Mi vademécum y sus méritos.--En qué se parece Orión á
Roqueplán.--Dónde se aprende el mundo.--Concluye la historia de
Miguelito.
Quiero empezar esta carta ostentando un poco mi erudición á la violeta.
Yo también tengo mi vademécum de citas--es un tesoro como cualquier
otro.
Pero mi tesoro tiene un mérito. No es herencia de nadie. Yo mismo me lo
he formado.
En lugar de emplear la mayor parte del tiempo en pasar el tiempo, me he
impuesto ciertas labores útiles.
De ese modo, he ido acumulando, sin saberlo, un bonito capital, como
para poder exclamar cualquier día: _anche io son pittore_.
Mi vademécum tiene, á más del mérito apuntado, una ventaja. Es muy
manuable y portátil. Lo llevo siempre en el bolsillo.
Cuando lo necesito, lo abro, lo hojeo y lo consulto en un verbo.
No hay cuidado que me sorprendan con él en la mano, como á esos
literatos cuyo bufete es una especie de sancta sanctórum.
¡Cuidado con penetrar en el estudio vedado sin anunciarlos cuando están
pontificando!
¡Imprudentes!
¡Os impondríais de los misteriosos secretos!
¡Le arrancaríais á la esfinge el tremendo arcano!
¡Perderíais vuestras ilusiones!
Veríais á vuestros sabios en camisa, haciéndose un traje pintado con
las plumas de la ave silvana, de negruzcas alas, de rojo pico y pies,
de grandes y negras uñas.
Yo no sé más de lo que está apuntado en mi vademécum por índice y orden
cronológico.
No es gran cosa. Pero es algo.
Hay en él todo.
Citas _ad hoc_, en varios idiomas que poseo bien y mal, anécdotas,
cuentos, impresiones de viaje, juicios críticos sobre libros, hombres,
mujeres, guerras terrestres y marítimas, bocetos, esbozos, perfiles,
siluetas. Por fin, mis memorias hasta la fecha del año del Señor que
corremos, escritas en diez minutos.
Si yo diera á luz mi vademécum no sería un librito tan útil como el
almanaque. Sería, sin embargo, algo entretenido.
Yo no creo que el público se fastidiaría leyendo, por ejemplo:
¿Qué puntos de contacto hay entre Epaminondas, el municipal de Tebas,
como lo llamaba el demagogo Camilo Desmoulins, y don Bartolo?
¿Qué frac llevaba nuestro actual Presidente cuando se recibió del
poder; en qué se parece su cráneo insolvente de pelo á la cabeza de
Sócrates?
¿En qué se parece _Orión_ á Roqueplán? este _Orión_, de quien sacando
una frase de mi vademécum,--ajena por supuesto,--puede decirse que es
la personalidad porteña más porteña, el hombre y el escritor que tiene
á Buenos Aires en la sangre, ó mejor dicho una encarnación andante y
pensante de esta antigua y noble ciudad; que en este océano de barro,
no hay un solo escollo que él no haya señalado; que en los entretelones
ha aprendido la política, que como periodista y hombre á la moda, ha
enriquecido la literatura de la tierra, á los sastres y sombrereros;
que las cosas suyas, después de olvidadas aquí, van á ser cosas nuevas
en provincias; que no habría sido el primer hombre en Roma la brutal,
pero que lo habría sido en Atenas la letrada; que conoce á todo el
mundo y á quien todo el mundo conoce; que se hace aplaudir en Ginebra,
que se hace aplaudir en Córdoba la levítica, hablando con la libertad
herética de un francmasón; que se hace aplaudir en el Rosario, la
ciudad californiana, á propósito de la fraternidad universal; que se
hace aplaudir en Gualeguaichú, disertando en tiempos de Urquiza, sobre
la justicia y los derechos inalienables del ciudadano; que puede ser
profeta en todas partes _ed altri siti_, menos... iba á decir en su
tierra; que no ha podido ser municipal en ella, que hoy cumple treinta
y ocho años, y á quien yo saludo con el afecto íntimo y sincero del
hermano en las aspiraciones y en el dolor, aunque digan que esto es
traer las cosas por los cabellos.
