Lo que no se me ocurrió mientras estuve bajo la impresión del latigazo
de la cólera, penselo en cuanto me serené un poco y se me acordaron las
ideas. Quiero decir que, apenas hube reposado algún tiempo en el lecho,
habiéndome despertado a medianoche, al instante se me ofreció con
admirable claridad que Gloria no podía cometer una acción tan ruin por
capricho. Podía abandonarme, entrar en amores con otro, coquetear, darme
cordelejo y reírse. Todo eso estaba en lo verosímil; mas herirme villana
y sañudamente sin más pecado que el de amarla, no era creíble. Debía de
haber gato encerrado. El acto de aquella noche parecía inspirado en un
deseo de venganza, y para vengarse, menester era una ofensa previa. Esta
consideración me dio harto consuelo. Propúseme, pues, tan pronto como
llegase el día, poner en práctica los medios para deshacer la intriga
que, sin duda, había tramado el malagueño contra mí. Comenzó a pesarme
de no haberle dado una buena «pateadura»; pero se la prometí para la
primera ocasión que se presentase. Y con este pensamiento confortante,
el sueño tranquilo de los justos acudió de nuevo a mis sienes, y no me
desperté hasta las nueve de la mañana.
Vestime con premura y salí a la calle sin saber adónde iba, pero con la
resolución incontrastable de ir a alguna parte. Por lo pronto, los pies
me llevaron a casa del conde del Padul.
--El señor conde y la señorita vienen pasado mañana.
¡Cielos! ¡Dos días aún! ¡Una eternidad para mí! Pensé que en dos días
había tiempo suficiente para morirse de pena, y si no es de pena por lo
menos de hambre, pues sentía que me faltaba el apetito y no comería a
manteles mientras no se resolvieran mis dudas. ¡A quién acudir en
aquellas críticas, terribles circunstancias! Si en la mano lo tuviese,
hubiera hecho intervenir en el asunto a la autoridad civil. Pero no
siéndome posible, me decidí a buscar a Paca. ¿Dónde? Yo, que había
estudiado matemáticas, historia de España, patología interna y tantas
otras cosas inútiles, ¡no sabía dónde vivía Paca! Renegué cien veces de
mi imperdonable abandono, de mi descuido para aprender cosa de tan
reconocida necesidad. No había más remedio que aguardar la salida de las
cigarreras de la fábrica, y aun así exponerme mucho, como me había
sucedido ya, a no verla. Todas las desdichas se cernían de una vez sobre
mi cabeza.
Pasando por la calle de Francos en tal estado de abatimiento, vecino al
sepulcro, oí que me llamaban desde una tienda de sederías.
Eran las de Anguita.
--Venga uté acá, Sanhurho...--me dijo Ramoncita--. Ayúdenos uté a
escoger un traje que sirva para las tres. Estamos mareadas hase más de
una hora buscando un color que diga a toa estas fisonomía...
Los dependientes sonrieron de la desfachatez. Yo permanecí grave.
Entonces Joaquinita, mirándome atentamente a la cara, me preguntó con
sorpresa:
--¿Qué tiene uté, Sanhurho? Etá uté paliito.
--¡Pachs! No me siento hoy muy bien.
--¿Es que le ha dao calabasas la novia?
Aquella pregunta, hecha sin duda alguna al sabor de la boca, me causó
una extraña y profunda impresión. Debí de ponerme como una cereza, y
sonreí forzadamente. Joaquinita soltó la carcajada.
--Vaya, he dao en el clavo sin saberlo.
Aturdido estúpidamente, dije algunas frases que no recuerdo, y me
despedí de aquellas señoritas, a quienes no deseé otra cosa más que Dios
confundiera en el mismo momento.
¡Bueno estaba yo para bromitas! Andando entre calles un rato, se me
ocurrió la idea, no muy sensata, de ir a la Fábrica de Tabacos y
preguntar allí por Paca...¿Para qué? Llegaba mi grosera ignorancia hasta
no saber su apellido. Busque usted a una tal Paca entre seis mil
mujeres. Lo menos que habría en la fábrica eran doscientas o trescientas
Pacas. Sin embargo, insistí en la idea, porque no me venía otra más
asequible, y eso que trabajaba mi cabeza como un horno encendido. Poco a
poco fui acercándome a la puerta de Jerez, y me encontré, cuando menos
lo pensaba, frente al vasto y suntuoso edificio alzado por Felipe III
para la confección del rapé.
Di bastantes paseos por delante de él. Al cabo, me resolví a franquear
la verja, y me acerqué a una de las puertas.
--¿El señor administrador?--pregunté a un hombre que me pareció portero.
Así que hice esta pregunta, me quedé sorprendido, confuso. ¿Para qué
quería yo al administrador?
--Siga usted adelante, suba usted por aquella escalera, tuerza a la
izquierda, siga usted el corredor, tuerza a la derecha, suba otra
escalerilla, y allí enfrentito tiene usted su despacho.
De todo aquello no me hice cargo sino de que siguiera adelante. Y seguí.
Vi una escalera y subí por ella.
--¿El señor administrador?--pregunté a otro hombre.
--Venga usted conmigo; yo le llevaré hasta su despacho.
Mientras me guiaba por los anchurosos y sucios corredores, no pude menos
de decirme: «Ceferino, dispensa, chico, pero estás haciendo una
melonada.» Tropezábamos aquí y allá con mujeres y hombres que me miraban
fijamente, como si adivinasen aquel juicio poco lisonjero que había
formado de mi persona y lo corroborasen en todas sus partes. Al fin me
hallé frente a frente del administrador, un señor anciano, pálido,
bigote y perilla blancos, traza de militar retirado y gorro de
terciopelo azul en la cabeza.
--¿Qué se le ofrece a usted?
Esta pregunta me pareció tan inaudita, tan bárbara, que me quedé clavado
en el suelo, mirándole con espanto.
--Vamos, caballero, ¿qué se le ofrece a usted?
