* * * * *
La carta, después de leída, me satisfizo, porque, sin las redundancias
de las que antes había ensayado, tocaba los puntos necesarios. Era
humilde y expresiva, y la inclinaba suavemente a contestarme, que era lo
que yo con ansia apetecía.
Paca no fue todo lo puntual que hubiera deseado. Haría ya una hora que
la noche había cerrado, y más de dos que yo espiaba su llegada a la
ventana de mi cuarto, cuando al fin apareció. Salí precipitadamente al
portal y le entregué el billete, y con él, haciendo un esfuerzo sobre
mí mismo, un duro. Hubo lucha para que lo aceptase, y en ella tuve
momentos de desfallecimiento. Al fin quedaron las cinco pesetas en su
poder.
¡Qué de fatigas comenzaron para mí! La contestación, si la había, me la
traería Paca a la misma hora del oscurecer. Al día siguiente no salí en
toda la tarde de casa. Ni a la cervecería quise ir con Villa después de
almorzar. Cuando el sol comenzó a declinar, no contento con espiar por
las rejas de mi ventana, salime al portal, y desde allí, enfilando la
calle, me sacaba los ojos por si atisbaba a la cigarrera. Nada. Aquella
tarde hube de retirarme triste y cabizbajo. Al otro día lo mismo; al
otro igual. Ya iba perdiendo la esperanza. Villa, observando mi
tristeza, me preguntó el motivo, pero no quise manifestárselo, porque lo
hizo sonriendo. A mí me parecía aquello el negocio más serio de la
tierra.
Al fin, a los cuatro días mortales apareció Paca.
--¿Trae usted carta?--le pregunté temblando de anhelo.
--¿Qué me da su mersé por eya?--respondió la pícara mirándome con
semblante risueño.
--¡Venga, venga!--exclamé con ansiedad, temeroso al mismo tiempo de que
en efecto quisiera hacérmela pagar cara.
No contenía más que dos renglones. Decía así:
«Sigue usted tan gitanillo como antes. Después que salga del convento
hablaremos.»
El efecto que me causó fue delicioso. Corrió por todo mi cuerpo un
estremecimiento de placer, y en los primeros momentos no supe mas que
ponerme rojo de alegría y sonreír estúpidamente frente a Paca, quien a
su vez soltó la carcajada.
--¡Madre mía del Rosío, y cuánto me alegraría que su mersé y mi
señorita... ¡Vamo!--exclamó juntando con un gesto expresivo los dos
índices.
--Allá veremos, allá veremos--respondí con petulancia, afectando aire
reservado.--Venga usted mañana, que tengo que darle otra carta.
Con la alegría acudió a mi la actividad. Casi me hallaba seguro de ser
correspondido. Villa, a quien tuve la flaqueza de comunicar mi dicha,
entre sorbo y sorbo de café, me confirmó en ella, diciéndome después de
leer la carta:
--¡Olé por la monjita barbiana! Está usted de enhorabuena, compadre. ¿Ve
usted el tiempo que Isabel y yo nos queremos? Pues todavía no he
recibido carta suya.
El genio de la intriga volvió a arder en mí espíritu. Me propuse
proseguir al día siguiente la que tenía comenzada. Provisto de la
tarjeta del prebendado, como de un salvoconducto para atravesar una
región peligrosa, me arriesgué a ir de nuevo a visitar al salvaje de D.
Sabino. Esta vez no tomé la vía del convento, sino que fui a llamar por
la puerta que daba a la calle. Saliome a abrir la criada sorda, que al
verme puso muy mala cara. Sin duda su amo se había desahogado contra mí
después de la primera visita; y desde luego me dijo, cuando yo le hube
preguntado por el capellán a grandes gritos, que no se le podía ver, por
hallarse rezando. Repliqué que de todos modos le avisase para después
que concluyese. Vino diciendo que ni ahora ni después podía recibirme.
Sospecho que el clérigo, al oír llamar, había mirado por la celosía de
madera que cubría las ventanas de la casa y me había visto. Entonces le
entregué la tarjeta y dije que aguardaba contestación. No se hizo
esperar mucho. La sorda acudió a decirme que «tuviese la bondad de
subir».
D. Sabino salió a recibirme fuera de la sala con sotana y gorro. Había
cambiado la decoración. Aquellos ojos de cerdo, recelosos y malignos,
que me habían perseguido pocos días antes bajando por la misma escalera,
brillaban ahora con expresión de humildad y temor.
--Pase usted, señor Sanjurjo, pase usted--me dijo, quitándose el gorro y
haciendo reverencias.
--Bueno va--dije para mí.
Y pasé con aire triunfal, mostrándome serio y un tantico desdeñoso, lo
cual surtió admirable efecto. La expresión de temor se fue acentuando en
el semblante del clérigo, contraído por una sonrisa forzada.
