Doña Lupe la de los Pavos

--i--

Maximiliano no se sentó, doña Lupe sí, y en el centro del sofá debajo

del retrato, como para dar más austeridad al juicio. Repitió el «muy

bien, Sr. D. Maximiliano» con retintín sarcástico. Por lo general,

siempre que su tía le daba tratamiento, llamándole _señor don_, el pobre

chico veía la nube del pedrisco sobre su cabeza.

«¡Estarse una matando toda la vida--prosiguió ella--, para sacar

adelante al dichoso sobrinito, sortearle las enfermedades a fuerza de

mimos y cuidados, darle una carrera quitándome yo el pan de la boca,

hacer por él lo que no todas las madres hacen por sus hijos para que al

fin!... ¡Buen pago, bueno!... No, no me expliques nada, si estoy

perfectamente informada. Sé quién es esa... dama ilustre con quien te

quieres casar. Vamos, que buena doncella te canta... ¿Y creerás que

vamos a consentir tal deshonra en la familia? Dime que todo es una

chiquillada y no se hable más del asunto».

Maximiliano no podía decir tal cosa; pero tampoco podía decir otra,

porque si en el fondo de su ánimo empezaban a levantarse olas de

entereza, esas olas reventaban y se descomponían antes de llegar a la

orilla, o sea a los labios. Estaba tan cortado, que sintiendo dentro de

sí la energía no la podía mostrar por aquella pícara emoción nerviosa

que le embargaba. Dejó esparcir sus miradas por la pared testera, como

buscando por allí un apoyo. En ciertas situaciones apuradas y en los

grandes estupores del alma, las miradas suelen fijarse en algo

insignificante y que nada tiene que ver con la situación. Maximiliano

contempló un rato el grupo fotográfico de las chicas de Samaniego,

Aurora y Olimpia, con mantilla blanca, enlazados los brazos, la una muy

adusta, la otra sentimental. ¿Por qué miraba aquello? Su turbación le

llevaba a colgar las miradas aquí y allí, prendiendo el espíritu en

cualquier objeto, aunque fueran las cabezas de los clavos que sostenían

los retratos.

«Explícate, hombre--añadió doña Lupe, que era viva de genio--. ¿Es una

niñería?».

--No, señora--respondió el acusado, y esta negación, que era afirmación,

empezó a darle ánimos, aligerándole un poco la angustia aquella de la

boca del estómago.

--¿Estás seguro de que no es chiquillada? ¡Valiente idea tienes tú del

mundo y de las mujeres, inocente!... Yo no puedo consentir que una

pindonga de esas te coja y te engañé para timarte tu nombre honrado,

como otros timan el reloj. A ti hay que tratarte siempre como a los

niños atrasaditos que están a medio desarrollar. Hay que recordar que

hace cinco años todavía iba yo por la mañana a abrocharte los calzones,

y que tenías miedo de dormir solo en tu cuarto.

Idea tan desfavorable de su personalidad exasperaba al joven. Sentía

crecer dentro la bravura; pero le faltaban palabras. ¿Dónde demonios

estaban aquellas condenadas palabras que no se le ocurrían en trance

semejante? El maldito hábito de la timidez era la causa de aquel

silencio estúpido. Porque la mirada de doña Lupe ejercía sobre él

fascinación singularísima, y teniendo mucho que decir, no lograba

decirlo. «¿Pero qué diría yo?... ¿Cómo empezaría yo?» pensaba fijando la

vista en el retrato de Torquemada y su esposa, de bracete.

--Todo se arreglará--indicó doña Lupe en tono conciliador--, si consigo

quitarte de la cabeza esas humaredas. Porque tú tienes sentimientos

honrados, tienes buen juicio... Pero siéntate. Me da fatiga de verte en

pie.

--Es menester que usted se entere bien--dijo Maximiliano al sentarse en

el sillón, creyendo haber encontrado un buen cabo de discurso para

empezar--; se entere bien de las cosas... Yo... pensaba hablar a

usted...

--¿Y por qué no lo hiciste? ¡Qué tal sería ello!... ¡Vaya, que un chico

delicadito como tú, meterse con esas viciosonas...! Y no te quepa

duda... Así, pronto entregarás la pelleja. Si caes enfermo, no vengas a

que te cuide tu tía, que para eso sí sirvo yo, ¿eh?, para eso sí sirvo,

ingrato, tunante... ¿Y te parece bien que cuando me miro en ti, cuando

te saco adelante con tanto trabajo y soy para ti más que una madre; te

parece bien que me des este pago, infame, y que te me cases con una

mujer de mala vida?

Rubín se puso verde y le salió un amargor intensísimo del corazón a los

labios.

«No es eso, tía, no es eso--sostuvo, entrando en posesión de sí mismo--.

No es mujer de mala vida. La han engañado a usted».

--El que me ha engañado eres tú con tus encogimientos y tus timideces...

Pero ahora lo veremos. No creas que vas a jugar conmigo; no creas que te

voy a dejar hacer tu gusto. ¿Por quién me tomas, bobalicón?... ¡Ah, si

yo no hubiera tenido tanta confianza...! ¡Pero si he sido una tonta; si

me creí que tú no eras capaz de mirar a una mujer! Buena me la has dado,

buena. Eres un apunte... en toda la extensión de la palabra.

Maximiliano, al oír esto, estaba profundamente embebecido, mirando el

retrato de Rufinita Torquemada. La veía y no la veía, y sólo

confusamente y con vaguedades de pesadilla, se hacía cargo de la

actitud de la señorita aquella, retratada sobre un fondo marino y

figurando que estaba en una barca. Vuelto en sí, pensó en defenderse;

pero no podía encontrar las armas, es decir, las palabras. Con todo, ni

por un instante se le ocurría ceder. Flaqueaba su máquina nerviosa; pero

la voluntad permanecía firme.

«A usted la han informado mal--insinuó con torpeza--, respecto a la

persona... que... Ni hay tal vida airada ni ese es el camino... Yo

pensaba decirle a usted: 'Tía, pues yo... quiero a esta persona, y... mi

conciencia...'».

--Cállate, cállate y no me saques la cólera, que al oírte decir que

quieres a una tiota chubasca, me dan ganas de ahogarte, más por tonto

que por malo... y al oírte hablar de conciencia en este tratado, me dan

ganas de... Dios me perdone... ¿Sabes lo que te digo?--añadió alzando la

voz--, ¿sabes lo que te digo? Que desde este momento vuelvo a tratarte

como cuando tenías doce años. Hoy no me sales de casa. Ea, ya estoy yo

en funciones con mis disciplinas... Y desde mañana me vuelves a tomar el

aceite de hígado de bacalao. Vete a tu cuarto y quítate las botas. Hoy

no me pisas la calle.

Dios sabe lo que iba a contestar el acusado. Quedó suelta en el aire la

primera palabra, porque llegó una visita. Era el Sr. de Torquemada,

persona de confianza en la casa, que al entrar iba derecho al gabinete,

a la cocina, al comedor o a donde quiera que la señora estuviese. La

fisonomía de aquel hombre era difícil de entender. Sólo doña Lupe, en

virtud de una larga práctica, sabía encontrar algunos jeroglíficos en

aquella cara ordinaria y enjuta, que tenía ciertos rasgos de tipo

militar con visos clericales. Torquemada había sido alabardero en su

mocedad, y conservando el bigote y perilla, que eran ya entrecanos,

tenía un no sé qué de eclesiástico, debido sin duda a la mansedumbre

afectada y dulzona, y a un cierto subir y bajar de párpados con que

adulteraba su grosería innata. La cabeza se le inclinaba siempre al lado

derecho. Su estatura era alta, mas no arrogante; su cabeza calva, crasa

y escamosa, con un enrejado de pelos mal extendidos para cubrirla. Por

ser aquel día domingo, llevaba casi limpio el cuello de la camisa, pero

la capa era el número dos, con las vueltas aceitosas y los ribetes

deshilachados. Los pantalones, mermados por el crecimiento de las

rodilleras, se le subían tanto que parecía haber montado a caballo sin

trabillas. Sus botas, por ser domingo, estaban aquel día embetunadas y

eran tan chillonas que se oían desde una legua.

«¿Y cómo está la familia?» preguntó al tomar asiento, después de dar su

mano siempre sudorosa a doña Lupe y al sobrino.

--Perfectamente bien--dijo la señora observando con ansiedad el

semblante de Torquemada--. ¿Y en casa?

--No hay novedad, a Dios gracias. Doña Lupe esperaba aquel día noticia

de un asunto que le interesaba mucho. Como siempre se ponía en lo peor

para que las desgracias no la cogieran desprevenida, pensó, al ver

entrar a su agente, que le traía malas nuevas. Temió preguntarle. La

cara de militar adulterado no expresaba más que un interés decidido por

la familia. Al fin Torquemada, que no gustaba de perder el tiempo, dijo

a su amiga:

«Vamos, doña Lupe, que hoy estamos de buena. ¿A que no me acierta usted

la peripecia que le traigo?».

La fisonomía de la señora se iluminó, pues sabía que su amigo llamaba

peripecia a toda cobranza inesperada. Echose él a reír, y metió mano al

bolsillo interior de su americana.

«¡Ay! No me lo diga usted, D. Francisco--exclamó doña Lupe con

incredulidad, cruzando las manos--. ¿Ha pagado...?».

--Lo va usted a ver... Yo... tampoco lo esperaba. Como que fui anoche a

decirle que el lunes se le embargaría. Hoy por la mañana, cuando me

estaba vistiendo para ir a misa, me le veo entrar. Creí que venía a

pedirme más prórrogas. Como siempre nos está engañando, que hoy, que

mañana... Yo no le creo ni la Biblia. Es muy fabulista. Pero en fin,

pedradas de estas nos den todos los días. «Señor de Torquemada--me dice

muy serio--, vengo a pagarle a usted...». Me quedé lo que llaman

atónito. Como que no esperaba la peripecia. Finalmente, que me dio el

_guano_, o sean ocho mil reales, cogió su pagaré, y a vivir.