Sí, _Orión_ amigo, yo te deseo, y tú me entiendes,--«la fuerza de
la serpiente y la prudencia del león»,--como diría un _Bourgeois
gentil-homme_, cambiando los frenos al entrar en tu octavo lustro,
frisando en la vejez, en ese período de la vida en que ya no podemos
tener juicio, porque no es tiempo de ser locos. ¿Me entiendes?
Y con esto lector, entro en materia.
Lo que sigue es griego, griego helénico, no griego porque no se
entiende.
_Ek te biblion kubernetes_.
Yo también he estudiado griego.
Monsieur Rouzy puede dar fe, y tú, Santiago amigo, fuiste quien me lo
metió en la cabeza.
Es una de las cosas menos malas que le debo á tu inspiración
mefistofélica.
Tú fuiste quien me apasionó por el hombre del capirotazo.
¿Acaso yo le conocía bien en 1860?
En prueba de que sé griego, como un colegial, ahí va la traducción de
dicho anónimo:
«No se aprende el mundo en los libros».
Aquí era donde quería llegar.
Los circunloquios me han demorado en el camino.
Siento tener que desagradecer á mi ático amigo Carlos Guido, cuyo buen
gusto literario los abomina. Sírvame de excusa el carácter confidencial
del relato.
Sí, el mundo no se aprende en los libros; se aprende observando,
estudiando los hombres y las costumbres sociales.
Yo he aprendido más de mi tierra yendo á los indios Ranqueles, que en
diez años de despestañarme, leyendo opúsculos, folletos, gacetillas,
revistas y libros especiales.
Oyendo á los paisanos referir sus aventuras,--he sabido cómo se
administra la justicia, cómo se gobierna, qué piensan nuestros criollos
de nuestros mandatarios y de nuestras leyes.
Por eso me detengo más de lo necesario quizá en relatar ciertas
anécdotas, que parecerán cuentos forjados para alargar estas páginas y
entretener al lector.
¡Ojalá fuera cuento la historia de Miguelito!
Desgraciadamente ha pasado tal cual la narro, y si fija la atención un
momento, es porque es verdad. Tiene ésta un gran imperio hasta sobre la
imaginación.
Miguelito siguió hablando así:
--Las voces que andaban era que pronto me fusilarían, porque iba á
haber revolución y me podía escapar.
¡Figúrese cómo estaría mi madre, mi Coronel! Todo se le iba en velas
para la Virgen.
Día á día me visitaba, pidiéndome que no me afligiera, diciéndome que
la Virgen no nos había de abandonar en la desgracia, que ella tenía
experiencia y que más de una vez había visto milagros.
Yo no estaba afligido sino por ella.
Quería disimular. ¡Pero qué! era muy ducha y me lo conocía.
Usted sabe, mi Coronel, que los hijos por muy ladinos que sean no
engañan á los padres, sobre todo á la madre.
Vea si yo pude engañar á mi vieja cuando entré en amores con la Dolores.
¡Qué había de poder!
En cuanto empezó la cosa me lo reconoció, y me mandó que me fuera con
la música á otra parte.
Bien me arrepiento de no haber seguido su consejo.
La Dolores no hubiera padecido tanto como padeció por mí.
Pero los hijos no seguimos nunca la opinión de nuestros padres.
Siempre creemos que sabemos más que ellos.
Al fin nos arrepentimos.
Pero entonces ya es tarde.
--Nunca es tarde cuando la dicha es buena--le interrumpí.
Suspiró y me contestó:
--¡Qué! mi Coronel, hay males que no tienen remedio.
--¿Y has vuelto á saber de la Dolores?--le pregunté.
--Sí, mi Coronel--me contestó,--se lo voy á confesar porque usted es
hombre bueno, por lo que he visto y las mentas que les he oído á los
muchachos que vienen con usted.
--Puedes tener confianza en mí--repuse.