--Señor Sanjurjo, usted me perdonará si la vez pasada no le he recibido
como correspondía. Si hubiese tenido el honor de saber que estaba
delante de una persona tan respetable y decente, nunca me hubiera
atrevido...
Hice un ademán para que no siguiese adelante, levantando los hombros y
alargando la mano hacia él.
--Usted no me conocía--dije gravemente.
--Eso es, no le conocía a usted. Yo quisiera enmendar mi falta. Basta
que me lo recomiende mi amigo don Cosme para que yo le sirva en cuanto
pueda.
No se me ocultó que la recomendación de D. Cosme no era la que le
obligaba a estar tan deferente, sino el ser yo sobrino de mi tío. Así
que dije con tono protector:
--Don Cosme es una persona muy amable y simpática. Mi tío Anselmo le
quiere mucho.
--Sí, ya sé... Creo que a su señor tío debe la posición en que se
encuentra...
--¡Tanto como eso!... Pero, en fin, bueno es tener aldabas donde
agarrarse.
El clérigo, al verme sonreír, se apresuró a hacer lo mismo, mostrando
unos dientes podridos que causaban náuseas.
Comprendí que había tropezado con un hombre vulgar y servil, y que podía
sacar de él buen partido. Por lo pronto, antes de llegar al punto
concreto que allí me llevaba, dejé que la conversación siguiese por
donde había empezado, hablando de D. Cosme y de mi tío. Con maña y
disimulo supe introducir bien en su mente la idea del poderío de éste.
Recordé al obispo Tal, al prebendado Cual, al ministro de la Rota D. N.,
amigos antiguos suyos. Sin decírselo, logré convencerle de que todos
ellos le debían el cargo que ocupaban. De este modo desperté su
ambición, y para inflamarla más empecé a hacerle preguntas referentes a
su persona y posición. ¿Hacía muchos años que era capellán del colegio?
¿Cuándo había venido a Sevilla? ¿En qué se empleaba antes? ¿Estaba
contento con su cargo? En seguida descubrió la oreja. D. Sabino era un
hombre despechado, lleno de hiel contra la sociedad, y sobre todo contra
el régimen actual de cosas, con el cual no medraban más que los
intrigantes, mientras los hombres de carácter independiente quedaban
postergados. Después de ser muchos años sacristán del Sagrario, había
solicitado un beneficio en la catedral con empeño, y por dos veces se lo
habían birlado otros. Algunos personajes de Sevilla, el marqués de Tal,
el banquero Fulano, se habían interesado en su favor; pero nada habían
conseguido.
--Eso--dije yo gravemente--consiste en que no tenía usted en el
ministerio una persona que tomase con calor el asunto.
--Sí, señor. Eso es lo cierto.
Hubo una pausa, que prolongué adrede, para que el capellán reflexionase
sobre lo que yo deseaba. Al fin, sacando la petaca y ofreciéndole un
magnífico cigarro habano, abordé el asunto.
--Pues mi objeto al venir a verle--dije, como si no hubiera pasado nada
antes--era que usted me enterase de ciertas particularidades referentes
a una de las profesoras del colegio, la hermana San Sulpicio.
--Con mucho gusto--repuso algo avergonzado.
Afecté no advertirlo y, envolviéndome en una nube de humo, comencé a
hacerle preguntas con fingida indiferencia. D. Sabino estaba con tantas
ganas de servirme, que se pasó de amable. También daba feroces
chupetones al cigarro para disimular su turbación, que no tardó en
desaparecer. Me enteró de todo lo que quise y no quise saber. Me contó
cómo había entrado la hermana en el colegio cuando niña y cómo su madre
había recomendado a la superiora que la inclinasen suavemente a la vida
religiosa. Esto era difícil. La chica era muy traviesa. Mientras niña,
no se hizo gran reparo en ello; pero cuando se hizo mujer trataron en
vano de corregirla. En esta época fue cuando él había entrado de
capellán al servicio del colegio. La madre habló con él, manifestándole
que se sentía enferma y deploraba en el alma dejar a su hija expuesta a
los peligros del mundo; que en ninguna parte sería tan feliz, como en el
convento; que la felicidad de su vida consistía en ver a la hija de su
alma tan cerca de Dios, y otras muchas cosas que le habían decidido a
influir sobre el ánimo de la joven. Esta no se mostraba muy inclinada a
consentir en lo que de ella se exigía. Se la llevó entonces a casa. Pero
a los tres meses, con gran sorpresa suya, se presentó de nuevo en el
convento, solicitando entrar de novicia. Don Sabino creía que la habían
impulsado a ello desavenencias con su madre. Pasado el año de noviciado,
se la envió a Guipúzcoa, y allí estuvo ejerciendo su ministerio dos
años. Luego la trajeron a Sevilla, y desde entonces no había ocultado su
resolución de abandonar el convento tan pronto como transcurriesen los
cuatro años del primer voto. Indicome también que su madre, una persona
muy piadosa y respetable, la excitaba a renovar los votos, y que el
superior la había llamado varias veces a su celda para hacerle la misma
recomendación.