--Lo que yo le decía a usted--observó doña Lupe casi sin poder hablar,

con la alegría atravesada en la garganta--. El tal Joaquinito Pez es una

persona decente. Él pasa sus apurillos como todos esos hijos de familia

que se dan buena vida, y un día tienen, otro no. De fijo que será

jugador...

Torquemada hizo una separación de billetes, dando la mayor parte a doña

Lupe.

«Los seis mil reales de usted... dos mil míos. Buen chiripón ha sido

este. Yo los contaba, como quien dice, perdidos, porque el tal

Joaquinito está, según oí, con el agua al cuello. ¿Quién será el

desgraciado a quien ha dado el sablazo? A bien que a nosotros no nos

importa».

--Como no le hemos de prestar más...

--Mire usted, doña Lupe--dijo Torquemada, haciendo una perfecta _o_ con

los dedos pulgar e índice y enseñándosela a su interlocutora.

--ii--

Doña Lupe contempló la _o_ con veneración y escuchó:

«Mire usted, señora, estos señoritos disolutos son buenos parroquianos,

porque no reparan en el materialismo del premio y del plazo; pero al fin

la dan, y la dan gorda. Hay que tener mucho ojo con ellos. Al principio,

el embargo les asusta; pero como lleguen a perder el punto una vez, lo

mismo les da _fu_ que _fa_. Aunque usted les ponga en la publicidad de

la _Gaceta_, se quedan tan frescos. Vea usted al marquesito de

Casa-Bojío; le embargué el mes pasado; le vendí hasta la lámina en que

tenía el árbol genealógico. Pues, finalmente, a los tres días me le vi

en un faetón, como si tal cosa, y pasó por junto a mí y las ruedas me

salpicaron el barro de la calle... No es que me importe el materialismo

del barro; lo digo para que se vea lo que son... ¿Pues creerá usted que

encontró después quien le prestara? Ello fue al cuatro mensual; pero aun

al cinco sería, como quien dice, el todo por el todo. Verdad que no

molestan, y si a mano viene, cuando piden prórroga, por tenerle a uno

contento le dan un destinillo para un sobrino, como hizo el chico de Pez

conmigo... pero el materialismo del destino no importa; a lo mejor la

pegan y de canela fina, créame usted. Por eso, ya puede venir ahora a

tocar a esta puerta, que le he de mandar a plantar cebollino».

Al llegar aquí Torquemada sacó su sebosa petaca. Como tenía tanta

confianza, iba a echar un cigarro; ofreció a Maximiliano, y doña Lupe

respondió bruscamente por él diciendo con desdén: «Este no fuma».

Las operaciones previas de la fumada duraban un buen rato, porque

Torquemada le variaba el papel al cigarrillo. Después encendió el

fósforo raspándolo en el muslo. «Como seguro--prosiguió--, aunque da

mucho que hacer, el _chico_ de la tienda de ropas hechas, José María

Vallejo. Allí me tiene todos los primeros de mes, como un perro de

presa... Mil duros me tiene allí, y no le cobro más que veintiséis todos

los meses. ¿Que se atrasa? «Hijo, yo tengo un gran compromiso y no te

puedo aguardar». Cojo media docena de capas, y me las llevo, y tan

fresco... Y no lo hago por el materialismo de las capas, sino para que

mire bien el plazo. Si no hay más remedio, señora. Es menester tratarles

así, porque no guardan consideración. Se figuran que tiene uno el dinero

para que ellos se diviertan. ¿Se acuerda usted de aquellos estudiantes

que nos dieron tanta guerra?, fue el primer dinero de usted que coloqué.

¡Aquel Cienfuegos, aquel Arias Ortiz! Vaya unos peines. Si no es por mí,

no se les cobra...

Y eran tan tunantes, que después que iban a casa llorándome tocante a la

prórroga, me los encontraba en el café atizándose bisteques... y vengan

copas de ron y marrasquino... Lo mismo que aquel tendero de la calle

Mayor, aquel Rubio que tenía peletería, ¿se acuerda usted? Un día,

finalmente, me trajo su reloj, los pendientes de su mujer, y doce cajas

de pieles y manguitos, y aquella misma tarde, aquella mismísima tarde,

señora, me le veo en la Puerta del Sol, encaramándose en un coche para

ir a los Toros... Si son así... quieren el dinero, como quien dice, para

el materialismo de tirarlo. Por eso estoy todo el santo día vigilando a

José María Vallejo, que es un buen hombre, sin despreciar a nadie. Voy a

la tienda y veo si hay gente, si hay movimiento; echo una guiñada al

cajón; me entero de si el chico que va a cobrar las cuentas trae

_guano_; sermoneo al principal, le doy consejos, le recomiendo que al

que paga no le crucifique. ¡Si es la verdad, si no hay más camino...!

Finalmente, el que se hace de manteca pronto se lo meriendan. Y no lo

agradecen, no señora, no agradecen el interés que me tomo por ellos.

Cuando me ven entrar, ¡si viera usted qué cara me ponen! No reparan que

están trabajando con mi dinero. Y finalmente, ¿qué eran ellos? Unos

pobres pelagatos. Les parece que porque me dan veintiséis duros al mes,

ya han cumplido... Dicen que es mucho y yo digo que me lo tienen que

agradecer, porque los tiempos están malos, pero muy malos».

En toda la parte del siglo XIX que duró la larguísima existencia

usuraria de D. Francisco Torquemada, no se le oyó decir una sola vez

siquiera que los tiempos fueran buenos. Siempre eran malos, pero muy

malos. Aun así, el 68 ya tenía Torquemada dos casas en Madrid, y había

empezado sus negocios con doce mil reales que heredó su mujer el 51. Los

un día mezquinos capitales de doña Lupe, él se los había centuplicado en

un par de lustros, siendo esta la única persona que asociaba a sus

oscuros negocios. Cobrábale una comisión insignificante, y se tomaba por

los asuntos de ella tanto interés como por los propios, en razón a la

gran amistad que había tenido con el difunto Jáuregui.

«Y con esta fecha y con esta facha me voy» dijo levantándose y

colgándose la capa que se le caía del hombro izquierdo.

--¿Tan pronto?--Señora, que no he oído misa. Lo que le decía a usted,

estaba vistiéndome para salir a oírla, cuando entró Joaquinito a darme

la gran peripecia.

--¡Buena ha sido, buena!--exclamó doña Lupe, oprimiendo contra su seno

la mano en que tenía los billetes, tan bien cogidos que no se veía el

papel por entre los dedos.

--Quédate con Dios--dijo Torquemada a Maximiliano que sólo contestó al

saludo con un _ju ju_...

Y salió al recibimiento, acompañado de doña Lupe. Maximiliano les sintió

cuchicheando en la puerta. Por fin se oyeron las botas chillonas del

ex-alabardero bajando la escalera, y doña Lupe reapareció en el

gabinete. El júbilo que le causaba la cobranza de aquel dinero que creía

perdido era tan grande, que sus ojos pardos le lucían como dos carbones

encendidos, y su boca traía bosquejada una sonrisa. Desde que la vio

entrar, conoció Maximiliano que su cólera se había aplacado. El _guano_,

como decía Torquemada, no podía menos de dulcificarla; y llegándose a

donde estaba el delincuente, que no se había movido de la butaca, le

puso una mano en el hombro, empuñando fuertemente en la otra los

billetes, y le dijo:

«No, no te sofoques... no es para tomarlo así. Yo te digo estas cosas

por tu bien...».

--Yo, realmente--repuso Maximiliano con serenidad, que más le asombró a

él mismo que a doña Lupe--, no me he sofocado... yo estoy tranquilo,

porque mi conciencia...

Aquí se volvió a embarullar. Doña Lupe no le dio tiempo a desenvolverse

porque se metió en la alcoba, cerrando las vidrieras. Desde el gabinete

la sintió Maximiliano trasteando.

Guardaba el dinero. Abriendo después la puerta, mas sin salir de la

alcoba, la señora siguió hablando con su sobrino:

«Ya sabes lo que te he dicho. Hoy no me sales a la calle... Y desde

mañana empezarás a tomarme el aceite de hígado de bacalao, porque todo

eso que te da no es más que debilidad del cerebro... Luego seguiremos

con el fosfato, otra vez con el fosfato. No debiste dejar de

tomarlo...».

Maximiliano, como no tenía delante a su tía, se permitió una sonrisa

burlona. Miraba en aquel momento a su tío el Sr. de Jáuregui, que le

miraba también a él, como es consiguiente. No pudo menos de observar que

el digno esposo de su tía era horrendo; ni comprendía cómo doña Lupe no

se moría de miedo cuando se quedaba sola, de noche, en compañía de

semejante espantajo.

«Con que ya sabes--dijo al aparecer en la puerta, abrochándose su cuerpo

de merino negro, pues se estaba disponiendo para salir--. Ya puedes ir a

quitarte las botas. Estás preso».

Fuese el joven a su cuarto sin decir nada, y doña Lupe se quedó pensando

en lo dócil que era. El rigor de su autoridad, que el muchacho acataba

siempre con veneración, sería remedio eficaz y pronto del desorden de

aquella cabeza. Bien lo decía ella. «En cuanto yo le doy cuatro gritos,

le pongo como una liebre. Trabajo les mando a esas lobas que me le

quieran trastornar».

«¡Papitos...!» gritó la señora, y al punto se oyeron las patadas de la

chica en el pasillo como las de un caballo en el Hipódromo. Presentose

con una patata en la mano y el cuchillo en la otra.

«Mira--le dijo su ama con voz queda--. Ten cuidado de ver lo que hace el

señorito Maxi mientras yo estoy fuera. A ver si escribe alguna carta o

qué hace».

