PRIMERA PARTE

I

Ramiro solía quedarse hasta la noche en el último piso del torreón,

escuchando los cuentos y parlerías de las mujeres.

Allí terminaba la tiesura solariega. Allí se canturriaba y se reía. Allí

el aire exterior, en los días templados, entraba libremente por las

ventanas, trayendo vago perfume de fogatas campesinas y el sordo rumor

de los molinos y batanes en el Adaja.

¡Qué holganza para el niño hallarse lejos de la facha torva del abuelo,

y encima de aquellas cuadras silenciosas del caserón, donde se

acostumbraba encender velones y candelabros durante el día! Cuadras sólo

animadas por las figuras de los tapices; fúnebres estrados, brumosos de

sahumerio, que su madre, vestida siempre de monjil, cruzaba como una

sombra.

Las criadas le querían de veras. Todas miraban con respetuosa ternura al

párvulo triste y hermoso que no había cumplido aún doce años y parecía

llevar en la frente el surco de misterioso pesar. Todas rivalizaban en

complacerle, en agasajarle.

Durante el trabajo, entre el zumbo de las ruecas, se hablaba de cosas

fáciles que él comprendía, y, casi siempre, al anochecer, se contaban

historias. Añejas historias, sin tiempo ni comarca. Unas sombrías, otras

milagreras y fascinadoras. Consejas de tesoros ocultos, de agüeros, de

princesas, de ermitaños. Una vieja esclava, herrada en la frente, sabía

cuentos de aparecidos. Ramiro la escuchaba con singular atención, cada

vez más goloso de pavura y de misterio.

La estancia era un vasto recinto que ocupaba casi todo el plano de la

torre. Las vigas no habían perdido el oro de la añosa pintura, y la faja

de escudos nobiliarios, que corría en lo alto de las cuatro paredes,

lucía intacto su tinte de gules y sinople. En el rincón más obscuro

dormía un antiguo telar descompuesto. No se había pensado nunca en

repararlo, y se le dejaba apolillar y cubrirse de telaraña, conservando

todavía entre sus maderos, los hilos de una estameña comenzada, quizá,

en el reinado anterior.

En el grosor de las paredes, cada ventana formaba un hueco profundo, con

sendos poyos de piedra. Ramiro se sentaba de costumbre sobre uno de

ellos, y pasaba las horas largas mirando hacia afuera, con el codo

apoyado en el alféizar.

Una de las ventanas, la que abría hacia el nordeste, dominaba casi todo

el caserío. Desde aquella altura, Avila de los Santos, inclinada hacia

el Adaja y ceñida estrechamente por su torreada y bermeja muralla, más

que una ciudad, semejaba gran castillo roquero. El niño oteaba los

corrales y los patios, el interior de los conventos, el caparacho de las

iglesias. A corta distancia, en el sitio más eminente, la catedral

levantaba su torreón de fortaleza, almenado y pardusco.

Desde la otra ventana se disfrutaba de una vista grandiosa: el

Valle-Amblés, toda la nava, toda la dehesa, el río, las montañas. Fuera

de los sotos ribereños, la vegetación era escasa. Raras encinas, negras

a distancia, moteaban apenas los pedregosos collados. Paisaje de una

coloración austera, sequiza, mineral, donde el sol reverberaba

extensamente. Paisaje huraño y apacible como el alma de un monje.

Vivo resplandor revelaba a trechos, entre fresnos y bardagueras, el

curso del Adaja, esparcido sobre la arena como galón de plata que se

deshila. En el fondo, la sierra de Avila levantaba sus picos más altos

chapados de nieve. De ordinario, un bulto de nubes asomaba por detrás

de la Serrota o del Zapatero, como vapor de una olla, sombreando los

picachos y suspendiendo sobre la falda largos vellones horizontales.

Aquella tarde las mujeres aderezaban ropas de iglesia. Sentadas en

redondeles de esparto, extendían sobre el suelo las viejas vestiduras,

cambiando el hilo desdorado, rehaciendo la raída guirnalda, el símbolo

eucarístico, la orla de santos; y, a veces, también, alguna alcoránica

leyenda deslizada en la estofa por el obrero morisco. Era un trabajo

piadoso. Aquellos ternos y frontales pertenecían a los conventos. Los

monjes aseguraban que cada puntada equivalía para Dios a una cuenta del

rosario.

Había góticos terciopelos que se plegaban angulosamente, terciopelos

acartonados y finos del tiempo de Isabel y Fernando, donde una línea

segura iba inscribiendo el tenue contorno de una granada sobre el fondo

verde o carmesí; donosas telas de plata que parecían aprisionar entre la

urdimbre un viejo rayo de luna; brocados y brocateles amortecidos por el

polvillo del tiempo, a modo de vidrieras religiosas. El resplandor del

poniente prestaba rara vislumbre a todos aquellos ornamentos, iluminando

de soslayo las sedas multicolores, cuyos tintes vinosos habían madurado

como zumos añejos en los cajones de las sacristías.