--Pero, ¿el superior del convento no es usted?
--¡Ca! No, señor. Yo no soy más que el capellán. Hay un superior general
de todos los colegios del Corazón de María, lo mismo de los que existen
en España que en los de Francia, donde se establecieron primero. Es
francés, y constantemente está viajando, pasando temporadas en cada uno
para inspeccionarlos y dirigirlos. A sus manos va a parar todo el dinero
que se recauda...
--¡Ah!--exclamé.
--Sí, señor; todo el dinero va a Francia.
Advertí que pronunció estas palabras con un poco de despecho, por donde
pude entender que estaba herido por el alejamiento de los asuntos
económicos.
--Vamos, es una empresa donde el personal no cuesta nada--dije
sonriendo.
El clérigo no contestó; pero en sus ojos brilló una chispa de malicia,
que me indicó que sólo callaba por prudencia.
--Bien--dije después de chupar tres o cuatro veces el cigarro en
silencio.--Pues lo único que le ruego, por ahora, es que no se moleste a
la hermana. Yo estoy seguro, no sólo por lo que usted me ha indicado,
sino por saberlo de sus mismas labios, que está enteramente resuelta a
salir del convento, quiera o no su madre. Para cuando llegue el caso,
que será pronto, espero que usted no pondrá obstáculos...
--Yo, señor Sanjurjo, he hecho hasta ahora lo que creía de mi deber,
aconsejándola, guiándola por el camino de la piedad y de la devoción...
Pero desde el momento en que ella no quiere renovar los votos, yo creo
que mancharía mi conciencia si contribuyese a que se la molestase poco
ni mucho... Ya ve usted, sería responsable ante Dios de formar una mala
religiosa.
--Justo, justo--dije, bajando la cabeza con aprobación, y pensando
mientras tanto:--«¡Ah, gran tuno, qué poco te acordarías de esos tiquis
miquis si no fuera por el olor del _beneficio_!»
Despedime de él, no sin prometerle alguna otra visita para convenir lo
que habíamos de hacer en aquel asunto. Al tiempo de salir, le dije:
--Muchas gracias, don Sabino, y cuente usted conmigo, que tendré gusto
en demostrarle mi gratitud.
Escribí otra carta a la hermana y le conté lo que había pasado con el
capellán, y volví a protestar de mi inquebrantable adhesión. Me contestó
por el mismo conducto, diciéndome que me propasaba a hacer cosas que no
me correspondían, que no tenía derecho alguno a mezclarme en sus
asuntos, y que me dejaba toda la responsabilidad de lo que pudiera
suceder. «Con esto, y con que yo le dé calabazas cuando salga del
convento, está usted aviado», terminaba diciendo. No me desanimé por
ello. Al contrario, detrás de esta salida humorística, vi claramente que
aceptaba mis galanteos.
«Está bien--le repliqué;--vengan esas calabazas cuando usted salga del
convento, pero déjeme usted antes contribuir a que salga.» En suma, casi
diariamente nos escribíamos. Comprendía el trabajo que a Gloria le
costaba esto, porque todos los días venía el billete en papel distinto,
en lo blanco de otra carta, en los temas de francés de las niñas; hasta
en el dorso de un figurín me tiene escrito.
Lo que a mí no, se le ocurrió a ella: buscar la intervención del conde
del Padul. En una de las cartas me dijo que, si bien el conde no
visitaba casi nunca la casa de su madre, ésta le guardaba estimación y
cariño, y le mentaba a menudo en la conversación. «Mamá está orgullosa
de su sangre, y aunque es un calavera deshecho, creo que atendería mucho
a lo que le dijese mi tío Jenaro. Hable usted con Isabel primero, pero
no le diga que ha salido de mí la idea.»
Así lo hice a la noche siguiente en casa de las de Anguita. Isabel se
mostró muy propicia a ayudarme, y agradecida por la confianza que le
hacía. Ella se encargaba de decírselo todo a su padre y rogarle que
pusiese su influencia a mi servicio. Estaba segura de obtener buen
éxito. El conde tenía un gran corazón, no había en el mundo un hombre
más propenso a sacrificarse por los demás.
--Ya verá usted qué simpático es mi papá. Quedará usted encantado de él.
En Sevilla no hay quien no le conozca y le quiera.
