CUADRO SEGUNDO

La misma decoración del cuadro primero. Manolita sola, entrando en el

cuarto del teléfono y cerrando al entrar. (A fin de no repetir

acotaciones, se confía en la capacidad de quien lea o recite este

soliloquio para distinguir por el sentido, cuando Manolita se dirige al

público como si hablase para sí, y cuando se acerca al teléfono y habla

por él).

Hoy estoy muy mal de salud. Estoy furiosa. Mamá, sin creer en mi mal, se

largó tranquilamente a su tertulia. Como no comí a la mesa, a poco de

irse mamá tuve mucha hambre y vengo de cenar. Me amenazan grandes penas

y trabajos y conviene restaurar las fuerzas.

Me muero de impaciencia por hablar con Narcisito. Tengo mil cosas

tristes que decirle ¡Cuantas novedades desde ayer a hoy! Ya es inútil

que se presente a mamá. Sería muy mal recibido. Pero... (_Suenan las

diez en el reloj de la chimenea_). Las diez. Voy a hablarle. (_Toca el

timbre. Suena la campanilla_). Central... comunicación con el 4.500.

(_Nueva pausa. Vuelve a sonar la campanilla_). _Logos_... contestan

_Theos_. ¿Estará resfriado Narcisito? ¡Qué voz tan ronca tiene hoy!

_Sares_... Está bien. _Egéneto_. ¡Pero qué voz tan ronca!

--Me quiere usted decir, Narcisito, ¿qué significan esas palabras

enrevesadas?...

Mentira parece que haya idiomas tan concisos y que en solo cuatro

palabras se enjareten tantas cosas. De modo que las palabras son griegas

y significan: «Tú eres un ángel que bajaste del cielo a la tierra,

tomaste cuerpo gentil y te convertiste en Manolita.»

Sospecho que usted se chancea. ¿Cómo han de decir tanto cuatro palabras

nada más?...

¿Que es paráfrasis y no traducción? Entonces ya se comprende. Pero

dejémonos de paráfrasis. No estoy para ellas, ni para que me echen

piropos.

Estoy desesperada. Tan desesperada estoy, que me inclino a creer que no

he tenido que fingir la enfermedad, sino que en realidad estoy enferma.

El doctor lo ha creído y ha dejado una receta muy larga, que doña Rita

ha leído y debe cumplir. Serán simplezas del doctor...

¡Ay, Dios mío! ¿Qué burla pesada es esta? ¿Con que no me contesta

Narcisito? Me contesta el doctor, que está con él, y dice que para ver

que él no es tan simple, lea yo su receta, que, después de bien

estudiada, ha puesto doña Rita bajo la peana de aquel reloj de chimenea.

Veamos. (_Manolita busca, halla y lee la receta_.)

«_Récipe_: A eso de las nueve, _consommé_ con huevo fresco, _filet

mignon_, _chaud froid_ de perdices, vino del marqués de Riscal,

panecillos de Viena, una chirimoya gruesa de las que gusta tanto la

enfermita, dulces, café y media copa de _chartreuse_ para entonar el

estómago. De sobremesa, un rato de palique con Narcisito por teléfono o

más de cerca.»

¿Habráse visto desvergüenza mayor? Esto es burlarse de mí a casquillo

quitado. En el pecado llevo la penitencia. El general llama griegos a

los fulleros. Hice muy mal en fiarme de un griego desconocido. Nada más

lógico que esta fullería y esta infame burla. (_Manolita acude al

teléfono, llena de ira_.)

Narcisito, lo que está usted haciendo conmigo es una maldad. Se me acabó

el amor. Aborrezco a usted.

Las circunstancias son, sin embargo, muy difíciles y escabrosas y me

obligan a refrenar mi enojo y a hablar aún con usted de asuntos

importantes.

Dice mamá que la vizcondesa y otras muchas damas son cómplices e

instigadoras de un amor en que ella ni soñaba. El general, dirigiéndose

a mí en latín, y diciéndome _tu quoque, filia_, me acusa también de

complicidad y de provocación al delito. A fuerza de decir que tenían

ellos relaciones amorosas, aunque ni soñaban en tenerlas, les hemos

hecho creer que será verosímil, juicioso y gustoso el que las tengan.

