No es difícil imaginarse la situación de ánimo en que se encontraría
César después del diálogo, que ya conocemos, con su prima. Veinte
años, rosas y tomillo por ilusiones, y un corazón que, á la edad en
que otros estallan al contacto de vulgares desengaños y prosaicas
realidades, encuentra en otro, también puro, también virgen, eco dulce
y tierna correspondencia para todas sus impresiones y para todos sus
más sublimes anhelos. Huérfano sin más porvenir en el mundo que la
caridad de su tío, y en una época de la vida en que sentando ya muy mal
el trompo en su mano, todavía no caía bien en su cuerpo la librea de
los hombres formales, era dueño, absoluto dueño del misterioso impulso
de las primeras emociones de un alma como la de Enriqueta, cuyos raros
atractivos, como los rayos del sol, nadie ponía en duda. Figurábase
que todos los ángeles del cielo habían bajado á buscarle y á buscar á
Enriqueta, y que después de colocar á los dos sobre nubes de nácar y
arreboles, los mecían en el espacio sin límites, lejos, muy lejos de la
tierra miserable, hasta darles por morada venturosa región de perpetua
primavera, en la cual correrían sus vidas sin término y sin dolores.
Por tales alturas andaba la imaginación del pobre mozo, cuando entró
en su cuarto doña Sabina, punzante la mirada, airado el continente y
violento el paso.
De un solo brinco puede decirse que descendió de su risueño paraíso,
tan pronto como vió á su lado aquella serpiente, y desde luego creyó
que semejante nube no podía menos de aparecerse para tapar el cielo de
color de rosa en cuyos horizontes sin medida acababa de perderse su
alma enamorada.
--Escúchame, César, y advierte que yo no hablo nunca en broma,--dijo
doña Sabina por todo saludo y en ademán airado.
--Diga usted, señora,--contestó el joven, aturdido y trémulo, dando por
seguro que su conversación con Enriqueta había sido oída por alguien
más que ellos dos y los angelitos del cielo.
--Vivías pobre y miserable al lado de tu madre hambrienta.
--Lo sé, tía; y tampoco ignoro que la pobreza no es deshonra.
--Y ¿qué entiendes tú de eso, mentecato?... Repito que vivías pobre y
hambriento en el último rincón de una aldea.
--Y yo insisto en que no lo he olvidado, y no me avergüenzo de
recordarlo.
--Añado que tu madre vivía á expensas de una limosna que le pasaba tu
tío.
--Mi madre ha muerto ya, señora--replicó César llorando de indignación
y de pena,--y no recuerdo que en vida la ofendiera á usted jamás.
--¿Y por ventura la ofendo yo ahora en algo?... ¡Ha visto usted,
las almas tiernas?--recalcó la víbora con una sorna verdaderamente
inhumana.--Ea, límpiese usted los mocos y escuche con el respeto que me
debe.
--Ya escucho, señora,--dijo César conteniendo mal su emoción.
--Compadecidos de tanta miseria--prosiguió la implacable mujer,--te
trajimos á nuestro lado, te dimos generoso albergue y te colocamos á
las puertas de un brillante porvenir.
--Nunca he dejado de agradecerlo: bien lo sabe Dios.
--¡Mucho!
--¿Lo duda usted?
--No lo dudo, lo niego.
--¡Pero, tía!
--Lo dicho, señor sobrino.
--¡Yo ingrato!
--Tú, sí. Ingrato es, y de la peor especie, el que paga los favores con
agravios.
--¡También eso, señora!... ¿Es posible que yo haya podido agraviar á
ustedes!
--Te repito que sí.
--Pero ¿cómo?
--¿Cómo? Por de pronto, soliviantando el inocente corazón de tu prima.
--¡No es cierto eso!
--¡Mocosuelo! ¿Aún te atreves á desmentirme?
--Y ¿por qué he de confesar una falta tan grave si no la he cometido?
--Porque la cometiste. ¿Negarás que hay entre esa chiquilla sin
experiencia y tú, cierta?... No quiero decirlo, porque me indigna; pero
ya me comprendes.
--Cierta simpatía. ¿No es eso lo que usted quiere dar á entender?
--Y ¿cómo se adquieren esas «ciertas simpatías»?
--Eso es lo que yo no sé.
--¿Y nunca trataste de preguntárselo á tu prima?
Estas palabras hicieron bajar á César los ojos avergonzado. Jamás se le
había ocurrido al sencillo muchacho que fuera un delito hablar de esas
cosas con Enriqueta.
Doña Sabina aprovechó la ocasión que le ofrecía la actitud de
delincuente de su sobrino, para continuar con más dureza sus apóstrofes.
--Y el acudir á tu prima con semejantes conversaciones, ¿no era tanto
como tratar de interesarla en tus atrevidos propósitos?
--Le juro á usted, tía, que no comprendo lo que eso quiere decir.
--¡Miren el hipócrita!... ¿Si querrá también que le regale yo el
oído!... ¿Cuándo pudiste soñar que la hija de su madre llegara jamás á
ser la señora de un piojoso como tú?
Al oir este brutal apóstrofe creyó el pundonoroso muchacho que el
corazón se le partía en pedazos; sintió como hielo fundido que
circulaba con su sangre, y hasta cayó en la cuenta de que su tía
hablaba llena de razón. ¿Qué títulos tenía él, ciertamente, para ocupar
todo un corazón como el de Enriqueta? Antes de aventurar confianzas
como las que había depositado en su prima; antes de prestar oídos á
las palabras de ésta; antes, en fin, de dar fomento á ningún género
de ilusiones como las que él se había forjado, debió considerar su
pequeñez, su procedencia y su obscuro porvenir. Creyó de buena fe
que su tía le apostrofaba llena de razón, y no teniendo valor para
disculparse, echóse á llorar con todo el desconsuelo propio de un niño,
como, no obstante la edad, era él todavía.
