Notas del Transcriptor
—Se han corregido los errores obvios de imprenta.
—El texto en cursiva se indica entre _guiones bajos_ mientras que el
texto en versalita se ha sustituido por mayúsculas.
—Las páginas en blanco presentes en el original se han eliminado en la
versión electrónica.
* * * * *
EL CISNE DE VILAMORTA
OBRAS DE LA MISMA AUTORA
NOVELAS.
PASCUAL LÓPEZ (agotada).
UN VIAJE DE NOVIOS.
LA TRIBUNA.
EN PRENSA.
LA DAMA JOVEN (novelas breves).
HISTORIA Y CRÍTICA.
SAN FRANCISCO DE ASÍS (siglo XIII).
LA CUESTIÓN PALPITANTE.
LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS.
SOBRE EL DARWINISMO.
ENSAYO CRÍTICO SOBRE FEIJÓO.
POESÍA.
JAIME.
EMILIA PARDO BAZÁN
EL CISNE
DE
VILAMORTA
SÉPTIMA EDICIÓN
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
_Carrera de San Jerónimo, 2_
1885
Derechos de propiedad reservados.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
MADRID, 1885: EST. TIP. DE RICARDO FÉ, CEDACEROS, 11
[Ilustración]
PRÓLOGO
Al ver la luz mi penúltima novela, que lleva por título _La Tribuna_,
no faltó quien atribuyese sus crudezas y sus francas descripciones
de la vida popular, á empeño mío de escribir una obra rigurosamente
ajustada á los cánones del naturalismo. Acaso hoy se me dirigirá la
acusación opuesta, afirmando que EL CISNE DE VILAMORTA, paga disimulado
tributo al espíritu informante de la escuela romántica.
Yo sé decir que un autor, rara vez produce adrede libros muy crudos ó
muy poéticos; lo cierto es, en mi opinión, que la rica variedad de la
vida ofrece tanta libertad al arte, y brinda al artista asuntos tan
diversos, cuanto son diferentes entre sí los rostros de las personas:
y así como en un espectáculo público, en un paseo, en la iglesia,
vemos semblantes feos é innobles al lado de otros resplandecientes de
hermosura, en el mudable espectáculo de la naturaleza y de la humana
sociedad andan mezclada la prosa y la poesía, siendo entrambas reales y
entrambas materia artística de lícito empleo.
¡Parece que no necesita refutación el error de los que parten en dos
mitades la realidad sensible é inteligible, con la misma frescura que
si partiesen una naranja, y ponen en la una mitad todo lo grosero,
obsceno y sucio, escribiendo encima _naturalismo_, y en la otra y bajo
el título de _idealismo_, agrupan lo delicado, suave y poético. Pues
tan errónea idea pertenece al número de las insidiosas vulgaridades
que podemos calificar de telarañas del juicio, que no hay escoba
que consiga barrerlas bien, ni nunca se destierran por completo.
Es probable que hasta el fin del mundo dure esta telaraña espesa y
artificiosa, y se juzgue muy _idealista_ la descripción de una noche de
luna y muy _naturalista_ la de una fábrica, muy _idealista_ el estudio
de la agonía de un ser humano (sobre todo si muere de tisis como _La
dama de las Camelias_), y muy _naturalista_ el del nacimiento del mismo
ser!
No es alarde de impenitencia, sino confesión sincerísima. Al escribir
_La Tribuna_, me guiaban iguales propósitos que al trazar las páginas
del _Cisne_: estudiar y retratar en forma artística gentes y tierras
que conozco, procurando huir del estrecho provincialismo, para que
el libro sea algo más que pintura de usanzas regionales y aspire al
honroso dictado de _novela_. Á la misma luz que me alumbró por los
rincones de la Fábrica de Tabacos de _Marineda_, he tratado de ver la
curiosa fisonomía de _Vilamorta_. Si la Fábrica se diferencia en todo
de la villita, no consiste en que yo las mire con distintos ojos, pero
en que forzosamente ha de diferenciarse el puerto comercial y fabril
de la comarca enclavada tierra adentro, que aún conserva, ó conservaba
cuando la pisé por vez última, pronunciadísimo sabor tradicional, y
elementos poéticos muy en armonía con el carácter del paisaje.
Respecto á lo que en _El Cisne_ llamará alguien levadura romántica,
quiero decir algo, muy sucintamente, á los buenos entendedores. El
romanticismo, como época literaria, ha pasado, siendo casi nula ya
su influencia en las costumbres. Mas como fenómeno aislado, como
enfermedad, pasión ó anhelo del espíritu, no pasará tal vez nunca. En
una ó en otra forma, habrá de presentarse cuando las circunstancias y
lo que se conoce por _medio ambiente_ faciliten su desarrollo, ayudando
á desenvolver facultades ya existentes en el individuo. Sucédele lo que
á la vocación monástica: menos casos se dan hoy de tales vocaciones que
se daban, por ejemplo, allá en tiempos de San Francisco ó San Ignacio;
con todo, algunas he visto yo muy ardientes, probadas é irresistibles.
No hay estado del alma que no se produzca en el hombre, no hay cuerda
que no vibre, no hay carácter verdaderamente humano que no se encuentre
queriéndolo buscar; y en nuestras pensadoras y concentradas razas del
Noroeste, el espíritu romántico alienta más de lo que parece á primera
vista.
LA CORUÑA, Septiembre de 1884.
EMILIA PARDO BAZÁN.
[Ilustración]
EL CISNE DE VILAMORTA
I
Allá detrás del pinar, el sol poniente extendía una zona de fuego,
sobre la cual se destacaban, semejantes á columnas de bronce, los
troncos de los pinos. El sendero era barrancoso, dando señales de haber
sido devastado por las arroyadas del invierno; á trechos lo hacían
menos practicable piedras sueltas, que parecían muelas fuera de sus
alveolos. La tristeza del crepúsculo comenzaba á velar el paisaje: poco
á poco fué apagándose la incandescencia del ocaso, y la luna, blanca
y redonda, ascendió por el cielo, donde ya el lucero resplandecía. Se
oyó distintamente el melancólico diptongo del sapo, un soplo de aire
fresco estremeció las hierbas agostadas y los polvorientos zarzales
que crecían al borde del camino; los troncos del pinar se ennegrecieron
más, resaltando á manera de barras de tinta sobre la claridad verdosa
del horizonte.