Me conmovió la ternura y el entusiasmo con que la condesita hablaba de
su padre, que, según la voz pública, la estaba arruinando. Quedamos
convenidos en que aquella noche, al retirarse a casa, le enteraría del
caso, y en que al día siguiente, antes de almorzar, fuese yo a visitarle
y proponerle lo que se podía hacer. Y en efecto, al día siguiente,
correctamente vestido de levita negra abrochada, guantes, botas de
charol y sombrero de copa alta (casi del todo inusitado en Sevilla), me
personé en la mansión de los condes del Padul, situada en la calle de
Trajano. La fachada no era suntuosa; un caserón de sillería deteriorada
y ennegrecida, con algunas molduras toscas; los balcones de hierro
toscamente labrados también; las armas de Padul en el medio, cerca del
techo. Por dentro era muy distinta. El patio magnífico, con arquería de
mármol primorosamente labrada: en el centro había un jardincito y por
entre el follaje veíase blanquear una fuente monumental de mármol y se
escuchaba el rumor del agua. Por una puerta de cristales columbrábase,
tras larga y oscura galería, otro patio y jardín. Subí por una escalera
de mármol igualmente, acompañado del criado que salió a abrirme. En lo
alto de ella estaba Isabel, sonriente y hermosa, que parecía un sueño.
Vestía una bata blanca con adornos azules, y sus dorados cabellos caían
en gruesa trenza sobre la espalda, con un lacito azul también en la
punta. Comprendí mejor que nunca el loco amor de mi amigo Villa. Mis
ojos debieron expresar tan sincera admiración que se ruborizó levemente.
--Papá duerme todavía--me dijo.
--Entonces, me retiro; ya volveré.
--Nada de eso; pase usted, que no tardará en levantarse.
Me obligó a pasar a un salón lujosamente decorado con tapices y objetos
antiguos de gran valor. Lo que le hacía deslucir un tanto eran ciertos
muebles de moderna factura, que contrastaban ingratamente con aquéllos.
Sentose en un diván y yo traté de acomodarme en una butaca; pero la
condesa me señaló en el mismo diván asiento, y me coloqué a su lado.
Me dio cuenta de que aún no había hablado con su padre, porque éste se
había retirado tarde. «No importa; en cuanto se despierte voy allá y en
cuatro palabras le pongo al corriente de todo. Pierda usted cuidado, que
ha de hacer en su obsequio lo que pueda. Pidiéndoselo yo...»
A pesar de las seguridades que me daba, no dejé de sentir cierta
inquietud. Mucho más valiera que el conde estuviese prevenido ya. En
fin, la cosa no tenía remedio y me dispuse a aguardar. La condesita
entabló conversación sobre diversos asuntos indiferentes; la compañía
que actuaba en el teatro de San Fernando; el real alcázar, a cuyas
recepciones familiares por las noches solía asistir cuando la reina
estaba en Sevilla; la casa de las de Anguita, etc. Isabel hablaba con
perfecta naturalidad, la sonrisa en los labios, con entonación dulce y
simpática que cautivaba. Sus frases envolvían siempre una cortesanía tan
exquisita, una posesión tan cabal de todas sus facultades, que en ello
se echaba de ver la egregia cuna en que había nacido y el comercio en
que había vivido con elevadas personas. Jamás murmuraba de nadie. Hasta
para las acciones más ridículas hallaba siempre palabras indulgentes de
disculpa; exaltaba las buenas cualidades de sus amigas; a todas las
encontraba hermosas, elegantes o discretas; los amigos eran ingeniosos,
leales, cariñosos; de Villa dijo primores. «¡Qué persona más simpática,
¿verdad? ¡Tan fino, tan servicial! Luego tiene un corazón de niño. Le
encuentra usted siempre dispuesto a hacer el bien. A mí me hacen
muchísima gracia sus bromas con Pepita... me río como una tonta...»
Indudablemente era una mujer a propósito para fascinar a cualquiera. Su
hermosura singular estaba realzada no sólo por el brillo de su timbre
nobiliario, sino por el atractivo del carácter. Sin embargo, al cabo de
media hora de plática sentía como una impresión de fatiga. Había cierta
igualdad monótona en su discurso; jamás una observación fina, ni un
rasgo ingenioso, ni una frase que removiese la alegría en el corazón. La
misma sonrisa, el eterno juego de ojos para acariciar al interlocutor,
iguales elogios de todo lo creado. Creía adivinar que en el fondo no
había más que una muchacha bastante vulgar, con un buen carácter y mucho
y distinguido trato. ¡Qué diferencia de mi adorada hermana! ¡de aquella
gracia espontánea, de aquellos ojos parleros, siempre diciéndole a uno
cosas distintas, de aquella frase impensada, vibrante, donde se
condensaban todo el fuego y toda la sal de Andalucía! Sin disputa
alguna, la condesita era más hermosa, pero no serían muchos los que la
cambiasen por su prima. Al menos, esto me parecía a mi.
--Aguarde usted un momento. Voy a ver si papá se ha despertado--me dijo,
saliendo de la estancia. Y al pasar por la puerta se volvió para
añadir--: Si tardo un poco, es que le estoy enterando, ¿sabe usted?
