Al anochecer solían verse los enamorados. Atravesaban la amplia plaza
e iban hacia los andenes que orillaban el mar. Alzábase la ciudad
en una península, y a uno y otro lado las aguas formaban dos senos:
en el mayor y más resguardado agolpábase todo el tráfico marítimo:
grúas chirriantes, malecones ennegrecidos por el carbón, muelles
laboriosamente asentados entre las arenas, y sobre el mar las lucecitas
de los grandes buques y el cabeceo continuo de las lanchas, que, cuando
se movían al impulso de los flexibles remos, eran como un enjambre de
moscas de río, yendo y viniendo y entrecruzándose en la vastitud de la
bahía.
La ensenada que al lado opuesto de la ciudad abría su semicírculo
rocoso, apenas tenía otra utilización que la veraniega de los
baños. En las demás estaciones quedaba en el abandono y en la
soledad. Desaparecían las alegres banderas de los mástiles pintados;
encerránbase, desarmadas, las casetas de lona; el mar, hinchado por
los vientos del Noroeste, batía obstinadamente, un mes y otro mes, en
los cantiles y en la mampostería del andén... Hoscos edificios--una
fábrica, un convento, después las tapias de un solar, casitas humildes
de mareantes--daban su espalda a las olas, que a veces escupían sobre
ellos su espuma. Ni una luz, ni una ventana que dejase resbalar un
resplandor hasta la arena. Y en la arena, a veces, una vieja barca
cansada, quilla al sol, dejándose rellenar de estopa sus grietas y
acariciar por las brochas alquitranadas, con la misma complacencia
perezosa de un animal espulgado por su dueño.
Los novios caminaban por el andén. Al embocarlo, el enorme raudal
del aire libre llegado de lo infinito, bravo aún, todo saturado de
olor a mar, la ráfaga inmensa que venía de silbar en los palos de un
bergantín, de estorbar la marcha de un trasatlántico, de arrugar el
océano en olas formidables, de guiarlas después, corriendo ante ellas
y sobre ellas, hasta los cantiles y las playas, les envolvía, les
empujaba, en prisa por entrar en la ciudad y asaltar las calles en un
revuelo de papeles viejos y en un susto repentino de las galerías,
que temblaban, y de las muestras, que comenzaban a oscilar en el
dintel de los comercios. Después, el estruendo de las olas que venían
entre las tinieblas, desmoronadas ya por su choque contra los bajos,
rodando sobre sí mismas, misteriosas, invisibles, en toda la longitud
de la playa... Este ruido acompañábales como una amenaza continua. En
un extremo del andén, cerca de un bosquecillo de pinos jóvenes, se
sentaban, y les parecía quedar aislados de todo, en aquella sombra
densa, bajo la grave admonición del mar. A veces, el ascua del cigarro
de un carabinero vigilante les alarmaba en su refugio escondido. A
veces también, el rumor de los arbustos les hacía evocar la fronda de
la Gándara o los bosques plácidos de Dumbría. En un lejano promontorio,
en la boca de la ensenada, la linterna del faro parecía morir por
instantes. Temblaba su reflejo, como una flecha de oro en el mar, y se
veía el largo brazo de luz ir recorriendo lentamente los cuatro puntos
cardinales. Cuando llegaba a ellos el fuerte haz luminoso, se separaban
cohibidos, instintivamente, como si fuesen descubiertos por un severo
ojo vigilante que desde un agujero abierto en el cielo negral, hiciese
la centinela de las malas acciones humanas en el desamparo del mar y en
el desamparo de las sombras terrenas.
Y este mismo vago temor les sobrecogía largo tiempo, deliciosamente;
pasaban a veces siluetas calladas, otras parejas de enamorados que se
ocultaban en la noche y a las que sólo se advertía por el crujido de
la arena en el andén; se veía la lucecita remota de un barco cruzar,
rayando las tinieblas... En ocasiones se alzaba la espuma de una ola
cerca de ellos, como un fantasma blanquecino, y caía después con el
son de una fuerte tela desgarrada. Entonces huían, entre amedrentados
y rientes, como si hubiesen visto al océano asomar una mano robusta
y ávida sobre los malecones para llegar junto a ellos, apresarles y
sumirles después en su hervor.
