CARTA AL ILUSTRE DOCTOR FIAÑO

_Cuando terminé de corregir las pruebas de este libro, amado y culto

doctor Fiaño, en ese angustioso momento que precede a la aparición

de una obra propia ante el público, pensé en ti con terror, con un

terror hondo y repentino. Súbitamente vi tus grandes bigotes caídos, tu

cráneo calvo, tus ojos menudos en los que luce toda la sabiduría de un

doctorado en Filosofía y Letras; te vi detrás de la ventana del Casino

y en la tribuna del Ateneo, bajo la terrible oleografía de nuestro

señor el Rey, esa oleografía azul, amarilla y roja--irrespetuosamente

maculada por todas las moscas de avanzadas ideas que han tenido el

honor de volar en ese sabio ambiente, de quince años a esta fecha--y

hacia la que tú has extendido fervorosamente tu mano pidiendo un «viva»

siempre que al final de tus discursos te ha faltado la inspiración._

_Cuando leas esta novela, ¿qué gesto será el tuyo, eminente crítico?...

Yo lo sé. Yo sé que con este puñado de cuartillas te voy a producir un

lamentable disgusto. Al llegar al final, tú arrojarás el volumen con

desaliento; tú harás un gesto de tristeza que será corregido por un

gesto de desdén._

_Habrás descubierto que esta novela no tiene tesis._

_No tiene tesis, ¡ay de mí!, es verdad. ¿Qué viene, entonces, a hacer

al mundo?... ¡Dios mío, no lo sé!... Yo bien comprendo que mi deber

sería enriquecer la moral del lector con una máxima, o su experiencia

con un relato instructivo. Yo no puedo ni aun alegar ignorancia de mis

obligaciones. He leído muchos libros en los que hombres más profundos

practicaban esa conducta ejemplar. En unos se convencía a las gentes de

que el amor de un anciano a una joven es fuente de desgracia; en otros

nos advertían los peligros de querer a una mujer morena y voluptuosa;

tal novela me enseñó que el ideal huye delante de nosotros; alguna me

instruyó acerca de la crueldad de enamorar a una doncellita provinciana

cuando uno está de paso por el pueblo. He visto muchos dramas en los

que la fatalidad desanudaba las corbatas de los personajes, por esa

extraña relación que la tragedia guarda siempre con las corbatas de los

cómicos. Todo esto templa el espíritu, es elevado, es educador. Sin

duda las moralejas de los libros van delante de la Humanidad, guiándola

por el camino del bien y de la ética escrupulosa, y es triste pecado de

banalidad haber escrito estas páginas sin que de ellas pueda salir al

final, como de una cajita de sorpresa, un apotegma más que se agarre a

las riendas del alma y las separe del sendero del mal, por el que han

ido tantos estudiantes enamorados de tantas modistas._

_No supe, formidable Fiaño, no supe. Cogí, para hacer la novela, el

espejo aquel de la frase de Saint-Real que tomó por lema Enrique Beyle,

el que amó la Sencillez tanto como yo la amo, y lo paseé, como él

quería, a lo largo de un trozo de camino. Nunca copió mi espejo más que

la misma vida, y al rebuscar en ella no encontré el sistemático triunfo

de una idea, ni el de la acción moral, ni el de la acción impura. Hace

tiempo que ha muerto aquella cruel Fatalidad que pasaba lentamente, con

sus ojos inmóviles y sin luz, como los de una estatua, a lo largo de

las viejas fábulas. Los hombres la vemos apenas como una sombra alta y

negra en los horizontes de la antigüedad. Tras ella hicimos surgir otro

fantasma: el del Destino moral. Y el Destino moral pasó por nuestras

novelas también rígido, también inconmovible, llevando en una mano

el premio y en la otra el castigo, para repartirlos con una severa

equidad._

_Pasó... Yo no alcancé a verlo en los caminos de la Vida, considerable

Fiaño. En las novelas que va tejiendo esa Vida, muy pocas veces se

preocupa de escribir moraleja. Las mejores páginas son las que ella

sabe trazar, y, sin embargo... ¡cuánta sería tu indignación, erudito

Fiaño, si un osado escritor recogiese en un libro alguna de esas

novelas!... ¿Te acuerdas de Martín?... Martín era joven, era amable,

tenía una existencia lógica y feliz. Un día jugó su partida de tresillo

en el Club, comentó las murmuraciones del momento, te dió una palmadita

en la espalda y se marchó a dormir. Fué a dormir, naturalmente,

tranquilamente. Había de madrugar para despedir a su novia, que iba a

un balneario._

_Martín se acostó tarareando una mazurka, desprendió los tirantes

de sus pantalones con una habitual sencillez... Al día siguiente os

enterasteis con sorpresa de que Martín había muerto de una inesperada

manera repentina. Algo se le había roto en el corazón. Medita, Fiaño,

¡qué absurda manera de terminar el libro! El protagonista ha jugado a

las cartas, tiene una novia que va a emprender un viaje, no hay asomos

de tragedia, todo circula por un cauce suave y normal. De pronto la

novela termina: el hombre hizo una contorsión entre las sábanas y murió

estúpidamente. La vida es así, y en la vida, sin embargo, todo puede

ser una novela._

_Quizás, austero Fiaño, en el rostro de alguno de los personajes que

van a desfilar ante ti creas advertir rasgos conocidos, de seres

reales. Entonces te indignarás. En mi descargo yo te suplico que

recuerdes aquellas palabras de Beyle, mi consejero_:

«_--¿Cómo se ha atrevido usted a decir tal cosa? Ha pintado usted a lo

vivo a Fulano o a Fulana: eso es indiscreto, poco delicado, terrible.»

«Los interpelados sonríen. ¿Qué es lo que han tomado ellos de esas

personas? Su superficie de muñecos moviéndose en el aire, mientras

que ellos mismos, dando vida a esos muñecos, nos han revelado otras

cosas. En su ficción nos dejan ver que han sido los amantes, los amigos

cobardes o atrevidos de los personajes que han creado en su novela. Han

vivido la vida de todos en una ubicuidad mortífera; han sembrado en

cada uno los trastornos, los cariños, los errores, las bellezas, las

sequedades, las desesperaciones, los sufrimientos, las alegrías que

su personaje, diversificándose, ha imaginado sentir. Y todo esto lo ha

exagerado o atenuado según el capricho de su fantasía.»_

* * * * *

_Lo que mi espejo copió aquí está: una brizna de dolor, una brizna de

ironía; una sonrisa y algunos de esos episodios que todos pueden vivir.

Si no existieses tú, inmenso Fiaño, yo estaría contento, con la ilusión

de haber hecho una labor sencilla y clara. Pero el terrible gesto

desdeñoso que adivino bajo tus bigotes me preocupa y me amedrenta._

_Fiaño: comparezco ante ti con una novela sin tesis... ¡Perdón, Fiaño!_

Volvoreta · 第 6 / 26 题