Tosí, sudé, empalidecí, di algunas vueltas al sombrero, estiré el cuello
de la camisa, que no me apretaba, y, por último, le alargué la mano.
--¿Cómo sigue usted?
Tomola, mirándome con desconfianza, y contestó de mal talante al saludo.
--Usted me dispensará... Yo buscaba a una tal Paca..., una operaria de
la fábrica, ¿sabe usted?... Necesito con mucha urgencia darle una
noticia... Si usted me hiciese el favor..., yo le agradecería en el
alma.
--¿Qué favor quiere usted que le haga?
--Hacer que salga para que pueda decirle no más de dos palabras.
--¿Cuál es su apellido y en qué taller trabaja?
Esta terrible pregunta volvió a desconcertarme.
--¿Sabe usted que no puedo decírselo?--respondí, sonriendo hasta con las
orejas.
El administrador me miró gravemente de arriba abajo y estuvo un rato
indeciso, tal vez dudando entre si era un loco, un guasón, o un tonto.
Parece que debió de inclinarse a este último partido, porque alzó los
hombros y dijo sonriendo a uno que entraba a la sazón en el despacho:
--Oiga usted, Nieto: este señor desea que le busquen a «una tal Paca».
Y recalcó mucho las últimas palabras, lo cual no me hizo muy buena
sangre.
--¿Para qué?--preguntó el empleado que entraba, dirigiéndose a mí.
Yo, acometido súbitamente de una gran dignidad, respondí con gesto
desdeñoso:
--No lo sé.
Pero aquel empleado era, por lo visto, hombre amable y de buena pasta,
porque insistió, diciendo:
--Si usted supiera el apellido, tal vez, preguntando por los talleres,
podríamos dar con ella.
--Es una mujer de treinta años o más, pálida, de ojos negros, que lleva
un pañolito blanco al cuello.
El administrador y él se miraron, dirigiéndose una leve sonrisa, no muy
halagüeña para mí.
--Bueno, bueno, venga usted conmigo--dijo el complaciente Nieto con
resolución entre galante y burlona--.Ya veremos si podemos dar con ella.
Salí, haciendo una fría inclinación de cabeza al administrador, y seguí
al empleado, que comenzó a guiarme por los corredores.
--¿Usted no sabe en qué taller trabaja?
--No, señor.
Nieto se dolió de esta ignorancia con suavidad, como si en ello le fuera
algo. Era un hombre alto, grueso, de fisonomía abierta y simpática. Sin
saber por qué, parecía interesarse en mi negocio y no se cansaba,
mientras caminábamos, de hacerme preguntas por donde pudiera ponerse en
la pista de la cigarrera. Me dijo que era inspector del taller de
pitillos, y que conocía personalmente a muchísimas operarias, sobre todo
de vista.
--Cuando veo a una mujer en la calle, es difícil que no sepa decir si
trabaja o no en la fábrica.
En su opinión, lo mejor que podíamos hacer era entrar en los talleres,
recorrerlos despacio a ver si distinguía entre las mujeres a la que
buscaba. Preguntome si quería comenzar por el de pitillos, que era el
suyo y el más numeroso. Ningún inconveniente tuve. Al llegar a la puerta
diome en el rostro un vaho caliente, y percibí un fuerte olor acre y
penetrante, que no era solo de tabaco, pues este se siente apenas se
pone el pie en la fábrica, sino de sudores y alientos acumulados, la
infección que resulta siempre de un gran número de personas reunidas en
el verano.
Eran las once de la mañana, y el calor tocaba a su grado máximo.
--Aguárdese usted un momento, voy a prevenir a la maestra--me dijo
Nieto, adelantándose.
Observé que llamó a una mujer, habló con ella unas palabras, y esta se
fue y volvió al cabo de unos momentos, diciendo:
--Pueden ustedes pasar.
Por lo que vine a entender, había ido a dar la voz de «visita» para que
se tapasen las operarías, que, por razón del calor, habían descubierto
alguna parte no visible de su cuerpo. Cuando entramos, aún pude notar
que algunas se abotonaban apresuradamente la chambra o ponían un alfiler
al pañuelo que llevaban a la garganta.
* * * * *
El cuadro que se desplegó ante mi vista me impresionó y me produjo
temor. Tres mil mujeres se hallaban sentadas en un vasto recinto
abovedado; tres mil mujeres que clavaron sus ojos sobre mí. Quedé
avergonzado, confuso; pero supe aparentar cierto desembarazo, y me puse
a charlar con Nieto, haciéndole preguntas tontas, mientras me guiaba por
los pasillos del taller. Apenas se respiraba en aquel lugar. El ambiente
podía cortarse con un cuchillo. Filas interminables de mujeres, jóvenes
en su mayoría, vestidas ligeramente con trajes de percal de mil colores,
todas con flores en el pelo, liaban cigarrillos delante de unas mesas
toscas y relucientes por el largo manoseo. Al lado de muchas de ellas
había cunas de madera con tiernos infantes durmiendo. Estas cunas, según
me advirtió Nieto, las suministraba la misma fábrica. Algunas daban de
mamar a sus hijos. El tipo de todas aquellas mujeres variaba poco: cara
redonda y morena, nariz remangada, cabellos negros y ojos negros
también, muy salados. Cada cierto número había una maestra, que se
levantaba a nuestro paso. La principal del taller nos acompañaba. Nieto
iba explicándole cómo yo buscaba a una tal Paca, cuyo apellido o mote
(porque este es muy frecuente entre las cigarreras) ignoraba.
Desde que comenzamos a caminar por aquel gran salón de paredes desnudas
y sucias, observé un chicheo constante. No podía mirar a cualquier parte
sin que me llamasen con la mano o los labios, haciéndome alguna vez
muecas groseras y obscenas. A duras penas el miedo del inspector y la
maestra las retenía. Si me fijaba en alguna más linda que las otras al
instante me clavaba sus grandes ojos fieros y burlones, diciendo en voz
alta:
--Atención, niñas, que ese señor viene por mí.
