El negro del acordeón y la música.--Reflexiones sobre el criterio
vulgar.--Sueño fantástico.--Lucius Victorius Imperator.--Un mensajero
nocturno de Mariano Rosas.--Se reanuda el sueño fantástico.--Mi
entrada triunfal en Salinas Grandes.--La realidad.--Un huésped á quien
no le es permitido dormir.
El negro no tardó en irse con la música á otra parte. Bendije al cielo.
Como poeta festivo, como payador, no podía rivalizar con _Aniceto el
Gallo_ ni con _Anastasio el Pollo_.
Ni siquiera era un artista en acordeón.
Yo tengo, por otra parte, poco desarrollado el órgano frenológico de
los tonos, pudiendo decir, como Voltaire: _la musique c'est de tous les
tapages le plus supportable_.
Es una fatalidad como cualquier otra, que me priva de un placer
inocente más en la vida.
Te contaría á este respecto algo muy curioso, un triunfo de la
frenología, ó en otros términos, la historia de mis padecimientos
infantiles por la guitarra.[3] Y te la contaría á pesar del natural
temor de que me creyesen más malo de lo que soy; porque tengo la
desgracia de ser insensible á la armonía.
Tú sabes, que según las reglas del criterio vulgar, no puede ser bueno
quien no ama la música, las flores, aunque ame muchas otras cosas que
embriagan y deleitan más que ellas.
Hay gentes que de buena fe, creen que el sentimiento estético ó el arte
es inseparable de los hombres de corazón.
Tal persona que ama con locura la música, es, sin embargo, incapaz de
un acto de generosidad.
Tal otra que gastaría cien mil pesos en un auténtico de Rubens, no
haría un sacrificio por el amigo más querido.
Esas gentes viven acariciando dulces errores, lo mismo que los que
subordinan la moral al sentimiento, y hay que dejar á cada loco con su
tema.
Pero semejante página sería demasiado íntima para agregarla aquí.
Me resigno, pues, á suprimirla, substrayéndome á la tentación de una
confidencia personal ajena al asunto jefe.
Apenas me vi libre de quien inhumanamente me había arrancado de los
brazos de Morfeo, volví á tenderme en mi duro y sinuoso lecho.
Poco tardé en dormirme profundamente.
Saboreaba el suave beleño; soñaba que yo era el conquistador del
desierto; que los aguerridos ranqueles, magnetizados por los ecos de la
civilización, habían depuesto sus armas; que se habían reconcentrado
formando aldeas; que la iglesia y la escuela habían arraigado sus
cimientos en aquellas comarcas desheredadas; que la voz del Evangelio
ahogaba las preocupaciones de la idolatría; que el arado, arrancándole
sus frutos óptimos á la tierra, regada con fecundo sudor, producía
abundantes cosechas; que el estrépito de los _malones_ invasores había
cesado, pensando sólo, aquellos bárbaros infelices, en multiplicarse y
crecer, en aprovechar las estaciones propicias, en acumular y guardar,
para tener una vejez tranquila y legarles á sus hijos un patrimonio
pingüe; que yo era el patriarca respetado y venerado, el benefactor de
todos, y que el espíritu maligno, viéndome contento de mi obra útil y
buena, humanitaria y cristiana, me concitaba á una mala acción, á dar
mi golpe de estado.
¡Mortal! me decía, aprovecha los días fugaces. ¡No seas necio, piensa
en ti, no en la Patria!
La gloria del bien es efímera, humo, puro humo. Ella pasa y nada queda.
¿No tienes mujer é hijos? Pues bien. ¿No te obedecen y te siguen, no te
quieren y respetan estos rebaños humanos?
Pues bien.
¿No tienes poder, no eres de carne y huesos, no amas el placer?
Pues bien.
Apártate de ese camino, ¡insensato! ¡Imprevisor, loco! ¡Escucha la
palabra de la experiencia, hazte proclamar y coronar emperador! Imita
á Aurelio I. Tienes un nombre romano, _Lucius Victorius Imperator_,
sonará bien al oído de la multitud.
