Respondió él riendo: "¡Hideputa!"

Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije

entre mí:

"¡Cuántos debe de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven

a sí mesmos!"

Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se

llamaba, llegó a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse que la

mitad por medio de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y

salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los

caballos hacía perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias

desherraba, y con todo esto acudía a mi madre para criar a mi

hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno

hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de

otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto. Y

probósele cuanto digo y aun más, porque a mí con amenazas me

preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía con miedo,

hasta ciertas herraduras que pormandado de mi madre a un herrero vendí.

Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron

pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa del

sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado Zaide en la suya

acogiese.

Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la

sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se fue a

servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y allí,

padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que

supo andar, y a mí hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por

vino y candelas y por lo demás que me mandaban.

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole

que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó

a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar

la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no

saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y

mirase por mí, pues era huérfano. Él le respondió que así lo haría, y

que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y

adestrar a mi nuevo y viejo amo.

Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no

era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos

hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su

bendición y dijo:

"Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe.

Criado te he y con buen amo te he puesto. Válete por ti."

Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca,

y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra,

que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del

animal, y allí puesto, me dijo:

"Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro dél."

Yo simplemente llegué, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la

cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran

calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor

de la cornada, y díjome:

"Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el

diablo", y rió mucho la burla.

Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como

niño dormido estaba. Dije entre mí:

"Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy,

y pensar cómo me sepa valer."

Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y

como me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y decía:

"Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te

mostraré."

Y fue ansí, que después de Dios éste me dio la vida, y siendo ciego me

alumbró y adestró en la carrera de vivir. Huelgo de contar a V.M. estas

niñerías para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo

bajos, y dejarse bajar siendo altos cuánto vicio.

Pues tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, V.M. sepa que

desde que Dios crió el mundo, ninguno formó más astuto ni sagaz. En su

oficio era un águila; ciento y tantas oraciones sabía de coro: un tono

bajo, reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde rezaba,

un rostro humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando

rezaba, sin hacer gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen

hacer. Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar el

dinero. Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para

mujeres que no parían, para las que estaban de parto, para las que eran

malcasadas, que sus maridos las quisiesen bien; echaba pronósticos a

las preñadas, si traía hijo o hija. Pues en caso de medicina, decía que

Galeno no supo la mitad que él para muela, desmayos, males de madre.

Finalmente, nadie le decía padecer alguna pasión, que luego no le

decía: "Haced esto, hareís estotro, cosed tal yerba, tomad tal raíz."

Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente mujeres, que

cuanto les decían creían. Destas sacaba él grandes provechos con las

artes que digo, y ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.

Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo lo que

adquiría, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi, tanto que me

mataba a mí de hambre, y así no me demediaba de lo necesario. Digo

verdad: si con mi sotileza y buenas mañas no me supiera remediar,

muchas veces me finara de hambre; mas con todo su saber y aviso le

contaminaba de tal suerte que siempre, o las más veces, me cabía lo más

y mejor. Para esto le hacía burlas endiabladas, de las cuales contaré

algunas, aunque no todas a mi salvo.

Él traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo que por

la boca se cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y

al meter de todas las cosas y sacallas, era con tan gran vigilancia y

tanto por contadero, que no bastaba hombre en todo el mundo hacerle

menos una migaja; mas yo tomaba aquella laceria que él me daba, la cual

en menos de dos bocados era despachada. Después que cerraba el candado

y se descuidaba pensando que yo estaba entendiendo en otras cosas, por

un poco de costura, que muchas veces del un lado del fardel descosía y

tornaba a coser, sangraba el avariento fardel, sacando no por tasa pan,

mas buenos pedazos, torreznos y longaniza; y ansí buscaba conveniente

tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada falta que el mal

ciego me faltaba. Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias

blancas; y cuando le mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía

de vista, no había el que se la daba amagado con ella, cuando yo la

tenía lanzada en la boca y la media aparejada, que por presto que él

echaba la mano, ya iba de mi cambio aniquilada en la mitad del justo

precio. Quejábaseme el mal ciego, porque al tiento luego conocía y

sentía que no era blanca entera, y decía:

"¿Qué diablo es esto, que después que conmigo estás no me dan sino

medias blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces me

pagaban? En ti debe estar esta desdicha."

También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa,

porque me tenía mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le

tirase por el cabo del capuz. Yo así lo hacía. Luego él tornaba a dar

voces, diciendo: "¿Mandan rezar tal y tal oración?", como suelen decir.

Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos, y yo muy de

presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale a su lugar.