O bien:
--¡Una miraíta más, y me pierdo!
A la idea de que averiguasen que era gallego, daba diente con diente.
Por eso había enmudecido repentinamente, y dejaba que el inspector me
dijese en voz alta:
--Vamos, mire usted bien. ¿Es alguna de éstas?
Yo hacía signos negativos con la cabeza.
Aquel enjambre humano rebullía, zumbaba, produciendo en la atmósfera
pesada, asfixiante, cargada de olores nauseabundos, un rumor sordo y
molesto. Por encima de este rumor se alzaba el chicheo con que la
asamblea me saludaba. Los ágiles dedos se movían, envolviendo el tósigo
con que pronto se envenenaría toda España.
--¡Mariita! ¡Mariita!--dijo Nieto, dirigiendo una reprensión cariñosa a
cierta joven a quien había sorprendido fumando.
--Don Celipe, es que me duelen las muelas.
--Pues cuidado con ellas, porque pueden salirte caras.
Habíamos recorrido casi todas las naves, y mi Paca no aparecía. Nieto me
invitaba ya a que pasáramos al taller de cigarros puros. Mas, al dar la
vuelta para dirigirnos a la salida, sentí que me tiraban de la
americana. Bajé los ojos, y vi a Paca sentada al borde del mismo
pasillo.
--¡Ya apareció!--dije al inspector y a la maestra.
--Ya aparesió aquello--repitió, en son de burla, una cigarrera, que
había oído mi exclamación.
Paca se había levantado. Me apresuré a decirle:
--¿Sabe usted lo que pasa?
Y, con sobrado calor, sacudido nuevamente por la emoción que desde la
noche anterior embargaba todas mis facultades, me puse a contarle lo
sucedido y la presunción que tenía de que hubiese una intriga infame
tramada contra mí. Necesitaba de su auxilio: que fuese a casa de Gloria,
la interrogase, le hablase en mi favor o, por lo menos, alcanzase de
ella una explicación.
Aunque había comenzado a hablar en tono muy bajo, como me hallaba tan
preocupado, descuideme y fui alzando la voz sin notarlo. Algunas
palabras sueltas debieron de haber llegado a los oídos de las cigarreras
más próximas, porque las oía repetidas en voz alta acompañadas de risas
y jarana. No hice caso.
Seguí hablando, cada vez con más empeño y calor, hasta que Paca, a quien
advertía inquieta y distraída, me dijo por lo bajo:
--Señorito, váyase uté... Me paese que hay bronca.
Oí, en efecto, gran algazara, y, al tender la vista por el taller,
observo que todos los rostros están vueltos hacia mí, sonrientes; que se
agitan las manos, imitando mis ademanes, un poco descompasados; que se
tose, y se estornuda, y se ríe, y se patea.
--Esta noche pase uté por casa. Vivo en Triana, calle de San Jasinto.
Pregunte uté por el corral de la Parra--me dijo Paca cada vez más
agitada.
En aquel instante venía el inspector, que se había separado cuando
entablé conversación con la cigarrera, y dijo sonriendo:
--Me ha revuelto usted el taller. Concluya usted pronto, porque estas
niñas tienen, al parecer, ganas de bronca.
--¡Bronca! ¡Bronca!... ¡Bron...ca! ¡Bron...ca!--empezaron a repetir las
cigarreras.
El grito se extendió por todo el taller. Y, acompañado por él, oyéndome
llamar cabrón por tres mil voces femeninas, salí del recinto haciéndome
que reía, pero abroncado de veras. Di las gracias al amable Nieto y me
aparté de la fábrica, satisfecho a medias de la visita.
Fui derecho a casa, pero no intenté siquiera almorzar. La comida me
causaba asco. Matildita dio cien vueltas en torno mío, como una gata
mimada, intentando averiguar si me sentía enfermo, como decía, o bien me
hallaba bajo el peso de uno de esos dolores morales que, por desgracia,
¡ay!, ella tan bien conocía. No le fue posible, y quedó grandemente
desabrida. Encerreme en mi cuarto y me puse a escribir una carta a
Gloria, que me resultó de nueve pliegos y una cuartilla. Yo no sé
cuántas cosas le decía. Sospecho que estaba llena de repeticiones, y doy
por seguro que abundaban en ella las metáforas, hipérboles, epifonemas
y, en general, toda clase de tropos y figuras de dicción. Había, además,
gran copia de signos de admiración y puntos suspensivos. También
recuerdo que citaba una octava real de Espronceda y dos versos de
Musset. Como formaba demasiado bulto para un sobre común, me vi
precisado a fabricar otro, para lo cual pedí las tijeras a Matildita,
que no dejó de echar una mirada penetrante a los pliegos escritos que
estaban sobre la mesa.
--Don Seferino, uté escribe largo y no come... ¡Malo!
Vi en lontananza una nube de consejos presta a reventar sobre mí. Y no
di juego, limitándome a alzar los hombros y a dejar escapar un gruñido
galante.
Luego que tuve lacrado y sellado el protocolo, lo metí a duras penas en
el bolsillo y salí a refrescar la cabeza, que bien lo necesitaba. ¡Tres
horas había pasado escribiendo!
Cerca del oscurecer, pasando por la calle de las Sierpes, vi en la
Británica a Villa, y entré a acompañarle. Invitome a beber una copa de
cerveza. Acepté, porque sentía en el estómago una pena singular. Después
de beberla, en vez de calmarse, creció esta pena, a tal punto, que pensé
ponerme malo. Entonces surgió en mi mente la sospecha de que lo que
tenía era hambre, y pedí un bistec. ¡Caso pasmoso! Hambre, y de órdago,
era lo que yo padecía, pues devoré la carne y las patatas hasta no dejar
migaja, y sobre esto pedí queso y otro bollo de pan. Nunca imaginara que
un hombre, en el estado de espíritu en que yo me hallaba, pudiera sentir
con tal apremio esa necesidad. Pero lo he visto comprobado
prácticamente, y contra los hechos no hay argumento.
