En las tardes serenas, Sergio bajaba a estudiar al viejo jardín. Más
que a estudiar, a dejar correr su alma, libre de fiscalizaciones que
leyesen la distracción en sus ojos fijos en las páginas. Doña Rosa
se había obstinado en que Sergio fuese bachiller. Se abrió luego un
paréntesis duradero de vacilaciones y de dudas respecto a su porvenir.
Doña Rosa hubiera querido hacerle abogado para que la toga y el birrete
tuviesen en la familia otra representación más eficaz que en el retrato
del difunto; pero ni aun con grandes esfuerzos podría sostenerse el
largo derroche de una estancia en Santiago. Un día, al fin, don Miguel,
el cura de Santa María de la Gándara, al volver de un viaje a la
ciudad se detuvo en la quinta para ofrecer a doña Rosa la solución del
porvenir del pequeño Abelenda. Desplegó un ejemplar de la _Gaceta_ y
leyó una convocatoria para cubrir buen número de plazas del Cuerpo de
Correos.
--Un porvenir, doña Rosa, un porvenir. Esto es cosa que está naciendo
aún y puede hacerse carrera. Y nada de gastos, ¿sabe?; se le compran
los libros y que estudie en casita, ¡caramba!, que algo ha de hacer.
Doña Rosa torció un poco el gesto. Y aquello, ¿qué era?...
Verdaderamente, don Miguel no debía olvidar que los Abelendas eran
gente de distinción, que habían tenido siempre profesiones brillantes.
Mal estaban los tiempos; pero también... convertir en cartero a un
Abelenda... Quizás valiese más esperar, con la ayuda de Dios...
Mas don Miguel protestó, indignado. ¿Cómo, cartero?... Entonces su
señora doña Rosa no tenía ni la más remota idea de lo que se trataba.
Eran plazas de oficial, de o-fi-cial de Correos. Los hijos del coronel
Varela se estaban preparando ya, y un sobrino del fiscal de la
Audiencia con ellos. Mucho señorío.
--No; no es cosa trivial.
Argumentó aún, como para derrotar todo escrúpulo:
--Además tienen uniforme con espadín. Y digo yo que un hombre que lleva
un espadín lleva un diploma. ¿No es esto?
Doña Rosa meditó:
--¿Llevan espadín?
--Llevan espadín, doña Rosa. Me consta.
La madre se dejó vencer. Como pariente del coronel, el cura
comprometióse a suministrar más amplios detalles y a traer de la ciudad
los libros precisos; más aún: él ayudaría a Sergio en los estudios
conforme su humilde ciencia se lo permitiese. Un par de veces por
semana que fuese a la rectoral. Ya era tiempo de decidirse: diez y ocho
años hechos por San Juan y sin camino abierto... Los vicios podrían
posarse en él, a pesar del edificante ambiente de la casa. ¡A estudiar,
señor!... Y así quedó decidido el porvenir de un Abelenda.
Pero Sergio acogió de mala gana las áridas materias de la preparación.
Especialmente entre los millares y millares de nombres de la Geografía
postal, su memoria naufragaba. Bajo la vigilancia de su madre o de
Isabel, sentado cerca de ellas en la galería, le irritaba, en medio de
una distracción, la voz que le recriminaba con acento eternamente igual:
--Estudia, Sergio.
Y optó por hacer del jardín su lugar de estudio, al amparo de sutiles
pretextos. Una hora después de comer bajaba con sus libros y se tumbaba
sobre la hierba, bajo la sombra de los manzanos y de los perales
mandados plantar por doña Rosa en un triunfo del utilitarismo sobre
la estética. Y tumbado cara al cielo, se dejaba mecer en el poderoso
runrún de vida del campo: el insecto zumbador, la inquietud de las
hojas, el agua de los surcos... todo, en fin, lo que entraba en aquella
vibración perenne, en aquel hervor de existencias a ras de la tierra,
sobre la tierra y bajo la tierra; la mies que ondea, los pájaros
piadores, el topo que socava, y el viento y el mar y los regatos y las
nubes lentas, de formas cambiantes, que al pasar ante el sol hacían
correr unas largas manchas de sombra por el suelo.
A veces, por entre los podridos barrotes que separaban ambos jardines
venía Juan, el hijo de la vecina señora de Solís, a solicitar de
Sergio una fruta. La casa de los Solís estaba contigua. La envolvía
siempre una preocupación de tristeza. Ni en las ferias, ni en las
romerías, ni en las reuniones en que se juntaban de cuando en cuando
los señores de la Gándara, se vió jamás a los vecinos de los Abelendas.
