IV

Peteneras y seguidillas.

¡Oh diablo! ¿Estaría galanteando a la hermana San Sulpicio? La impresión

que saqué de esta plática por lo menos fue ésa. Y si debo declarar la

verdad entera, me parecía que la monja escuchaba los galanteos sin gran

horror.

La idea despertó en mí una sensación extraña en que el placer se

mezclaba con el susto. Fue una sensación viva, un estremecimiento

voluptuoso junto con la sorpresa, el temor, el remordimiento, que me

puso inmediatamente inquieto; pero con una inquietud suave, deliciosa.

Yo tengo un temperamento esencialmente lírico, como he tenido el honor

de manifestar, y todos adivinarán fácilmente los estragos que una idea

semejante puede hacer en tales temperamentos. No hay joven poeta que no

haya soñado alguna vez con enamorar a una monja y escalar las tapias de

su convento en una noche de luna, tenerla entre sus brazos desmayada,

bajarla por una escala de seda, montar con ella en brioso corcel y

partir raudos como un relámpago al través de los campos, a gozar de su

amor en lugar seguro. No sé si este sueño poético está inspirado por el

espectáculo del _Don Juan Tenorio_, o si nace espontáneamente en los

corazones líricos; pero ninguno de ellos me negará que lo ha tenido, y

yo el primero. Puede considerarse, pues, la emoción y el anhelo con que

descubrí aquel sacrílego galanteo.

Pero mis sueños tomaron al instante otra dirección más práctica que la

de escalar el convento y arrebatar de su celda a la hermana. En estos

tiempos hay que contar con la influencia funesta que sobre la poesía

ejerce la guardia civil. Si no se cuenta con ella es facilísimo dar un

disgusto terrible a la familia. En vez del escalamiento me pareció más

factible, si no tan sabroso, gestionar la salida de la hermana por la

puerta principal del convento, para lo cual me propuse averiguar si

estaba dispuesta a renovar sus votos cuando llegase el plazo. Porque,

dada su edad, no podían aún haber trascurrido los ocho años necesarios

para hacer el voto perpetuo... A no ser que lo hubiese hecho la primera

vez. Este pensamiento me sobresaltó. Aproveché la primer coyuntura para

entrar en conversación aparte con la superiora. Con cierta astucia, que

no había reconocido en mí hasta entonces, fui llevándola adonde era mi

propósito, y pude averiguar una noticia que hizo brincar a mi corazón.

La hermana San Sulpicio necesitaba renovar sus votos en el mes entrante,

que era cuando terminaban los cuatro años. Según lo que pude colegir de

las vagas indicaciones de la madre, no había gran seguridad de que lo

hiciese. Halagando la pasión desenfrenada que ésta tenía por hablar,

logré que me relatase la historia de la graciosa monja. No necesito

advertir que primero le pedí la de la hermana María de la Luz. El amor

me hacía un diplomático sutilísimo.

La hermana San Sulpicio se llamaba en el mundo Gloria Bermúdez. Su padre

había muerto cuando ella contaba solamente nueve o diez años de edad.

Era un comerciante rico de Sevilla. Su madre, una señora muy piadosa que

poco después de la muerte de su esposo llevó a la niña a educarse de

interna en el colegio del Corazón de María. Desde aquella fecha hasta la

presente, la hermana sólo había pasado fuera del convento algunas

temporadas, casi siempre para reparar la salud.

--¿De suerte que se le manifestó en seguida la vocación?--pregunté con

temor.

--¡Oh, no! La hermana San Sulpicio ha sido siempre una criatura traviesa

y rebelde. ¡No puede usted figurarse lo que me ha dado que hacer

mientras fue educanda! ¡Jesús, qué chica! Parecía hecha de rabos de

lagartijas. Aun hoy habrá usted advertido que su carácter es bastante

distinto del de su prima. Ésta sí que desde muy tiernecita decía lo que

había de ser: ¡siempre tan quietecita! ¡tan suave! ¡tan modesta!... Yo

creo que no se la ha castigado en la vida... Luego, ¡si viera usted qué

piadosa! Cuando las demás estaban en el recreo, ella se iba a la capilla

solita y pasaba en oración el tiempo que las otras empleaban en

divertirse. Jamás tuvo una mala contestación para sus maestras ni riñó

con sus compañeras. Donde la ponían, allí se estaba... Lo mismo que hoy,

¿no lo ve usted?

--Sí, sí... La otra nada de eso, ¿eh?--dije sonriendo estúpidamente.

--¿La otra?... ¡Madre del Amparo, qué torbellino! Bastaba ella sola para

revolver, no una clase, sino todo el colegio. Los castigos y penitencias

nada servían con ella. Al contrario, yo creo que era peor castigarla.

Muchas veces estaba de rodillas pidiendo perdón a la comunidad y se reía

a carcajadas, o entraba en las clases a besar el suelo y con sus muecas

armaba un belén en todas ellas. ¡Las veces que habrá adelantado el reloj

para que llegase primero el momento de recreo! No se podía estar

tranquila teniéndola a ella en la clase. Cuando no pellizcaba a las

compañeras, les escribía cartitas amorosas poniendo la firma de un

hombre, o les mandaba retratos de la hermana que les daba lección,

hechos con lápiz. Cuando la dejaba cerrada en la buhardilla, hacía señas

y muecas a las oficialas de un taller de modistas que había enfrente.

Una vez encendió todos los cirios que teníamos allí en depósito, se

prendió fuego a una estera y por poco no ardemos todas. ¡Con decirle a

usted, señor doctor, que una vez llegó a poner la mano en una hermana!

Era una niña medio loca... Muy dispuesta, eso sí; lo que no aprendía era

porque no quería aprenderlo. En una hora de trabajo hacía ella más que

otras en cuatro... y bien hecho, no vaya usted a creer. Tiene unas manos

de oro para bordar, y para los estudios una comprensión tan rápida que

pasma. Hoy, sin agraviar a nadie, se puede decir que es la mejor

profesora que tenemos... Hasta en los deberes religiosos se conoce que a

esta criatura le ha faltado siempre algún tornillo. Generalmente ha sido

un poco descuidada en el cumplimiento de ellos; pero a temporadas de dos

o tres meses se le enciende de tal modo el corazón en amor de Dios, que

no hay nadie en el colegio que la pueda seguir en sus oraciones y

penitencias... Apenas come, apenas habla, pasa las horas que tiene

libres arrodillada en su celda, y por los pecados más pequeños se

humilla de tal modo a nosotras y llora con tantas lágrimas que realmente

parece una santa. Pero a lo mejor cambia el viento y vuelve a ser la

misma chica alegre y bulliciosa de siempre. Claro está que desde que es

religiosa ha mudado mucho; se conoce que la pobre procura dominarse.

Pero como, según dicen, genio y figura hasta la sepultura, cierto modo

de hablar desenvuelto y alegre, que a usted le habrá sorprendido en una

monja, no ha podido reformarlo. Cuando la reprendo me saca a Santa

Teresa, que opina que la piedad no se opone a la alegría y buen humor...

Y la verdad es que hoy por hoy ella cumple como todas y en algunas cosas

mejor que todas. En el colegio todas la quieren, y las niñas se mueren

por ella, tanto que hay que cambiarla a menudo de clase, porque por la

regla nos está prohibido tener preferencias en el cariño, y la hermana

San Sulpicio no puede menos de tenerlas por su carácter apasionado... Le

ha costado algunos disgustos a la pobre... Allá en Vergara...

--Sí, sí; ya me ha contado ella cómo se había enamorado de una niña...

Uno de los más duros deberes para ustedes sin duda ha de ser el de no

poder profesar cariño a nadie... Y no teniendo así una vocación bien

determinada, y hallándose, como usted dice, en buena posición, ¿cómo es

que esa niña se ha hecho monja?

--No he dicho que careciese de vocación. No era tan clara como la de su

prima, pongo por caso, pero sí la tenía. Estas decisiones son demasiado

graves para que se tomen sin vocación... Creo, sin embargo, que algo

habrá ayudado el no llevarse muy bien con su madre... Al parecer, son

genios opuestos.

Esta plática sirvió para despertar aún más mi afición.

La posibilidad que se me ofrecía repentinamente de poder amar sin

sacrilegio a la saladísima hermana y de ser amado por ella, fue un rayo

de sol que iluminó mi espíritu y lo bañó de alegría. Excitada de súbito

mi imaginación, me consideré ya como novio de la monja, y saltando por

encima de todos los pasos que debían, como es lógico, preceder a este

beatífico estado, me recreaba pensando en la originalidad de conducir al

tálamo a una religiosa. Consideraba con placer cuán afortunado podía

llamarme, hoy que los antecedentes de una mujer constituyen un problema

para el que se casa, pudiendo recibirlos tan limpios y puros. Veíame en

mí casita, a su lado, escuchando aquel gracioso acento andaluz que tanto

me cautivaba, recordando tal vez con risa los curiosos pormenores de

nuestro conocimiento, tal vez interrumpidos en nuestra plática por el

juego ruidoso de algunos nenes...

Cuando desperté de aquel sueño feliz, no pude menos de pensar que para

llegar a allá aún quedaba mucho camino. No obstante, me sentí con ánimos

para emprenderlo, y tomé la resolución de «trabajar a la monja» hasta

conseguir que renunciase al claustro o cambiase su celda por otra más

amplia donde cupiésemos los dos. Además del ningún enojo con que recibía

mis atenciones y galanteos, advertí en ella ciertos síntomas sin duda

favorables al cambio de estado. Por ejemplo, la hermana sentía una

pasión decidida por los niños. Apenas veía uno en brazos de la niñera,

ya le brillaban los ojos, mirábalo con atención insistente, sonreía a la

portadora y no paraba hasta que se acercaba a él, lo acariciaba y le

hacía bailar sobre sus brazos. Para congraciarse con ellos y también con

sus mamas, llevaba consigo siempre buena provisión de bolsitas de seda

con unos Evangelios dentro, que colgaba al cuello de los nenes para

preservarlos de peligros y que fuesen con el tiempo buenos cristianos.

Hasta los chiquillos más feos y más sucios le llamaban la atención. Un

día encontramos en la carretera uno de tres o cuatro años de edad

revolcándose en el polvo, en cuya delicada operación parecía encontrar

gran deleite, a juzgar por las risotadas que daba de vez en cuando,

sobre todo cuando el polvo se le metía por los ojos y las narices.

--Mire usted, por la Virgen, esta criatura--exclamó la hermana San

Sulpicio.--Mire usted, madre, lo que está haciendo.

Y se acercó a él y le levantó por un brazo.

--Hola, compadre, ¿le sabe a usted muy dulce? ¿A que es más dulce este

caramelo?

El niño la miró con espanto y no llevó la mano al que la ofrecía. Hizo

pucheritos y estuvo a punto de llorar.

--¡Tontisimo! ¿Lloras porque te doy golosina? ¿Qué haces entonces cuando

te azotan?

Ella misma quitó el papel al caramelo, le abrió la boca al chiquillo y

se lo metió dentro. Al paladear el saborcillo grato, el niño se humanizó

un poco. Sin embargo, seguía mostrando en los ojos un sobresalto que

concluyó por hacernos reír.

--¿Vives aquí cerca?

El niño bajó levemente la cabeza en señal de asentimiento.

--¿Dónde está tu casa?

Alzó la manecita sin hablar y apuntó a una casucha que se alzaba no muy

lejos sobre la misma carretera.

--Llévame, anda.

Y le cogió de la mano dirigiéndose hacia ella. Era de ver el

encogimiento singular y la expresión de dolor y angustia con que el

chiquillo caminaba, lo mismo que si le fuesen a ahorcar. La hermana no

hacía alto en ello.

--Vamos, ¿quién es tu madre, ésa?--le preguntó mostrándole una mujer que

a la puerta de la casa se hallaba en pie, mirándoles con

enternecimiento.

--¡Mama!--gritó el niño con angustia.

--¿Qué te pasa, hijo?--dijo la madre riendo.

--Aún tiene miedo a las monjas, pero ya se le irá quitando--dijo la

hermana.--Todavía hemos de hacer muchas migas, ¿verdad, buen mozo?...

Señora, ¿me deja usted ir a lavar el chico? Porque así no hay alma que

le dé un beso.

La madre se puso colorada.

--No crea usted que le he dejado de lavar, que le he lavado dos veces

hoy, señora; pero este arrastrao no sé dónde se ensucia tanto.

--Pues yo sí: revolcándose en la carretera.

--¡Ah pícaro!

--¡Corre, corre, que te pega tu madre!

Y arrastró riendo al chico, que caminaba ahora de bonísima gana, hacia

una fuente próxima, y allí le lavó y le peinó con las manos todo lo

esmeradamente que pudo.

Pues digo que, por estos y otros síntomas semejantes, me parecía que la

hermana no estaba haciendo una esposa de Cristo modelo; esto sin tratar

de ofenderla. Y comencé a gestionar el divorcio con ahínco, pues no hay

nada que peor parezca que un matrimonio malavenido. Lo primero que hice,

el mismo día en que la madre me comunicó los pormenores mencionados, fue

procurar adelantarme un poco en el paseo en su compañía, y cuando

comprendí que no podía ser oído por las otras monjas, decirle a boca de

jarro:

--Diga, hermana, ¿piensa renovar los votos el mes próximo?

La pregunta estaba hecha para turbarla, y merced a su turbación

averiguar algo de lo que acaecía en su espíritu. Pero yo no había estado

en Andalucía, ni tenía idea de lo que es una sevillana.