En efecto, tardó en volver, y yo comencé a sentirme agitado y algo
pesaroso de lo hecho. ¿Qué diría el conde al saber que un quídam, con
quien no había cruzado la palabra siquiera, venía a molestarle para un
asunto tan baladí e impropio de sus años y jerarquía? Entonces vi la
fase ridícula de mi proyecto, y me sentí fuertemente avergonzado. Tuve
tentaciones de escaparme de la casa; pero me pareció, al instante, necio
y descortés. Isabel se había portado muy delicadamente conmigo, y
parecía interesada sinceramente en mi empresa. Al cabo de diez minutos
se presentó de nuevo sonriente, haciendo un signo con la mano para que
me acercase.
--Venga usted... Ya se lo he dicho... Por su parte, no hay
inconveniente; pero es necesario que le digamos lo que hay que hacer...
Atravesando algunos corredores y piezas, me condujo a la que ocupaba su
padre. Observé gran diversidad en el mobiliario de la casa. Mientras el
salón donde me habían recibido estaba amueblado, como ya he dicho, con
lujo, de las cámaras que íbamos pasando no podía decirse lo mismo. Sólo
contenían algunos trastos viejos; las paredes sucias; el pavimento de
azulejos, roto y deteriorado. Isabel no quiso pasar sin explicarme tal
contraste. Aquella casa había estado deshabitada largo tiempo, porque la
familia vivía en Sanlúcar. Su papá, que pasaba largas temporadas en
Sevilla, vivía en la fonda. Cuando, hacía cuatro años, se habían
decidido a venirse a esta población, amueblaron de nuevo algunas
piezas, las que necesitaban. El resto de la casa lo habían dejado tal
cual estaba, en la previsión de que les viniese otra vez la gana de irse
a Sanlúcar.
Empujó una puerta y penetró en la habitación de su padre. Luego me
llamó. Era un gabinete espacioso, con balcón a la calle, suntuosamente
decorado. Había la misma variedad de muebles antiguos y modernos. Los
primeros, existentes tal vez en la casa; los segundas, recientemente
comprados. Advertíase, en la riqueza y refinamiento de los objetos
usuales y en el desorden que reinaba, que era la habitación de un hombre
con instintos de gran señor y carácter desarreglado. El escritorio era
lindo y pequeñito, como los que usan las señoras; butacas de formas
diversas, forradas de telas preciosas; una fumadora; candelabros de
plata tallados en el siglo pasado; las paredes forradas de damasco
encarnado; en el balcón persiana de estilo modernísimo; sobre una butaca
un sombrero cordobés de alas anchas y rectas; en el suelo un par de
botas de montar, con las espuelas puestas aún; sobre el escritorio, en
vez de papeles, un cajón abierto de cigarros habanos y un revólver
niquelado. No se veía por ninguna parte un libro.
--Papá, aquí está el señor Sanjurjo.
--Voy allá--respondieron de la alcoba.
Y a los pocos instantes, levantando el portier de seda encarnada con
greca amarilla, se presentó el conde a medio vestir aún, con un batín de
color gris y vivos azules, y pañuelo blanco de seda cubriendo mal la
desnuda garganta. Era, a pesar de este traje casero, la misma arrogante
persona que había visto dos o tres veces en casa de Anguita. Sólo que
aquella expresión de fatiga que había advertido en su rostro se
mostraba ahora más claramente. El color de su rostro era moreno cetrino.
En sus facciones había regularidad y decisión; ojos grandes, negros y
opacos; la cabellera gris, abundante y ondeada. Era una figura enérgica
e interesante. Me estrechó la mano con franqueza y cordialidad. Yo sentí
crecer la vergüenza en mi pecho, y quedé turbado unos momentos en su
presencia. No pareció advertirlo. Me obligó a sentarme, y acto continuo
me presentó el cajón de cigarros. Comenzamos a fumar, y esto, y las
miradas de aliento que me dirigía Isabel, contribuyeron a serenarme.
El conde se mostró sumamente fino y deferente. Me dijo que recordaba
haberme visto en casa de Anguita, aunque no había tenido el honor de
cruzar la palabra conmigo. Se informó de mi patria, de mi edad y
profesión, mostrando un interés que me sedujo tanto como me sorprendió.