--¡Nos va a alcanzar!...
Y corrían, cogidos de la mano, con una angustia que era al mismo tiempo
placer... Y cuando las luces de una calle herían sus ojos, se admiraban
secretamente de encontrarse ya en la ciudad, tranquila junto a aquella
furia cercana.
* * * * *
Las inquietudes de Sergio no desaparecieron totalmente con su presencia
en la capital; en más de una ocasión despertaban sus celos ciertas
observaciones que él agigantaba. Alguna vez Volvoreta no estaba en
casa al anochecer, y aparecía ya tarde, justificándose con la busca
de ocupación. Pudo sorprenderla en coloquio con un sargento, y,
por último, después de una labor de investigación que realizó para
averiguar el origen de una peineta de celuloide que apareció un día
entre los rubios cabellos de Federica, logró saber que se la había
regalado un mozo vecino con quien solía charlar. Sergio se enfureció
y aun dedujo de esa conducta de Volvoreta amargas máximas filosóficas
acerca de la condición de las mujeres. Con ansia de batir al enemigo en
su propio terreno, fué poco a poco comprando para ella estupendas joyas
en los comercios que poseían brillantes al boro y piedras americanas.
El anillo de cobre que lucía aún en la mano de la moza fué sustituído
por una intachable esmeralda de dos pesetas; Federica tuvo, por el
mismo procedimiento, fastuosos pendientes de amatista, un _pendentif_
de platino y brillantes, y un imperdible que figuraba un lagarto, con
los ojos formados por dos rubíes. Total: nueve pesetas y cincuenta
céntimos. Federica daba brincos de alegría ante cada nuevo despilfarro
del novio, y los domingos iba como una india, toda llena de cristales
de colores engarzados en latón. Pero era feliz.
Una noche, en la cocina de la posada, se trató de ir a un baile.
Era Carnaval; llovía; y Sergio había entrado, después de la repetida
invitación de la hospedera. Un campesino borracho de aguardiente dormía
sobre las losas, con la chaqueta enrollada bajo el cráneo, teniendo aún
pegada a los labios la negruzca colilla. Dos mozas recién llegadas a la
ciudad, mustias y silenciosas, contemplaban el fuego desde un rincón,
pensando quizá en sus hogares de la montaña. La joven de Narahío
mondaba ligeramente un montón de patatas y las dejaba caer en un balde
de cinc. Propuso la posadera, ordenando los leños bajo el trípode:
--Lo que debíais hacer era ir al baile.
La moza de Narahío suspendió su labor:
--También es verdad, señora. Pues por mí que no quede.
Volvoreta rió; las rapazas del rincón siguieron mudas. Entonces la
posadera cruzó sus manos sobre el vientre deforme:
--¡Válgame Dios, qué juventud ésta!...
Increpó a las del rincón:
--¿No vos da vergüenza, soiniñas?... ¿Qué vades vos a buscar a la
América, coitadas?... Quisiéralo saber. A vuestros años no había baile
ni romería donde yo no estuviese.
La de Narahío apartó el balde de sí, arrastrándolo con estrépito sobre
las losas.
--¡Vamos nosotras, porra!... ¿Qué tenemos que ver con ellas?
Y se puso en pie como si ya fuese a partir para el baile. La posadera
se echó a reir, haciendo temblar la blanca masa de sus pechos. Idearon
el disfraz y requirieron a Volvoreta para acompañarlas. La joven se
negó tibiamente, con cierta envidia hacia la dichosa independencia de
las demás. Al despedirse aclaró Sergio:
--Supongo que no te dejarás convencer. ¿No irás al baile?