La mona se dio por enterada, y volvió a la cocina dando brincos.

«A ver--dijo la señora hablando consigo misma--, ¿se me olvidará algo?..

¡Ah!, el portamonedas. ¿Qué hay que traer?... Fideos, azúcar... y nada

más. ¡Ah!, el aceite de hígado de bacalao: lo que es eso no se lo

perdono. A cucharetazos es como se cura esto. Y ahora no habrá el

realito de vellón por cada toma. Ya es un hombre, quiero decir, ya no es

un chiquillo».

Figúrese el lector cuál sería el asombro de doña Lupe _la de los Pavos_,

cuando vio entrar en la sala a su sobrino, no con zapatillas ni en tren

de andar por casa, sino empaquetado para salir, con su capa de vueltas

encarnadas, su chaqué azul y su honguito de color de café. Tan

estupefacta y colérica estaba por la desobediencia del mancebo, que

apenas pudo balbucir una protesta: «Pe... pero...».

«Tía--dijo Maximiliano con voz alterada y temblorosa--, no pue... no

puedo obedecer a usted... Soy mayor de edad. He cumplido veinticinco

años... Yo la respeto a usted; respéteme usted a mí».

Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y salió de la casa a toda

prisa, temiendo sin duda que su tía le agarrase por los faldones.

Bien claro explicaba él su conducta, chismorreando consigo mismo: «Yo no

sé defenderme con palabras; yo no puedo hablar, y me aturullo y me turbo

sólo de que mi tía me mire; pero me defenderé con hechos. Mis nervios me

venden; pero mi voluntad podrá más que mis nervios, y lo que es la

voluntad, bien firme la tengo ahora. Que se metan conmigo; que venga

todo el género humano a impedirme esta resolución; yo no discutiré, yo

no diré una palabra; pero a donde voy, voy, y al que se me ponga por

delante, sea quien sea, le piso y sigo mi camino».

--iii--

Doña Lupe se quedó que no sabía lo que le pasaba.

«¡Papitos, Papitos!... No, no te llamo... vete... ¿Pero has visto qué

insolente? Si no es él, no es él... Es que me le han vuelto del revés,

me le han embrujado. ¿Habrá tunante? Si estoy por seguirle y avisar a

una pareja de Orden Público para que me le trinquen... Pero a la noche

nos veremos las caras. Porque tú has de volver, tú tienes que volver,

sietemesino hipócrita... Papitos, toma, toma; bájate por los fideos y el

azúcar. Yo no salgo, no puedo salir. Creo que me va a dar algo... Mira,

te pasas por la botica y pides un frasco de aceite de hígado de bacalao,

del que yo traía. Ya saben ellos. Dices que yo iré a pagarlo... Oye,

oye, no traigas eso. ¡Si no lo va a querer tomar...! Tráete una vara.

No, no traigas tampoco vara... Te pasas por la droguería y pides diez

céntimos de sanguinaria. A mí me va a dar algo...».

Estaba en efecto amenazada de un arrebato de sangre, y la cosa no era

para menos. Nunca había visto en su sobrino un rasgo de independencia

como el que acababa de ver. Había sido siempre tan poquita cosa, que

donde le ponían allí se estaba. Voluntad propia, no la tuvo jamás. En

ningún tiempo fue preciso ponerle la mano encima, porque un fruncimiento

de cejas bastaba para traerle a la obediencia. ¿Qué había pasado en

aquel cordero para convertirle en algo así como un leoncillo? La mente

de doña Lupe no podía descifrar misterio tan grande. Tras de la cólera y

la confusión vino el abatimiento, y se sentía tan rendida físicamente

como si hubiera estado toda la mañana ocupada en alguna faena penosa.

Quitose con pausa los trapitos domingueros que se había empezado a

poner, y volvió a llamar a la mona para decirle: «No hagas más que unas

sopas de ajo. El señoritingo no vendrá a almorzar, y si viene le acusaré

las cuarenta».

Tomando la sillita baja, que usaba cuando cosía, la colocó junto al

balcón. Le dolía la cintura y al sentarse exhaló un ¡ay! Para coser

usaba siempre gafas. Se las puso, y sacando obra de su cesta de costura,

empezó a repasar unas sábanas. No le repugnaba a doña Lupe trabajar los

domingos, porque sus escrúpulos religiosos se los había quitado Jáuregui

en tantos años de propaganda matrimonial progresista. Púsose, pues, a

zurcir en su sitio de costumbre, que era junto a la vidriera. En el

balcón tenía dos o tres tiestos, y por entre las secas ramas veía la

calle. Como el cuarto era principal, desde aquel sitio se vería muy bien

pasar gente en caso de que la gente quisiese pasar por allí. Pero la

calle de Raimundo Lulio y la de Don Juan de Austria, que hace ángulo con

ella, son de muy poco tránsito. Parece aquello un pueblo. La única

distracción de doña Lupe en sus horas solitarias era ver quién entraba

en el taller de coches inmediato o en la imprenta de enfrente, y si

pasaba o no doña Guillermina Pacheco en dirección del asilo de la calle

de Alburquerque. Lugar y ocasión admirables eran aquellos para

reflexionar, con los trapos sobre la falda, la aguja en la mano, los

espejuelos calados, la cesta de la ropa al lado, el gato hecho una

pelota de sueño a los pies de su ama. Aquel día doña Lupe tenía, más que

nunca, materia larga de meditaciones.

«¡Que se esté una sacrificada toda la vida para esto!... Él no lo sabe,

¿qué ha de saber, si es un tontín? Le ponen el plato delante, ¿y qué

sabe las agonías que ha costado ponérselo?... Pues si le dijera yo que

cada garbanzo, algunos días, tiempo ha, tenía el valor de una perla...

según lo que costaba traerlo a casa...! No sé qué habría sido de mí sin

el Sr. de Torquemada, ni qué hubiera sido de Maxi sin mí. ¡Lucida

existencia sería la suya si no hubiera tenido más arrimo que el de sus

hermanos! Dime, bobo de Coria, ¿si yo no hubiera trabajado como una

negra para defender el panecillo y poner esta casa en el pie que tiene;

si no discurriera tanto como discurro, calentándome los sesos a todas

horas y empleando en mil menudencias estas entendederas que Dios me ha

dado, ¿qué habría sido de ti, ingratuelo?... ¡Ah! ¡Si viviera mi

Jáuregui!».

El recuerdo de su difunto, que siempre se avivaba en la mente de doña

Lupe cuando se veía en algún conflicto, la enterneció. En todas sus

aflicciones se consolaba con la dulce memoria de su felicidad

matrimonial, pues Jáuregui había sido el mejor de los hombres y el

número uno de los maridos. «¡Ay, mi Jáuregui!» exclamaba echando toda

el alma en un suspiro.

Don Pedro Manuel de Jáuregui había servido en el Real Cuerpo de

Alabarderos. Después se dedicó a negocios, y era tan honrado, pero tan

sosamente honrado, que no dejó al morir más que cinco mil reales.

Oriundo de la provincia de León, recibía partidas de huevos y otros

artículos de recoba. Todos los paveros leoneses, zamoranos y segovianos

depositaban en sus manos el dinero que ganaban, para que lo girase a los

pueblos productores del artículo, y de aquí vino el apodo que le dieron

en Puerta Cerrada y que heredó doña Lupe. También recibía Jáuregui, por

Navidad, remesas de mantecadas de Astorga, y a su casa iban a cobrar y a

dejar fondos todos los ordinarios de la maragatería. En política hizo

gran papel D. Pedro por ser uno de los corifeos de la Milicia Nacional,

y era tan sensato, que la única vez que se sublevó lo hizo al grito

mágico de ¡Viva Isabel II! Falleció aquel bendito, y doña Lupe se

hubiera muerto también si el dolor matara. Y no se vaya a creer que le

faltaron pretendientes a la viudita, pues había, entre otros, un D.

Evaristo Feijoo, coronel de ejército, que le rondaba la calle y no la

dejaba vivir. Pero la fidelidad a la memoria de su feo y honrado

Jáuregui se sobreponía en doña Lupe a todos los intereses de la tierra.

Después vino la crianza y cuidado de su sobrinito, que le dieron esa

distracción tan saludable para las desazones del alma. Torquemada y los

negocios ayudáronla también a entretener su existencia y a conllevar su

dolor... Pasó tiempo, ganó dinero, y lentamente vino la situación en que

la he descrito. Frisaba ya doña Lupe en los cincuenta años, mas estaba

tan bien conservada, que no parecía tener más de cuarenta. Había sido en

su mocedad frescachona de cuerpo y enjuta de rostro, y tenía cierto

parecido remoto con Juan Pablo. Sus ojos pardos conservaban la viveza de

la juventud; pero tenía cierta adustez jurídica en la cara, acentuada de

líneas y seca de color. Sobre el labio superior, fino y violado cual los

bordes de una reciente herida, le corría un bozo tenue, muy tenue, como

el de los chicos precoces, vello finísimo que no la afeaba ciertamente;

por el contrario, era quizás la única pincelada feliz de aquel rostro

semejante a las pinturas de la Edad Media, y hacía la gracia el tal bozo

de ir a terminarse sobre el pico derecho de la boca con una verruguita

muy mona, de la cual salían dos o tres pelos bermejos que a la luz

brillaban retorcidos como hilillos de cobre. El busto era hermoso,

aunque, como se verá más adelante, había en él algo y aun algos de

falseamiento de la verdad.

Descollaba doña Lupe por la inteligencia y por el prurito de mostrarla a

cada instante.

Así como a otras el amor propio les inspira la presunción, a la viuda de

Jáuregui le infundía convicciones de superioridad intelectual y el deseo

de dirigir la conducta ajena, resplandeciendo en el consejo y en todo lo

que es práctico y gubernativo. Era una de esas personas que, no habiendo

recibido educación, parece que la han tenido cumplidísima, por lo bien

que se expresan, por la firmeza con que se imponen un carácter y lo

sostienen, y por lo bien que disfrazan con las retóricas sociales las

brutalidades del egoísmo humano.