--¡Compare, qué carpanta se trae usted!
Villa se encontraba en felicísima disposición, alegre y chancero, que
hubiera dado gozo a cualquiera y le hubiera despertado el contento. Pero
yo, en vez de animarme, me fui poniendo cada vez más sombrío, y con el
egoísmo del que padece ansias de amor, a riesgo de cortar aquel torrente
de alegría que le inundaba, me puse a contarle con todos los pormenores
lo que me estaba sucediendo. Doliose extremadamente del percance, y me
aconsejó que, por sí o por no, _cascase las liendres_ al malagueño. Mas,
contra lo que esperaba, el relato de mis desgracias no logró mermar
aquel tesoro de buen humor que guardaba. Siguió riendo y jaraneando lo
mismo que si acabase de notificarle mil felicidades; lo cual no dejó de
mortificarme un poco. Creía yo que mi historia era de las que manaban
sangre y ablandarían las piedras.
Luego, sin ceremonia alguna, bruscamente, comenzó a hablar de sí mismo.
--Hombre, si viera usted qué aburrido anduve todos estos días, sin tener
aquí a Isabel.
Hablaba de ella como si ya fuera suya, lo cual me hizo sonreír
interiormente. Al mismo tiempo nació en mi espíritu cierto innoble deseo
de vengarme por su falta de atención.
Afortunadamente, la condesita debía de llegar pasado mañana con su
padre, y volverían los párrafos en casa de Anguita y las noches de
teatro. A la sazón había comenzado a actuar una compañía de ópera en el
de San Fernando. El comandante se las prometía muy felices. Hablaba con
un entusiasmo, con una unción, de su adorada, que daba pena el
considerar lo engañado que aquel hombre vivía; digo, daría pena a
cualquiera que no estuviese, como yo, profunda y vivamente llagado por
el desprecio de otra pérfida. Ruborizado como un colegial y tembloroso,
volvió a hacerme por centésima vez confidente de unas niñerías que nunca
me parecieron tan ridículas como entonces. Si se había sonreído cuando
besó un guante que le cayera; si se estaba al balcón a la hora que él
pasaba; si le echaba miradas largas, intencionadas; si le había
concedido dos rigodones y una polca en el último baile del Alcázar.
De confidencia en confidencia, se conoce que se le fue subiendo la
sangre a la cabeza, y concluyó por decirme, con el rostro encendido y
los ojos brillantes:
--Voy a confiarle a usted un secreto, amigo Sanjurjo. Espero que usted
me lo guardará con cuidado... Ya ve usted, hay cosas... Sabrá usted cómo
he escrito a Isabel, poco antes de marcharme a Sanlúcar, haciéndole una
declaración en regla y pidiéndole que me desengañase de una vez...
--Ya lo sé--repuse brutalmente.
Estupefacción de Villa.
--¿Lo sabe usted?
--Sí, y también sé lo que Isabel le ha contestado... Que su corazón le
exigía una respuesta; pero que había gravísimos obstáculos que le
impedían seguir los impulsos de su alma... A lo cual replicó usted que
le dijese cuáles eran esos obstáculos, para salvarlos, si fuese
posible...
El comandante se había quedado como una estatua, mirándome con ojos que,
por lo abiertos, parecían querer saltar de las órbitas.
--¿Y cómo sabe usted eso?--preguntó, al fin, con voz áspera, donde se
advertían el recelo y la amenaza.
--Lo sabe hoy toda Sevilla--le respondí con mal humor--. Isabel se lo ha
contado a las de Anguita, y estas niñas no se muerden la lengua.
Le vi ponerse pálido. Guardó silencio obstinado, mirando fijamente a la
copa de cerveza que tenía delante. Al fin, dijo con voz apagada:
--Nunca creyera a Isabel capaz de una acción tan fea.
Entonces yo, entre compadecido y rencoroso, con la complacencia que
sienten los desgraciados al encontrar otros como ellos, le dije:
--Amigo Villa, por lo mismo que le estimo a usted de veras, voy a darle
un consejo franco y leal. Creo que debe desistir de galantear a
Isabel... Me duele ver a un amigo en ridículo, y que una muchacha se
burle de un hombre tan formal y discreto como usted... A riesgo de darle
un mal rato, le diré que me consta positivamente que Isabel se casa con
su primo, el duque de Malagón, y que los padres han aprovechado el viaje
a Sanlúcar para arreglar definitivamente el asunto.
No era verdad que me constase positivamente. La noticia me la había dado
Joaquinita; pero lo dije así por cierto instinto dramático que todos los
hombres tenemos, aun los más líricos.
Villa no respondió palabra ni pareció inmutarse. Siguió inmóvil, con la
vista fija en la copa. Sólo observé que se había puesto más pálido. Su
fisonomía simpática y varonil iba contrayéndose por momentos con
expresión de dolor, que, al fin, logró conmoverme y que me olvidase de
mí mismo.
Luego, con voz alterada, me dijo que me agradecía la noticia y que
sentía no se la hubiese dado primero, lo cual dudé un poco. Quedaba
convencido de que la condesita era una coquetuela que no merecía que
ningún hombre se tomase por ella disgusto (¡pero él se lo tomaba, el
infeliz!). Pensar en que había de volver a hablarle más que como amigo y
con la mayor ceremonia posible, era pensar lo excusado. Estaba resuelto
a hacerle comprender que no era ningún chicuelo o mentecato de quien se
pudiera burlar impunemente.
Después de todo, salvando su hermosura, que seguía reconociendo, lo que
en ella amaba y admiraba más era el espíritu candoroso y sincero que
pensaba poseía. Desde el momento en que se demostraba que era una
muchacha vulgar, falsa y vanidosa, el ídolo caía de su pedestal y dejaba
de inspirarle amor y respeto. Sobre este tema se extendió muchísimo,
acentuando cada vez más el tono digno y resuelto con que había
comenzado. Yo procuré afirmarle en su determinación, hallando muy cuerdo
todo lo que decía.
