Como el valeroso don Quixote llegó á Madrid con Sancho y Barbara y de
lo que á la entrada le sucedió con un titular.
Levantose el valeroso don Quixote de la Mancha la mañana siguiente
bien reposado, por haberlo hecho la noche; y llamando á Sancho, mandó
adereçase á Rocinante y palafren de la Reina con su rucio, echandoles
de comer y ensillandoles mientras el huesped aprestaba el almuerzo
que la noche antes habian concertado les aprestase. Hizose todo asi;
y almorzando bien de unos pasteles y pollos, rematadas las cuentas y
pagadas, subió don Quixote en Rocinante como tenia de costumbre, y
la reina Barbara, tapada (con harto cuidado de los de la posada, que
procuraban verle la cara, si bien les fue imposible), en su mula,
ayudada para ello de Sancho, el cual, repantigandose en el rucio, salió
tras su amo y la Reina de la posada y lugar con harta prisa; y fue
tanta la que se dieron en el camino, que á las tres y media de la tarde
llegaron junto á Madrid, á los caños que llaman de Alcala, habiendo
salido della á más de las nueve. Viendo don Quixote el calor que hazia,
por consejo de Barbara se determinó apear en el prado de san Hieronimo
á reposar y gozar de la frescura de sus alamos, junto al caño Dorado,
que llaman, do estuvieron todos hasta más de las seis, con descanso
dellos y de las cabalgaduras, paciendo ellas, y durmiendo sus amos á
ratos, y á ratos platicando; pero llegadas las seis, como sintiesen
la gente que iba saliendo al ordinario paseo del Prado, determinaron
subir á caballo y entrarse en la corte; y á la que iban cruzando la
calle, viendo don Quixote tanta gente, caballos y carroças, caballeros
y damas como alli suelen acudir, se paró un poco, y volviendo la
rienda á Rocinante, dió en pasear el Prado sin dezir nada á nadie,
apesarados Barbara y Sancho de su humor, y siguiendole por ver si le
podrian poner en razon y dandose al diablo viendo que llevaban ya tras
si de la primer vuelta más de cincuenta personas, y que se les iban
allegando muchos caballeros de los que por alli paseaban, admirados
y llenos de risa de ver aquel hombre armado con lança y adarga, y á
leer las letras y ver las figuras que en ella traia, por no saber á
que proposito traia aquello. Iba don Quixote tanto más ufano cuantos
más se le llegaban, é ibase parando adrede para que pudiesen leer los
motes que traia en la empresa, sin hablar palabra: otros le daban la
vaya cuando le veian con aquella figura y acompañado de la simple
presencia de Sancho y de aquella muger atapada, vestida de colorado,
atribuyendolo todo á disfraz y á que venian de mascara. Sucedió pues
que yendo adelante don Quixote con este paseo y acompañamiento, sin que
bastasen á ponerle en razon sus consortes, vió venir una rica carroça
tirada de cuatro famosos caballos blancos, á la cual acompañaban más de
treinta caballeros á caballo y muchos lacayos y pajes á pie: detuvose
don Quixote luego que la vió, en mitad del camino por donde habia de
pasar, puesto el cuento de la lança en tierra, esperando con gentil
continente. Los que venian con ella, cuando vieron tanta gente junta
que tomaba media calle, y vieron juntamente aquel hombre armado de
todas pieças y con su grande adarga, se llegaron al que dentro venia,
que era un titular grave, que habia salido á tomar el fresco, y le
dixeron: Señor, alli abaxo se ve una grande tropa de gente, y en medio
della está un hombre armado, con una adarga tan grande como una rueda
de molino, y no sabemos, ni nadie sabe quien es ó á que proposito viene
de aquella suerte. Cuando esto oyó el caballero, sacó la cabeça fuera
de la carroça, y como le vió llegar ya cerca, dixo á un alguazil de
corte que iba hablando con él, le hiziese placer de ir á saber que era
aquello: fue á verlo, y apenas se apartó de la carroça cuando llegó á
ella un lacayo del mismo señor y le dixo: Ha de saber vuesa señoria
que aquel hombre armado que alli viene, le vi yo en Çaragoça habrá un
mes, cuando fui á llevar el recado del casamiento de vuesa señoria á mi
señor don Carlos, en cuya casa comi con su escudero un dia, despues de
una famosa sortija que alli hubo en la cual fue convidado este armado,
que es medio loco, ó no se como me lo diga; si bien dezian que es rico
y honrado hidalgo de no sé que lugar de la Mancha; pero por haberse
dado demasiado á leer los fabulosos libros de caballerias que andan
impresos, teniendolos por verdaderos, ha quedado desvanecido de manera,
que saliendo de su tierra, se le ha antojado que es caballero andante
y que anda por tierras ajenas, de la suerte que se ve; y trae por
escudero un pobre labrador de su mismo lugar, que es el que viene á su
lado en un jumento, unica pieça, y muy gracioso, y grandisimo comedor.