De la memoria de su Jáuregui llevó el pensamiento a su sobrino. Eran sus

dos amores. Subiéndose las gafas que se le habían deslizado hasta la

punta de la nariz, prosiguió así: «Pues conmigo no juega. Le pongo en la

calle como tres y dos son cinco. Tendré que hacer un esfuerzo, porque le

quiero como debe de quererse a los hijos... ¡Yo que tenía la ilusión de

casarle con Rufina o al menos con Olimpia!... No, me gusta mucho más

Rufina Torquemada. Cuidado que soy tonta. Al verle tan huraño, y que se

escondía cuando entraba doña Silvia con su hija, creía que hablarle a

este chico de mujeres era como mentarle al diablo la cruz. Fíese usted

de apariencias. Y ahora resulta que hace meses sostiene a una mujer, y

se pasa el día entero con ella y... Vamos, yo tengo que ver esto para

creerlo... Y otra cosa: ¿cómo se las arreglará para mantenerla?... La

hucha está allí con su peso de siempre...».

Doña Lupe, al llegar aquí, se engolfó en cavilaciones tan abstrusas que

no es posible seguirla. Su mente se sumergía y salía a flote, como un

madero arrojado en medio de las bravas olas. La buena señora estuvo así

toda la tarde. Llegada la noche, deseaba ardientemente que el sobrino

entrase de la calle para descargar sobre él todo el material de lavas

que el volcán de su pecho no podía contener. Entró el sietemesino muy

tarde, cuando su tía estaba ya comiendo y se había servido el cocido.

Maximiliano se sentó a la mesa sin decir nada, muy grave y algo azorado.

Empezó a comer con apetito la sopa fría, echando miradas indagatorias e

inquietas a su señora tía, que evitaba el mirarle... _por no romper_...

«Debo contenerme--pensaba ella--, hasta que coma... Y parece que tiene

ganitas...». A ratos el joven daba hondos suspiros mirando a su tía,

cual si deseara tener una explicación con ella. Más de una vez quiso

doña Lupe romper en denuestos; pero el silencio y la compostura de su

sobrino la contenían, haciéndole temer que se repitiera el rasgo varonil

de aquella mañana. Por fin, apenas cató el joven unas pasas que de

postre había, se levantó para ir a su cuarto; y apenas le vio doña Lupe

de espalda, se le encendieron bruscamente los ánimos y corrió tras él,

conteniendo las palabras que a la boca se le salían. Estaba el pobre

chico encendiendo el quinqué de su cuarto, cuando la señora apareció en

la puerta, gritando con toda la fuerza de sus pulmones: «Zascandil».

No se inmutó Maximiliano ni aun cuando doña Lupe, repitiendo su

apóstrofe, llegó al cuarto o al quinto _zascandil_. Y como si esta

palabra fuera el tapón de su ira, tras ella corrieron en vena abundante

las quejas por lo que el chico había hecho aquella mañana. «Y no quiero

hablar ahora del motivo--añadió ella--; de esa moza que te has echado...

y que sin duda empieza por pegarte su mala educación. Voy a la patochada

de esta mañana. ¿Crees que tu tía es algún trapo viejo?».

El muchacho se sentó en la silla que junto a la cama estaba, y apoyando

el codo en esta, aguantó el achuchón, sin mirar a su juez. Tenía un

palillo entre los dientes, y lo llevaba de un lado para otro de la boca

con nerviosa presteza. Ya se le había quitado el gran temor que la

hermana de su padre le infundía. Como ciertos cobardes se vuelven

valientes desde que disparan el primer tiro, Maximiliano, una vez que

rompió el fuego con la hombrada de aquella mañana, sentía su voluntad

libre del freno que le pusiera la timidez. Dicha timidez era un fenómeno

puramente nervioso, y en ella tenían no poca parte también sus

rutinarios hábitos de subordinación y apocamiento. Mientras no hubo en

su alma una fuerza poderosa, aquellos hábitos y la diátesis nerviosa

formaron la costra o apariencia de su carácter; pero surgió dentro la

energía, que estuvo luchando durante algún tiempo por mostrarse,

rompiendo la corteza. La timidez o falsa humildad endurecía esta, y como

la energía interior no encontraba un auxilio en la palabra, porque la

sumisión consuetudinaria y la cortedad no le habían permitido educarla

para discutir, pasaba tiempo sin que la costra se rompiera. Por fin, lo

que no pudieron hacer las palabras, lo hizo un acto. Roto el cascarón,

Maximiliano se encontró más valiente y dispuesto a medirse con la fiera.

Lo que antes era como levantar una montaña, parecíale ya como alzar del

suelo un pañuelo.

Oyó en calma los desahogos de su tía. ¡Cuántos argumentos se podían

oponer a los que la buena señora disparaba con más ardor que lógica!

Pero lo que es en argumentar con palabras ¡qué diablo!, todavía no

estaba él fuerte. Argumentaba con hechos. En esto sí que se pintaba

solo. Cuando su tía tomó respiro dejándose caer sofocada en la silla

próxima a la mesa, Maximiliano rompió a hablar a su vez; pero no era

aquello razonar, era como si cogiera su corazón y lo volcara sobre la

cama, lo mismo que había volcado la hucha después de cascarla.

«La quiero tanto--dijo sin mirar a su tía, y encontrando palabras

relativamente fáciles para expresar sus sentimientos--, la quiero tanto,

que toda mi vida está en ella, y ni ley ni familia ni el mundo entero me

pueden apartar de ella... Si me ponen en esta mano la muerte y en esta

otra dejar de quererla y me obligan a escoger, preferiré mil veces

morirme, matarme o que me maten... La quise desde el momento en que la

vi, y no puedo dejar de quererla, sino dejando de vivir... de modo que

es tontería oponerse a lo que tengo pensado, porque salto por encima de

todo y si me ponen delante una pared la paso... ¿Ve usted cómo rompen

los jinetes del Circo de Price los papeles que les ponen delante cuando

saltan sobre los caballos? Pues así rompo yo una pared si me la ponen

entre ella y yo».

--iv--

Este símil hubo de impresionar vivamente a la gran doña Lupe, que

contempló un rato a su sobrino con más lástima que ira.

«Yo me he llevado chascos en mi vida--dijo meneando la cabeza como los

muñecos que tienen un alambre en el pescuezo--; pero un chasco como este

no me lo he llevado nunca. Me la has dado completa, a fondo, de

maestro... Cierto que no tengo poder sobre ti... Si te pierdes, bien

perdido estás. No me vengas a mí después con arrumacos. Te crié, te

eduqué, he sido para ti una madre. ¿No te parece que debías haberme

dicho: 'pues tía, esto hay'?».

--Cierto que sí--replicó vivamente Maximiliano--, pero me daba reparo,

tía. Ahora que me he soltado paréceme la cosa más fácil del mundo. De

esta falta le pido a usted perdón, porque reconozco que me porté mal.

Pero se me trababa la lengua cuando quería decir algo, y me entraban

sudores... Me acostumbré a no hablar a usted más que de si me dolía o no

la cabeza, de que se me había caído un botón, de si llovía o estaba seco

y otras tonterías así... Oiga usted ahora, que después de callar tanto

me parece que reviento si no le cuento a usted todo. La conocí hace tres

meses. Estaba pobre, había sido muy desgraciada...

--Sí, sí, me han dicho que es muy corrida. Tienes buenas

tragaderas--afirmó doña Lupe con crueldad.

--No haga usted caso... los hombres son muy malos. ¿No conviene usted

conmigo en que los hombres son muy malos? Y dígame usted ahora. ¿No es

acción noble traer al buen camino a una alma buena que se ha

descarriado?

--¡Y tú, tú--chilló la de Jáuregui con espanto, persignándose--, te has

metido a pastor!

--Pero aguárdese usted, tía. No juzgue usted las cosas tan de

ligero--insistió Maximiliano, apurado por no saber expresarse bien--.

¡Si ella está arrepentida! Ni ha sido tampoco tan mala como a usted le

han dicho. Si es un ángel...

--¡De cornisa! Buen provecho.

--Créame usted, y cuando la conozca...

--¡Yo... conocerla yo! De eso está libre... Repito que buen provecho te

haga tu oveja, mejor dicho, tu cabra descarriada.

--Pero si no es eso... es que yo no me expreso bien. Dígame una cosa,

¿el querer ser honrada no es lo mismo que serlo? ¿Dice usted que no?

Pues yo no lo veo así, yo no lo veo así.

--¿Cómo ha de ser lo mismo querer ser una cosa que serlo?

--En el terreno moral sí... Si conmigo es honrada y sin mí podría no

serlo, ¿cómo quiere usted que yo le diga, anda y vete a los demonios?

¿No es más natural y humano que la acoja y la salve? Pues qué, las obras

grandes y ¿cómo diré?... cristianas, ¿se han de mirar por el lado del

egoísmo?

Creyó el pobre muchacho que había puesto una pica en Flandes con este

argumento, y observó el efecto que en su tía había hecho. La verdad es

que doña Lupe se quedó un instante algo confusa sin saber qué responder.

Al fin le contestó con desdén:

«Estás loco. Esas cosas no se le ocurren a nadie que tenga sesos. Me

voy, te dejo, porque si estoy aquí, te pego, no tengo más remedio que

romperte encima el palo de una escoba, y la verdad, si eres poco hombre

para ese amor tan sublime, aún lo eres menos para recibir una paliza».

Maximiliano la sujetó por el vestido y la obligó a sentarse otra vez.

