CAPITULO XXVII

Donde se prosiguen los sucesos de don Quixote con los representantes.

Admirados quedaron en sumo grado los comediantes de ver el estraño

genero de locura de don Quixote, y los disparates que ensartaba; pero

Sancho, que habia estado escuchando detras del autor todo lo que su amo

habia dicho, le dixo: Pues, señor Desamorado, ¿como va? Acá estamos

todos por la gracia de Dios. ¡Oh Sancho! dixo don Quixote, ¿qué hazes?

¿Hate hecho algun mal este nuestro enemigo? Ninguno, respondió Sancho;

si bien es verdad que me he visto ya casi con un asador en el rabo, en

que queria este señor moro asarme para comerme; pero hame perdonado

por ver me he tornado moro. ¿Qué dizes, Sancho? dixo don Quixote:

¡moro te has tornado!¿Es posible que tan gran necedad has hecho? Pues

pesie á las barbas del sacristan del Argamesilla, respondió Sancho,

¿no fuera peor que me comiera, y que despues no pudiera ser moro ni

cristiano? Calle; que yo me entiendo; escapemos una vez de aqui; que

luego despues verá lo que pasa. Entonzes el autor, apiadandose de las

congojas y trasudores en que veia á don Quixote, cansados ya de reir

los estudiantes, Barbara y toda la compañia, dixo: Agora sus, señor

caballero, no es ya tiempo de más disimular ni de traer encubierto lo

que es razon que se descubra; y asi habeis de saber, señor don Quixote,

que yo no soy el sabio vuestro contrario de ninguna manera; antes soy

un grande y fiel amigo vuestro, y cual tal siempre y en todas partes

he mirado y miro por vuestros negocios mejor que vos proprio, y agora

por probar vuestra prudencia y sufrimiento he hecho todo lo que habeis

visto: por tanto, dexenle todos luego, y huelgue y repose en este mi

castillo todo el tiempo que le pareciere; que para tales principes

y caballeros como él le tengo yo aparejado; y dadme ¡oh famosisimo

caballero andante! un abraço; que aqui estoy para serviros, y para

no hazeros daño alguno, como pensastes; y advertid que el venir aqui

vos y la gran reina Zenobia ha sido todo guiado por mi gran saber,

porque os importa infinito á vos y á vuestros servidores llegueis á

la gran corte del rey Catolico, en la cual os aguardan por momentos

un millon de principes, y de do habeis de salir con grande aplauso

y vitoria. Soltaronle en esos los moços, y el autor le abraçó, y

con él los compañeros hizieron lo mismo. Cuando don Quixote se vió

suelto, asombrado de como él le tenia por nigromantico, y lo que le

habia dicho, teniendolo todo por verdad, se levantó, y abiertos los

braços, se fue para él diziendo: Ya yo me maravillaba ¡oh sabio amigo!

que en tan grande trabajo y tribulacion como en la que agora me habia

puesto, dexasedes de favorecerme con vuestra prudentisima persona y

eficazes ardides: dadme esos braços, y tomad los mios, desmembradores

de robustos gigantes, y verdugos expertos de enemigos vuestros y

mios. Con esto todos le volvieron á abraçar con nuevas muestras de

alegria, y llegandose la muger del autor á ver el rostro de aquel loco,

á quien todos abraçaban, le dixo, considerada su ridicula figura:

Señor caballero, yo soy hija de aqueste grande sabio su amigo: mire

v. m. que si en algun tiempo hubiere menester su favor, ó si algun

gigante ó mago me llevare encantada, que no dexe de favorecerme en

todo caso; que aqui mi padre se lo pagará:--y aun (dixo otra de las

representantes, que estaba aparte riendo) le dexará entrar de balde

en la comedia, con solo medio real que le ponga en la mano. Respondió

don Quixote: No es menester, soberana señora, encargarme á mi lo que

á vuestro servicio toca, teniendo yo tantas obligaciones á vuestro

sabio padre; pero creedme, que aunque todo el universo se conjurase

contra vuestra beldad, y todos cuantos sabios y magos nacen en Egipto

viniesen á España para tocaros en un solo pelo de la cabeça, que

yo solo, dexado aparte el gran poder de vuestro padre, bastaria,

no sólo para defenderos y sacaros á pesar suyo de sus manos, sino

para poner en las vuestras sus alevosas y falsas cabeças. En esto le

llamó el autor diziendo: Señor caballero, ya la cena está aparejada

y las mesas puestas; y asi v. m. se sirva de venirnosla á honrar en

compañia mia y destos señores, porque despues tenemos que hazer un

negocio de importancia. Esto dixo porque pensaba ensayar en cenando

una comedia que habian estudiado para Alcala y la corte. Estaba Sancho

maravillado de ver á su amo libre de aquella prision, y tan alegre,

que llegandose al autor le dixo: ¡Ah señor sabio! esto de tornarme yo

moro, ya que su merced nos ha dado á conocer su valor, ¿ha de pasar

adelante? porque en Dios y en mi conciencia me parece que no lo puedo

ser de ninguna manera. Respondiole el autor diciendo: ¿Pues por que

no lo podeis ser? Porque quebrantaré, dixo él, cada dia la ley de

Mahoma, que manda no comer tocino ni beber vino; y soy tan bellaco

guardador deso, que en viendolo á mano, no dexaré de comer y beber

dello si me aspan. A esto respondió un clerigo que acaso se halló

en la venta: Si v. m., señor Sancho, ha prometido á este sabio mago

volverse moro, no se le dé nada de la promesa, pues yo, en virtud de

la bula de compesacion, le absuelvo asi della como de lo hecho; y lo

puedo hazer en su virtud, con sólo darle de penitencia que no coma ni

beba en tres dias enteros; y advierta que con sólo cumplir esta leve

penitencia se quedará tan cristiano como antes se estaba. Eso, señor

licenciado, no me lo mande, respondió Sancho, pues no digo tres dias,

pero aun tres horas no me atreveria á cumplir esa penitencia, aunque

supiese que me habian de quemar, no haziendolo: lo que v. m. me puede

recetar, si le parece, es que no duerma con los ojos abiertos, ni beba

con los dientes cerrados, ni traiga el sayo baxo la camisa, ni haga

mis necesidades atacado. Estas cosas, aunque tienen su dificultad,

yo le doy palabra de cumplillas, en Dios y mi conciencia. Llegaron

tras estas razones á sentarse á cenar á la mesa; y antes de hazello,

estando todos al rededor della en pie y quitados los sombreros, començó

el clerigo á echar la bendicion en latin, y començaron á cenar; y

dixo el autor: Sepan vs. ms., señores, que la causa por que Sancho

no se quitó la caperuça á la bendicion, es porque aun le han quedado

las reliquias de cuando era moro, si bien es verdad que aun está por

retaxar y circuncidar; pero he dilatado el hazello, porque lleno de

lagrimas me rogó denantes que le retaxase, si era forçoso hazello,