Yo escuchaba con cierto placer mezclado de desconfianza las
amonestaciones tentadoras; ideaba ya si el trono en que me había de
sentar, la diadema que había de ceñir y el cetro que había de empuñar,
cuando subiera al capitolio, serían de oro macizo, ó de cuero de potro
y de madera de caldén, cuando una voz que conocí entre sueños llamó á
mi puerta diciendo:
--¡Coronel Mansilla!
No contesté de pronto. Reconocí la voz, la había oído hacía poco; pero
no estaba del todo despierto.
--¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir.
Reinaba una profunda obscuridad en el desmantelado rancho donde me
había hospedado; mis oficiales roncaban, como hombres sin penas; un
ruido tumultuoso, sordo, llegaba confusamente hasta la nocturna morada.
Me senté en la cama y paré la oreja, á ver si volvían á llamar, fijando
la vista en un resquicio de la puerta, que era un cuero de vaca colgado.
--¡Coronel Mansilla!--volvieron á decir.
Al fulgor de la luz estelar, columbré una cabeza negra, motosa, y entre
dos fajas rojas resaltando como lustrosas cuentas negras sobre el
turgente seno de una hermosa, dos filas de ebúrneos dientes.
Era el negro del acordeón.
Para serenatas estaba yo.
Me hizo el efecto de Mefistófeles.
--_¡Vade retro, Satanás!_--le grité.
No entendió. Ya lo creo. ¡Latín puro á esas horas y al lado del toldo
de Mariano Rosas!
--Mi Coronel Mansilla, fué su contestación.
--Vete al diablo, repliqué.
--Me manda el General Mariano.
--¿Y qué quiere?
--Manda decir, que ¿cómo le ha ido á _su merced_ (textual), de viaje;
que si no ha perdido algunos caballos; que cómo ha pasado la noche;
que--si ha dormido bien?
Me pareció una burla.
Me quedé perplejo un instante, y luego contesté.
--Dile que de viaje me ha ido bien; que caballos, Wenchenao me ha
robado dos, que es un pícaro: que para saber cómo he pasado la noche y
cómo he dormido, es menester que me dejen descansar y que amanezca.
Y esto diciendo, me coloqué horizontalmente haciendo una línea
mixta con el cuerpo de manera que el hueso del cuadril y los hombros
coincidieran con los hoyos de mi escabroso lecho.
La cara desapareció.
Hacía frío, helaba en los primeros días de abril, tenía pocas cobijas,
no era fácil conciliar el sueño bajo tales auspicios; tanteando en las
tinieblas cogí la punta de algo que debía ser jerga ó poncho, tiré
y como quien pesca un cetáceo de arrobas, que se agarra en el fondo
fangoso, despojé á un prójimo de una de sus _pilchas_.
Me la eché encima, me envolví, me acurruqué bien, me tapé hasta las
narices y comencé á resollar fuerte, haciendo de mis labios una especie
de válvula para que saliera el aliento condensado y crecieran los
grados de la temperatura que circundaba mi transida humanidad.
Me estaba por dormir. Hay ideas que parecen una cristalización. Así no
más no se evaporan. Veía como envuelta en una bruma rojiza la visión de
la gloria.
El espíritu maligno se cernía sobre ella.
Yo era emperador de los Ranqueles.
Hacía mi entrada triunfal en Salinas Grandes. Las tribus de Calfucurá
me aclamaban. Mi nombre llenaba el desierto preconizado por las cien
lenguas de la fama. Me habían erigido un gran arco triunfal.
Representaba un coloso como el de Rodas. Tenía un pie en la soberbia
cordillera de los Andes, otro en las márgenes del Plata. Con una mano
empuñaba una pluma deforme de ganso, cuyas aristas brillaban como
mostacilla de oro, chispeando de su punta letras de fuego, que era
necesario leer con la rapidez del relámpago para alcanzar á descifrar
que decían: _mane_, _thesel_, _phares_. Con la otra blandía una espada
de inconmensurable largor, cuya hoja de bruñido acero resplandecía
como un meteoro, centelleando en ella diamantinas letras que era
menester leer con la rapidez del pensamiento para adivinar que decían:
_In hoc signo vincis_.