La luz se apagaba en el cielo. Soplos de sombra cenicienta parecían

llegar del exterior y posarse en la estancia. Ramiro, asomado a una de

las ventanas, miraba morir el crepúsculo. En el fondo de las callejas ya

era de noche.

Purpúreo reflejo bañaba en lo alto las almenas de la muralla, prestando

un rubor de coral al tronco de uno que otro pino en los huertos. La

ventana de una casa frontera acababa de alumbrarse, y veíase ir y venir,

por delante de la luz, la sombra de un hidalgo que rezaba sus Horas.

Vasta tristeza flotaba sobre la ciudad guerrera y monacal, y, en medio

de aquel recogimiento, el niño creyó escuchar un coro lejano, un himno

alucinante. Eran acaso las monjas agustinas. Por momentos, un hálito

sagrado parecía pasar entre las voces y estremecerlas como llamas de

cirios.

Ramiro recordó las descripciones que su madre le hacía del Paraíso y del

Purgatorio.

* * * * *

Casi todas las tardes, antes del toque de oraciones, se presentaba en la

cuadra un viejo escudero. El ruido de sus botas en los peldaños era

inconfundible. Sin embargo, el hombre aparecía de sorpresa, abriendo la

puerta de un puñetazo. Luego, levantando por detrás, con la punta del

espadón, bufonamente, la capa, se quitaba el chapeo y, haciéndole barrer

el piso con la pluma, saludaba de esta guisa a las mozas, cual si fueran

infantas de España. Un arcón, forrado de bayeta amarilla, le servía de

asiento. Cuando traía las botas enlodadas acercábase al brasero para

secarse las suelas.

Era natural de Turégano, en Castilla la Vieja. Siendo muy niño, había

dado muerte, con una navaja, al hijo de un alguacil. Después de cuatro

años de cárcel, como sus padres quisieran colocarle en una tienda de

platero, se desgarró para siempre. Su repugnancia por todo oficio

mecánico y un exceso de voluntad errabunda le arrojaron por el camino

soldadesco. Más de la mitad de su vida la pasó sirviendo al Emperador

Carlos Quinto y al actual monarca Don Felipe Segundo, en los galeones y

galeazas armados a la ligera para tomar represalias sobre los pueblos

desprevenidos o caer de improviso sobre algún cargamento del turco.

Conocía las islas del Levante y los menores recovecos de los golfos.

Soldado y marino a la vez, la sarna, las bubas, las enfermedades

vergonzosas que se toman en los puertos, las heridas de pica, de espada,

de saeta, las porradas y quemaduras de los asaltos, fueron las especias

en que se guisó de continuo su azarosa ventura. Había estado dos veces a

punto de morir en la horca. El año 1560 cayó prisionero del turco, en

los Gelves. Llevado a Constantinopla, y puesto al remo de una galera

que cargaba materiales para el Palacio del Sultán, fue uno de los que

mataron a los guardas a pedradas, huyendo a Sicilia con el bajel.

El hábito del acecho continuo y de los ataques súbitos como picotazos,

había dejado un gesto de resolución instantánea en sus ojos enérgicos.

Ojos grises de ave de presa, pupilas duras donde chispeaba todavía la

brasa de su orgullo, como en los tiempos en que arrastraba sus

castellanas espuelas por las losas de Nápoles.

Era su historia una ristra de hazañas más o menos honrosas; pero, lleno

de altiva indolencia, no buscó nunca salir de la clase de soldado,

calzando a la vejez el guante escuderil y acogiéndose a la tarea

tranquila de acompañar por las calles a las señoras de la nobleza.

A más de los lances de su propia existencia, contábales a las criadas

retazos de libros de caballerías, así como también tradiciones fabulosas

de Avila y Segovia. Sabía canciones de barberos y caminantes, toda la

vida en verso del moro Abindarráez; e innumerables letrillas que cantaba

con áspera voz, al son de una vihuela, dándose vuelta los párpados para

remedar a los ciegos.

Fiera y pálida cicatriz señalaba en lo alto su frente bronceada por el

mar.

Aquella tarde, apenas se hubo sentado en el cofre y puesto a referir

algunos comadreos del mercado, una de las mozas, pasándose ella misma el

dedo sobre las cejas, le preguntó:

--Decí, seor Medrano: ¿quién os labró esa guirnalda?

El escudero bajó un momento los ojos sin responder, y sacando de su

escarcela de badana un lienzo encarnado, sonose con él las narices.

Dicho movimiento era a veces el anuncio de prolija narración.

El niño, apoyado ahora en la rodilla del antiguo soldado, jugaba con su

espada, como de costumbre, tanteando los filos, curioseando las manchas

de la hoja, o blandiéndola ante sí, con infantil arrogancia; pero al

advertir la expresión pensativa del hombre, hincó el acero en el piso

y, apoyando ambas manos en la gruesa empuñadura, se dispuso a

escucharle.