Un hombre bajaba por la senda, muy despacio, como proponiéndose gozar
la poesía y recogimiento del sitio y hora. Se apoyaba en un bastón
recio, y según permitía ver la poca luz difusa, era joven y no mal
parecido. Á cada paso se detenía, mirando á derecha é izquierda,
lo mismo que si buscase y pretendiese localizar un punto fijado de
antemano. Al fin se paró, orientándose. Atrás dejaba un monte poblado
de castaños; á su izquierda tenía el pinar; á su derecha una iglesia
baja, con mísero campanario; enfrente, las primeras casuchas del
pueblo. Retrogradó diez pasos, se colocó cara al atrio de la iglesia,
mirando á sus tapias, y seguro ya de la posición, elevó las manos á
la altura de la boca para formar un embudo fónico, y gritó con voz
plateada y juvenil:
—Eco, hablemos.
Del ángulo de las murallas brotó al punto otra voz, más honda é
inarticulada, misteriosamente sonora y grave, que repitió con énfasis,
engarzando la respuesta en la pregunta y dilatando la última sílaba:
—¡Hablemoooós!
—¿Estás contento?
—¡Contentoooó! repuso el eco.
—¿Quién soy yo?
—¡Soy yoooó!
Á estas interrogaciones, calculadas para que la contestación del eco
formase sentido con ellas, siguieron frases lanzadas sin más objeto que
el de oírlas repercutirse con extraña intensidad en el muro.—«¡Hermosa
noche!—La luna brilla.—Se ha puesto el sol.—Eco ¿me entiendes tú?—Eco,
¿sueñas algo?—¡Gloria! ¡ambición! ¡amor!» El nocturno viandante,
embelesado, insistía, variaba las palabras, las combinaba; y en los
intervalos de silencio, mientras discurría períodos cortos, escuchábase
el rumor ténue de los pinos, acariciados por el vientecillo manso de
la noche, y el plañidero concertante de los sapos. Las nubes, antes
de rosa y grana, eran ya cenicientas, y pugnaban por subir al ancho
trozo de firmamento en que la luna llena campeaba sin el más mínimo tul
que la encubriese. Las madreselvas y saúcos en flor, desde la linde
del pinar, embalsamaban el aire con fragancia sutil y deleitosa. Y el
interlocutor del eco, dócil al influjo de la poesía ambiente, cesó
de vocear preguntas y exclamaciones, y con lenta canturria empezó á
recitar versos de Becquer, sin atender ya á la voz de la muralla que,
en su precipitación de repetirlos, se los devolvía truncados y confusos.
Absorto en la faena, poseído de lo que estaba haciendo, recreado con
la cadencia de las estrofas, no vió subir por el camino tres hombres
de grotesca y rara catadura, con enormes sombreros de fieltro, de
anchas alas. Uno de los hombres llevaba del diestro una mula, cargada
con redondo cuero, henchido sin duda de zumo de vid; y como todos
andaban despacio, y el terreno craso y arcilloso apagaba el ruido de
las pisadas, pudieron llegar sin ser sentidos hasta cerca del mancebo.
Algo cuchichearon en voz baja.—¿Quién es, hom...?—Segundo.—¿El del
abogado?—El mismo.—¿Qué hace? ¿habla solo?—No, habla con la pared de
Santa Margarita.—Pues nosotros no somos menos.—Empieza tú...—Á la
una... allá va...
Salió de aquellas bocas pecadoras, interrumpiendo las _Oscuras
golondrinas_, que á la sazón recitaba de muy expresiva manera el joven,
un diluvio de frases soeces, de groserías y cochinadas palurdas, que
cayeron en medio del gentil y armónico silencio nocturno como repique
de almireces y cacerolas en un trozo de música alemana. Lo más suave
que se oía era por este estilo:—¡Re... (aquí un terno) viva el vino
del Borde! ¡Viva el vino tinto, que da pecho al hombre! Re... (aquí lo
que puede el lector suponer, si considera que los interruptores del
soñador becqueriano eran tres desaforados arrieros, que conducían á
buen recaudo un pellejo de sangre de parra).
La ninfa domiciliada en el muro no opuso resistencia á la profanación,
y repitió los tacos redondos tan fielmente como las estrofas del poeta.
Al oír las vociferaciones y carcajadas opacas que la pared devolvía
irónicas, Segundo, el del abogado, se volvió furioso, comprendiendo que
los muy salvajes se burlaban de su entretenimiento sentimental. Corrido
y humillado, apretó el bastón, con deseo de romperlo en las costillas
de alguien; y mascullando entre dientes—cafres—brutos—recua—y otros
improperios, torció á la izquierda, saltó al pinar, y tomó hacia el
pueblo, evitando la senda por huir del profano grupo.
El pueblo estaba, como quien dice, á la vuelta. Blanqueaban, á la
luz de la luna, las paredes de sus primeras casas, y los sillares de
algunas en construcción, tapias, huertecillos, cuadros de legumbre,
llenaban el espacio vacante entre el pueblo y el pinar. Ensanchábase
la senda, desembocando en el camino real, á cuyas orillas, copudos
castaños proyectaban manchones de sombra. Dormía el pueblo sin duda,
pues ni se divisaban luces ni se oían los rumores y zumbidos que
revelan la proximidad de las colmenas humanas. Realmente, Vilamorta es
una colmena en miniatura, una villita modesta, cabeza de partido. No
obstante, bañada por el resplandor del romántico satélite, no le falta
á Vilamorta cierta grandiosidad como de población importante, debida á
los nuevos edificios que, con arreglo al orden arquitectónico peculiar
de las grilleras, levanta á toda prisa un _americano_ gallego, recién
venido con provisión de centenes.
Segundo se enhebró por una calle extraviada,—si las hay en pueblos
así.—Sólo estaban embaldosadas las aceras; el arroyo lo era de verdad;
había en él pozas de lodo, y montones de inmundicias y resíduos
culinarios, volcados allí sin escrúpulo por los vecinos. Evitaba
Segundo dos cosas: pisar el arroyo y que le diese la claridad lunar.
