TROPIEZO DE NUEVO CON EL MALAGUEÑO

El escándalo fue grave y tuvo en Sevilla, con ser gran población, mucha

resonancia. Los periódicos se apoderaron de él e hicieron comentarios

nada halagüeños para la familia de Gloria. El conde dirigió una carta a

su prima, donde cortés, pero enérgicamente, le manifestó que su sobrina

no saldría de su casa sino para el altar, y aconsejándole que

desistiera, por el buen nombre de ella y de la familia, de querer forzar

la voluntad de la joven. No sé si a influjo de esta carta o por temor o

vergüenza, doña Tula no dio un paso para reclamar a su hija. El odioso

enano, su director, tampoco.

Comenzaron para mí días venturosos. El palacio de Padul se me abría a

todas horas y siempre hallaba en él grato recibimiento. Se me

consideraba ya como de la familia. Por las tardes, después de almorzar,

me iba allá, y sentado o montado en una silla (que a tanto llegaba mi

confianza), las veía coser o bordar y bromeábamos con alegría. Gloria,

que se había puesto de un humor delicioso y hasta creo que engordó en

pocos días, gozaba en hacer jugarretas a todo el mundo, pero muy

particularmente a mí. La casa, un poco sombría por el abandono del

conde, el humor tétrico de la tía Etelvina y el carácter débil de

Isabel, había cambiado notablemente de aspecto. Estaba ahora riente,

sonora, gozosa, merced al ambiente de franqueza y alegría que mi adorada

esparcía en torno suyo. El conde paraba más tiempo en casa. La tía

Etelvina, que acostumbraba pasar el día encerrada en su habitación,

buscaba ahora la compañía de las jóvenes, y a menudo su rostro de

piedra se contraía con una sonrisa al escuchar las salidas de la

huéspeda. Hasta los criados servían con más agrado y eran más locuaces.

No dejaba de sorprenderme, sin embargo, aquella alegría y aturdimiento

de Gloria. Parecíame que después de las tristes ocurrencias pasadas, en

guerra abierta con su madre, con las miradas de la población fijas en

ella, debía mostrar más reserva y circunspección. Asaltábanme tristes

sospechas respecto a su carácter, y, reconociendo su irresistible

atractivo, acusábala interiormente de frívola y ligera. Estas dudas me

atormentaban, porque, al fin, pretendía hacerla mi esposa. Toda mi

felicidad podía venir a tierra si a mi esposa le faltaba un poco de

aplomo en el cerebro. «¿Será una mujer casquivana?», me preguntaba con

miedo. Y cada vez la observaba con más atención, interpretaba

escrupulosamente sus menores actos y palabras y me perdía en un mar de

cavilaciones. Al cabo no pude menos de desahogarme. Un día le dije:

--¿Sabes que me sorprende que estés tan alegre estos días?

--¿Pues?--me preguntó, fijando en mí sus grandes ojos aterciopelados.

--Porque... yo presumía--aquí comencé a vacilar y turbarme--que después

de una escena tan desagradable como aquella..., teniendo que reñir con

tu mamá..., ibas a estar abatida, melancólica...

--¡Melancólica! ¿Por qué?... Lo estaría si me hubieran enchiquerado allá

en el colegio... ¡Pero ahora! ¡Anda, hijo; pues si estoy como el pez en

el agua! ¿No te veo todos los días? ¿No me dices que me quieres? ¿No

vamos a casarnos?

--Bien...; pero creí que sentirías a tu madre.

--A mamá la quiero mucho; pero a ti te quiero retemuchísimo más... No te

des tono, porque yo siempre he tenío muy mal gusto. Mi primera pasión

fue un perro ratonero.

La verdad es que quien menos debía recriminar a Gloria por su alegría

era yo. Sólo por una de esas aberraciones con que el sistema nervioso,

excitado, nos atormenta, podía hallar mal una conducta que era el

testimonio más convincente del entrañable amor que me profesaba.

Cambié de conversación; pero al poco rato, acometida, sin duda, de una

sospecha, me dijo:

--Oye: ¿por qué te extraña que esté contenta?

--Por nada--respondí, sonriendo, con un poco de vergüenza.