Por debajo de aquel monumento de egipcia estructura y proporciones,
capaz de provocar la envidia sangrienta, la venganza corsa y el odio
eterno de un Faraón, desfilaba como el rayo, tirada por veinte yuntas
de yeguas chúcaras, una carreta tucumana, cubierta de penachos, de
crines caballares de varios colores y en cuyo lecho se alzaba un dosel
de pieles de carnero.
En él iba sentado un mancebo de rostro pintado con carmín. ¡Era yo!
Manejaba la ecuestre recua con un látigo de cháguara que no tenía
fin, al grito infernal de: ¡pape satán! _¡pape satán alepe!_ Mi traje
consistía en un cuero de jaguar; los brazos del animal formaban las
mangas, las piernas, los calzones, lo demás cubría el cuerpo y, por
fin, la cabeza con sus colmillos agudos adornaba y cubría mi frente á
manera de antiguo capacete.
La cola no sé qué se había hecho. Un ser extraño, invisible para
todos, menos para mí, quería ponerme una de paja. Yo le miraba como
diciéndole, basta de atavíos, y él vacilaba y me seguía sin saber qué
hacer.
Una escolta formada en zigzag, me precedía, cubriéndome la retaguardia.
Indígenas de todas las castas australes se veían allí,--ranqueles,
puelches, pehuenches, picunches, patagones y araucanos. Los unos iban
en potros bravos, los otros en mansos caballos, éstos en guanacos,
aquéllos en avestruces, muchos á pie, varios montados en cañas,
infinitos en alados cóndores.
Sus armas eran lanzas y bolas; sus trajes mixtos, á lo gaucho, á la
francesa, á la inglesa, á lo Adán los más. Cantaban un himno marcial
al son de unas flautas de cañuto de grueso carrizo, y las palabras
_Lucius Victorius Imperator_, resonaban con fragor en medio de
repetidas, ¡¡¡ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba-ba!!!
Nuevo Baltasar, yo marchaba á la conquista de una ciudad poderosa,
contra el dictamen de mis consejeros, que me decían: Allí no penetrarás
victorioso jamás; porque sus calles están empedradas con enormes
monolitos y cubiertas de pantanos, por donde es imposible que pase tu
carreta.
Tenaz, como soy en sueños, no quería escuchar la voz autorizada de
mis expertos monitores. Me había hecho aclamar y coronar por aquellas
gentes sencillas, había superado ya algunos obstáculos en mi vida; ¿por
qué no había de tentar la empresa de luchar y vencer una civilización
decrépita?
Por otra parte, yo no había nacido en esa egregia ciudad y ella iba á
enorgullecerse de verme llegar á sus puertas, no como Aníbal á las de
Roma, sino cual otro valiente Camilo.
Por aquí iba medio despierto, medio dormido, cuando volvieron á hacerme
sentar en la cama, llamando á mi puerta.
--¡Coronel Mansilla!
--¿Qué hay?--pregunté.
¡El malhadado negro contestó!
--Dice el General que ¿cómo ha pasado la noche?
--Hombre, dile que mañana le contestaré.
El mensajero contestó, no pude percibir qué.
Una baraúnda repentina ahogó su voz.
Volvía yo á estudiar qué postura se adaptaría más á la cama que me
habían deparado las circunstancias y esperaba no ser interrumpido otra
vez. ¡Quimeras!
Mi verdadera bestia negra había ido y vuelto.
--¡Coronel Mansilla! ¡Coronel Mansilla!--me gritó.
--¿Qué quieres?--le contesté con mal humor, sin moverme.
--Aquí está el hijo del General.
Esto era ya más serio.
Me incorporé.
--¿Qué se ofrece, hermano?--pregunté.
--Dice mi padre que vaya--me contestó.
--¿Que vaya, ahora?
--Sí.
