En que se ve que una culebra me libra de una serpiente.
--Señor,--me dijo el lacayo al cerrar,--desde que la señorita se ha
metido en el carruaje, otra mujer ha venido corriendo detrás.
--Bueno es saberlo,--dije para mí:--¿quién será? En fin ello dirá.
Mi vanidad crecia.
Era sin duda un nuevo amor que me perseguia.
La fortuna me sonreia más y más.
Al entrar en el gabinete donde se habia metido ya Micaela, sentí que me
tiraban con una gran fuerza del brazo.
Me volví y vi á la Nicanora.
--Oiga usted una palabrita,--me dijo,--salga usted.
Una vez en la calle me dijo:
--Eche usted á andar, y de prisa, antes de que la Micaela le eche á
usted de ménos y salga.
Y se metió en el carruaje tirando de mí.
--De prisa,--dije al lacayo.
Me convenia escaparme de Micaela.
--¿A dónde?--me dijo el lacayo.
--A cualquier parte.
Me habia sorprendido la Nicanora.
Tenia sin duda algo muy grave que decirme.
--Usted es un niño,--me dijo.
--¿Y á qué viene eso?--la pregunté.
--Si no tuviera usted quien le quisiera bien, le echaban á usted los
polvos de matar las ratas.
Se me despegó la carne de los huesos.
--¿Qué dice usted, Nicanora?--exclamé.
--Que usted merece que se le avise; la Micaela lo sabe todo, y ha jurado
que le ha de matar á usted.
No se me ocurrió que aquello podia ser una mentira intencionada.
Sentí un vivísimo agradecimiento hácia Nicanora.
¡Luego, tenia una garganta de tal manera mórbida!
Me habia cogido la locura.
El vértigo zumbaba en torno mio.
Estaba nervioso de una manera terrible.
Como un hombre dominado por una pesadilla.
La Nicanora respiraba de una manera fatigosa.
Se sentian los latidos de su corazon.
--Ya se vé,--dijo,--yo soy una pobre, pero muy honrada, y no soy tan
despreciable.
Y se echó á llorar.
--Yo no quiero que usted me quiera, señorito, no se ha hecho la miel
para la boca del asno; pero quiero guardarle á usted y que no le pase á
usted ninguna desgracia: usted es muy jóven y aunque usted se crea muy
tunante se le escapan á usted las mejores. La Micaela está metida con un
sargento de cazadores que se aprieta mucho el corbatin para estar
siempre encarnado. Parece una manzanita.
Aquella era otra calumnia.
Yo no podia dudar de la Micaela.
Habria sido un imbécil.
La Nicanora empezaba á darme miedo.
Tenia algo de salvaje.
Por otra parte me incitaba su misma rudeza.
Su fresca robustez.
La dureza de su desarrollada musculatura.
Me apretaba las manos que me lastimaba.
--Usted,--añadió,--se va á venir conmigo donde yo le lleve á usted, y
estará usted seguro.
--No creo estar en peligro,--contesté.
--Usted no sabe de la misa la mitad, no tiene usted más que enemigos
alrededor.
--Cuénteme usted...
--No hablemos más hasta que estemos con seguridad en esa casa.
--¿Y dónde está esa casa?
--Ahí cerca, en la calle de la Flor Baja, junto al teatro del Recreo.
Hice parar.
Nicanora dió las señas.
Llegamos.
Entramos en un portal lóbrego.
La Nicanora me tomó de la mano.
--El carruaje puede irse á esperar á la plazuela de Santo Domingo,--me
dijo.
Dí la órden, y el carruaje se fué.
Entonces la Nicanora cerró de golpe la puerta de la calle.
Me asió una mano y tiró de mí vigorosamente.
Las escaleras no se acababan nunca.
Llegamos al fin á lo alto.
La Nicanora llamó á la puerta de una boardilla.
Respondió una voz hombruna.
Una voz de vieja.
O de bruja.
O de demonio.
Se abrió la puerta y entramos.
Apenas estuvimos dentro, la Nicanora echó á la vieja, dándola algun
dinero.
La bruja nos dió las buenas noches y bajó chancleteando las escaleras.
La Nicanora cerró la puerta y se guardó la llave en la faltriquera.
El espacio en que nos encontrábamos era una cocina.
Sobre el fogon habia en una palmatoria de cristal una bujía encendida.
El fogon no daba muestras de haber tenido fuego en mucho tiempo.
No habia allí un solo mueble, ni un solo utensilio en el reducido vasar.
--Estamos solos,--dijo la Nicanora;--yo he tomado hoy esta boardilla,
porque me he salido de la casa de aquella maldita vieja; no he comprado
más que unos mueblecillos para la alcoba.
Entra y verás.
Nicanora habia tomado la palmatoria.
Lo que Nicanora llamaba alcoba era un espacio aboardillado.
En él habia una cama de hierro ancha y cómoda, una mesa de noche, un
velador de pino pintado y cuatro sillas.
Al fondo se veia una lucana.
La Nicanora puso la palmatoria en la mesa de noche.
--Hijo mio,--me dijo,--tú no me trataras á mí como á la Micaelita: tú no
saldrás de aquí sino cuando yo quiera: cuando á todas las otras se las
vaya llevando el demonio.
Quise protestar.
Pero me encontré con que tenia delante á una fiera.
Sus ojos relucientes y encarnizados me devoraban.
--Eres muy bonito,--añadió,--muy buen mozo.
Muy hombre.