--¡Ya!... Tú querías que hiciese un poco la comedia, ¿verdad? Que

soltase algunas lagrimillas y me riese por dentro. Pues, hijo, si la

quieres así, busca otra... Yo no sé llorar sin gana...

Procuré disuadirla, riendo, de su fundada sospecha, y loé de corazón su

franqueza. ¿Cómo pude hallar censurable aquella naturaleza espontánea,

sincera, rebosante de pasión y de alegría?

Pero las nieblas de la duda no se desvanecieron por completo en mi

espíritu, harto suspicaz. Confesaba que Gloria tenía un corazón honrado,

era una mujer sin dobleces y que me amaba de todas veras; pero... su

carácter ligero seguía inspirándome algún temor. «Hoy me quiere;

convenido--me decía--. Sería capaz de hacer por mi amor cualquier

sacrificio. Pero en una mujer de tan viva imaginación, ¿será el amor

duradero? ¿Podrá resistir a la prosa continuada del matrimonio? ¿No

habrá miedo de que algún día esta vehemencia, este fuego, que es la

esencia de su carácter la despeñen, tristemente para ella y para mí,

sobre todo para mí?» Como éste era el fondo de mis cavilaciones aquellos

días, no es extraño que le sacase la conversación a Villa. Una noche le

dije en el café, hablando de las mujeres sevillanas:

--Amigo Villa, evidentemente estas mujeres son más graciosas y

apasionadas que allá en el Norte, tienen más ingenio y saben querer de

verdad...; pero me temo que no hagan tan buenas esposas como amantes.

Quería tirarle de la lengua. Y lo conseguí, con gran satisfacción por mi

parte. El comandante hizo una defensa acabada y fogosa de la mujer

sevillana. Según él, ésta es viva y ardiente, pero no vanidosa, lo cual

suprime uno de los grandes incentivos, acaso el más capital, que la

mujer tiene para caer. El fuego de su alma, al casarse, se convierte en

ternura y abnegación. Exige que se la ame, no que se la adorne. El lujo

en Sevilla no fascina, como en otras partes, al sexo femenino, y es

porque la pobreza no se considera ridícula; la mantilla es una prenda

que las iguala a todas. Aquí no se siente la diferencia de clases. La

joven más encopetada por su nacimiento y fortuna alterna de igual a

igual con otras muchachas que viven del modesto sueldo de su padre.

Luego, por la tradición árabe quizá, la mujer casada vive casi siempre

retirada. No se concibe que frecuente con toda libertad, como en las

grandes capitales, los saraos, los teatros y paseos. El orgullo de la

esposa es ser amada por su marido. Si éste es una mijita calavera, se me

figura que le quiere más. Dicen que hay en ella algo de odalisca

todavía; pero con una mujer que no exige más que se la acaricie

tiernamente al llegar a casa, la vida es muy fácil y muy dulce. «Por lo

demás--terminó diciendo el comandante--, esas mujeres de su país, más

vergonzosas, más tímidas, más circunspectas que las nuestras, acaso sean

más peligrosas.»

Callé, porque no quise hacer injuria a las mujeres de mi país; pero no

me pareció descaminada del todo aquella idea.

Isabel consiguió que Gloria fuese alguna vez a la tertulia de las de

Anguita, hacia las cuales seguía mostrando antipatía. Imagino que vino

en ello por el gusto de demostrar su triunfo a Joaquinita, pues aún no

se le habían desvanecido los celos por completo. Se había abandonado el

patio por hacer ya demasiado fresco, y la reunión se trasladó a un salón

contiguo. Los tertulianos, excepto el pequeño núcleo que ya conocemos,

variaban constantemente. Ahora asistía casi diariamente una partida de

cinco o seis muchachos de Antequera, al parecer estudiantes, gente de

buen humor, socarrones y maleantes, que tramaban entre sí mil _guasas_,

algunas de ellas de un color harto subido. Las de Anguita, como buitres

al olor de la carne fresca (perdón por este símil; pero mejor sería como

palomas al reclamo del cazador), acudieron a ellos, esperando hallar el

novio apetecido, y abandonaron así mismo al resto de los asistentes.