Ambos han exclamado: Pues tengámoslas. En efecto; ayer se declararon y

ya las tienen. Y no queriendo que el hechizo y el deleite de tales

relaciones consistan en que se presten a la murmuración, han resuelto,

para evitarla, casarse a escape. Vea usted por dónde, echándome mamá

parte de la culpa, ha decidido darme padrastro y tirano, que, sin duda,

vendrá a instalarse, dentro de poco, en esta casa...

¡Jesús, María y José! ¿Qué lío es este? No es Narcisito, es mamá quien

me responde muy picada. Afirma que no me trae el tirano a casa, sino que

se va ella a la casa del tirano y me deja aquí sola.

(_Vuelve Manolita al teléfono_.)

Oye, mamá. Por Dios no me dejes sola. Perdóname. Yo seré buena. Vuélvete

a casa y vive conmigo, aunque me traigas también a tu tirano. Solo te

ruego que me dejes a mí elegir el mío y que no te empeñes en que yo

acceda a lo que el general ayer me proponía. Te lo confieso; hay un tal

Narcisito, que a pesar de que ahora se está conduciendo conmigo muy mal,

y por ello debiera yo aborrecerle, me tiene perdidamente enamorada, y no

lo puedo remediar. Imagina tú, ¿cómo he de poder yo casarme con ese

sobrino del general, estando perdidamente enamorada de otro? Será rico,

será buen mozo, será conde, será todo lo que el general quiera, aunque

yo sospecho, no sé por qué, que ha de ser un señorito andaluz, nacido y

criado en un poblachón, ceceando mucho, echándola de gracioso, y más a

propósito para brillar en las ferias, vestido de majo, y cautivar el

corazón de las gitanas y de las chulas, que para mostrarse como conviene

en los salones elegantes, inspirar amor verdadero y profundo a una

señorita bien educada y hacerla luego dichosa. Ya ves, mamá, que tengo

razón para no querer a tu futuro sobrino político y para preferir a mi

griego. Y no me pongas la objeción de que mi griego ha de ser hereje o

cismático. De fijo que es muy buen católico. Si no lo fuera, no sería

tan amigo del Padre González, que me le presentó en la sacristía, hace

ya más de una semana. ¿Oyes, mamá?... ¿Qué?... ¿Ustedes me quieren

volver loca? Ahora es el propio Padre González quien me contesta. Dice

que Narcisito no es griego natural y de siempre, sino trashumante y

temporero. Dice que es el primer secretario de la legación de España en

Atenas y en Constantinopla, que ha venido a Madrid con cuatro meses de

real licencia.

(_Vuelve Manolita a hablar por teléfono_.)

Oiga usted, Padre González, como quiera que sea, usted tiene casi toda

la culpa de que yo haya conocido y tratado a Narcisito, me haya paseado

con él por las calles más solitarias del Retiro y por las orillas del

estanque, dejando a doña Rita a muy respetable distancia: conque así,

apiádese usted de nosotros y predique a mi madre y al general, para que

no persistan en que yo me case con ese abominable sobrino...

¡Cielos santos! Qué tramoya horrible, qué complicada conspiración contra

una pobre niña inexperta. Ya no me habla el Padre González; me habla el

general. Es su casa y no la de Narcisito desde donde me habla.--¿Sí?...

¿Eh?... Hoy está conmigo más desaforado y más insolente que nunca.

Mamá se ha puesto a jugar al tresillo con el doctor y con el Padre

González. El general aprovecha la ocasión para desatar la lengua contra

mí:

Que su sobrino no es abominable, sino adorable; que yo presumo demasiado

de discreta y de lista, y que soy una criaturita mimada, voluntariosa y

terca; y que si él me hubiera presentado a Narcisito como sobrino, yo le

hubiera encontrado vulgar y feo y le hubiera dado calabazas; y que ha

sido menester armar toda esta tramoya y conjuración, en que han entrado

mamá, el general, el doctor, el Padre González y hasta doña Rita, para

que yo crea a Narcisito griego o turco y de él me enamore.