--¿Y a usted qué le importa?--me contestó sin alterarse poco ni mucho,

mirándome con expresión maliciosa a los ojos.

El que se turbó fui yo, y no poco.

--A mí, nada... digo, sí, mucho, porque todo lo que se refiera a usted

¡claro! ¡me interesa! ¡claro!...

--¡Oscuro! digo yo, ¡oscuro! ¿Por qué le ha de interesar a usted que una

religiosa renueve sus votos?

Debí espetarle en aquel momento la declaración que tenía preparada, ¿no

lo creen ustedes así? La ocasión era que ni encargada. Pues no me

atreví, ¡ea, no me atreví! En vez de decirle: «Porque yo la adoro a

usted, y sería para mí una horrible desgracia esa renovación que me

arranca toda esperanza de ser algún día amado por usted», comencé a

balbucir como un doctrino, concluyendo por decir una sarta de necedades

que sólo al recordarlas me pongo colorado.

--Porque a mí me complacería que usted los renovase... vamos... que

usted los renovase con gusto... No es decir que lo haga sin gusto...

vamos... Pero yo creo que cuando se hace un voto como ése con vocación,

puede pasar... pero cuando se hace sin ella, debe de ser una gran

desgracia... Porque es muy serio... ¡Caramba si es serio!

Cuando yo decía esto, ella parecía muy lejos de estarlo. Mirábame con

ojos donde chispeaba la gana de soltar una carcajada. Paré, pues, en

firme la lengua, y más colorado que un pavo tosí tres o cuatro veces

hasta reventar, supremo disimulo que hallé entonces, y le pregunté,

afectando gran dominio de mí mismo, cuántos vasos había bebido ya.

Entablamos una conversación indiferente. Sin embargo, a los pocos

momentos ella misma volvió a sacar la otra. Nos habíamos sentado en un

banco del parque. Enfrente, sentadas en otro, estaban la madre, la

hermana María de la Luz y una señora, de Sevilla también, que estaba

tomando las aguas, llamada D.ª Rita. En una pausa me preguntó:

Conque usted deseaba saber si pienso renovar mis votos, ¿verdad?

--Sí, señora--le respondí sorprendido.

--Pues voy a satisfacerle a usted la curiosidad. No, señor, no pienso

renovarlos.

--¡Caramba, cuánto me alegro!

--Puedo decirlo sin pecado--añadió sin hacer caso de mi

exclamación,--porque es mi propósito firme desde hace tiempo, y así se

lo he comunicado al confesor. ¿Quiere usted saber más, fisgón,

chinchosillo?

--Sí, señora--repliqué riendo;--quiero saber por qué, no teniendo

vocación... Digo, me parece que no la ofendo a usted.

--No, señor, no me ofende usted. Adelante.

--Por que, no teniendo vocación, se ha hecho usted monja.

--¡Oh! Eso es largo de explicar--dijo poniéndose repentinamente

seria.--Además, esas cosas sólo se pueden decir a personas de mucha

confianza... y usted es un amigo de ayer.

--¿Cómo de ayer?

--Bueno, de anteayer... es igual.

--Pues aunque soy tan reciente, crea usted que lo soy de veras, y que

tendría placer muy grande en demostrárselo... aunque fuese con cualquier

sacrificio... Porque usted es muy simpática a todo el mundo por su

carácter franco y espontáneo, pero crea usted que a mí lo es más que a

nadie... A los que nacimos y vivimos en el Norte, esa espontaneidad, esa

gracia que tienen las andaluzas nos causa una impresión inexplicable. De

mí sé decirle que no encuentro música más grata que el acento de usted.

Me pasaría las horas muertas oyéndola hablar. Y no sólo por la gracia y

el encanto que tienen sus palabras, sino porque adivino en usted un

corazón tierno y apasionado...

Este era el camino más despejado para llegar a una declaración. Creo que

hubiera llegado sin mayor tropiezo a ella si no se hubiese presentado

inopinadamente delante de nosotros aquel maldito chiquillo que el día

anterior habíamos hallado en la carretera.

--¡Perico!--exclamó la monja levantándose.--Pero ¿qué cara es ésa, niño?

¿Dónde te has metido, lechoncillo?... Señores, miren ustedes qué

cara--añadió cogiéndole por la cabeza y presentándonoslo,

sonriendo.--¿Habrá cosa más chistosa en el mundo? ¿No da ganas de

comérselo?

Y sucio y asqueroso como estaba, le repartió en el rostro unos cuantos

besos. Después, limpiándose la boca con movilidad pasmosa, arrepentida

de haberlo hecho, comenzó a insultarle.

--¡Sucio! ¡gorrino! a ver si te vienes conmigo ahora mismito para que te

friegue los hocicos. No tienes vergüenza ni quien te la ponga.

Y cogiéndole de la mano bruscamente, lo llevó medio a rastras en

dirección del río. El chiquillo, en veinticuatro horas había tomado con

ella gran confianza, y se dejaba conducir sin resistencia. Poco después

la vimos allá abajo, a la orilla, lavándole con ademanes tan bruscos,

sacudiéndole tan vivamente que a todos nos hizo reír. Aunque no se oían

sus palabras, notábase de sobra que le seguía increpando duramente.

Esto sucedía en sábado. El miércoles de la semana siguiente tenían

pensado irse. Era, pues, indispensable aprovechar aquel corto plazo para

conseguir lo que ya abiertamente me proponía, esto es, que la hermana me

diese algunas esperanzas de quererme a la salida del convento. A la

mañana siguiente, como viniese de casa con ellas hasta el manantial,

encontré a Daniel Suárez, mi compañero de cuarto. Me despedí para dar

algunos paseos con él por la galería. Ya he dicho que procuraba

presentarme en público las menos veces posible en compañía de las

monjas. Las saludó con aquella displicencia y mirada cínica que tanto me

desplacía. Así que no pude menos de abocarle con cierta frialdad.

--Buenos días, amigo. ¿Le ha pedido usted la conversación ya a la

monjita?

--¿Cómo la conversación? Claro está, puesto que todos los días hablo con

ella.

--No me entiende usted. Pedir la conversación, en mi tierra y en la

suya, es decirle que se están pasando unas ducas muy grandes por ella.

¿S'anterao uté?

--No, señor; no sé lo que son ducas.

--Faitigas.

--¡Ah! Pues no; aún no se lo he dicho, ni he pensado jamás en ello.

--Lástima que esa niña se haya metido monja. Yo conozco a su familia. Es

hija de un comerciante de la calle de Francos que ha dejado lo menos dos

millones. La viuda dicen que vive con un señor... ¿sabe usted?... un

señor. Y hay quien dice también que a la niña la han metido entre los

dos medio a rastras en el convento.

Ahora debo recordar que, aunque poeta, soy gallego. En el fondo de mi

naturaleza se encuentran tan bien casadas estas dos cualidades, que casi

nunca se mortifican o se dañan. El gallego sirve para refrenar los

ímpetus exagerados del poeta. El poeta ejerce el bello destino de

ennoblecer, de dar ritmo armonioso a la existencia. Pues bien, al

escuchar las palabras de Suárez, el gallego me hizo ver inmediatamente

el aspecto práctico del asunto, que el poeta tenía olvidado de un modo

lamentable. ¡Dos millones! Las gracias de la hermana, ya muy grandes,

crecieron desmesuradamente con aquella repentina aureola de que la vi

circundada. El gozo se me subió a la cabeza, y no tuve la precaución de

disimularlo.

--Pues, amigo Suárez--dije echándole el brazo por encima del hombro, en

un rapto de expansión,--todavía puede remediarse todo.

El malagueño volvió hacia mí la cabeza un poco sorprendido.

--Aún puede remediarse, porque la hermana no parece muy dispuesta a

consagrarse a Dios por toda la vida.

--¿De veras?--preguntó con acento indefinible, sonriendo como a la

fuerza.

--Hombre, ¿cree usted que una mujer con esos ojos asesinos... y ese

aire... y esa gracia, ha nacido para encerrarse en un claustro?

Alzó los hombros desdeñosamente.

--¿Y no tiene usted más datos que esos para creer lo contrario?... Es

poco, compadre--dijo, dando un chupetón al cigarro y soltando el

consabido chorrito de saliva.

Me hirió aquel acento desdeñoso, y no pude reprimir un desahogo de la

vanidad.

--Hay más, hay más, querido. Tengo su palabra terminante.

--¿Palabra de matrimonio?--preguntó con sorna.

--No, palabra de salir del convento.

--Si puede.

--Ya haremos lo posible por que pueda--repuse con fatuidad.

Quedó pensativo, y seguimos paseando un rato en silencio. Al cabo,

comenzó, como suele decirse, a meterme los dedos en la boca, y vomité

cuantas menudencias de significación o insignificantes habían acaecido

entre la hermana y yo en los breves días que la trataba. Sentía yo el

gozo de todo enamorado en abrir el pecho y poner de manifiesto mis

alegrías, temores y esperanzas. Medianamente satisfecho debió de quedar

el malagueño de aquellas confidencias, a juzgar por la afectada

indiferencia con que después me habló de otros asuntos enteramente

apartados del que me preocupaba; tanto que no pude menos de preguntarle

con zozobra:

--Y respecto a la hermana, amigo Suárez, ¿cree usted que mis esperanzas

tienen alguna base, o será todo engaño de la imaginación?... Porque ya

sabe usted... cuando a uno le gusta cualquier mujer, todo lo convierte

en sustancia.

--Phs... Me parece que la hermanita es una chicuela con un puchero de

grillos en la cabeza. Ni sabe lo que quiere, ni por lo visto lo ha

sabido en su vida. Al cabo hará lo que le manden... Conozco el paño.

Me molestaron grandemente aquellas palabras, no tanto por el desprecio

que envolvían hacia la mujer que me tenía seducido, como por encontrar

en ellas alguna apariencia de razón.

Poco después, como tratase de despedirme de él para unirme de nuevo a

las monjas, me retuvo por el brazo.

--¡Vamos, hombre, no haga usted más el oso!--dijo riendo.--¿No le parece

a usted que basta ya de guasa?

--¿Cómo guasa?--exclamé confuso.

No contestó y seguimos paseando. Al cabo de unos momentos, la vergüenza

que se había apoderado de mí, hizo lugar a la cólera.

«¿Y quién es este majadero para intervenir en mis asuntos, ni para

hablarme con tal insolencia? ¡Vaya una confianza que se toma el

mozo!...»

Cada vez más irritado, no respondí a algunas observaciones que comenzó a

hacer sobre la gente que paseaba, y al cruzar otra vez a nuestro lado

las monjas, me aparté bruscamente, diciendo con el acento más seco que

pude hallar:

--Hasta luego.

--Vaya usted con Dios, amigo--le oí decir con un tonillo tan

impertinente que me apeteció volverme y darle una bofetada.

La vista de la hermana y su encantadora charla hízome olvidar pronto

aquel momentáneo disgusto, si bien no pudo apagar por completo la

excitación que me había producido. Manifestose esta excitación por un

afán algo imprudente de traer de nuevo a la hermana a la conversación

del día anterior, para lo cual procuré que nos adelantásemos otra vez en

el paseo. Ella, sin duda, prevenida o amonestada por la madre, o por

ventura obedeciendo al sentimiento de coquetería que reside en toda

naturaleza femenina, mucho más si esta naturaleza es andaluza, no quiso

ceder a aquella tácita insinuación mía. No se apartó un canto de duro de

sus compañeras mientras paseamos. Y fue en vano que las llevase al

parque, pues sucedió lo mismo. Sin embargo, cuando volvimos a casa tuve

la buena fortuna de poder hablarla un rato aparte, gracias a Perico, el

chiquillo de marras, con quien casualmente tropezamos. Verle y

apoderarse de él, y sonarle y limpiarle la embadurnada cara con su

pañuelo, fue todo uno para la hermana. Para ello tuvo necesidad de

quedarse un poco rezagada, y yo, claro está, interesadísimo también por

el niño, me quedé a su lado. Terminado el previo y provisional aseo, la

hermana le prometió darle dos almendras si se venía con ella a casa, y

Perico, de buen grado, consintió en perder de vista sus lares por

algunos minutos. Tomole de la mano, y yo, por no hacer un papel

desairado, le tomé por la otra, y comenzamos a caminar lentamente

llevándole en medio. Confieso que maldita la gracia que me hacía aquel

chiquillo sucio y haraposo, feo hasta lo indecible; pero quien me viese

en aquel instante llevándole suavemente, sonriéndole con dulzura,

dirigiéndole frases melosas, pensaría a buen seguro que le adoraba.

Como ya he dicho que estaba algún tanto excitado y deseaba con extraño

anhelo declarar mis sentimientos a la hermana, cogí la ocasión por los

pelos en cuanto se presentó.

--Di, chiquito, ¿te acordarás de mí cuando me vaya, o te acordarás tan

sólo de los caramelos?--preguntaba bajando la cabeza hasta ponerla a

nivel de la del niño.

Éste, con su ferocidad indómita, bajaba más la suya, sin dignarse

responder.

--Di, tío silbante, ¿sientes o no que me vaya?

--¡Oh, Gloria!--exclamé yo entonces con voz temblona.--¿Quién no ha de

sentir perderla a usted de vista?

La monja levantó la cabeza vivamente y me miró de un modo que me turbó.

--Oiga usted, ¿quién le ha dicho que me llamo Gloria?