Ramoncita caminaba con cierta cautela, con la sonrisa en los labios y el

escepticismo en el corazón, dispuesta a dejar el campo al primer

contratiempo. Pepita, fiando siempre en su gracioso desenfado, rayano

del cinismo. Joaquinita perseguía a uno de los antequeranos con

incansable brío, con una firme voluntad de hacerle suyo, digna, en

verdad, de admiración. Dejábanse querer los estudiantes, y con afectado

ahínco, para ser sincero, las festejaban y hacían con ellas apartes

prolongados que colocaban en posiciones desairadas a los demás que allí

asistíamos. Comprendí que sería ridículo tomárselo a mal.

Una de las _guasas_ de aquellos mozalbetes consistía en presentarse los

martes siempre vestidos de rigurosa etiqueta, en forma y actitud

enteramente diversas del resto de la semana, haciendo profundas

reverencias al entrar, saludando a todos con gran ceremonia y llamando a

Ramoncita duquesa; a Joaquinita, condesa, y a Pepita, baronesa. Esto

causaba gran regocijo en la tertulia, no sé por qué, sobre todo a las

niñas de la casa, que aceptaban los títulos. Durante la noche

representaban su papel como damas de teatro cursi. Al señor de Anguita

le llamaban el gran duque de Anguitoff, y el pobre viejo aceptaba,

riendo, el título. Otra consistía en mostrarse celosos los unos de los

otros y en obligar a sus respectivas damas a que declarasen en público

sus preferencias. Si uno de ellos, convenidos entre sí anteriormente,

regalaba una flor a Joaquinita, el amante de esta exigía que la arrojase

al suelo y disimuladamente la pisase. El donante adoptaba un continente

lúgubre y siniestro, y Joaquinita se asustaba, pensando que podría haber

reyerta al salir de la tertulia. A su vez, ellos procuraban introducir

la discordia entre las hermanas, dedicándose ora a una, ora a otra.

Venían los consiguientes líos y desabrimientos, y en esto se divertían.

Pero lo que dio más juego fue cierto aparato de proyección o linterna

mágica que uno de ellos compró para dar sesiones en la tertulia. Se

colocaba una cortina blanca en el fondo del salón, se hacían apagar

todas las luces (solía ser una) y comenzaba el experimento cuando todos

se habían colocado convenientemente al lado de alguna niña. En seguida

malicié de lo que se trataba, y más viendo que el que mostraba las

vistas era siempre distinto, sucediéndose en esta tarea, que debía ser

la más ingrata, por riguroso turno. Observé también que la noche en que,

previo anuncio, se daba sesión de linterna, la concurrencia era mucho

más numerosa. El que estuvo a punto de echar a perder aquel sabroso

recreo fue el tío de Elenita, que en lo más interesante de él se puso a

gritar, indignado, que le habían dado un beso. Nunca pudo saberse quién

había sido el desdichado agresor.

No quise decir nada a Gloria; pero procuré con todas mis fuerzas que

dejase de ir a aquella casa. Algo contribuyó también a hacérmela poco

grata la escena inverosímil que una de aquellas noches presenciara en

ella. Ha de saberse que el piano había desaparecido del salón. Cuando se

notó la falta, Pepita, con su habitual despreocupación, nos dirigió el

siguiente discurso:

--Señores, el piano era de alquiler: nos costaba tres duros cada mes.

Como ya estarán ustedes enterados de que la casa de Anguita viene hace

tiempo en decadencia y se encuentra en el día bastante escasa de metales

preciosos, no extrañarán ustedes que, con harto dolor de nuestro

corazón, porque somos muy artistas, hayamos tenido que prescindir de él.

Si a ustedes les acomodara que lo hubiese para bailar, con abrir una

suscripción y pagarlo estaba todo resuelto.

--Que se abra esa suscripción--dijo uno--. Yo doy dos pesetas.

--Que se abra... Yo no doy nada--dijo otro.

Pensé que todo aquello era pura broma. Así que mi estupor fue grande

cuando observé que, efectivamente, a presencia de todos, se recogía el

dinero. Me vi en la precisión de contribuir con un óbolo de dos pesetas,

lo cual me llenó de indignación, no tanto por las dos pesetas cuanto por

lo indecoroso del acto.