de la caperuça, y no de la parte en que de ordinario se ejecuta la

circuncision, por ser esa la de que su muger estaba más celosa, y de

quien le pedia más cuenta. Y tras esto fue contando todo lo que con

él le habia sucedido; y acabando de hazello con la cena, levantados

ya los manteles, prosiguió volviendose á don Quixote, y diziendole

como para hazerle fiesta en aquel su castillo habia mandado hazer una

comedia, en la cual entraba tambien él, y la que le dixo que era su

hija. Don Quixote se lo agradeció con mucho comedimiento; y sentandose

en el patio de la venta en compañia de Barbara, del clerigo, de los dos

estudiantes, y de Sancho y de los de la posada, començaron á ensayar

la grave comedia de El testimonio vengado, del insigne Lope de Vega

Carpio, en la cual un hijo levanta un testimonio á la Reina su madre en

ausencia del Rey, de que comete adulterio con cierto criado, instigado

del demonio, y agraviado de que le negase un caballo cordobes en cierta

ocasion de su gusto, guardando en negarle orden expreso que el Rey su

esposo le habia dado. Llegando pues la comedia á este paso, cuando don

Quixote vió á la muger del autor, á quien él tenia por su hija, tan

afligida, por hazer el personage de la Reina, á quien se levantaba el

testimonio, y por otra parte advirtió que no habia quien defendiese

su causa, se levantó con una repentina colera, diziendo: Esto es una

grandisima maldad, traicion y alevosia, que contra Dios y toda ley se

haze á la inocentisima y castisima señora reina; y aquel caballero que

tal testimonio le levanta, es traidor, fementido y alevoso, y por tal

le desafio y reto luego aqui á singular batalla, sin otras armas más

de las con que agora me hallo, que son sola espada. Y diziendo esto,

metió mano con increible furia, y començó á llamar al que levantaba el

testimonio, que era un buen representante, el cual riendose con todos

los demas de la necia colera de don Quixote, se puso en medio con

su espada desnuda, diziendole que aceptaba la batalla para la corte

delante de su magestad, con solos veinte dias de plaço; y mirando si

hallaba alguna cosa por alli que dalle en gaje, vió arrimada á un poste

de la venta una albarda, y sobre della un ataharre, y tomandole medio

riendo, se le arrojó diziendo: Alçad, caballero cobarde, esa mi rica

y preciada liga, en gaje y señal de que sea nuestra batalla delante

de su magestad para el tiempo que tengo dicho. Don Quixote se abaxó y

la tomó en la mano; y como vió que del hazello se reian todos, dixo:

No es de valientes principes reirse de que un traidor y alevoso como

este tenga animo para hazer batalla conmigo; antes habian de llorar,

viendo á la señora reina tan afligida, aunque su ventura ha sido no

poca en haberme hallado yo presente en tal trance, para que semejante

traicion no pase adelante. Y volviendo la cabeça dixo á Sancho: ¡Oh

mi fiel escudero! toma esta preciada liga del hijo del Rey, y metela

en nuestra maleta hasta de hoy en veinte dias; que tengo de matar á

este alevoso principe que tal testimonio ha levantado á mi señora la

Reina. Sancho la tomó y dixo á su amo: ¿Para que quiere v. m. que

metamos este ataharre en la maleta entre la ropa blanca, estando tan

sucio? Dele al diablo; que yo le ataré en la cincha del rucio, y alli

irá hasta que topemos cuyo es. ¡Oh necio! dixo don Quixote, ¡y eso

llamas ataharre! Pues ¿que diablos, dixo Sancho, es, sino ataharre?