--La madre.

--¡Valiente charlatana! ¿Y no sabe usted que nos está prohibido

responder por nuestro nombre antiguo?

--Lo sé, pero...

--¿Pero qué?

--Me complace tanto llamarla por ese nombre, que aun a riesgo de

incurrir en el enojo de usted...

--No es en mi enojo, es en un pecado.

--Pues bien, que me perdone Dios y usted también; pero si algo puede

disculpar este pecado, debo decirle que cada día la voy considerando a

usted menos como religiosa y más como mujer... Sí, Gloria, mientras he

imaginado que sus votos eran indisolubles, la miraba a usted como un ser

ideal, sobrenatural, si se puede decir así; pero desde el momento en que

entendí que era posible romperlos, se me ha ofrecido con un aspecto

distinto, no menos bello, por cierto, porque lo terrenal, cuando es

dechado, como usted, de gracia y hermosura, se confunde con lo

celestial. Hay en sus palabras, en sus actitudes todas un atractivo que

yo no he observado jamás en ninguna otra mujer... Si usted viese o

leyese ahora en mi interior...

--¡Huy, huy!--gritó el niño, a quien yo, al parecer, con la vehemencia

del discurso, estaba apretando la mano hasta deshacérsela.

--¡Ay, pobrecito, perdona!--dije apresurándome a acariciarle.

La hermana soltó una carcajada tan fresca, tan argentina, tan deliciosa,

que yo, en vez de turbarme, me sentí sacudido con dulce y grata

vibración y seguí cada vez más sofocado describiéndole con locas

hipérboles la impresión que en mi causaba su hermosura. Era una

declaración en regla, viva, apasionada, anhelante, como el hombre que a

todo trance quiere decir una cosa y teme que el tiempo no le alcance. A

la vez llena de incoherencias ridículas. Tan pronto le pintaba un amor

platónico, espiritual, sin pizca alguna de sensualidad, como, abriendo

la válvula a lo que, en realidad, dentro de mí pasaba, aparecía

subyugado, rendido por sus ojos excitantes y su figura de estatua

griega. Unas veces me inclinaba a la melancolía y hablaba de la muerte y

casi se me saltaban las lágrimas. Otras, animado por un soplo de

esperanza, concebía mil ilusiones y prescindía de su estado, y me

entretenía a pintar mi felicidad si ella me diese alguna esperanza.

No sé el tiempo que hablé, pero sí que solté muchas, muchísimas cosas, y

dicho sea prescindiendo momentáneamente de la modestia, enmedio del

desorden extraordinario de las ideas, de algunas repeticiones y no pocas

reticencias de que estaba sembrado el discurso, me figuro que estuve

elocuente. De vez en cuando hacía paradas, esperando que ella

respondiese algo; pero en vano. La graciosa monja, por primera vez desde

que la conocía, me pareció un poco confusa y avergonzada. Por supuesto

que, en tres o cuatro ocasiones, los gritos de Perico me advirtieron que

le estaba apretando la mano muy más de la cuenta. Esto me enfriaba

repentinamente; pero mi entusiasmo era tan grande, que pronto recuperaba

el calor y seguía desbocado, perdido.

Cuando no tuve más que decir, callé. El silencio pertinaz de la monja me

dejó avergonzado. Hubiera preferido una de aquellas salidas burlonas en

que era maestra. Pero no se hizo esperar. Doblando el cuerpo y acercando

la cabeza a la del muchacho para acariciarle, le dijo con tonillo

ligero:

--¿Te duele la mano, pobrecito? ¡Bien empleado te está, por dársela a

gente que tiene los malignos en el cuerpo!

Aquella burla no me mortificó. Al contrario, sin saber por qué, me sentí

gratamente impresionado, y ya me disponía a tomar pie de ella para

insistir en mi fogosa declaración, cuando nos sorprendió una voz que

sonó a nuestra espalda.

--Le veo a usted muy inclinado a los niños, amigo Sanjurjo.

Era el malagueño, que nos había alcanzado. Me volví y advertí en su

rostro una sonrisa irónica que me crispó. Al mismo tiempo dirigió su

mirada insolente a la hermana, que también se había vuelto. Pero ella,

sin turbarse poco ni mucho, le clavó otra clara, insistente, un poco

provocativa, como quien adivina un enemigo y lo desafía.

--Sí que me gustan. ¿Y a usted, no?--respondí con frialdad.

--A mí me gustan más las niñas--contestó brutalmente, sin dejar de mirar

a la hermana.

Si hubiera observado la expresión iracunda y despreciativa que debió

presentar mi rostro en aquel instante, tal vez habría un serio

conflicto. Por fortuna, yo no le preocupaba a la sazón poco ni mucho. Se

puso al lado de la hermana y, con el aplomo cínico que le caracterizaba,

trabó conversación con ella.

--Usted es sevillana, ¿verdad?

--Para servir a usted.

--Sí, me parece que he conocido en Málaga a una parienta de usted. ¿No

tiene usted una prima que se llama María León?

--Es tía mía, prima de mi madre. ¿Es usted de Málaga?

--Sí, señora.

Y siguió la conversación, animándose cada vez más, él con una amabilidad

que a mí me parecía brutal, soltándole el humo del cigarro a la cara;

ella con perfecta naturalidad, como si le hubiera conocido toda su

vida. Afortunadamente estábamos ya cerca de casa, y no tardamos en

llegar. De otra suerte, mi papel no hubiera sido muy airoso.

Por la tarde, en el paseo, volvió a acompañarlas, y yo me sentí por ello

fuertemente mortificado. Tanto que me retraje de acercarme, y crucé

varias veces a su lado, haciéndome el distraído para no saludarlas.

Debió presentar mi fisonomía un aspecto más que sombrío, feroz. En una

ocasión tropezaron mis ojos con los de la hermana, y me miró

alegremente. ¡Coquetuela! exclamé para adentro. Sin embargo, al fin no

pude resistir más, y me acerqué cuando ya se disponían a emprender la

retirada. Fue en mal hora, porque Suárez no se apartó un punto de la

hermosa monja. Esta vez regresamos en coche, y él, por más esfuerzos que

hice para impedirlo, tuvo habilidad suficiente para colocarse a su lado.

A mí me tocó escuchar por centésima vez la descripción de las extrañas

dolencias que aquejaban a la madre Florentina. Pero mis oídos estaban

más atentos a la plática del malagueño y la hermana, y observé con rabia

que aquél la requebraba descaradamente con una volubilidad y una gracia

que, lo confieso ingenuamente, estaba yo muy lejos de poseer. Mostrábase

ella risueña y desenfadada, como siempre, y aún más que otras veces,

contestando con salidas ingeniosas y picantes a los galanteos, también

picantes, de Suárez. He notado que en Andalucía, al enamorarse dos

jóvenes, se establece previamente entre ella y él una graciosa

hostilidad, donde ambos ponen de manifiesto su imaginación en rápidas y

oportunas contestaciones, diciéndose en son de burla mil frases

descomedidas. Es una herencia del genio árabe, tan dado a los

certámenes de la fantasía, a sutilizar conceptos y a mostrar la viveza y

gallardía del ingenio.

--¿De modo que no quiere usted confesar que le he sido simpático?--decía

él.

--Nunca--respondía ella.

--¡Pero si lo estoy leyendo en sus ojos, criatura!

--Pues, hijo, hay que mandarle otra vez a la escuela, porque no sabe

usted leer.

--Entonces, ¿por qué me llamaba usted con la mano hace poco?

--¡Qué gracioso! ¡Ni que fuera usted perrito!

--Si fuera perrito, ¿sabe usted lo que haría en este momento?

--¿Qué?

--La lamería la cara.

--Hombre, ¿sabe usted lo que haría yo con usted entonces?

--Vamos a ver.

--Le cogería por el pescuezo y le tiraría a la carretera.

--No lo creo.

Yo, que había hecho mi declaración por la mañana con tantos miramientos,

esforzándome en velar a Cupido con mil espesos tules, quedé aterrado

ante aquella... ¿por qué no decirlo? ante aquella desvergüenza. Y me

sorprendió no poco que ella, una religiosa, por más que estuviera en

vísperas de secularizarse, escuchase con tal paciencia y respondiese a

semejantes groserías. Pero de estas sorpresas me quedaban aún muchas en

aquel originalísimo país.

Declinaba ya bien la tarde cuando llegamos a la fonda. Casi todos los

huéspedes estaban fuera paseando. Sólo hallamos a la puerta a D. Nemesio

con el dueño, tomando el fresco. A instancia nuestra, las monjas se

quedaron un rato de tertulia, y no tardó en salir, sin saber quién la

trajera, una guitarra. Empuñola Suárez, y comenzó a manejarla con

singular destreza.

--¿No canta usted?--le preguntó la madre.

--Al tiempo de lavarme únicamente.

--Pues aquí la hermana San Sulpicio lo hace muy bien. Alguna vez la

hemos oído en el colegio... el día del santo del superior, que es cuando

se permiten esas cosas.

--Pues ya está usted arrancándose, hermanita--dijo el malagueño

presentándole al mismo tiempo la guitarra.

--¡Quite usted allá, hombre de Dios!--respondió la monja riendo y

rechazándola.

--¿Quiere que yo la acompañe entonces?

--Vamos, hermana, déjese usted oír--dijimos casi al mismo tiempo D.

Nemesio, el sabio fondista y yo.

--¡Qué guasa! ¿Quieren ustedes reírse?... ¡Haría buena figura una monja

cantando a la puerta de casa!

--Por eso no quede--dijo el fondista.--Vámonos a la sala. Ahora no hay

nadie...

La hermana siguió riendo, sin dejarse persuadir. No obstante, se

adivinaba que la retenían más los respetos de su estado y el de la

superiora que la falta de deseos. Cuando ésta, instada por nosotros, le

dijo:

--Como no haya nadie más que estos señores, por mí bien puede hacerlo.

Se levantó con graciosa resolución exclamando:

--Malo y rogado son dos cosas malas... Vamos andando.

Levantámonos todos también con alegría y en pelotón fuímonos a la sala.

La hermana María de la Luz iba haciendo gestos de susto y escándalo.

La sala era una estancia cuadrada bastante capaz y casi tan desmantelada

como el resto del edificio: un sofá de paja, una docena de sillas, una

consola de caoba con pequeño espejo de marco dorado encima y algunos

cuadros colgados de la pared componían todo su mobiliario.

La hermana tomó la guitarra luego que todos nos hubimos acomodado en las

sillas, y comenzó a rasguearla dulcemente. Me fijé en sus manos, que

desde que la conocí me habían llamado la atención. Cada hombre tiene su

_fetichismo_ respecto a la mujer, y yo poseo el de las manos, como otros

el de los pies, el de los ojos, los cabellos, etc. Para mí no hay mujer

hermosa con las manos feas. Las de la hermana San Sulpicio eran ideales;

no excesivamente pequeñas, pues éstas antes me causan repugnancia que

placer, de piel tersa y levemente sonrosada, macizas, de dedos bien

torneados aunque no afilados en demasía. Con la mente estaba mandando

mil besos a aquellas manos seductoras.

--¡Jesú, qué guitarriyo tan cruel!--exclamó sacudiéndolo con

impaciencia.--¿De quién ha sido el hallazgo?

--Es mía--dijo el fondista inventor avergonzado.--Como todo el mundo la

trae y la lleva, no es extraño...

--Vaya, déjese de la guitarra y a ello--manifestó Suárez.

Después de rasguear otro poco, la monja gritó volviendo la cabeza hacia

la pared, porque la avergonzaban, sin duda, nuestras miradas fijas.

--_¡Honraaa!_...

Era una voz algo gangosa, si bien se conocía que salía así, más que por

ser natural, por la voluntad de parecerse e imitar las voces de las

mujeres del pueblo.

Dicen que me andas quitando

la honra, y no sé por qué.

--¡Bueno!--gritó Suárez aprovechando la pausa.

¿Para qué enturbias el agua

que has de venir a beber?

--¡Bravo!--grité yo.

--¡Olé!--dijeron los demás.

La hermana sonrió, dejando ver aquellas filas de dientes blancos y

menudos que me hechizaban. Y volvió a cantar:

A mi suegra, de coraje

le he echao una maldisión,

que se la pierda su hijo

y que me le encuentre yo.

--¡Eso, mi niña!--exclamó el desfachatado malagueño.

Yo le eché una mirada atravesada y rencorosa, y dije por decir algo:

--Son peteneras, ¿verdad?

--¡Está usted enterao, amigo!--respondió Suárez riendo.--Malagueñas del

riñón mismo del Perchel, cantadas con mucho estilo y con la gracia de

Dios.

Quedé bastante avergonzado, y observándolo la hermana, me dirigió una

mirada cariñosa, diciendo al mismo tiempo:

--Ahí van peteneras... Por uté.

La Virgen de la Esperansa,

la que se adora en San Gil,

_¡Cristo de la Espirasión!_

aquella señora sabe

lo que he llorao por ti.

La copla y la voz, levemente bronca y temblorosa, de la hermana me

hicieron una impresión tan viva, que sentí removidas todas las fibras de

mi corazón, me pasó un frío extraño por el cuerpo y las lágrimas se me

agolparon a los ojos, costándome gran trabajo no darles salida.

Otra vez cantó:

Por Dios te lo pido, niña,

y te lo pido llorando,

_¡Cristo de la Espirasión!_

que no le cuentes a nadie

lo que a mi me está pasando.