Y tras esto le fue contando todo lo que don Quixote habia hecho en
Çaragoça con el açotado y lo de la sortija, y como el secretario de don
Carlos se habia hecho el gigante Bramidan de Tajayunque, y que sin duda
vernia ahora á buscarle á la corte para hazer batalla con él; porque
de todo tenia bastantisima noticia el lacayo, por lo que los criados
de don Carlos le habian referido. Maravillose mucho el caballero de lo
que se le dezia de aquel hombre, y propuso luego llevarsele á su casa
aquella noche con la compañia que traia, para divertirse con ellos.
Estando en esto, volvió el alguazil á la carroça y dixo: Es, señor,
aquel hombre una de las más raras figuras que vuesa señoria ha visto:
llamase, segun dize, Caballero Desamorado, y trae en la adarga ciertas
letras y pinturas ridiculas; y juntamente viene con él una muger
vestida toda de colorado, la cual dize que es la gran Zenobia, reina
de las Amazonas. Pues guien hazia allá la carroça, dixo el señor, y
veremos qué es lo que dize. Ya que llegaban cerca dél, tiró don Quixote
de la rienda de Rocinante, y llegose á un lado de la carroça, y puesto
en presencia del caballero, dixo con voz arrogante, que lo oyesen los
circunstantes: Inclito y soberano principe Perianeo de Persia, cuyo
valor y esfuerço tuvo á costa suya bien experimentado el nunca vencido
don Belianis de Grecia, vuestro mortal enemigo y competidor sobre los
amores de la sin par Florisbella, hija del emperador de Babilonia, á
quien en muchos y varios lugares diste bien que entender, haziendo
con él singular batalla, sin hallarse entre los dos jamas ventaja
alguna, asistiendo de vuestra parte el prudentisimo sabio Friston, mi
contrario: yo, como caballero andante, amigo de buscar las aventuras
del mundo y probar las fuerças de los bravos y valerosos jayanes y
caballeros, he venido hoy á esta corte del rey Catolico, do habiendo
llegado á mis oidos el gran valor de vuestra persona, y siendo tal
cual yo he muchas vezes leido en aquel autentico libro, me ha parecido
me seria mal contado si dexase de probar mi ventura con vuestro
invencible esfuerço hoy aqui en aqueste Prado, delante de todos estos
vuestros caballeros y de la demas gente que nos está mirando; y esto
hago porque soy unico y singular amigo y aficionado al principe don
Belianis de Grecia por muchas razones: la primera, por ser él cristiano
y hijo tambien de emperador cristiano, y vos pagano, de las casas y
casta del emperador Oton, gran turco y soldan de Persia; y la segunda,
por quitar de delante á aquel grande amigo mio un estorbo tan grande
como vos sois, para que asi con mayor facilidad pueda gozar de los
sabrosos amores que con la infanta Florisbella tiene pues se ve y sabe
clarisimamente que la merece mucho mejor que vos, á quien no faltaran
otras turcas hermosas con quien podais casar; que no es posible dexe de
haber muchas en vuestra tierra; y dexar á Florisbella para don Belianis
de Grecia, mi amigo; y si no salis luego de vuestra carroça, y subis
luego en vuestro preciado caballo, en poniendoos vuestras encantadas
armas, para pelear conmigo, mañana publicaré delante de toda esta
corte y de su rey vuestra cobardia y poco animo, despues de haber
muerto al gigante Bramidan de Tajayunque, rey de Chipre, y al hijo
alevoso del rey de Cordoba: por tanto respondedme luego con brevedad,
y si no, daos por vencido, y yo me iré á buscar otras aventuras.
Maravillaronse todos de los disparates que habian oido dezir á don
Quixote, y començaron á hablar sobre ellos unos con otros riendo dél
y de su figura; pero Sancho, que habia estado muy atento á lo que su
amo habia dicho, se llegó, caballero en su asno, junto á la carroça,
diziendo: Señor Perineo, v. m. no conoce bien á mi amo como yo le
conozco; pues sepa que es hombre que ha hecho guerreacion con otros
mejores que v. m., pues la ha hecho con vizcainos, yangüeses, cabreros,
meloneros, estudiantes, y ha conquistado el yelmo de Membrillo, y aun
le conocen la reina Micomicona, Ginesillo de Pasamonte, y lo que más
es, la señora reina Segovia, que aqui asiste; y aun es hombre que en
Çaragoça acometió á más de docientos que llevaban un açotado, como
ya sabran por acá: por tanto mire que tenemos mucho que hazer, y las
cabalgaduras vienen cansadas; yo y la señora Reina vamos con alguna
poquilla de hambre: dese pues por las entrañas de Dios por vencido,
como mi amo le suplica, y tan amigo como de antes, y no busque tres
pies al gato, pues si los desta tierra son como los de la mia, no
tienen menos que cuatro: dexenos ir con Barrabas á nuestro meson, y v.
m. y estos herejes de Persia, su patria, quedense mucho de noramala.