Muy tunante.
Estoy muerta por tí.
Me has quitado el sueño.
Me has puesto triste.
Si no me quieres te mato.
Y sacó una navaja guifera.
Yo me sonreí.
Me iba gustando la Nicanora.
Iba descubriendo en ella cosas verdaderamente adorables.
Sobre todo una voluptuosidad infernal.
--En toda mi vida,--dijo,--no he querido á un hombre hasta que te he
visto.
¡Y cómo te quiero!
¡Si no puedo vivir!
¡Y esto tan pronto!
¡Estaba de Dios!
¡Y pensar que yo siendo tan buena hembra he venido á caer con un
pilluelo!
Y seguia encarnizando en mí sus grandes ojos terribles.
Sus ojos de leona.
De momento en momento me parecia mejor.
Al fin llegó á parecerme hermosa.
Estaba en su poder.
Era más fuerte que yo.
Era una india brava, y una india brava es capaz de todo cuando se
cuadra.
Toda lucha con ella hubiera sido una temeridad.
Era necesario engañarla.
Se acercaba la hora de mi cita con Loreto en la Zarzuela.
Así, pues, yo comprendí la difícil tarea de domesticar aquella fiera.
A aquella vieja verde de la clase burda.
A una mujer toda bravura.
Toda voluntariedad.
Con las pasiones vírgenes.
Irritada, celosa, encendida en un amor de otoño.
El más violento de los amores.
El del veranillo de los membrillos, en el cual hay dias caniculares,
momentos volcánicos.
Se veia claro en su manera y en ese no sé qué indefinible que todo sér
humano tiene para el filósofo que es observador, que la Nicanora, á
pesar de que en su juventud debia de haber sido una soberbia moza, á
pesar de que á sus cuarenta ó cuarenta y cinco años conservaba grandes y
sólidos restos de hermosura, de esos que llenan el ojo y se suben á la
cabeza, aunque estas bellezas fuesen acentuadas y rudas, no habia amado
nunca.
El amor es una cosa, y el materialismo otra.
Cansada de vida fácil y tormentosa, estaba, sin embargo, vírgen de amor.
La más seductora é irresistible de las virginidades.
Estaba reservada para mí la felicidad de hacer amar á aquella tremenda
gitana.
A aquella vaca brava, por no decir á aquella tora.
Era de Colmenar Viejo, y se habia criado en la calle de la Arganzuela de
Madrid.
En plena tripicallería ó casquería, como mejor queramos.
A dos pasos del Rastro y de las Américas viejas.
Cerca del matadero.
Pegada á la Fuentecilla.
Es decir, en el centro, en la crema de la tauromaquia, de la chalanería,
de lo manolo y de lo chulo.
Vamos, una hembra completa, que no le faltaba á la mujer ningun
sacramento.
Ni siquiera sus primeros amores, primiciados cuando todavía era muy
muchacha, por un fraile de San Francisco el Grande.
Si en los tiempos de aquellas primicias el fraile no estaba
exclaustrado, la Nicanora debia tener mucho más de cincuenta años.
Pero era el caso que no representaba ni aún cuarenta.
¡Buena madera!
Tal era el amor voluntarioso y vírgen, formidable é impaciente que me
habia cogido.
Ya lo habeis visto, lectoras mias.
La Nicanora estaba al corriente de todo.
Me habia expiado.
He habia echado mano.
Yo la habia seguido, huyendo de Micaela, que era otra india brava.
Aquello habia sido ir de _Perico_ á _Pendanga_, de mal á peor.
Habia causado una nueva ofensa á Micaela, dándola esquinazo en los
propios andaluces de Casacon, y Nicanora me habia secuestrado.
Pero yo estaba en la embriaguez de mi buena fortuna, y aquellas
aventuras tan movidas me encantaban.
Sabia demasiado Nicanora que tenia tremendas rivales.
A falta de instruccion, de civilizacion, tenia una gramática parda que
metia miedo.
Si yo no hubiera tenido empeñada una cita con Loreto, hubiera dado por
muy bien empleada aquella noche con mi vieja verde de tela burda.
Yo me habia propuesto, como ya he dicho, contentarla, engañarla,
confiarla y escapar.
Puse todos los medios para ello.
Apuré todos los recursos.
La Nicanora se embriagaba.
Se volvia loca.
Pero no me soltaba.
Y se acercaba la hora.
Yo me daba á los diablos.
Eran las doce.
A las doce y media me esperaba Loreto en el baile de la Zarzuela.
Y tal vez con Eloisita.
Habia necesidad de escapar, aunque para esto fuese necesario una brutal
energía.
Separarme de aquella furiosa, que estaba agarrada á mí como un cangrejo
á un pedazo de carne cruda.
¡Ah, los amores berroqueños!
¡Los que pudieran llamarse los callos y los caracoles del festin de la
vida!
¡Tan sabrosos de cuando en cuando, tan picantes y tan crasos; pero
tambien tan indigestos!
Hay muchos, muchísimos, infinitos, que no saben lo que son estos amores
de salsa picante.
Es decir, que no saben lo que es chuparse los dedos de gusto.
Que no han conocido una cosa semejante á Eva.
Porque Eva debia ser una hembra cruda.
Un amor salvaje.
Pero rico de un perfume embriagador, y de una fuerza incontrastable.
O no ha habido nunca salvajes en el mundo, lo que es, á mi juicio, lo
más cierto.
La humanidad ha sido siempre una misma cosa.