Preparativos para el bloqueo.
Matildita, como he dicho antes, debía de sospechar el deplorable
resultado de mi entrevista con el capellán del colegio del Corazón de
María. No hacía más que dar vueltas en torno mío y tirarme cuanto podía
de la lengua, a fin de cerciorarse de la verdad del caso, o por ventura
para meter su naricita en mis negocios y satisfacer el inmoderado afán
de dar consejos que la atormentaba. Como no tenía gran interés en
ocultar la derrota, pues ya se había disipado en parte la vergüenza que
me produjera, concluí por confesarlo todo. Fuertes aspavientos de la
chiquilla. No cabía en sí de indignación. Me hizo repetir varias veces
la repugnante grosería usada por el clérigo conmigo, y me dijo que ella
no la hubiera sufrido. Esto no me pareció bien. Pero le hice ver en
seguida los inconvenientes que habría traído consigo cualquier
resolución violenta en tal momento, y concluyó por convenir en que mejor
había sido «el despresiarle». Después de quedar unos instantes
silenciosa en actitud reflexiva, abrió la llave de los consejos. En su
opinión, lo que yo debía hacer ahora era presentarme a la madre de
Gloria, pintarle mi pasión por su hija, echarme a sus pies y suplicarle
que la sacase del convento y nos permitiese casarnos y ser felices. El
consejo era poco práctico, y me convenció de que los amores del
aspirante a telégrafos habían dejado en el espíritu de Matildita una
huella indeleble de romanticismo.
Mejor lo tenía yo pensado. En esto de ver las cosas como son y conseguir
lo que nos proponemos, me parece que nadie saca ventaja a los que hemos
nacido en los valles pintorescos de Galicia. Ya diré más adelante lo que
mi mente, apretada por la necesidad, urdió para alcanzar lo que
apetecía.
Por aquellos días se había marchado el alcalde Cueto a su pueblo y había
llegado un matrimonio de Écija. Sentábase, pues, a la mesa, a las horas
de almorzar y comer, una señora, lo cual había hecho variar un poco el
tono de la conversación. Esta dama se llamaba Raquel. No pasaría de los
treinta años y era mujer hermosa como pocas, de arrogante figura, alta,
mórbida, de tez morena, nariz aguileña, labios gruesos y ojos negros y
grandes, tal vez demasiado grandes. Sus facciones, pronunciadas en
demasía, su figura voluminosa, hacían que pareciese más hermosa de lejos
que de cerca. Aquellos ojos cristalinos, abombados, de ternera, aquella
nariz enérgica, borbónica, aquellos labios rojos abultados, a cierta
distancia formaban un conjunto armónico, maravilloso. No obstante, aun
de cerca se la podía diputar por un buen modelo de escultura femenina.
Estaba casada con un viejo, D. José Torres, que, a pesar de la peluca y
llevar teñido el bigote, nadie le haría bajar de los ochenta. Era un
hacendado rico, según supe pronto, porque en las casas de huéspedes no
suelen ignorarse mucho tiempo las circunstancias de cada cual. Había
tenido el capricho de casarse con aquella joven, a quien había dotado en
cuarenta mil duros al tiempo de hacerlo. Para ella, que era una
desgraciada sin recurso alguno, fue gran fortuna, sobre todo teniendo en
cuenta que el viejo no tardaría en dejarla libre. Tuve ocasión de
convencerme muy pronto de que la hermosa no correspondía con
agradecimiento a la generosidad y a las atenciones que constantemente
guardaba con ella su marido. Tocome sentarme a su lado en la mesa, y no
tardamos en trabar conversación y entrar en confianza. Raquel hablaba
siempre con énfasis, hablaba mucho, y según avanzaba en el discurso se
iba animando, yo no sé si natural o artificialmente, al punto de que
siempre concluía en el diapasón más alto y muchas veces con el rostro
enrojecido. Si esto era afectación, había concluido, por el hábito, en
connaturalizarse con ella. Mostraba poseer gran presunción y un carácter
susceptible y despótico. No tenía reparo en dirigir a su marido, delante
de todos nosotros, frases irrespetuosas cargadas de desprecio. El señor
Torres era un anciano suave, conciliador, discreto, que veía muy bien el
ridículo que su esposa hacía caer sobre él a cada instante, y padecía y
procuraba evitarlo templándola, cuando se enojaba, con frases cariñosas