El caballero dixo al alguazil que con él iba, le respondiese de su
parte, y se le llevase aquella noche á su casa. El lo hizo, diziendo
á don Quixote: Señor Caballero Desamorado, en extremo holgamos todos
los circunstantes de haber visto y conocido hoy en v. m. á uno de los
mejores caballeros andantes que en el felize tiempo de Amadis y en el
de Febo hallarse pudieron en Grecia; y doy gracias á los dioses, pues
siendo paganos nosotros, como denantes dixo, habemos merecido ver en
esta corte al que tanta fama y nombre tiene en el mundo, y excede á
todos cuantos hasta hoy hayamos oido visten duras armas y suben en
poderosos caballos; por tanto, excelso principe, aqui el señor Perianeo
aceta de muy buena gana la batalla con v. m.; no porque della pretenda
salir con vitoria, sino para poderse alabar donde quiera que se hallare
(dexandole empero v. m. con la vida) de haber entrado en batalla con el
mejor caballero del mundo, y de quien el ser vencido resultará infinita
gloria suya y lustre de su linage; pero la batalla, si á v. m. le
parece, será el dia que esta noche concertaremos en su casa, en la cual
él y yo hemos de recebir merced que vuesa alteza y toda su compañia
se vayan á alojar, donde los regalará y servirá con mucho cuidado, en
particular á la señora reina Zenobia, á quien desea en extremo conocer;
y asi la ruega que, para que todos demos gracias á los dioses en ver
su peregrina hermosura, sea servida de descubrir el rostro y quitar
la nube que de aquesos sus dos bellos soles está puesta, para que su
resplandor alumbre la redondez de la tierra, y haga detener al dorado
Apolo en su luminosa esfera, admirado de ver tal belleza, bastante á
darle nueva luz á él, pues es cierto vencerá la de su bella Dafne.
Don Quixote se llegó á ella, diziendo que en todo caso descubriese el
rostro delante del principe Perianeo de Persia; que importaba mucho.
Rehusabalo ella, como discreta, cuanto podia; pero Sancho, que habia
estado repantigado en el asno, sin quitarse jamas la caperuça, se
llegó al estribo de la carroça y dixo: Señor pagano, yo y mi señor
don Quixote de la Mancha, Caballero Desamorado por mar y tierra,
dezimos que besamos á vs. ms. las manos por el servicio que nos haze
en convidarnos á cenar á su casa, como lo hizo en Çaragoça don Carlos,
que buen siglo haya; y digo que iremos de muy buena gana todos tres
en cuerpo y en alma, asi como estamos; pero la señora reina Segovia
desde alli donde está me haze del ojo, diziendo que no puede por agora
descubrir la cara, hasta que se ponga la otra de las fiestas, que es
muy mejor que la que agora tiene: por tanto v. m. perdone. En esto se
llegó más cerca por el otro lado á la carroça don Quixote, tirando de
la rienda á la mula de Barbara, á la cual, mal de su grado, traia ya
descubierta la cara, más propria para hazer acallar niños por su mala
cara, que para ser vista de gentes; á la cual como viesen todos los
circunstantes tan fea y arrugada, y por otra parte con el chincharron
mal zurcido y peor apuntado, no pudieron detener la risa; y viendo
Sancho que el caballero de la carroça se la estaba mirando de espacio,
y se santiguaba viendo su fealdad y locura de don Quixote, dixo: Bien
haze v. m. de persinarse, porque no hay caso en el mundo mejor, segun
dize el cura de mi lugar, para hazer huir á los demonios; que aunque la
señora Reina no lo es por agora, podria ser, si Dios le diese diez años
de vida sobre los que tiene, faltarle poco para serlo. El caballero,
disimulando cuanto pudo, dixo á Barbara: Por cierto, señora reina
Zenobia, que ahora digo muy de veras que todo lo que el señor Caballero
Desamorado nos ha dicho de v. m. es mucha verdad, y que él se puede
tener por dichoso en llevar consigo tanta nobleza por el mundo, para
afrentar y correr á todas las damas que hay en él, especialmente en
esta corte: por tanto v. m. nos diga de donde es, y adonde va con este
valiente caballero, si es servida; porque esta noche v. m. y él y este
buen hombre, que dize las verdades desnudas, han de ser mis huespedes
