Retrato de Mariano Rosas.--Su política.--Cómo le tomaron prisionero
los cristianos.--Rosas le hace peón de su estancia del Pino.--Su
fuga.--Agradecimiento por su antiguo patrón.--Paralelo.--De pillo á
pillo.--Voto de un indio.--Muerte de Painé.--Derecho hereditario entre
los indios.--Los refugiados políticos.--Mareo.--Mariano Rosas quiere
_loncotear_ conmigo.--Apuros.--Una sombra.
El cacique general de las tribus Ranquelinas tendrá cuarenta y cinco
años de edad.
Pertenece á la categoría de los hombres de talla mediana. Es delgado,
pero tiene unos miembros de acero. Nadie bolea, ni piala, ni sujeta un
potro del cabestro como él.
Una negra cabellera larga y lacia, nevada ya, cae sobre sus hombros y
hermosea su frente despejada, surcada de arrugas horizontales. Unos
grandes ojos rasgados, hundidos, garzos y chispeantes, que miran con
fijeza por entre largas y pobladas pestañas, cuya expresión habitual
es la melancolía, pero que se animan gradualmente, revelando entonces
orgullo, energía y fiereza; una nariz pequeña deprimida en la punta,
de abiertas ventanas, signo de desconfianza, de líneas regulares y
acentuadas; una boca de labios delgados que casi nunca muestra los
dientes, marca de astucia y crueldad; una barba aguda, unos juanetes
saltados, como si la piel estuviese disecada, manifestación de valor, y
unas cejas vellosas, arqueadas, entre las cuales hay siempre unas rayas
perpendiculares, señal inequívoca de irascibilidad, caracterizan su
fisonomía, bronceada por naturaleza, requemada por las inclemencias del
sol, del aire frío, seco y penetrante del desierto pampeano.
Mariano Rosas es hijo del famoso cacique Painé.
Colocado estratégicamente en Leubucó, entre las tribus de los caciques
Ramón y Baigorrita, es el jefe de una confederación. Apoyando unas
veces á Ramón contra Baigorrita y otras á Baigorrita contra Ramón, su
predominio sobre ambos es constante.
Dividir para reinar, es su divisa. Así Baigorrita y Ramón, que son
bravos en la pelea, diestros en todos los ejercicios ecuestres,
entendidos en todo género de faenas rurales, sin tenerle envidia á este
Bismarck ranquelino, ponderan la prudencia de sus consejos, su sesuda
previsión, su carácter persistente y conciliador.
El año de 1834 fué hecho prisionero en la Laguna de Langhelo, situada
donde actualmente existe el fuerte «Gainza» cuyos primeros cimientos
los puse yo, al avanzar, hace ocho meses, la frontera Sud de Santa Fe.
Este paraje dista como treinta leguas de Melincué.
Mariano Rosas, junto con algunos indiecitos y alguna chusma se habían
quedado allí, cuidando una caballada de refresco, mientras su belicoso
padre daba un _malón_, internándose muy adentro.
Los cristianos encargados de la seguridad de la frontera Norte de
Buenos Aires, maniobrando hábilmente, se lanzaron al Sud cuando
sintieron la invasión, para salirles á los ladrones de adelante;
ocuparon y se posesionaron de una de las aguadas principales por donde
debían pasar con el botín, sorprendieron á los caballerizos, les
quitaron toda la caballada y los cautivaron lo mismo que á la chusma.
Mariano Rosas y sus compañeros de infortunio fueron conducidos á los
Santos Lugares. Allí permanecieron engrillados y presos, tratados con
dureza, cerca de un año, según sus recuerdos.
Perdían la esperanza de mejorar de suerte. Mas como está de Dios que el
hombre suba á la cumbre de la montaña cuando menos lo espera, cayendo
en el abismo de la desgracia cuando todo sonreía á su alrededor, un día
los llevaron á presencia del Dictador don Juan Manuel de Rosas.
Interrogándolos minuciosamente, supo éste que Mariano, que se llamaba
á la sazón como su padre, era hijo de un cacique principal de mucha
nombradía. Le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano
en la pila, le dió su apellido y le mandó con los otros de peón á su
estancia del «Pino».