Un hombre pasó rozándole, embozado, á pesar del calor, en amplio
montecristo, y con enorme paraguas abierto, aunque no amenazaba lluvia:
sin duda era un agüista, un convaleciente que respiraba el aire grato
de la noche con precauciones higiénicas; Segundo, al verle, se pegó á
las casas, volviendo el rostro, temeroso de ser conocido. No con menor
recato atravesó la plaza del Consistorio, orgullo de Vilamorta, y
en vez de unirse á los grupos de gente que gozaba el fresco sentada
en los bancos de piedra próximos á la fuente pública, se escabullió
por un callejón lateral, y cruzando una retirada plazoletilla, que
sombreaba un álamo gigantesco, se dirigió hacia una casita medio oculta
por el árbol. Entre la casita y Segundo se interponía un desvencijado
armatoste: era un coche de línea, un cajón con ruedas, desenganchado,
lanza en ristre, como para embestir. Rodeó Segundo el obstáculo, y al
dar la vuelta distraído, dos animalazos, dos cochinos monstruosamente
gordos, salieron disparados por la entreabierta cancilla de un corral,
y con un trotecillo que columpiaba sus vastos lomos y sacudía sus
orejas cortas, vinieron ciegos y estúpidos á enredarse en las piernas
del lector de Becquer. No llegó éste á medir el suelo por favor
especial de la Providencia; pero apurado ya el sufrimiento, soltó á
cada marrano un par de iracundos puntapiés, que les arrancaron gruñidos
entrecortados y feroces, mientras el mancebo renegaba en voz alta
casi:—¡Qué pueblo éste, señor!... ¡Atropellarle á uno en la calle hasta
estos bichos! ¡Ah, qué miseria! ¡Ah... mejor debe ser el infierno!...
Al llegar á la puerta de la casita, algo se sosegó. Era la casa
chiquita, linda, flamante; al balcón le faltaba el barandado de hierro;
no tenía sino la repisa de piedra, cargada de tiestos y cajones de
plantas; detrás de las vidrieras se columbraba una luz, tamizada
por visillos de muselina, y la fachada, silenciosa, ofrecía algo
de pacífico y agradable, que convidaba á entrar. Segundo empujó la
cancilla, y casi al mismo tiempo oyóse en el tenebroso portal crujir
de enaguas; unos brazos de mujer se abrieron, y el lector de Becquer
se dejó caer en ellos, conducir, arrastrar, y casi subir en vilo la
escalera, hasta una salita, donde un velador cubierto con blanco tapete
de _crochet_, sustentaba un quinqué divinamente despabilado. Allí
mismo, en el sofá, tomaron asiento el galán y la dama.
La verdad ante todo. Frisa la dama en los treinta y seis ó treinta y
siete, y aún es peor, que nunca debió ser bonita, ni mucho menos. De
su basto cutis, hizo la viruela algo curtido y agujereado, como la
piel de una criba: sus ojuelos negros y chicos, análogos á dos pulgas,
emparejan bien con la nariz gruesa, mal amasada, parecida á las que
los chocolateros ponen á los monigotes de chocolate; cierto que la
boca, frescachona y perruna, luce buenos dientes; pero el resto de
la persona, el atavío, los modales, el acento, la poquísima gracia
del conjunto, más son para curar tentaciones, que para infundirlas.
Alumbrando el quinqué tan bien como alumbra, es preferible contemplar
al galán. Éste tiene, en su mediana estatura, elegantes proporciones,
y en su juvenil cabeza no sé qué atractivo que hace mirar otra vez.
La frente, cuyo declive es un poco alarmante, la encubre y adorna el
pelo copioso, algo más largo de lo que permiten nuestras severas modas
actuales. La faz, descarnada, fina y cenceña, arroja á la caleada pared
una silueta toda de ángulos agudos. El bigote nace y se riza sobre
los labios delgados, sin llegar á cubrir el superior, con esa gracia
especial del bigote nuevo, compañera de la ondulación de los cabellos
femeninos. La barba no se atreve á espesar, ni los músculos del cuello
á señalarse, ni la nuez á sobresalir con descaro. La tez es trigueña,
descolorida, un tanto biliosa.
Al ver tan guapo chico recostado en el pecho de aquella jamona de
apacible y franca fealdad, era lógico tomarles por hijo y madre:
pero el que incurriese en semejante error después de observarles un
minuto, denotaría escasa penetración, porque en las manifestaciones
del amor materno, por apasionadas y extremosas que sean, hay no sé qué
majestuosa quietud del espíritu que falta en las del otro amor.
Sin duda experimentaba Segundo la nostalgia de la luna, porque apenas
se detuvo en el sofá: fuese al balcón, y le siguió su compañera.
Abrieron las vidrieras de par en par, y se sentaron muy próximos en dos
sillas bajas, al nivel de las plantas y tiestos. Una mata de claveles
de á onza subía á la altura conveniente para regalar las narices con
incitantes perfumes; la luna plateaba el follaje del álamo, cuya
dilatada sombra envolvía la plazoleta; Segundo abrió el diálogo, en
esta guisa:
—¿Me hiciste cigarros?
—Toma, contestó ella, metiendo la mano en la faltriquera y sacando un
puñado de cigarrillos. Docena y media por junto pude amañarte. Ya te
completaré las dos esta noche antes de irme á la cama.
Se oyó el ¡risssch! del fósforo, y con la voz atascada por la primer
bocanada de humo, volvió Segundo á preguntar:
—¿Pues qué, ha sucedido algo nuevo?
—Nuevo... no. Las chiquillas... arreglar la casa... luego Minguitos...
Me levantó dolor de cabeza á quejarse... ¡á quejarse toda la tarde de
Dios! Decía que le dolían los huesos. ¿Y tú? ¿por ahí muy ocupado?
¿matándote á leer? ¿discurriendo? ¿escribiendo, eh? ¡De seguro!
—No... Dí un paseo muy hermoso. Fuí á Penas-albas y volví por Santa
Margarita... Una tarde de las pocas.
—Vaya, que harías algún verso.
—No, mujer... Los que hice, los hice anoche, después de retirarme.
—¡Ay! ¡y no me los decías! Anda, por las ánimas... anda, recita, que
los has de saber de memoria. Anda, niño Jesús.
Á la súplica vehemente siguió arrebatada caricia, que se perdió entre
pelo y sienes del poeta. Éste alzó los ojos, se hizo un poco atrás,
dejó el cigarro entre los dedos, sacudiendo antes con la uña la ceniza,
y recitó.
Era una _becqueriana_ el parto de su ingenio. El auditorio, después de
escucharla con religiosa atención, púsola por cima de cuantas produjo
la musa del gran Gustavo. Y se pidió otra, y otra, y algún pedacito
de Espronceda, y qué se yo qué fragmentos de Zorrilla. Ya no ardía el
cigarro: tiró el poeta la colilla, y encendió uno nuevo. Reanudaron la
plática.
—¿Cenamos pronto?
—Enseguidita... ¿Sabes qué tengo para darte? Discurre.
—¿Qué se yo, mujer?...
—Piensa tú lo que te gusta más. Lo que te gusta más, más.
—¡Bah!... Ya sabes que yo... Con tal que no me des nada ahumado, ni
grasiento...