«Óigame usted... tía. Yo la quiero a usted mucho; yo le debo a usted la

vida, y aunque usted se empeñe en reñir conmigo, no lo ha de

conseguir... Vamos a ver. Lo que yo hago ahora, lo que la tiene a usted

tan enojada es, según voy viendo, una acción noble, y mi conciencia me

la aprueba, y estoy satisfecho de ella como si tuviera a Dios dentro de

mí diciéndome: _bien, bien_... Porque usted no me puede hacer creer que

estamos en el mundo sólo para comer, dormir, digerir la comida y

pasearnos. No; estamos para otra cosa. Y si yo siento dentro de mí una

fuerza muy grande, pero muy grande, que me impulsa a la salvación de

otra alma lo he de realizar, aunque se hunda el mundo».

--Lo que tú tienes--afirmó doña Lupe queriendo sostener su papel--, es

la tontería que te rebosa por todo el cuerpo... y nada más. No me

engatusarás con palabritas. Vaya que de la noche a la mañana has

aprendido unos términos y unos floreos de frases que me tienen

pasmada... Estás hecho un poeta... en toda la extensión de la palabra;

yo siempre he tenido a los poetas por unos grandes embusteros... tontos

de atar... Tú no eres ya el sobrinito que yo crié. ¡Cómo me has

engañado!... ¡Una mujer, una manceba, un belén...!, y ahora viene la de

me caso, y a Roma por todo. Anda, ya no te quiero; ya no soy tu tiita

Lupe... No te echo de mi casa por lástima, porque espero que todavía has

de arrepentirte y me has de pedir perdón.

Maximiliano, ya completamente sereno, movió la cabeza expresando duda.

«El perdón ya lo pedí por haber callado, y ya no tengo que pedir más

perdones. Todavía hay algo que usted no sabe y que le quiero decir.

¿Cómo la he mantenido durante tres meses? ¡Ay, tía! Rompí la hucha;

tenía tres mil y pico de reales, lo bastante para que viva con modestia,

porque es muy económica, sumamente económica, tía, y no gasta más que lo

preciso».

Esta revelación hizo vacilar un momento la ira de doña Lupe. ¡Era

económica!... El joven sacó la hucha, y mostrándola a su tía, reveló el

suceso como la cosa más natural del mundo, reproduciéndolo a lo vivo.

«Mire usted, cogí la hucha vieja, después de traer esta, que es

enteramente igual. Machaqué la llena; cogí el oro y la plata y pasé a

esta el cobre, añadiendo dos pesetas en cuartos para que pesara lo

mismo... ¿Quiere usted verlo?».

Antes que doña Lupe respondiera, Maximiliano estrelló la hucha contra el

suelo, y las piezas de cobre inundaron la habitación.

«Ya veo, ya veo que no tienes desperdicio--observó doña Lupe recogiendo

la calderilla--. ¿Y cuando se te acabe el dinero? ¿Vendrás a que yo te

dé? ¡Ay, qué equivocado estás!».

--Cuando se me acabe, Dios me socorrerá por algún lado--dijo Maximiliano

con fe.

Estaba excitadísimo y tenía el rostro encendido. Doña Lupe no había

visto nunca tanto brillo en aquellos ojos ni animación semejante en

aquella cara. Cuando entre los dos hubieron recogido las piezas, la tía

las envolvió en un número de _La Correspondencia_, y arrojando el

paquete sobre la cómoda, dijo con soberano menosprecio:

«Ahí tienes para el regalo de boda».

Maximiliano guardó en la cómoda el pesado paquete, y después se puso la

capa. Doña Lupe no se atrevió a retenerle, pues aunque su corazón se

llenó de sentimientos de soberbia y autoridad, nada de esto pudo

traducirse al exterior, porque en el momento de intentarlo, un freno

inexplicable la contuvo. Sentía desvanecida su autoridad sobre el

enamorado joven; veía una fuerza efectiva y revolucionaria delante de su

fuerza histórica, y si no le tenía miedo, era innegable que aquel

repentino tesón la infundía algún respeto.

Aquella mujer que dormía a pierna suelta después de haber estrangulado,

en connivencia con Torquemada, a un infeliz deudor, estaba intranquila

ante los problemas de conciencia que le había planteado su sobrino tan

candorosamente. Si quería tanto a esa mujer, ¿con qué derecho oponerse a

que se casara con ella? Y si tenía la tal inclinaciones honradas, y buen

síntoma de honradez era el ser tan económica, ¿quién cargaba con la

responsabilidad de atajarla en el camino de la reforma? Doña Lupe empezó

a llenarse de escrúpulos. Su corazón no era depravado sino en lo tocante

a préstamos; era como los que tienen un vicio, que fuera de él, y cuando

no están atacados de fiebre, son razonables, prudentes y discretos.

Al día siguiente, después de otro altercado con su sobrino, apuntaron

vagamente en su alma las ideas de transacción. Ya no cabía duda de que

la pasión de Maximiliano era tenaz y profunda, y de que le prestaba

energías incontrastables. Ponerse frente a ella era como ponerse delante

de una ola muy hinchada en el momento de reventar. Doña Lupe reflexionó

mucho todo aquel día, y como tenía un gran sentido de la realidad,

empezó a reconocer el poder que ejercen sobre nuestras acciones los

hechos consumados, y el escaso valor de las ideas contra ellos. Lo de

Maxi sería un disparate, ella seguía creyendo que era una burrada atroz;

mas era un hecho, y no había otro remedio que admitirlo como tal. Pensó

entonces con admirable tino que cuando en el orden privado, lo mismo

que en el público, se inicia un poderoso impulso revolucionario, lógico,

motivado, que arranca de la naturaleza misma de las cosas y se fortifica

en las circunstancias, es locura plantársele delante; lo práctico es

sortearlo y con él dejarse ir aspirando a dirigirlo y encauzarlo. Pues a

sortear y dirigir aquella revolución doméstica; que atajarla era

imposible, y el que se le pusiera delante, arrollado sería sin

remedio... De esta idea provino la relativa tolerancia con que habló a

su sobrino en la segunda noche de confianzas, la maña con que le fue

sacando noticias y pormenores de su novia, sin aparentar curiosidad,

aventurándose a darle algunos consejos. Verdad que entre col y col le

soltaba ciertas frescuras; pero esto era muy estudiado para que Maxi no

viera el juego. «No cuentes conmigo para nada; allá te las hayas... Ya

te he dicho que no quiero saber si tu novia tiene los ojos negros o

amarillos. A mí no me vengas con zalamerías. Te oigo por consideración;

pero no me importa. ¿Que la vaya yo a ver? ¡Estás tú fresco...!».

A Maximiliano le había dado su metamorfosis una penetración

intermitente. En ocasiones poseía la vista rápida y segura del ingenio

superior; en ocasiones era tan ciego que no veía tres sobre un burro.

Las pasiones exaltadas producen estas pasmosas diferencias en la

eficacia de una facultad, y hacen a los hombres romos o agudos cual si

estuviera el espíritu sometido a una influencia lunática. Aquel día leyó

el joven en el corazón de doña Lupe y apreció sus disposiciones

pacificadoras, a pesar de las frases estudiadas con que las quería

disimular. Hizo además un razonamiento que demuestra la agudeza genial

que adquiría en ciertos momentos de verdadero estro, adivinando por arte

de inspiración los arcanos del alma de sus semejantes. El razonamiento

fue este: «Mi tía se ablanda; mi tía se da a partido. Y como Fortunata

no le debe dinero, ni se lo deberá nunca, porque estoy yo para

impedirlo, ha de llegar día en que sean amigas».

--v--

Porque doña Lupe era tal y como su sobrino la pintaba en aquella breve

consideración; era juiciosa, razonable, se hacía cargo de todo, miraba

con ojos un tanto escépticos las flaquezas humanas, y sabía perdonar las

ofensas y hasta las injurias; pero lo que es una deuda no la perdonaba

nunca. Había en ella dos personas distintas, la mujer y la prestamista.

El que quisiera estar bien con ella y gozar de su amistad, tuviese mucho

cuidado de que las dos naturalezas no se confundieran nunca. Un simple

pagaré, extendido y firmado de la manera más cordial del mundo, bastaba

a convertir la amiga en basilisco, la mujer cristiana en inquisidora.

La doble personalidad de esta señora tenía un signo externo en su

cuerpo, una representación fatal, obra de la cirugía, que en este punto

fue una ciencia justiciera y acusadora. A doña Lupe le faltaba un pecho,

por amputación a consecuencia del tumor scirroso de que padeció en vida

de su marido. Como presumía de buen cuerpo y usaba corsé dentro de casa,

aquella parte que le faltaba la suplió con una bien construida pelota de

algodón en rama. A la vista, después de vestida, ofrecía gallardo

conjunto; pero tras de la ropa, sólo la mitad de su seno era de carne;

la otra mitad era insensible y bien se le podía clavar un puñal sin que

le doliese. Lo mismo era su corazón; la mitad de carne, la mitad de

algodón. La índole de las relaciones que con las personas tuviese

determinaba el predominio de tal o cual mitad. No mediando ningún

pagaré, daba gusto de tratar con aquella señora; mas como las

circunstancias la hicieran _inglesa_, ya estaba fresco el que se metiese

con ella.

Y no había sido así en vida de su marido. Verdad que en aquel tiempo

venturoso, no manejaba más dinero que el que Jáuregui le daba para el

gasto de la casa. Después de viuda, viéndose con cuatro cachivaches y

cinco mil reales, imaginó fundar una casa de huéspedes, pero Torquemada

se lo quitó de la cabeza, ofreciéndose a colocarle sus dineros con buen

interés y toda la seguridad posible. El éxito y las ganancias

engolosinaron a doña Lupe, que adquirió gradual y rápidamente todas las

cualidades del perfecto usurero, y echó el medio pecho de algodón,

haciéndose insensible, implacable y dura cuando de la cobranza puntual

de sus créditos se trataba. Los primeros años de esta vida pasó la

señora grandes apuros, porque los réditos, aun con ser tan crecidos, no

le bastaban al sostenimiento de su casa. Pero a fuerza de orden y

economía fue saliendo adelante, y aun hizo verdaderos milagros

atendiendo a las medicinas que Maximiliano necesitaba y a los

considerables gastos de su carrera. Quería mucho a su sobrino y se

afanaba porque nada le faltara. Este mérito grande no se le podía negar.