En ella pasaron algunos años trabajando duro, alojados al raso contra
un corral de ñandubay, recibiendo lecciones útiles y provechosas sobre
la manera de hacer las faenas de campo, sobre el modo de amansar
debidamente un potro, aprendiendo á regentar un establecimiento en
forma, tratados unas veces á rebencazos, sin haber faltado en nada,
atendidos generalmente con cariño, recibiendo raciones y salario
como uno de tantos trabajadores--hasta que el amor de la familia,
el recuerdo de las tolderías, el anhelo de una completa libertad,
despertaron en ellos la idea de la fuga, á costa de cualquier riesgo.
Aprovechando una hermosa noche de luna y la confianza que en ellos
tenían, echaron mano de una tropilla de caballos escogidos, y
alzándose, rumbearon al Occidente. Perdiéronse por los campos, porque
no eran baqueanos y porque temerosos de ser descubiertos y aprehendidos
no querían acercarse á las estancias á preguntar dónde quedaba el
Bragado, pueblito que conocían por haber andado _maloqueando_ por allí,
siendo muchachos.
Notada en el «Pino» su desaparición, fueron perseguidos, según supieron
después por una mujer que cautivaron; pero no los alcanzaron.
En el puente de Márquez hallaron una partida de policía. La engañaron
diciendo que habían venido á comercio y que se volvían para Tierra
Adentro. Llegaron á la Federación, hoy Junín, después de haber
andado seis días por los campos sin rumbo determinado; descansando y
ocultándose entre los cardales y pajonales, y allí los dejaron pasar,
mediante un pretexto igual al anterior. Entonces había paz con algunas
tribus que vivían por el Toay, de modo que la composición de lugar
ideada para escapar á la persecución, se concibe que surtiera efecto.
Ésta es la referencia que el mismo Mariano Rosas me ha hecho. Si no te
pareciese verosímil, recuerda aquello, Santiago amigo, de:
«Y si lector dijeres ser comento,
Como me lo contaron te lo cuento.»
Mariano Rosas conserva el más grato recuerdo de veneración por su
padrino; habla de él con el mayor respeto, dice que cuanto es y sabe
se lo debe á él; que después de Dios no ha tenido otro padre mejor;
que por él sabe cómo se arregla y compone un caballo parejero; cómo se
cuida el ganado vacuno, yeguarizo y lanar, para que se aumente pronto y
esté en buenas carnes en toda estación; que él le enseñó á enlazar, á
pialar y á bolear á lo gaucho.
Que á más de estos beneficios incomparables le debe el ser cristiano,
lo que le ha valido ser muy afortunado en sus empresas.
Ya te he dicho que estos bárbaros respetan á los cristianos,
reconociendo su superioridad moral, aunque les gusta vivir como indios,
el _dolce far niente_, tener el mayor número posible de mujeres, tantas
cuantas pueden mantener, en una palabra, ser evangelista en cuanto esto
presupone cierta virtud misteriosa para ser felices en la paz y en la
guerra.
Verdad es que la civilización moderna hace lo mismo con cierto
disimulo, y es por esto, sin duda, que alguien ha dicho que nuestra
pretendida civilización no es muchas veces más que un estado de
barbarie refinada.
Por supuesto, que siendo yo sobrino carnal de Rosas, oyéndolo hablar al
indio de su padrino y progenitor postizo, me haría la ilusión de que lo
más fácil del mundo para mí era catequizarlo. Al más dueño se le queman
los libros en presencia de un hombre de estado primitivo.
La vanidad y tontera humanas, ¿dónde no reciben su castigo? Ya veremos
cómo la diplomacia es igual en todas partes, lo mismo en Londres que en
Viena, en Buenos Aires que en Leubucó; que la cuña para ser buena ha
de ser del mismo palo. Y lo que es más filosófico aún, que la gratitud
anda á caballo en casa de aquéllos que creen merecérselo todo.