Todos palmotearon fuertemente, menos yo, a quien ahogaba la emoción. La

madre Florentina exclamó:

--¡Vaya, basta de locuras! Pueden enterarse los de fuera, y sería muy

feo.

--Ahora me toca a mí, madre--dijo el malagueño tomando la

guitarra.--Uzté no habrá oído cantar una rata, ¿verdá uzté? Pues no se

mueva, que ahora mizmito la va a oír.

Manejaba la guitarra con singular maestría, y después de haberla

rasgueado y punteado buen rato, comenzó a cantar en voz baja un tango

que no había sido inventado precisamente para los oídos de las

religiosas. O no comprendieron el torpe sentido de sus palabras, o lo

disimularon. Después dio comienzo a unas seguidillas.

--¡Cállese usted, hombre, que no puedo oír eso sin que se me alegren los

pies!--exclamó la hermana haciendo un gesto expresivo.

--¿Baila usted?--preguntó Suárez.

--En otro tiempo... ¿Te acuerdas, primita, cuánto hemos bailado en tu

casa? ¡Qué jaquecas hemos dado a la pobre tiita!

--¿Quién se acuerda de eso?--dijo la hermana María de la Luz

ruborizándose.

--¿Por qué no hemos de acordarnos?... Y bien que lo hacías tú, gachona;

bien ajustadito, aunque te hacía falta un poco de garbo.

--Calle, calle, hermana, que ya no nos corresponde hablar así.

Por la regla del instituto no podían tutearse las hermanas aunque fueran

próximas parientas. La hermana María de la Luz no olvidaba jamás este

precepto; pero su prima lo infringía a cada instante.

--Es necesario ver eso--dijo Suárez.--¡A bailar, a bailar!

--No, no, de ninguna manera--manifestó la madre poniéndose seria.

--Vamos, madre, consienta usted--exclamamos todos a la vez.

Y comenzamos a rogarla con tan vivas instancias, que al cabo de algún

tiempo la infeliz mujer no pudo resistir y vino en permitir aquel

escándalo, como ella decía, con tal que se explorasen bien los

alrededores de la sala, a fin de cerciorarse de que nadie estaba

escuchando. Mientras duraron nuestros ruegos, la hermana San Sulpicio

mostraba en los ojos una inquietud ansiosa; sus labios rojos temblaban

de anhelo. Cuando la superiora dio al fin la venia, todo su cuerpo se

estremeció y una sonrisa de dicha iluminó su rostro expresivo.

Pero nos faltaba lo más difícil: convencer a la hermana María de la Luz.

Aquella tímida e insignificante criatura rehusaba con tenacidad

levantarse de la silla. Fue preciso que su prima la cogiese

enérgicamente por los brazos y la alzase casi a viva fuerza.

--Beata, chinchosa, ¿crees que te vas a condenar? Pierde cuidado, que

nadie te quita la sillita que tienes en el cielo.

Pero se encontraron con que no había palillos.

El sabio fondista dijo que él los traería; y en efecto, a los dos

minutos se presentó con dos pares de castañuelas que entregó a las

hermanas. Entonces éstas se despojaron de las papalinas y las tocas. Por

primera vez vi los cabellos de la hermana San Sulpicio. Eran negros y

lucientes hasta dar en azules, levemente ondeados, no muy largos porque

al pronunciar los votos la tijera había hecho feroz estrago en ellos.

Hecho otro viaje de exploración por las cercanías de la sala y cerradas

herméticamente todas las puertas, Suárez comenzó a rasguear la guitarra.

Hubo un momento de ansiedad. Las dos bailadoras se habían puesto una

frente a otra y se miraban sonrientes; la hermana María de la Luz con la

cabeza baja y ruborizada hasta las orejas; su prima con los brazos en

jarras, un poco pálida, los labios secos, acentuaba el leve estrabismo

de sus hermosos ojos negros aterciopelados. A mí me daba saltos el

corazón de puro anhelo. El malagueño alzó un poco la voz cantando una

seguidilla. De pronto los cuatro pares de palillos chasquearon con brío,

las bailadoras abrieron los brazos y avanzaron una hacia otra y se

alejaron inmediatamente, levantando primero una pierna, después otra a

compás y con extremado donaire. Mis ojos de enamorado percibieron por

encima de la tosca estameña el bulto adorable del muslo de la hermana

San Sulpicio. Siguieron una serie de movimientos y pasos, ajustados

todos al son de la guitarra y de las castañuelas, que no cesaban un

instante de chasquear con redoble alegre y estrepitoso. El cuerpo de las

dos primas tan pronto se erguía como se doblaba, inclinándose a un lado

y a otro con movimientos contrarios de cabeza y de brazos. Éstos, sobre

todo, jugaban un papel principalísimo, unas veces abiertos en cruz para

presentar el pecho con aire de desafío, otras recogiendo del suelo algo

invisible que debían de ser flores, otras levantados en arco sobre la

cabeza, formando en torno de ella como un hermoso marco de medallón.

Yo no miraba más que a la hermana San Sulpicio, no sólo por la afición

que la tenía, sino porque en realidad era la que mejor bailaba. Su

prima, o por temor o vergüenza, o porque no la hubiese dotado la

naturaleza con gran cantidad de sal, limitábase a señalar los

movimientos y a guardar el compás. Ella los acentuaba en cambio

briosamente, gozándose en las actitudes donde la esbeltez y la

flexibilidad de su cuerpo se mostraban a cada instante de un modo

hechicero. La hermosa cabeza inclinada a un lado, los ojos medio

cerrados, la boca entreabierta, dilatada por una sonrisa feliz, donde

todo su ser se anegaba, parecía la bayadera del Oriente ostentando con

arrobo místico en la soledad y misterio del templo la suprema gracia de

su carne dorada como las hojas del loto en el otoño, el brillo

fascinador de sus ojos. En aquel momento podía jurarse que no nos veía,

absorta enteramente en el placer de ir mostrando una a una las mil

combinaciones elegantes a que su airosa figura se prestaba. La pasión

del baile era la pasión de su cuerpo, era la adoración extática de su

propia gracia. Cuando una mudanza terminaba parecía salir de su éxtasis,

y nos miraba risueña con ojos vagos y húmedos.

Yo estaba crispado de la cabeza a los pies. Hubiera deseado que el baile

se prolongase indefinidamente, y formé propósito inmutable de escribir

unas décimas describiéndolo, que por cierto se publicaron algunos meses

después en _La Moda Elegante_: no sé si ustedes las habrán leído.

Las exclamaciones de Suárez ¡Olé, mi niña! ¡Bendito sea tu salero!

¡Alza, palomita, alza! y otras por el estilo, que soltaba en las pausas

del canto, me parecían groseras e impropias. Pero observé que ellas no

las tomaban a mal, por lo que vine a entender que eran el acompañamiento

natural y obligado de aquel baile. Cuando éste terminó, la hermana María

de la Luz corrió a sentarse avergonzada. Su prima quedó en pie, con el

pecho agitado, el cabello en desorden, sonriendo siempre con la misma

gracia maliciosa. El malagueño, en un arrebato de entusiasmo, puso la

guitarra a sus pies, exclamando:

--¡Si eztá podría ezta niña!

Todos rieron menos yo. En seguida, alargando la guitarra a nuestro

científico patrón, le invitó a que tocase para echar otro baile con la

hermana; mas la madre Florentina se levantó vivamente, y con semblante

muy serio se opuso resueltamente a ello. Bastaba de tonterías. Había

cedido a lo primero sin deber hacerlo, pero aquello rebasaba ya los

límites. Y triste y desabrida, como si le remordiese la conciencia, hizo

un gesto imperioso a las hermanas, y salió con ellas de la estancia.

Suárez siguió tocando y cantando; pero yo, presa de extraña y dulce

inquietud, me salí a dar una vuelta por el pueblo, y no comí hasta muy

tarde.

--¡Hombre, si viera usted lo que se ha reído el padre Talavera cuando le

conté lo del bailoteo de esta tarde!--me dijo D. Nemesio al entrar en

casa.

Quedé clavado al suelo.

--¿Pero ha ido usted a contar al padre Talavera?...--preguntele con

acento alterado.

--Le encontré sentado delante de su fonda con otros clérigos y echamos

un párrafo. Es una persona muy campechana y muy corriente. Le ha hecho

una gracia atroz nuestra pequeña juerga. Estos jesuitas son todos

hombres de sociedad, no son como los curas de misa y olla...

Le miré de arriba abajo con expresión rencorosa y le dije con acento

irritado:

--¡Usted siempre tan oportuno!

Y sin aguardar contestación, giré sobre los talones y me fui.

Lo que inmediatamente preví sucedió, en efecto. A la mañana siguiente

pude verlas en misa y hablé algunas palabras con ellas. En todo el día

después no logré echarles la vista encima, ni en los pasillos de casa ni

en el manantial. Al día siguiente, mientras estábamos bebiendo el agua,

un coche las llevó a la estación para tomar el tren de Sevilla.

V

A Sevilla.

Grande fue la tristeza y desconsuelo que sentí al tener noticia de la

marcha precipitada, o más bien fuga, de las monjas. Bien imaginé que

debió de ser causada por la indiscreción y necedad de D. Nemesio, a

quien dediqué desde entonces en mi pecho tanto odio por lo menos como

debía de profesarle el juez catalán que con nosotros había viajado.

Nunca más quise jugar al billar con él; y eso que llegó a ofrecerme el

mísero cuatro rayas. ¡Cuatro rayas a mi, que, dando un trallazo, me

salen palos por todos lados!

En cambio, me sentí más inclinado desde entonces al malagueño, o para

hablar más propiamente, me fue menos antipático. Después de todo, si a

él le gustaba también la hermana, nuestra desgracia era común. Verdad es

que la soportaba con más filosofía. Cuando supo la ocurrencia de D.

Nemesio, rió largamente y la glosó con muchos y sabrosos comentarios;

pero no volvió a acordarse de las monjas. Si yo le sacaba la

conversación me respondía en un tono tan frívolo y aun se corría a veces

a tan libres y groseras frases que me herían. Debo confesar que allá, en

el fondo, el disgusto se mezclaba con la satisfacción de advertir que la

graciosa hermana sólo pasajeramente había impresionado su corazón.

Pasaron los días, y llegó el de mi marcha. El malagueño se había ido el

anterior para su tierra. Yo, en vez de irme a Madrid, tomé el tren de

Sevilla. Porque es bien que sepan ustedes que desde el instante mismo en

que tuve conocimiento de la huida de las monjas concebí el proyecto y

aun formé propósito de ir a esta ciudad en cuanto pudiese hacerlo sin

ser advertido. No lo comuniqué absolutamente con nadie, mucho menos, por

supuesto, con Suárez; antes procuraba mañosamente despistarle hablándole

de mis quehaceres en Madrid y la necesidad que sentía de terminarlos

pronto para restituirme a mi país, donde mi padre reclamaba mi presencia

inmediata para otros asuntos urgentes. En fin, que en cuanto llevase los

quince días justos de aguas iba a Andújar a tomar el expreso de Madrid

para llegar más pronto. Tuve la suerte de que él se fuese primero, y así

lo hice a mi salvo.

Cuando el tren arrancó y me vi caminando a gran velocidad hacia el

Mediodía, experimenté viva y dulce agitación; sacudió mi cuerpo un

estremecimiento deleitoso. Siempre que camino con rapidez en cualquier

vehículo me sucede algo semejante. El movimiento me embriaga y me

comunica instantáneamente la sensación de la fuerza y el triunfo. Por

eso he pensado muchas veces que los carros de los héroes griegos,

arrastrados por veloces corceles, debían contribuir no poco a aumentar

su esfuerzo y coraje en las batallas. Pues a esta sensación perturbadora

añadíase al presente una inquietud vaga, no exenta de voluptuosidad, que

me apretaba la garganta y me producía un cosquilleo grato. Pensaba en

los ojos de la hermana San Sulpicio. Y como si el tren, con su marcha

pujante y vertiginosa, me dotase del poder que me faltaba para hacerla

mía, sentíame feliz hasta llorar. Una angustia deliciosa me oprimía el

pecho blandamente. Sentía escalofríos de anhelo y voluptuosidad, cual si

me hallase a las puertas mismas de la dicha. Pasado aquel extraño

transporte, que debe achacarse en gran parte a la material impresión del

movimiento, me sentí tranquilo; pero me confesé ingenuamente que estaba

enamorado de la monja sevillana mucho más aún de lo que había imaginado.

Cruzó por mi mente la idea de lo que debía hacer cuando llegase a

Sevilla; pero súbito la aparté con miedo de la imaginación. En realidad,

ése era un problema insoluble en tal momento. Más valía entregarse a la

esperanza consoladora de que todo saldría a medida de mis deseos, pensar

en las gracias de mi hermoso dueño, recrearse rumiando los dichosos

instantes que a su lado había pasado, y cuando llegase a la capital de

Andalucía, ya veríamos lo que se había de hacer. Me puse a componerle

unos versos, unas quintillas; mas a la segunda tropecé con un consonante

difícil, _labios_; resabios no pegaba, ni menos los otros poquísimos que

hay. Así que un poco irritado rasgué el papel y lo arrojé por la

ventanilla.

La locomotora corría por los campos de la provincia de Córdoba.