Lo que dijo del garbanzo que tenía el valor de una perla, es muy cierto.

Pero no lo es que hubiese practicado la usura por el solo interés de dar

carrera al sietemesino. Esto se lo decía ella a sí propia en sus

soliloquios; pero era uno de esos sofismas con que quiere cohonestarse y

ennoblecerse el egoísmo humano. Doña Lupe _trabajaba en préstamos_ por

pura afición que le infundió Torquemada, y sin sobrino y sin necesidades

habría hecho lo mismo.

Cuando vinieron los años bonancibles y el capitalito de la viuda

ascendió a dos mil duros, iniciose un periodo de buena suerte que debía

de ser pronto increíble prosperidad. Cayó en las combinadas redes de los

dos prestamistas un pobre señor, más desgraciado que perverso (que había

sido director general y vivía con gran rumbo a pesar de estar a la

cuarta pregunta), y no quiero decir cómo le pusieron. Los dos mil duros

de doña Lupe crecieron como la espuma en el término de tres años,

renovando obligaciones, acumulando intereses y aumentando estos cada año

desde dos por ciento mensual, que era el tipo primitivo, a cuatro. A la

pobre víctima le sacó Torquemada mucho más, porque se adjudicó sus

muebles riquísimos por un pedazo de pan; pero el tal se lo tenía muy

bien merecido. Después se rehízo con un destino en la administración de

Cuba; se volvió a perder, tornó a reponerse en Filipinas, y ahora está

por cuarta vez en poder de los vampiros. Como ya no hay dinero en las

colonias, parece difícil que este desventurado haga la quinta pella.

Dicen que América para los americanos. ¡Vaya una tontería! América para

los usureros de Madrid.

En la fecha en que nuestra narración coge a doña Lupe, tenía ya un

caudalito de diez mil duros, parte asegurado en acciones del Banco y

parte en préstamos con pagaré legalizado, figurando mucha mayor cantidad

de la percibida por el deudor. El ex-alabardero era enemigo _del

materialismo_ de las hipotecas con seguridad legal y rédito prudente.

Los préstamos arriesgados con premio muy subido eran su delicia y su

arte predilecto, porque aun cuando alguno no se cobrase hasta la víspera

del Juicio Final, la mayor parte de las víctimas caían atontadas por el

miedo al escándalo, y se doblaba el dinero en poco tiempo. Tenía olfato

seguro para rastrear a las personas pundonorosas, de esas que entregan

el pellejo antes que permitir andar en lenguas de la fama, y con estas

se metía hasta el fondo, _se atracaba de deudor_.

Poco a poco fue transmitiendo su manera de ser, de obrar y sentir a su

compinche, como se pasa la imagen de un papel a otro por medio del calco

o el estarcido. Cada vez que D. Francisco le llevaba dinero cobrado, un

problema de usura resuelto y finiquito, se alegraba tanto la viudita que

se le abrían los poros, y por aquellas vías se le entraba el carácter de

Torquemada a posesionarse del suyo e informarlo de nuevo.

La esposa de Torquemada estaba hecha tan a semejanza de este, que doña

Lupe la oía y la trataba como al propio don Francisco. Y con el trato

frecuente que las dos señoras tenían, doña Silvia llegó también a

ejercer gran influencia sobre su amiga, imprimiendo en esta algunos

rasgos de su fisonomía moral. Era hombruna, descarada y cuando se ponía

en jarras hacía temblar a medio mundo. Más de una vez aguardó en la

calle a un acreedor, con acecho de asesino apostado, para insultarle sin

piedad delante de la gente que pasaba. A esto no llegó ni podía llegar

la de Jáuregui, porque tenía ciertas delicadezas de índole y de

educación que se sobreponían a sus enconos de usurera. Pero sí fueron

juntas alguna vez a la casa de una infeliz viuda que les debía dinero, y

después de apremiarla inútilmente para que les pagara, echaron miradas

codiciosas hacia los muebles. Las dos harpías cambiaron breves palabras

frente a la víctima, que por poco se muere del susto. «A usted le

conviene esta copa-brasero--dijo doña Silvia--, y a mí aquella cómoda».

Hicieron subir a los mozos de cordel y se llevaron los citados objetos,

después de quitarle a la cómoda la ropa y a la copa el fuego. La deudora

se avino a todo por perder de vista a las dos infernales mujeres que

tanto pavor le causaban.

La copa aquella estaba en la sala de doña Lupe; mas no se encendía

nunca. Maximiliano sabía su procedencia, así como la de un bargueño y un

armario soberbio que en la alcoba estaban. La mesa en que el estudiante

escribía entró en la casa de la misma manera, y la vajilla buena que se

usaba en ciertos días fue adquirida por la quinta parte de su valor, en

pago de un pico que adeudaba una amiga íntima. Doña Silvia había hecho

el negocio, que doña Lupe no se atreviera a tanto. Un centro de plata,

dos bandejas del mismo metal y una tetera que la señora mostraba con

orgullo, habían ido a la casa empeñadas también por una amiga íntima y

allí se quedaron por insolvencia. Maximiliano se había enterado de

muchos pormenores concernientes a los manejos de su tía. Las alhajas,

vestidos de señora, encajes y mantones de Manila que pasaban a ser

suyos, tras largo cautiverio, vendíalos por conducto de una corredora

llamada Mauricia la Dura. Esta iba a la casa con frecuencia en otros

tiempos; pero ya apenas _corría_, y doña Lupe la echaba muy de menos,

porque aunque era muy alborotada y disoluta, cumplía siempre bien.

Asimismo había podido observar Maximiliano en su propia casa lo

implacable que era su tía con los deudores, y de este conocimiento vino

el inspirado juicio que formuló de esta manera: «Si me caso con

Fortunata y si la suerte nos trae escaseces, antes pediremos limosna por

las calles que pedir a mi tía un préstamo de dos pesetas... Mientras más

amigos, más claros».

-IV-

Nicolás y Juan Pablo Rubín.--Propónense nuevas artes y medios de

redención

--i--

Hallábase doña Lupe, en el fondo de su alma, inclinada a la transacción

lenta que imponían las circunstancias; mas no quiso dar su brazo a

torcer ni dejar de mostrar una inflexibilidad prudente, hasta tanto que

viniese Juan Pablo y hablaran tía y sobrino de la inaudita novedad que

había en la familia. Una mañana, cuando Maximiliano estaba aún en la

cama no bien dormido ni despierto, sintió ruido en la escalera y en los

pasillos. Oyó primero patadas y gritos de mozos que subían baúles,

después la voz de su hermano Juan Pablo; y lo mismo fue oírla, que

sentir renovado en su alma aquel pícaro miedo que parecía vencido.

No tenía malditas ganas de levantarse. Oyó a su tía regateando con los

mozos por si eran tres o eran dos y medio. Después, le pareció que Juan

Pablo y su tía hablaban en el comedor. ¡Si le estaría contando

aquello...! Seguramente, porque su tía era muy novelera, y no le gustaba

de que ciertas cosas se le enranciaran dentro del cuerpo. Oyó luego que

su hermano se lavaba en el cuarto inmediato, y cuando doña Lupe entró

para llevarle toallas, cuchichearon largo rato. Maximiliano calculó que

probablemente hablarían de la herencia; pero no las tenía todas consigo.

Trataba de darse ánimos considerando que su hermano era el más simpático

de la familia, el de más talento y el que mejor se hacía cargo de las

cosas.

Levantose al fin de mala gana. Ya lavado y vestido, vacilaba en salir, y

se estuvo un ratito con la mano en el picaporte. Doña Lupe tocó a la

puerta, y entonces ya no hubo más remedio que salir. Estaba pálido y

daba lástima verle. Abrazó a su hermano, y en el mirar de este, en el

tono de sus palabras, conoció al punto que sabía la grande, increíble

historia. No tenía ganas el joven de explicaciones ni disputas aquella

hora, y como era un poco tarde se apresuró a irse a la clase. Mas no

tuvo sosiego en ella, ni cesó de pensar en lo que su hermano diría y

haría. Esta perplejidad le arrancaba suspiros. El miedo, el pícaro miedo

era su principal enemigo. Conveníale, pues, quitarse pronto la máscara

ante su hermano como se la había quitado ante doña Lupe, pues hasta que

lo hiciera no se reintegraría en el uso de su voluntad. Si Juan Pablo

salía por la tremenda, quizás era mejor, porque así no estaba

Maximiliano en el caso de guardarle consideraciones; pero si se ponía

en un pie de astucias diplomáticas, fingiendo ceder para resistir con la

inercia, entonces... Esto ¡ay!, lo temía más que nada.

Pronto había de salir de dudas. Cuando Maximiliano entró a almorzar, ya

estaba Juan Pablo sentado a la mesa, y a poco llegó doña Lupe con una

bandeja de huevos fritos y lonjas de jamón. Gozosa estaba aquel día la

señora, porque Papitos se portaba bien, como siempre que había aumento

de trabajo. «Es tan novelera esta mona--decía--, que cuando tenemos

mucho que hacer parece que se multiplica. Lo que ella quiere es lucirse,

y como vea ocasiones de lucimiento, es un oro. Cuando menos hay que

hacer es cuando la pega. Me la traje a casa hecha una salvajita, y poco

a poco le he ido quitando mañas. Era golosa, y siempre que iba a la

tienda por algo, lo había de catar. ¿Creerás que se comía los fideos

crudos?... La recogí de un basurero de Cuatro Caminos, hambrienta,

cubierta de andrajos. Salía a pedir y por eso tenía todos los malos

hábitos de la vagancia. Pero con mi sistema la voy enderezando. Porrazo

va, porrazo viene, la verdad es que sacaré de ella una mujer en toda la

extensión de la palabra».

