Dos taleguillos blancos llenos de ropa de muda, unas alforjas atacadas
de chorizos y garbanzos, y un paraguas. Este es el equipaje de cada
familia al meterse en el tren en la estación más próxima.
Cuando se apean en Santander, el padre carga con las alforjas, amén de
la capa, que también se echa al hombro; la madre con un taleguillo y la
criatura que amamanta; una jovenzuela, con el otro talego, y un rapaz
de doce años, con el paraguas.
Vienen á Santander porque el padre tiene _dúlceras_ en las piernas, y
_dúlceras_ en el _cuadril_ de la derecha; la madre, desde el último
parto, «añudados los gonces» de la rodilla izquierda; el mamoncillo
no puede echar los últimos dientes «de por sí solo»; la jovenzuela ha
cumplido ya quince años y está pálida como la cera, y el rapaz, que va
para doce, tiene los labios como un embudo, el cuello como un botijo,
y le salen ya los lamparones por detrás de las orejas.
Por consejo del médico de Becerril de Campos, vienen á tomar los baños
de mar, porque éstos han de curar todas y cada una de las dolencias
enumeradas.
Con estas esperanzas y aquel equipaje, y en el orden de formación en
que hemos ido citándolos, llegan á la Dársena y echan Muelle adelante
con el asombro pintado en los ojos y en la boca.
El molinete que suena; el vapor que cruza la bahía; el ligero esquife
que se desliza sobre las aguas, como la golondrina en el espacio;
la sardinera que grita su mercancía; el coche que pasa rápido; el
carretero que aturde la vecindad con las blasfemias de costumbre; el
marcial arreo y las infantiles galas; sedas, tules, libreas y levitas,
chaquetas y manteos... Todo esto junto y revuelto, casi en torbellino,
que es lo primero con que tropiezan los ojos del viajero que desde
la estación del ferrocarril se lanza, de sopetón, al Muelle en una
tarde de verano, aturde y deslumbra con sobrado motivo al sedentario y
patriarcal lugareño de tierra de Campos.
Pero el coche, y «los señores», y el soldado, y «las damiselas», todo,
en fin, lo que es terrestre, cabe perfectamente en las presunciones
de los de Becerril, y luego dejan de admirarlo. Lo que realmente los
fascina por de pronto, y acaba por atontarlos, es «lo marítimo». Les
faltan ojos para contemplarlo y hasta narices para olerlo.
--¡Míales, míales, hijo!--vocea la madre.--¿No te lo ecía yo?... Más
altos son los palos que el campanario del pueblo.
--¡Pus anda--añade el padre,--con el otro que va río abajo! Mal rayo me
parta si no ahúma como si llevara los demonios aentro. ¿Qué tié que ver
el tren con esto! ¡Pus ávate con el barquillico que lleva á la zaga!...
--Será la cría, padre,--grita el rapaz.
--Puá que, hijo: no te diré yo que no lo sea.
--Y toas éstas que están arrimaícas aquí lo paecen tamién... ¡Cristo,
cuánta barca!... y allá va una cargá de _cubetos_... ¿Y dende esta
orillica se pescará el _fresco_?
--¡Otra con el inocente! Eso se pesca en alta mar, borrico.
--¿Pues no es esto la alta mar?
--¡Anda si qué! ¿Pus no oístes á aquel señor que venía en el tren á la
vera de tu madre, que esto es el puerto? ¡Qué tié cacer esto pa-onde
está la alta mar!
--Y ¿ónde está esa mar?
--En cuantico alleguemos á casa, dí que se ve de golpe.
Y en éstas y otras por el estilo, admirando acá, exclamando allá,
parándose aquí, retrocediendo en el otro lado, preguntando á este
«caballero» y á la otra «buena mujer», llegan á Miranda, en el cual
barrio tienen apalabrada una habitación que les ha buscado otra familia
castellana que les precedió en el viaje.
Al ver el mar desde aquellas alturas, los padres se atolondran y los
hijos se estremecen, considerando que al día siguiente han de meterse
todos ellos en tales honduras.
Como el barrio de Miranda es el que eligen siempre los castellanos, por
la doble razón de economía y de proximidad á la playa, tienen ocasión
los nuestros de hacer rancho en la misma casa en que viven, con otros
paisanos instalados en ella también. De todas maneras--y por eso traen
las alforjas llenas de provisiones,--siempre «se ajustan» sin la comida.
El primer baño no le toman sin grandes recelos, sobresaltos y serias
meditaciones: los chicos lloran y los grandes tiemblan de miedo, mucho
antes de temblar de frío; pero, al cabo, bien agarrados éstos á las
cuerdas, y á empellones los muchachos, van entrando todos poco á poco,
hasta que, después de acurrucados, les llega el agua al pescuezo. Es
decir, que se quedan á la orilla, donde, al romper las olas, tras de
machacarles los cuerpos como mazos de batán, les hacen sorber la arena
á carretadas.
En la misma guisa que salieron del tren, exceptuando el detalle de las
alforjas, van al baño y vuelven de él: con la propia capa el hombre,
las mujeres con los talegos y la criatura, y el rapaz con el paraguas.
La capa para arroparse, el paraguas para quitarse el sol el de los
lamparones, y los taleguillos para guardar la ropa del baño.
Catorce de á media hora recetó á cada uno el médico de Becerril; pero
ellos, que traen muy contado el tiempo y el dinero, toman dos cada día,
y así despachan en una semana, cuando no en media, echándose en remojo
una hora por la tarde y otra por la mañana.
Siempre que no están en el baño, ó comiendo, ó durmiendo la clásica
siesta, se los halla recorriendo las alturas de la costa, metiendo la
cabeza en todas las grutas y rendijas de las peñas, y preferentemente
escarbando los arenales para acopiar _pelegrinas_ y _caracolillos_, por
las cuales baratijas se perecen.
Antes de volverse á Becerril, ó á Frómista, ó á Amusco, al pueblo, en
fin, de Castilla del cual procedan, bajan dos veces á la ciudad: una
para verla y comprar á la chica unas arracadas de _cascaritas_, y otra
para visitar, _por adentro_, un vapor-correo, y, si le hubiere en el
puerto, «un barco de Rey».
Por lo demás, son los bañistas más metódicos y decididos de cuantos
se zambullen en el Cántabro. Ni en los días de más resaca perdonan
el remojón. De manera que si también en la hidroterapia obra la fe
prodigios, estas buenas gentes se vuelven á Becerril tan sanas como
corales.
[Ilustración]
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