Mas turóme poco, que en los tragos conocía la falta, y por reservar su

vino a salvo nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía por el

asa asido; mas no había piedra imán que así trajese a sí como yo con

una paja larga de centeno, que para aquel menester tenía hecha, la cual

metiéndola en la boca del jarro, chupando el vino lo dejaba a buenas

noches. Mas como fuese el traidor tan astuto, pienso que me sintió, y

dende en adelante mudó propósito, y asentaba su jarro entre las

piernas, y atapábale con la mano, y ansí bebía seguro. Yo, como estaba

hecho al vino, moría por él, y viendo que aquel remedio de la paja no

me aprovechaba ni valía, acordé en el suelo del jarro hacerle una

fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una muy delgada

tortilla de cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío,

entrábame entre las piernas del triste ciego a calentarme en la

pobrecilla lumbre que teníamos, y al calor della luego derretida la

cera, por ser muy poca, comenzaba la fuentecilla a destillarme en la

boca, la cual yo de tal manera ponía que maldita la gota se perdía.

Cuando el pobreto iba a beber, no hallaba nada: espantábase, maldecía,

daba al diablo el jarro y el vino, no sabiendo qué podía ser.

"No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-, pues no le quitáis de la

mano."

Tantas vueltas y tiento dio al jarro, que halló la fuente y cayó en la

burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido, y luego otro

día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía, no pensando en el daño

que me estaba aparejado ni que el mal ciego me sentía, sentéme como

solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia

el cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor,

sintió el desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí

venganza y con toda su fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y

amargo jarro, le dejó caer sobre mi boca, ayudándose, como digo, con

todo su poder, de manera que el pobre Lázaro, que de nada desto se

guardaba, antes, como otras veces, estaba descuidado y gozoso,

verdaderamente me pareció que el cielo, con todo lo que en él hay, me

había caído encima. Fué tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de

sentido, y el jarrazo tan grande, que los pedazos dél se me metieron

por la cara, rompiéndomela por muchas partes, y me quebró los dientes,

sin los cuales hasta hoy día me quedé.

Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería y

regalaba y me curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo.

Lavóme con vino las roturas que con los pedazos del jarro me había

hecho, y sonriéndose decía: "¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó

te sana y da salud", y otros donaires que a mi

gusto no lo eran.

Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando

que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí, quise yo

ahorrar dél; mas no lo hice tan presto por hacello más a mi salvo y

provecho. Y aunque yo quisiera asentar mi corazón y perdonalle el

jarrazo, no daba lugar el maltratamiento que el mal ciego dende allí

adelante me hacía, que sin causa ni razón me hería, dándome coxcorrones

y repelándome. Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego

contaba el cuento del jarro, diciendo:

"¿Pensaréis que este mi mozo es algún inocente? Pues oíd si el demonio

ensayara otra tal hazaña."

Santiguándose los que lo oían, decían: "¡Mirá, quién pensara de un

muchacho tan pequeño tal ruindad!", y reían mucho el artificio, y

decíanle: "Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis."

Y él con aquello nunca otra cosa hacía. Y en esto yo siempre le llevaba

por los peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño: si había

piedras, por ellas, si lodo, por lo más alto; que aunque yo no iba por

lo más enjuto, holgábame a mí de quebrar un ojo por quebrar dos al que

ninguno tenía. Con esto siempre con el cabo alto del tiento me atentaba

el colodrillo, el cual siempre traía lleno de tolondrones y pelado de

sus manos; y aunque yo juraba no lo hacer con malicia, sino por no

hallar mejor camino, no me aprovechaba ni me creía más: tal era el

sentido y el grandísimo entendimiento del traidor.

Y porque vea V.M. a cuánto se estendía el ingenio deste astuto ciego,

contaré un caso de muchos que con él me acaecieron, en el cual me

parece dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de

Salamanca, su motivo fue venir a tierra de Toledo, porque decía ser la

gente más rica, aunque no muy limosnera. Arrimábase a este refrán: "Más

da el duro que el desnudo." Y venimos a este camino por los mejores

lugares. Donde hallaba buena acogida y ganancia, deteníamonos; donde

no, a tercero día hacíamos Sant Juan.

Acaeció que llegando a un lugar que llaman Almorox, al tiempo que

cogían las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna, y

como suelen ir los cestos maltratados y también porque la uva en aquel

tiempo está muy madura, desgranábasele el racimo en la mano; para

echarlo en el fardel tornábase mosto, y lo que a él se llegaba. Acordó

de hacer un banquete, ansí por no lo poder llevar como por contentarme,

que aquel día me había dado muchos rodillazos y golpes. Sentámonos en

un valladar y dijo:

"Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que ambos

comamos este racimo de uvas, y que hayas dél tanta parte como yo.

Partillo hemos desta manera:

tú picarás una vez y yo otra; con tal que me prometas no tomar cada vez

más de una uva, yo haré lo mesmo hasta que lo acabemos, y desta suerte

no habrá engaño."