Pero en aquellos días había llegado el duque de Malagón, novio oficial

de Isabel, y a ésta le gustaba exhibirlo en la tertulia. Era un

jovencito de veinte a veintidós años, delgado, moreno, completamente

insignificante. Enterado inmediatamente de que yo era el novio de Gloria

y la especial situación en que nos hallábamos, me mostró simpatía algo

pegajosa. Iba a buscarme para salir de paseo, tomaba café conmigo y con

Villa y cuando salíamos de casa de Padul, nunca dejaba de acompañarme

hasta la mía. Era bondadoso y simpático; pero tenía el aturdimiento y la

petulancia de un adolescente. Todo lo zanjaba de golpe y porrazo; para

él no había dificultades. Tan pronto me proponía facilitarme medios para

marcharme con Gloria al extranjero, como hacer prender a don Oscar por

conspirador carlista o pagar a unos gañanes para que le rompiesen la

cabeza, etc. Sus proyectos eran siempre expeditivos y penables por el

Código. Costábame trabajo sustraerme a sus importunidades, aunque le

agradecía el interés que tomaba por mis asuntos. Creía hallarse

enamorado de la condesita. Pronto comprendí que estaba en un error. El

duque se casaba por hacer el hombre formal. Su novia le preocupaba menos

que las dos jacas francesas que le habían llegado recientemente. Le

placía que alabasen a Isabel, y se daba tono acompañándola en el paseo y

bailando con ella todos los valses y rigodones que se tocaban en los

saraos del Alcázar. Pero, cumplida la obligación del _hombre formal_,

respiraba con libertad y me iba a buscar para jugar unas carambolas al

billar, en lo que, sin duda, se deleitaba mucho más.

Villa andaba celoso de esta nueva amistad. Alguna vez me había dicho,

con sonrisa forzada:

--¡Hombre, qué íntimos se han hecho usted y el duque en pocos días!

Yo alzaba los hombros con indiferencia y me reía de aquella amistad, que

suponía debida exclusivamente al carácter infantil del duque. Trataba en

lo posible de no herir la susceptibilidad del comandante, pues bien se

me representaba que el pobre tenía una espina clavada en el corazón. Su

rival, ignorando en absoluto que lo fuese (creo que si lo supiere sería

lo mismo), le hablaba con toda cordialidad y hasta le distinguía mucho,

por la razón de ser hombre hecho y militar. En cambio, Villa hacía

esfuerzos visibles por parecer amable con él, aunque sin conseguirlo más

que a medias. Alguna vez se le tiene escapada ésta y otras exclamaciones

semejantes:

--¡Cómo me carga este chiquillo! ¡Parece mentira que usted le pueda

sufrir tanto tiempo!

Había que perdonarle esta injusticia por lo que el pobre debía de

padecer. Hasta pocos días antes de la llegada del duque había seguido

obsequiando a Isabel. Esta no dejaba de coquetear con él y alentarle,

cosa que nos tenía sorprendidos lo mismo a Gloria que a mí. Pero hacía

ya algunos días que, desengañado tal vez, o por ventura para hacerse

interesante, se dedicaba a una de las de Enríquez, que, con ser amiga y

parienta de la condesita, le había recibido con los brazos abiertos.

Entonces observé que ésta procuraba atraérselo de nuevo, prodigándole

aquellas sonrisas cándidas y bellas de querubín con que le había

enloquecido a él y a otros muchos. Le hablaba con singular agrado y, aun

delante del duque, le prodigaba atenciones que hubieran parecido mal a

cualquier novio menos aturdido que éste. El comandante quería mostrarse

insensible a este dulce reclamo, pero no podía. Veíasele rojo,

tembloroso, cada vez que la condesita le llamaba para decirle algo. Era

curioso observar la lucha que dentro de aquel hombre sostenían el

entendimiento y el corazón. El primero le aconsejaba no apartarse de la

de Enríquez, no mirar a la condesita; el segundo le exigía adorarla de

rodillas, como siempre. Una noche, y tomando café en la Británica, me

dio una sorpresa. Estábamos los dos solos frente a la mesa. Notábale

distraído, preocupado, pero no triste. Sus ojos brillaban con un fuego

especial de malicia y triunfo. A veces, sus labios se contraían con leve

sonrisa inmotivada. Se conocía que deseaba hablar, desahogarse, y yo le

busqué pretexto para ello en cuanto lo advertí. Le hablé del duque y le

expresé mi sospecha de que no estuviese verdaderamente enamorado de

Isabel.