Salimos juntos de la cervecería, dimos unas cuantas vueltas entre
calles. Haciendo oficio de paño de lágrimas, yo, que necesitaba tanto de
consuelo, procuré distraerle, hablándole de otros asuntos, aunque
inútilmente. Mostrábase silencioso, taciturno, y cuando hablaba, lo
hacía de un modo distraído y como a la fuerza. Dejamos pasar la hora de
comer. Viendo que la noche era ya cerrada, me despedí al cabo, porque su
percance no me había quitado la memoria del mío.
Emprendila a paso largo hacia el barrio de Triana; salvé el hermoso
puente que lo separa de la ciudad, y entré en la calle de San Jacinto,
que es la primera que se encuentra de frente. En aquella hora reinaba
allí mucha animación. La población de Triana se compone, en casi su
totalidad, de obreros e industriales. Era el momento en que, llegados de
sus faenas, se esparcen por las calles, charlan en grupos, se sientan
delante de las casas, cantan y puntean la guitarra. La calle de San
Jacinto tiene soportales feos y de sucia apariencia, donde hay tiendas,
pobres también, para el gasto de los menestrales del barrio. A un
muchacho que vi solo, arrimado al quicio de una puerta, le pregunté por
el corral de la Parra.
--Dé usted veinte pasitos más, y aquí, a la izquierda, tiene usted la
entrada.
En efecto, la hallé pronto, y di en un patio estrecho y largo, y luego
en otro mucho más amplio que era, según vine a entender, el propio
corral. Al mismo tiempo comprendí que llevaba la denominación de la
Parra por una que tapaba un trecho del pasadizo, enredándose en
palitroques viejos. Aquel gran recinto cuadrilongo ofrecía aspecto de
pobreza, pero no de suciedad. La luz de la luna no alumbraba de lleno.
Hacia el medio estaba el pozo del agua. En varios sitios veíanse
tabladitos sostenidos por estacas y, sobre ellos, cantidad regular de
macetas. Todas las viviendas tenían sus puertas abiertas, por donde se
escapaban toques de luz que rayaban el pavimento empedrado. Constaban de
un solo piso bajo. Algunas debían de tener estancias abuhardilladas, a
juzgar por las bufardas que se veían en el tejado. Arrimadas a la pared
había en casi todas macetas con flores.
--Diga usted, hermosa--pregunté a una joven de rostro correcto,
virginal, que se hallaba delante de una puerta--: ¿me podría usted decir
si vive en este corral una tal Paca?
--¿Sigarrera?
--Eso es.
--Sí, señó; allí enfrentito, donde está aquel jardinillo, ¿sabuté?
Le di las gracias, no sin dejar de echarle una larga mirada de
inteligente satisfecho.
Ella bajó la suya, ruborizándose. Era la primera vez que veía esto en
Sevilla. Recordando la escena de por la mañana en la fábrica, le dije:
--Apostaría a que no es usted cigarrera.
--No, señó; soy planchadora.
--¿De Sevilla?
--De Badajoz.
--¡Ah! ¡Es usted extremeña!
Y me puse a hacer el elogio de las extremeñas y a quejarme amargamente
de lo desgarradas y burlonas que eran las sevillanas, todo por adularla.
En esto de hablar a las mujeres con soltura había adelantado mucho desde
que llegara a Sevilla. La verdad es que aquella chica merecía cualquier
requiebro hiperbólico. Nunca vi un rostro de facciones más delicadas ni
de ojos más claros y suaves. Algo pavita, con todo, como dicen en la
tierra.
Mas hete aquí que, cuando me hallaba más enfrascado en la conversación,
olvidado casi del asunto que allí me traía, aparece por el lado de la
entrada del corral un joven con chaquetilla y pantalón ceñidos, faja
encarnada y sombrerillo flexible, a interrumpir nuestros dimes y
diretes. Acercose lentamente, con las manos metidas dentro de la faja y
silbando por lo bajo una malagueña.
--¡Hola, Juan!--dijo la muchacha, inmutándose y sonriéndole con cariño.
--A la paz de Dios, señores--respondió el Juan gravemente, mirándome con
fijeza.
«Éste es el novio», dije para mí. Y empecé a buscar medios de largarme
dignamente, porque, cierto, estos novios de Andalucía suelen ser muy
celosos, y, además, tienen la fea costumbre de gastar navaja.
--Y esa Paca está casada, ¿verdad?--pregunté.
--Sí, señor. Y tiene un montón de chiquiyo--respondió la joven,
agradeciéndome el giro que daba a la conversación.
--Pues si ahora no estuviese muy ocupada..., necesitaba darle un recado.
--Yo no creo... El marido no ha venío, y Dios sabe cuándo vendrá, porque
suele ajumarse un poco por ahí, y llega tarde... Etará quisá acostando a
los niño...
--Pues, con permiso de usted, voy allá a ver si la veo.
Y traté de separarme, haciendo una inclinación de cabeza. Pero el joven
de la faja, que no había dejado de mirarme con extraña atención, sin
interrumpir su malagueña silbada, extendió la mano solemnemente,
diciendo:
--No, cabayero, no vaya uté... Yo iré a darle el recao... Uté puee
quearse con esta chavaliya, sin perjudicá...
«Bronca tenemos», pensé; y, como maldito el deseo que sentía de liarme
con un chulo, me hice el tonto.
--Muchas gracias; quede usted con Dios.
Aléjeme a paso largo. Antes de llegar a la puerta de Paca ya oí ruido de
bofetadas y lamentos.