¿No ves, animalazo, replicó don Quixote, que es una riquisima liga

del hijo del Rey, como lo dizen estos rapacejos de oro, de cada uno

de los cuales cuelga una esmeralda ó un rubi ó un diamante? Lo que yo

veo aqui, respondió Sancho, si no estoy borracho, es una empleita de

esparto con dos cordeles á los cabos, harto sucios, y sirve de ataharre

de algun jumento. ¿Hay tal locura semejante, dixo don Quixote, como

la de este escudero, que una liga de tafetan doble, encarnado, diga

que es ataharre? Digo, respondió Sancho, una y docientas vezes que

es tan ataharre como mi agüelo: no tiene que porfiar. Maravillaronse

todos de la porfia del amo y del criado sobre el ataharre; y llegando

el autor, le tomó en la mano diziendo: Señor Sancho, mire v. m. bien

lo que dize y abra los ojos; que este ataharre, para lo deste mundo

es liga, y de grandisimo valor; para lo del otro, no digo nada. Ello

será lo que yo digo, respondió Sancho; que no soy ciego, y tengo

gastados más ataharres destos, que hay estrellas en el limbo. En esto

salió un labrador de la caballeriza, cuya era la albarda y ataharre, y

llegandose á Sancho le dixo: Hermano, dad acá mi ataharre; que no está

ahi para que vos os alçeis con él. Holgó Sancho infinito de oir esto; y

volviendose lleno de risa á los circunstantes, les dixo: ¡Bendito sea

Dios, señores, que estaran contentos! A fe que agora, aunque les pese,

han de confesar mi buen juizio, pues ven que acerté de la primera vez

que este era ataharre, cosa en que jamas supieron caer tantos y tan

buenos entendimientos. Y diziendo esto, dió el ataharre al labrador,

lo cual viendolo don Quixote, se llegó á él, y tirando reciamente, se

le quitó diziendo: ¡Ah villano soez! ¿y de cuando acá fuiste tú digno

de traer una tan preciada liga como esta, ni todo tu çafio linage?

Tras lo cual se le iba á meter en la faltriquera; pero impedioselo el

labrador, que no sabia de burlas, asiendole del braço, y porfiando don

Quixote que se lo contradezia. El labrador, en fin, como era hombre

membrudo y de fuerça, y esas le faltaban á don Quixote, por estar tan

flaco, pudo darle un empellon tal en los pechos, que le hizo caer con

él de espaldas, y saltandole encima, le quitó por fuerça el ataharre

de la mano. Llegó Sancho en esto á ayudar á su amo, dando dos ó tres

crueles moxicones en la cabeça al labrador, el cual revolviendo hecho

un leon contra Sancho, le cinchó dos ó tres vezes el ataharre por

la cara. La risa de los comediantes era notable, grande la prisa de

los estudiantes en despartilles, notable la diligencia de Barbara en

ayudar á levantar á don Quixote, cuya colera era infinita, y mayor

el sufrimiento del pobre Sancho, el cual puesta la mano sobre las

narizes, de las cuales le salia mucha sangre, por haberle alcançado

el labrador con el ataharre en ellas, començó á ir furioso tras él

hazia la caballeriza diziendo: Aguarda, aguarda, descomunal arriero,

y verás si te hago confesar, mal que te pese, que eres mejor que yo,

con ser un grandisimo bellaco, puto y hijo de otro tal. Don Quixote

le dió vozes diziendo: Vuelvete, hijo Sancho, y dexale ir; que harto

trabajo lleva consigo, pues como infame ha huido de la batalla sin osar

atendernos; pero ¿qué ha de osar atender un sandio tal cual él es? Y ya

te he dicho muchas vezes que al enemigo que huye, la puente de plata;

y si nos lleva la preciada liga, no hay que espantar dello; porque

muchos ladrones, yo he leido en libros, que han robado á caballeros

andantes no sólo sus preciados caballos, sino tambien sus ricas armas,

ropa y joyas. No me espanto del hurto, dixo Sancho; que avezado está

v. m. á que ladrones se le atrevan á hurtar joyas preciosas; que ya en

Çaragoça otro me hurtó de las manos, con las uñas de las suyas, las

reales agujetas del ave fetrix, ó como se llama, que v. m. ganó por

su buena lança en la sortija. Encolerizose don Quixote desta nueva,

diziendo: Pues, ¿como villano, si tal pasó, no me lo dixiste luego

alli, para que hiziera añicos, al ladron atrevido? Por ahorrar de

pesadumbre á v. m., respondió Sancho, lo he callado, y por temor de que

no le causase alguna pasacolera el enojo; pero baste el que he tenido

por ello, y las lagrimas que me han costado las negras agujetas. Y

diziendo esto començó á llorar, repitiendo: ¡Ay agujetas de mi anima!