--Al mismo tiempo--añadí--, ¿sabe usted lo que se me figura?... Que la

condesita tampoco le profesa un amor muy entrañable...

La cara de beatitud que puso Villa al escuchar esta afirmación en mi

boca, por poco me hace soltar la carcajada. Bajó la vista sonriendo,

dejó escapar tres o cuatro chicheos, revolvió el café con la cucharilla,

echó un sorbo, poniendo los ojos en blanco, y después de limpiarse los

labios con sosiego, con el sosiego del hombre fuerte que va a hacer

sentir en breve el peso de su valor, llevó la mano al bolsillo interior

de la americana, y dijo, sacando una cartera, y de la cartera un

sobrecito:

--Entérese usted de lo enamorada que está Isabel del duque.

Dentro del sobrecito, que despedía perfume penetrante, había una tarjeta

y algunas hojas de rosa. La tarjeta decía: «Isabel de Montalvo, condesa

del Padul», con corona encima. Al respaldo se leía en letra diminuta,

pero clara: «Lo prometido es deuda.»

Volví a encerrarla en el sobre con las hojas y se la entregué, altamente

sorprendido, a Villa.

--¿Qué le parece a usted?--me dijo, guardándola en la cartera con aire

triunfal.

--¡Muy extraño! ¿Usted se las había pedido?...

--Nada más que una, de la rosa que llevaba en el pecho anteayer, en casa

de Anguita... ¡Y esta mujer se casa el ocho de diciembre!

Me espanté del caso más de lo que debiera, porque comprendía que con

ello le daba mucho gusto. La verdad es que la conducta de Isabel era

inexplicable; pero aquello no tenía la extraordinaria importancia que

Villa le daba, mucho más cuando en la tarjeta nada se decía que pudiera

alentar sus pretensiones. Conseguí ponerle de un humor delicioso,

asegurándole que la condesita sólo se casaba por presión de la familia o

por razones de conveniencia. Su corazón, indudablemente, estaba en otro

lado. Hasta le hice entrever un porvenir dichoso cuando hubiera por

medio un editor responsable. En aquel momento mentía yo como un bellaco,

porque, en mi concepto, si Isabel no estaba enamorada del duque, por lo

menos lo parecía. A Villa tenía la absoluta seguridad de que no le

amaba.

--Si yo mandase esta tarjeta al duque--dijo con profunda emoción--, la

boda quedaría deshecha... Pero no lo haré, porque soy hombre de honor.

De las mujeres me vengo de otro modo.

Convine con él en que era cierto que tenía entre sus manos aquella

egregia boda, y aplaudí calurosamente su nobleza. Esta ilusión de ser un

hombre de alma generosa y heroica acabó de hacerle feliz. Mandó por

cigarros habanos y me regaló un puñado de ellos.

* * * * *

A la tertulia de Anguita seguía asistiendo con bastante puntualidad mi

ex rival Daniel Suárez. Desde la tarde aquella de la excursión a La

Palmera, en vez de aumentar su hostilidad hacia mí, decreció

notablemente. Con buen acuerdo, sin duda, comprendió que la lucha era

imposible, y renunció a ella. Hasta me dio una explicación cierta tarde

que me tropezó en las Delicias y se emparejó a pasear conmigo.

--Aunque a uzté le dizguzte, voy a pacear con uzté un ratiyo.

--¡Disgustarme! ¿Por qué?

--Porque uzté me aborrece..., confiézelo uzté...

--Pues, en efecto, no le tengo mayor simpatía; bien lo sabe usted.

--Mientra hemos zido rivales, ez natural que zucediese... ¡Pero ahora

que me ha vito uzté caer en la mizma cuna y por do vece recogío...!

No pude menos de sonreír. Comprendí que tenía razón. Habló con la mayor

franqueza de su posición y recordó todos los pasos que había dado para

agradar a Gloria, haciendo burla de sí mismo con bastante gracia.