Y ella, con brusquedad de incomodo:
--¿No me has oído decir que no iré?...
Sin embargo, Sergio no pudo desechar la celosa inquietud. A las doce
se escapó del periódico y fué al baile. La luz de los focos parpadeaba
sobre las puertas del teatro; un hombre ebrio, disfrazado con un tieso
y crujiente impermeable de pescador, canturreaba inmóvil, resignado a
no poder separarse de la pared, en la que se había apoyado. Era aquél
un baile público, en el que los arrabales volcaban sus legiones de
mozos inciviles y la ciudad sus mujerzuelas y sus jayanes. Una mezcla
de cargadores del muelle y de señoritos devotos de la crápula fácil.
En los pasillos se alineaban, detrás de sus cestas, las vendedoras de
naranjas y de refrescos gaseosos: una murga atronaba todo el ámbito.
Pero los gritos, los zapatazos, los rugidos de la muchedumbre eran más
poderosos que el estrépito musical. Sergio se detuvo en la entrada del
patio, sobrecogido por cierto temor. Le pareció haberse asomado al
infierno, tal y como don Miguel lo describía en los sermones de la misa
dominguera. Cada ser humano era un energúmeno, cada boca un grito, cada
brazo un aspa, y en todos los rostros había llamaradas del incendio de
alcohol. A veces un grupo de gente se extendía como una cadena, trabada
por los brazos--cincuenta, sesenta locos--, y brincaba desaforadamente
sobre el tablado, haciéndolo cimbrear, con un ruido como si todo el
teatro se derrumbase. En los palcos se habían guarecido mujeres que
llevaban un mantón de Manila o un traje escotado; la turba que llenaba
el salón lucía disfraces de una arbitrariedad nauseabunda; algunos
eran sencillamente colchas llenas de lamparones; otros, ajados trajes
de campesinos; otros, capuchones desgarrados que aún conservaban el
lodo por donde los había arrastrado la máscara que lo alquilara en la
fiesta anterior; ciertos bailarines se habían contentado con ponerse
la americana con los forros hacia afuera; en muchas caras, el hollín
había sustituído a la careta, y entre la negrura abrillantada por el
sudor, los ojos y los dientes lucían una aguda ferocidad. Y todo estaba
envuelto en una niebla de polvo y de humo y de vaho vinoso de dos mil
bocas, que atenuaba la luz de las lámparas; y olía a vómito y a sudor
agrio de cuerpos sucios y a la miseria que aquellas gentes dejaban en
sus chozas de los arrabales y en sus casitas del barrio de pescadores,
y a las esencias baratas del tocador de las mujerzuelas...
Sergio pensó en marchar; pero se sobrepuso su ansia. Cuando pisó el
salón rompía a tocar la murga, y se vió repentinamente envuelto en
el ir y venir atropellado de las parejas. Fué empujado, prensado,
pisoteado; le pareció que iba a ahogarse e intentó salir; pero lo
rechazaron hacia el centro del patio, y allí quedó, un poco más en
calma.
Entonces se dedicó a escrutar las mujeres. Vió pasar a la posadera con
un solo trozo de antifaz sobre la cara envejecida, imponente con la
doble ampulosidad de sus carnes y de una sábana flotante; llevaba en
las manos un soplillo de mimbres y se abanicaba con él, a la vez que se
dejaba remolcar al compás de la danza por un hombre macilento, huesoso,
que clavaba los dedos engarabitados en la espalda de la posadera y
dejaba caer el cráneo casi sobre el suculento cogote de su conquista,
en una traza que podía ser de lujuria o de hambre avivada por tanta y
tan próxima carnosidad.
En una joven que entrevió bailando con alguien que llevaba un disfraz
de labriego creyó descubrir a Volvoreta: la misma estatura, el mismo
pelo del color de la miel... Luchando a codazos entre el gentío intentó
seguirla. Se extravió, injurió a un marinero que le había aplastado un
pie, enredó los botones de la americana en el fleco de un mantón...