--Está tan malo el servicio en Madrid--observó Juan Pablo--, que no debe

usted mirarle mucho los defectos.

Durante todo el almuerzo hablaron del servicio, y a cada cosa que decían

miraban a Maximiliano como impetrando su asentimiento. El joven observó

que su hermano estaba serio con él, pero aquella seriedad indicaba que

le reconocía hombre, pues hasta entonces le trató siempre como a un

niño. El estudiante esperaba burlas, que era lo que más temía, o una

reprimenda paternal. Ni una cosa ni otra se apuntaba en el lenguaje

indiferente y frío de Juan Pablo. Este, después de almorzar, sintiose

amagado de la jaqueca y se echó de muy mal humor en su cama. Toda la

tarde y parte de la noche estuvo entre las garras de aquella desazón más

molesta que grave. No eran sus ataques tan penosos como los de

Maximiliano, y generalmente le era fácil anegar el dolor hemicráneo en

la onda del sueño. Ya sabía que el cansancio de los viajes consecutivos

le producía el ataque, y que este se pasaba en la noche mas no por esto

lo llevaba con paciencia. Renegando de su suerte estuvo hasta muy tarde,

y al fin descansó con sosegado sueño.

En tanto, doña Lupe hacía mil consideraciones sobre el apático desdén

con que Juan Pablo recibiera la noticia de _aquello_. Había fruncido el

ceño; después había opinado que su hermano era loco, y por fin, alzando

los hombros, dijo: «¿Yo qué tengo que ver? Es mayor de edad. Allá se las

haya».

Lo mismo Maximiliano que su tía habían notado que Juan Pablo estaba

triste. Primero lo atribuyeron a cansancio; pero notaron luego que

después de las doce horas de sueño reparador, estaba más triste aún. No

sostenía ninguna conversación. Parecía que nada le interesaba, ni aun la

herencia, de la que hablaba poco, aunque siempre en términos precisos.

«¿Sabes que tu hermano lo ha tomado con calma?» dijo doña Lupe a Maxi

una noche.

--¿Qué?--El asunto tuyo. Dos veces le he hablado. ¿Y sabes lo que hace?

Alzar los hombros, sacudir la ceniza del cigarro con el dedo meñique, y

decir que ahí se las den todas.

El enamorado oía con júbilo estas palabras, que eran para él un gran

consuelo. Indudablemente Juan Pablo observaba la prudente regla de

respetar los sentimientos y propósitos ajenos para que le respetaran los

suyos. Hablaba tan poco, que doña Lupe tenía que sacarle las palabras

con cuchara. «O está también haciendo el trovador--decía doña Lupe--, o

le pasa algo. Estoy yo divertida con mis sobrinos. Todos están con

murria. Al menos Maxi es franco y dice lo que quiere».

Hubiera hurgado doña Lupe a su sobrino mayor para que le relevase la

causa de su tristeza; pero como presumía fuese cosa de política, no

quiso tocar este punto delicado por no armar camorra con Juan Pablo,

que era o había sido carlista, al paso que doña Lupe era liberal, cosa

extraña, liberal _en toda la extensión de la palabra_. Después de servir

a D. Carlos en una posición militar administrativa, Rubín había sido

expulsado del Cuartel Real. Sus íntimos amigos le oyeron hablar de

calumnias y de celadas traidoras; pero nada se sabía concretamente.

Dejaba escapar de su pecho exclamaciones de ira, juramentos de venganza

y apóstrofes de despecho contra sí mismo. «¡Bien merecido lo tengo por

meterme con esa gente!». Cuando llegó a Madrid echado de la corte de D.

Carlos, fue a casa de su tía, según costumbre antigua; pero apenas

paraba en la casa. Dormía fuera, comía también fuera, casi siempre en

los cafés o en casa de alguna amiga, y doña Lupe se desazonaba juzgando

con razón que semejante vida no se ajustaba a las buenas prácticas

morales y económicas. De repente, el misántropo volvió al Norte,

diciendo que regresaría pronto, y mientras estuvo fuera se supo la

muerte de Melitona Llorente. La primera noticia que de la herencia tuvo

Juan Pablo diósela su tía paterna por una carta que le dirigió a Bayona.

Preparábase a volver a España, y la carta aquella con la noticia que

llevaba aceleró su vuelta. Entró por Santander, se fue a Zaragoza por

Miranda y de allí a Molina de Aragón. Diez días estuvo en esta villa,

donde ninguna dificultad de importancia le ofreció la toma de posesión

del caudal heredado. Este ascendía a unos treinta mil duros entre

inmuebles y dinero dado a rédito sobre fincas; y descontadas las mandas

y los derechos de traslación de dominio, quedaban unos veintisiete mil

duros. Cada hermano cobraría nueve mil. Juan Pablo, al llegar a Madrid,

escribió a Nicolás para que también viniese, con objeto de estar

reunidos los tres hermanos y tratar de la partición.

He dicho que doña Lupe rehuía el hablar de política con Juan Pablo. En

realidad, ella no entendía jota de política, y si era liberal, éralo por

sentimiento, como tributo a la memoria de su Jáuregui y por respeto al

uniforme de miliciano nacional que este tan gallardamente ostentaba en

su retrato. Pero si le hubieran dicho que explicara los puntos

esenciales del dogma liberal, se habría visto muy apurada para

responder. No sabía más sino que aquellos malditos _carcas_ eran unos

indecentes que nos querían traer la Inquisición y las _caenas_. Había

respirado aquella señora aires tan progresistas durante su niñez y en

los gloriosos veinte años de su unión con Jáuregui, que no quería ni oír

hablar de absolutismo. No comprendía cómo su sobrino, un muchacho tan

listo, había cometido la borricada de hacerse súbdito de aquel zagalón

de D. Carlos, un perdido, un zafiote, un déspota _en toda la extensión

de la palabra_.

En la cuestión religiosa, las ideas de doña Lupe se adaptaban al

criterio de su difunto esposo, que era el más juicioso de los hombres y

sabía dar _a Dios lo que es de Dios y al César_, etc... Este estribillo

lo repetía muy orgullosamente la viuda siempre que saltaba una

oportunidad, añadiendo que creía cuanto la Santa Madre Iglesia manda

creer; pero que mientras menos trato tuviera con curas, mejor. Oía su

misa los domingos y confesaba muy de tarde en tarde; mas de este paso

regular no la sacaba nadie.

Desde un día en que disputando con su sobrino sobre este tema, se

amontonaron los dos y por poco se tiran los trastos a la cabeza, no

quiso doña Lupe volver a mentar a los _carcundas_ delante de Juan Pablo.

Y cuando le vio venir del Cuartel Real, corrido y humillado, tuvo la

señora una alegría tal que con dificultad podía disimularla. Se acordaba

de su Jáuregui y de las cosas oportunas y sapientísimas que este decía

sobre todo desgraciado que se metía con curas, pues era lo mismo que

acostarse con niños. «Y no aprenderá--pensaba doña Lupe--; todavía es

capaz de volver a las andadas, y de ir allá a quitarle motas al zángano

de Carlos _Siete_.

--ii--

Durmiose Maxi aquella noche arrullado por la esperanza. Síntoma de

conciliación era que su tía no le hablaba ya con ira, y aun parecía

tenerle en verdadero concepto de hombre o de varón. A veces, hasta

parecía que la insigne señora le tenía cierto respeto. ¡Si no hay como

mostrarse duro y decidido para que le respeten a uno...! Por lo demás,

doña Lupe había vuelto a cuidarle con su acostumbrada solicitud. Le

ponía en la mesa los platos de su gusto, y en su cuarto nada faltaba

para su regalo y comodidad. En fin, que el pobre chico estaba

satisfecho; sentía que el terreno se solidificaba bajo sus plantas, y se

reconocía más árbitro de su destino, y casi triunfante en la descomunal

batalla que estaba dando a su familia.

En cuanto a Juan Pablo, no había nada que temer. Los dos hermanos no

tenían ocasiones de hablar mucho, porque el primogénito, después de

almorzar, se marchaba a uno de los cafés de la Puerta del Sol y allí se

estaba las horas muertas. Por la noche o venía muy tarde o no venía. La

idea de que su hermano andaba de picos pardos regocijaba a Maxi porque

«ahora se verá--decía--, quién es más juicioso, quién cumple mejor las

leyes de la moral. Que no nos venga aquí echándosela de plancheta con

su _neísmo_».

En suma, que mi hombre se veía más respetado y considerado desde que se

las tuvo tiesas con su tía la mañana de marras. La única persona que no

participaba ni poco ni mucho de este respeto era Papitos, que cada día

le trataba con familiaridad más chocarrera. «Feo, cara de pito, memo en

polvo--decíale sacando un trozo de lengua tal que casi parecía

inverosímil--. Valiente mico está _vusté_... Verá cómo no le dejan

casar... Sí, para _vusté_ estaba. Bobo, más que bobo». Maximiliano la

despreciaba y se lo decía: «Lárgate de aquí, sinvergüenza, o te quito

todas las muelas de una bofetada». «_¿Vusté, vusté?_, ja, ja. Si le

cojo, del primer borleo va a parar al tejado».

Más valía no hacerle caso. Era una inocente que no sabía lo que se

decía. Estaba Papitos arreglando el cuarto de _sito_ Maxi, donde se puso

la cama para el cura, que debía llegar al día siguiente por la mañana.