¡desdichada de la madre que os parió, pues tal desgracia ha visto

pasar por vosotras! No os olvideis, os ruego, por las entrañas de

Cristo, deste vuestro fiel y leal servidor, pues yo mientras viviere

no me olvidaré de vosotras ni de vuestra bonisima condicion. ¡Asi mal

provecho le hagan al ladron vuestra dulzura y sabor! Acallole don

Quixote, dandose por pagado de sus lagrimas y del perdon que tras

ellas le pidió por la perdida; y saliendo de su asiento el autor,

lleno de risa, le tomó por la mano y le dixo: V. m., señor caballero,

lo ha hecho muy bien en esta batalla, y asi tras ella será razon nos

vamos á acostar, por ser ya tarde y estar v. m. cansado; y quedese la

comedia en este punto. Y llevandole con Sancho á un mal aposento que

les habia prevenido, no se quiso salir dél hasta que los dexó á ambos

acostados y cerrados, temiendo no echasen sus moços al pobre de Sancho

una melecina de agua fria, como sabia lo tenian pensado. Llegada la

mañana, se salió sin dezirles nada, por consejo de los estudiantes,

el autor con toda su compañia, de la venta, y se fue para Alcala.

Levantose algo tarde, por el cansancio de las pendencias pasadas, don

Quixote, abriendole la puerta el ventero; y la primer cosa que hizo

en despertar fue preguntar á Sancho por la reina Zenobia, y si la

habian dado cama y todo recado la noche pasada, con la decencia que

su real persona merecia. Yo, señor, respondió Sancho, como estuve tan

ocupado en la sangrienta batalla que tuvimos con aquel que nos hurtó

el ataharre ó liga, ó como es su gracia, no me acordé della más que

si no fuera reina; pero á lo que entendi, dos moços de aquellos de los

representantes la hizieron merced de llevarla consigo, con no poco

gusto della, por no dar que dezir á malas lenguas. Estando en esto,

subió Barbara con los estudiantes adonde estaba don Quixote y Sancho,

diziendo: Muy buenos dias tenga la flor de los caballeros: ¿como le

ha ido á v. m. esta noche? ¡Oh señora reina! respondió don Quixote,

la v. m. perdone el descuido que con su real persona esta noche se ha

tenido, porque la culpa tiene el negligente Sancho, que, teniendole

mandado que ande siempre delante de v. m. para ver lo que se le antoja,

mirandola á la cara, se ha descuidado, de puro molido de las batallas

pasadas, segun agora me acababa de dezir. A esto respondió Sancho: Yo,

señor, harto la miro á la cara; pero como la tiene tan bellaca, todas

las vezes que la miro y la veo con aquel sepan cuantos en ella, me

provoca á dezirle, «cocale, marta,» cancion que dezian los niños á una

mona vieja que estos años atras tenia en la puerta de su casa el cura

de nuestro lugar. ¡Malos dias vivas, respondió Barbara, y no llegues,

bellaconazo, á los mios, plegue á Cristo! pero calla; que á fe no lo

vayas á penar al otro mundo; que hartas pesadumbres sé yo dar de noche

á otros más agudos que tú, y en manos está el pandero que le sabran

bien tañer. Los estudiantes dixeron á Sancho: Señor Sancho, no moleste

v. m. á la señora Reina, que sabe hazer lo que dize, mejor de obras

que de palabras. ¿Para qué, diga, quiere verse alguna noche volando

por las chimeneas entre vasares, platos y asadores, donde se vea y se

desee, y llore el no haber querido obedecerla? Pues si ella, respondió

Sancho, me haze volar por los vasares, yo me quexaré á quien por toda

su vida le haga bogar en las galeras. ¿Pues no ve v. m., replicó el

uno de los estudiantes, que las mugeres no reman? ¿Y que se me da á

mí que no remen? respondió Sancho; basta que si ella no remare, á lo

menos servirá de dar refresco á la chusma; que para eso yo sé que no