o con inocentes burlas. Recuerdo que una noche se trataba de sobremesa,
entre bromas y veras, el problema del matrimonio, qué circunstancias
debía reunir la mujer para ser buena esposa, etc. Todos habíamos emitido
nuestra opinión, incluso Eduardito, cuyo parecer, favorable a las
mujeres hechas ya y experimentadas, fue acogido con una salva de
aplausos y carcajadas. Faltaba únicamente el señor Torres, a quien,
según Villa, correspondía hacer el resumen de la discusión. Don José,
después de excusarse un poco, manifestó, con los ojos bajos, quizá por
no tropezarse con los de su mujer, que se fijaban en él nada halagüeños,
que la mejor esposa era la más humilde, la que conocía sus deberes y
sabía cumplirlos, haciendo del hogar doméstico un paraíso. Observé
cierta contracción nerviosa en el rostro de Raquel, que no anunciaba
cosa buena. Y, en efecto, con sonrisa forzada, que dejaba traslucir su
irritación, principió a combatir las aserciones de su marido,
sosteniendo que la humildad es una cualidad de las esclavas, no de las
mujeres; que lo que les hace falta a éstas en la mayor parte de los
casos es dignidad, y que si la tuvieran no se verían tantos desastres en
los matrimonios. Según su costumbre, a medida que hablaba se iba
enardeciendo con sus propias palabras. Esta vez concluyó de un modo tan
violento, dirigiendo frases tan agresivas e inconvenientes a su marido,
que lo mismo Villa que yo intervinimos para calmarla.
--Me irrito, porque sé bien por dónde viene el agua al molino. A mí me
gusta que se hable con franqueza. El herir a una persona solapadamente
es una cobardía, ¡sí, señor, una cobardía!
--Pero mujer--decía el pobre anciano con sonrisa tímida,--si nadie ha
tratado de herirte aquí. No he hecho más que sentar una apreciación
general, que nada tiene que ver contigo.
--Repito que es una cobardía, y permíteme que te diga que hacerlo
delante de gente es aún otra cosa peor.
A todos nos causó mal efecto aquella escena, y hubo una pausa. Villa
entabló otra conversación para que cesase el embarazo.
Desde que el matrimonio había llegado, Olóriz, el estudiante de Derecho
que con nosotros vivía, se acicalaba aún más el pelo y la barba, cosa
que parecía ya punto menos que imposible, pues estos dos aditamentos
capilares eran objeto de preferente atención y de asiduos cuidados para
el jurista. El pelo era rubio, lustroso, ondeado, y lo llevaba
esmeradamente partido por el medio, dejando caer dos bucles primorosos
sobre la frente. La barba rubia también, rizosa, larga, y la llevaba
igualmente partida por la mitad. Felicia, la criada, nos decía que
empleaba media hora larga en atusársela, untándola con perfumados
aceites; que nunca dejaba, al llegar o salir de casa, de contemplarse al
espejo con delectación, alejándose y aproximándose para gozar de su
figura a distintos puntos de vista, y que el colocar el sombrero al
salir a la calle era negocio largo. Por lo demás, parecía un infeliz,
silencioso, sonriendo a todo lo que se decía, dejando escapar de vez en
cuando alguna frase insignificante. Pues este mancebo delicado, según
mis observaciones, abrigaba proyectos de seducción sobre la bíblica
señora de Torres. Sentábase frente a nosotros, y mientras duraba el
almuerzo y la comida no dejaba de envolverla en una red espesísima de
rayos visuales. Y, confesando la verdad, debo añadir que Raquel no
parecía hallarse mal prisionera dentro de ella; antes correspondía con
otra, si no tan espesa, lo suficiente pura que el joven pensase con
razón que sus notabilísimos cabellos y barba eran apreciados en su justo
valor por la hermosa dama. En la mesa apenas cruzaban la palabra; pero
les vi en diferentes ocasiones departir amigablemente, apoyados en la
barandilla del corredor, mirando con ojos extáticos los azulejos del
patio. También observé, una vez que fui a misa de nueve en San Isidoro,
que Olóriz, situado en posición estratégica, cambiaba con la dama,
arrodillada cerca de una capilla, sonrisas y miradas. No sé si el señor
Torres habría hecho las mismas observaciones que yo. Presumo que sí,
porque no era tonto, y se necesitaba serlo para no advertir las
insistentes miradas del joven.