Algunas mujeres se mantenían sentadas delante de las viviendas o
_salas_, como allí las llaman, departiendo en voz alta. Dos hombres
tocaban la guitarra en puntos opuestos del corral, y un chicuelo de doce
a catorce años, con vocecita cascada y antipática, iba entonando unas
carboneras con bastante estilo. La puerta de Paca estaba solitaria. Oí
adentro su voz y llamé con los nudillos.
-¿Es uté, señorito? No le esperaba tan pronto--dijo la cigarrera,
saliendo.
Cinco o seis niños la siguieron y la rodearon, mirándome con ojos de
curiosidad.
--Sentiría estorbar.
--No, señor; no. Pase su mersé adelante.
Me condujo a una estancia reducida, pero muy aseada y amueblada con más
decencia de lo que podía esperarse. En mi país hay salas de hacendados
que no están tan bien puestas. Una consolita, un espejo, algunas sillas
forradas, cortinas en la alcoba, y detrás de ellas, una cama bien
aderezada, con colcha de punto de estambre y sábanas con encaje
ordinario. Todo despedía un olor de limpieza y curiosidad que me fue
grato.
--¡Oh, qué lujo!--dije, sonriendo--. Vamos, Paca, que no vive usted tan
mal.
--¡Ay señorito!--exclamó ella, siempre rodeada de sus niños y con un
quinqué de petróleo en la mano--. El lujo del pobre: mucha escoba y
mucho trapo. Si fuera solita, no digo que no compraría algunas cositas
que nos hasen farta, y estaría regulá. Pero ¡cómo quiere uté que una
porspere con esta gusanera de chico!
El símil no dejaba de ser exacto. Los chicos, morenos, casi negros,
delgados y medio desnudos, que se colgaban a sus faldas, parecían, en
efecto, lombrices.
--¿Quiere su mersé esperá un momento aquí a que dé de senar a los niños
y los deje acostado?
Respondí que prefería quedarme a la puerta de casa si me sacaba una
silla, porque la noche estaba asaz calurosa, y así lo hizo.
Senteme, pues, al aire libre mientras terminaba sus quehaceres, y me
puse a escuchar con sosiego los acordes suaves de las guitarras y la
vocecita destemplada del niño, que parecía un hilo que se retorcía en el
aire. Una mujer sacó agua del pozo, y el chirrido de la polea hizo coro
a las guitarras y al chico. Pero lo que excitaba la curiosidad era la
joven que había padecido persecución de bofetadas por mi causa. Escruté
cuanto pude al través de los pies derechos del jardinillo, que tenía
delante, y logré verla en compañía de su novio, limpiándose los ojos con
el pañuelo, pero hablando ya tranquilamente.
--Oiga usted, Paca--le dije cuando vino a la puerta--. ¿Ve usted aquella
joven que está allí enfrente?... Pues ya ha recibido esta noche unas
bofetadas por mi causa.
--¿Qué dise usted?
--Lo que oye. Me acerqué a preguntarle dónde vivía usted, y en aquel
momento llegaba ese chulapo, que debe ser su novio, y, al parecer, se ha
enfadado.
--Sí, por variá... No hay un día en que no la arme ese gachó con too
María Santísima.
--¿Quién es él?
--No... ¡Un disinificante!
--Pues ella tiene tipo de niña candorosa muy agradable. No pensé que
tuviera novio.
--¡Oh! «No hay sábado sin sol, ni mosita sin su amor», como esimo aquí.
La imagen de Gloria surgió de improviso en mi cerebro al escuchar estas
palabras. Sin acordarme ya de la joven ni del novio, ni de otra cosa en
el mundo, repetí a la cigarrera, con frase calurosa y más amplificada,
lo que me había sucedido con mi novia, y que a toda prisa le había
contado por la mañana en la fábrica. Me escuchó con muchísimo interés,
reflejándose en su expresiva fisonomía los diversos afectos que iban
agitando su espíritu: la indignación, la duda, la tristeza, la
esperanza. Cuando cesé de hablar, me dijo con acento de convencimiento
que estaba segura de que su señorita no había hecho aquello por maldad o
coquetería. Sin remedio allí debía de haber algún embuste _del
picaronaso del malagueño_ (ya le llamaba así sin conocerle). Conocía muy
bien a su señorita: era bondadosa, campechana, caritativa.
--No es una de esas niña recosía, ¿sabuté?, que se lo guardan toíto pal
ombligo. A mí señorita le baila el arma en los oho, ¿sabuté? Más clara
que el agua clara y más fina que el oro... Tiene un geniesiyo como un
cohete. Le da una gofetá al mezmo arzobispo en presona si se
descuida..., pero en pasándole el aquel, es más durse que una corderita
de Dios... Consentir ella un embuste, ¡quita ayá! Desirle a un hombre
que le quiere y no ser verdá, ¡no lo piense su mersé, señorito!
Gran bien me hicieron aquellas palabras. Yo también pensaba como ella, o
quería pensar al menos y cada vez me confirmaba más en mi sospecha. En
apoyo de sus afirmaciones, Paca me contó varias anécdotas de la vida de
mi novia, que escuché con entusiasmo y recogimiento. Hablamos largo rato
de ella. Poco a poco fue serenándose mi espíritu y acudió la alegría a
mi corazón. Al cabo de media hora de estar allí, no me cabía duda alguna
de que el asunto se arreglaría inmediatamente, en cuanto Gloria leyese
la carta suasoria que Paca tenía ya metida en su seno lacio de mujer
abrumada de hijos y trabajos.