Tan sólo alguna vez, en las mañanas veraniegas, doña María, envuelta
en sus negros vestidos, flaca y adolorida, paseaba por la carretera
el cochecito en que su hijo menor estaba, hacía tres meses ya,
entablillado, tieso, siempre mudo, lívido, como un cadáver que sólo
conservase vivos sus ojos, ojos grandes que parecían tener la grave
mirada de un hombre maduro, en aquel cuerpecito enclenque de siete años.
Doña María de Solís había tenido cinco hijos. Al cumplir los
diez y seis años murió el mayor; cerca de ellos también murió la
segundogénita. Doña María, arrebatada de horror y de duelo, se propuso
defender a los aún vivos contra aquel horrible destino. Y se enterró
en el campo para siempre, dispuesta a la lucha diaria y heroica con la
muerte, pero invadida de tristes presentimientos. Todos cuantos medios
de prevención pudo conocer los puso en práctica. Se dormía en la casa
con las ventanas abiertas, entre el susto de las criadas aldeanas; se
ajustaban las comidas a métodos dispuestos por el doctor; una fámula
fué despedida por haber dejado beber a los niños un sorbo de leche
sin hervir; ante el temor de que pudiesen, a hurtadillas, comer fruta
verde en el huerto, los árboles fueron talados. En el centro del
jardín, doña María hizo construir una choza de tablas bien unidas,
techada de cristal. Allí, tendidos sobre un colchón, todos los días
sus hijos tomaban, bajo su dirección meticulosa, un largo baño de sol.
El sol era la máxima esperanza de la madre infeliz; ella había oído
asegurar a alguien la salvación de un hemoptísico por ese medio. El
doctor consultado no negó la posibilidad. Doña María entonces sintió
encenderse la llamita de la fe en su pecho. Si podía curar, ¿cómo no
había de prevenir?... Y el sol iba tostando, a la hora de sus mayores
energías, los cuerpos delgados y angulosos, de fina piel, de Maruja y
de Juan--al pequeñín no podía sacársele de su tabla--, cuyos quince y
cuyos diez años iba viendo doña María, con una mezcla de temor y de
confianza, aproximarse al plazo fatal.
Esta tarde, como casi todas, Juan asomó el estrecho cráneo entre los
barrotes y siseó, para advertir a Sergio de su presencia.
--¿Me das una manzana?
Pedía con una vocecita triste, con acento aldeano, alargando las
vocales. Estaba envuelto en un mandilón de luto que hacía mayor su
palidez de raquítico. A Sergio le inspiraba una piedad mezclada con
repulsión, una repulsión orgánica: la del fuerte para el débil. Cuando,
alguna vez, tocaba las manos del niño, siempre frías, frotaba luego las
suyas, sin darse cuenta, contra las ropas.
--¿Me das una manzana?
--No hay manzanas hoy.
Retiró un poco la cabeza el pequeño, y se elevaron más los arcos de
sus cejas inclinadas hacia afuera, en una constante expresión penosa.
La mirada de sus grandes ojos vagó por los árboles. Volvió a hablar,
lento, con su tono de mendigo:
--Sí las hay. Yo las veo.
El joven le entregó la fruta apetecida, de mal humor. Luego fingió
abstraerse en el estudio. Pasó un rato aún. Federica apareció de pronto
en el extremo de la calle de arbustos, con un cestón vacío en sus
manos. Sergio miró rápidamente para la verja donde, entre yedra, la
pálida cara de Juan permanecía aún, contemplándole.
--¿Todavía estás ahí?--gruñó él, incorporándose.
Se sentían cercanos, al otro lado de la valla, los pasos de la criada
de los Solís, que volvía arrastrando el cochecito del enfermo. Juan
ocultó apresuradamente la manzana bajo su ropa y huyó, temeroso.
Entonces Sergio volvió a inclinar su cuerpo, medio soliviado, para
contemplar a Federica, que había arrojado al suelo el cestón y
comenzaba a llenarlo con los frutos de que despojaba a las ramas. Y
cuando el joven se vió sorprendido en su mirada por la de la moza,
preguntó, como si quisiera justificar su curiosidad:
--¿Para quién son?
--No sé, señorito; me mandó doña Rosa.