Yo tenía idea de que era un hombre seco y desdeñoso en su trato, como
suelen ser los calaveras famosos, tal vez por el tedio que les acomete
cuando trasponen la edad juvenil. De D. Jenaro Montalvo (que así se
llamaba) había oído contar las acciones más extravagantes y los casos
más estupendos. La mayor parte de ellos no le acreditaban como hombre
culto y bien educado. Algunos hacían presumir que sus sentimientos no
eran muy delicados. Contábase en Sevilla que el conde se embriagaba a
menudo, y en las juergas que corría con sus amigotes, casi toda gente
soez, hacía cosas indignas de su nombre. Una noche había desnudado a las
mujerzuelas que le acompañaban y las había zambullido en el río; otra
vez había hecho violencia a una criada del establecimiento donde cenaba
en presencia y ayudado de sus amigos. Decíase que en cierta ocasión
había disparado el revólver sobre unos muchachos que le dirigían en son
de burla el reflejo de un espejo a los ojos; se había batido con una
pistola cargada de arena y otra de pólvora, y había matado a su
contrario. Fue íntimo amigo del Naranjero, el célebre bandido de
Córdoba, y se hacía acompañar por él en sus cacerías por la sierra.
Todas estas cosas, y otras muchas que omito, habían formado en torno
suyo una leyenda, mitad caballeresca, mitad rufianesca, que le hacía muy
conocido y popular en la ciudad. Se me revolvían todas ellas en la
cabeza al hablar con él, y le contemplaba con muchísima curiosidad y
mezcla de repugnancia y admiración. Pero los modales corteses y la
afabilidad extremada de D. Jenaro borraron tales impresiones a la
postre. Cualquiera se resistiría a creer que aquella persona suave,
atenta y cortés fuese el héroe de tanta anécdota brutal y escandalosa.
Por su palabra grave y reposada, por sus modales aristocráticos sin
altivez, pero donde se traslucía su linaje, por la leve insinuante
sonrisa que acompañaba a su discurso, era el perfecto tipo del caballero
a la antigua española.
--¿Conque voy a tener el gusto de llamarle pronto pariente?
--¡Oh! señor conde--respondí todo sofocado,--el honor sería para mí...
pero no hay nada de eso.
--¿Por qué no? Mi sobrinita le quiere a usted... Usted la quiere a
ella... Se casan ustedes, y en paz.
--Para llegar ahí hay mucho camino que andar.
--Se andará--dijo Isabel.
--Bueno--manifestó el conde sonriendo y dirigiéndose a la vez a su hija
y a mí.--¿Y qué quieren ustedes que yo haga en este asunto?
En la sonrisa que contraía sus labios advertíase benevolencia y también
un poco de burla, que volvió a desconcertarme. Isabel respondió por mí.
--Queremos que trabajes para que Gloria salga del convento. Por
confesión de ella misma, tiene deseos de salir. Hay obstáculos que al
parecer se lo impiden. Quiero que tú averigües cuáles son y que los
deshagas.
--¡Quiero! Mejor dirías ordeno y mando--dijo el conde soltando una
carcajada.--¿Qué le parece a usted de la princesita? ¿Sabe o no sabe
mandar?
Yo me contenté con sonreír.
--La tía Tula--prosiguió la joven, sin hacer caso--te quiere mucho.
Estoy segura de que hará lo que tú le aconsejes.
--¡En seguida! ¡Si no la he visto hace un siglo!
--No importa. Te haces encontradizo con ella... Para eso es menester que
te levantes un día temprano... Ya sabes que va a misa a San Alberto...
Le dices que has estado, con cualquier motivo... conmigo, por ejemplo,
en el colegio del Corazón de María, que has hablado con Gloria y que
consideras que no debe permanecer en el convento por esto y lo otro...
Que no tiene vocación de monja, y que sería cargo de conciencia tenerla
allí contra su gusto. La tía, aunque no sea más que por vergüenza, se
apresurará a sacarla... De lo demás yo me encargo.
--Todo eso está muy bien--dijo el conde después de una pausa, mirando
con cariño a su hija.--Sólo hay un punto negro.
--Ya lo sé; el madrugar, ¿verdad? Yo me encargo de despertarte...
--¡No, no!--exclamó asustado.--Prefiero ir directamente a casa de la
prima.
--¡Qué hombre tan perezoso!
--Siento en el alma, señor conde, ocasionarle a usted una molestia...
mucho más cuando no tengo título alguno...--me apresuré a decir.
--Usted es muy dueño, señor mío... Pero ya lo haremos sin todos esos
laberintos que pide esta chiquilla... Déjelo usted de mi cuenta, que yo
me encargo de arreglarlo todo... Vamos a ver--añadió dirigiéndose a su
hija,--este señor, seguramente, me ha de recompensar mandándome los
dulces el día de la boda... Pero tú ¿qué vas a darme por ello?
--¿Yo? Un abrazo muy apretado y un millón de besos. ¿Te conviene el
precio?
--Me conviene--respondió D. Jenaro, cogiéndole la cabeza con las dos
manos y besándola con ternura sobre los cabellos.--Ahora ve a decir que
nos pongan el almuerzo... Supongo que el señor almorzará con nosotros.