Al poco tiempo de estar Mariano Rosas en su tierra, su padrino, que no
daba puntada sin nudo, viendo que el pájaro se le había escapado de la
jaula, y que es bueno tener presente, que quien cría cuervos se expone
á que éstos le saquen los ojos, le mandó un regalo.
Consistía en doscientas yeguas, cincuenta vacas y diez toros de un
pelo, dos tropillas de overos negros con madrinas obscuras, un apero
completo con muchas prendas de plata, algunas arrobas de hierba y
azúcar, tabaco y papel, ropa fina, un uniforme de coronel y muchas
divisas coloradas.
Con este regio presente iba una afectuosa misiva, que Mariano conserva,
concebida más ó menos así:
«Mi querido ahijado: No crea usted que estoy enojado por su partida,
aunque debió habérmelo prevenido para evitarme el disgusto de no saber
qué se había hecho. Nada más natural que usted quisiera ver á sus
padres, sin embargo que nunca me lo manifestó. Yo le habría ayudado en
el viaje haciéndolo acompañar. Dígale á Painé que tengo mucho cariño
por él, que le deseo todo bien, lo mismo que á sus Capitanejos é
indiadas. Reciba ese pequeño obsequio que es cuanto por ahora le puedo
mandar. Ocurra á mí siempre que esté pobre. No olvide mis consejos
porque son los de un padrino cariñoso, y que Dios le dé mucha salud y
larga vida. Su afectísimo--_Juan de Rosas_.»
Esta cartita meliflua y calculada, llevaba un apéndice insignificante
al parecer:
«_Post Data._ Cuando se desocupe, véngase á visitarme con algunos
amigos».
Difícil y algo más que difícil, ardua cosa es desentrañar las
intenciones del más inocente mortal.
Que cada cual comente á su manera la carta y la _post data_ susodichas,
pues.
Yo, cuando se trata de los pensamientos del prójimo, siempre tengo
presente el dicho de cierto moralista de nota, con el que lo confundió
una vez á un hombre de Estado: la ley de Dios que prohíbe los juicios
temerarios es no solamente ley de caridad, sino de justicia y buena
lógica.
Mariano Rosas recibió la carta y el presente, deliberó qué debía
hacer, y como la mejor suerte de los dados es no jugarlos, ó como
diría Sancho, si de ésta escapo y no muero, no más bodas en el cielo,
resolvió: agradecerle la fineza y no visitarle.
Con este motivo, y para que en ningún tiempo se dudara de sus
sentimientos, después de consultar á las viejas agoreras, juró no
moverse jamás de su tierra.
Vinculado por este voto solemne á su hogar, al terreno donde nació,
á los bosques en que pasó su infancia, Mariano Rosas no ha pisado,
después de su cautiverio, en tierra de cristianos, y tiene la
preocupación de que si viene personalmente á alguna invasión caerá
prisionero.
Conozco este episodio de su vida, porque él mismo me lo ha contado.
Diciéndole que el General Arredondo me había encargado le manifestara
los vivos deseos que tenía de conocerle y que cuando estuviera
afianzada la paz era conveniente que le hiciera una visita en Villa de
Mercedes, me contestó:
--Eso no, hermano.
--¿Y por qué?--le pregunté.
Refirióme entonces con minuciosos detalles lo que llevo relatado--para
que se vea que toda la ciencia de los indios, en su trato con los
cristianos, se reduce á un aforismo que nosotros practicamos todos los
días: la desconfianza es madre de la seguridad.
He dicho que Mariano Rosas era hijo de Painé.
Painé murió trágicamente.
El general don Emilio Mitre, para salvar su división en 1856, tuvo que
dejar en el desierto la mayor parte de su material de guerra.
Llegó hasta Chamalcó y de allí contramarchó.
Los indios se vinieron sobre su rastro.
Painé, cacique general entonces de las tribus Ranquelinas, los
acaudillaba. En los montes hallaron un armón de municiones.
Entre ellas había granadas.
Un accidente hizo reventar una.
El armón voló y con él Painé.
Así murió ese cacique mentado.