—¡Tortilla á la francesa! ¿No acertabas, eh? Mira, encontré la receta
en un libro... Como te había oído que era cosa buena, estuve de
ensayo... Las tortillas las hacía yo siempre á estilo de por acá,
espesitas, que se puedan tirar contra la pared y no se deshagan... Pero
esta... me parece que ha de estar á tu gusto. Lo que es á mí, poco me
sabe... prefiero las antiguas. Se la enseñé á Flores... ¿Qué tenía
dentro la que comiste en la fonda de Orense? ¿Perejil picado, eh?
—No, jamón. ¿Pero qué más da?
—¡Voy corriendo á sacarlo de la alacena! yo creía... ¡El libro dice
perejil! Aguarda, aguarda.
Volcó su silla baja por andar más aprisa, y se oyó á lo lejos el
repique de sus llaves y el batir de algunas puertas; una voz cascada
gruñó en la cocina no sé qué. Á los dos minutos regresaba.
—¿Mira, y esos versos, no se imprimen? ¿No los he de ver en letras de
molde?
—Sí, respondió el poeta, volviendo lentamente la cabeza y soltando una
bocanada de humo. Allá van camino de Vigo, á Roberto Blánquez para que
los inserte en el _Amanecer_.
—¡Me alegro! ¡Tendrás tú más fama, corazón salado! ¿Cuántos periódicos
hablan de tí?
Segundo se rió irónicamente, encogiéndose de hombros.
—Pocos... Y, un tanto cabizbajo, dejó vagar la mirada por las macetas
y por la copa del álamo, que se mecía con agradable susurro de hojas.
Estrechaba maquinalmente el poeta la mano de su interlocutora, y ésta
correspondió á la presión con ardorosa energía.
—Y claro, ¿cómo quieres que hablen de tí, si al fin no firmas los
versos? interrogó ella. No saben de quién son. Andarán discurriendo...
—Qué más da... Lo mismo que de Segundo García, pueden hablar del
seudónimo que he adoptado. ¡Bonito nombre el mío para andar en papeles!
¡Segundo García! El poco público que se moleste en leer lo que escribo,
me llamará el CISNE DE VILAMORTA.
[Ilustración]
II
Segundo García, el del abogado y Leocadia Otero, la maestra de escuela
de Vilamorta, se conocieron en primavera, en una romería. Leocadia
asistió á ella con varias chicas á quienes había enseñado el _a_,
_b_, _c_ y el pespunte. Ante aquel coro de ninfas, Segundo recitó
poesías más de dos horas, en un robledal, lejos del estrépito del
bombo y gaita, donde sólo llegaban leves rumores de la fiesta y del
gentío. Estúvose el auditorio como en misa, si bien ciertos pasajes,
almibarados ó fogosos, produjeron entre las chiquillas codazos,
pellizquitos, risas reprimidas instantáneamente; pero de los negros
ojos de la maestra, á lo largo de sus mejillas, picadas de viruela
y pálidas de emoción, resbalaron dos lagrimones tibios y gruesos,
y otros después, tantos y tan juntos, que hubo de sacar el pañuelo
y limpiárselos. Luego, al regresar, cuando lucían en el cielo las
estrellas, por los senderos del monte donde se alzaba el santuario,
vereditas agrestes, entapizadas de grama y orladas de brezos y uces,
el grupo descendió en esta forma: delante las chiquillas, correteando,
saltando, empujándose para caer sobre los brezos y celebrarlo con
una explosión de carcajadas; Leocadia y Segundo detrás, de bracero,
parándose á veces y hablándose entonces más bajito, casi al oído.
De Leocadia Otero se refería una historia fea y triste. Aunque ella
con reticencias calculadas quisiera fingirse viuda, se murmuraba
que nunca tuvo marido; que cuando residía en Orense, huérfana y
bajo la tutela de un tío paterno, nació aquel pobre vástago, aquel
Dominguito contrahecho, raquítico y enfermo siempre. Afirmaban los
mejor informados que el malvado del tío fué quien abusó de la doncella,
confiada á su custodia, sin poder reparar el delito porque era casado
y vivía su mujer, Dios sabe dónde ni cómo. Lo cierto es que el tío
murió pronto, dejando á su sobrina unas finquillas y una casa en
Vilamorta, y Leocadia, previo el competente examen, obtuvo la escuela y
vino á establecerse al pueblo. Sobre trece años llevaba de habitarlo,
observando ejemplar conducta, cuidando día y noche á Minguitos, y
economizando para reconstruir la ruinosa casa, como lo hizo al fin
poco antes de conocer á Segundo. Era Leocadia mujer por todo extremo
hacendosa: nunca faltó en sus armarios ropa blanca, en su sala muebles
de rejilla y una alfombrita delante del sofá, en su despensa uvas de
cuelga, arroz y jamón, en sus balcones claveles y albahaca. Minguitos
andaba limpio como el oro; ella lucía, al remangar su hábito de los
Dolores, de buen merino, enaguas gordas, tiesas de puro almidonadas,
muy bordadas á ojetes. Por lo cual, á pesar de su fealdad y de su
historia antigua, no careció la maestra de suspirantes: un rico arriero
retirado, con taberna abierta, y Cansín, el tendero de paños. Desairó
á los pretendientes y siguió viviendo sola, con Minguitos y Flores, la
vieja criada, que ya gozaba en la casa fueros de abuela.
El inícuo estupro sufrido en los primeros años de la juventud había
dejado á Leocadia, envuelto en sus amargas memorias, horror profundo á
las realidades del matrimonio, base de la familia, y una sed perpetua
de cosas ideales y delicadas, rocío que refresca la imaginación y
satisface al sentimiento. Poseía la media instrucción de las maestras,
rudimentaria, pero bastante para infundir gustos exóticos en Vilamorta,
v. gr., el de las letras, en sus más accesibles formas,—novela y
verso.—Consagró á la lectura los ocios de su vida monótona y honesta.
Leyó con fe, con entusiasmo, sin crítica alguna: leyó creyendo y
admitiéndolo todo, unimismándose con las heroínas, oyendo resonar
en su corazón los suspiros del vate, los cantos del trovador y los
lamentos del bardo. Fué la lectura su vicio secreto, su misteriosa
felicidad. Cuando rogaba á sus amigas de Orense que le renovasen la
suscripción en la librería, hacían ellas chacota y ponían á Leocadia
el apodo de _literata_. ¡Literata ella! ¡Ojalá! ¡Si pudiese dar cuerpo
á lo que sentía, al mundo fantástico que dentro llevaba! Imposible:
jamás alcanzaría su caletre, por mucho que lo estrujase, á producir
ni una triste seguidilla. Almacenada se quedaba tanta poesía y tanta
sensibilidad allá en los senos y circunvoluciones del cerebro, como
el calor solar en la hulla. Lo que salía al exterior era prosa neta:
gobierno de casa, economía, guisados.