Traté de excusarme, porque me parecía demasiada confianza para el primer
día; pero ante la insistencia afectuosa del padre y la hija, hube de
rendirme. Mientras nos avisaban, continuamos conversando. El conde me
pidió permiso para arreglarse en mi presencia. Hablamos de caballos y
toros. Era peritísimo en estos asuntos, y daba gusto escucharle. En
cambio, en cuanto mudé la conversación y le traje a la política, D.
Jenaro no emitió más que ideas vulgares o disparatadas. España, en su
opinión, no podía gobernarse sino a latigazos. Lo primero que hacía
falta era barrer a todos los granujas que bullen por los ministerios, y
poner en su lugar personas decentes y de arraigo. Luego, ¿para qué sirve
el Congreso? Para que medren unos cuantos ganapanes que no saben más que
charlar por los codos. Fuera el Congreso y fuera el Senado. Una persona
arriba, llámese rey, presidente o Preste Juan, que tenga firme por la
rienda y arree con el látigo al que se desmande. Luego, nada de
indultos. Al que conspire, cuatro tiros y en paz. Cuando se tuvieran
llenas las cárceles, se metía a los criminales en un barco viejo, se le
llevaba a alta mar y se le daba un barreno. ¿Por qué ha de mantener la
nación a los bandidos, vamos a ver?
Yo, que estaba pasmado de aquellas atrocidades, asentía sonriente con la
cabeza. En aquel momento hubiera convenido con él en que era menester
degollar a las dos terceras partes de los españoles. Luego que se hubo
arreglado, pasamos al comedor, situado en la planta baja, con dos
puertas vidrieras al patio. Era una pieza grande, un poco destartalada,
donde había dos armarios de roble tallado antiguos, espejo grande de
marco negro, una mesa elástica de estilo moderno y sillas de rejilla. Al
lado de nosotros vino a sentarse una señora vieja, modestísimamente
vestida, de semblante pálido y rugoso, cabellos blancos y anteojos
ahumados. Nos hicimos una inclinación de cabeza, y apenas abrió la boca
mientras duró la refacción. Ni el padre ni la hija me presentaron a
ella. Después supe que era una parienta lejana, llamada Etelvina, que el
conde había buscado para acompañar y autorizar a su hija, según los
casos.
El almuerzo fue sencillo. En Andalucía no se da a la mesa la
importancia que en los países del Norte. Observé que el conde comía
poco, lo cual, según me dijo, le pasaba casi siempre a la hora de
almorzar, quizá por levantarse tarde. En cambio, a la noche solía tener
apetito.
--Eso es lo que yo no puedo atestiguar--dijo Isabel, sonriendo con
tristeza.
--¡Claro, como que nunca me has visto comer!--dijo el conde, un poco
contrariado por el oculto reproche.
--Poquitas veces--añadió la joven tímidamente.
--¡Phs!--murmuró D. Jenaro, levantando los hombros con
indiferencia.--Supongo, señor Sanjurjo, que usted ya se irá
acostumbrando a las exageraciones de las andaluzas.
Seguimos hablando de política. Luego volvimos a hablar de toros. Por
último, recayó la conversación sobre poesía. La exquisita amabilidad del
conde le impulsaba a ello, pues que yo le había sido presentado como
poeta.
--En España hay muy buenos poetas--dijo el prócer con la mayor vaguedad
posible.
--¡Phs!... Sí, sí, algunos.
Como este relato es una verdadera confesión, declaro que aquel
«_¡Phs!_», pronunciado con indiferencia desdeñosa, quería significar que
yo, como gran poeta también, no estaba obligado a admirarme de otros
grandes poetas, sino a profesarles tan sólo la estimación debida a los
compañeros. Que se me perdone esta flaqueza que confieso. Otros las
tienen y no las confiesan.
--Me han gustado siempre mucho los versos... Leo pocos, ¿sabe usted?...
Como uno tiene tantas cosas que hacer... ¿Y cuál es el poeta que usted
prefiere?
--¿Yo? Zorrilla.
--Perdone usted, señor Sanjurjo; confieso que escribe muy bonitos
versos. Algunos he leído, y aun sé de memoria, que me encantan...
Aquello de
Pobre garza enjaulada,
dentro la jaula nacida,
¿qué sabe ella si hay más vida
ni más aire en que volar?
es precioso, ¡precioso!... Pero yo no puedo sufrir a ese señor. Creo que
es quien tiene la culpa, hoy por hoy, de todo lo malo que sucede en
España.
Quedé con la boca abierta.
--¿Cómo?...
--Sí, porque si no tuviese constantemente alarmado al país, éste
disfrutaría de los beneficios de la paz. Las industrias prosperarían con
los capitales que se retraen; la agricultura, la ganadería también...
