_17 de Abril_.
Mi querido y respetado maestro: Acudí a la cita. La pícara de la chacha
cumplió lo prometido. Abrió la puerta de la calle con mucho tiento y
entré en la casa. Llevándome de la mano me hizo subir a obscuras las
escaleras y atravesar un largo corredor y dos salas. Luego penetró
conmigo en una grande estancia que estaba iluminada por un velón de dos
mecheros, y desde la cual se descubría la espaciosa alcoba contigua. La
chacha se había valido de una estratagema infernal. Si antes me hubiera
confiado su proyecto, jamás hubiera yo consentido en realizarle.
Vamos... si no es posible que adivine usted lo que allí pasó. D.
Gregorio se había quedado aquella noche a dormir en la casería, y la
perversa chacha Ramoncica, engañándome, acababa de introducirme en el
cuarto de doña Juana. ¡Qué asombro el mío cuando me encontré de manos a
boca con esta señora! Dejo de referir aquí, para no pecar de prolijo,
los lamentos y quejas de esta dama, las muestras de dolor y de enojo,
combinadas con las de piedad, al creerme víctima de un amor desesperado
por ella, y los demás extremos que hizo, y a los cuales todo atortolado
no sabía yo qué responder ni cómo justificarme. Pero no fue esto lo
peor, ni se limitó a tan poco la maldad de la chacha Ramoncica. A D.
Gregorio, varón pacífico, pero celoso de su honra, le escribió un
anónimo revelándole que su mujer tenía a las diez una cita conmigo. D.
Gregorio, aunque lo creyó una calumnia, por lo mucho que confiaba en la
virtud de su esposa, acudió con D. Ambrosio para cerciorarse de todo.
Bajó del caballo, entró en la casa y subió las escaleras sin hacer
ruido, seguido de su cuñado. Por dicha o por providencia de la chacha,
que todo lo había arreglado muy bien, D. Gregorio tropezó en la
obscuridad con un banquillo que habían atravesado por medio y dio un
costalazo, haciendo bastante estrépito y lanzando algunos reniegos.
Pronto se levantó sin haberse hecho daño y se dirigió precipitadamente
al cuarto de su mujer. Allí oímos el estrépito y los reniegos, y los
tres, más o menos criminales, nos llenamos de consternación. ¡Cielos
santos!--exclamó doña Juana con voz ahogada:--Huya usted, sálveme: mi
marido llega. No había medio de salir de allí sin encontrarse con D.
Gregorio, sin esconderse en la alcoba o sin refugiarse en el cuarto de
Isabelita, que estaba contiguo. La chacha Ramoncica, en aquel apuro, me
agarró de un brazo, tiró de mí, y me llevó al cuarto de Isabelita, con
agradable sorpresa por parte mía. Halló D. Gregorio tan turbada a su
mujer, que se acrecentaron sus recelos y quiso registrarlo todo, seguido
siempre de su cuñado. Así llegaron ambos al cuarto de Isabelita. Esta,
la chacha Ramoncica como tercera, y yo como novio, nos pusimos
humildemente de rodillas, confesamos nuestras faltas y declaramos que
queríamos remediarlo todo por medio del santo sacramento del matrimonio.
Después de las convenientes explicaciones y de saber D. Gregorio cuál es
mi familia y los bienes de fortuna que poseo, D. Gregorio, no sólo ha
consentido, sino que ha dispuesto que nos casemos cuanto antes. Doña
Juana, a regañadientes, ha tenido que consentir también, a lo que ella
entiende para salvar su honor. Y hasta me ha quedado muy agradecida,
porque me sacrifico para salvarla. Y más agradecida ha quedado a
Isabelita, que por el mismo motivo se sacrifica también, a pesar de lo
enamorada que está de D. Ambrosio.
No he de negar yo, mi querido maestro, que la tramoya de que se ha
valido la chacha Ramoncica tiene mucho de censurable; pero tiene una
ventaja grandísima. Estando yo tan enamorado de doña Juana y estando
Isabelita tan enamorada de D. Ambrosio, los cuatro correríamos grave
peligro, si mi futura y yo nos quedásemos por aquí. Así tenemos razón
sobrada para largarnos de este lugar, no bien nos eche la bendición el
cura, y huir de dos tan apestosos personajes como son la madrastra de
Isabelita y su hermano.
DE DOÑA JUANA A DOÑA MICAELA,
HERMANA DEL PADRE GUTIÉRREZ
_4 de Mayo_.
Mi bondadosa amiga: Para desahogo de mi corazón, he de contar a usted
cuanto ha ocurrido. Siempre he sido modesta. Disto mucho de creerme
linda y seductora. Y, sin embargo, yo no sé en qué consiste; sin duda,
sin quererlo yo y hasta sin sentirlo, se escapa de mis ojos un fuego
infernal que vuelve locos furiosos a los hombres. Ya dije a usted la
vehemente y criminal pasión que en Carratraca inspiré a D. Pepito, y lo
mucho que éste me ha solicitado, atormentado y perseguido viniéndose a
mi pueblo. Crea usted que yo no he dado a ese joven audaz motivo
bastante para el paso, o mejor diré, para el precipicio a que se arrojó
hace algunas noches. De rondón, y sin decir oste ni moste, se entró en
mi casa y en mi cuarto para asaltar mi honestidad, cuando estaba mi
marido ausente. ¡En qué peligro me he encontrado! ¡Qué compromiso el mío
y el suyo! D. Gregorio llegó cuando menos lo preveíamos. Y gracias a que
tropezó en un banquillo, dio un batacazo y soltó algunas de las feas
palabrotas que él suele soltar. Si no es por esto, nos sorprende. La
presencia de espíritu de la chacha Ramoncica nos salvó de un escándalo y
tal vez de un drama sangriento. ¿Qué hubiera sido de mi pobre D.
Gregorio, tan grueso como está y saliendo al campo en desafío? Sólo de
pensarlo se me erizan los cabellos. La chacha, por fortuna, se llevó a
D. Pepito al cuarto de Isabel. Así nos salvó. Yo le he quedado muy
agradecida. Pero aún es mayor mi gratitud hacia el apasionado D. Pepito,
que, por no comprometerme, ha fingido que era novio de Isabel, y hacia
mi propia hija política, que ha renunciado a su amor por D. Ambrosio y
ha dicho que era novia del joven malagueño. Ambos han consumado un doble
sacrificio para que yo no pierda mi tranquilidad ni mi crédito. Ayer se
casaron y se fueron en seguida para esa ciudad. Ojalá olviden, ahí,
lejos de nosotros, la pasión que mi hermano y yo les hemos inspirado.
Quiera el cielo que, ya que no se tengan un amor muy fervoroso, lo cual
no es posible cuando se ha amado con fogosidad a otras personas, se
cobren mutuamente aquel manso y tibio afecto, que es el que más dura y
el que mejor conviene a las personas casadas. A mí, entretanto, todavía
no me ha pasado el susto. Y estoy tan escarmentada y recelo tanto mal de
este involuntario fuego abrasador que brota a veces de mis ojos, que me
propongo no mirar a nadie e ir siempre con la vista clavada en el suelo.
Consérvese usted bien, mi bondadosa amiga, y pídale a Dios en sus
oraciones que me devuelva el sosiego que tan espantoso lance me había
robado.