Al tropezar Leocadia con Segundo, la casualidad aplicó encendida mecha
al formidable polvorín de sentimientos y ensueños, encerrado en el
alma de la maestra. Encontrado había, por fin, empleo condigno á sus
facultades amorosas, desahogo para sus afectos. Segundo era la poesía
hecha carne; en él se cifraban y compendiaban todas las interesantes y
divinas menudencias de los versos: las flores, el aura, el ruiseñor, la
luz moribunda del sol, la luna, la umbría selva.
La combustión se produjo con asombrosa rapidez. Ardió y se consumió en
incendio súbito, primero la honrada resolución de borrar con intachable
conducta el estigma del pasado, después el vigoroso y entrañable cariño
maternal. Ni un punto pasó por las mientes á Leocadia la idea de que
Segundo pudiese ser su marido: aunque libres ambos, la diferencia de
edades, y la superioridad intelectual del joven poeta, pusieron límite
infranqueable á las aspiraciones de la maestra. Cayó en el amor como en
un abismo, y ni miró atrás ni adelante.
Segundo había tenido en Santiago, durante los años escolares,
trapicheos estudiantiles, cosa baladí, y extravíos de esos que no
evita ningún hombre entre los quince y los veinticinco, probando
también las que en la época romántica se llamaban _orgías_ y hoy se
conocen por _juergas_. Sin embargo, no era vicioso. Hijo de una madre
histérica, á quien las repetidas lactancias agotaron, hasta matarla de
extenuación, Segundo tenía el espíritu mucho más exigente é insaciable
que el cuerpo. Había heredado de su madre la complexión melancólica, y
mil preocupaciones, mil repulsiones instintivas, mil supersticiosas
prácticas. La había querido y guardaba su recuerdo como un culto.
Y, más viva aún que la cariñosa memoria de su madre, conservaba una
antipatía invencible hacia su padre. No cabía decir que el abogado
hubiese sido verdugo de su mujer, y con todo, bien adivinaba Segundo el
lento martirio de aquella fina organización nerviosa, y veía siempre,
en horas negras, el ataúd mísero en que habían encerrado á la difunta,
no sin elegir antes, para amortajarla, la sábana más usada de cuantas
encontraron.
Componíase la familia de Segundo del padre, una tía vieja, dos hermanos
varones y tres hembras aún impúberes. Gozaba el abogado García fama
de rico: nada entre dos platos: fortuna de aldea, reunida ochavo tras
ochavo, con préstamos usurarios y sórdidas privaciones. El bufete daba
de sí, pero diez bocas, y la carrera de tres hijos, algo tragan. El
mayor de los chicos, oficial de infantería, estaba en Filipinas y no
remitía un cuarto; gracias que no lo pidiera. Segundo, que lo era en
el orden cronológico, acababa de graduarse: un jurisconsulto más en la
nación española, donde tanto abunda esta fruta. El _pequeño_ estudiaba
en el Instituto de Orense, con propósito de seguir la farmacia. Las
niñas se pasaban el día correteando por huertos y maizales, medio
descalzas, sin ir siquiera á la escuela de Leocadia por no adecentarse
un poquillo. En cuanto á la tía..., _misia_ Gaspara..., era el alma de
aquella casa, alma estrecha y sin jugo, senectud acartonada, silenciosa
y espectral, ágil á despecho de sus sesenta, y que sin cesar de hacer
media con unos dedos rancios como teclas de clavicordio, vendía en
la granera el centeno, en la bodega el vino de renta, prestaba un
duro al cincuenta por cien á las fruteras y regateras de la plaza, se
cobraba en especie, tasaba la comida, la luz y la ropa á sus sobrinos,
engordaba con amorosa solicitud un cerdo, y era respetada en Vilamorta
por sus aptitudes formicarias.
Aspiraba el abogado á trasmitir su clientela y asuntos á Segundo. Sólo
que el muchacho no daba indicios de servir para embrollar pleitos y
causas. ¿Cómo había realizado el milagro de salir bien en los exámenes,
sin abrir en todo el curso los libros de derecho, y faltando á clase
siempre que hacía sol ó diluviaba? ¡Bah! Con un memorión de primera
y un regular despejo: aprendiéndose, cuando era menester, páginas
y páginas del texto, y recordándolas y diciéndolas con la propia
facilidad que las Doloras de Campoamor, si no con tanto gusto.
Sobre la mesa de Segundo se besaban tomos de Zorrilla y Espronceda,
malas traducciones de Heine, obras de poetas regionales, el Lamas
Varela, álias _Remedia-vagos_, y otros volúmenes no menos heterogéneos.
No era Segundo un lector incansable; elegía sus lecturas según el
capricho del momento, y sólo leía lo que conformaba con sus aficiones,
adquiriendo así un barniz de cultura deficiente y varia. Más intuitivo
que reflexivo y estudioso, aprendió solo y á tientas el francés,
para leer en el original á Musset, á Lamartine, á Proudhon, á Víctor
Hugo. Fué su cerebro como erial inculto donde á trechos se alzaba
una flor rara y peregrina, un arbusto de climas remotos; ignoró las
ciencias graves y positivas, las lecturas sólidas y serias, nodrizas
del vigor mental, la era clásica, la literatura castiza, las severas
enseñanzas de la historia; y en cambio, por raro fenómeno de parentesco
intelectual, se identificó con el movimiento romántico del segundo
tercio del siglo, y en un rincón de Galicia revivió la vida psicológica
de generaciones ya difuntas. No de otro modo algún venerable académico,
saltando de un brinco los diez y nueve siglos de nuestra era, se alegra
ahora con lo que regocijaba á Horacio y vive platónicamente prendado de
Lidia.
Rimó Segundo sus primeros versos, desengañados y excépticos en la
intención, ingenuos en realidad, cuando apenas contaba diez y siete
años. Sus compañeros de cátedra le aplaudieron á rabiar. Adquirió entre
ellos cierto prestigio, y cuando estampó en un periódico las primicias
de su musa, tuvo, sin salir del estrecho círculo del aula, admiradores
y envidiosos. Desde entonces adquirió el derecho de pasear solito, de
reír poco, de ocultar sus aventurillas y de no jugar ni achisparse por
compañerismo, sino únicamente cuando le daba la gana.
Y le daba pocas veces. La excitación puramente física y brutal carecía
para él de atractivo; si bebía por bravata, repugnábale el espectáculo
de la embriaguez, los finales de francachela estudiantil, el mantel
manchado, las disputas necias, los amigos que yacían debajo de la mesa
ó tendidos en el sofá, el descoco é insensibilidad de las hembras
venales; salía de allí desdeñoso y empalagadísimo, y á veces una
reacción muy propia de su complicado carácter le impulsaba á él, lector
sincero de Proudhon, Quinet y Renan, al recinto de alguna iglesia
solitaria, donde sus pulmones respiraban con delicia aire húmedo
saturado de incienso.