Comprendí que el buen conde creía que el poeta Zorrilla y el
revolucionario del mismo nombre eran una misma persona. Me apresuré a
sacarle del error, tomando precauciones para que la lección no le
molestase. Pero no pareció poco ni mucho humillado, como si el ignorar
tales cosas no valiese la pena de fijar la atención. Y la plática
volvió, es claro, a rodar sobre caballos. El conde preparaba dos para
las próximas carreras. De allí, como por la mano, entramos otra vez en
el terreno de los toros, y de nuevo tuve ocasión de admirar los
conocimientos del prócer y la afición. En otro tiempo había sido uno de
los más bravos aficionados, aunque nunca había querido torear en
público. «Eso no es más que una guasa, ¿sabe usted?», me decía en tono
desdeñoso. Lo que le placía, aun hoy, era tentar y derribar toretes en
sus fincas y en las de sus amigos, montar buenos caballos, cazar venados
y cochinos en el monte. Otras cosas sabía yo que le gustaban tanto o más
que todo esto. Pero ésas no me las dijo, me las ofreció a la vista.
Mientras tomamos café se bebió una botellita entera de _cognac_. Y
hablando, hablando, también advertí que el conde no era muy fuerte en
geografía. Saliendo a cuento el viaje de Cúchares a Cuba, si yo no
entendí mal, D. Jenaro suponía que Buenos Aires estaba muy próximo a
esta isla.
Pues a pesar de esta falta de cultura, que a cualquiera parecerá
ridícula, era un hombre que se imponía. Nunca entraban deseos de reírse
de él. Había cierta energía en su acento y un desdén oculto detrás de su
refinada cortesía, que infundían respeto y hasta miedo. En su mirada
opaca, distraída, leíase bien que había pasado por muchos casos raros y
terribles, que había tratado gente de la más opuesta condición social y
que no carecía de inteligencia y sagacidad. Era un hombre habituado al
dominio, no tan sólo por su posición, sino por su valor, del que se
decían cosas pasmosas en Sevilla. Su hija le envolvía, mientras hablaba,
en una mirada de admiración y cariño que él no parecía observar. Sin
embargo, la trataba con mimo: no la llamaba más que «chiquita», y la
atendía en la mesa como a una dama festejada. De la prima Etelvina hacía
poco o ningún caso. Ella parecía también que se bastaba a si misma,
comiendo y callando, dirigiendo sus ojos, ribeteados de encarnado, al
que llevase la palabra, por encima de las gafas ahumadas. La sobrina
tampoco reparaba en ella, y cuando alguna vez se veía obligada a
alargarle algún objeto, lo hacía sin mirarle a la cara. Únicamente
cuando el conde quiso hablar de nuevo de mis amores, le hizo seña para
indicarle que no convenía delante de testigos. Pero aquél, o no la vio o
no quiso ceder a la indicación, porque siguió despachándose a su gusto
acerca del tema.
--Mi prima Tula es muy rara... Aquí ésta la conoce bien...¿Verdad,
Etelvina?
--Sí, la conozco bien--respondió la vieja con voz lúgubre, que semejaba
la de un aparecido.
--Como se han criado juntas, ¿verdad?
--Sí, nos hemos criado juntas--volvió a responder el aparecido.
--¿Cuándo os habéis separado?
--Nos separamos hace treinta años.
--Y es muy rara, ¿no es cierto?
--Muy rara.
Pormenores de las rarezas de su prima no fue posible sacárselos.
Confirmaba los que el conde relataba, con un movimiento de cabeza.
Cuando nos levantamos de la mesa, yo me apresuré a despedirme por no
molestar. Isabel aprovechó el momento para rogar a su padre que fuese
aquella noche con ella al teatro. El conde respondió, mientras encendía
un cigarro:
--No puede ser: ya sabes que no me gusta la ópera.
--Vamos, papaíto; esta noche solamente--repitió la joven con mimo,
besándole la mano que tenía cogida.
--No puede ser; me aburro y me duermo. ¿Por qué no vas con las de
Enríquez?
--Pues por eso precisamente. He ido convidada una porción de veces, y
me da vergüenza no llevarlas alguna vez.
--Manda por un palco, y llévalas.
--Bien sabes que eso no puede ser, papá. Parecería muy feo que tú no
fueses autorizándome.
--Pues, hija, lo siento... pero yo no voy.
--¡Parece mentira que me niegues este favor! Si te lo pidiese todos los
días, se comprende... ¡Pero una noche tan sólo! Bien podías hacer el
sacrificio de dejar a tus amigos...--profirió la joven con voz alterada,
pugnando por no llorar.
El conde volvió los ojos hacia ella, y le dirigió una mirada larga y
dura sin decir palabra. Isabel bajó los suyos con temor, y por debajo de
las negras pestañas asomó temblando una lágrima.
Aquella corta e insignificante escena me produjo mal efecto. Pareciome
que el conde era un padre muy tierno sólo mientras no se tocase a sus
gustos y placeres.