En que se ven las peregrinas aventuras que me sobrevinieron cuando acudí
á la cita de Aurora.
Apenas me habia acercado á la puerta, cuando sentí en ella por la parte
de adentro tres golpes.
Era sin duda mi enamorada Aurora.
La ilustre cuñada del ex-ministro don F...
Contesté con otros tres golpes dados con los nudillos.
Rechinó inmediatamente de una manera leve un cerrojo.
Se abrió un postigo de la gran puerta cochera.
Entré.
El interior estaba densamente oscuro.
Avancé una mano.
Encontré otra.
¡Pero qué mano, señor!
¡Qué amor de mano!
Suave, gordita, delicada, pequeña.
Una mano que temblaba, revelando la emocion de su dueña.
Mi otra mano habia tropezado en un seno.
¡Pero qué seno!
¡Qué voluptuosidad!
¡Qué encanto!
¿Era aquella la cuñada del grande hombre?
Pero yo recordaba que las manos de Aurora eran como manojos de
sarmientos.
Que en cuanto á seno podia decirse de ella: _unquam tabula rasa_.
--¡Ya!--dije yo para mí:--¡y que sea yo tan torpe! Sin duda la señora ha
enviado á su doncella.
Pero la doncella me convenia.
Me conducia.
No se habia inquietado por el contacto de mi mano en su seno.
Se detuvo.
Sentí á poco un leve ruido semejante al de la puerta de un carruaje que
se abre.
Comprendí.
Uno de los carruajes que estaban en la cochera, era, sin duda alguna,
un gabinete tan bueno como cualquier otro en que me hubiera recibido
Aurora.
Sentí que la doncella, silenciosa siempre, subia y tiraba de mí.
Pero inmediatamente dió un grito.
--¿Quién hay aquí?--dijo.
Habia tropezado en unas piernas.
--¡Ah, ah!--dijo una voz áspera;--ya sabia, yo que habia de cogerte,
Emilia, con el cabeza gorda.
La manecita suave y mórvida me soltó.
Sentí el crugir de la falda de una mujer que se alejaba á la carrera.
En seguida, un garrotazo, que me alcanzó á bulto, y que me hizo dar un
graznido.
Pasó por mí no sé qué de angustioso y horrible.
Salté atrás.
Dí contra una pared.
Reboté.
Sentí cerca de mí, sobre la pared, otro garotazo.
El pavor me dió tiento.
Me escurria sin tropezar.
Tirando garrotazos á bulto, sentia á un hombre que me llenaba de
improperios, y que á veces se ponia muy cerca de mí.
Su voz bronca, brutal y grosera era sin duda la de algun mozo de
cuadra.
Yo habia encontrado unas escaleras.
No sabia si eran torcidas ó rectas.
Pero esa especie de tacto del miedo, me llevaba.
Ví el reflejo de una luz.
Corrí hácia él.
Se me apareció una especie de fantasma.
Al acercárseme, retrocedí.
Por la luz que aquel fantasma traia en la mano, reconocí que era Aurora.
Iba sin duda á la cita vestida de blanco para interesarme más.
El bárbaro que me seguia debia venir ciego.
Descargó un garrotazo.
Yo me esquivé á tiempo.
El garrotazo debió alcanzar á Aurora, porque la palmatoria cayó al
suelo, y ella lanzó un grito horrendo.
Casi de muerte.
Luego sonó el ruido de un cuerpo que caia en tierra.
Yo estaba en un corredor.
La luz de la luna aclaraba el nublado, del cual continuaba
desprendiéndose la lluvia, y penetraba algo de luz por las grandes
vidrieras.
Al grito de la víctima, habia sucedido algun movimiento en una
habitacion inmediata.
Se abrió una puerta y apareció una mujer.
Sin duda una criada.
Al ver mi bulto, se sobrecogió, y escapó gritando:
--¡Ladrones!
El asunto era sério.
Me habia quedado sólo en el corredor.
Corrí.
Encontré otra escalera.
Subí por ella.
Fuí á dar en una boardilla.
Encontré una lucana.
Salí por ella.
Me deslicé por el tejado.
Llegué á un grupo de chimeneas, y me oculté tras ellas.
Habia perdido mi sombrero, y la lluvia me hacia sentir en la cabeza una
sensacion muy penosa.
Las tejas estaban peligrosamente resbaladizas.
Hacia un frio horrible.
No podia sostenerme en aquella situacion.
Yo oia allá abajo en la casa de donde habia escapado un verdadero
tumulto.
Gentes que iban y venian.
Se buscaba sin duda á los ladrones.
De improviso el cañón de una de las chimeneas me dejó oir un ruido
confuso de voces.
Escuché.