Fueme simpático el anciano, y le compadecía sinceramente. Entramos
pronto en confianza, y en ocasión en que quedamos solos de sobremesa,
tuve con él una conversación bastante íntima. Se quejaba del calor que
hacía, al cual nunca se había podido acostumbrar a pesar de vivir en
Écija, llamada la sartén de Andalucía, y decíame que le molestaba
extremadamente la peluca.
--Nunca la he gastado hasta hace poco, y eso que he quedado sin pelo
hace más de cuarenta años...¡Phs! Ha sido un capricho de Raquel--añadió
sonriendo dulcemente.--Dice que sin ella y con la barba blanca que antes
traía aparento tantos años que le da vergüenza ir conmigo por la
calle...¡Como si a pesar de estos adimentos ridículos no se conociese
que paso de los ochenta!... Yo bien comprendo que a ella le avergüenza
estar casada con un ochentón, y usted mismo se habrá dicho al vernos:
«¡Vaya un matrimonio estrafalario!... ¿Cómo se le habrá ocurrido a este
viejo decrépito casarse con una joven tan linda?...» Nada; no me diga
usted nada; quien dice usted, dice todos los demás que nos conocen. Ha
sido una falta, lo reconozco; pero crea usted que hay algunas cosas que
la atenúan un poco. En primer lugar, Raquel es hija de un antiguo amigo
mío. Hace cuatro años se quedó huérfana y sin recurso alguno. Necesitó
irse a vivir en compañía de una hermana que tiene casada. Yo, que
frecuentaba la casa, me convencí pronto de que allí no la trataban como
debían, y ella misma se me quejó con lágrimas muchas veces de que en
casa de su hermana no era más que una criada sin sueldo. Entre vestir y
lavar a los niños, hacer las camas, asear la casa, aplanchar la ropa,
etc., no tenía un momento libre. Mientras tanto la hermana, como
princesa, pasaba el tiempo columpiándose en una mecedora, reprendiéndole
cualquier falta severamente... En fin, ya puede usted suponer lo que
pasaría allí. Compadecía mucho su situación, y pensando en los medios de
aliviarla, se me ocurrió traerla a casa. Mas esto ofrecía dificultades.
¿En qué concepto iba a venir a mi casa? Por muchas vueltas que le diese,
sólo podía venir de dos maneras: o como esposa, o como criada.
Proporcionarle dinero para que viviese aparte, era factible; pero ¿no
sería herir su susceptibilidad que, como usted ha visto, es grande?
Entonces se me ocurrió casarme con ella. Le hablé con toda franqueza.
«Hija mía, soy un trasto viejo, tendrás que aguantarme un poco de
tiempo. En cambio, a mi muerte quedarás libre y con una fortuna
considerable. Por mucho que viva, tiene que ser muy poco. Mira si la
perspectiva de una posición independiente y desahogada compensa para ti
las molestias que yo te pueda ocasionar.» Ella aceptó dando muestras de
agradecimiento, y desde entonces, que fue hace tres años, he procurado
serle lo menos incómodo posible y que viva no sólo con desahogo, sino
con lujo, para que su situación sea más llevadera. Así y todo, parece
que algunas veces se impacienta... Es natural. La pobre se ve joven,
hermosa y adulada por los hombres. El pensar que se encuentra amarrada a
un tronco tan viejo y carcomido le hace padecer.
La sencillez y franqueza del anciano me conmovieron. Desde entonces le
tributé aún más respeto y consideración, y fuimos amigos. Por eso me
atreví a decirle a Raquel un día en que ponderaba el sacrificio que
había hecho casándose con él, y la tristeza de consagrar su juventud a
cuidar a un anciano achacoso:
--Vamos, tenga usted paciencia, que eso no durará mucho. Al fin se
encontrará usted joven y con una buena fortuna.
--Sí, sí, eso me decían mis amigas al casarme; pero va durando
demasiado.
Aquella cínica respuesta nos dejó fríos a todos. Desde entonces me fue
profundamente repulsiva a pesar de su belleza.
Pues volviendo a mis asuntos, digo que comenzó a germinar en mi mente
una idea, y fue la de acometer de nuevo la vía del capellán del colegio
para llegar hasta mi adorada Gloria. El genio astuto de la raza galaica,
que late en el fondo de mi ser lírico, me suministró una traza apropiada
al caso. Yo tengo en Madrid un tío carnal, hermano de mi madre, que es
alto empleado en el Ministerio de Gracia y Justicia desde hace años.