Y él volvió los ojos al libro. Pero sentía palpitar su corazón en el
cobarde deseo de hablar algo más. Poco a poco, en los quince días que
la joven llevaba en la casa, había ido sintiendo crecer su interés por
ella. La tez levemente rosada, los grandes ojos cándidos, de verde
tono; el pelo del color de la miel, de un rubio apagado; el joven
cuerpo arrogante, lleno sin abundancia, de turgencias firmes, había ido
grabándose, detalle por detalle, en el recuerdo de él. Noches atrás,
en el obscuro corredor que conducía a la cocina, se habían tropezado
sin verse. La mano del varón, en la instintiva defensa, se apoyó
fuertemente en el pecho de Federica. Ella rió, tras un «¡Jesús!» de
susto. Él quiso reir también; pero su mano conservaba la sensación del
dulce contacto, y al evocarla aún quemaba más la sangre en sus venas.
El deseo de hablar, de decir a la joven cualquiera palabra, por banal
que fuese, se acrecentaba en aquella soledad del rincón huertano y
se hacía en Sergio casi doloroso. Miraba ir y venir la gentileza de
aquella figura--quizás demasiado plena ya, demasiado hecha para sus
diez y seis años--, y la frase que parecía ir a brotar no se formulaba
en su cerebro.
Federica, al fin, llena la cesta, volvióse hacia él:
--¿Quiere ayudarme, señorito?
Y él acudió, y alzaron la carga hasta la cabeza de la servidora.
--¿Va bien?
--Va bien; muchas gracias.
Se alejó hacia la casa. Volvió Sergio a tenderse y a mirar al cielo
y a soñar, ahora con un fuerte latido en sus arterias. En el ensueño
se refugiaba su timidez de muchacho alejado por la vida aldeana del
trato con el sexo femenino. Sus vagos anhelos, los requerimientos de
su sana juventud no habían tenido nunca más que una sola concreción
sentimental, grotesca--él se lo confesaba: grotesca--. A los diez
años Sergio se había enamorado profundamente de Celsa Ruiz, ya casada
entonces con Poupariña, José Poupariña, el dueño de la casa del
Pinar. Celsa Ruiz era gran amiga de Isabel y solía pasar las tardes
en la quinta de los Abelendas. Desde su rincón, Sergio la miraba
arrobado. ¿Sabéis lo que son esas prematuras pasiones de los niños, tan
frecuentes, tan tiernas, conservadas en un extraño secreto, llenas de
detalles conmovedores, que después la gravedad de los años va haciendo
olvidar?... Sergio guardó una horquilla caída de la amada cabeza y
el hueso de una claudia que ella comió, y vagaba por el Pinar para
extasiarse en la blanca casa de Poupariña, y un día en que Celsa le
besó como se besa a un niño, Sergio corrió a su alcoba, enloquecido, y
se arrojó sobre la blanca cama y rompió a llorar.
Nunca otro nombre tuvo para él la dulce música de aquel nombre. Su
exaltación cristalizó en unos versos absurdos en los que mezcló
todos cuantos tópicos habían ido dejando en su memoria las lecturas
escolares. Les tituló _A C***_, con tres estrellitas junto a la
_C_, como escapándose por su boca abierta, como él había visto en
dedicatorias análogas. Luego pensó que el nombre de Celsa tenía cinco
letras y le pareció imprescindible añadir una estrellita más. _Tus
ojos_--decía el primer verso--_Tus ojos causan enojos_...
Dos años duró esta pasión. Celsa dejó de pronto de hacer tan
frecuentes visitas a Isabel. Advertía Sergio, alarmado, un evidente
desmejoramiento en la amada. Celsa estaba pálida. Celsa tenía unos
cercos obscuros en los ojos. El mal fué creciendo. Se hundieron las
suaves mejillas, se ensanchó la cintura, se deformó el cuerpo adorado
en una lamentable hinchazón. Celsa caminaba lentamente, gemía alguna
vez, y, cuando engullía en el amplio mirador, a la hora de la merienda,
el sabroso dulce de cerezas de doña Rosa, se lamentaba:
--Acaso mañana no pueda venir a probarlo. Sírvame un poco más, doña
Rosa. ¡Qué manos de mujer! ¡Cómo sabe darle el punto al almíbar!
Y un día, en efecto, no fué; ni al siguiente, ni en la semana, ni
en el mes. Sergio supo que no salía de la casa del Pinar. ¡Oh, si
ella muriese!... El rapazuelo se entenebreció, obsesionado por la
fúnebre idea; comía poco; vagaba, siempre que podía escapar, por
los alrededores de la blanca casita, jaula de la doliente. Cierta
noche, después de un día angustioso en que la lluvia había impedido
su habitual correría, oyó pronunciar entre la servidumbre, sentada en
torno a la amplia mesa de la cocina, el nombre del señor del Pinar.