Oiga usted, general; repórtese usted y no me insulte. Piense usted lo

que se le antoje. Lo que yo pienso y sostengo es que quiero y requiero a

Narcisito, aunque ya sé, no diré si con gusto o con rabia, que es

sobrino de usted, y que es casi tan insolente como usted, tan burlón y

tan desalmado. Usted me ofende de palabra, porque está lejos de mí. Si

estuviera yo ahí, se moriría usted de miedo al verme, porque estoy hecha

una fierecita...

¡Hola, hola! Me desafía usted, me cita y me emplaza para que vaya a su

casa al punto. Pues iré... y nos veremos las caras. ¿Pero como ir?...

Agradezco el deseo que usted muestra y la esperanza que me infunde de

que no sea a muerte nuestro duelo y de que a las doce de esta noche, que

es la de San Silvestre, bebamos un vaso de Champagne para celebrar

nuestra reconciliación y la entrada del nuevo año. También agradezco la

noticia que me da usted de que en esa casa se acaban de echar los

estrechos, y de que usted ha salido con mamá y yo con Narcisito. Pero

como usted todavía no es mi padrastro, bien puedo yo faltarle al

respeto, y así le digo, que eso es un embuste o una fullería para

burlarse de mí y para demostrar lo que ya no necesita demostración; que

es usted más griego y más trapacero que su sobrino. Y, sin embargo, ¡qué

corrupción la de los tiempos que corren!--como decían las benditas

madres que me han educado.--¡Qué perversa condición tenemos las mujeres!

¿Quiere usted creer que a pesar de todo, me es usted muy simpático y me

hace muchísima gracia? Lo que no apruebo, es que tenga usted tan

estrafalarias ocurrencias. Me pone usted en un apuro con que vengan ya a

buscarme la berlina de mamá y Narcisito en la berlina. Si fuera el

landó, si fuera al menos el _clarence_, no habría dificultad. Pero en la

berlina que es muy estrecha... ¿quiere usted decirme, diantre de general

y aborrecible padrastro, dónde voy a colocar yo a doña Rita, que pesa

doce arrobas y parece una urca holandesa?

Más vale tomarlo a risa para no pelearme con todos, porque me están

tomando por juguete. El general se ha ido del teléfono a hacer el cuarto

en la mesa de tresillo. Dice que su hermana la condesa viuda, mamá de

Narcisito, estaba jugando por él, y como es una chambona, le lleva

perdida casi toda la paga del mes corriente. ¿Y quién me comunica todo

esto? La taimada de doña Rita, que está muy sofocada. Afirma que no es

urca y que no pesa tantas arrobas, y que de todos modos no puedo

llevarla conmigo, porque considerando que yo no la necesito para nada,

por lo prudente que soy, y que la califico de carabina de Ambrosio, se

fue con mamá, para acompañarla, desde esta calle de Don Pedro, donde

vivimos, hasta el último extremo de la fuente de la Castellana, donde el

general vive.

(_Vuelve Manolita al teléfono_.)

Explíquese usted, doña Rita. ¿Por qué no viene usted a buscarme?

(_Después de escuchar por el teléfono_.)

* * * * *

¡Conque usted no ha cumplido la orden de mamá! ¡Conque el general ha

tolerado que Narcisito deje a usted plantada y se venga él en la

berlina! ¡Doña Rita, es usted un monstruo!

* * * * *

_(No responde nadie. Doña Rita ha cortado la comunicación.)_

Pues, señor, meditemos con serenidad y con calma. Yo tengo muchísima

gana de conocer a la condesa viuda que va a ser mi suegra; tengo también

muchísima gana de brindar con Champagne en punto de las doce, en

compañía del general y de sus tertulianos; y como Narcisito no es un

galopín, sino un caballero, y no ha de querer empañar en lo más mínimo

el espejo en que su honra se mire, me parece que bien puedo irme con él

sin menoscabar mi decoro.

No es necesario que el público sepa esta determinación que he tomado;

pero si la sabe...

_(Suena la campanilla de la puerta.)_

Ya está ahí Narcisito. Voy a ponerme el sombrero y el abrigo para irme

con él. _(Dirigiéndose al público.)_ ¿Quieren ustedes ser indulgentes

conmigo, perdonar mi falta y aplaudirme antes de que me vaya?

_(El autor supone que el público aplaude.--Cae el telón.)_

De varios colores · 第 21 / 73 题