No protestó el abogado García contra las aficiones literarias de
su hijo, porque las juzgó pasajera diversión de la mocedad, una
muchachada, lo mismo que bailar en las fiestas. Empezó á inquietarse
así que Segundo, ya graduado, se opuso á auxiliarle en el despacho de
sus tortuosos pleitecillos. ¿Si resultaría el chico inútil para todo
y bueno solamente para zurcir versos? No era delito zurcirlos, pero
así... cuando no hubiese muchos procesos que hojear y artimañas que
idear para envolver á los litigantes. Desde que cayó en la cuenta,
el abogado trató á su hijo con mayor desconfianza, con más terca
impertinencia y desvío. Cada día le predicaba, en la mesa ó donde
podía, sermoncillos incisivos acerca de lo necesario que es ganarse el
pan, con asiduidad y trabajo, no dependiendo de nadie. Estas continuas
amonestaciones, en que empleaba la misma capciosa machaquería que en
el enredijo de los protocolos, ahuyentaron á Segundo de su casa. La de
Leocadia le sirvió de refugio, y él vino en dejarse querer pasivamente,
lisonjeado al pronto por el triunfo que habían obtenido sus versos,
alcanzándole homenaje tan desinteresado y ardiente, y atraído después
por el bienestar moral que engendra la aprobación sin condiciones y la
complacencia sin tasa. Su perezosa mente de soñador reposaba en los
algodones que sabe mullir el cariño para la amada cabeza. Leocadia
admitía, perfilaba, ensanchaba todos sus planes de porvenir; le animaba
á que escribiese, á que publicase; le elogiaba sin restricciones y sin
fingimiento, porque para ella, que tenía la facultad crítica aposentada
en las cavidades cardiacas, Segundo era el más melodioso cisne del
universo todo.
Poco á poco la amante previsión de la maestra fué extendiéndose á otras
esferas de la vida de Segundo. Ni el abogado García ni la tía Gaspara
concebían que un chico, terminada ya su carrera, necesitase un céntimo
para gasto alguno extraordinario. La tía Gaspara, en especial, ponía el
grito en el cielo á cada desembolso: después de llenar de camisas la
maleta de su sobrino un año, por diez lo menos debía quedar surtido:
la ropa no estaba autorizada para romperse ó acabarse sin más ni más.
Leocadia notó las escaseces de su ídolo; hoy se hizo cargo de que no
andaba bien de pañuelos, y le dobladilló y marcó una docena; mañana
reparó que sólo de higos á brevas le daban medio duro para el ramo de
cigarros, y se impuso la tarea de hacérselos en persona, suministrando
gratis la materia primera; oyó murmurar á las fruteras de la avaricia
de la tía Gaspara, entendió que Segundo comía mal, y se dedicó á
aderezar para él platos apetitosos y nutritivos, amén de encargarle á
Orense libros, de repasarle la ropa y de pegarle los botones.
Todo esto lo realizaba con inexplicable regocijo, recorriendo la casa
á paso ligero y casi juvenil, remozada por la dulce maternidad del
amor, y tan dichosa, que ni se acordaba de reñir á las chiquillas de
la escuela, pensando sólo en acortarles la tarea para quedarse más
pronto en compañía de Segundo. Había en su cariño mucha parte generosa
y espiritual, y los mejores instantes de su pasión satisfecha eran
aquellas horas nocturnas en que, próximos al balcón, sentados muy
cerca el uno del otro, convirtiendo con la imaginación las matas de
claveles y albahaca en selva virgen, ella oía, recostada en el hombro
de Segundo, los versos que éste recitaba con bien timbrada voz, versos
cuya armonía se le figuraba á Leocadia un cántico celeste.
La medalla tenía su reverso. Eran amargas las horas matutinas en que
Flores, con la cara larga y difícil, contraída ó iracunda, con el
pañuelo de algodón torcido, arrugado y caído sobre los ojos, venía á
notificarle, en breves y truncadas palabras, que:
—Se han acabado los huevos... ¿vienen más? No hay azúcar: ¿de cuál
traigo? ¿De ese tan caro de pilón que vino la semana pasada? Hoy traje
café, café, dos libritas, como quien lava... Yo no compro más licor:
allá tú: yo no.
—¿Qué dices, mujer? ¿Qué te sucede?
—Que si te gusta darle al Ramón, el de la dulcería, veinticuatro reales
por una botella de anisete, habiéndolo á ocho en la botica, bien; pero
yo no voy á meterle los cuartos en la mano á ese ladrón: á ver cómo no
te pide cinco duros por cada frasquito.
Leocadia, suspirando, salía de su letargo; iba á la cómoda, sacaba
dinero, no sin pensar que le sobraba la razón á Flores: sus ahorritos,
su par de miles de reales para un apuro, ya debían encontrarse
temblando; valía más no enterarse del estado del peto: los disgustos,
retrasarlos. _¡Dios delante!_ Y reñía á la vieja con fingida cólera.
—Ve por la botella, anda, no me enfades... Á las ocho entran las
chiquillas, y aún tengo la enagua por planchar... Hazle el chocolate
á Minguitos; más te valiera no tenerlo muerto de hambre... Y dale
bizcocho.
—Daré, daré... ¡Pues si yo no le diese al infeliz!... refunfuñaba
la criada, que al nombre de Minguitos, sentía crecer su enojo. Se
oía en la cocina el furioso porrazo administrado á la chocolatera
para sentarla sobre el fuego y el airado voltear del molinillo en
el remolino espumoso del chocolate. Flores entraba en el cuarto del
contrahecho, que aún no había abandonado las sábanas, y le tomaba las
manos.
—Tienes calor, rapaz... Aquí viene el chocolatito, ¿eh?
—¿Me lo da mamá?
—Te lo daré yo.
—Y mamá, ¿qué hace?
—Almidonando unas enaguas.
Clavaba el jorobadito los ojos en Flores, alzando trabajosamente la
cabeza de entre el arco doble del pecho y la espalda. Eran aquellos
ojos profundos, con mucha niña: la boca, de mandíbulas salientes, tenía
una crispación sardónica y una pálida sonrisa. Echaba los brazos al
cuello de Flores, y pegando los labios á su oído:
—¿Vino _el otro_ ayer? preguntábale.
—Sí, hombre, sí.
—¿Vendrá hoy?