Su hijo mayor, Mariano Rosas, heredó entonces el gobierno y el poder.
Se cree generalmente que entre los indios, prevaleciendo el derecho del
más fuerte, cualquiera puede hacerse Cacique ó Capitanejo.
Pero no es así, ellos tienen sus costumbres, que son sus leyes.
Aquellas jerarquías son hereditarias, existiendo hasta la abdicación
del padre en favor del hijo mayor, si es apto para el mando.
Por eso actualmente, viviendo el padre del Cacique Ramón, es éste quien
gobierna las indiadas de Carrilobo.
Entre los indios, como en todas partes, hay revoluciones que derrocan
á los que invisten el poder supremo. La regla, sin embargo, es la que
dejo dicho; sólo sufre alteración cuando el Cacique ó el Capitanejo no
tiene hijos ni hermanos que puedan heredar su puesto.
En este caso se hace un plebiscito y la mayoría dirime pacíficamente
las cosas, ni más ni menos que como en un pueblo donde el sufragio
universal campea por sus respetos.
Más revoluciones hemos hecho nosotros, víctimas hoy de una oclocracia,
mañana de otra, quitando y poniendo Gobernadores, que los indios por la
ambición de gobernar.
Y es asunto que se presta á fecundas consideraciones, que los que
aman la libertad racional se persigan unos á otros y se exterminen
con implacable saña, conculcando las instituciones que ellos mismos
han formulado, reconociendo y jurando que son salvadores, por la
satisfacción sensual del poder, y que los que sólo aman la libertad
natural no quiebran lanzas en fratricidas guerras.
Pero ya caigo.
Es que los bárbaros no andan detrás de la mejor de las Repúblicas.
Es que ellos creen una cosa de que nosotros no nos queremos convencer:
que los principios son todo, los hombres nada; que no hay hombres
necesarios; «que si César hubiese pensado como Catón, otros hubieran
pensado como César, y que la República destinada á perecer habría sido
arrastrada al precipicio por cualquier otra mano».
Mariano Rosas se viste como un gaucho, paquete, pero sin lujo.
Á mí me recibió con camiseta de Crimea, mordoré, adornada de trencilla
negra, pañuelo de seda al cuello, chiripá de poncho inglés, calzoncillo
con fleco, bota de becerro, tirador con cuatro botones de plata y
sombrero de castor fino, con ancha cinta colorada.
Como Leubucó es el asiento principal de todos los refugiados políticos,
la santa federación está allí á la orden del día.
Y aunque parezca broma ó exageración, debo decirlo, las noticias no
escasean.
Todo cuanto sueñan los refugiados circula como noticia que ha venido de
Mendoza ó San Luis, de Córdoba ó el Rosario.
Hoy es Urquiza quien se ha pronunciado contra los _salvajes_, mañana
Saa que ha invadido; al día siguiente Guayama, el bandolero de los
llanos es el que ha sublevado la Rioja, después los Taboada han dado el
grito contra el Gobierno.
Todas estas voces se discuten, se comentan, se prestan á mil
conjeturas, se trata de saber cómo han llegado, quién las ha traído,
y el tiempo corre y nada sucede, y el _malón_ aplazado se realiza,
porque el tiempo es oro y es necesario no perderlo, ya que los amigos
federales se duermen en las pajas. No hay idea de todas las quimeras
que en aquellos mundos han mecido la imaginación con motivo de la
guerra del Paraguay. Ha sido una comedia.
Pero ahora que ya sabes el origen de Mariano Rosas, qué cara tiene,
cómo se viste, de qué se ocupan los politicastros de Tierra Adentro
y otras particularidades, reanudemos el hilo del relato empezado al
terminar mi carta anterior.
Mariano me había hecho un yapaí. Yo tenía el cuerno lleno de
aguardiente en la mano.
--Yapaí, hermano--le dije, y me lo bebí de un sorbo para no tomarle el
gusto, como si fuera una purga de aceite de castor.
Sentí como si me hubieran echado una brasa de fuego en el estómago.