Llamé á Carmen, mi fiel ministril; le pedí agua para lavarme, luz,
peine, un cepillo de dientes, todo cuanto podía ser un pretexto para
demorarme y ganar tiempo, á ver si venía el día.
Oía el ruido de la orgía nocturna, y no me hacía buen estómago la idea
de tomar parte en ella á obscuras.
Según mi costumbre en campaña, dormía vestido, desnudándome de día por
la higiene y otras hierbas.
De un salto estuve en pie.
Carmen trajo luz, un candil de grasa de potro, agua, peine, cuanto le
pedí, haciendo un viaje para cada cosa, como que tenía que revolver las
alforjas para hallarlas.
Hice mi estudiosa _toilette_, lo más despacio que pude.
Mientras tanto, varios curiosos, ebrios á cual más, llegaron á mi
puerta y me estuvieron observando.
Como tardase en salir del rancho, presentóse una nueva diputación. La
componían dos hijos de Mariano. Tomó la palabra el mayor de ellos y me
dijo:
--Dice mi padre, ¿que cómo está, que cómo le va, que cómo ha pasado
la noche, que cuándo va, que está medio _caldeado_ y tiene ganas de
_rematarse_ con usted?
Contesté con la mayor política, agradeciendo tantas atenciones, y
asegurando que no tardaría en presentármele al General.
Tardé más en limpiarme los dientes, que en lustrar un par de botas
granaderas.
El negro explicaba como perito aquella operación.
El muy pillo había sido esclavo de no recuerdo qué estanciero del Sur
de Buenos Aires, soldado del General Rivas, desertor y conocía bien los
usos y costumbres de los cristianos civilizados.
Decía que eso que yo hacía era para que nunca se me cayeran los dientes.
Los apostrofaba á los indios de ¡ustedes son muy bárbaros! tocaba
su infernal acordeón, cantaba, bailaba al compás de él y me apuraba
diciéndome de cuando en cuando: ¡Vamos, vamos, mi amo!
Al fin tuve que obedecer, y digo que obedecer, porque lo que hice no
fué otra cosa.
Tenía tanta gana de tomar aguardiente como de hacerme cortar una oreja.
Salí del rancho, dejando á mis compañeros dormidos como piedras. El
padre Moisés roncaba más fuerte que todos. El padre Marcos se había
alojado en el rancho de Ayala.
La noche estaba fría, el día lejano aún. Las estrellas brillaban
con esa luz diáfana del invierno. El campo, cubierto por la helada,
parecía salpicado de piedras finas. Un gran fogón moribundo ardía en
la enramada del Cacique. Apiñados unos sobre otros, lo rodeaban varios
montones de indios _achumados_. Muchos caballos ensillados estaban
con la rienda caída, inmóviles, donde los habían dejado el día antes.
Mariano Rosas, con una limeta en una mano y un cuerno en la otra se
tambaleaba junto con otros entre los mansos animales.
Armaban una algarabía, y entre _yapaí_ y _yapaí_, resonaba
frecuentemente el nombre del Coronel Mansilla.
Escoltado por el negro, por los hijos de Mariano y los curiosos llegué
adonde ellos estaban.
Al verme, hicieron lo que todos los borrachos que no han perdido
completamente la cabeza, pretendieron disimular su estado.
Mariano Rosas me echó un discurso en su lengua, que no entendí, y fué
muy aplaudido. Comprendí, sin embargo, que había hablado de mí en
términos los más cariñosos, porque mientras peroraba, varias voces
dijeron: ¡Ese cristiano bueno, ese cristiano toro!
Terminó haciéndome un _yapaí_.
Bebió el primero, según se estila.
Apuraba el cuerno, cuando una voz muy simpática para mí, me dijo al
oído:
--Aquí estoy yo, mi Coronel, no tenga cuidado; y su comadre Carmen está
allí en la enramada haciendo que duerme, para escuchar todo.
Era Miguelito.
Le estreché la mano, y tomé el cuerno lleno de licor que me pasaba
Mariano.