le faltará gracia; y estando alli con más comodidad, podrá parecerse

de veras en todo á las nubes, ya que por muger en algo les haya de

parecer. ¿Pues en qué, dixo el estudiante, les ha de parecer, ó como

les parece en todo? Respondió Sancho: En que cargará en la mar, como

hazen las nubes, lo que despues á pura fuerça de truenos y relampagos,

descargará en lluvia sobre la tierra; que eso hará si se empreñare

en el agua, pues á fuerça de gritos y suspiros, habrá despues de

vaziar su cargaçon; que en lo demas, llano es que todas las mugeres se

parecen á las nubes, de las cuales por experiencia sabemos donde y

como descargan, lo mismo que ignoramos donde y como se entró en ellas.

Rieron los estudiantes y la misma Barbara de la astrologa aplicacion

de Sancho; pero don Quixote, que no tenia de risible más que la nariz

y potencia remota, dixo con despego y zuño á Barbara: La v. m. no haga

caso ya más de lo que dixere este necio, pues lo es tanto, que jamas

dirá sino badajadas: lo que por agora importa es que tratemos de partir

de aqui; porque hoy pretendo entrar en la corte, si no es que se me

ofrezca en contrario alguna forçosa ocupacion y peligrosa aventura

que me detenga en Alcala. Y llamando al huesped, remató con él las

cuentas con solo agradecerle el hospedaje, y fuele facil salir de su

venta él y sus compañeros con tan ligera paga, por haberla ya hecho

cumplida por todos el autor de la dicha compañia, apiadado de la locura

de don Quixote y simplicidad de su escudero, y dandose por pagado con

los malos ratos que les habia dado, y buenos y entretenidos que él y

su compañia habian recebido. Subió don Quixote en Rocinante, armado

como solia, Sancho en su rucio, y Barbara en su mula, quedandose los

estudiantes atras, por estar ya tan cerca de Alcala, do por su honra

no quisieron entrar acompañados de compañia tan ocasionada para vayas

y fisgas y matracas, como la de don Quixote, á quien dixo Barbara en

començando á caminar: Señor caballero, v. m. me la ha hecho muy grande

en haberme traido desde Sigüença hasta aqui, y en haberme vestido, dado

de comer y cabalgadura, como si fuera una hermana suya; pero si v. m.

no me manda otra cosa, yo determino quedarme aqui en Alcala, que es mi

patria, do si en alguna cosa le pudiere servir, lo haré, mandandome

con la voluntad que diran las obras. Señora reina Zenobia, respondió

don Quixote, mucho me maravillo de oir tal resolucion á persona tan

discreta, y que ha hecho tantos, tan grandes y peligrosos caminos por

reinos incognitos solo por hallarme, obligada de la fama de mi valor y

persona. ¡Como es posible que agora que tiene mi compañia, que tanto ha

deseado y procurado, que la quiera asi dexar, no reparando en lo mucho

que he hecho y pienso hazer en su servicio, ni en las desgracias que

se le pueden ofrecer, atreviendosele sus enemigos y rebeldes vasallos,

sin el respeto debido al gran valor de su persona, viendola fuera de

mi amparo y lado! Por evitar pues estos y otros mayores inconvenientes

que se le pueden ofrecer, suplico á la v. m. cuan encarecidamente

puedo, se venga conmigo hasta la corte; que no pasaremos della en

muchos dias, atento que sabiendo los grandes mi llegada, es fuerça me

detengan, regalandome á porfia por honrarse de mi lado y aprender

cosas militares; y alli verá v. m. lo que en su servicio hago; y

despues que hubiere muerto al rey de Chipre, Bramidan de Tajayunque,

con quien tengo aplaçada la batalla, y al otro hijo del rey de Cordoba,

que ayer levantó aquel grave falso testimonio á su madre, quedará á la

eleccion de v. m. el irse á Chipre ó quedarse en la corte de España;