Hecho ansí el concierto, comenzamos; mas luego al segundo lance; el

traidor mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos, considerando

que yo debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la postura, no me

contenté ir a la par con él, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres

a tres, y como podía las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con

el escobajo en la mano y meneando la cabeza dijo:

"Lázaro, engañado me has: juraré yo a Dios que has tú comido las uvas

tres a tres."

"No comí -dije yo- mas ¿por qué sospecháis eso?"

Respondió el sagacísimo ciego:

"¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres? En que comía yo dos a

dos y callabas."{, a lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos ansí por

debajo de unos soportales en Escalona, adonde a la sazón estábamos en

casa de un zapatero, había muchas sogas y otras cosas que de esparto se

hacen, y parte dellas dieron a mi amo en la cabeza; el cual, alzando la

mano, tocó en ellas, y viendo lo que era díjome:

"Anda presto, mochacho; salgamos de entre tan mal manjar, que ahoga sin

comerlo."

Yo, que bien descuidado iba de aquello, miré lo que era, y como no vi

sino sogas y cinchas, que no era cosa de comer, díjele:

"Tío, ¿por qué decís eso?"

Respondióme:

"Calla, sobrino; según las mañas que llevas, lo sabrás y verás como

digo verdad."

Y ansí pasamos adelante por el mismo portal y llegamos a un mesón, a la

puerta del cual había muchos cuernos en la pared, donde ataban los

recueros sus bestias. Y como iba tentando si era allí el mesón, adonde

él rezaba cada día por la mesonera la oración de la emparedada, asió de

un cuerno, y con un gran sospiro dijo:

"¡O mala cosa, peor que tienes la hechura! ¡De cuántos eres deseado

poner tu nombre sobre cabeza ajena y de cuán pocos tenerte ni aun oír

tu nombre, por ninguna vía!"

Como le oí lo que decía, dije:

"Tío, ¿qué es eso que decís?"

"Calla, sobrino, que algún día te dará éste, que en la mano tengo,

alguna mala comida y cena."

"No le comeré yo -dije- y no me la dará."

"Yo te digo verdad; si no, verlo has, si vives."

Y ansí pasamos adelante hasta la puerta del mesón, adonde pluguiere a

Dios nunca allá llegáramos, según lo que me sucedía en él.

Era todo lo más que rezaba por mesoneras y por bodegoneras y turroneras

y rameras y ansí por semejantes mujercillas, que por hombre casi nunca

le vi decir oración.}

Reíme entre mí, y aunque mochacho noté mucho la discreta consideración

del ciego.

Mas por no ser prolijo dejo de contar muchas cosas, así graciosas como

de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir el

despidiente y con él acabar.

Estábamos en Escalona, villa del duque della, en un mesón, y dióme un

pedazo de longaniza que la asase. Ya que la longaniza había pringado y

comídose las pringadas, sacó un maravedí de la bolsa y mandó que fuese

por él de vino a la taberna. Púsome el demonio el aparejo delante los

ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que había cabe

el fuego un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser

para la olla, debió ser echado allí. Y como al presente nadie estuviese

sino él y yo solos, como me vi con apetito goloso, habiéndome puesto

dentro el sabroso olor de la longaniza, del cual solamente sabía que

había de gozar, no mirando qué me podría suceder, pospuesto todo el

temor por cumplir con el deseo, en tanto que el ciego sacaba de la

bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí el sobredicho

nabo en el asador, el cual mi amo, dándome el dinero para el vino, tomó

y comenzó a dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido

por sus deméritos había escapado.

Yo fui por el vino, con el cual no tardé en despachar la longaniza, y

cuando vine hallé al pecador del ciego que tenía entre dos rebanadas

apretado el nabo, al cual aún no había conocido por no lo haber tentado

con la mano. Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando

también llevar parte de la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo.

Alteróse y dijo:

"¿Qué es esto, Lazarillo?"

"¡Lacerado de mí! -dije yo-. ¿Si queréis a mí échar algo? ¿Yo no vengo

de traer el vino? Alguno estaba ahí, y por burlar haría esto."

"No, no -dijo él-, que yo no he dejado el asador de la mano; no es

posible "

Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco y cambio;

mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego nada se le

escondía. Levantóse y asióme por la cabeza, y llegóse a olerme; y como

debió sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse

de la verdad, y con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las

manos, abríame la boca más de su derecho y desatentadamente metía la

nariz, la cual él tenía luenga y afilada, y a aquella sazón con el

enojo se habían augmentado un palmo, con el pico de la cual me llegó a

la gulilla. Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad

del tiempo, la negra longaniza aún no había hecho asiento en el

estómago, y lo más principal, con el destiento de la cumplidísima nariz

medio cuasi ahogándome, todas estas cosas se juntaron y fueron causa

que el hecho y golosina se manifestase y lo suyo fuese devuelto a su

dueño: de manera que antes que el mal ciego sacase de mi boca su

trompa, tal alteración sintió mi estómago que le dio con el hurto en

ella, de suerte que su nariz y la negra malmaxcada longaniza a un

tiempo salieron de mi boca.

¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado, que muerto ya

lo estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no

acudieran, pienso no me dejara con la vida. Sacáronme de entre sus

manos, dejándoselas llenas de aquellos pocos cabellos que tenía,

arañada la cara y rascuñado el pescuezo y la garganta; y esto bien lo

merecía, pues por su maldad me venían tantas persecuciones.

Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y

dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del

racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande que

toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con

tanta gracia y donaire recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo

estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en

no se las reír.

Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía y flojedad

que hice, por que me maldecía, y fue no dejalle sin narices, pues tan

buen tiempo tuve para ello que la meitad del camino estaba andado; que

con sólo apretar los dientes se me quedaran en casa, y con ser de aquel

malvado, por ventura lo retuviera mejor mi estómago que retuvo la

longaniza, y no pareciendo ellas pudiera negar la demanda. Pluguiera a

Dios que lo hubiera hecho, que eso fuera así que así. Hiciéronnos

amigos la mesonera y los que allí estaban, y con el vino que para beber

le había traído, laváronme la cara y la garganta, sobre lo cual

discantaba el mal ciego donaires, diciendo:

"Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios al cabo del año

que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en más cargo al vino que a

tu padre, porque él una vez te engendró, mas el vino mil te ha dado la

vida."

Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado y harpado la cara,

y con vino luego sanaba.

"Yo te digo -dijo- que si un hombre en el mundo ha de ser

bienaventurado con vino, que serás tú."

Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba. Mas el

pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después acá muchas veces me

acuerdo de aquel hombre, que sin duda debía tener spíritu de profecía,

y me pesa de los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué,

considerando lo que aquel día me dijo salirme tan verdadero como

adelante V.M. oirá.

Visto esto y las malas burlas que el ciego burlaba de mí, determiné de

todo en todo dejalle, y como lo traía pensado y lo tenía en voluntad,

con este postrer juego que me hizo afirmélo más. Y fue ansí, que luego

otro día salimos por la villa a pedir limosna, y había llovido mucho la

noche antes; y porque el día también llovía, y andaba rezando debajo de

unos portales que en aquel pueblo había, donde no nos mojamos; mas como

la noche se venía y el llover no cesaba, dijóme el ciego:

"Lázaro, esta agua es muy porfiada, y cuanto la noche más cierra, más

recia. Acojámonos a la posada con tiempo."

Para ir allá, habíamos de pasar un arroyo que con la mucha agua iba

grande. Yo le dije:

"Tío, el arroyo va muy ancho; mas si queréis, yo veo por donde

travesemos más aína sin nos mojar, porque se estrecha allí mucho, y

saltando pasaremos a pie enjuto."

Parecióle buen consejo y dijo:

"Discreto eres; por esto te quiero bien. Llévame a ese lugar donde el

arroyo se ensangosta, que agora es invierno y sabe mal el agua, y más

llevar los pies mojados."

Yo, que vi el aparejo a mi deseo, saquéle debajo de los portales, y

llevélo derecho de un pilar o poste de piedra que en la plaza estaba,

sobre la cual y sobre otros cargaban saledizos de aquellas casas, y

dígole:

"Tio, éste es el paso más angosto que en el arroyo hay."

Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la priesa que

llevábamos de salir del agua que encima de nos caía, y lo más

principal, porque Dios le cegó aquella hora el entendimiento (fue por

darme dél venganza), creyóse de mí y dijo:

"Ponme bien derecho, y salta tú el arroyo."

Yo le puse bien derecho enfrente del pilar, y doy un salto y póngome

detrás del poste como quien espera tope de toro, y díjele:

"¡Sus! Saltá todo lo que podáis, porque deis deste cabo del agua."

Aun apenas lo había acabado de decir cuando se abalanza el pobre ciego

como cabrón, y de toda su fuerza arremete, tomando un paso atrás de la

corrida para hacer mayor salto, y da con la cabeza en el poste, que

sonó tan recio como si diera con una gran calabaza, y cayó luego para

atrás, medio muerto y hendida la cabeza.

"¿Cómo, y olistes la longaniza y no el poste? ¡Olé! ¡Olé! -le dije yo.

Y dejéle en poder de mucha gente que lo había ido a socorrer, y tomé la

puerta de la villa en los pies de un trote, y antes que la noche

viniese di conmigo en Torrijos. No supe más lo que Dios dél hizo, ni

curé de lo saber.

Vida De Lazarillo De Tormes Y De Sus Fortunas Y Adversidades · 第 6 / 18 题