Y él prosiguió:
--Siempre que puedo hacer una escapada, si tengo buenos caballos, me
corto solo, tomo el camino de la laguna del Bagual, llego hacia el
Cuadril, espero en los montes la noche. Paso el Río 5.º, entro en Villa
de Mercedes, donde tengo parientes, me quedo allí por unos días, me voy
después en dos galopes al Morro, me escondo en el Cerro, en lo de un
amigo, y de noche visito á mi vieja y veo á la Dolores que viene á casa
con la chiquita.
--¿Entonces tuvo una hija?--le dije.
--Sí, mi Coronel--me contestó.--¿No le conté antes que nos habíamos
desgraciado?
--¿Y á tu mujer no la sueles ver?
--¡Mi mujer!--exclamó,--lo que hizo fué enredarse con un estanciero.
Y dice la muy perra que está esperando la noticia de mi muerte para
casarse. ¡Y que se casaban con ella! ¡Como si fuera tan linda!
--¿Y otros paisanos de los que están aquí salen como tú y van á sus
casas?
--El que quiere lo hace; usted sabe, mi Coronel, que los campos no
tienen puertas; las descubiertas de los fortines, ya sabe uno á qué
hora hacen el servicio, y luego, al frente casi nunca salen.
Es lo más fácil cruzar el Río 5.º y la línea, y en estando á
retaguardia ya está uno seguro, porque ¿á quién le faltan amigos?
--Entonces, constantemente estarán yendo y viniendo de aquí para allá.
--Por supuesto. Si aquí se sabe todo.
Los Videla, que son parientes de don Juan Saa, cuando les da la gana,
toman una tropilla; llegan á la Jarilla, la dejan en el monte, y con
caballo de tiro se van al Morro, compran allí lo que quieren, ellos
mismos á veces, en las tiendas de los amigos y después se vuelven con
cartas para todos.
Algunas veces suelen llegar á Renca, que ya ve donde queda, mi Coronel.
Á medida que Miguelito hablaba, yo reflexionaba sobre lo que es
nuestro país; veía la complicidad de los moradores fronterizos en las
depredaciones de los indígenas y el problema de nuestros odios, de
nuestras guerras civiles y de nuestras persecuciones, complicado con el
problema de la seguridad de las fronteras.
Le escuchaba con sumo interés y curiosidad.
Miguelito prosiguió:
--El otro día cuando usted llegó, mi Coronel, los Videla habían andado
por San Luis; vinieron con la voz de que usted y el general Arredondo
estaban en la Villa de Mercedes, y diciendo que por allí se decía que
ahora sí que las paces se harían.
Deseando conocer el desenlace de la historia de los amores de
Miguelito, le dije:
--¿Y la Dolores vive con sus padres?
--Sí, mi Coronel--me contestó,--son gente buena y rica, y cuando han
visto á su hija en desgracia no la han abandonado; la quieren mucho á
mi hijita. Si algún día me puedo casar ellos no se han de oponer, así
me lo ha dicho la Dolores.
¡Pero cuándo se muere la otra! Luego yo no puedo salir de aquí porque
la justicia me agarraría y mucho más del modo cómo me escapé.
--¿Y cómo te escapaste?
--Seguía preso. Mi madre vino un día y me dijo:
Dice tu padre que estés alerta, que él no tiene opinión, que lo han
convidado para una jornada, que se anda haciendo rogar á ver si son
espías; que en cuanto esté seguro que juegan limpio se va á meter en la
cosa con la condición de que lo primero que han de hacer es asaltar la
guardia y salvarte; que de no, no se mete.
En eso anda. No hay nada concluido todavía. Esta noche han quedado de
ir los hombres y mañana te diré lo que convengan.
Yo lo animo á tu padre, haciéndole ver que es el único remedio que
nos queda, y le pongo velas á la Virgen para que nos ayude. Todas las
noches sueño contigo y te veo libre, y no hay duda que es un aviso de
la Virgen.