Goza allí de gran consideración, y ha repartido en su vida no pocas
canonjías y hasta ha influido poderosamente en la elección de algún
obispo. A este le escribí rogándole me enviase una tarjeta de
recomendación para algún dignatario de la catedral. Mientras llegaba la
respuesta, seguí asistiendo a la tertulia de las de Anguita. Y, cierto,
no lo pasaba mal. A los tres o cuatro días, según me había anunciado
Villa, era íntimo de la casa. Pepita me llamaba chinchoso y mal gallego
a cada instante; Ramoncita me trataba con la misma gravedad campechana
que a los amigos antiguos, y Joaquinita celebraba conmigo numerosas
conferencias de quince minutos cada una. Éste era el punto negro de la
tertulia. La asiduidad de aquella señorita me iba siendo cada vez más
empalagosa.
A pesar de que le tenía muy recomendado a Villa el secreto de mis
amores, imagino que le molestaba dentro del cuerpo, o que no pudo
resistir a la tentación de informar a su adorada condesa de todo, porque
observé que una noche ésta, mientras hablaba con él, fijaba sus hermosos
ojos en mi con curiosidad y benevolencia. Poco después se acercó el
comandante y me dijo risueño:
--Vaya usted con Isabel, que desea hablarle.
Me apresuré a cumplimentar la orden de la dama, quien me acogió con
extremada amabilidad.
--Siéntese aquí, que tengo mucho que hablar con usted... Ya sé que está
usted enamorado...
--¡Ese Villa!--exclamé con enojo.
--No se enfade con él, porque su indiscreción quizá redunde en beneficio
de usted. Ha de saber usted que la monjita por quien pena es prima mía.
--¿De veras?--pregunté estupefacto y con poca galantería.
--No muy próxima, pero sí lo bastante para que pueda llamarla así. Su
madre es prima segunda de papá.
Si algo pudiera faltar para que aquella hermosa y amable joven me fuera
del todo simpática, fue este descubrimiento. La contemplé con
embelesamiento, con un éxtasis religioso que no pasó inadvertido para
ella.
--Así me gusta--dijo sonriendo.--Cuando se quiere a una mujer, ha de ser
de veras.
Yo me reí también, ruborizado.
--Nunca hemos tenido un trato muy íntimo--siguió,--porque yo me he
criado en Sanlúcar, y ella entró de interna en el colegio muy temprano.
Sin embargo, recuerdo que cuando venía a pasar alguna temporada a
Sevilla, he jugado con ella en su casa y hemos paseado juntas con
frecuencia. Después que entró en el colegio no la he vuelto a ver más de
tres o cuatro veces, que fui exprofeso a visitarla con una tía mía y de
ella también... Tiene usted buen gusto. Gloria es muy graciosa y
simpática. ¡Si viera qué bien bailaba de niña las seguidillas!
--Y ahora también.
--¿Cómo ahora?--preguntó con asombro.
Entonces le expliqué de qué manera la había visto bailar en Marmolejo,
lo cual celebró vivamente.
--Siempre ha sido muy resuelta y un poco aturdida... Si no fuera por ese
carácter alegre que Dios le ha dado, ya estaría muerta hace tiempo...
Quise saber pormenores de su vida. Los datos vagos que me había
suministrado la madre Florentina habían excitado fuertemente mi
curiosidad, y las reticencias de ahora no eran a propósito para
calmarla. Isabel sabía poco, o no quiso decirlo. La tía Tula (madre de
Gloria) era una señora bastante rara, con un genio diametralmente
opuesto al de su hija. Parece que Gloria fue metida en el colegio contra
su voluntad y que luego se hizo monja por no avenirse con su madre. De
aquella insinuación que me había hecho Suárez en Marmolejo, referente a
un señor que dirigía los asuntos de D.ª Tula y vivía con ella
maritalmente, no me dijo nada, ni yo me atreví a preguntarle. Después me
dijo mirándome a los ojos sonriente:
--Además, le prevengo a usted que mi prima es rica. Su padre pasaba por
tener una buena fortuna.
Yo (¡oh gran hipócrita!) hice un gesto de indiferencia.
--No quiero decir que eso aumente poco ni mucho su interés por ella--se
apresuró a decir.--Pero... vamos, el dinero nunca daña...
