El Rector estaba sorprendido. Que un hombre como el Padre Hurtado

hubiera escrito esas cuantas palabras, tan faltas de sentido común,

era un absurdo. En las galerías immediatas a la portería encontró al

Padre Procurador y al Primer Prefecto, quienes, al ver a su

superior, levantaron sus birretes respetuosamente.

--El Padre Hurtado se ha vuelto loco, dijo el Rector sin más

preámbulo.

--¡Imposible! exclamaron a un tiempo los otros dos.

--Entónces, ¿cómo explican ustedes que me envíe este billete?

preguntó, y alargó el papel al Prefecto, quien leyó en voz alta los

siguientes renglones:

--"Estimado Padre Rodríguez: Le ruego se sirva dar cristiana

sepultura al portador de la presente. Su afmo. Hermano en Xto.

_Alonso Hurtado, S.J._"

Hubo un silencio. El Padre Ministro de Espadal, tenido por el hombre

más cuerdo de la Provincia no podía haber escrito esas palabras.

Instintivamente, los tres religiosos se dirigieron a la portería

para interrogar a Juan González, seguros de que se trataba de

una broma.

Pero Juan González, yacía en el suelo, boca arriba, con los ojos muy

abiertos. Dos hilos de sangre negra manchaban su labio superior, y

tenía la mano izquierda crispada contra el pecho.

La Puerta de Bronce y Otros Cuentos · 第 2 / 21 题