y convidados. Barbara le respondió: Señor, si v. m. es servido, yo no
soy la reina Zenobia, como este caballero dize, sino una pobre muger de
Alcala, que vivo del trabajo de mi honrado ofizio de mondonguera; y por
mi desgracia un bellaco de un estudiante me sacó, ó por mejor dezir, me
sonsacó de mi casa; y llevandome á la de sus padres, con nombre de que
se queria casar conmigo, me robó cuanto tenia en un pinar, dexandome
atada á un pino en camisa; y pasando este caballero con cierta gente,
me desataron y llevaron á Sigüença; y el señor don Quixote, que es el
que viene armado (andaba en esto don Quixote enseñando á unos y á otros
las pinturas de su adarga, ufano de que tantos le mirasen), á quien
falta tanto de juizio cuanto le sobra de piedad, me hizo este vestido y
me compró esta mula en que llegase á Alcala, llamandome por todos los
lugares, caminos y ventas la reina Zenobia, y sacandome algunas vezes
á las plaças para defender, como él dize, mi hermosura, siendo tal
por mis pecados como vuesa señoria ve; y agora, queriendome quedar en
mi tierra, me ha persuadido á que venga á la corte, donde dize que ha
de matar á un hijo del rey de Cordoba, y á un gigante, que es rey de
Chipre, y que á mi me ha de hazer reina de aquel reino; y yo, por no
ser desagradecida á las mercedes que me ha hecho, he venido con él, con
intento de volver lo más presto que pudiere á mi tierra. Y mire vuesa
señoria si manda otra cosa; que me quiero ir; que parece que estos
señores que estan presentes se rien mucho, y podrian dar ocasion á don
Quixote con su risa á que, como loco, hiziese alguna necedad. Volvió
en esto la rienda á la mula, y fuese para donde don Quixote estaba; y
Sancho dixo al titular: Ya ve v. m., señor mio, como la señora Reina
es una buena persona, á quien Dios eche en aquellas partes en que más
della se sirva; y perdonenos si ella no tiene tan buen hocico como mi
amo ha dicho y v. m. merece; pues suya es la culpa, suya es la gran
culpa, porque yo le he dicho muchas vezes que por que no procuraba
que aquel persignum crucis que tiene en la cara, se le dieran en otra
parte, pues fuera mejor donde no se echara tanto de ver; y ella dize
que á quien dan no escoge; por tanto, v. m. se venga luego; que ya se
acerca la noche para cenar, y á fe que por la gracia de Dios no he
menester yo agora más mostaça ni perejil para hazello famosamente, que
el apetito que traigo. Con esto, sin más cortesia, començó á arrear
su asno, y fuese para donde estaba Barbara y don Quixote con toda
aquella gente, á la cual tenia suspensa con un largo razonamiento de
Rasura y Lain Calvo, diziendo que les habia conocido, y que era gente
muy honrada y para mucho; pero que ninguno dellos llegaba á su persona,
porque él era Rodrigo de Vivar, llamado por otro nombre el bravo Cid
Campeador. Oyole Sancho estas ultimas razones, y dixo: ¡Oh reniego de
cuantos Cides hay en toda la cideria! ¡Venga, señor! Pecador soy yo
á Dios; que estas pobres cabalgaduras estan de suerte que no pueden
echar la palabra del cuerpo, segun estan de cansadas y muertas de
hambre. ¡Que mal, oh Sancho, respondió don Quixote, conoces tú á este
caballo! Yo te juro que si le preguntases, y él te supiese responder,
cual quiere más, estar escuchando lo que yo digo de guerras, batallas
y noblezas de caballeros, ó media hanega de cebada, que él diria que
gusta sin comparacion más de que hable de aqui al dia del juizio, que
no de comer ni beber; y es cierto se estaria dias y noches escuchandome
con mucha atencion. Estando en esto, llegó un criado del titular
diziendo á don Quixote: Señor Caballero Desamorado, mi señor le suplica
se venga conmigo á su casa, porque quiere que v. m., la reina Zenobia y
su fiel escudero sean sus huespedes y convidados esta noche y en todos
los demas dias que á v. m. le plugiere, hasta que se remate el desafio
á que le tiene aplaçado. Señor caballero, respondió don Quixote, con
notable gusto iremos á servir al principe Perianeo: por tanto no hay
sino guiar hazia allá; que todos iremos siguiendo.