Se informó también del estado de mis amores, y con ella fui más franco
que con Matildita. No le dije más de lo que había pasado. Tuve la
satisfacción de escuchar que, en su concepto, era lo bastante para que
pudiese imaginar, sin pecar de presumido, que no le era indiferente a su
prima. De la entrevista con el clérigo no le hablé palabra, porque la
verdad del caso la hubiera hecho reír a mi costa, y una mentira ninguna
utilidad me traía. Por supuesto, por hacer como todos los demás, también
me brindó protección.
--Estoy sumamente interesada en que logre usted lo que desea, tanto por
mi prima, que es una lástima que consuma entre cuatro paredes su
juventud, no teniendo vocación para ello, como por usted. Creo que de
algo podré servirle en su campaña... Discurra usted, y vea si puede
utilizarme, que tendré mucho gusto en ello.
Le di un millón de gracias, rebosando de gratitud, y le prometí que
cuando llegase el caso la molestaría sin vacilar, pues me inspiraba una
confianza absoluta. Desde la primera noche que la viera me había sido
extremadamente simpática. Sus ojos dulces y benévolos revelaban un buen
corazón, el timbre de su voz inspiraba desde luego cariño y confianza,
etc., etc.
Manejé el incensario de lo lindo, aunque loando sus prendas morales con
preferencia a las físicas, por parecerme de mejor gusto y no inspirar
recelos.
Cuando pasaban estas razones entre nosotros, apareció Joaquinita,
diciéndonos con sonrisita forzada:
--Isabel, hija mía, tú nos acaparas todos los pollos. Déjanos siquiera
alguno, por compasión.
--El señor me estaba informando de unas parientes que tengo en
Galicia--respondió la condesita rápidamente.
Le agradecí el disimulo, en el cual me pareció más maestra de lo que yo
había imaginado, y me levanté para sufrir un rato el chorro de la de
Anguita, que seguía cada vez con más ahínco interesándose por todo lo
que me atañía. Si no fuese porque es un poco ridículo, diría que seguía
requebrándome. Declaro que me iba aburriendo y que me distraía de un
modo lamentable. Muchas veces mis respuestas eran incongruentes.
Bostezaba escandalosamente, y llegué en ocasiones a dar cabezadas de
sueño. Pero Joaquinita ni se enojaba ni cedía. Dirigiendo la mirada
hacia un grupo donde estaba D. Acisclo, observé que nos miraban
sonrientes. Después supe que éste les había dicho:
--Miren ustedes a Joaquinita con la caña.
Por fin llegó la carta de mi tío, y dentro de ella otra muy expresiva
para un prebendado de la catedral llamado D. Cosme de la Puente,
recomendándome. Recibí un alegrón y casi no almorcé, con el afán de ir a
visitarle y poner en ejecución mi proyecto. Tan luego como engullí el
último bocado y pasé por el cuarto para recoger el bastón y los guantes,
abrí la cancela y me dispuse a salir a la calle. Mas al trasponer la
puerta exterior, una mujer del pueblo, que sin duda me aguardaba, vino a
mi encuentro, diciéndome con el acento exagerado de la plebe andaluza:
--Señorito, perdone su mersé. ¿No e su grasia don Seferino?
--Ceferino me llamo--respondí mirándola con sorpresa.
Era una mujer ajada, de buenos ojos, flaca, pálida y pobremente vestida,
con un pañolito de seda blanco al cuello y la cabeza descubierta.
Aparentaba bien cuarenta años; pero quedaba la duda de si sería más
joven. Su rostro ofrecía más claramente las huellas del trabajo y la
miseria que las del tiempo.
--¿Sanhurho?
--Sanjurjo.
--Pue tengo que darle a su mersé un recaíto...¿Quiere que entremo en el
portal?
--Como usted guste--repuse, fuertemente excitada mi curiosidad.
Nos apartamos, en efecto, de la estrechísima acera, y ya dentro del
portal, la mujer sacó del pecho una carta doblada y me la entregó.
Rompí el sobre apresuradamente y fui derecho con los ojos a ver la
firma. No la tenía.
--¿De quién es la carta?
--De mi señorita.
--¿Y quién es su señorita?
--¡Toma! La señorita Gloria.