Cubiertos de tiernos trigos se extendían en planicie de un verde pálido,

cortados bruscamente por el muro sombrío y adusto de la sierra. Cuando

nos acercamos a la ciudad, me sentí impresionado vivamente por la

grandeza de sus recuerdos. Aquel montón de casas que se alzaba pardo y

melancólico entre el río y la montaña había sido la gran ciudad del

Occidente, la capital del mundo civilizado. Al ruido, a la alegría que

en otro tiempo reinaran en ella, habían sucedido años y años, siglos y

siglos de silencio y tristeza. Veíala con la imaginación hermosa y feliz

enmedio de una comarca fértil, risueña, abundante en toda clase de

cosechas, ocupando una vasta extensión con sus murallas

resplandecientes, provista de puertas monumentales, de infinitas calles

donde las máquinas de riego abatían el polvo. Innumerables transeúntes

discurrían por ellas, entrando y saliendo de sus bazares a cuyas puertas

pendían ricos damascos y tapices. En todas partes se alzaban suntuosos

palacios, más bellos y suntuosos por dentro que por fuera: en todas

partes bosques y jardines públicos donde sus felices moradores se

solazaban con el aroma del azahar, del cinamomo y almoraduj. En torno de

ella los amenos vergeles o almuzaras se extendían a lo lejos, poblados

de arboledas umbrías, de fuentes murmuradoras, de pájaros parleros.

Enhiesta sobre el alminar de la mezquita la media luna elevaba sus

cuernos poderosos protegiendo a la ciudad. El ruido de los carros, de

los escuadrones que a todas horas entraban y salían por sus puertas, de

las máquinas de guerra, el gozoso rumor que se elevaba de sus talleres,

donde fabricaban la inmensa variedad de artefactos que exigía su

refinada cultura, la hacían bulliciosa y resonante. Veía la falda de la

sierra cuajada de casas de campo, retiros deleitosos donde los

caballeros árabes iban con las bellas de la ciudad a celebrar sus

orgías. Vínome a la memoria cierta confidencia de un escritor del tiempo

del califato, acaso la única que exista de este género en su literatura.

Porque esta raza grave y melancólica no gustaba de entretener al público

con las propias tristezas o alegrías.

El poeta Ibn-Hazm conocío a su amada, siendo niña, en el palacio de su

padre, donde estaba recibiendo educación. Su amada era hermosa, discreta

y modesta; pero orgullosa y reservada. Su modo de pensar era muy severo

y no mostraba inclinación por los vanos deleites, aunque tocaba el laúd

admirablemente. El poeta, de la misma edad que ella, buscaba en vano

ocasión de hablarla sin testigos. Una vez, en cierta fiesta que se daba

en su palacio, las damas se reunieron por la tarde en un pabellón desde

donde se gozaba una magnífica vista de Córdoba. Ibn-Hazm fue con ellas y

se acercó al hueco de una ventana donde se encontraba la joven. Apenas

le vio ésta a su lado, se huyó con graciosa ligereza hacia otra parte

del pabellón. Él la siguió, y se escapó de nuevo. La hermosa niña se

había hecho cargo de los sentimientos que inspiraba al hijo de su amo;

pero ninguna de las otras mujeres notó nada de lo ocurrido. Cuando más

tarde bajaron todas al jardín, rogaron a la amada del poeta que cantase,

y él unió también sus ruegos. Cediendo a estos ruegos, comenzó

tímidamente a pulsar el laúd y entonó una canción, una sentida y

melancólica canción. «Mientras cantaba--dice Ibn-Hazm en su deliciosa

confidencia,--no fueron las cuerdas de su laúd, sino las de mi corazón

lo que hería con el plectro. Jamás se ha borrado de mi memoria aquel

dichoso día, y aun en el lecho de muerte he de acordarme de él. Pero

desde entonces nunca más volví a verla en mucho tiempo. Sucedió que tres

días después que Mahdi subió al trono de los califas, abandonamos

nuestro nuevo palacio, que estaba en la parte oriental de Córdoba, en el

arrabal de Zahira, y nos fuimos a vivir a nuestra antigua morada, hacia

el Occidente, en Balat-Mogith; pero por razones que es inútil exponer,

la joven no se vino con nosotros.»

Luego cuenta el poeta las desgracias que pasaron a su familia cuando

Hischam II subió otra vez al trono. Una sola vez vio a su amada, en las

exequias de un pariente; pero no la habló. Poco después tuvo que

abandonar a Córdoba. «Cuando al cabo de cinco años volví a

Córdoba--dice--fui a vivir a casa de unos parientes, donde la encontré

de nuevo; pero estaba tan cambiada que apenas la reconocí; tuvieron que

decirme quién era. Aquella flor, que había sido el encanto de cuantos la

miraban, estaba ya marchita, por la necesidad de acudir a su

subsistencia con un trabajo excesivo. Sin embargo, tal como estaba, aún

hubiera podido hacerme el más dichoso de los mortales si me hubiera

dirigido una sola palabra cariñosa; pero permaneció indiferente y fría,

como siempre había estado conmigo. Esta frialdad fue poco a poco

apartándome de ella. La pérdida de su hermosura hizo lo restante. Nunca

dirigí contra ella la menor queja. Hoy mismo no tengo nada que echarle

en cara. No me había dado derecho alguno para estar quejoso, ¿De qué la

podía yo censurar? Hubiera podido quejarme de ella si me hubiera

halagado con esperanzas engañadoras; pero nunca me dio la menor

esperanza, nunca me prometió cosa alguna.»

Busqué, en vano, con la vista el jardín donde aquellos tristes amores

habían comenzado, busqué el palacio del noble poeta. ¡Cuánta alegría

desvanecida! ¡Cuánta actividad aniquilada! ¡Cuánta palabra de amor,

cuánta lágrima, cuánto afán, cuánto suspiro disipados para siempre!

¿Para siempre? ¿Por qué? El amor, que es la vida misma, no muere, se

traslada. ¿Por ventura las golondrinas que vienen a anidar en los

balcones de la Córdoba actual no aman como las que anidaban en la

Córdoba antigua? ¿Y dentro de aquel montón, oscuro y melancólico, de

casas no hay risas, no hay suspiros, no se vierten lágrimas de amor? El

fuego que ardía en el pecho del poeta Ibn-Hazm no se había extinguido:

yo lo sentía en el mío. Los hermosos ojos aterciopelados de mi graciosa

sevillana valían, por lo menos, tanto como los de su bella cordobesa. Y

como si la naturaleza quisiera responder con un signo afirmativo a mis

reflexiones, al salir de la estación, de pie sobre un verde campo de

trigo, vi una linda zagala de trece a catorce años y a un zagal de la

misma edad, enlazados con un brazo por la espalda y saludando con el

otro al tren que se alejaba rápido.

Según nos aproximábamos a la provincia de Sevilla, el paisaje adquiría

tonos más secos y calientes. La comarca se desenvolvía ondulante como un

mar de olas inmensas, petrificadas, hasta los últimos confines del

horizonte. Era una tierra roja, sangrienta, que infinitas hileras de

olivos rayaban de verde gris. Y posados entre ellos como blancas

palomas, veíanse de vez en cuando algunos molinos donde la amarga

aceituna fluía su licor. Sólo rara vez ya el verde pálido y tierno de

algún sembrado despedía una nota pacífica en aquella tierra ardiente de

una vitalidad feroz.

A medida que avanzábamos, el firmamento se elevaba y su azul se iba

haciendo más intenso y profundo. Lucía el sol de un mediodía abrasador.

La implacable intensidad de la luz me ofuscaba, haciéndome ver los

términos lejanos como masas violáceas envueltas en una gasa blanca. La

línea del último más bien se adivinaba que se percibía en los confines

del horizonte luminoso. La naturaleza africana anunciaba ya su

proximidad con los setos de pita y de higos chumbos erizados de púas.

Los olivos se retorcían con furia, adoptaban posturas grotescas,

chupando con ansia de aquella tierra roja las escasas partículas de

agua; árboles tristes, ridículos, donde alguna vez, como en todos los

seres feos de la tierra, brilla un relámpago de hermosura, cuando el

viento arranca de sus pobres hojas algunos reflejos argentados.

¡Nos acercábamos a Sevilla! Sentía mi corazón palpitar con brío. Sevilla

había sido siempre para mí el símbolo de la luz, la ciudad del amor y la

alegría. ¡Con cuánta más razón ahora, que iba hacia ella enamorado!

Veíanse ya algunas huertas de naranjos, y entre sus ramajes de esmeralda

percibíanse como globos de rubíes, según la expresión de un poeta

arábigo, las naranjas que de puro maduras se derretían. En las

estaciones próximas, Brenes, Tocina y Empalme, observaba cierta

animación, que no podía achacarse al número, harto exiguo, de viajeros.

Algunas muchachas de ojos negros, con claveles rojos en el pelo, de pie

sobre el andén, sonreían a los que nos asomábamos a las ventanillas.

Todas las casetas de guardas tenían ya en sus ventanas macetas con

flores. Hasta las guardesas, viejas y pobremente vestidas, que, con la

bandera recogida, daban paso al tren, ostentaban entre sus cabellos

grises algún clavel o alelí.

Por fin nos apartamos del Empalme. Debíamos parar en Sevilla. Me asomé a

la ventana, y escruté con ojos ansiosos el horizonte, que ya no era

ondulante, sino llano y dilatado, cubierto de sembrados, de olivos, de

naranjos, cuyos distintos verdes lo matizaban alegremente. Los setos

azulados de pita contribuían poderosamente a embellecerlo, y le daban ya

un carácter enteramente meridional. El río se desplegaba majestuoso por

medio del extenso valle. Allá en el confín del horizonte percibí una

torre elevada, y al lado de ella otras varias más chicas.

--¡Sevilla! ¡Sevilla!--grité con voz recia, sin poder reprimir la

extraña y viva emoción que me embargaba.

Y avergonzado en seguida de aquel grito, me volví para ver si mis

compañeros se reían. Mas, contra lo que esperaba, no sucedió; antes se

abalanzaron todos hacia las ventanillas, con la misma curiosidad y

anhelo que si nunca la hubieran visto. Y eso que la mayor parte eran

naturales y vecinos de la provincia.

--Zeviya es--dijo gravemente, después de haber sacado la cabeza por la

ventanilla, un viajero de cuarenta a cincuenta años, con patillas hasta

la nariz y vestido con chaqueta corta, corbata de anillo y sombrero de

amplias alas.

--¿Usted la ha visto?--le pregunté con solicitud.

--¿Que zi la he visto? Veinte años he paseao por la calle de las

Sierpes, y veinte mil cañas he bebío del lado de acá y otras veinte mil

del lado de allá del río... Pero la suerte mía, que es más negra que un

sombrero de teja, hablando con perdón, hace tiempo que me ha botado

fuera... En fin, paciencia, que más pasa un cornudo...

Me admiró la tristeza del acento con que pronunció estas palabras.

--¿Ahora no vive usted en Sevilla?

--No, señor; hace seis años que estoy establecido en Cantillana.

Recordé entonces el antiguo adagio español, y le dije sonriendo:

--«Anda el diablo en Cantillana»...

--¡Ca, hombre! Ya hace mucho tiempo que no anda... Se ha marchao

aburrío.

Volví a sacar la cabeza por la ventanilla riendo, y sumergí mi vista

extasiada en el radioso espectáculo que delante de mí se ofrecía. Aquel

panorama despertaba en mi alma una gozosa emoción. Todo parecía reír. La

luz caía como una gloria del cielo sobre los campos. El aire vivo que me

hería las sienes, el aroma penetrante del azahar, los olores cordiales

del campo que a él se mezclaban, la caricia ardiente de aquella

naturaleza poderosa que sentía en el rostro me embriagaban, me causaban

escalofríos de dicha. La torre que había visto se acercaba, elevándose

cada vez más a mis ojos. El blanco grupo de casas yacente a sus pies se

extendía.

El tren retardó su marcha: el _tic tac_ de las ruedas llegó más fuerte y

acompasado a nuestros oídos. Entramos en la estación. Después de saludar

cortésmente al desterrado de Cantillana, y sostener con esfuerzo y

coraje una lucha empeñadísima con más de veinte ganapanes que trataban

de arrebatarme la maleta, tomé un coche y di al cochero las señas de una

casa de huéspedes situada en la calle de las Águilas, que mi sabio

patrón de Marmolejo me había recomendado. Y a propósito de mi patrón, no

he referido que al tiempo de partir, dándome un apretado abrazo, y sin

duda para ofrecerme un testimonio maravilloso de su cariño y estimación,

me reveló al oído que su famoso cañón estaba hecho de amianto. Ruego al

lector que no divulgue el secreto.

El coche marchaba por una serie de calles estrechísimas, bailando muy

más de la cuenta para mis huesos; pero como yo venía dispuesto a

admirarme de todo y hallarlo de perlas, lejos de quejarme, sacaba a

menudo la cabeza por la ventanilla y echando una ojeada a las casas de

pobre apariencia que íbamos pasando, me dejaba caer otra vez sobre el

asiento, exclamando lleno de gozo: «¡Oh, qué árabe, qué árabe es todo

esto!»