—Vendrá. ¡Pues no! Calla, _filliño_, calla... toma el chocolate. Está
como te gusta: claro y con espumita.
—No tengo casi gana... Ponlo aquí, al lado.
[Ilustración]
III
En Vilamorta había un Casino, un Casino de verdad, chiquito, eso sí,
y por añadidura destartalado, pero con su mesa de billar comprada de
lance, y su _mozo_, un setentón que de año en año sacudía y vareaba la
verde bayeta. Porque en el Casino de Vilamorta apenas solían juntarse
á diario más que las ratas y las polillas, entretenidas en atarazar el
maderamen. Los centros de reunión más frecuentados eran dos boticas,
la de doña Eufrasia, situada en la plaza, y la de Agonde, en la mejor
calle. Agachada en el ángulo tenebroso de un soportal, la botica de
doña Eufrasia era lóbrega; la alumbraba á las horas de conciliábulo
un quinqué de petróleo, con tufo, y hacían su mobiliario cuatro
sillas mugrientas y un banco. Quien desde fuera mirase, vería dentro
un negro grupo, capotes, balandranes, sombreros anchos, dos ó tres
tonsuras sacerdotales, que de lejos blanqueaban como chapas de boinas
sobre el fondo sombrío de la botica. La de Agonde, en cambio, lucía
orgullosamente una clara iluminación, seis grandes redomas de cristal
de colores vivos y fantástico efecto, una triple estantería cargada
de tarros de porcelana blanca con rótulos latinos en letras negras,
imponentes y científicos, un diván y dos butacas de gutapercha. Estas
dos boticas antitéticas eran también antagónicas; se habían declarado
guerra á muerte. La botica de Agonde, liberal é ilustrada, decía de
la botica reaccionaria que era un foco de perpetuas conspiraciones,
donde durante la guerra civil se había leído _El Cuartel Real_ y todas
las proclamas facciosas, y donde desde hacía cinco años se preparaban
con suma diligencia fornituras para una partida carlista que jamás
llegó á echarse al campo; y según la botica reaccionaria, era la de
Agonde punto de cita para los masones, se imprimían libelos en una
imprentilla de mano, y se tiraba descaradamente de la oreja á Jorge.
Cerrábase religiosamente á las diez en invierno y en verano á las once
la tertulia de la botica reaccionaria, mientras la botica liberal solía
hasta media noche proyectar sobre el piso de la calle la raya de luz de
sus dos claras lámparas y los reflejos azules, rojos y verde-esmeralda
de sus redomas; por donde los tertulianos liberales calificaban á
los otros de _lechuzas_, mientras los reaccionarios daban á sus
contrincantes el nombre de _socios del Casino de la Timba_.
Segundo no ponía los pies en la botica reaccionaria, y desde sus
relaciones con Leocadia Otero huía de la de Agonde, porque herían
su amor propio las bromas y pullas del boticario, maleante y zumbón
como él solo. Cierta noche que Saturnino Agonde cruzaba á deshora
la plazoleta del Álamo, para ir á donde él y el diablo sabían, pudo
ver á Leocadia y Segundo en el balcón, y entreoyó la salmodia de los
versos que el poeta declamaba. Desde entonces, en el rostro de Agonde,
mocetón sanguíneo y bien equilibrado, leyó Segundo tal desdén hacia las
nimiedades sentimentales y la poesía, que por instinto se apartó de él
cuanto pudo. Sin embargo, cuando se le ofrecía leer _El Imparcial_ y
saber alguna noticia, entraba en casa de Agonde breve rato. Hízolo al
otro día de su conversación con el eco.
Estaba muy animada la asamblea. El padre de Segundo, recostado en el
diván, tenía un periódico sobre las rodillas; su cuñado el escribano
Genday, Ramón el confitero, y Agonde, discutían con él acaloradamente.
En el fondo, próximos á la trastienda, en una mesita chica, jugaban al
tresillo Carmelo el estanquero, el médico D. Fermín, álias _Tropiezo_,
el secretario del Municipio y el alcalde. Al entrar notó Segundo algo
de inusitado en la actitud de su padre y del grupo que le rodeaba, y
persuadido de que ya le darían la noticia, dejóse caer en una de las
butacas, encendió un cigarro y tomó _El Imparcial_, que andaba rodando
sobre el mostrador.
—Pues aquí los papeles no traen nada; lo que se dice nada, exclamaba el
confitero.
Desde la mesa de tresillo levantaba la voz el médico, confirmando las
dudas de Ramón; tampoco el médico creía que pudiese suceder sin traerlo
los papeles.
—Usted se muere por decir á todo que no, replicaba Agonde. Yo estoy
seguro, vamos; y me parece que estando yo seguro...
—Y yo lo mismo, afirmaba Genday. Si es preciso citar testigos, allá
van: lo sé por mi propio hermano, ¿me entienden ustedes? por mi propio
hermano, que se lo ha dicho Méndez de las Vides; vayan ustedes viendo
si es autorizada la noticia. ¿Quieren ustedes más? Pues han encargado
á Orense, para las Vides, dos butacas, una buena cama dorada, mucha
vajilla y un piano. ¿Quedan ustedes convencidos?
—De todas maneras, no vendrán tan pronto, objetó _Tropiezo_.
—Vendrán tal. D. Victoriano quiere pasar aquí las fiestas y las
vendimias; dice que le tira muchísimo el cariño del país, y que en todo
el invierno no se le oyó hablar sino del viaje.
—Viene á espichar aquí, murmuró _Tropiezo_; oí decir que está malísimo.
Se van ustedes á quedar sin jefe.
—Váyase V. á... Demonio de hombre, de mochuelo, que sólo anuncia cosas
fúnebres. Cállese V. ó no suelte barbaridades. Atienda, atienda al
juego como Dios manda.
Segundo miraba con indiferencia á las redomas de la botica, distraído
por el vivo foco azul, verde ó carmesí que en cada una de ellas
centelleaba. Ya comprendía el asunto de la conversación: la venida de
D. Victoriano Andrés de la Comba, el ministro, el gran político del
país, el diputado orgánico del distrito. ¿Qué le importaba á Segundo
la llegada de semejante fantasmón? Y aspirando suavemente su cigarro,
se abstrajo del ruido de la disputa. Después se embebió en la lectura
de la _Hoja_ de _El Imparcial_, donde elogiaban mucho á un poeta
principiante.
Entretanto se enredaba la partida de tresillo. El boticario, situado á
espaldas del alcalde, le daba consejos. Comprometido y arduo caso: un
solo de estuche menor; la contra reunida toda en el estanquero y en D.