No pude reprimir un movimiento de susto, y me puse, no a leer, sino a
devorar la carta, apretada la garganta y las manos trémulas. La buena
mujer debió de observar mi turbación, porque al levantar los ojos vi una
sonrisa en sus labios. La carta decía lo siguiente, en una magnífica
letra inglesa de colegio: «Muy señor mío: Habiendo sido severamente
castigada por la superiora, hasta privarme por cinco días de toda
comunicación con mis hermanas y con las educandas, después de rogarlo
con muchas lágrimas, me han dicho que la razón del castigo era que un
joven cuyas señas coinciden con las de usted se había presentado al P.
Sabino diciendo que era mi novio y que venía a sacarme del convento. Si
fuera usted, como presumo, el autor de la gracia, merecía le tuviesen
toda la vida encerrado en un calabozo como me han tenido a mí cinco
días. Le ruego que no vuelva a ocuparse de una pobre mujer a quien ha
ocasionado y puede aún ocasionar serios disgustos».
Entre confuso y dolorido, pregunté a la mensajera:
--Pero ¿es verdaderamente de la hermana San Sulpicio?
--Así creo que se yama en el convento. Para mí e y será la señorita
Gloria.
--¿Se la puede contestar?
--¿Por qué no?
--Pero ¿quién es usted, y cómo puede llevar cartas a una monja?
Me lo explicó con la brevedad y el lenguaje espontáneo y pintoresco que
caracteriza a las menestralas sevillanas. Se llamaba Paca y «había sido
siempre mucho» de la casa de la señorita Gloria. Su madre había sido
nodriza de ésta, y ella niñera, por más que no llevaba a la señorita más
de doce años. Doña Tula la protegía y la llamaba para recados cuando
hacía falta. Tenía una prima, criada de unas niñas que asistían al
colegio del Corazón de María, y por su mediación se comunicaba con la
señorita Gloria, a la cual también iba a ver de vez en cuando. Esta
prima fue la que le diera la carta que ahora me entregaba.
--Pero ¿cómo sabía usted que era yo y dónde vivía?
--Verá uté, señorito. Su mersé da casi toíto lo día tre o cuatro paseíto
por la caye de San José y mira mu encandilao hasia la parte del
convento, ¿verdá uté? Fue mi prima lo ha arreparao y se diho contra sí:
«Ete e er señorito de la señorita», y le ha seguío lo paso hata da con
la posá. Aluego me lo diho a mí... y aquí etamo.
--¿Y ha preguntado usted a alguien más?
--Uté e er primé señorito que sale de eta casa dende que aguardo.
--¿Y es usted criada ahora de la madre de la señorita?
--No señó; yo estoy casá y trabaho en la frábica.
--¿En qué fábrica?
--¡Toma! ¿En cuál ha de sé? En la de sigarro. ¿Quiere uté que vuerva por
la repueta?
--Sí, venga usted al oscurecer.
Después que se despidió, yo, en vez de seguir hacia casa del canónigo,
retireme a la mía poseído de fuerte turbación. La cosa no era para
menos. Aquella carta daba al traste con todos mis proyectos amorosos.
Comencé a pasear agitadamente en sentido oblicuo por la estancia. La
tristeza, la cólera y el despecho armaban un verdadero motín en mi
cabeza. Por encima de todo, como sentimiento más vivo, asomaba el odio
profundo contra el miserable capellán y un deseo irresistible de
vengarme de él a toda costa. ¡Quién sabe los proyectos asesinos que en
un instante cruzaron por mi imaginación! Ahora iba derecho a su casa y
le metía una bala en los sesos; ahora le aguardaba traidoramente por la
noche y le daba con un palo de hierro en la cabeza, o bien le asestaba
una puñalada con un puñalito cincelado que me regalaron la noche en que
leí varias poesías en El Fomento de las Artes. De todos modos, aunque la
forma variase, el fondo era siempre idéntico, ¡zas! y al cementerio. Por
fortuna, después que murmuré ¡zas! ¡zas! algunas docenas de veces de un
modo fatídico, quedé más tranquilo y pude reflexionar. Al cabo de media
hora de paseos, se me ocurrió una idea que, a no estar perturbado, debió
ocurrírseme en cuanto leí la carta, a saber: que si bien en ésta se me
trataba duramente y con cierto desprecio, el hecho positivo, tangible,
era que la hermana me enviaba una carta y que para hacerlo necesitó
exponerse mucho y buscar medios clandestinos. Si yo le fuese enteramente
indiferente, no correría semejante riesgo. Con manifestar francamente a
la superiora y al capellán que ella no era responsable de que a un loco
se le ocurriera lo de la visita a aquél, ambos se darían por convencidos
seguramente, y no tendría más que temer. Este pensamiento halagüeño fue
creciendo en mi espíritu hasta llenarlo todo. Cuanto más meditaba sobre
él, más verosímil me parecía. Entonces, bailándome el corazón de gozo,
me senté a la mesa, saqué papel y me puse a escribir. No me salían más
que protestas exageradas, ternezas empalagosas que al leerlas después me
disgustaron. Tanto que, rasgados tres o cuatro pliegos, me decidí a
esperar que las ideas se me compusieran un poco en la cabeza. Lo mejor
me pareció salir a la calle y hacer la visita al canónigo. Según iba
caminando hacia su casa, situada en la calle de la Mar, cerca de la
catedral, me confirmaba más en la intriga proyectada, una vez adquirido
el convencimiento de que la hermana no me rechazaría.