--Bazta de ezo... He eztao zacudiendo el árbol, y la naranja no ha

caío... Uzté no ha hecho má que tocarle y ze le ha venío a la boca...

Buen provecho le haga.

El triunfo me hizo generoso. En un momento olvidé lo que aquel hombre me

había hecho rabiar, y se borró mi antipatía. Después de la escena

violenta que dio por resultado la salida de Gloria de su casa, Suárez me

dio la enhorabuena cordialmente y mostró interés porque aquel estado de

cosas durase lo menos posible y viniese la boda cuanto más antes. Lo

mismo en casa de Anguita que cuando nos tropezábamos en la calle,

charlábamos como buenos y antiguos amigos; tanto, que una vez, que

confidencialmente reíamos en un rincón, exclamó Pepita, al cruzar por

nuestro lado:

--¡Tiene grasia! Hase poco querían ustedes matarse, y ahora...

--Y ahora noz estamo dando la lengua, ¿verdá, prenda?--replicó Daniel

con su inveterado cinismo.

A Gloria le sorprendía un poco aquella repentina intimidad; pero no

hacía gran caso de ella. En el fondo, el malagueño le era por completo

indiferente. Este convencimiento, que recabé de mis observaciones, fue

lo que más contribuyó, como puede suponerse, a que se borrase mi

antipatía. Daniel era un compañero malévolo, a quien no se podía

profesar estimación, pero ameno. Su lenguaje, harto cínico, no dejaba de

tener gracia; su escepticismo despreciativo salpicaba con picantes

especias la conversación. Tenerlo siempre al lado sería aburridísimo,

porque no hay nada que fatigue tanto como los hombres predispuestos a

burlarse de todo; pero de cuando en cuando sus murmuraciones, removiendo

las heces que todos tenemos en el alma, despertaban la alegría. A Villa

y al duque les caía en más gracia que a mí.

Cierta noche le tropecé en el teatro. Hablamos en los entreactos y me

citó para irnos a beber a la salida unas cañas. Gloria no asistía al

teatro por ciertos miramientos bien comprensibles. Me encontraba libre,

y acepté con gusto su oferta. Salimos, pues, juntos, y haciendo

comentarios sobre las actrices, bastante escandalosos por cierto,

dirigimos nuestros pasos a una tienda de montañeses que Suárez conocía

en la plaza del Pan. Entramos, pasamos por en medio de varios

parroquianos y fuimos a sentarnos en un cuartito de la trastienda,

alumbrados por una lámpara de petróleo colgada de la pared.

El dueño, grande amigo de Daniel, nos sirvió por sí mismo boquerones

fritos y japuta, poniéndonos al lado un par de botellas de manzanilla.

Suárez estaba muy contento, y comía y bebía bravamente. No lo hacía yo

mal tampoco. Las niñas de Anguita y su original papá nos servían de tema

inagotable de conversación. Pidiose otro par de botellas.

--¿Zabe uzté cómo llaman las monjas en mi país a este pezcao?--me

preguntó mi compañero, cortando un trozo de japuta y llevándoselo a la

boca.

Le miré sin contestar:

--El pezcao del nombre feo.

Y dejó escapar al mismo tiempo aquella risita equívoca, parecida a un

chillido nacido y apagado en la garganta y que era en él la suprema

explosión de alegría.

--Ya zabe uzté cómo ha de decirle a zu monjita que ha comío

japuta--añadió.

Confieso que el sacar a cuento a mi novia me hizo malísima impresión. Me

contenté con sonreír levemente y traté en seguida de cambiar de tema.

Pero él insistió al cabo de un momento:

--¿Y cuándo se caza uzté, compare?... Ezo huele ya a puchero de enfermo.

--No sé cuándo me casaré ni si me casaré--respondí, bastante secamente.

--Todo ezo es mojama, amigo. ¡Ahora que tiene uzté los dos milloncetes

en el borziyo, viene uzté con remilgos!

Sentí aquella frase como un bofetón en la mejilla, y le dije, frunciendo

el entrecejo, en tono áspero:

--Ruego a usted, Suárez, que no siga en ese camino, porque vamos a

reñir. No tolero bromas sobre tal asunto.

