Dos horas después salía del puerto el vapor que conducía á los recién
casados á Francia.
Al despedirse don Romualdo de su suegra, la había dicho al oído:
--Sépase usted que los aceptó.
--¿Cuáles?
--Los treinta mil del pico.
--¿César?
--Y va más contento que unas pascuas. ¡Pobre chico!
--¡Miren el sinvergüenza!
Al día siguiente sabía todo el pueblo que don Romualdo había _regalado_
treinta mil duros á un sobrino de don Serapio, que se había presentado
en su casa después de la boda, de vuelta de América, pobre y
desengañado.
Y como en el pueblo se había sabido algo, tiempos atrás, de ese
sobrino que había sido echado de casa porque amaba á su prima y era
correspondido de ella, se hizo la siguiente traducción del hecho
propagado por doña Sabina:
--César ha venido á interrumpir la boda, ó á provocar un escándalo; la
familia, queriendo evitarle, le ha dicho al novio que ha llegado un
primo de su mujer á pedirle su protección. Don Romualdo le ha regalado
treinta mil duros, y el chico los ha tomado, prometiendo á sus tíos
desaparecer de Europa y no volver á acordarse de Enriqueta en los días
de su vida.
Y así, pensando en don Romualdo, decía la gente:
--Pues, señor, hay que convenir en que ese hombre tiene rasgos
admirables y un corazón de perlas.
Y recordando después á César, exclamaba:
--¡Parece increíble! ¡Qué falta de decoro! ¡Qué poca vergüenza!
Tal es y ha sido siempre y donde quiera, con raras excepciones, el
criterio del público en cuestiones de conciencia y en actos de justicia.
Con ese mismo criterio se crucificó á Jesucristo ayer, y se levantan
hoy estatuas á más de cuatro criminales. Por eso dijo uno de ellos,
después de rodar del trono que había asentado sobre más de seis
millones de cadáveres:
--«¡La pasión gobierna el mundo!».
1876.
[Ilustración]