y asi por amor de mí se ha de hazer lo que agora suplico. Sancho, que

oyó lo que don Quixote habia dicho á Barbara, se llegó á él con mucha

colera diziendo: Par diez, señor, que yo no sé para que quiere que

llevemos con nosotros á la señora Reina; mucho mejor será que se quede

aqui en su lugar; que tanto nos ahorraremos. ¿Para que queremos llevar

con ella costa sin ningun provecho? ¡Gentil carga de basura para entrar

cargados de ella en la corte! Dela á Lucifer y no la ruegue más; que

el ruin, cuando le ruegan luego se ensancha; y no nos faltará sin ella

la misericordia de Dios. ¡Mirad que cuerpo, non de Judas Escariote,

con ella y con quien le parió y nos la dió á conocer! Pues á fe que

si se me suben las narizes á la mostaça y comienço á desbotricar, que

no sea mucho, estandose en su tierra, que la haga echar por la boca y

narizes más mocos y gargajos que echa un ahorcado en el rollo. Estanle

aqui haziendo á la muy cotorrera mil regalos y servicios, llamandola

reina y princesa, siendo lo que ella se sabe, como aquellos estudiantes

han dicho, ¡y agora se nos haze de pencas! Paguenos la saya y sayuelo

colorado y la mula y lo que nos ha hecho de costa, y adios, que me

mudo; ó como dize Aristoteles, alon, que pinta la uva; y á fe que si yo

fuera que mi señor, que se lo habia de quitar todo á moxicones, pues no

me conoce bien. ¡Oh villano! dixo don Quixote, y ¿quien te mete á tí

con la señora Reina? ¿Mereces tú, por ventura, descalçarle su pequeño

çapato? ¡Pequeño! respondió Sancho: en Sigüença me dixo suplicase á v.

m. la comprase un par de çapatos, y preguntandole yo cuantos puntos

calçaba, me respondió que entre quinze y diez y nueve, poco más.--¿Pues

no ves, insensato, que las amazonas son gente varonil, y como andan

siempre en las lides, no son tan delicadas y hermosas de pies como las

damas de la corte, que se estan en sus estrados regaladas y ociosas,

con que son más tiernas y femeniles que las valerosas amazonas? Con no

poca resolucion replicó Barbara á las malicias de Sancho, de que estaba

ofendida, diziendo: No pensaba, señor don Quixote, pasar de aqui; pero

por saber que doy á v. m. contento y hago rabiar á este bellaco de

Sancho, quiero llegar hasta Madrid, y alli servir á v. m. en cuanto

me mandare, á pesar deste villano harto de ajos. ¿Villano? respondió

Sancho; villano sea yo delante de Dios; que para lo deste mundo importa

poco serlo ó dexarlo de ser; pero es grandisima mentira dezir eso otro,

de que estoy harto de ajos, pues no comi esta mañana en la venta sino

cinco cabeças dellos que el ladron del ventero me dió por un cuarto:

¡miren si me habia de hartar con ellas! Mas dexando esto aparte, digame

por su vida, señora reina, ¿cual es peor? ¿haber estado ella esta noche

con aquellos dos moços de los comediantes, y almorzar con ellos esta

mañana una gentil asadura frita, bebiendose con ella dos azumbres de

vino, como dixo el ventero que ha hecho su merced, ó comer yo cinco

cabeças de ajos crudos? Hermano, respondió Barbara, si estuve con ellos

no fue por hazer mal á nadie; que libre soy como el cuclillo, y no

tengo marido á quien dar cuenta, gracias á Domino Dio: et vivit Domine;

que más lo hize porque hazia un poco de fresco que no por bellaqueria,

como vos sospechais, que sois un grandisimo malicioso. ¿Malicioso me

llamais? replicó Sancho; á fe que no me lo osarades vos dezir detras

como me lo dezis delante; pero vaya; que más longaniças hay que días, y

bien sabemos aqui mamarnos el dedo, aunque bobos.

El Quijote apócrifo · 第 42 / 58 题