El malagueño volvió a reír, diciendo con protección:

--Vamo, no ze críe uzté bilis, ahora que está uzté en vízperas de ser

feliz.

--¡Nada, nada: lo dicho!--repliqué, con las mejillas encendidas ya y con

acento más imperioso.

--A la zalú de uzté y de zu gachona--dijo por toda contestación,

sorbiendo una caña.

Cambiamos de conversación, y volvió a reinar la alegría y cordialidad.

Bebimos el otro par de botellas. Noté que cada vez hablábamos más alto,

y sentí en el rostro un calor extraordinario. El de Suárez permanecía

tan sereno y cetrino como siempre. Sólo sus ojuelos, siempre vivos,

parecían bailar ahora arrebatadamente. Dije que en aquel cuartucho hacía

demasiado calor, y me levanté para quitarme la americana, pero al

hacerlo observé que la habitación se bamboleaba.

--¿Sabe usted que estoy un poco mareado?... El humo de los cigarros y el

calor que aquí hace... ¿Quiere usted que salgamos a refrescarnos?

Daniel se levantó a su vez; me prohibió pagar, porque tenía allí cuenta

abierta, y salimos a la calle. Bajamos a la de las Sierpes, única donde

quedaban aún ciertos residuos de animación. Había algunos cafés

abiertos. Al través de los cristales veíamos a los rezagados

parroquianos gesticular delante de las mesas, aunque ninguna palabra

llegaba a nuestros oídos. La noche era espléndida, como casi todas las

de aquella venturosa región. Estábamos a últimos de octubre. Suárez se

quejaba de que estaba un poco fresca. Para mí, hombre del Norte, aquello

era una temperatura deliciosa, y no me subí siquiera el cuello de la

americana, como hizo mi compañero. Sentía la cabeza caliente; me quité

el sombrero y caminé con él en la mano. Suárez me propuso dar una

vuelta por el muelle, y yo accedí gustoso porque sentía la necesidad de

despejarme.

Comenzamos a discutir sobre política con calor. Seguimos todo el paseo

de las Delicias, enteramente solitario a tales horas, y cuando nos

cansamos de caminar hacia abajo, dimos la vuelta por el muelle. En una

de las pocas pausas que hicimos, Daniel dijo de pronto:

--Diga uzté, amigo: ¡zupongo que ahora podré enjabonarme las manos de

balde!

--¿Pues?

--¡Como uzté va a zer el dueño de una fábrica de jabones...!

--¡Ah, sí!--exclamé, sonriendo crispadamente.

No sé por qué, aquella noche me molestaba de un modo horrible cualquiera

alusión a mis amores. Suárez, o por imprevisión o por malicia, cometió

la falta de insistir:

--La barbiana vale máz que la fábrica, aun... para un andaluz. A uzté,

como ez gallego, le guztará más la fábrica.

Sin aguardar más, a mano vuelta, según íbamos caminando emparejados, le

dirigí una tremenda bofetada, que le hizo caer sobre los vagones

estacionados sobre la vía del muelle. Me pareció entonces que me había

dicho la injuria más atroz que a ningún ser humano puede dirigirse. Y,

no contento con esto, me arrojé sobre él con rabia, dirigiéndole con los

golpes mil denuestos:

--¡Canalla! ¡Granuja! ¡Tío indecente!

Suárez, repuesto un poco, me echó las manos al cuello, y comenzamos a

forcejear furiosamente. Los dos estábamos bastante cargados de alcohol;

pero yo era más alto y más fuerte. Pronto conseguí separar las manos de

mi enemigo, que me oprimían, y le abrumé a mojicones. Mas, de repente,

vi brillar un arma en su mano, y casi al mismo tiempo sentí hacia la

cadera como la impresión de un alfilerazo.

Me arrojé de nuevo sobre él y le sujeté la mano en que tenía la navaja.

--¡Cobarde, suelta esa navaja!--le decía.