Chinto había estado allí aquella tarde, a llevar un regalo de la
señora: un bote del dulce tan grato a la enferma. Entonces Sergio
inquirió:
--Y ¿sabes cómo está doña Celsa?
--Va marchando--contestó el labriego.
El niño insistió, tras una pausa, fijos sus ojos en el ascua del hogar,
con la emoción de quien teme perder para siempre algo muy caro:
--¿Quedará siempre así, tan hinchada?
Estallaron risas unánimes. Chinto, socarrón, uniendo sus manazas en
torno al cuenco de barro, replicó:
--No quedará, hom, si Dios quiere.
Sergio indagó, cándidamente intrigado por las risas:
--Entonces, ¿qué tiene?
--¡Ay--zumbó Chinto--, lo que tiene que te lo explique el señor
Poupariña, a ver qué demontres le hizo, que él lo sabe bien!
Tornaron a sonar las carcajadas chillonas. Rafaela, riente también,
censuró:
--¡Vaya, Chinto!...
Sergio, azorado ante la hilaridad inexplicable, enmudeció y se fué;
pero a solas interrogó al criado:
--Dime ahora qué tiene doña Celsa.
--Y ¿qué va a tener, rapaz?... Está embarazada.
E hizo un breve y brutal comento, riéndose apagadamente, con la
negruzca punta del cigarrillo colgando, pegada a un solo labio.
Aquello fué un golpe de hacha en la pasión infantil. Vibró de
indignación y de asco su tierno espíritu. Durante varios días se
obsesionaron en su oído las palabras del gañán, y le martirizaban
más agudamente aún que un sufrimiento físico. Nada fué entonces tan
innoble para él como Celsa. Su imaginación se la representaba de
continuo entregada a actos repugnantes, que él no podía precisar
concretamente, en unión del protervo Poupariña. Y odió a Poupariña, a
sus ojos saltones, que se le antojaron desencajados por curiosidades
abyectas, a su barbita de chivo, a sus manos peludas... ¿Cómo podría
Celsa soportar las caricias de aquellas manos de ogro?... Celsa murió
dolorosamente en el corazón del rapaz; quedó bajo la losa de un
recuerdo de humillación y asqueamiento. La revelación brusca de la
triste y miserable verdad de la vida casi enfermó al niño. Una noche,
heroicamente, rompió sus versos y tiró por la ventana, al obscuro
jardín, el hueso de claudia amorosamente guardado. Lo tiró con tanta
rabia y con tanto desprecio como si hubiese estado en la boca de
Poupariña, bajo el bigote, en el que un día, comiendo en el Pinar, vió
quedar colgantes unos pequeños trozos de fideos.
Desde aquella ocasión desventurada, Sergio no volvió a sentir al
amor llamar francamente a las puertas de su corazón ya juvenil.
Pero el ansia palpitaba en su interior y él sentía muchas veces sus
estremecimientos, como las madres sienten los de los hijos ocultos aún
en sus entrañas. Y ahora era Federica la que le agigantaba, de una
manera bien distinta, ciertamente, a aquella de los años de la niñez,
sin tópicos en verso, sin el ensueño candoroso, sin huesos de claudia
guardados a hurtadillas, con una mareante emoción en el alma trémula.
Ahora, Sergio, más que manías de fetichismos amorosos, tenía la de
recorrer frecuentemente el obscuro pasillo que unía el comedor con la
cocina, y cuando, por casualidad, la nueva criada transcurría al mismo
tiempo por él, irremediablemente tropezaban.
Aquella tarde, caídas ya las primeras sombras azules sobre la aldea,
Sergio halló a Federica en el umbral. Con esa brusca valentía que a
veces tienen los tímidos, él, alentado por el ambiente y la soledad
confidencial de los anocheceres, le asió una mano por la espalda, como
en juego, y al volverse la moza, aun sin intentarlo, el brazo de Sergio
rodeó el talle femenil, libre de corsé, en el que la carne palpitaba.
Los grandes ojos verdes lo miraron con su cándida serenidad. Sonreía
él, azorado. Dijo Federica, en voz baja, con un misterio de cómplice:
--Suelte, que van a vernos.
Y marchó hacia el campo. Sergio entró en su casa, tembloroso de dicha.