--La señora dice que tú, Gaspar, la has dado un golpe en la cabeza.
¿Cómo puede ser esto?
Yo habia reconocido en aquella voz la del dueño de la casa: el eminente
hombre político, en fin, don F...
--Vamos claros, señor, que yo no tengo porqué callar,--dijo el que sin
duda se llamaba Gaspar;--yo soy el marido de mi mujer.
--¿Y qué tiene que ver esto con la brutalidad que has cometido con la
señorita?
--Si la señorita no hubiera venido por las mismas escaleras del
traspatio, no la hubiera sucedido nada: yo habia atrapado á mi hombre...
sí señor, sí: á un señoritingo que he de comerme crudo, porque mi
mujer...
--¡Como que tu mujer!--esclamó con un interés que no parecia natural se
tomase el grande hombre.
--Mi mujer, con el pretexto de que la señorita la ocupa hasta muy tarde
para que la cuente cuentos, no viene á mi cuarto ya hace más de quince
dias hasta cerca del amanecer: y como nadie se queda en las cocheras...
--¡Eh! ¡Qué!--dijo el hombre público;--¿qué nos importa eso?
--Si á V. E. no le importa, á mí sí; y me va pareciendo que...
--¡Cómo, cómo!
--Que no es un señoritingo, sino V. E... el que tiene citas en el landó
con mi mujer.
--¡Cómo! ¡Insolente!--exclamó el hombre público.
--Lo que yo digo, señor, es que yo no merezco que V. E. me trate con una
tal dureza.
--¡Ah! ¿Era eso lo que querías decir?
--Ya lo creo, señor; yo soy muy leal á V. E.; yo no podia figurarme...
--Dejemos esa conversacion.
--Sí: pero resulta que yo le he dado un garrotazo á la señorita Aurora.
--Tú creiste sin duda que habia ladrones en la casa.
--Lo que siento es el garrotazo que á V. E. le he dado en la cochera:
¡ya se ve; está aquello tan oscuro!...
--¿Pero estás loco, Gaspar? Tú no me has dado garrotazo alguno; yo
llegué, llamé, no me respondieron; creí que Pedro no habia podido acudir
y me entré por la puerta principal, y me encontré con el alboroto.
--Pues entonces, señor, ó la señorita Aurora traia este _belen_, y se
valia de Emilia, ó Emilia esperaba á V. E. y al otro.
--¡Cómo! ¡qué!--exclamó,--acreciendo en interés y con acento irritado el
grande hombre.
--Sí señor, yo he dado á un individuo extraño un garrotazo como para él
sólo.
--Pues bien, pon eso en claro con Emilia; pero sin maltratarla: que se
acabe esta situacion ambigua: yo te tomo bajo mi proteccion; yo haré tu
fortuna.
--Muy bien, señor, muy bien; ya sabe V. E. que yo me contento con la
portería mayor de...
--Bien, hombre, bien; pero, sobre todo, es necesario averiguar quién es
ese individuo extraño.
--La señorita Aurora debe saberlo.
El lacayote tomaba alas.
Abusaba.
El hombre de estado sufría.
¡El amor!
Debia ser muy hermosa Emilia.
¡Aquella mano!
¡Aquel seno!
Cesó al fin de todo punto el ruido.
Mi cita habia tenido un desenlace inesperado.
Yo habia recibido un garrotazo.
Mi vieja verde habia sido descalabrada.
Se habia descubierto un adulterio.
El adúltero y el marido injuriado habian acabado por entenderse.
La moral andaba por aquella casa en paños menores.
El eminente hombre público se vulgarizaba.
Se ponia á nivel, por más de un concepto, con uno de sus lacayos.
Lo más crudo, lo más fastidioso del lance habia sido para mí.
El frio aumentaba.
La lluvia arreciaba.
El viento crecia.
El tejado se hacia más y más resvaladizo.
Yo me agarraba á los cañones de las chimeneas.
Pero empezaba á sentir las convulsiones del frio.
El espasmo.
El sopor se apoderaba de mí.
Me aventuré á probar.
Me separé un tanto de las chimeneas.
Necesitaba ganar una lucana inmediata.
Adelanté con mucho cuidado, sentado sobre las tejas.
Arrastrándome.
De repente sentí un pavor como no le he sentido nunca.
El pavor de la muerte.
Habia resbalado.
Habia llegado al borde del tejado.
Habia sentido que faltaba bajo mí.
Que estaba lanzado en el espacio.
Hay momentos que son eternidades horribles.
Aquel fué uno de ellos.
Un momento solo.
Me sentí detenido en mi caida.
Me habia recibido algo blando.
Habia causado un fuerte ruido.