Y dábamos vueltas por el muelle, sin hacernos cargo de que estábamos a

la orilla del agua. En una de estas vueltas me falló un pie y caí al

río, no sin arrastrar conmigo al malagueño. No le vi más. La impresión

del agua fría apagó la calentura de ambos. Solté las manos y el primer

pensamiento de los dos al salir a la superficie fue el de salvar

nuestras preciosas existencias. Cada cual nadó por su lado.

Al ruido que habíamos hecho habíanse despertado algunos marineros que

dormían en los barcos anclados, y acudió también la pareja de

carabineros que estaba de vigilancia. Diéronse voces de socorro;

prodújose el alboroto consiguiente. A mí me sacaron en vilo dos

marineros que habían saltado en un bote. A Suárez fueron a sacarle un

poco más lejos, por las escaleras mismas del muelle.

Pero al poner el pie en el bote me encontré con que no podía mantenerme

derecho.

--Estoy herido--les dije--. Háganme el favor de llevarme a casa.

Subiéronme al muelle, y se vio que, en efecto, destilaba sangre por una

cadera. Entonces los carabineros prendieron a Suárez, y uno de ellos le

condujo a la Inspección. A mí me transportaron a la botica más próxima;

se llamó al boticario, que dormía; bajó éste y examinó la herida. Era

mayor de lo que yo pensaba. Me hizo la primera cura provisional y mandó

que inmediatamente me trasladasen a la cama y se avisase al médico.

Lleváronme en una silla hasta casa. No fue pequeño el susto que allí

hubo al verme entrar de aquel modo. Los huéspedes se levantaron, y todos

se pusieron en movimiento para socorrerme. Matildita se hizo merecedora

de mi gratitud eterna por la actividad prodigiosa que desplegó en

atenderme, a pesar de hallarse la pobrecita muy asustada.

Antes que el médico forense y los otros que, por diferentes conductos,

habían sido llamados, vino el juez a tomarme declaración. Procuré hacer

con ella el menor daño posible a Suárez. Dije que éramos amigos íntimos,

que habíamos bebido más de la cuenta y, disputando en el muelle por

cuestiones insignificantes, nos habíamos pegado; que Suárez había sacado

una navaja para defenderse, porque yo era más fuerte, y que me había

precipitado sobre él, saliendo herido en el encuentro.

La conciencia me obligaba a hacer esta declaración, pues yo le había

agredido por leve motivo, teniendo en cuenta que hablaba en broma. Sin

embargo, más adelante pensé que bien podría haber sido preparada aquella

escena, porque el malagueño era hombre malintencionado y vengativo. En

el día en que esto escribo aún no sé si, en efecto, me llevó al muelle

con objeto de buscarme camorra y herirme o matarme, o todo fue resultado

del manzanilla que teníamos entre pecho y espalda.

La herida, aunque bastante profunda, no había interesado ningún órgano

importante. El único peligro, según el médico, hubiera sido la

hemorragia; pero ésta se cortó, afortunadamente, por el baño imprevisto

de agua fría que me di. Sin embargo, me levantó bastante fiebre y me

obligó a permanecer en cama nueve días. Al siguiente de mi percance

mandé un recado por Villa a Gloria, participándole lo que me había

sucedido. Por la tarde, ella, Isabel y el conde se presentaron de

improviso en mi cuarto. Tuve una alegría inmensa y más cuando Isabel me

dijo en voz baja que Gloria había tomado la iniciativa en aquella

visita.

Cuando entró estaba pálida y tenía los ojos hinchados de llorar.

Después que me oyó hablar, el susto dio paso a la indignación. Rompió en

denuestos contra mi agresor:

--¡Qué cobardía! ¡Qué vilesa! ¡Herirte ese tío de las patas tuertas!

Callaba, y después de un rato volvía a exclamar, con rabia:

--¡Atreverse ese tío de las patas tuertas!...

Por lo visto, mi novia pensaba que el agravio habría sido menor si el

adversario hubiera tenido las piernas derechas.

El conde, viendo mi estado relativamente satisfactorio, se opuso a que

se telegrafiase a mi padre, para no alarmarle.

Y, en efecto, a los nueve días pude levantarme, y cuatro después salir a

la calle y terminar, como se dirá en el capítulo siguiente, la aventura

amorosa que constituye el fondo de esta verídica narración.

La hermana San Sulpicio · 第 30 / 32 题