--Bueno es el arrepentimiento--díjole entonces doña Sabina aparentando
ponerse más blanda;--pero eso no basta en este caso: se necesita mucho
más. Y no vayas á creer que yo doy importancia á esas niñerías porque
me proponga corregirlas á tiempo, como es deber mío. Por de pronto, no
creo conveniente que, después de la formalidad que tu prima y tú habéis
dado á ese juego, sigáis habitando la misma casa.
--Con lo que usted me ha dicho antes--contestó entre sollozos el
maltratado chico,--hay más de lo suficiente para comprender que no
debo vivir ya en esta casa, aunque fuera de ella me faltara pan que
llevar á la boca.
--Bien; pero como de nada serviría que trocaras esta casa por otra si
seguías frecuentando el escritorio...
--¿Pues de qué se trata entonces?--preguntó César aterrado.
--Tranquilízate, que no se te arrojará á la calle para que te recoja la
caridad pública. Irás fuera de aquí, pero bien recomendado y adonde en
poco tiempo puedas, con honradez y trabajo, crearte una posición.
--¿Y qué país del mundo es ése?--preguntó el atribulado joven, pálido
como la cera.
--Por ejemplo... América,--respondió la despiadada mujer, estudiando en
su sobrino el efecto de sus palabras.
Y mientras éste buscaba un punto de apoyo con su mano para sostenerse
de pie, tras una breve pausa, durante la cual los ojos suplieron
con ventajas á la lengua, concluyó su tía con estas palabras que no
admitían réplica:
--Conque ve disponiéndote para el viaje, porque _estamos_ resueltos á
que le emprendas en el primer buque que salga del puerto para la Habana.
Tras esto y una mirada rencorosa y torcida, salió de la habitación,
dejando á su infeliz sobrino en el estado que puede figurarse el pío
lector.
Del cuarto de César pasó como un chubasco al de Enriqueta, á quien
habló del propio asunto y con la misma bondad que había usado con
su primo. La pobre chica tampoco tuvo valor para disculparse. Á las
primeras palabras de su madre cayó vencida, como débil arbusto á los
embates del huracán. Pintóle hasta como pecado mortal su debilidad de
corresponder al afecto profano de su primo, y lo creyó; pero no dejó
por eso de recibir como una puñalada la noticia de que César iba á
abandonar aquella casa, y hasta la patria, acaso para siempre.
Terminado este segundo sacrificio, doña Sabina corrió al lado de su
marido, que continuaba paseándose meditabundo.
--Todo está ya _arreglado_--le dijo muy satisfecha.--César comprende
la situación de las cosas y quiere marcharse á América cuanto antes.
Conque ocúpale desde mañana en preparar su viaje.
--¿Y Enriqueta?--preguntó don Serapio sin dejar su paseo y sin mirar á
su mujer.
--Enriqueta--contestó con desgarro doña Sabina,--es una chiquilla con
quien no se consultan ciertas cosas: se le mandan y nada más. Está
enterada y conforme; y esto te excusa de hablar una sola palabra con el
uno y con la otra.
--Corriente--dijo don Serapio siguiendo su paseo. En seguida se detuvo,
y mirando con fijeza á su señora, exclamó:--Pero vuelvo á repetirte que
dejo á tu conciencia toda la responsabilidad de este acto.
Y volvió á pasearse, creyendo sin duda que con esto había dicho
bastante y hecho cuanto le correspondía.
Doña Sabina entonces miró á su marido con despreciativo gesto.
--¡Majadero!--murmuró entre dientes, volviéndole la espalda.
En seguida tomó el rumbo de su gabinete, tan tranquila y tan serena
como aparece el mar después de haber hundido en sus abismos cuanto
halló al alcance de su furia desenfrenada.
V
Muy pocas semanas después de estos sucesos, salía de aquel puerto una
fragata con rumbo á la Isla de Cuba. Entre los pasajeros de popa iba
César que, con los ojos empañados por las lágrimas, miraba al pueblo
que abandonaba, tal vez para siempre. En aquel pueblo quedaba todo
cuanto le había hecho hasta entonces risueña la vida: Enriqueta y su
tío.
Toda la vigilancia de doña Sabina no había podido impedir que el
enamorado mancebo hallase un instante oportuno para decir algunas
palabras de despedida á su prima.
--Por el delito de quererte--la había dicho,--me arrojan de tu lado,
y por el de ser pobre se me prohibe pensar en el porvenir que los dos
habíamos soñado. Pues bien: si para quererte se necesita tener mucho
dinero, yo voy á trabajar para adquirirlo. Cuando lo adquiera, ¿dónde
estarás tú, Enriqueta?
--Aquí... ó allá arriba,--había contestado la joven, muy bajito,
estrechando con una de sus manos la que le tendía su primo y señalando
al cielo con la otra.
--Entonces, _hasta luego_,--había añadido el animoso joven, con una
entereza impropia de sus años, pero no del purísimo afecto que hacía
latir su noble corazón.
Después se habían separado llorando.
Don Serapio, por su parte, había hecho en aquellos momentos, de prueba
para él, cuanto un padre pudiera hacer por su hijo; y en rigor, al
marchar César á América no hubiera debido quejarse de su suerte,
sin las circunstancias que le obligaban á emprender el viaje y sin
la consideración de que en su patria y junto á la única familia que
le quedaba, podía haber hallado trabajando, la posición social que
anhelaba en sus modestas ambiciones.