Paramos delante de una casa, como todas las demás, pequeña, de un solo

piso, con dos balcones y dos grandes ventanas enrejadas al nivel del

suelo. Enrejada era también la puerta, por la cual se veía un patio con

pavimento de azulejos y columnas de mármol, donde había grandes macetas

con flores y plantas. «¡Qué árabe!» volví a exclamar para mis adentros,

mientras buscaba por todas partes el llamador. Di por fin con un

cordelito, tiré de él y sonó la campanilla. El joven que atravesó

lentamente el patio y se acercó a la cancela mirándome fijamente no

tenía nada de árabe, si bien se reparaba: flaco, largo, pálido, con una

nariz ¡qué nariz, cielo santo! que merecía los honores de trompa, los

ojos pequeños, el pelo lacio. Vestía decentemente, por lo que vine a

entender que no era criado; pero traía los pantalones cinco dedos lo

menos más cortos de lo justo. Me preguntó con voz débil, como si

quisiera exhalar con aquella pregunta el último aliento, qué se me

ofrecía. Cuando le dije que venía en busca de alojamiento y recomendado

por el dueño del Hotel Continental de Marmolejo, abrió la puerta

diciendo: «¡Ah!» Después, haciendo otro supremo esfuerzo sobre sí mismo,

dijo: «Matilde, Matilde», dos veces consecutivas. La chiquilla que se

presentó acto continuo dando saltitos como una urraca tampoco tenía gran

cosa de árabe. Representaba unos trece años, aunque después supe que

contaba diez y ocho, y era de una estatura inverosímil: poco más de un

metro levantaría del suelo. Con esto, la carita redonda y no

desgraciada, los ojillos vivos y a medio cerrar, los ademanes resueltos

y petulantes.

--¿Qué deseaba usted, caballero?--me preguntó comiéndose, como andaluza

de sangre, la mitad de las letras. Al mismo tiempo cerró aún más los

ojillos para mirarme, levantando la cabeza y ladeándola, como un pájaro

que escucha ruido.

Volví a repetir mi demanda y la recomendación que traía. El mancebo de

los pantalones cortos, tan pronto como se acercó la niña, habíase

retirado majestuosamente, proyectando con su nariz en las paredes una

sombra gigantesca.

--¡Ah! ¿Una habitación? Venga usted conmigo... Felicia, Felicia, ven a

recoger la maleta de este caballero... Por aquí...

Después que solté el equipaje en manos de una criada que se presentó al

reclamo de mi diminuta huéspeda, me condujo, sin subir escaleras, a una

cámara bastante capaz y medianamente amueblada, que tenía ventana con

rejas a la calle.

--¿Le gusta a usted ésta?

Como en realidad no necesitaba otra cosa mejor, dije que sí; pero la

chica, temiendo no haberme dejado satisfecho, se apresuró a manifestar

que había otra en el piso de arriba, que si deseaba verla...

--¿Es usted el ama?--le pregunté, convencido de que no podía serlo.

--No, señor; soy su hija... pero como si lo fuese--respondió con cierto

énfasis.

Y en efecto, tan pronto como me determiné a quedar en aquel cuarto,

llamó otra vez a la doméstica y comenzó a dictar una serie de

disposiciones respecto al aseo del pavimento, a la cama, al lavabo,

etc., en un tonillo despótico, que no dejó de causarme gracia por venir

de tan microscópica persona. Observé que la criada la obedecía con

prontitud y respeto, y lo mismo un criado a quien llamó para colocar la

cómoda que hacía falta.

--¿El joven que salió a abrirme es pariente de usted?--le pregunté.

--¿Eduardito?... Es mi hermano.

Raro me pareció que llamase Eduardito a aquel mastuerzo, y más ella que

podría pasar sin inclinarse por debajo de sus piernas.

--¿Pues sabe usted que tienen ustedes bien poco parecido?

--¿No es verdad? A todo el mundo le sorprende... Pues tan poco como en

la figura nos parecemos en el carácter. A él se le pasea el alma por el

cuerpo...

--Y a usted no le cabe dentro.

--Cierto--respondió riendo.--Vaya, le dejo a usted, que tengo mucho que

hacer... ¿Quiere usted tomar algo?... Pues cuando me necesite no tiene

usted más que dar una voz... La hora de comer a las siete.,. ¿Quiere

usted que le limpien las botas?... Gervasio, Gervasio, ven aquí...

Limpia las botas de este señor en un momentito... ¡Vivo! ¡vivo!... Vaya,

hasta luego... ¿Su gracia de usted, caballero?

--Ceferino Sanjurjo.

--Mil gracias. Hasta luego.

Así que me hube lavado y aliñado un poco, viendo que aún no eran más de

las cuatro de la tarde, salí a dar un paseo por la ciudad. No tengo para

qué advertir que la idea que me embargaba totalmente en aquel momento

era la de hallar y ver el convento o colegio del Corazón de María, donde

tenía el mío prisionero. No quise llamar a Matilde; pero espié sus

pasos, y, cuando la vi en el patio, salí de mi cuarto metiéndome los

guantes y me hice el encontradizo.

--¿Va usted a dar un paseíto?--me preguntó como si nos tratásemos hacía

años.

--Voy a ver un poco las calles hasta la hora de comer... ¿Usted sabe

dónde está un convento que se llama, según creo, del Corazón de

María?--le pregunté afectando gran indiferencia.

--Del Corazón de María... del Corazón de María--respondió llevándose el

dedito a la frente como para recapacitar.--Aguarde usted un poco... ¿No

es un colegio de niñas?

--Creo que sí.

--Pues debe de estar, me parece, en la calle de San José... ¿Sabe usted

allá?

--¡Si no he estado jamás en Sevilla!

--¡Ah! Bien. Pues es muy fácil. No tiene usted más que seguir esta misma

calle hasta la Alfalfa, ¿sabe? Allí tuerce usted a la izquierda por una

calle que se llama de Luchana; ve usted una iglesia, la de San Isidoro;

en seguidita otra, la de San Alberto; baja usted un poco, y a la derecha

encuentra usted una calle que se llama de la Perla; entra usted en la

calle de la Carne, y allí está la de San José... ¿Ha comprendido usted?

--Perfectamente--respondí, convencido de que sería inútil hacérselo

repetir.

Y salí a la calle dispuesto a llegar allá a fuerza de preguntas. El

aspecto de la ciudad me sorprendió y cautivó al mismo tiempo. Aquellas

calles estrechísimas, tortuosas, desiguales; aquellos patios de

jaspeadas columnas atestados de flores, que se divisaban al través de

las cancelas, formando contraste con la modesta apariencia de las casas;

el filete de cielo azul resplandeciente que se veía allá arriba,

forzando con su viva luz irresistible la angostura de las calles; la

animación y el ruido que por todas partes reinaban, despertaron en mi

alma una alegría que jamás hasta entonces había sentido: la alegría del

sitio. Había visto en mi país hermosos paisajes rientes como no es

posible verlos en ningún paraje de la tierra, había asistido al levante

del sol en la playa de Vigo, había escalado y hollado con mi pie las

famosas montañas de Asturias. En todas partes, el espectáculo de la

naturaleza, aun en sus momentos risueños, me había empujado blandamente

a la meditación y a una dulce melancolía. Nada de esto sucedía ahora.

El cielo comunicaba su alegría a la ciudad y la ciudad la comunicaba al

corazón del que la recorría. Por las grandes ventanas enrejadas mis ojos

exploraban sin obstáculo lo interior de las viviendas. En una cosían dos

jóvenes vestidas de blanco, con rosas en el pelo. Al observar la mirada

insistente que les eché, sonrieron burlonamente. En otra, una joven

tocaba el piano, de espaldas a la calle: me paré un instante a

escucharlo, y conmigo una mujer del pueblo que, metiendo la cara por las

rejas, dijo:

--Señorita, señorita.

La joven se volvió preguntando:

--¿Qué se ofrece?

--Na, señorita; que me gutaba uté por etrá y quería ver si po elante...

--¿Y cómo soy por delante?--replicó la chica sin turbarse.

--Como un botón de rosa, mi corasón.

--Muchas gracias.

Y se volvió tranquilamente para seguir tocando.

Yo me alejé riendo de aquella singular escena.

En otra, un padre o preceptor estaba enseñando el abecedario a un

chicuelo de doce a catorce años; en otra se merendaba; en otra se tocaba

la guitarra, digo, en otras, porque fueron bastantes las en que oí los

acordes suaves del instrumento nacional. Cuando venía algún coche o

carro, era menester que los transeúntes nos metiésemos en un portal para

no ser atropellados, porque la calle, a duras penas, dejaba paso al

vehículo. Todos los balcones y ventanas estaban adornados con tiestos

que rebosaban de flores: los claveles de una ventana besaban muchas

veces las rosas de la de enfrente. Las mujeres que encontraba, jóvenes

y viejas, las traían asimismo en el pelo. El piso no era terso ni

cómodo: los pies bañaban sobre los guijarros y pseudoadoquines, con

grave detrimento de los callos: además, se corría peligro inminente de

resbalar en alguna corteza de naranja o de sandía o de tomate, de que

había buena copia: de los balcones las dejaban caer sin aprensión

ninguna sobre los que pasábamos. De vez en cuando llegaban a la nariz

fuertes tufaradas de azahar, que casi le suspendían a uno los sentidos.

Pues no hallé, como digo, medio mejor para llegar a la calle de San José

que ir preguntando a los que cruzaban. Y cierto que no me pesó de ello.

Todos me respondían con extremada cortesía y se paraban a darme cuantas

noticias juzgaban necesarias. Algunos llevaban su amabilidad hasta el

punto de acompañarme un buen trecho de camino para dejarme bien

encaminado. Y aquí debo advertir que, así como en Madrid la expresión

peculiar y nativa de los rostros es la hostilidad, en Sevilla es la

benevolencia. Quizá será porque aún no han alcanzado ese grado supremo

de la civilización en el que un saludable desprecio de todo es el

fundamento de las virtudes públicas y privadas.

--¿La calle de San José?... ¿Me hace usted el favor?...

--Tá uté en eya, cabayero.

--¿Sabe usted dónde se encuentra el convento o colegio del Corazón de

María?--pregunté a la buena mujer, viendo, al echar una mirada a la

calle, que había tres o cuatro edificios de aspecto eclesiástico.

--No puedo desirle... Pero aguárdeme uté un momentito, que voy a

preguntarlo.

Se fue calle arriba y entró en una tienda. A los pocos segundos salió

de nuevo y vino a decirme que el colegio estaba próximo a la iglesia.

--En esa casa que hase rincón, ¿sabe uté?

Le di las gracias y me dirigí hacia allá a paso lento. Por si acaso la

mujer me estaba mirando, entré en el portal, aunque sin ánimo alguno de

llamar a la puerta. Era un edificio viejo sin fachada regular. No tenía

más que unas cuantas ventanas distribuidas caprichosamente por ella, lo

cual me hizo presumir que lo principal de él debía dar a algún jardín.

El portal grande, cuadrado y feo, extremadamente limpio. Empotrada en la

pared una hornacina con cristal donde se veía la imagen de la Virgen, a

la cual alumbraba una lámpara de aceite colgada del techo. La puerta era

de roble viejo, labrada como las de las iglesias: a su lado había una

ventanita sin rejas. Al poner allí el pie me sentí fuertemente

conmovido. La idea de que detrás de aquella puerta estaba mi dueño

querido, la saladísima hermana, hacía brincar mi corazón. Pegué el oído

a la cerradura por si lograba escuchar algo, y en efecto, oí voces y

risas. La ilusión me hizo creer que la hermana San Sulpicio era la que

gritaba reprendiendo a una niña. Mas las voces y las risas se

aproximaron repentinamente, y apenas tuve tiempo a ponerme en la calle

de dos saltos, cuando se abrió la puerta con estrépito y aparecieron

hasta media docena de niñas y detrás de ellas dos criadas que se

alejaron calle arriba. Por no exponerme a otro susto, y por considerar

que nada adelantaba con quedarme en el portal, también me aparté del

colegio echándole, sin embargo, miradas codiciosas y tristes.

Llegué a casa, después de caminar entre calles algún tiempo, a la hora

precisa de comer. Mi diminuta huéspeda me salió al encuentro y me abocó

con familiaridad no exenta de protección.

--Se habrá usted perdido, por supuesto.

--Alguna vez; pero he preguntado y fui saliendo adelante.

--Pues hijo, como usted tardaba tanto, ya creía que se nos había

extraviado. Estaba pensando en poner un anuncio en los papeles... Buena

carpanta traerá ya, ¿verdá uté?

--Así, así.

--Pues a comer, hijo, ¡andandito!

Y se alejó como un jilguero que va a posarse en otra rama.

En el comedor, y sentados a la mesa, estaban cuatro señores con los

cuales cambié un ceremonioso saludo. Uno de ellos era hombre de unos

cuarenta años, de fisonomía simpática, facciones correctas y barba

castaña recortada. Supe después que se llamaba D. Alfredo Villa, nacido

en Cádiz y comandante de infantería. Otro de los comensales era un señor

de patillas blancas, rostro atezado y expresivo, que me dijeron era

alcalde de uno de los pueblos de la provincia, no recuerdo cuál: se

llamaba Cueto. Otro un jovencito rubio, estudiante de Derecho. Otro, por

fin, un catalán de rostro anguloso y escuálido, ojos saltones y bigotes

largos y caídos como un chino, a quien llamaban Llagostera. Así que me

hube sentado apareció Eduardito, que también tomó asiento, o por mejor

decir, se dejó caer exánime en la silla al lado de nosotros. La comida

principió silenciosa, pero no tardó en animarse generalizándose la

conversación; y ¡caso extraño! a pesar de tanto andaluz como allí había,

el que llevaba la voz cantante era el catalán. Y más extraño aún que lo

hiciera ordinariamente para decir pestes de Andalucía, y en especial de

Sevilla. Siempre se sentaba a la mesa furioso, según pude observar en

los días sucesivos. Generalmente su mal humor principiaba adoptando la

forma irónica.