No veía el estudiante con buenos ojos este arreglo, porque siempre que

su hermano Nicolás venía a Madrid y dormía en aquel cuarto le espantaba

el sueño con sus ronquidos. Eran sus fauces y conducto nasal trompeta de

Jericó con diferentes registros a cual peor. Maxi se ponía tan nervioso,

que a veces tenía que salirse de la cama y del cuarto. Lo que más le

incomodaba era que a la mañana siguiente el cura sostenía que no había

dormido nada.

Indicó a doña Lupe que le librara de este martirio poniendo a Nicolás en

otra habitación. ¿Pero dónde, si no había más aposentos en la casa? La

señora le prometió ponerle la cama en su propia alcoba si el cura

roncaba mucho la primera noche. «Pero ahora que me acuerdo, yo también

ronco... En fin, ya se arreglará. Aunque sea en la sala te podrás

quedar».

Llegó Nicolás Rubín a la mañanita siguiente, y Maxi le vio entrar como

un enemigo más con quien tendría que batirse. El carácter sacerdotal de

su hermano le impresionaba, pues por mucho que su tía y él hablaran

contra el _neísmo_, un cura siempre es una autoridad en cualquier

familia. A este hermano le quería Maxi menos que a Juan Pablo, sin duda

por haber vivido ausente de él durante su niñez.

Los dos hermanos mayores almorzaron juntos, mas no hablaron ni palotada

de política, por no chocar con doña Lupe. Precisamente Nicolás fue quien

metió a Juan Pablo por el aro carlista, prometiéndole villas y

castillos. Habíale dado recomendaciones para elevadas personas del

Cuartel Real y para unos clérigos de caballería que residían en Bayona.

Pero nada, como digo, se habló en la mesa. No se les ocultaba que su tía

sabía hacer guardar los respetos debidos a la entidad de Jáuregui,

presente siempre en la casa por ficción mental, de que era símbolo el

feo retrato que en el gabinete estaba. Hablaban del tiempo, de lo mal

que se vivía en Toledo, de que el viento se había llevado toda la flor

del albaricoque, y de otras zarandajas, honrando sin melindres el buen

almuerzo.

De sobremesa, Juan Pablo propuso, puesto que estaban todos reunidos,

tratar algunos puntos de la herencia, que debían ponerse en claro. Él no

quería propiedad rústica, y si sus hermanos lo aprobaban, recibiría su

parte en metálico e hipotecas. Otras hipotecas y las tierras serían para

Nicolás y Maximiliano. Estos se conformaron con lo que su hermano

proponía, y a doña Lupe le dieron ganas de tomar cartas en el asunto;

pero no se atrevió a intervenir en un negocio que no le incumbía. No

tuvo más remedio que tragar saliva y callarse. Después le dijo a

Maximiliano: «Habéis sido unos tontos. Tu hermano quiere su parte en

metálico para gastarla en cuatro días. Es una mano rota. ¿A mí qué me va

ni me viene? Pues más te habría valido recibir lo tuyo en dinero

contante, que bien colocado por mí, te habría dado una rentita bien

segura. Y si no, lo has de ver. Yo quiero saber cómo te las vas tú a

gobernar con tanto olivo, tanto parral y ese pedazo de monte bajo que

dicen que te toca. Lo mismo que el majagranzas de Nicolás; a todo decía

que sí. Por de pronto tendréis que tomar un administrador que os robará

los ojos, y os dará cada cuenta que Dios tirita. ¡Qué par de zopencos

sois! Yo te miraba y te quería comer con los ojos, dándote a entender

que te resistieras; y tú, hecho un marmolillo... Y luego quieres

echártela de hombre de carácter. Bonito camino, sí señor, bonito camino

tomas».

Otra cosa había propuesto también el primogénito, a la que accedieron

gustosos los otros dos hermanos. Cuando murió D. Nicolás Rubín, todos

los _ingleses_ cobraron con las existencias de la tienda, a excepción de

uno, que había sido el mejor y más fiel amigo del difunto en sus días

buenos y malos. Este acreedor era Samaniego, el boticario de la calle

del Ave María, y su crédito ascendía, con el interés vencido de seis por

ciento, a sesenta y tantos mil reales. Propuso Juan Pablo satisfacerlo

como un homenaje a la justicia y a la buena memoria de su querido padre,

y se votó afirmativamente por unanimidad. La misma doña Lupe aprobó este

acuerdo, que si recortaba un poco el capital de la herencia, era un acto

de lealtad y como una consagración póstuma de la honradez de su infeliz

hermano. Samaniego no había reclamado nunca el pago de su deuda, y esta

delicadeza pesaba más en el ánimo de los Rubín para pagarle. Ambas

familias se visitaban a menudo, tratándose con la mayor cordialidad, y

aun se llegó a decir que Juan Pablo no miraba con malos ojos a la mayor

de las hijas del boticario, llamada Aurora, y de cuyas virtudes, talento

y aptitud para el trabajo se hacía toda lenguas doña Lupe.

Aprobadas la partición propuesta por Juan Pablo y la cancelación del

crédito de Samaniego.

Maximiliano, con estas cosas, se sentía cada vez más fuerte. Había

tomado acuerdos en consejo de familia, luego era hombre. Si tenía la

personalidad legal, ¿cómo no tener la otra? Figurábase que algo crecía y

se vigorizaba dentro de él, y hasta llegó a imaginar que si le pusieran

en una báscula había de pesar más que antes de aquellas determinaciones.

Sin duda tenía también más robustez física, más dureza de músculos, más

plenitud de pulmones. No obstante, estaba sobre ascuas hasta que su

hermano el cleriguito no se explicase. Podría suceder muy bien que

cuando todo iba como una seda, saliese con ciertas _mistiquerías_

propias de su oficio, sacando el Cristo de debajo de la sotana y

alborotando la casa.

La noche del mismo día en que se trató de la herencia, supo Nicolás lo

que pasaba, y no lo tomó con tanta calma como Juan Pablo. Su primer

arranque fue de indignación. Tomó una actitud consternada y meditabunda,

haciendo el papel de hombre entero, a quien no asustan las dificultades

y que tiene a gala el presentarles la cara. Las relaciones entre Nicolás

y la viuda, que habían sido frías hasta un par de meses antes de los

sucesos referidos, eran en la fecha de estos muy cordiales, y no porque

tía y sobrino tuviesen conformidad de genio, sino por cierta

coincidencia en procederes económicos que atenuaba la gran disparidad

entre sus caracteres. Doña Lupe no había simpatizado nunca con Nicolás;

primero, porque las sotanas en general no la hacían feliz; segundo,

porque aquel sobrino suyo no se dejaba querer. No tenía las seducciones

personales de Juan Pablo, ni la humildad del pequeño. Su fisonomía no

era agradable, distinguiéndose por lo peluda, como antes se indicó. Bien

decía doña Lupe que así como el primogénito se llevara todos los

talentos de la familia, Nicolás se había adjudicado todos los pelos de

ella. Se afeitaba hoy, y mañana tenía toda la cara negra. Recién

afeitado, sus mandíbulas eran de color pizarra. El vello le crecía en

las manos y brazos como la yerba en un fértil campo, y por las orejas y

narices le asomaban espesos mechones. Diríase que eran las ideas, que

cansadas de la oscuridad del cerebro se asomaban por los balcones de la

nariz y de las orejas a ver lo que pasaba en el mundo.

Cargábanle a doña Lupe sus pretensiones sermonarias y cierta grosería

entremezclada con la soberbia clerical. Las relaciones entre una y otro

eran puramente de fórmula, hasta que a Nicolás, en uno de los viajes que

hizo a Madrid, se le ocurrió entregar a la tía sus ahorros para que se

los colocara, y véase aquí cómo se estableció entre estas dos personas

una corriente de simpatía convencional que había de producir la amistad.

Era como dos países separados por esenciales diferencias de raza y

antagonismos de costumbres, y unidos luego por un tratado de comercio.

Lo contrario pasó entre Juan Pablo y doña Lupe. Esta le tuvo en otro

tiempo mucho cariño y apreciaba sus grandes atractivos personales; pero

ya le iba dando de lado en sus afectos. No le perdonaba sus hábitos de

despilfarro y el poco aprecio que hacía del dinero gastándolo tan sin

sustancia. Ni una sola vez, ni una, le había dado un pico para que se lo

colocase a rédito. Siempre estaba a la cuarta pregunta, y como pudiera

sacarle a su tía alguna cantidad por medio de combinaciones dignas del

mejor hacendista, no dejaba de hacerlo, y a la viuda se le requemaba la

sangre con esto. Véase, pues, cómo se entendía mejor con el más

antipático de sus sobrinos que con el más simpático.

--iii--

Conocedor Nicolás de la tremenda noticia, le faltó tiempo para pegar la

hebra de su soporífero sermón, sólo interrumpido cuando Papitos trajo la

ensalada. Porque Nicolás Rubín no podía dormir si no le ponían delante a

punto de las once una ensalada de lechuga o escarola, según el tiempo,

bien aliñada, bien meneada, con el indispensable ajito frotado en la

ensaladera, y la golosina del apio en su tiempo. Había comido muy bien

el dichoso cura, circunstancia que no debe notarse, pues no hay memoria

de que dejara de hacerlo cumplidamente ningún día del año. Pero su

estómago era un verdadero molino, y a las tres horas de haberse llenado,

había que cargarlo otra vez. «Esto no es más que debilidad--decía

poniendo una cara grave y a veces consternada--, y no hay idea de los

esfuerzos que he hecho por corregirla. El médico me manda que coma poco

y a menudo».

Cayó sobre aquel forraje de la ensalada, e inclinaba la cara sobre ella

como el bruto sobre la cavidad del pesebre lleno de yerba.

«Le diré a usted, tía--murmuraba con el gruñido que la masticación le

permitía--. Yo no soy de mucho comer, aunque lo parezca».

--Podías serlo más. Come, hijo, que el comer no es pecado gordo.

Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas · 第 20 / 49 题