Entonces, para pagarle el bien que me hacía, mostré interesarme por su
vida (mejor hubiera hecho en darle cinco duros, lo comprendo). Comencé a
hacerle preguntas acerca de su situación. El patio se había ido
despoblando poco a poco. El muchacho se había callado y una guitarra
también. Sólo la otra persistía murmurando suavemente una canción
melancólica. La cigarrera no tuvo inconveniente en ponerme al tanto de
sus intimidades domésticas. Se había casado por amor, contra la voluntad
de sus padres. El marido, que se llamaba Joaquín, pero a quien nadie
conocía en el barrio sino por el mote de _Fierabrás_, ya anunciaba de
muy joven lo que había de ser: calavera, pendenciero y borracho. Por
esto quizá se había chiflado por él. Nunca le habían gustado de mocita
los hombres formales y laboriosos. Su madre le daba cada soba que la
breaba, a fin de arrancarle aquel maldito amor. ¡Ojalá la hubiera muerto
de una! Pero nada: cuantos más palos, más se encendía su pasión por
aquel perdío. En una ocasión, su padre, sabiendo que había estado con él
en un merendero, la sacó de la cama, donde ya dormía, y la había dado
con el tirapié (era zapatero) hasta saltar la sangre por muchas partes
de su cuerpo. Su madre, otra vez, la había cogido por los pelos y la
había arrastrado por toda la casa. Si no llegan los vecinos, la mata.
Habíanla encerrado; tuviéronla a pan y agua una porción de días;
quitáronla de trabajar en la fábrica y no la dejaban salir ni a misa.
Nada; ella todo lo sufría con gusto por su Joaquín.
--Cuando ya me creían medio muerta de hambre y congoja, me ponía a cantá
con la mayor desvergüensa:
Me han quitao de ir a misa,
me han quitao el confesá,
me han quitao de ir a verte.
¡Qué más me pueen quitá!
¡Uf! ¡Cómo se ponía la venturá de mi maresita cuando me oía esta copla!
Al fin, una tarde se había fugado y se había estado tres días sin volver
a casa. De esta salida había resultado _compuestita_, y no hubo más
remedio que ceder a casarlos. El matrimonio no hizo más que acrecer sus
desdichas. _Fierabrás_ era albañil; pero en vez de traer el jornal a
casa, se gastaba una gran parte en las tabernas. No había aguardado
siquiera quince días para comenzar esta vida de perdío borracho, que no
se había interrumpido desde entonces. Y no era lo peor que se gastase la
mitad del jornal en beber vino, sino que cuando volvía borracho a casa
la mataba a golpes. Y todavía no era lo peor que la matase a ella, sino
que mataba también a sus hijos. Cuando se quejaba a sus padres, no
querían oírla, y con razón. Su madre había muerto hacía siete años. Su
padre había vuelto a casarse con una tía pescueza. Estaba, pues, sola en
el mundo y abandonada en las manos de aquel maldito. El que maltratase a
sus hijos la volvía loca, y era el toque para promover todos los
escándalos que, al parecer, eran casi diarios. De una cosa estaba
_satisfecha_ únicamente, y es que no le daba por mujeres. Si fuese así,
Paca se creía capaz de envenenarle. Todo menos eso.
--Mire uté, señorito: es un perdío sin vergüensa, un lechonaso que se
cae por las caye... ¡Esto es lo que no pueo aguantar! Que me atrape una
jumera cada día, pase...; ¡pero que venga por su pie con mil pares de
cuerno!, y no me lo encuentren tirao como un perro. Y cuidao que él es
pa too lo que le manden... Por el aire se entera de las cosas... No hay
en Seviya quien le eche el arto en su ofisio, y trabaja como un buey
cuando le sopla el viento por ahí... Aluego dimpués le da a uté la
sangre del braso. La peseta que tiene en el borsiyo le dura el tiempo
que tardan en pedírsela... Bruto y cafre, ¡eso sí!... Por un tantico
así es capaz de dejar seco a un hombre. ¡Pero en tocante a corasón, no
le digo a uté na..., es el hombre más cariñoso y más lila que habrá uté
vito en su vía... Holgasanaso, no hay otro en el barrio, ni má susio
tampoco... Le dará a uté náusea verlo, como me la da a mí... Dondequiera
que él va hay juerga y jarana. ¡Madre mía del Rosío, la vese que le
habré tenío que llevá comida a la carse! Es un tunante, un fasineroso de
cuerpo entero... Si le viera uté trabajá, ¡una gloria de Dios! Tiene
unas manos de plata y unos hígado que antes de consentir en que nadie le
ponga el pie delante se está sobre la escalera tres días con tres
noche... Pero es muy encogío él de su natural, y cuando ha hecho una
cosita bien, ¿sabuté?, no la cacarea, como otros... ¡Si no fuese lo
arrastrao que es y la mala entraña que tiene, habría que meterle en un
fanal!... ¡Hemos pasao cada crujía, señorito! ¡Qué crujía! Y él como si
tal, ¡el grandísimo perro!... Más de una vez y más de dos he tenío que
consolarle yo a él, porque se me echaba a llorar como un chiquiyo a lo
mejó... Y lo que yo le desía: «Ven acá, grandísimo roío, ¿a ti qué te
dan por llorá y suspirá so lechonaso?»
No era empresa fácil averiguar el verdadero carácter o tipo moral del
señor _Fierabrás_ por los datos que me suministraba su digna esposa. Mas
como yo no sentía necesidad apremiante de conocerlo, dejábala explayarse
a su gusto y asentía silenciosamente con la cabeza.
El gran patio cuadrilongo estaba ya casi desierto. La única guitarra se
había callado también. Las tertulias de comadres se habían deshecho.
Eran sonadas ya las once, y toda aquella gente necesitaba madrugar. La
luna seguía iluminando, al través de la atmósfera serena y abrasada, la
mayor parte del recinto. Su luz, deshecha en jirones, formando figuras
geométricas, dormía tranquila sobre las piedras lustrosas del suelo.
Los palitroques de los jardinillos trazaban delgadas y negras rayas en
él, semejando la proyección de grandes ventanas enrejadas. Allá lejos,
enfrente, seguía percibiendo la figura del celoso enamorado, inmóvil,
plantado sobre sus piernas abiertas, con las manos en los bolsillos. La
de la sufrida doncella no se veía, pero se adivinaba. Un asno, que
arrimaba su hocico a una puertecita vieja, que debía de ser la de la
cuadra, rebuznó, y su grito antipático y discordante estremeció el aire
dormido y turbó con furia la paz y el silencio del corral.