El prebendado D. Cosme, leída la carta de mi tío, me recibió
cordialísimamente, manifestándome que tendría gran placer en servirme en
todo cuanto pudiese. Era un señor ya anciano, con los cabellos
enteramente blancos y rosetas encarnadas en los pómulos, ojos vivos y
francos y boca grande, sonriente. Habitaba una gran casa, y observé en
las habitaciones excesivo lujo, sobre todo para lo que estaba
acostumbrado a ver en mi tierra en casa de los clérigos. Me declaró con
franqueza que la prebenda se la debía a mi tío. Aunque sus ejercicios
habían sido los mejores, sin la recomendación poderosa de aquél, un
opositor de Teruel se la hubiese birlado. «¡Figúrese si yo tendré gusto
en servirle de cabeza!» Animado por esta acogida, estuve por soltarle
todo mi cuento y pedirle protección. Tuve, no obstante, prudencia para
contenerme y limitarme por entonces a demandarle una tarjeta expresiva
para el capellán del colegio del Corazón de María.
--¿Don Sabino Guerra?... Hombre, sí, le conozco. Fue sacristán algunos
años en el Sagrario.
Sacó de un escritorio de roble tallado una tarjeta y se puso a escribir
sobre ella. Aunque no me lo preguntase, por discreción, creí del caso
decirle que necesitaba de los servicios de D. Sabino para ciertas
particularidades referentes a una parienta que tenía profesa en la orden
del Corazón de María.
--No dude usted que le atenderá--dijo entregándome la tarjeta.--Le
prevengo a usted que no le tocó nada de lo de Salomón. Si le sacuden,
suelta bellotas. Pero conoce bien la gramática parda. Le digo, por lo
que pueda tronar, que es usted sobrino del señor Gemerediz, jefe de
sección en el Ministerio de Gracia y Justicia.
Le di gracias repetidas, y le prometí, a su instancia, que volvería por
allí a comer con él. No me invitaba a almorzar, porque las horas de coro
le desarreglaban todos sus planes. Me convencí de que no tenía cariño al
coro.
Cuando llegué a casa, después de dar algunas vueltas entre calles, me
encontraba en buena disposición de espíritu para escribir la carta a
Gloria. Me puse a ello y concluí de una vez sin vacilaciones ni
tachaduras.
«Hermosa y amabilísima amiga: En efecto, yo he sido el desdichado que ha
tenido la ocurrencia de visitar al P. Sabino y proporcionarle a usted un
disgusto. Tiene usted razón. Merecía por ello gemir toda la vida en
oscuro calabozo. Pero es más terrible aún el castigo que usted me ha
impuesto con su enojo. Me he atrevido a tanto porque mi pobre
imaginación no halló otro medio de acercarme a usted. Además, como
usted me había asegurado que estaba resuelta a dejar el convento, no me
pareció un acto punible tratar de saber si, una vez libre, rechazaría
mis instancias. Que estoy enamorado profundamente de usted, no necesito
repetírselo, porque bien lo he demostrado. Por eso su carta me ha sumido
en la desesperación; porque me persuade de que mis esperanzas han salido
fallidas, y nuestras conversaciones de Marmolejo no han sido más que un
sueño feliz, del cual conservaré grato recuerdo toda mi vida.
Suyo hasta la muerte,