Al día siguiente volvió mi madre. Todo estaba listo. Lo que faltaba era
quien diera el grito. Decían que don Felipe Saa debía llegar de oculto
á las dos noches, y que él lo daría; que si no venía, como había un día
fijo, lo daría el que fuese más capaz de gobernar la gente que estaba
apalabrada. Don Juan Saa debía venir de Chile al mismo tiempo.
Bueno, mi Coronel, sucedió como lo habían arreglado.
Una noche al toque de retreta, unos cuantos que estaban esperando en la
orilla del pueblo, atropellaron la casa del Juez, otros la Comandancia,
y mi padre con algunos amigos cargó la Policía.
Para esto, un rato antes ya los habían emborrachado bien á los de la
partida. Algunos quisieron hacer la pata ancha. ¡Pero qué! los de
afuera eran más. Entraron, rompieron la puerta del cuarto en que yo
estaba y me sacaron.
Cuando estuve libre mi padre me dijo: «Dame un abrazo hijo, yo no te he
querido ver porque me daba vergüenza verte preso por mi mala cabeza, y
porque no fueran á sospechar alguna cosa».
Casi me hizo llorar de gusto el viejo; le habían salido pelos blancos,
y no era hombre grande, todavía era joven.
Esa noche el Morro fué un barullo, no se oyeron más que tiros, gritos y
repiques de campana.
Murieron algunos.
Yo lo anduve acompañando á mi padre y evité algunas desgracias porque
no soy matador. Querían saquear la casa de la Dolores, con achaque de
que era _salvaje_, yo no lo permití, primero me hago matar.
Por la mañana vino una gente del Gobierno y tuvimos que hacernos humo.
Unos tomaron para la Sierra de San Luis, otros para la de Córdoba. Mi
padre, como había sido tropero, enderezó para el Rosario. Yo, por tomar
un camino tomé otro,--galopé todo el santo día,--y cuando acordé me
encontré con una partida. Disparé, me corrieron, yo llevaba un pingo
como la luz, ¡qué me habían de alcanzar! Fuí á sujetar cerca del Río
5.º, por esos lados de Santo Tomé. Entonces no había puesto usted
fuerzas allí, mi Coronel; me topé con unos indios, me junté con ellos,
me vine para acá, y acá me he quedado, hasta que Dios, ó usted, me
saquen de aquí, mi Coronel.
--¿Y tu padre, qué suerte ha tenido, lo sabes?--le pregunté.
--Murió del cólera--me contestó con amargura, exclamando:--¡pobre
viejo! ¡era tan chupador!
Y con esto termina la historia real de Miguelito, que _mutatis
mutandis_, es la de muchos cristianos que han ido á buscar un asilo
entre los indios.
Ese es nuestro país.
Como todo pueblo que se organiza, él presenta cuadros los más opuestos.
Grandes y populosas ciudades como Buenos Aires, con todos los placeres
y halagos de la civilización, teatros, clubs, jardines, paseos,
palacios, templos, escuelas, museos, vías férreas, una agitación
vertiginosa--en medio de unas calles estrechas, fangosas, sucias,
fétidas, que no permiten ver el horizonte, ni el cielo limpio y puro,
sembrado de estrellas relucientes,--en las que yo me ahogo, echando de
menos mi caballo.
Fuera de aquí, campos desiertos, grandes heredades, donde vegeta el
proletario en la ignorancia y la estupidez.
La iglesia, la escuela, ¿dónde están?
Aquí el ruido del tráfago y la opulencia que aturde.
Allá, el silencio de la pobreza y la barbarie que estremece.
Allí, todo aglomerado como un grupo de moluscos, asqueroso por el
egoísmo.
Allí, todo disperso, sin cohesión, como los peregrinos de la tierra de
promisión,--por el egoísmo también.
Tesis y antítesis de la vida de una república.
Eso dicen que es gobernar y administrar.
¡Y para lucirse mejor, todos los días clamando por gente, pidiendo
inmigración!
Me hace el efecto de esos matrimonios imprevisores, sin recursos,
miserables, cuyo único consuelo es el de la palabra del verbo,--creced
y multiplicaos.