Pedile a Paca algunos informes acerca de éste, y me dijo que había en él
más de cuarenta salas, y que en algunas de ellas vivían dos o tres
familias. Todas habían de entenderse con la _casera_, o sea, la mujer
que el dueño de la finca tenía para el cobro del alquiler, que se hacía
por semanas, y para el cuidado y vigilancia. Los que allí habitaban
eran braceros. De las mujeres, solo algunas como ella salían a ganar un
jornal, dejando a sus hijos confiados a la _miga_, que así se llamaba a
la maestra de niños de corta edad. Las vivencias en los corrales salen
más baratas; pero hay todos los días reyertas sobre si el pozo, sobre si
la alberca, sobre si la ropa, etc., que hacen la vida más fastidiosa.
Luego la _casera_ ejerce sobre ellas un mando despótico y abusa de su
posición.
Pues así como se hallaba Paca comunicándome estos pormenores, oímos
hacia el pasadizo de entrada unos formidables maullidos, que a mí me
parecieron al principio de un gato monstruoso. Después empecé a dudar
que fueran producidos por ningún individuo de la raza felina.
--Ahí está mi marío--dijo la cigarrera, levantándose agitada.
--¿Su marido?--pregunté con sorpresa.
--Sí, señor; es el que maya... Hágame su mersé el favor de esconderse
ahí, detrás de ese montón de leña. Después que él entre se puee usté ir.
Hice como me mandaba, y asomando con precaución la cabeza pude ver en
medio ya del patio, iluminado de lleno por la luz de la luna, a un
hombre con blusa blanca que venía caminando lentamente a cuatro patas.
De cuando en cuando gritaba: «¡Miau! ¡Miau!», procurando imitar el
maullido de los gatos y consiguiéndolo a medias. Acercose al fin a la
puerta, y una vez allí repitió con más fuerza y más a menudo sus
formidables maullidos.
Hasta que salió Paca, y poniéndose en jarras comenzó a increparle.
--¿Eres tú, so arrastrao, porconaso, escandaloso?
--¡Miau! ¡Miau!--respondió _Fierabrás_, sin abandonar la posición
cuadrúpeda, comenzando a dar vueltas en torno a su esposa y a frotarse
contra ella, como un gato que quiere ser acariciado.
--¿No te dará vergüensa argún día de ser el hasmerreí der barrio? ¿No
tendrás argún día compasión de tus pobresitos hijos?
--¡Miau! ¡Miau!
--¡Quita ayá, bandolero! ¡Vamos a ver cómo entras ahora mismito!
--¡Miau! ¡Miau!
--¡Entra Joaquín!
--¡Miau!
--¡Entra, canalla!
--¡Miau!
Vi a Paca llevarse las manos a la cabeza y tirarse con rabia de los
cabellos.
--¡Mardita sea mi suerte! ¡Y que Dios tenga en er mundo a este roío dao
pol tal y me haya llevado aquel corasón de hijo!
Hubo un momento de silencio, un compás de espera, durante el cual
_Fierabrás_ siguió imperturbable dando vueltas en torno de su esposa,
lanzando ahora maullidos dulces y apagados, roncando y levantando el
espinazo con voluptuosidad.
Al fin advertí que Paca hacía con la cabeza un gesto de resignación
forzada, y principió a pasarle la mano por la espalda, diciendo al
propio tiempo:
--Vamos, menino, entra..., bis..., bis... ¡Pobresito!... ¡Pobresito!
Exactamente como si su marido fuese un gato, _Fierabrás_ se frotó
todavía varias veces contra las sayas de su esposa, dio unas cuantas
vueltas roncando, y al fin entró en la casa en la misma posición. Una
vez allí, quiso, al parecer, levantarse, pero no pudo. Mareado por el
alcohol, por las vueltas que había dado en cuatro pies y por la viva luz
de la lámpara de petróleo, dio consigo en tierra.
Me acerqué a la puerta y advertí que intentaba en vano levantarse,
arrastrándose por el pavimento de ladrillos.
--¿Conque no te puedes levantar, ladrón?--oí exclamar a Paca, con feroz
placer--. ¡Pues ahora e la mía!
Y descalzándose apresuradamente un zapato y cogiéndolo por la punta
comenzó a zurrarle la badana de lo lindo. Era increíble la prisa y la
destreza con que la cigarrera le azotaba por todo el cuerpo,
principalmente por la cara y las manos, que era donde más había de
doler. Y al compás de la azotaina exclamaba con acento rabioso:
--¡Esta por la gofetá que me diste el sábado! ¡Esta otra
también!...¡Esta por el candelero que me tiraste a la cabesa el lune!...
¡Esta por la palisa que me has dao el día de Nuestra Señora! ¡Esta
también!... ¡Y esta!... ¡Y esta!... ¡Esta por lechonaso!... ¡Esta por
sinvergüensa!
_Fierabrás_ se revolcaba en el suelo, lanzando rugidos, pataleando con
furor. Hacía esfuerzos por levantarse. Pero cuando ya iba a conseguirlo,
un acertado zapatazo en la cara lo volcaba de nuevo. Intentaba agarrar a
su mujer por los pies, mas esta brincaba con ligereza increíble y le
atacaba por otro sitio con mayor brío, de suerte que el infeliz se vio
necesitado a rendirse, dejando, sin resistencia, que su consorte le
vapulease a su buen talante.
--Vamos, Paca, déjele usted ya--le dije, interviniendo por humanidad.
--Aguárdese usted un poquirritiyo... Todavía no me las ha pagao
todas--respondió sin abandonar su cruel tarea.
Al fin, cansada, jadeante, los brazos quebrantados, el rostro cubierto
de sudor, se alzó y me miró con ojos donde todavía llameaba la ira.
--¿Sabuté?--me dijo--.En estos días que viene desjarretao como un toro,
me aprovecho.