Quiso volver al centro del patio y no pudo lograrlo. Cuando cesó la
música lanzóse en descubrimiento de la máscara sospechosa. La encontró
entre un tumulto; el labriego se la había echado a la espalda, como
quien carga un saco, y daba torpes brincos. La mujer agitaba las
piernas en el aire, chillando y riendo. Al fin logró desprenderse.
En la parte que la careta dejaba ver del rostro del rufián, entre la
barba, sin rasurar, corría el sudor en gotas. Sergio, ceñudo, contempló
a la muchacha; no era Federica: más gruesa, más alta, con una voz
chillona... No era...
Y corrió detrás de todos los cabellos rubios y de todos los cuerpos
de talle análogo al de la novia. Veinte veces le pareció divisarla,
y otras tantas se convenció de su error. Subió los diversos pisos
del teatro. En los pasillos, ocupados por mesas, se cenaba
bulliciosamente. Arriba ya, en los corredores que llevaban al paraíso,
había apenas doce o quince parejas misteriosas. Ellos, hombres
casados o jóvenes enemigos de la turbamulta; ellas, tal vez criaditas
recatadas, modistas aventureras o entretenidas infieles. Cuando alguien
subía hasta el corredor había una misma actitud de disgusto y de
azoramiento en las parejas; se cuchicheaba; las caretas no se separaban
ni un instante de la faz... Los disfraces eran igualmente meticulosos:
«viudas», «dominós», una «doncella», una «Colombina» con medias de lana
roja y peluca color canario...
Muñiz pasó con una mujer hinchada, monstruosa, que se balanceaba bajo
su capuchón al andar, como si fuese un globo pleno de hidrógeno que
estuviese a punto de desprenderse del suelo. El periodista la abandonó
un momento para acercarse a su amigo:
--¿Va a ir al diario? No diga que me vió, ¿sabe?
Después, bajando la voz:
--Es una mujer estupenda, ¿eh?... Fíjese qué pechos.
--¿Histérica también?
--¡Ay, amigo!... Perdidamente... ¡La peor, la peor!... Ya se lo contaré
mañana.
Y huyó a brinquitos. Sergio no le envidió. Le había parecido una
anciana la amiga de su compañero. Cuando quiso comprobarlo, otra
máscara le volvió a su obsesión primera. Ahora se trataba de una
«viuda», que al pasar había clavado en él sus ojos verdes. Ésta podía
ser... seguramente era... Hasta juraría Sergio que advirtió en ella
un movimiento de sorpresa, y que le había visto apretar más fuerte el
brazo de su galán. Les cortó el paso y la miró con ansia. Ella entonces
sujetó con la mano enguantada la barbilla del antifaz. Descendieron las
escaleras. En el piso inferior los distanció el gentío. Aún pudo ver la
cabeza del acompañante de la máscara sobresalir entre un grupo. Luego
los buscó inútilmente. Subió, bajó, se internó en el salón, escrutó en
los palcos, persiguió a otras mujeres vestidas de negro... Nada vió...
La moza de Narahío, sin careta, pequeña y redonda, encendida con el
buen color montañés, bailaba una jota sin música entre las cestas de
fruta, en el desenfreno de la dinámica. Abelenda la llamó:
--¿Viste a Federica?
--No--respondió ella, limpiándose el copioso sudor.
--Di la verdad: ¿vino Federica?
--No. Págueme una naranja.
--Mira--amenazó Sergio, con toda la rabia acumulada aquella noche--,
como yo descubra que ha venido Federica, a la posadera y a ti os pateo
como a odres. Ya lo sabes.
Y se dirigió a la puerta para marchar. La de Narahío quedó un momento
confusa; pero después corrió tras él, indignada:
--Oiga... ¿A quién va a patear usted, señorito esfamiado?... ¡Atrévase,
que me basto yo sola para escorrentarlo!... ¡Lampantín!...