Me pide el editor de este libro una nota que informe previamente
al lector sobre su motivación y finalidad y, como no sé hablar sin
jactancia de mi obra, o, mejor dicho, de la intención de mi obra,
advertiré que quise hacer una gran novela y que allegué para ello el
mejor barro de la humanidad que supe discernir; trabajé con amor esta
arcilla cada día y llegué a sentirla quejarse entre mis dedos y decirme
como al alfarero persa:
«Trátame bien, que yo, como tú, he tenido alma».
Pero esta blanda humanidad, que yo sentía estremecerse y vivir, estando
aún en el informe montón de lo increado, parecía aletargarse y morir
a medida que la iba vaciando en el molde de una trama novelesca. Al
modelar el torso de mi héroe le hacía exhalar el ánima a mi pesar y, al
fin, entre el muñeco muerto y el barro vivo e informe me quedé con este.
Ya, sin vanas pretensiones de diosezuelo, jugué a mi albedrío con aquel
barro humano, y tomándolo en pequeñas pellas me limité a dar a cada
una la estructura rudimentaria de una pasioncilla simple y vieja o la
tintura de una idea trabajada y curtida ya en el manoseo de la gente.
Así fueron surgiendo estas narraciones, fragmentos de un solo concepto
de lo humano, que no por vario pierde su unidad, en las que el héroe o
arquetipo roto en cien pedazos es unas veces hombre y otras mujer, niño
o viejo, bueno o malo, torpe o sabio.
He despersonalizado al héroe novelesco para humanizarlo, convencido
por ahora de lo imposible que me sería dar una síntesis de lo humano
(«nada de lo humano me es ajeno») en un solo protagonista a cuya medida
no quise recortar y constreñir la vida exuberante que mi arcilla me
brindaba. Creo que este afán totalizador es el que hace a muchos
escritores modernos desdeñar la tradicional forma novelesca limitada
por su carácter pictórico a las dos dimensiones de la platitud, aun en
esta época de la cuarta dimensión.
Hubo además otra razón para que yo no fuese novelista. Quería dar
a mi obra una emoción igual y persistente de blanda y templada
humanidad y para ello venía obligando a excluir todo lo sobrehumano y
lo infrahumano, pigmentos del héroe, que así se descoloría y quedaba
privado del valor épico de todo personaje de novela.
Estas narraciones deshilvanadas, meros esquicios novelísticos en los
que sensaciones y movimientos se entrecruzan al azar, sin plan ni
concierto remedando el espectáculo del mundo, me ofrecen, no obstante
el escaso valor que aisladas tienen, más garantías de honda y humana
emoción que el ordenado relato de una existencia por heroica, amplia y
múltiple que fuese.
He atendido, sin embargo, al dramatismo del suceso, aunque pensando,
más que en su comisión, en el porqué y el cómo, y, en fin, para que
esta gente humilde que por aquí pasa en visión cinemática no dejase
solo en la retina la fatiga que ocasionan los desfiles de la multitud
gregaria he dado entrada a lo sobrenatural infiltrándolo por los
intersticios, resquebrajaduras e incongruencias de esta vidilla nuestra
tan vanamente afanosa de lógica. Por eso están insertas aquí las
NARRACIONES MARAVILLOSAS que arbitrariamente dan título al volumen,
cuya maravilla no es otra que la de las almas simples ante el absurdo
del mundo.
No pretendo haber hallado una forma nueva, ni haber resuelto ningún
problema literario. Escribo conforme a mi temperamento en la forma que
más se pliega a mi propósito, no otro que el de perseguir hasta el fin
el ideal humanista de la cultura occidental, a que pertenezco, dando
una sensación clara y fuerte de lo humano; lo verdaderamente humano, no
sus astutas ficciones.