La erupción no se hizo esperar; mi boca era un albañal. Despedía á
torrentes todo cuanto había comido y una revolución intestinal rugía
dentro de mí. Oía el bullicio porque tenía orejas, no veía nada. Se me
figuraba que no estaba en el suelo sino suspendido en el aire, dando
vueltas á la manera de una rueda que gira sobre un eje, aunque me
parecía que la cabeza siempre quedaba para abajo, gravitando más que
todo el resto de mi humanidad. Horribles ansias, nauseabundas arcadas,
bascas agrias como vinagre, una desazón é inquietud imponderables me
devoraban.
Pasó el mareo.
Los yapaí siguieron para reforzar la tranca, como decía cierto
espiritual amigo sectario de Baco, cuando entraba al Club del Progreso,
picado ya, y le pedía al mozo una copa de coñac.
Hay situaciones que son como un incendio en alta mar; todas las
probabilidades están en contra. Yo me hallaba en una de ellas.
Para remate de fiestas, Mariano quería loncotear conmigo, ¡_loncotear_
á las tres de la mañana! ¡Era nada lo del ojo y lo llevaba en la
mano! Me defendí como pude. El indio no estaba para bromas. Viendo
que loncotear era imposible, le dió por agarrarme de los hombros
con entrambas manos sacudiéndome con sus fuerzas atléticas unas
veces, empujándome para atrás otras. ¡Hermano! ¡hermano! me decía
con estridente voz, mimbreándose como una vara. Yo le contenía y le
rechazaba con moderación. Un movimiento brusco mío podía hacerle dar un
traspiés. Y si se caía de narices, quién sabe si sus comensales no me
hacían á mí lo que los arrieros á don Quijote.
Bien considerado el caso, era peliagudo. Una de las veces que
esforzándome en contenerlo tropezó, por poco no cae despatarrado,
despachurrándose.
Abrazóse de mí con sus membrudos brazos. Temí algo. Le busqué el puñal,
lo hallé, lo empuñé vigorosamente para que no pudiese hacer uso de él,
y así permanecimos un rato, él pugnando por sacarme campo afuera,
yo luchando por no retirarme de la enramada. Nos separábamos, nos
volvíamos á abrazar. Tornábamos á separarnos y en cada atropellada que
me hacía metíame las manos por la cara.
Yo estaba tentado de llamar á mis oficiales y asistentes, porque
francamente, recelaba un desaguisado. Pero me daba no sé qué hacerlo.
Cierto es que allí no había perros que me asustaran, mas es que tampoco
había miriñaques que me alentaran. Aquel público, el instinto que
despertaba en mí era el de la conservación.
De aguardiente no quedaba ya sino el olor.
La chusma quería rematarse.
--Dando más aguardiente, Coronel--me decían.
--Otro poco, hermano--me dijo Mariano.
Miguelito les habló en su lengua, y tirándome de un brazo:
--Vamos, mi Coronel--me dijo.
Comprendí que quería sacarme de allí. Lo seguí. Los indios se echaron
en el suelo, unos sobre otros, todos revueltos.
Miguelito me llevaba en dirección á mi rancho, iba á amanecer. El cielo
se había cubierto de nubes. La luz de las estrellas apenas brillaban al
través. Estábamos en tinieblas. Yo caminaba, no por mi voluntad sino
arrastrado por mi guardián. Me bamboleaba perdiendo por momentos el
equilibrio. Llegamos á la puerta de mi rancho, Miguelito alzó el cuero.
--Entre y descanse--me dijo,--mi Coronel. Yo voy á entretenerlos á
aquéllos.
Entré.
Detrás de mí entró una sombra.
Á la luz moribunda del candil que había llevado Carmen hacía un rato,
me pareció ver una mujer.
Estas mujeres se le aparecen á uno en todas partes. Nos aman con
abnegación.
¡Y tan crueles que somos después con ellas!
Nos dan la vida, el placer, la felicidad.
¿Y para qué? Para que tarde ó temprano en un arranque de hastío,
exclamemos:
«Siempre igual, necias mujeres.»