--Don Alfredo (dirigiéndose al comandante), ¿no sabe que ma ancargado

unos patines?... ¿Para qué?... Pues para andar por las calles. ¿Le

parese no estar bien lisas con los cascos de pimientos y naranjas que

hay por todas partes?

Abría extraordinariamente las vocales y cerraba los ojos y alargaba los

labios para dar realce gracioso a su humorismo.

--Disen, don Alfredo, que es magnífica la enstalasión que el munisipio

de Sevilla ha dadicado an la asposisión da Barselona a las cañas da

mansanilla. Supongo que no dajarán ustedes de mandar alguna bailaora...

Y qué tal, don Alfredo, ¿no ha venido todavía ningún inglés que compre

la Giralda?

El comandante y los demás comensales eran de buena pasta y respondían

sin incomodarse pizca a estas bromitas. Llagostera pensaba que eran la

flor y la suprema expresión del humorismo y la sal ática. Por supuesto

que, al cabo de algunos dimes y diretes, salía siempre con las manos en

la cabeza.

--Oiga, comandante: no habrán dajado de mandar a la asposisión una buena

partida de naranjas y melones...

--Melones, no--respondió Villa.--Con los catalanes no hay competencia en

ese ramo.

Los demás reían y Llagostera se amoscaba inmediatamente, y principiaba a

poner a la Andalucía y a los andaluces como hoja de perejil.

--Aquí no hay formalitat, ¿sabe? (dirigiéndose a mi). Busté va, pongo

por caso, a un café y pide media copa de cognac, y le cobran treinta

santimos. Pues al día siguiente pide busté lo mismo, y le cobran treinta

y sinco. ¿As esto formalitat? ¿As esto desensia?... Luego busté va al

teatro, y por ver una mala comedia le llevan tres pesetas... An

Barselona, por una peseta ¿sabe? está toda la noche muy arrellanado en

una butaca y oye una ópera cantada por los mejores artistas catalanes,

con cuerpo de baile, y además, si quiere, ve también volatines, ¿sabe?

Si va a un restaurant, no as como aquí, no le dan camarones y naranjas,

y l'assan luego en la cuenta. Allí, buen solomillo, buenas rajas de

salchichón, pedasos de ternera como alpargatas... Mire, an el restaurant

del Comersio, por una peseta y media ¿sabe? se dan cuatro platos fuertes

y vino del Priorato. Si busté porta el pan, antonses son sinco reales...

No se cansaba jamás Llagostera de enumerar las ventajas positivas de

Barcelona sobre Sevilla, y sobre el resto del mundo. Además, lo que le

ponía fuera de sí era la holgazanería de los andaluces.

--Aquí busté no pida trabajo (siempre dirigiéndose a mí). No hay una

mala fábrica. A las cuatro de la tarde ¿sabe? los hombres astán santados

a la puerta de casa tocando la guitarra. Cuando les cae del sielo una

peseta van al café, piden unas cañas y dan al moso un real de propina.

An Barselona ningún moso puede tomar propina. ¿El café cuesta un real?

Pues sa deja el real sobre el platillo y sa va...

Esto de la propina lo tenía sobre el corazón. Era, en su concepto, uno

de los vicios que roen el corazón de la sociedad contemporánea.

Pues además de la supremacía de Barcelona sobre todas las cosas creadas,

Llagostera tenía otra aún mucho más notable especialidad, y era la de

haber estado en todos los sitios que se mencionaban en la conversación,

haber presenciado todos los sucesos notables e intervenido casi siempre

en ellos directa o indirectamente. Había ejercido profesiones tan

heterogéneas como las de militar y contratista de obras públicas,

inspector de policía y periodista, etc. Si se hablaba de la cuestión de

Oriente, él había estado en los principados de la Moldavia y la

Valaquia, hoy Rumania, construyendo unos ferrocarriles, y contaba

anécdotas más o menos interesantes, describía el carácter de los

príncipes rusos con quienes había tratado familiarmente y las costumbres

feudales de aquellos países.

--Una tarde iba yo con el prínsipe de Golitchof an una _briska_, un

carruajito, ¿sabe? y ancontramos unos carros que impedían el paso; los

carreteros astaban dormidos allí serca. El prínsipe saltó del coche, y a

latigaso limpio los fue despertando. ¿Busté cree que sa quejaron

siquiera? Nada, sa fueron a los carros y los apartaron sin desir

palabra.

Hablando de América, la había recorrido de un cabo a otro, había cazado

tigres con el presidente de Guatemala y se había batido en calidad de

coronel contra el ejército de San Salvador. Saliendo a cuento el

asesinato del general Prim, nos dijo que pocos momentos antes había

escuchado en una taberna la conversación de los asesinos, y que no había

ido a dar parte porque, advirtiendo que los escuchaban, uno de ellos le

había seguido durante varios días después, sin duda para asesinarle en

el caso de que los denunciara. Por último, habiendo sacado el

estudiante de Derecho la conversación de toros, nos explicó cómo en

Burdeos le habían tomado a él por un torero, y con tal motivo le habían

agasajado muchísimo. El alcalde de las patillas blancas, que hasta

entonces había guardado silencio, sin levantar la cabeza del plato,

alzola ahora con sorpresa, y echándole una mirada de sorna y cólera al

mismo tiempo, le atajó diciendo:

--¡Compare, no diga uté por ahí que le han tomao por un torero, porque

le van a dar un tiro!

El catalán sostuvo con brío lo que había dicho; pero viendo que todos

reíamos y que Cueto no respondía, se calló por algunos instantes, con

señales de enojo.

Villa comenzó a embromar a Eduardito. Al parecer, este lánguido mancebo

estaba perdidamente enamorado de una vecina amiga de su madre y hermana,

lo cual era causa de haber perdido el apetito casi enteramente. Lo

original del caso es que, según me dijeron, la vecinita contaba más de

veintisiete años, y él no había cumplido diez y nueve aún.

--Eduardito, ¿pongo para usted?

--Muchas gracias, señor Villa... Basta... basta.

--Vamos, joven, ¡valor! Este aloncito nada más. Me ha dicho Fernanda que

le desagrada muchísimo que usted no coma.

--Ya empieza la guasa, ¿eh?--respondía Eduardito, mostrando síntomas de

temor.

--Palabra de honor. Me ha dicho que si usted continúa enflaqueciendo de

ese modo, se va a ver en la precisión de darle calabazas... Dice ella, y

a mi ver tiene razón, que quiere casarse con un hombre, no con un pájaro

disecado de la calle de la Mar.

--Vaya, don Alfredo, no la tome usted siempre conmigo.

--Pues a comer. Tengo encargo de cuidarle a usted... y las órdenes de

las damas son sagradas.

El cómo le había entrado el amor a Eduardito nadie lo sabía. Fernanda

frecuentaba la casa hacía ya bastantes años: les había visto criarse, lo

mismo a él que a Matilde, les había vestido y peinado infinitas veces,

les llevaba a su casa a pasar el día, y se divertía en cortar y coser

casullas para el primero (que en sus primeros años mostraba decidida

vocación por el estado eclesiástico) y en aderezar vestidos para las

muñecas de la segunda. Andando el tiempo, como Matilde era precoz, y

despierta de inteligencia, Fernanda la hizo confidente de sus secretos,

y, poco a poco, a pesar de la diferencia de años, se fue trabando

estrecha amistad entre ellas. Es más, como Matilde tenía un carácter más

firme, o era más tiesecilla, según la expresión vulgar, pronto llegó a

dominar a su dócil y bonachona amiga. Mas por lo que respecta a

Eduardito, nunca había cesado aquel sentimiento de protección maternal

con que Fernanda le trataba. Cuando iba a la escuela, ella era quien le

recosía los sietes de los pantalones, para que su padre, que entonces

vivía, no se los abriese en la piel, le limpiaba los mocos con su propio

pañuelo, y le pasaba una toalla mojada por la cara cuando ésta venía

demasiadamente puerca. Después que entró a cursar la segunda enseñanza,

si ya no ejercía estos mismos oficios con él, los desempeñaba análogos.

Lavábale y planchábale los pañuelos del cuello, le hacía el lazo de la

corbata, ocultaba con alguna piadosa mentira sus fechurías, y de vez en

cuando le metía en el bolsillo alguna peseta. Eduardito, como niño

mimado, la trataba sin pizca de miramiento, desvergonzándose con ella en

cuanto le reprendía cualquier travesura.

Mas hete aquí que a lo mejor nuestro mancebo comienza a estar serio y

taciturno delante de ella, y a clavarle a hurtadillas unos ojazos que

daban susto. Con esto, en vez de pasear todo el día por las calles con

sus amigos, o ir a la puerta de Jerez a echar flores a las cigarreras, o

a esperar por la tarde la vuelta de las operarias de la Cartuja, le

gusta quedarse en casa cuando Fernanda va a pasar la tarde con su

hermana y visitar con frecuencia la casa del padre de aquélla, que era

maestro tornero en bronce y marfil. ¿Y todo para qué? Para estarse

quieto en una silla las horas muertas sin chistar, como si asistiera a

un duelo. A pesar de que las señales eran manifiestas y que las mujeres,

sobre todo si son andaluzas, saben leer pronto y bien en el pecho de los

galanes, tardó bastante tiempo Fernanda en darse cuenta de la afición de

Eduardito. Tan asombroso y extravagante era aquel amor, que aun después

de advertido no quería creer en él, y no dio parte a nadie, porque a la

verdad le parecía ridículo.

Fernanda era una morena de facciones incorrectas, nada bonita y poco

graciosa. Tenía siempre desmesuradas ojeras, que con la edad se iban

acentuando, y le faltaba un diente de los más principales, lo que le

hacía silbar las palabras de un modo nada grato. Además, estaba bastante

ajada, como que ya iba traspasando los límites de la juventud. Pero el

amor es ciego, y donde los demás veíamos insignificancia y fealdad, él

veía hermosura simpar y perfección. La primera que lo observó, después

de la interesada, fue su hermana. Luego fue del dominio público.

Eduardito descaecía a ojos vistas; la nariz, siempre protuberante, se le

había pronunciado de tal modo insólito y bárbaro, que más parecía

accesorio defensivo de algún animal extraño, que parte integrante del

organismo humano. Todos deseaban que aquello se resolviese de alguna

manera. Porque les dolía la consunción de un joven tan notable en su

aspecto físico como en el moral, según tendremos ocasión de ver.

Sin embargo, la protección que los huéspedes le dispensaban, lejos de

satisfacerle, le disgustaba, y hasta llegaba a enfurecerle. No podía

resistir que hablasen de él a Fernanda y le pintasen su amor y sus

penas. Así que manifestó claramente su desabrimiento cuando Villa le

dijo que por la tarde había charlado un rato con aquélla a la reja, y

que el tema de su conversación había sido él.

--Yo creo, don Alfredo--profirió el mancebo muy amoscado,--que no había

necesidad de que usted se metiese en cosas que no le importan.

--Pero, criatura, si usted no acaba de declararse. ¿Quiere usted que

tengamos el cargo de conciencia de verle escaparse por la corbata el día

menos pensado por falta de cuatro palabritas?

--Bueno, pues déjeme usted escaparme. Ni a usted ni a nadie le ha de

venir ningún perjuicio por eso... Acaso valdría más que

sucediera--añadió por lo bajo, con voz conmovida y pugnando por detener

las lágrimas.

Vamos, don Alfredo, no le maree más... Mire que yo también voy a poner

sus trapiyos sobre la mesa--dijo la brevísima Matilde, que mientras

comíamos se movía espiando nuestros deseos, satisfaciéndolos o

haciéndolos satisfacer por Gervasio.

El comandante se puso un poco colorado.

--Vaya, vaya, a callar, Colibrí. Más te valiera tener cuidado de que

este arroz estuviese sabroso.

--Es que, hijo mío, el arrós es muy ladrón; toita la sustansia se traga.

--Pues avisa a la guardia civil, porque yo no tolero más robos de esta

clase... Y diga usted, señor Cueto--añadió cambiando de conversación,

por temor sin duda de que Matildita cumpliese la amenaza,--¿piensa usted

quedarse muchos días entre nosotros esta vez?

--No, señor. Me voy mañana.

--Prontito. ¿Han ganado ustedes al fin las elecciones?

--¡Pues qué íbamos a hasé! Eso me trae todavía. Nunca farta un enrediyo.

--Aquel escribano que tanto les combatía a ustedes estará furioso.

--El pobresito ha fallesido.

--¡Hombre!...

--Sí, antes de las elecsione... Verá usté qué cosa más rara. ¿Se acuerda

usté de cuando estuve aquí, hase un mes? Pues bueno; hablando con el

señor gobernaor de nuestros asuntos, le dije con franquesa lo que había,

que el escribano tiraba de mucha gente y que la madeja estaba muy

enredá; hasía farta que él pujase desde arriba hasta echar los hígados

para que saliésemos adelante. «¿Sabe usté, alcarde, lo que se me ha

ocurrío hase un momento?, me dijo. Me ha dao de repente en el corasón

que a ese escribano le va a pasar argo antes de las elecsione... Es un

presentimiento... vamos... y mire usté, cuando yo he tenío alguno casi

siempre se ha realisao. Ese hombre, para mí, no hase las elecsiones.» No

me acordé más de aquel dicho, y me fui al pueblo. ¿Querrá usté creer que

a los ocho días justitos, al retirarse por la noche a su casa, le

dejaron tendío de un tiro en la cabesa? ¡Y luego dirán que no debemos

creer en las corasonadas!