Medrano comenzó de mal gesto. Era un antiguo episodio del desastre de

los Gelves. Hablaba despacio, con acento semejante al son de un atambor

destemplado, y más de una vez sus ojos se humedecieron al recordar las

vergüenzas de aquella jornada.

Describía el desorden y la fuga de las naves cristianas al presentarse

de improviso la armada turquesca. Estas encallaban en los bajíos;

aquéllas, por querer escapar velozmente, quebraban sus entenas; otras se

entregaban sin combatir. El, para bien de su honra, se hallaba en el

fuerte. ¡Contaba entonces los horrores del asedio, las enfermedades

desconocidas, las heridas monstruosas, el hambre, la sed! Habló de

soldados que se escapaban de noche para comerse los cadáveres de los

turcos; de mujeres enloquecidas, arrancándose unas a otras los pechos a

mordiscos; de madres españolas que se arrojaban con sus criaturas de lo

alto de las murallas. Cuando el General don Alvaro de Sande obró su

funesta salida, él fue de los escogidos para acompañarle.

Habíase puesto de pie para describir mejor aquellos instantes de lucha

desesperada.

--Ya íbamos llegando a las galeras--decía.--Los moros escopeteros,

después de consumir toda la pólvora, no podían ofendernos, atajados por

nuestras picas; pero uno de ellos, cosa de no creerse, hincose él mesmo

en el vientre la mía, y dando de esta suerte varios pasos ensartado,

como lo digo, logró llegarse hasta mí y alargarme, ¡pesia a tal!, una

cuchillada bien bellaca en la frente. ¡Dejemos esto!--exclamó por fin,

con el semblante alterado por el rencor, y sentándose otra vez en el

cofre.

Una de las criadas canturrió:

¡Los Gelves, madre, no son buenos de tomar!

Pero el antiguo soldado agregó sin oírla:

--¡Cuándo verase libre la cristiandad de estos aliados del Demonio! A

las veces me digo: ¿quién otro, llegado el caso, logrará contenellos

agora que falta don Juan, el de Lepanto?

Al escuchar aquella última frase, Ramiro, apartándose del escudero y

alzando la espada, repuso con asombrosa expresión:

--Cuanto a eso, yo he de hacer lo mesmo que el don Juan, si el Rey me

señala.

Algunas criadas se sonrieron, y el niño, mirándolas en el rostro,

exclamó nuevamente, golpeando con el pie en el solado:

--¡Yo he de hacer lo mesmo, digo e aún más he de hacer, con la ayuda de

Dios e la Virgen!

Entretanto, a su espalda, la puerta de la escalera acababa de abrirse y

una hermosa mujer, extremadamente pálida, toda vestida de negro,

penetraba en la estancia. Era doña Giomar, la madre de Ramiro. Sus ojos

fosforescían en la penumbra como humedecidos por lágrimas recientes, y

su voz, de un timbre demasiado bajo tal vez, moduló con severa dulzura:

--Ya os he dicho otras veces, Medrano, que Ramiro no ha menester destos

alardes. ¿Por qué le habéis dado la espada?

El niño, volviendo el rostro hacia ella, se adelantó a responder:

--Ese no quería, madre, e yo se la tomé con engaño.

--Otras serán, hijo mío--repuso entonces la llorosa mujer--, las armas

que has de esgrimir cuando entres al servicio de Dios y de su Santa

Iglesia; y harto mejor estuviera agora en tus manos algún libro de

religión que no ese hierro.

Callose un instante, y el niño, viéndola llevarse a los ojos el

estrujado pañizuelo, soltó al punto la espada, y corriendo hacia ella,

--¿Por esto lloráis?--la preguntó.

--No, hijo mío--repuso la madre, dominada por la congoja.--Conduéleme

una nueva triste por demás. Ya no volveremos a ver a la Madre Teresa de

Ahumada... Entró en el gozo del Señor, como una santa, antiyer, en Alba

de Tormes.

Un murmullo de ayes y suspiros se levantó en la obscuridad de la

estancia. Algunas mujeres sollozaron.

* * * * *

El sol acababa de ocultarse, y blanda, lentamente, las parroquias

tocaban las oraciones. Era un coro, un llanto continuo de campanas

cantantes, de campanas gemebundas en el tranquilo crepúsculo. Hubiérase

dicho que la ciudad se hacía toda armoniosa, metálica, vibrante, y

resonaba como un solo bronce, en el transporte de su plegaria.

Doña Guiomar, dejándose caer de hinojos, entonó en alta voz las palabras

del _Angelus_. Todos, imitando su movimiento, se dispusieron a

responder.

El escudero balbuceó las avemarías alzando el rostro y juntando las

palmas como los niños.

Las ventanas, abiertas, dejaban penetrar una paz penumbrosa y el primer

aliento somnífero de la noche.

La gloria de don Ramiro una vida en tiempos de Felipe segundo · 第 9 / 50 题