Fermín: cogían en medio al hombre: posición endiablada. Era el alcalde
de esos viejos sequitos, gastaditos como un ochavo, muy tímidos, que
antes de hacer una jugada la piensan cien años, calculando todas las
contingencias y todas las combinaciones posibles de naipes. Ya no
quería él echar aquel solo ¡qué disparate! Pero el impetuoso Agonde le
había impulsado, diciendo:—Vaya, lo compro.—Puesto en el disparadero,
el alcalde se decidió, no sin protestar.
—Bueno, lo jugaremos... Una calaverada, señores. Para que no digan que
me amarro.
Y sucedía todo lo previsto; hallábase entre dos fuegos: de un lado
le fallan el rey de copas; de otro le pisan la sota de triunfo
aprovechando el caballo; D. Fermín se mete en bazas sin saber cómo,
mientras el estanquero, con sonrisa maliciosa, guarda su contra casi
enterita. El alcalde levanta hacia Agonde los ojos suplicantes.
—¿No se lo decía yo á V.? ¡En buena nos hemos metido! Va á ser codillo,
codillo cantado.
—No, hombre, no... es V. un mandria, que se apura por todo... Está V.
ahí jugando con más miedo que si le apuntasen con una escopeta...
¡Arrastrar, arrastrar! Los chambones siempre se mueren de indigestión
de triunfos.
Los adversarios se guiñaban el ojo malignamente.
—_De posita non tibit_, exclamó el estanquero.
—_Si codillum non resultabit_, corroboró D. Fermín.
Sintió el alcalde un escalofrío en el mismo bulbo capilar, y, por
consejo de Agonde, resolvióse á mirar lo que iba jugado, enterándose de
las bazas de los compañeros y contando los triunfos. _Tropiezo_ y el
estanquero refunfuñaron.
—¡Qué manía de levantarles las faldas á los naipes!
El alcalde, algo más sereno, determinó por fin salir de dudas, suspiró
y en algunos arrastres briosos y decisivos se resolvió la jugada,
quedando todos iguales, á tres bazas cada uno.
—La de los sabios, dijeron casi á un tiempo estanquero y médico.
—¿Lo ve V.? Poniéndose lo peor del mundo, no le han dado codillo;
observó Agonde. Para hacer la puesta, se necesitaron requisitos...
Tenía á todos suspensos el interés palpitante de la jugada, menos
á Segundo, absorto en una de las perezosas meditaciones en que el
bienestar del cuerpo acrecienta la actividad de la fantasía. Llegaban á
sus oídos las voces de los jugadores como lejano murmullo; él estaba á
cien leguas de allí: pensaba en el artículo del periódico, del cual se
le habían quedado grabadas en la memoria ciertas frases especialmente
encomiásticas, hisopazos de miel con que el crítico disimulaba los
defectos del poeta elogiado. ¿Cuándo le llegaría su turno de ser
juzgado por la prensa madrileña? Sábelo Dios... Prestó atención á lo
que se hablaba.
—Hay que darle siquiera una serenata, declaraba Genday.
—¡Hombre... una serenata! respondió Agonde: ¡gran cosa! Algo más que
serenata: hay que armar cualquier estrépito por la calle; una especie
de manifestación, que pruebe que aquí el pueblo es suyo... Habrá que
nombrar una comisión, y recibirle con mucho cohete, y la música á todas
horas... Que rabien esos cazurros de doña Eufrasia.
El nombre de la otra botica produjo una explosión de bromas, chistes y
pateaduras. Hubo comentarios.
—¿No saben ustedes? interrogó el socarrón de _Tropiezo_. Parece que á
doña Eufrasia le ha escrito Nocedal una carta muy fina, diciéndole que
él representa á D. Carlos en Madrid y que ella por sus méritos debe
representarle en Vilamorta.
Carcajadas homéricas, algazara general. Habla Genday el escribano.
—Bueno, eso será mentira; pero es verdad, una verdad como un templo,
que doña Eufrasia le remitió á D. Carlos su retrato con dedicatoria.
—¿Y la partida? ¿Señalaron el día en que ha de levantarse?
—¡Vaya! Dice que la mandará el abad de Lubrego.
Se duplicó el regocijo de la tertulia, porque el abad de Lubrego
frisaba en los setenta y se hallaba tan acabadito, que á duras
penas podía tenerse sobre la mula. Entró en la botica un chiquillo,
columpiando un frasco de cristal.
—¡D. Saturnino! chilló con voz atiplada.
—Á ver, hombre; contestó el boticario remedándole.
—Déme á lo que esto huele.
—Quedamos enterados... murmuró Agonde arrimando el frasco á la nariz.
¿Á qué huele, don Fermín?
—Hombre... es así como... láudano, ¿eh? ó árnica.
—Vaya el árnica, que es menos peligrosa. Dios te la depare buena.
—Son horas de recogerse, señores, avisó el abogado García consultando
su cebolla de plata. Genday se levantó también, y le imitó Segundo.
Los tresillistas se enfrascaron en hacer cuentas y liquidar las
ganancias céntimo por céntimo, escogiendo fichas blancas y fichas
amarillas. Al pisar la calle recibíase grata impresión de frescura;
estaba la noche entre clara y serena; los astros despedían luz
cariñosa, y Segundo, en quien era inmediata la percepción de la poesía
exterior, sintió impulsos de plantar á su padre y tío, y marcharse
carretera adelante, solo como de costumbre, á gozar tan apacible noche.
Pero su tío Genday se le colgó del brazo.
—Rapaz, estás de enhorabuena.
—¿De enhorabuena, tío?
—¿Tú no rabias por salir de aquí? ¿Tú no quieres volar á otra parte?
¿Tú no le tienes tirria al bufete?
—Hombre, intervino el abogado; él que ya es loco y tú que le revuelves
la cabeza más...
—¡Calla, tonto! D. Victoriano viene, le presentamos al chico y le
pedimos la colocación... Y la ha de dar buena, que aunque él se figure
otra cosa, si no nos complace, le costará la torta un pan... No está el
distrito como él piensa, y si los que le sostenemos nos acostamos, se
la juegan de puño los curas.
—¿Y Primo? ¿Y Méndez de las Vides?
—No pueden con ellos... El día menos pensado les dan un desaire, me
los dejan en una vergüenza... Pero tú, muchacho... Míralo bien: ¿no te
lleva afición por la abogacía?
Segundo se encogió de hombros, sonriendo.
—Pues discurre... así, á ver que te convendría más... Porque algo has
de ser; en alguna parte has de meter la cabeza. ¿Te gustaría un juzgado
de entrada? ¿Un destino en el ramo de correos? ¿En alguna oficina?