Sentí un leve escalofrío y cambié una mirada significativa con Villa.

--He venío--continuó--porque el jues se ha empeñao en procesar a un

pobresiyo, que enjamás ha matao una mosca. Ya ve usté, antes que yeven

al palo a un inosente, ¿no es mejor que nos boten ese jues y nos pongan

otro?

A pesar de la entonación seria con que pronunciaba estas palabras y del

gesto triste y compasivo con que las acompañaba, creí advertir debajo de

ellas una ironía feroz que me causó miedo y repugnancia.

--Para elecciones reñidas, las que yo he presenciado en Jerez a raíz de

la restauración--dijo Villa.

--Durante los años de la revolución, parece que la gente tomaba menos

interés en ellas. Sin duda fiaba más en los motines y algaradas que a

cada momento había--manifesté yo.

El catalán, que hacía lo menos cinco minutos que no hablaba y estaba

pesaroso, cogió la ocasión por los cabellos para interrumpirnos diciendo

con sonrisa entre humilde y petulante:

--¡La restaurasión! ¡Je, je! La restaurasión; aquí donde ustedes ma ven,

si no es por mí no sa hase.

Todos levantamos vivamente la cabeza y le miramos, y nos miramos después

con estupor.

--Sí, señor; si no es por mí no sa hase--repitió acentuando la sonrisa y

gozándose, sin duda, en nuestra sorpresa.--Atiendan un poco. Yo escribía

los sueltos antonses en _El Tiempo_, y hasía, además, la confecsión,

¿sabe? Todos los personajes de Madrit ma quitaban el sombrero y venían a

buscarme para que les pusiera algún sueltesito dándoles bombo.

Llagustera para aquí; Llagustera para allí; Llagustera, venga a almorsar

conmigo; Llagustera, suba al coche, le llevaré a su casa. An fin, poco

faltaba para que ma limpiasen las botas, ¿sabe? Uno de los más amigos

era el general Martínez Campos. Muchas tardes echábamos grandes párrafos

en el Salón de Conferensias. Pocos días antes del golpe de Sagunto, le

ancontré tumbado an un diván dormitando. ¡Hola, mi general! Está usté

descansando, ¿verdat?, le dije poniéndole la mano en el hombro.--Dájeme

usted, Llagustera; ando muy preocupado estos días; los compañeros ma

ampujan a que saque los soldados a la calle, y ya ve usté, eso es más

fásil desirlo que haserlo. Por otra parte, Cánovas no quiere por ahora,

y el elemento sivil tampoco... Así que, a la verdat, no sé qué haser...

¿Busté qué me aconseja, señor Llagustera?--Hombre, yo no conosco bien el

espíritu del ejérsito, pero a mí me parese ¿sabe? que no debe busté

intentar nada en Madrit; debe trabajar el ejérsito del Norte o el del

Sentro. Después que le dije esto, sa quedó muy pensativo, y a los pocos

días fue cuando sa escapó a Sagunto a ponerse al frente del ejérsito del

Sentro, y ya saben lo que pasó.

El catalán sonreía de un modo beatífico, acabando de decir esto. Un

silencio lúgubre siguió a sus palabras. Quién más, quién menos, todos

estábamos irritados de tal desvergüenza, y teníamos los ojos puestos en

el plato. Al cabo de algunos segundos, Cueto levantó la cabeza, y

encarándose con él, le preguntó con impertinencia:

--Oiga usté, señor Llagostera, ¿su padre de usté era de Cabra?

--No, señor; ¿por qué lo pregunta?

--Por na... Es que a los de Cabra los suelen llamar cabrones.

Quedé espantado. Creí que aquella agresión brutal iba a producir una

escena trágica. Pero afortunadamente no fue así. El catalán dijo que

aquel insulto no se lo diría fuera. Cueto respondió que se lo repetiría

donde y cuando gustase. Llagostera replicó que él no era hombre de

navaja, sino de pistola y espada, y que ventilaba los asuntos de honor

como un caballero, y que mirase por sí, pues en el Perú (donde había

sido hombre de Estado y coronel) había tenido tres desafíos, uno de

ellos con rifle, al estilo americano. Cueto manifestó que él se pasaba

todos los estilos por tal y por cual, y que para zanjar asuntos

semejantes no había más que dar solitos una vuelta por la orilla del

río. A todo esto, sin embargo, ninguno de los dos se levantaba de la

silla, y seguían engullendo lo que les ponían delante, sin ánimo

declarado de tomar el fresco; por lo cual nos sosegamos todos. Villa,

guiñándome el ojo, entabló nueva conversación, y a los pocos momentos

nadie se acordaba de tal desagradable incidente.

Dormí bastante mal aquella noche. De un lado, la incertidumbre sobre lo

que debía hacer para ponerme de nuevo en relación con mi adorada monja,

de otro, la dureza bravía de la cama, me hacían dar más vueltas que un

argadillo. Por la mañana, la microscópica Matildita vino a preguntarme

cómo había dormido.

--Muy mal--le respondí.

--¿Y eso?

--No sé... me parece que la cama es algo dura.

--Pues, hijo mío, si tiene uté tres colchones. Esta noche le pondré a

uté otro.

--No; mejor será que me quite usted los tres y ponga uno blando.

Más de una docena de veces entró y salió aquella mañana en mi cuarto.

Los múltiples quehaceres de la casa la obligaban a cada momento a

interrumpir la conversación y marcharse. Por último se decidió a

sentarse en una mecedora, diciendo:

--De aquí no me levanto ya lo menos en un cuarto de hora... Digo, a no

ser que uté quiera quedarse solo...

Le expresé mi placer en verme tan gentilmente acompañado, y no fingía;

porque además de no tener en qué ocuparme, me recreaba al mirar aquella

figurita meciéndose en la butaca con gran cuidado para no mostrar las

piernas.

--¿Es usted viajante de comercio, don Ceferino?--me preguntó.

--No, señorita; soy poeta.

--¡Ah, poeta! ¡Qué bonito! ¿Hace usted versos? ¿Me leerá usted algunos?

¿verdad?

--Con mucho gusto--respondí, sintiendo súbito por aquella niña ardiente

simpatía.

--A mí me gustan muchísimo los versos, ¡Me encantan! ¿sabe uté? A casa

venía un chico que los hacía, ¡tan bonitos! ¡tan bonitos! Vamos, eran

preciosos. Otros los hacían bonitos también, pero como Pepe Ruiz,

ninguno. Verá uté, a mí me dedicó unos que tengo arriba guardados...

Principiaban... _Hojas del árbol caídas--juguete del viento son..._

--_Las ilusiones perdidas--hojas son ¡ay! desprendidas--del árbol del

corazón_--concluí yo.

--¡Toma! ¿También usted los sabe?

--Sí, señorita; son de Espronceda.

--No, hijo mío, que no son de ese caballero, que son de Pepe Ruiz; yo

misma se los he visto escribir--replicó con energía.

--Entonces serán de los dos--repuse.--No hay nada perdido.

--Vamos, dígame usted algunos suyos. Si usted es poeta estará enamorado,

¿eh? ¡A que sí! Todos los poetas son muy enamorados. Pepe Ruiz ¡uf! a

todas cuantas veía les pedía la conversación.

Yo, que sentía la comezón de todos los que aman por explayarme y narrar

las menudencias de mis amores, respondí sonriendo:

--Pues sí... creo que lo estoy un poco.

--Una mijita, ¿eh? ¿Ve uté como a mí no se me escapa nada?--exclamó,

rebosando de alegría y triunfo, como si hubiera descubierto un tesoro

escondido.

Me obligó a contarle, con todos los pormenores posibles, la historia de

mi incipiente pasión. Por cierto que, al decirle que el objeto de ella

era una monja, se asustó; pero le expliqué cumplidamente el caso y

volvió a sosegarse. No conocía a Gloria, aunque había oído hablar de

ella a sus amigas y tenía noticia de su familia. Sabiendo que no había

rechazado mis instancias (creo que mi vanidad me hizo correrme un poco

en este punto) y que tenía deseos de salir del convento, me brindó su

protección, con la misma autoridad y firmeza que si fuese el capitán

general del distrito y pusiera a mis órdenes las fuerzas de la

guarnición, para sacar a la hermana de su celda y volverla al mundo.

--Nada, nada, ya verá uté cómo eso se arregla y le casamos en seguidita.

¡Vaya con don Ceferino, llegar a Sevilla enamorado ya de una sevillana!

--Ya ve usted... y siendo yo gallego.

--¿Cómo gallego?--exclamó cambiando repentinamente de expresión, en el

colmo del estupor.--¿Pues no me había dicho hace un momento que era

poeta?

--Bueno, soy poeta y gallego a la vez.

Me costó trabajo hacerle entender cómo podían aliarse estas dos

cualidades en una misma persona. Creía que ser gallego y llevar baúles

al hombro era todo uno. Hasta se me figuró que, para darse cuenta cabal

del caso, se puso a recordar que yo había entrado en casa con la maleta

entre las manos. Destruida a medias esta original concepción de mi

procedencia natal, me volvió a pedir que le recitase algunos versos, y

yo, con la buena voluntad que en este particular nos caracteriza a los

poetas, lo mismo líricos que dramáticos, le dije un número considerable

de sonetos, después otro aún mayor de quintillas, luego algunos

romancitos. En fin, que estuve soltando versos a chorro más de una hora.

Matildita, en quien encarnaba dichosamente el espíritu amplio y

receptivo del Ateneo de Madrid, los encontraba todos deliciosos,

insuperables; batía las diminutas manos contra los brazos de la

mecedora, y en sus ojillos, medio cerrados siempre, chispeaba un gozo

vivo y sincero. Tuve que prometer dedicarle unos, y ella me aseguró

noblemente que los guardaría siempre al lado de los inmortales de Pepe

Ruiz.

La verdad es que me caía muy en gracia aquella chiquilla, con su

entonación protectora y su modo de hablar breve e imperioso. Parecía

cansada de la vida y muy experimentada en todos sus casos y

circunstancias. A cada paso me llamaba hijo, hijo mío, y por lo que pude

colegir, se pagaba mucho de ser una inteligentísima e inapreciable

consejera, sobre todo en negocios de amor. Por varias reticencias que le

escuché en sus discursos, entendí también que Cupido le había sido

adverso, y que sólo después de una dolorosísima experiencia había

llegado a adquirir un conocimiento exacto y completo de las tretas de

este dios, lo cual la ponía ahora en situación de aleccionar a los

neófitos como yo y prevenirles. Después de repetidas instancias por mi

parte, me confesó que el dios alado se le había presentado hacía tres

años en forma de aspirante a telégrafos.

--¡Tres años! Sería usted una criaturita.

--No, hijo, que tenía ya cerca de quince años... Era guapo, buen mozo, y

tenía unos ojos muy pícaros... Venía mucho por casa, porque era amigo de

Eduardito. Una mañana que me encontró sola barriendo, me pidió

conversación. Yo le di... con la escoba en la cabeza; pero otra me

quedaba dentro, porque ¿sabe uté? Felipe me gustaba... nada más que por

el aquel que tenía... Cantaba los tangos ¡que había que oírle! Le digo a

uté que había que oírle. Bailaba panaderos como un gitano de la

Macarena. ¡Y luego tan guasón! Nunca se sabía cuándo hablaba formal.

Verá uté. Un día le preguntamos por su hermano, que estaba en Cádiz, y

nos respondió, con una cara muy larga, que se había muerto. Todos lo

creímos. Uté también lo creería, ¿verdad? Pues nada; por la tarde se

dejó entrar diciendo que todo era mentira. Tenía el muchacho la sal de

María Santísima... No sé quién le sopló a mi padre (q. e. g. e.) que

estábamos en relaciones, y le echó de casa a pescozones... sí, señor, a

pescozones... y creo que también le dio algún puntapié... Pero como yo

estaba ya metida en el querer, ¿sabe uté? no importó na. Le hablaba por

la reja. En esta misma ventana, ¡cuántas horas habré pasado hablando con

él! ¡Me tenía encandilaíta aquel gitano! Yo no salía a paseo porque él

no quería; me obligó a no dar la mano a ningún hombre, me quitó el

flequillo del pelo, me quitó el corsé...

--¿Cómo el corsé?--pregunté sorprendido.

--Sí, señor; el corsé... ¿Uté no sabe? Aquí hay muchos que no quieren

que sus novias gasten corsé... porque así gustan menos a los otros...

Los amores de Matildita habían terminado de un modo tristísimo. El

aspirante guasón «le había dado el pego» con una amiguita que vivía por

allí cerca. Pero como todos los traidores tienen su recompensa, a los

pocos meses tronó también con ella.

--Ahora será ya telegrafista.

--No, señor; es soldado de caballería. Salió reprobado en los exámenes,

¿sabe uté? y su padre le echó de casa. El pobre chico, aburrío, sentó

plaza... Y le está muy bien el uniforme, no crea uté, con su chaquetilla

azul y su sable arrastrando...

--Vamos, eso prueba que si quisiera otra vez volver sumiso a sus pies...

Matildita frunció la frente con severidad, y con su manecita hizo un

ademán dignísimo.

La hermana San Sulpicio · 第 12 / 32 题