Habia impulsado algo que habia caido en otra cosa y la habia hecho
resonar de una manera metálica.
Yo no me habia lastimado.
Habia caido sobre mi rollo de esteras viejas.
Habia lanzado, tropezando en él con los piés, un tiesto de flores, que
habia ido á chocar con un caldero viejo.
Habia sonado un ruido infernal.
Poco despues sentí una voz conmovida.
Voz de mujer jóven, argentina, deliciosa.
--¡Ah! ¿Eres tú?--dijo:--¡te has caido! ¿Te has hecho daño?
Aquella voz salia de una puertecilla que daba á la pequeña azotea donde
yo estaba.
Me arrojé á la joven.
--Entra, Alfredo mio, entra,--añadió la voz,--pero no hagas ruido: hace
poco tiempo que papá se ha acostado.
Aún no habia acabado de decir esto la jóven, cuando se oyeron pasos
precipitados que se acercaban, y una voz terrible que decia:
--¡Inícua!
La jóven lanzó un chillido semejante al de un raton cogido por un gato.
Yo me replegué al terrado.
Pretendí de nuevo escalar el terrado.
Esto era imposible.
Las tejas se venian sobre mí.
Pasaron algunos instantes.
Yo oia alaridos y golpes.
Se propinaba, sin duda alguna, una repasata á la hija por el padre.
Yo buscaba en vano sitio por donde escapar.
La azoteilla estaba profundamente encajada entre los tejados.
Todo acceso era imposible.
Por el único lado que no habia tejado, se veia la boca tenebrosa de un
profundo patio.
La lluvia era ya torrencial.
Tenia la cabeza descubierta, y el agua, penetrando por el cuello, me
corria sobre la piel.
Mi magnífico abrigo no me servia más que para abrumarme con su peso.
El viento, que era, glacial, empezaba á helarme.
Me lancé á la puertecilla.
Me entré en un desvan.
Allí por lo ménos, no me caeria el agua encima, ni me batiria el
viento.
Habian cesado los golpes.
Pero seguian los sollozos.
Hubo un momento en que creí que el irritado se habia olvidado de mí.
Pero me engañé.
Aquel mónstruo, que sabia demasiado que yo no podia escapar, habia ido á
prevenirse.
Sentí pasos en unas escaleras.
Ví luz por las rendijas de una puerta, que se abrió.
Apareció un hombre vestido con una larga levita vieja, y en la cabeza
una gorra militar de jefe, de coronel.
Tenia por lo ménos setenta años.
Esto me importaba muy poco.
Lo que me importaba mucho, era que traia en la mano derecha una pistola
de arzon, y en la izquierda una de esas lamparillas que se llaman
capuchinas.
--¡Ah, miserable!--exclamó al verme:--¡así te has atrevido al coronel
Arrumbales!
--Permítame usted, mi coronel,--le respondí;--yo nunca me he atrevido á
los individuos de la benemérita clase á que usted pertenece.
--Pero te has atrevido á una individua adjunta á mi por la naturaleza y
por la moral: á mi hija.
--Yo no tengo la felicidad de conocer á esa señorita: yo estoy aquí por
un accidente.
--¡Ah, ah! ¡Tú pretendes engañarme! ¡Tú has forjado una historia!
--Esa misma señorita afirmará la verdad de lo que digo.
--¡Ah! ¡Sí¡ ¡Tú eres el gato! ¡Habia subido á buscar el gatito! ¡Ella
tambien hace novelas! ¡Pues bien; estas novelas se convierten en
trajedia! ¡Sígueme ó te mato!
Y me encañonaba aquel maldito pistolon, que parecia un cañón de á
treinta y seis.
--Hágame usted el favor de tranquilizarse,--le dije,--que el diablo las
carga y puede suceder una desgracia inútil.
--Sígueme, pues; echa delante,--exclamó.
Adelanté.
Apenas habia pasado de él, cuando sentí un puntapié formidable que me
hizo vacilar.
Se me saltaron las lágrimas, no sé por qué fenómeno.
Pero aquellas lágrimas eran las de un tigre.
Bueno es que sepan los lectores que no soy cobarde.
Me volví furioso; pero me encontré con la boca del cañón de la pistola
en la frente.
Ni que yo hubiera sido el gigante Fierabrás.
--¡Marchen de frente!--exclamó el coronel.
Yo tomé por las estrechas escaleras; llegamos á un corredor.
--Abre esa puerta,--dijo el coronel:--ese es el aposento de tu esposa.
Abrí una puerta que encontré á mi derecha.
--Entra,--me dijo el coronel.
Entré.
Yo creí que el coronel entraría tras mí; pero me engañé; cerró la puerta
del cuarto por fuera.
Esto significaba que el coronel era todo un original.